24. 13 años. 1 de abril.

Los días de oficina no eran los días preferidos de Harry. No era que no pudiese salir y tener un poco de acción de verdad, no. Tampoco era que tuviese que ponerse a rellenar papeles, aunque eso fuese ciertamente aburrido. Pero no, lo peor de todo era que, mientras rellenaba de forma automática papeles absurdamente innecesarios pero a la vez totalmente imprescindibles, su cerebro se dedicaba a pensar en otro tipo de cosas.

No necesitaba pensar para rellenar la mayor parte de esas hojas. Era protocolo. Hacer cruces en los sitios correctos, rellenar huecos vacíos, poner fechas y firmar en el sitio indicado. Estaba seguro de que alguno de sus compañeros llevaban esos papeles a casa para que se los hiciesen sus hijos pequeños de deberes. Y la cosa es que no le extrañaría. Era aburrido. Tedioso. Horriblemente intrascendente.

Y, aun así, no era el aburrimiento de rellenar papeles la peor parte de esos días. Era darle vueltas a lo mismo una y otra vez a falta de un reto mejor para su aburrido cerebro.

Y Harry nunca había sido de pensar demasiado, pero quizás era porque no había tenido el qué.

¿Hacía cuánto que no quedaba con Malfoy? Semanas. Meses.

Mes y medio, para ser exactos, según el calendario colgado en la pared de enfrente.

Había que decir que lo había visto. Se había cruzado varias veces con él, habían intercambiado algunas palabras, un par de sonrisas y habían vuelto cada uno a lo suyo. Era difícil no encontrarse cuando trabajaban en el mismo lugar, por mucho que lo hiciesen en departamentos diferentes. Y más teniendo en cuenta que eran departamentos que colaboraban a menudo.

Porque Harry por fin había adivinado para qué departamento trabajaba Malfoy. No era muy difícil y se sentía un poco estúpido por no haberlo hecho antes, con todos los indicios que había. Estaba en el Departamento de Misterios. Era un Inefable. Y era de los buenos, vaya, de los que no se sabía si trabajaban ahí o para el Departamento de Transporte Mágico, sección Trasladores.

Y bueno, había que decir que eso había hecho que Harry sintiese un nuevo respeto por Malfoy. Es decir, ya lo respetaba antes –haber conseguido reponerse del duro golpe que fue la guerra sin acabar loco de remate ya era bastante–, pero llegar a formar parte del departamento de Misterios del Ministerio de Magia con la herencia que le había dejado Lucius Malfoy –y no se refería al dinero–, era otra cosa totalmente diferente. A pesar de que Kinsgley Shacklebolt había conseguido eliminar gran parte de la discriminación dentro del Ministerio tras haber sido elegido Ministro de Magia, todavía era un duro camino el pasar de ser Mortífago a ser Inefable. Aunque Harry siempre había pensado que la unión de Draco Malfoy a los Mortífagos había sido más una obligación que una cuestión de creencias de supremacía –eso es lo que demostraba la integración en el mundo muggle que tenía a día de hoy–, y por eso había tratado de allanarle el camino todo lo posible, testificando a su favor cuando se celebraron los Juicios de guerra.

Aun así, y a pesar de que Malfoy hubiese conseguido llegar a la posición en la que se encontraba, seguía siendo discriminado. Menos claramente, pero la gente todavía torcía el morro al escuchar ese apellido, cosa que hacía que a Harry se lo llevasen los demonios.

Malfoy era una persona fantástica. Cuando lo conocías, claro está. Cuando ignorabas toda lo que la guerra había provocado o, más bien, admitías que no todos los malos son realmente malos. Que las cosas no son nunca o blancas o negras y hay una gama de infinitos grises entre ambos extremos.

Por Circe, si Harry hubiese conocido antes al Malfoy que conocía ahora, no habría dejado que se escapase.

Aunque a lo mejor ninguno de los dos habría estado preparado para ello.

Muy probablemente, así era.

Pero volviendo al tema –que cuando pensaba en Malfoy, siempre acababa divagando–, hacía mes y medio que no quedaba con Malfoy. Seis semanas. Muchos días que no quería contar.

Malfoy no había contactado con él y Harry tenía la impresión de que, o lo hacía él, o nadie lo haría.

Suspirando, echó un vistazo al reloj que tenía colgado en la pared de su oficina. Le quedaba unos cincuenta minutos para poder irse a casa.

Y estaba a punto de morirse de aburrimiento mezclado con el exceso de vueltas que le estaba dando al tema Malfoy y a su falta de contacto con el otro hombre. Le iba a explotar la cabeza antes de llegar a su humilde hogar.

Bajó la mirada por la pared, posándola en el calendario. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que era 1 de abril.

Desde que se había integrado en el mundo mágico, había tenido que aprender muchas tradiciones que para él no tenían ningún sentido. Y, por supuesto, había tenido que dejar de celebrar otras que había conocido desde que había nacido. Pero no por eso las había olvidado.

