25. 13 años. Principios de mayo.
Harry había pasado varios días –semanas, en realidad– pensando qué tipo de trampa podía tenderle a Malfoy, pero no había llegado a ninguna conclusión válida. Al fin y al cabo, Malfoy era un Slytherin, y Harry estaba seguro de que sería capaz de verlo venir a distancia si intentaba engañarlo. Así que, mientras ideaba algo y no, se había encargado de coincidir el máximo de veces posible con el otro hombre por los pasillos del Ministerio. Era una tarea mucho más fácil de realizar ahora que sabía en qué departamento trabajaba Malfoy, la verdad. Y aunque habitualmente Harry no se pasaba mucho por el nivel nueve –sobre todo porque no tenía suficientes excusas como para hacer parecer una feliz coincidencia el aparecer por el departamento de Misterios todos los días–, había encontrado otras opciones. Como, por ejemplo, haber adivinado sutilmente –es decir, a fuerza de observar a Malfoy y perseguirlo con la mayor discreción de la que era capaz– las costumbres del otro hombre. Así, había aprendido que Malfoy se tomaba un café todos los días a las once en punto, minuto arriba, minuto abajo. Había distintas opciones –muchas cafeterías cercanas con buen café y mejores dulces para acompañarlo–, pero la mayor parte de las veces, Malfoy se conformaba con subir hasta el nivel ocho, piso en el que se encontraba El Atrio, y acercarse a la cafetería del propio Ministerio. Y Harry no se enorgullecía del uso que le estaba dando a su capa de invisibilidad, pero era por una buena causa. Así que, cuando Malfoy elegía quedarse en el interior del Ministerio, Harry aprovechaba, se quitaba la capa y se acercaba como si el encuentro hubiese sido fruto de la más casual de las casualidades y no algo totalmente premeditado. Tras una charla rápida, un par de sonrisas y más contacto del que era estrictamente necesario entre dos compañeros de trabajo –pero no tanto como para llegar a ser considerado indecoroso–, Harry pedía un café –más por excusa que por necesidad– y se lo subía a su despacho en el Departamento de Aurores del segundo piso. Café al que, habitualmente, le daba un par de sorbos de cortesía y acababa siendo terminado por Ron en alguna visita de las que le hacía, independientemente de si eran en calidad de amigo o en calidad de auror. Otros días –los que Ron estaba de misión o fuera de servicio–, acababa prácticamente intacto en el cubo de la basura. Pero el café ya había cumplido su cometido para esos entonces.
Otras veces, Malfoy salía a alguna de las pequeñas cafeterías que se podían encontrar por las calles aledañas y Harry no tenía una excusa posible para aparecerse exactamente en la misma y al mismo tiempo sin parecer un acosador. Así que, en esos casos, merodeaba por El Atrio durante la pausa de Malfoy –de once a once y media, todo lo puntual posible– con un vaso de café en la mano y disimulaba cuando veía al otro hombre aparecer, regalándole la mejor de las sonrisas al cruzarse con él cuando cada uno se dirigía hacia un ascensor diferente para acceder a su planta.
Y en alguna –rara– ocasión, Harry se atrevía a bajar de verdad al Departamento de Misterios a la hora exacta de las diez y cincuenta y nueve minutos y esperar a Malfoy con un café para él –sin azúcar y cortado, como sabía que le gustaba–, otro para sí mismo –algo más dulce– y algo para acompañarlos. Y una amable sonrisa.
Había sido poco más de un mes, pero para el segundo día que Harry se había cruzado con Malfoy a la hora del café, éste ya había sospechado. Lo había mirado con suspicacia y Harry estaba seguro de que sabía que tenía algo en mente. Pero probablemente no se acercase a lo que realmente pretendía Harry.
Otra de las costumbres de Malfoy era entrar y salir puntualmente. Entraba a través de las chimeneas que conectaban el Ministerio con la Red Flu un minuto antes de la hora y salía, de la misma manera, alrededor de quince minutos más tarde de que acabase su jornada. No solía retrasarse y, si tenía que decir la verdad, Harry nunca había sido tan puntual en su vida. Los días que podía –la gran mayoría, dado que había conseguido tener casi todos de oficina, que de algo tenía que valer ser el Jefe de Aurores–, hacía cuadrar su horario con el de Malfoy. Así, entraban y salían a la vez. Y Malfoy y su suspicacia lo miraban con los ojos entrecerrados, le devolvían el saludo y huían antes de que Harry se acercase a hablar. Porque lo hacía. Alguna que otra vez, Harry se acercaba cuando se estaban yendo o cuando acababan de llegar y sacaba todo el encanto que tenía en plena conversación. No muy descaradamente, pero sí lo suficiente para que Malfoy se sintiese ligeramente incómodo.
Ah, había sido un mes muy ocupado para Harry y no tan fructífero como habría esperado. Pero, al final, había llegado a una conclusión bastante razonable. Es la serpiente la que planea, el león ataca para cazar. Y él siempre había sido bastante más león que serpiente.