Y bueno, había alguna divertida. Como el día de las bromas de abril. Que era justamente ese día, el 1 de abril.

Y Harry había escuchado muchas veces ese dicho de que si quieres que algo salga bien, tendrás que hacerlo tú mismo.

Sí, el trabajo en equipo, blablabla. Pero había cosas que uno tenía que hacer y tenía que hacerlas. Y quedaban hechas.

Bien, tenía alrededor de cincuenta minutos para pensar en una buena broma.

O una aceptable, al menos.


Harry no estaba muy seguro de hasta dónde iba a ser capaz de llegar. Por más que lo había intentado, no había encontrado ninguna broma medianamente aceptable para hacerle a Malfoy. Parecía mentira que, con lo largos que se le hacían cincuenta minutos cuando estaba rellenando papeles intentando no darle vueltas a lo mismo una y otra vez, lo cortos que se hacían cuando tenía que encontrar una solución para algo. Debería utilizar esa técnica más a menudo.

Al final, había recogido sus cosas y se había marchado a comer a casa. Y mientras masticaba, se le había ocurrido la única idea que le podía servir para algo.

Su capa de invisibilidad.

Podría ponérsela, ir a la aventura a la Mansión Malfoy e intentar asustar a Malfoy de algún modo. No era un gran plan, pero era lo mejor que tenía.

Así que ahí estaba, delante de las verjas de la Mansión, pensando que, efectivamente, no era un gran plan. Era un plan que hacía aguas por todas partes.

Y el primer agujero que tenía es que no sabía cómo iba a cruzar la puerta sin que supiesen que estaba ahí.

Es decir, era invisible. Pero alguien le tenía que abrir la puerta y no se la abriría a la nada. Harry recordaba perfectamente bien cómo Malfoy lo había esperado en la puerta de la casa la mayor parte de las veces que había ido, sabiendo exactamente quién había entrado y cuándo lo había hecho.

¿Y ahora tenía que colarse? ¿En una Mansión del año en el que Merlín se recortó la barba, con más protecciones que el propio Ministerio de Magia? Y protecciones mucho más agresivas, Harry estaba seguro.

No sabía cómo iba a conseguirlo.

Medio frustrado, Harry comenzó a caminar de un lado para otro. Despacio, para que no se le levantase la capa por el camino y se le viesen los pies, aunque no hubiese nadie para vérselos.

Si se quitaba la capa, le abrirían la puerta. Pero, ¿qué gracia tendría eso?

En uno de sus paseos, Harry se acercó más a la puerta que daba acceso a la casa. Y ésta, con el sonido metálico característico de un pestillo bien engrasado, se abrió.

Oh, así que la puerta se abría sola. O al sentir gente. O a lo mejor Malfoy había permitido su presencia en la casa y eso le daba acceso libre. Quién sabía.

Antes de que la puerta se cerrase de nuevo, Harry la atravesó agarrándose las faldas de la capa por dentro. No le haría gracia que, ahora que había conseguido entrar en la propiedad, lo descubriesen.

Caminó a buen paso por el sendero hasta alcanzar la casa. Y se quedó mirando la fachada, con cara de tonto. Bien, segundo agujero del plan. ¿Dónde estaría Malfoy? En una casa de cuatro habitaciones, salón, cocina y baños no había mucho donde elegir. En una mansión de trochocientas estancias incluyendo dormitorios, salones, comedores, despachos y quién sabe qué más, era algo más complicado. Y Harry ni siquiera conocía por completo el interior de la casa.

Suspirando –porque por muy duro que fuese, no iba a rendirse ahora–, se dedicó a rodear el edificio a una distancia prudencial, lo suficientemente lejos como para poder ver todas las plantas pero todavía lo bastante cerca como para alcanzarle la vista y ver a través de las ventanas de la planta baja.

No había terminado de dar la primera vuelta cuando escuchó un ruido. Una voz. Una voz de mujer, en concreto. Astoria.

- Draco, querido... ¿Has invitado a alguien? Se ha abierto la verja de la entrada, pero no había nadie a la puerta.

- Lo sé. Y no, no esperaba compañía.

- ¿Crees que ha podido entrar alguien...?

A Harry se le hizo un nudo a la altura de la garganta al escuchar el miedo que emanaba de la voz de Astoria. No se podía creer que estuviese tan aterrorizada, tantos años después de la guerra. Y en su propia casa. Aunque se podía imaginar que tenía sus motivos. Y también se sintió un poco culpable. Al fin y al cabo, era su culpa que se hubiese abierto la puerta.

- No lo creo, Astoria. Sabes que reforcé las protecciones. Para entrar es necesario más que que se te abra la puerta.

El sonido de alivio de la mujer fue tan sonoro que incluso llegó a oídos de Harry.

- ¿Entonces qué puede haber sido? No creo que se haya abierto por el viento.