Así que, mientras descansaba en su sillón después de comer con un té en la mano –que café había tomado ya suficiente en el último mes, muchas gracias–, se dio cuenta de que tenía que atacar. Tenía que hacerlo de tal manera que a la serpiente no le diese ni siquiera tiempo a sospechar y escurrirse.
Harry terminó el té de un trago, se levantó del sillón y llevó la taza a la cocina, donde la limpió y colocó en su sitio con unos simples –y muy útiles– movimientos de varita. Después, se recolocó el jersey frente a un espejo, se atusó el pelo –aunque no consiguió mucho– y salió al jardín, Desapareciéndose con un sonoro "pop".
El Callejón Diagon no estaba excesivamente lleno cuando Harry se Apareció en él. Había unas cuantas personas paseando y alguna que otra más en el interior de las tiendas, pero ninguna multitud. Y eso iba en favor de Harry.
Se dirigió con pasos rápidos a la Oficina de Correos por lechuza que había al final de la calle, pasando por el camino por delante de la heladería de Florean Fortescue. De un vistazo rápido, se dio cuenta de que la terraza estaba totalmente vacía, pero se empezaba a notar el calor de mayo, ya que en el interior sí que había un par de personas pidiendo un helado. Perfecto.
No tardó en salir de la Oficina de Correos después de haber enviado un pequeño búho marrón –muy ansioso por realizar la entrega, no hacía más que mover las patas y picotear a Harry en las manos para que se diese prisa– con una misiva hacia Malfoy Manor. Una carta más bien corta, con un contenido no del todo explícito pidiéndole a Malfoy que se acercase lo antes posible al Callejón Diagon, que tenía una "urgencia" entre manos y no podía esperar. Que lo necesitaba en ese preciso momento. Todo ello escrito con la mejor de sus caligrafías apresuradas, para dar la idea de que de verdad estaba en un apuro. Y lo estaría. No lo estaba todavía, pero sí en un futuro muy próximo.
Volvió sobre sus pasos –más deprisa de lo que había ido, que nunca se sabía cuánta prisa se iba a dar Malfoy– y entró directamente en la heladería, mirando los distintos helados que tenían mientras esperaba su turno. ¿Turrón con piñones? ¿Calabaza con caramelo? ¿Qué sabor de helado le podía gustar a Malfoy? Nunca había comido helado con él, pero si tenía que fiarse de sus gustos de té, entonces podría escoger cualquier cosa. Pero iría a lo seguro, ¿a quién no le gusta el helado de chocolate?
Así que, dos minutos después, estaba sentándose en una de las mesas vacías de la terraza de la heladería –la más resguardada de miradas indiscretas, pegada a la pared y semi oculta a la vista en algunos ángulos gracias a una gran sombrilla– con un helado de "explosión de chocolate" según el señor heladero –y no estaba seguro de querer saber cuántos tipos de chocolate llevaba–, con pedazos de fudge de chocolate y todo recubierto por chocolate fundido. Grande era decir poco. Gigantesco se acercaba más a la realidad. El heladero –uno de los hijos del señor Fortescue que había heredado el negocio tras la muerte de su padre– lo había mirado como si estuviese loco al pedir ese tamaño, pero a Harry no le importaba. No tenía pensado comérselo él solo.
Y ahora sí que tenía una urgencia entre manos. Si no se daba prisa, se le derretiría el helado antes de poder terminarlo.
No tuvo que esperar demasiado. Estaba planteándose si empezar a comer un poco del helado –lo que se estaba derritiendo, nada más– o dejarlo para cuando llegase Malfoy, justo cuando lo vio.
Se Apareció en mitad de la calle, con el pelo medio despeinado y el suéter a medio poner. Con los ojos muy abiertos y cara de susto, pasó la mirada por todo el callejón, buscando, presumiblemente, a Harry. Y Harry no estaba totalmente seguro a causa de la distancia, pero podía asegurar que el otro hombre estaba jadeando. ¿Lo habría preocupado tanto como para hacerlo correr?
Levantando un brazo, lo agitó para llamar la atención de Malfoy y éste, que estaba oteando el horizonte en su busca, lo vio al instante. Y Harry sabía que acababa de alzar una ceja –simplemente lo sabía, no necesitaba verlo– al ver la situación tan poco urgente en la que se encontraba.
Malfoy se acercó hasta alcanzar la mesa en la que estaba Harry, mirando a todas partes por si en realidad sí que había alguna urgencia por allí, fijándose durante varios segundos en el helado que se encontraba sobre ella antes de dirigir la mirada a la cara del hombre que se encontraba ante él.
- ¿Y la urgencia?
Harry sonrió ampliamente, señalando con ambas manos el cuenco lleno de helado hasta arriba, ya parcialmente derretido.
- Aquí. –Ante la expresión que le estaba dedicando Malfoy, Harry se sintió obligado a continuar–. Se está derritiendo y no voy a ser capaz de comerlo yo solo.