- Probablemente algún animal. ¿Hemos perdido algún pavo real últimamente? A veces saltan la verja y la puerta los reconocería como parte de la Mansión, así que los dejaría entrar.

- Oh. No sé si lo hemos perdido, no sé ni cuántos andan sueltos por ahí. Pero tienes razón. Te dejo seguir trabajando. Gracias.

Se escuchó el ruido de un beso y tras eso una puerta abriéndose y cerrándose. Harry se separó algo más de la pared para tener una mejor perspectiva y se dio cuenta de que una de las ventanas del primer piso estaba abierta. De ahí que se oyesen tan bien las voces.

Y, si no se equivocaba, era el despacho de Malfoy. O uno de ellos, que no tenía ni idea de cuántos tendría la Mansión. Pero ése en concreto lo conocía, había estado dentro. Bien, eso le daba cierta ventaja.

Harry dejó que pasasen unos cuantos minutos para que Malfoy se sumiese en el trabajo, se concentrase y no estuviese tan alerta y preocupado por la puerta abierta. A pesar de que acababa de tranquilizar a Astoria diciéndole que todo iba bien, Harry lo conocía lo suficiente como para saber que algo preocupado sí que estaba. Así que se sentó sobre la hierba que rodeaba la casa, procurando hacer el menor ruido posible, y esperó.

¿Cuánto tiempo había pasado? Ni idea. Se había quedado ensimismado observando el lago que quedaba unos metros más allá, siguiendo con la mirada los diferentes tipos de patos que andaban por ahí, riéndose interiormente de la forma de caminar de los gansos y de la majestuosidad de los cisnes –que le recordaba a ciertas personas, la verdad–. No sabía cuánto había pasado, pero suponía que Malfoy ya se habría olvidado de la puerta abierta.

Bueno, ahora otro gran fallo de su plan –que estaba resultando tener más agujeros de los que había previsto–. ¿Cómo asustaba a Malfoy?

Bueno, pues de perdidos, al río.

Levantándose, buscó por los alrededores alguna piedrecilla. El camino de tierra que rodeaba la mansión unos pasos más allá estaba lleno de piedras pequeñas que podían servirle. Recogiendo algunas, se colocó a una distancia media de la casa y rogó para que nada saliese mal.

Tiró una de las piedras por la ventana, que la atravesó limpiamente y cayó en el interior de la estancia con un ruido sordo. Harry se guardó la mano dentro de la capa de nuevo y dio gracias a Merlín, Circe y Morgana –y también a todos los Caballeros de la Mesa Redonda, ya que estaba–, de que no se le hubiese salido volando la capa al lanzar la piedra. Y lo agradeció todavía más cuando escuchó el sonido de una silla arrastrarse e, instantes después, vio la cabeza de Malfoy asomándose por la ventana, mirando directamente al punto donde estaba Harry. Sin ver nada.

Harry respiró de nuevo cuando Malfoy volvió a a entrar en el despacho y escuchó la silla arrastrarse otra vez. Por si acaso, esperó un par de minutos antes de lanzar otra piedra, tratando esta vez de hacerla caer a la altura a la que recordaba que estaba la mesa. No era una tarea fácil, porque no llegaba a ver el interior de la estancia, pero esta vez la piedra hizo un ruido diferente al aterrizar, así que supuso que, al menos, no había vuelto a caer en la alfombra.

En esta ocasión, el ruido de la silla arrastrándose fue mayor, como si Malfoy se hubiese separado de la mesa con más prisa o más intensidad. O igual, más cabreado. Se asomó por la ventana de nuevo y miró a ambos lados, sin descubrir la causa de la repentina aparición de piedras en su despacho.

Harry estaba aguantándose la risa al ver la cara de indignación de Malfoy, tanto que tuvo que acabar poniéndose la mano libre de piedras en la boca para no dejar escapar ningún ruido, que no se fiaba de sí mismo.

Malfoy no tardó en volver al interior de la casa, pero esta vez no se sentó. No se escuchó la silla arrastrándose, así que Harry supuso que, o bien seguía de pie esperando la entrada de una nueva piedra, o bien estaba registrando la habitación en busca de pistas.

Bueno, Harry tenía todo el tiempo del mundo, así que no le importaba esperar.

Cinco minutos después, Malfoy volvió a sentarse. Y Harry –al que a veces se le iluminaba la bombilla–, en vez de lanzar la piedra esta vez, la encantó y la hizo pasar por la ventana con magia. Y con la mano bien guardadita bajo la capa, totalmente invisible.

Y menos mal. Porque Malfoy asomó la cabeza por la ventana en el mismo instante en el que la piedra la atravesaba, buscando con el ceño fruncido el origen de las piedras, con una mirada de tal intensidad que, si no fuese porque de verdad estaba siendo capaz de ver a través de él, Harry diría que lo estaba atravesando con ella.

- No sé qué es lo que está pasando, pero como te atrape, servirás de cena a mis pavos reales.

Harry no dudaba que la amenaza fuese real y tampoco dudaba de la capacidad de Malfoy para llevarla a cabo. Pero confiaba en que no quisiese hacerle eso a él.

Así que, cuando Malfoy volvió a apartarse hacia el interior, y con más arrojo que cabeza, hechizó la última piedra que le quedaba y la hizo pasar por la ventana.

Y hasta ahí la paciencia de Malfoy.

El hombre volvió a asomarse –con una cara muy parecida a la furia, si le preguntaban a Harry– y tiró una a una las cuatro piedras que Harry había lanzado. Con fuerza y probablemente con odio. Y también con bastante puntería, ya que una de ellas le dio a Harry en un brazo y, en vez de quejarse, dejó escapar una carcajada.

Malfoy se paró en el acto al escucharlo reír, probablemente porque no había esperado encontrarse con nadie, a pesar de haber amenazado antes a quien quiera que fuese el gracioso. Y Harry se rio con más fuerza al ver su cara de estupefacción, dejándose caer en el suelo de culo, quedando medio tumbado sobre la hierba y mirando en dirección a la ventana abierta para no perderse ni una de las expresiones de Malfoy.

- ... ¿Potter?

Harry se apartó la capa de invisibilidad hasta asomar la cabeza, todavía con una sonrisa en los labios. Y, al ver a Malfoy asomado a la ventana con expresión de sorpresa y a sí mismo bajo ella, no pudo evitarlo.

- No. Soy Romeo, mi amada Julieta.

Malfoy alzó las cejas y su cara pasó del asombro a la incredulidad, quedándose finalmente en algo parecido a la diversión.

- Oh, Romeo, Romeo. ¿Por qué eres tú, Romeo? –A Harry, no sabía por qué, no le extrañaba que Malfoy se supiese de cabo a rabo la obra de Romeo y Julieta. Pero él sí que no se la sabía, así que lo dejó hablar–. ¡Sólo tu nombre es mi enemigo! ¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo perfume con cualquier otra denominación!

Y Harry se quedó con la boca abierta porque no sabía si Malfoy había recitado esa parte de la obra por alguna razón en concreto, con algún significado en mente, o no, pero a él le hizo pensar.

Pensar que Shakespeare allá en su época había escrito sobre algo muy parecido a la relación entre Malfoy y él. Es decir, él no pensaba suicidarse por amor ni nada parecido, pero... Los Malfoy y los Potter eran enemigos –más o menos–. Y a Harry, una de las cosas que más lo había echado para atrás, era el nombre Malfoy. En el colegio, solamente oírlo ya le hacía torcer el morro.

Y, a decir verdad, parte del shock de estar ena... morado –ugh– de Malfoy, era que era precisamente Malfoy.

Pero lo que llamamos rosa exhalaría el mismo perfume con cualquier otra denominación.

Maldito Malfoy.

- ¿Potter? ¿Sigues vivo o te has metido tanto en el papel de Romeo que te has muerto a mis pies?

- Vivo, vivo. Estoy vivo. –Ahora Harry estaba en shock por otras causas. Y también estaba agradecido por haber sido capaz de ver más allá de las denominaciones.

- Me alegro. Así podrás explicarme qué haces a media tarde tirando piedras a mi ventana, escondido bajo esa capa tuya. Muy útil, por cierto.

Harry tuvo que reírse y dejar aparte el tema de rosas, aromas y nombres. Levantándose del suelo, le enseñó a Malfoy la capa de invisibilidad antes de doblarla con una sonrisita orgullosa.

- ¿Verdad? Es un gran recurso cuando quieres colarte en algún sitio sin que te vean.

- Fuiste tú el que abrió la puerta. –No fue una pregunta. Malfoy estaba afirmándolo.

- Sí, pídele perdón a Astoria de mi parte. No tenía intención de molestar. –Y todavía se sentía un poquito culpable por haber asustado a la mujer, la verdad.

- Ajá. No querías molestar. Y tirar piedras a mi ventana mientras trabajo no es molestia. –El tono de Malfoy era divertido, al igual que la mirada que le estaba dirigiendo, a pesar de lo brusco del comentario–. Entiendo.

- Bueno, eso es diferente. ¡Tonto de abril!

El silencio que siguió fue bastante elocuente por sí mismo.

- ... ¿Perdona?

Harry tuvo que reírse de nuevo porque Malfoy lo estaba mirando como si estuviese loco. E igual, razón no le faltaba, la verdad.

- ¿El día de las bromas de abril? ¿No? –Malfoy seguía con la misma expresión de no entender ni jota y a Harry no le extrañaba. Es decir, era una tradición totalmente muggle y por mucho que hubiesen avanzado los conocimientos de Malfoy en la asignatura de Estudios Muggles, era imposible que conociese el día de las bromas de abril. Más que nada, porque nunca había vivido entre ellos–. Es una costumbre muggle. El día 1 de abril, los muggles se hacen bromas entre ellos y cuando consiguen engañar a alguien, gritan "tonto de abril".