- Pero... ¿tú eres tonto? –A Malfoy le salió del alma y Harry no se quejó porque al momento de decirlo, agitó las manos como pidiendo disculpas, negando un par de veces a la vez con la cabeza–. Espera, déjame que lo entienda... Me has hecho venir a toda prisa porque me necesitabas urgentemente... ¿para comer un helado?
Harry asintió, aunque estaba empezando a presentir que no había sido tan buena idea como había creído en un inicio. Parecía que Malfoy no tenía tanto sentido del humor cuando lo obligaban a salir corriendo de su casa para ayudar en una falsa urgencia.
- ¿Esto lo consideras urgente? –Malfoy seguía teniendo pinta de que no le hacía ni una pizca de gracia, pero al final, se cruzó de brazos y terminó por esbozar una pequeña sonrisa–. Imaginaba que después de todas las urgencias que has tenido en tu vida, serías capaz de distinguirlas, pero parece que me equivocaba. ¿No podrías haberme avisado sin más, sin necesidad de preocuparme?
- Pero entonces, ¿dónde estaría la gracia? –La sonrisa de Malfoy había relajado a Harry, viendo que ya no iba a ser asesinado por el hombre que estaba frente a él–. Además, así me aseguraba de que vinieses a comer helado conmigo. ¿Te gusta el chocolate?
Malfoy separó la silla que quedaba en su lado de la mesa y se dejó caer pesadamente sobre ella, quedando justo frente a Harry y, colocando ambos brazos sobre la superficie, lo miró con una expresión divertida.
- ¿Tantas ganas tenías de tomar helado conmigo que no podías arriesgarte a un no? Vaya. –La sonrisa de Malfoy indicaba que, a pesar de las formas, no estaba molesto. Extendió una mano hacia Harry y éste le colocó la segunda cucharilla que había cogido en ella–. Y sí, por suerte para ti, me encanta el chocolate.
Así fue cómo Draco Malfoy fue el primero en probar el helado que estaba situado entre ambos. Clavó la cucharilla en un lateral y se lo llevó a la boca, dejando escapar un ruidito de placer que a Harry le puso los pelos de punta. Tendría que haberse dado cuenta de que dar de comer a Malfoy no iba a ser una buena idea. Y menos un postre. Todavía recordaba vívidamente el incidente con el pudin de Navidad en casa de los Weasley y no tenía intención de acabar de la misma manera. Es verdad que estaban solos, lo cual era un avance, pero seguía siendo bastante incómodo tener un calentón en medio de la calle y a plena luz del día.
- Sí. –Harry estaba intentando no fijarse en Malfoy comiendo helado y lamiendo la cucharilla de forma totalmente impúdica, pero lo cierto era que no podía apartar la mirada. Y mucho menos pensar con claridad–. Quería que vinieras y no quería arriesgarme a que te negases.
Harry no sabía muy bien por qué lo había dicho, pero los labios de Malfoy –que eran lo único que podía ver, dado que su campo visual se había reducido a eso– se curvaron en una sonrisa manchada de chocolate, así que supuso que no había estado tan mal dicho.
- Sólo tendrías que haberme dicho que me esperaba este helado y no habría habido ningún tipo de riesgo de negación. Habría venido incluso más rápido. ¿No vas a comer?
Malfoy señalaba con la cuchara el helado, mirando a Harry con una expresión interrogante. Y Harry asintió, dando gracias mentalmente de que al menos no se lo hubiese ofrecido él mismo en su propia cuchara.
Qué mayo tan caluroso estaba haciendo, ¿no?
- ¿Más rápido que si hubiese sido una urgencia de verdad? –Harry clavó la cuchara en el postre, cogiendo un buen pedazo de fudge untado en helado y chocolate derretido y se lo llevó a la boca. Oh, la gloria, eso estaba delicioso. No le extrañaba que Malfoy hiciese ruidos orgásmicos, si estaba casi seguro de que los acababa de hacer él también–. Cuando me esté muriendo, tendré que recordar que te tengo que atraer con promesas de helado de chocolate.
- Bueno, si te estuvieses muriendo, no creo que me enviases una lechuza. No sé, no soy muy experto en estos temas, pero creo que un Patronus es más fácil de mandar que una lechuza.
Malfoy volvió a hincar la cuchara en el helado y se la llevó llena a la boca. Y la cara que puso no tenía nada que envidiarle al sonido que había hecho antes. Harry estaba empezando a tener problemas en la zona sur, definitivamente.
Así que se concentró en comer helado y, durante unos minutos, ambos estuvieron callados, más entretenidos en llevarse helado a la boca que en usarla para hablar.
Cuando ya apenas quedaba una parte del helado –y Harry juraría que el heladero estaba mirándolos desde la puerta con cara de asombro porque hubiesen sido capaces de acabárselo entre los dos, mano a mano, con lo gigantesco que era–, Malfoy dejó la cucharilla dentro del cuenco y miró a Harry fijamente. Como si intentase sacarle la información del cerebro directamente.