Malfoy parecía esperar que continuase explicando, pero tampoco había mucho más. Se hacían bromas entre ellos, se llamaban "tontos de abril" y ya está.

Bueno, quizá no tenía tanta gracia como Harry recordaba.

- Oh... Claro. –Y Malfoy asintió, dándole la razón como a los tontos. Pero bueno, Harry sabía cómo era eso de que te contasen tradiciones arraigadísimas en la cultura popular y quedarte a cuadros porque parecía lo más ridículo del mundo–. Entonces...

Draco se calló de repente y giró la cabeza, volviendo a entrar en la habitación y dejando a Harry solo. Y, hasta que Harry no escuchó otra voz, no se dio cuenta de por qué.

- ¿Draco? He oído voces y no sabía si... He preferido venir a mirar. ¿Estabas hablando con alguien? ¡Oh! ¿Harry? ¡Cuánto tiempo!

Harry saludó a Astoria con una mano y una de las mejores sonrisas de su colección y, todo lo dramáticamente que pudo, se inclinó hacia delante en un saludo muy de época.

- A sus pies, mi señora.

- Oh, qué tonto. –Astoria soltó una carcajada y apoyó ambos codos en el alféizar de la ventana, asomándose por completo a los jardines, mirando alrededor antes de devolver la vista a Harry–. Has sido tú quien ha entrado por la puerta, me imagino.

- Sí. –Harry no tuvo que contestar puesto que en ese momento, Malfoy volvió a su posición anterior en la ventana, asomándose a un lado de su mujer–. Al parecer, ha venido a gastarme una broma de tontos o algo así. No he entendido muy bien la costumbre muggle de la que supuestamente procedía esto.

- Día de las bromas de abril. –Harry se rio, negando varias veces con la cabeza, decidiendo apiadarse de la pobre Astoria, que tenía cara de no haber comprendido nada de lo que acababa de decir su marido–. Tontos de abril son los que se dejan engañar.

- Ya veo... ¿Se gastan bromas y llaman tontos de abril a los que se las creen...? –Harry asintió en respuesta con una amplia sonrisa al ver que Astoria al menos había pillado la costumbre a la primera–. Vaya... Curioso, cuando menos.

Hubo un momento de silencio que Astoria aprovechó para mirar a su marido y a Harry alternativamente. Y a Harry siempre le daba escalofríos pensar en lo que podía estar pasando por la cabeza de esa mujer en esos instantes.

- Bueno, ha sido una visita muy inesperada, Harry, pero totalmente bienvenida. Y es demasiado pronto para invitarte a cenar, así que empezaré por invitarte a tomar el té. ¿Te apetece quedarte?

Harry estaba dudando, porque en realidad no había tenido pensado quedarse. Ni siquiera había pensado ver a Astoria.

- Estoy segura de que a Dotsy le encantará hacer un poco más de ese mejunje que vosotros llamáis té para alguien más que para Draco.

Eso fue lo que terminó de convencerlo.

- De acuerdo, por qué no. Hace años que no lo pruebo, ya ni siquiera recuerdo si estaba bueno o malo.

Astoria se rio e hizo un gesto bastante claro en dirección a la puerta de entrada, invitándolo a pasar al interior de la casa.

- Ve entrando, Harry, nosotros bajamos en seguida.


Harry no tardó ni dos minutos en llegar hasta la puerta de entrada, que lo esperaba abierta. La cruzó y se quedó en el vestíbulo, mirando incómodo hacia las paredes, esperando la aparición de Astoria y Malfoy. Y esperó sus buenos cinco minutos, que fue lo que tardaron en bajar y asomarse al vestíbulo donde Harry estaba de pie.

- ¿Harry? Ven, pasa. No te quedes ahí parado.

Astoria le ofreció una cálida sonrisa que no pudo evitar responder y tendió una mano hacia él, mano que tomó inmediatamente. Harry esperaba un apretón de manos como saludo y no que la mujer tirase de él hacia el interior de la casa, pero fue justamente eso lo que hizo. Lo llevó de la mano por el pasillo, siguiendo a Malfoy, quien iba unos pasos por delante, hasta entrar en una de las salitas de la mansión. En ese momento lo soltó, sólo para darse la vuelta y quedar frente a él, acercándose y dándole un beso en la mejilla. Ah, así que ahí estaba el saludo.

- Ahora que ya nos hemos saludado como mandan las buenas costumbres... ¡Es la hora del té!

Astoria se giró de nuevo, correteando como una niña chica hasta dejarse caer en uno de los sillones de la estancia. Se acomodó entre los múltiples cojines y dejó escapar un suspiro de felicidad, extendiendo una mano hacia los demás asientos de la sala, invitando a Harry a sentarse.

Harry, sin saber muy bien cuál elegir, terminó por decantarse por un sillón orejero de aspecto cómodo, situado entre el que Malfoy había escogido y en el que estaba sentada Astoria.

No pasaron ni dos segundos antes de que aparecieran un par de elfos domésticos y, sin hacer ningún ruido, colocaran el juego te dé y una bandeja con pastas sobre la mesita que quedaba en el centro del círculo formado por los asientos, bajo la atenta mirada de la señora de la casa.

- ¿Qué le habrá echado Dotsy hoy? –Inclinándose hacia delante, Astoria levantó la tapa de la tetera más cercana a Harry –que supuestamente contendría té especial– y olisqueó el vapor que salía de ella, esbozando una sonrisa muy extraña–. Uhm... No huele mal. ¿Quizás ha vuelto a utilizar fresas...?

- El otro día lo hizo así, con fresas. Y tengo que decirte que estaba delicioso.

- Ya, ya. No me lo recuerdes. Prefiero tomar mi té normal, que siempre está rico, antes que probar ese té que es delicioso a veces y un mejunje intragable otras. –Astoria arrugó la nariz a la vez que volvía a colocar la tapa de la tetera, desviando la mirada hacia Harry, quien la observaba con curiosidad–. No sé cómo te atreves con este té, Harry.

- Porque Potter es un Gryffindor, Astoria. Sería una mancha en su expediente si no fuese valiente, y más delante de un par de Slytherin.

Harry se giró hacia Malfoy. Alzando una ceja con una expresión divertida, lo miró esbozando una sonrisa.

- Si tú puedes, yo también, Malfoy. Ya lo sabes.

La sonrisa que le devolvió Malfoy dejó claro que sabía a qué se refería. Harry nunca se negaría a un reto por parte de Malfoy. Eso estaba más allá de sus posibilidades.

El ruido de una cucharilla contra porcelana atrajo la atención de Harry e hizo que se girase hacia la procedencia del sonido. Al parecer, Astoria se había servido ya el té en una taza y estaba revolviéndolo, probablemente con azúcar y todo. Y eso hizo que Harry se preguntase cuánto tiempo llevaba mirando a Malfoy, porque cuando había empezado, podía asegurar que el té no estaba hecho.

Volviendo al mundo real, tomó una de las tazas que quedaban, la llenó de té –y Astoria tenía razón, olía a fresas– y echó un par de cucharadas de azúcar, imitando a Astoria y dándole vueltas para deshacerla. Tras él, Malfoy hizo lo mismo, echándose té en la taza que quedaba vacía y añadiéndole un poco de azúcar, apenas media cucharada. Para cuando Malfoy acabó de prepararse su té, Astoria ya había cogido una pastita del plato y estaba saboreándola mientras miraba a Harry y Malfoy alternativamente.

- ¿Y bien? ¿Quién será el primero en atreverse a probar el dichoso té?

Harry no esperó a que Malfoy contestase, ni siquiera contestó él. Al fin y al cabo, tenía un orgullo que mantener. Dándole un par de vueltas más al té, se llevó la taza a los labios, soplando durante unos segundos antes de sorber un poco del líquido. Uhm. Tenía el sabor característico del té negro con un toque inconfundible de fresas. Pero espera. ¿Qué era eso? Algo raro. Picaba. Picaba mucho. Le estaba ardiendo la lengua y Astoria lo estaba mirando con una sonrisa y un brillo malicioso en los ojos. Esa mujer era el diablo y le había echado algo en el té que había sacado del mismo infierno, estaba seguro.

- Mmmmh. Muy rico. –Harry tenía que ser fuerte, tenía que serlo. Y aunque estuviese notando cómo se le derretía el interior de la boca y los ojos estaban empezando a lagrimearle en contra de su voluntad, no le demostraría a Astoria que lo estaba pasando mal.

La mujer lo miró con las cejas alzadas de forma interrogativa, todavía con una pequeña sonrisa, como si supiese que Harry estaba tratando de engañarla. Como si hubiese sido ella quien se había encargado de que Harry tuviese el té infernal delante. Y Harry no lo dudaba, no tratándose de Astoria. Gracias a Merlín, la voz de Malfoy la distrajo y pudo por fin abrir la boca y tomar algo de aire, tratando de aliviar el picor de su lengua.

- Total y absolutamente delicioso, Astoria. Incluso mejor que el que el otro día no te atreviste a probar.

- Prefiero quedarme con mi Earl Grey normal y corriente, querido. –Tras una carcajada, le dio un sorbo a su té, enseñando una sonrisa muy poco bienintencionada al bajar la taza–. Las aventuras os las dejo a vosotros.

Harry no supo si es que ya buscaba dobles sentidos en todo lo que oía, o es que de verdad Astoria había querido insinuar algo. Por el tono de voz de la mujer –y dado lo que sabía de ella–, no le hubiese extrañado que el tipo de aventuras al que se refería hubiese sido de un carácter más íntimo de lo que se debiera.