Tanto que Harry, por unos segundos, pensó que de verdad iba a utilizar Legeremancia pero, al no notar ninguna sensación extraña de nadie hurgándole en la mente, se dio cuenta de que simplemente estaba observando su lenguaje corporal. Aunque eso ya era bastante malo en sí mismo, porque Harry no sabía si había hecho algún gesto que revelase más de la cuenta.
Pero qué más daba. A estas alturas, a Harry le daba igual que Malfoy conociese sus intenciones si así conseguía llevarlas a cabo.
- ¿Por qué tanto interés en tomar helado juntos?
Al fin, Malfoy habló. Y al hacerlo, recalcó especialmente la palabra juntos. Harry, que estaba llevándose a la boca una buena cucharada de helado, se tomó su tiempo en responder. Y cuando lo hizo, después de tragar, no fue la respuesta que Malfoy esperaba.
- Tienes chocolate aquí. –Se señaló a sí mismo con la cuchara la comisura izquierda de los labios y Malfoy, por reflejo, se limpió con el pulgar la comisura derecha. Con una sonrisa, Harry negó una única vez con la cabeza al ver cómo el lado izquierdo todavía estaba sucio–. Déjame.
Harry estiró el brazo por encima de la mesa hacia la cara de Malfoy y pasó el pulgar justamente por su comisura izquierda, llevándose el chocolate en el proceso. Y de paso, dándose cuenta de lo suaves que eran los labios de Malfoy, rozándolos un poco más de la cuenta, aprovechando que los había entreabierto. Podía notar la respiración de Malfoy –estaba más agitada de lo normal, sin duda– y cuando apartó el dedo, vio a Malfoy pasarse la punta de la lengua por los labios, relamiéndose y terminando de quitar el poco chocolate que quedaba.
Cuando Harry, varios segundos después, se dio cuenta de que se había quedado mirando fijamente los labios de Malfoy de forma totalmente descarada, apartó la mirada y disimuló como pudo. Aunque, por la sonrisa que le dedicó el otro hombre –una de esas sonrisas extrañas que ponía Malfoy de vez en cuando y que a Harry le ponían los pelos de punta–, estaba bastante seguro de que no lo había conseguido.
Y, viendo esa sonrisa, a Harry se le cayó la venda de los ojos. Tendría que ser muy, muy tonto –y afortunadamente, sólo era tonto a secas– para no darse cuenta de lo que acababa de pasar. Malfoy prácticamente acababa de darle permiso para que lo besase. Sólo habría podido ser más claro si se lo hubiese gritado en la cara.
Malfoy quería ser besado. Y oh, Merlín, si Harry no quería besarlo.
De repente, Harry sintió cómo su corazón comenzaba a palpitar más rápido de lo habitual y cómo le empezaban a sudar las palmas de las manos, no precisamente por el calor de principios de mayo. Se estaba poniendo nervioso.
Una cosa era saber que quería besar a Malfoy. Otra era saber que Malfoy quería ser besado por él. Pero ya una tercera cosa totalmente diferente era hacerlo. Besar a Malfoy.
Harry tenía la ligera noción de que estaba prácticamente tumbado sobre la mesa y de que Malfoy estaba más cerca de lo que había estado apenas unos instantes antes. Y sabía, sabía, que si nada se lo impedía en ese mismo momento, iba a besar a Malfoy.
Y no parecía que Malfoy fuese a hacerlo. Lo estaba mirando con los ojos como platos y sin hacer ni un solo movimiento. Y, ahora que Harry se fijaba, Malfoy tenía unos ojos... interesantes de ver. De un color gris plateado bastante curioso y... Espera. Qué estaba haciendo. No podía besar a Malfoy en medio de la calle, en el Callejón Diagon de todos los lugares del mundo, donde cualquiera que los viese los reconocería al instante. Y la noticia saltaría a la prensa –dado que El Profeta todavía no se había cansado de especular sobre la vida de El Salvador del Mundo Mágico, y Harry dudaba que eso fuese a ocurrir mientras Rita Skeeter estuviese trabajando para él. O con vida, en general–. Y Harry no quería eso, no señor. No la parte de la prensa, que le daba exactamente igual. Harry llevaba años riéndose de las encuestas que realizaban desde la revista Corazón de Bruja, preguntándose quién iba a ser el próximo amorío del Chico Dorado tras su ruptura con la estrella del Quidditch, Ginevra Weasley. Y estaba seguro de que se reiría mucho más si pudiese ver la cara de los lectores de esa revista cuando se hiciese público que el receptor de sus cariños no era otro que Draco Malfoy. Pero Harry no quería reírse, ya tenía muchos motivos de risa en su vida cotidiana, muchas gracias. Él no quería que todo el mundo se enterase de su relación –o lo que fuera– con Malfoy. Porque si Harry empezaba algo con Malfoy, fuese lo que fuese, quería poder disfrutar de ello.