- Y, por cierto, Harry. –La mujer dejó la taza sobre su platillo en la mesa y se inclinó hacia Harry, colocando una mano sobre su rodilla, con la misma expresión traviesa que había tenido mientras Harry probaba su té–. Feliz uno de abril. Feliz tonto de abril. Bueno, como se diga.

Lo sabía, Harry lo sabía. Había sido ella y la risa que acababa de dejar escapar terminaba de confirmarlo. Nunca más volvería a darle motivos a esa mujer para meterse con él, al menos conscientemente. Aunque no había salido tan mal parado en relación con cómo podría haber salido. Perder la sensibilidad de la lengua era un pequeño precio a pagar por colarse en Malfoy Manor y hacerles una broma a sus habitantes. Así que Harry sonrió en respuesta, aceptando la broma, y, como buen Gryffindor sin sentido común, le dio otro trago al té. Se lo iba a acabar, aunque después tuviese que hacerse un Aguamenti en la boca para calmar el sabor del picante.

Después de eso, pasaron un par de minutos en silencio. Harry le daba vueltas a su té con la ligera esperanza de que el picante fuese volátil y desapareciese al menos un poco para su próximo trago, Malfoy los miraba intentando descifrar qué acababa de pasar y Astoria fruncía el ceño de nuevo con su taza en la mano, mirando a Harry fijamente, pensativa. Como si se estuviese planteando su próximo movimiento.

- Entonces... –Harry desvió inmediatamente la vista hacia Astoria en el momento en el que la escuchó, más por reflejo que otra cosa, y la vio removerse sobre el sofá, arrellanándose sobre los cojines. Todo eso, sin tirar ni una gota de su preciado Earl Grey–. Cuéntame, Harry. ¿Cómo va esa búsqueda de pareja?

Astoria sonreía, pero Harry estaba seguro –lo sabía con certeza– de que detrás de esa sonrisa, la mujer escondía algo. No se fiaba de Astoria. Era la persona más Slytherin que conocía, digna mujer de Draco Malfoy. El cual, por cierto, acababa de darle un trago muy largo a su té de una forma bastante repentina. Y parecía interesado en la conversación, si es que tenía que fiarse de la mirada que le estaba dirigiendo a su mujer en ese preciso instante. Mirada que ella le estaba correspondiendo con una dulce sonrisa, de ésas maléficas que ella sabía poner.

Bueno, tenía que contestar a Astoria, ¿no es así? Y también tenía que estar agradecido de haber podido atrasar tanto el momento de hablar de ese tema. Sobre todo, porque ahora ya había aceptado que simple y llanamente estaba enamora... do –cada vez le costaba un poquito menos pensar en esa palabra en relación a lo que sentía por Malfoy– de Malfoy y le resultaba un poco más fácil hablar de ello. Enamorado del marido de la mujer que estaba ante él y le estaba preguntando con una sonrisa por sus avances en la búsqueda de pareja. Del marido con el que en realidad ella no estaba pero con el que a él le encantaría estar. Agh.

- Mh... Bueno, qué te puedo decir. No hay muchos avances.

- ¿Oh? ¿Nadie que se presente como candidato en el horizonte? Me cuesta creerlo. Eres Harry Potter.

- Es que no me interesa alguien que no vea más allá de mi nombre.

- Te entiendo perfectamente. –Y Harry estaba seguro de que lo hacía. Al fin y al cabo, a ella le pasaba lo mismo. Salvo por la parte de que en vez de ser adorada, era odiada–. Pero... ¿nada, nada? No pensaba yo que la mayor parte de Inglaterra estuviese ciega.

Harry soltó una carcajada en respuesta al halago, negando una única vez con la cabeza a la vez que se encogía de hombros.

- A lo mejor soy yo quien está ciego.

Malfoy estaba muy callado. Muy, muy callado. Como un muerto. Y Harry estaba empezando a preocuparse ligeramente, así que echó un vistazo de reojo sólo para comprobar que seguía vivo. Lo que no esperaba encontrarse era al otro hombre mirándolo fijamente, con el ceño fruncido y los labios apretados.

- ¿Tú...?

- Sí, bueno. Al parecer, hay algunas cosas que no veo. No estoy muy seguro de qué son esas cosas, pero deben de ser importantes. –Harry podía ver el agudo cerebro de Astoria dando vueltas a lo que acababa de decir, pero no le importaban las conclusiones que pudiese sacar ella. Le importaban las que podía sacar Malfoy. Y por eso precisamente había hecho referencia a las cosas que no veía, algo que ya le había dejado claro el otro hombre–. O, a lo mejor, los árboles no me dejan ver el bosque y estoy tan centrado en lo que quiero ver que no veo lo que tengo delante de las narices.

Porque ésa era la sensación que le estaba dando últimamente. Malfoy estaba justo delante de él y Harry quería a Malfoy. Y había muchas posibilidades de que Harry estuviese tan concentrado en disimular lo que quería y en buscar señales de que Malfoy también estaba interesado que al final se estuviese perdiendo los carteles de neón que tenía Malfoy en la frente.