Quería besar a Malfoy largo y tendido, sin preocuparse de si estaba o no escandalizando a nadie. Sin tener que preocuparse por las opiniones de los demás –que le importaban un gusarajo–, sin tener que dar explicaciones a nadie. Sin poner a Malfoy entre la espada y la pared desde el principio, obligándolo a elegir entre la comodidad del anonimato y una vida llena de artículos poco favorecedores en la prensa. Aunque estaba hablando de Malfoy. Malfoy ya estaba condenado a eso y a bastante más. Que Harry no lo aprobaba y si por él fuera le clavaría la varita en la nariz a cualquier mago, bruja o animal salvaje que se atreviese a mirarlo por encima del hombro, sí. Pero no era ése el tema que le concernía ahora.
Estaba pensando en besar a Malfoy.
Y para qué engañarse, a Harry le daba igual la prensa. Pero quería tener a Malfoy para él solito, sin interrupciones. Y no quería asociar su primer beso con una huida del Callejón Diagon por el acoso de la gente.
- Luego.
Harry no supo si seguía pensando o si en realidad lo había dicho en voz alta, pero el ver a Malfoy relamiéndose a la vez que asentía mínimamente con la cabeza en respuesta, no dejaba lugar para muchas dudas.
¿En serio Malfoy acababa de darle permiso para besarlo más tarde, o Harry se estaba volviendo loco y veía cosas donde no las había?
Cualquiera de las dos opciones era bastante probable. E incluso la de la locura lo era más. Pero daba igual. Harry iba a besar a Malfoy. Luego. Lo iba a hacer. No sabía cómo ni con qué excusa, pero lo haría. Más tarde.
Así que, por el momento, lo que tenía que hacer era alejarse de Malfoy y sentarse de nuevo sobre la silla como una persona normal. Y eso fue exactamente lo que hizo, recolocando el cuenco con el poco helado que quedaba entre ellos de forma que éste quedase en el lado de Malfoy, aprovechando la distracción para no tener que mirarlo.
Pero claro, ninguna distracción dura eternamente, y menos cuando Harry podía sentir la mirada de esos ojos de un color gris plateado bastante curioso atravesándole el cráneo. Así que, cuando Malfoy cogió de nuevo su cuchara de dentro del cuenco y recogió con ella los restos de helado derretido, Harry lo miró. Y, por un momento, tuvo la sensación de que Malfoy iba a hacer algo. Algo. Cualquier cosa diferente a comerse el helado. Harry no podía decir el qué, y la sensación se fue tan rápido como había venido.
Pero Malfoy seguía sin comerse el helado, mirando a Harry fijamente.
- ¿Y por qué no ahora?
Harry no quería responder. No quería porque era revelar más de la cuenta. Pero a la vez estaba deseando hacerlo, su instinto le pedía que lo dijese de una vez y que Malfoy apechugase con las consecuencias de sus actos. O de sus preguntas, en este caso. Y, sinceramente, ¿de quién se iba a fiar, sino de su instinto? Que lo había ayudado en tantas ocasiones y lo había sacado de tantos entuertos –aunque fuese después de haberlo metido en ellos–.
- Porque no es el momento ni el lugar. –Y su instinto, su amigo el instinto, le dijo en ese instante que la pregunta que le acababa de hacer Malfoy escondía más de lo que decía. Y, bueno, Harry era un Gryffindor, después de todo–. Porque cuando lo haga, me dará absolutamente igual el lugar y el tiempo que haya pasado. Me importará una mandrágora frita si hay alguien alrededor o si somos los únicos que quedamos vivos en el universo. Y no creo que pueda controlarme demasiado en ese momento.
Epa, Harry. ¿De dónde le había salido tanta sinceridad repentina? Aunque no se arrepentía de haberlo dicho. Y menos porque Malfoy se llevó la cuchara a la boca y, por mucho que intentase esconderla, Harry podía ver perfectamente una sonrisa. ¿Acababa de ponerlo a prueba?
Justo en ese momento, Malfoy dejó de nuevo la cuchara en el cuenco ya vacío y miró a Harry con una ceja alzada, a lo que Harry respondió mirándolo de la misma manera. Malfoy miró al cuenco y volvió a mirar a Harry, así que éste hizo lo mismo, frunciendo el ceño en un intento de saber si le estaba intentando comunicar algo sin palabras.
- Ugh, Potter. A veces pareces avispado, pero te aseguras de contrarrestarlo bien con momentos de densidad. –Y Harry le daría la razón, porque en realidad todavía no sabía qué le quería decir Malfoy. Pero Malfoy se apiadó de su pobre alma –y de su densidad mental– y habló antes de que Harry tuviese que preguntar–. Se ha acabado el helado.
- Oh. –Era verdad, se había acabado. Pero, ¿qué importancia tenía eso? A menos que...– ¿Quieres otro?
- No, Potter. No quiero otro helado.
Uf, menos mal, porque Harry no podía comer una cucharada más. Lo único que quería él era irse a algún sitio con un poco más de privacidad para... Oh. Espera. Igual era eso lo que quería Malfoy, también.
- Quieres... ¿que nos vayamos?
Bueno, lo había dicho. No había sido un "puedes irte", ni siquiera un "es hora de irnos". Había sido un "quieres que nos vayamos". Los dos, juntos, al mismo destino.
Y ahora la pelota estaba en el tejado de Malfoy. Que bien podía responderle algo del estilo de "sí, cada uno a su casa" y Harry se quedaría con tres palmos de narices. Pero no, no podía ser. Harry estaba seguro de que había interpretado bien las señales y... Qué tonterías de señales, si Malfoy le había preguntado directamente que por qué no ahora. Estaba claro que se refería al beso que casi le había dado Harry... ¿no?
Y por qué Harry estaba empezando a dudar ahora, de todos los momentos que tiene el día. Justo en ese instante, cuando estaba más que cerca de besar a Malfoy y cumplir con todas sus expectativas.
- Por fin.
Harry estaba tan metido en sus propios pensamientos que casi no escuchó a Malfoy contestarle, pero cuando la voz del otro hombre consiguió filtrarse a través de todas las capas de dudas, inseguridades y nerviosismo que formaban el cerebro de Harry en ese momento y éste pudo por fin comprender el significado de esas palabras, se quedó con la boca abierta. Por poco tiempo, porque en menos de un segundo, saltó de la silla –casi tirándola en el proceso– y se colocó al lado de Malfoy, tendiéndole una mano, esperando a que se levantase. No sabía de dónde había salido la impaciencia que acababa de embargarlo, pero tampoco le importaba. Llevaba muchos –muchos– años sin besar a Malfoy, sí, y cualquiera le diría que no se iba a morir por esperar unos minutos más para hacerlo. O incluso unas horas. Pero eso era porque ese cualquiera no estaba en la piel de Harry. Harry, quien, cuando se había dado cuenta –por fin– de lo que quería –que era Draco Malfoy– y de que de veras lo quería, no había cejado en su empeño de conseguirlo. Harry, quien se moría por besar a Malfoy. El mismo Harry que tenía la oportunidad al alcance de la mano y sentía que casi le temblaban las rodillas por el nerviosismo.
No iba a negarlo, se sentía un poco idiota. Y también un poco de vuelta a sus años de adolescencia, aunque tampoco había tenido mucho romance en esa etapa de su vida. Pero hacía mucho que no se sentía tan inseguro con algo.
Cuando Malfoy estrechó su mano y se levantó de su silla –mucho menos apresuradamente que Harry y, desde luego, sin casi tirar nada–, Harry no puedo evitarlo. Apretó la mano de Malfoy dentro de la suya con más fuerza de la estrictamente necesaria, pero sin llegar a hacer daño, y se Desapareció con él.
Para aparecer un instante después en la puerta de Malfoy Manor con un Malfoy con la boca a medio abrir –porque probablemente iba a decirle algo antes de que a Harry le entrase la prisa– delante. Un Malfoy que no parecía muy contento, la verdad.
- Avisar de que vas a Aparecerte con alguien en la casa de esta persona... Está sobrevalorado, supongo.
Malfoy sonaba molesto, pero no verdaderamente enfadado. Y Harry podía entenderlo, después de todo, la Aparición no era la sensación más agradable, así como sorpresa.
Pero de veras que no había podido evitarlo. Estaba nervioso y su cerebro se negaba a dejar de darle vueltas al mismo tema –excusas para besar a Malfoy–, cosa que lo ponía aún más nervioso. Además, todavía no había soltado la mano de Malfoy y la sentía correcta dentro de la suya. Como si ése fuese el lugar al que pertenecía. Y, por si fuese poco, no encontraba las palabras para contestar a Malfoy, estaban perdidas en algún recóndito lugar de su mente. Así que hizo lo único que se le ocurrió.
Besó a Malfoy.
Fue extraño, cuando menos, porque Malfoy no se lo esperaba. Y, a decir verdad, Harry tampoco.
Pero los labios de Malfoy se sentían suaves contra los suyos, y en el momento en el que éste levantó su mano libre y la colocó en la nuca de Harry, atrayéndolo más hacia él, Harry dejó de pensar.
No fue un beso excesivamente largo, pero sí lo suficiente como para que Harry se diese cuenta de que sí, efectivamente, eso era lo que quería. Quería besar a un hombre. A Draco Malfoy, en concreto. Y no se iba a escandalizar por ello ni iba a hacer una montaña de un grano de arena. Porque por primera vez en mucho tiempo, lo que estaba haciendo era lo que verdaderamente quería hacer. Nada de cumplir las expectativas de nadie ni de poner los deseos de los demás por delante de los suyos.
Cuando el beso se rompió –demasiado pronto, para el gusto de Harry– y éste abrió los ojos, se encontró con la mirada de Malfoy. Su mirada y su sonrisa y oh, si Harry no quería besar esa sonrisa una y otra vez. E iba a hacerlo, pero paró justo a tiempo al darse cuenta de que los labios se estaban moviendo, y no precisamente en busca de otro beso.
- Pensaba que no era ni el momento ni el lugar.
- No lo era. –Harry se relamió sin dejar de mirar los labios de Malfoy. ¿Cómo había sobrevivido sin besar a ese hombre hasta ese instante?– Pero ya no estamos ni en el mismo momento ni en el mismo lugar, ¿no es así?