Lo había pensado largo y tendido. Y, si él era el prototipo de Gryffindor por excelencia, Malfoy era un Slytherin de los pies a la cabeza. Y tenía que tener eso en cuenta.

Astoria lo miraba con la boca abierta y Malfoy, a su otro lado, tenía una expresión indescifrable. Y Harry, orgulloso de haber dejado boquiabierta a Astoria, siempre tan compuesta, tomó su té a sorbitos pequeños –y con cuidado, que ese té tenía que ser explosivo, por lo menos–, disfrutando del silencio que se acababa de generar.

Tras un carraspeo muy poco elegante, Astoria pareció recuperarse de su asombro. Bebió un trago de su té sin apartar la mirada de Harry, como si por mirarlo más intensamente fuese a obtener la respuesta directamente de su cerebro.

- Entonces, Harry... ¿Debo entender que tienes algo en mente?

- Algo así, sí. –Harry estaba a punto de reírse porque la situación era cómica, de verdad que lo era. Nunca había visto a Astoria tan estupefacta. Era impropio de alguien tan Slytherin como ella. Pero se imaginaba que la mujer no se esperaba que Harry fuese tan abierto con respecto a este tema. Ah, lo que tenía aliarse con Gryffindors. Directos y al grano–. Tengo un par de cosas en la cabeza.

No pensaba revelar más información. Tampoco iba a admitir claramente que tenía pensado conquistar a Malfoy de una vez por todas y acabar con esa situación de tensión incómoda entre los dos. Pero eso era exactamente lo que pensaba hacer.

Se necesita al león para atrapar a la serpiente.

Y Harry iba a sacar al león, que ya era hora.

Astoria asintió, entendiendo que no iba a conseguir más información, y dejó el tema estar. Probablemente, pensó Harry, más por el estado de semi shock en el que se encontraba que por gusto. Conociéndola, estaba seguro de que le habría encantado continuar hablando y llevar el tema por los derroteros que le interesasen a ella. Al fin y al cabo, era experta en eso.

Pero no, cambió de tema. Y la charla comenzó a girar alrededor de asuntos intrascendentes. Malfoy, por su parte, permaneció callado la mayor parte del tiempo. Harry se preguntaba si el otro hombre habría entendido exactamente lo que había querido decir. No estaba seguro, pero también sabía que Malfoy no tenía un pelo de tonto. Así que igual se lo había tomado como Harry había pretendido: una amenaza. Una advertencia. Lo que fuese. Pero Harry iba a hacer lo que tenía pendiente.

Cuando todos terminaron su té –y le dieron un buen repaso a las pastas que lo acompañaban– y Astoria lo invitó a cenar, Harry declinó amablemente la oferta. No era el momento más adecuado para cenar los tres en amor y compañía. Así que, todo sonrisas, Harry se despidió de la pareja y volvió a su casa, dejándose caer sobre un sillón, más despatarrado que sentado y con la sensación de tener parte de dragón, a punto de echar fuego por la boca. Estaba agotado. Y necesitaba pensar en qué trampa le podía tender a la serpiente para atraparla. De una vez y por todas.


N/A: Bueno, quiero que sepáis que os traigo este capítulo como regalo de Navidad. Lo subo ahora y dentro de un par de horas, desapareceré de la faz de la tierra de nuevo durante quince días (es decir, que me quedo sin internet, yep). Así que Feliz Navidad, próspero Año Nuevo y que disfrutéis del capítulo :B.

Como siempre, muchas gracias a todos. A todos los que leéis, a los que dejáis comentarios, y a los que dais a fav y a follow. Y a mi beta, aunque en realidad, este capítulo está sin betear y va a hacerme un beteo a posteriori. Que espero que no haya mucho que corregir (para que veas que te doy poco trabajo, no como el del pez este).

Lalala: Hay tensión, hay jajaja. A ver si abren los ojos y se dan cuenta de que tienen lo que necesitan justo al lado ):.

LaPooh: Me alegro de que pienses así, porque a veces me siento mal por tardar tanto en subir los capítulos ):. Son un par de lelos que el día que abran los ojos va a haber que hacer fiesta nacional. Pero eh, que ya van abriéndolos jajaja.

Moonight: ¡Muchas gracias! :). La verdad es que están llegando a un punto de tensión entre ambos, que al final va a explotar el aire a su alrededor, o algo así... Así que sí, tendrán que empezar a sincerarse el uno con el otro pronto jajaja.

Bueno, y ya está. Eso es todo lo que tengo que decir por ahora. No adelantaré nada sobre los siguientes capítulos, salvo que... Bueno, si alguien se lo pregunta, el próximo es un capítulo muy esperado. Y hasta ahí puedo decir :P.

Pasad una Feliz Navidad e iniciad el Año Nuevo con buen pie. Y aprovechad las fiestas para estar en familia y para comer mucho turrón.

MayaT