Y se acercó a Malfoy, presionando los labios contra los suyos en un beso rápido, a lo que el otro respondió con una carcajada.
- Potter, si hubiese sabido que tomar helado de chocolate iba a acabar así, te habría invitado hace mucho tiempo.
- Pues deberías haberlo hecho. De hecho, sí. ¿Por qué no lo hiciste?
- Oh, venga. ¿Y perderme todas esas caras tan raras que ponías mientras te debatías interiormente si querías o no querías besarme? Ni loco.
- No debatía si quería o no quería besarte, sino si... Espera, ¿qué?
Malfoy volvió a reírse –probablemente de la expresión de sorpresa del pobre Harry– y tiró más de su mano hacia sí mismo, eliminando la distancia que quedaba entre ellos. Y, de paso, impidiéndole a Harry la huida.
- Venga, Potter. Tienes la cara más transparente que he visto en mi vida. Sólo era cuestión de sumar dos y dos.
Harry no sabía cuánto de verdad había en lo que estaba diciendo Malfoy, porque lo cierto es que había tantas posibilidades de que se lo estuviese diciendo en serio como de que le estuviese tomando el pelo.
- ¿Y no podrías haber sumado dos y dos antes y haberme ahorrado el dilema?
Y todo el sufrimiento, porque había sufrido. Mucho. Aunque no estaba seguro de que, si Malfoy de verdad lo hubiese besado, él no hubiese acabado saliendo por pies y huyendo con sus tres retoños a la Antártida, a vivir entre pingüinos.
- Bueno, Potter, yo no soy aquí el Gryffindor con todos los honores.
Ya, ya. Harry escuchaba lo que Malfoy estaba diciendo –porque sordo todavía no estaba–, pero había aprendido a leer entre líneas lo que Malfoy callaba. Y Harry sabía que si Malfoy hubiese estado realmente seguro de que Harry quería besarlo y él hubiese querido besarlo también –cosa que Harry acababa de comprobar que era cierta–, lo habría hecho directamente y sin ningún tipo de inconveniente. Así que, en resumen, Malfoy no había estado seguro. Es decir, le estaba tomando el pelo.
Cómo no.
Pues a ese juego podían jugar dos.
- Entiendo, Malfoy. Supongo que querías dejar que lo entendiese y actuase yo solo. Ya sabes, por eso de hacer las cosas uno mismo y aprender de la experiencia.
- Exactamente, Potter. Me alegra ver que lo has comprendido.
- En el fondo eres un alma bondadosa, Malfoy. Y un incomprendido, desviviéndote por mí y yo aquí pensando que no te habías atrevido a hacerlo, no porque no estuvieses seguro, sino porque en realidad no tenías ni pajolera idea de cómo te habría respondido. –Harry pudo notar el cambio en la expresión de Malfoy, de una sonrisa confiada a una un poco más tensa, y pudo incluso ver cómo tragaba saliva de una forma bastante nerviosa. No pudo evitar la sonrisa maquiavélica que le salió. Bien, así que lo había pillado–. Qué desconsiderado por mi parte.
- Sí, totalmente desconsiderado. Dudando de mí de esa manera, Potter... Cómo podría no haber estado seguro, cuando tú eres la persona más fácil de leer que he visto nunca. Sin cambios de humor repentinos, ni señales confusas ni contradictorias. Nada de eso. Sin arrebatos ni explosiones emocionales repentinas.
Ouch, vale. Tenía que darle la razón a Malfoy. Igual no había sido la persona más directa y más... cuerda, en general. Pero eh, tenía disculpa. Lo había pasado mal con todo eso de aceptar que le gustaba un hombre, ¿vale? No era el mejor de los descubrimientos para hacer cuando estás a mitad de la treintena y te encuentras con tres hijos pequeños y una exmujer poco colaboradora. Y el hecho de que el hombre en cuestión hubiese sido su enemigo jurado en el colegio sólo lo hacía todo un poquito más chocante, nada más.
- ¿Verdad que sí? Soy así de sencillo. Simple y siempre con la verdad por delante, sin ningún tipo de dudas.
- Oh, venga, Potter. ¿Cuándo te ha empezado a gustar tanto hablar? Yo pensaba que tú eras más del tipo de lanzarte a la acción y...
Ah, Malfoy lo estaba pidiendo, ¿no? O, al menos, así lo quería entender Harry. Así que no dejó que Malfoy –Draco– acabase la frase, interrumpiéndolo de la manera recién aprendida pero ya favorita de Harry.
Porque Malfoy tenía razón, para qué hablar cuando podían estar usando las bocas para cosas mucho más interesantes. Como besarse eternamente, por ejemplo.
Al parecer, a Malfoy no le importó demasiado ser interrumpido porque, sin ningún tipo de queja, comenzó a devolverle el beso a Harry. Y, lo que había empezado en un principio como un beso inocente, fue subiendo de nivel hasta convertirse en uno como es debido. Harry se había olvidado por completo de que estaban a la puerta de la Mansión Malfoy y, de hecho, lo único que podía recordar en ese momento era que la persona que estaba frente a él era Malfoy.
Bueno, ¿cuánto hacía que no besaba a nadie? Años, muchos años. De hecho... Ginny debía de haber sido su último beso así más espectacular, y no quería saber por qué estaba pensando en su exmujer mientras besaba a Malfoy, ugh. Eso era un apagafuegos y un matahumores instantáneo. Sería mejor que cambiase de tema y pensase en otra cosa. Como en el beso que le estaba dando Malfoy. Sí, definitivamente ése era un tema bastante mejor.
Justo en ese momento, como intentando atraer la atención de Harry de vuelta al presente, Malfoy dejó escapar un ruidito mitad de queja, mitad de placer y oh, por los sagrados calzones de Merlín, Harry de verdad que no sabía cómo había sobrevivido hasta ese momento sin besar a Malfoy hasta dejarlo tonto. O quedarse tonto él, que sería un pequeño precio que pagaría gustoso si a cambio pudiese vivir el resto de su vida pegado a esos labios.
Uf, aunque pensándolo bien, igual ya lo había pagado.
Así que, tonto o no, Harry volvió a centrarse por completo en Malfoy. Soltó la mano de éste que todavía sostenía con la suya y lo rodeó por la cintura con ese brazo, intentando acercarlo más a sí mismo. Pero no era lo suficientemente cerca, así que dio un paso hacia él, a lo que Malfoy respondió dando un paso hacia atrás y, cuando Harry se dio cuenta, estaba acorralando al otro hombre contra la verja que marcaba el límite del terreno de la mansión, con el cuerpo completamente pegado al suyo de la cabeza a los pies y la mano libre enredada en el pelo rubio. Ese pelo rubio que era tan suave como se había imaginado, que se deslizaba entre sus dedos y... Harry tuvo que interrumpir su tren de pensamientos, porque en ese preciso instante, Malfoy dejó escapar un sonido que no daba lugar a ningún tipo de duda. Y, bueno, Harry nunca había tenido absolutamente nada lo más remotamente parecido a sexual con un hombre, pero tampoco era estúpido. Tenía bastante claro cómo funcionaba el tema. Es decir, él mismo era un hombre. Y como hombre que era, sabía distinguir muy bien lo que era estar excitado. Y Malfoy lo estaba. No había mucha posibilidad de esconderlo, dada la posición en la que se encontraban, y el hecho de que Harry estuviese notando contra su pierna cierta parte de la anatomía del rubio que no había notado anteriormente y que, justamente, estaba a la altura de su entrepierna, despejaba las dudas que pudiesen quedar. Y lo más extraño era que sí, esa situación era rara en sí misma, con Harry besando a Malfoy como si no hubiese un mañana y notando perfectamente la excitación del otro hombre, pero no lo suficientemente rara como para que Harry sintiese la necesidad de huir y meterse en una cueva para no volver a salir nunca jamás. Porque era extraño de nuevo, diferente, no extraño de repugnante o asqueroso. Y porque cuando Malfoy se movió contra su cuerpo, pegándose todavía más a él, y bajó las manos por su espalda hasta dejarlas en la parte más baja de ésta, casi sobre su trasero, Harry tuvo que admitir una verdad ineludible. Malfoy estaba excitado, sí señor, pero él no se quedaba atrás. Harry Potter, salvador del mundo mágico y chico dorado, estaba duro como una piedra solamente por estar besando a Draco Malfoy.
Y sí, quería seguir besando a Malfoy. Y no, no tenía pensado huir en un futuro cercano. Pero, aun así, era un alivio darse cuenta de que Malfoy no lo estaba presionando de ninguna manera para continuar o ir más rápido. Las manos del otro hombre se habían quedado en la parte baja de su espalda y no habían bajado más y, aunque Malfoy estaba todo lo cerca que era humanamente posible, estaba lo suficientemente quieto como para no restregarse –demasiado– contra Harry. Y Harry lo agradecía enormemente, porque por mucho que quisiese seguir pegado a los labios de Malfoy y continuar con eso hacia dondequiera que los llevase, una cosa era lo que le pedía su cuerpo y otra muy distinta lo que su mente estaba dispuesta a asumir. Y por ese día, ya había asumido bastantes cosas.
Pasito a pasito, Harry.
Y, como si le hubiese leído el pensamiento –cosa que a veces Harry se preguntaba seriamente si no sería cierta–, Malfoy rompió el beso y lo miró con una sonrisita desde la posición en la que se encontraba. Por un instante, Harry se sintió avergonzado. Es decir, había acorralado a Malfoy contra una verja y lo había besado como si no existiese nada más a su alrededor, por Merlín. Pero Malfoy no se había quejado mucho, ¿no? Y, desde luego, Harry podía decir que le había gustado.
- Calma, chico maravilla. No intentes correr cuando acabas de aprender a andar, que tenemos tiempo de sobra.
Y ahí estaba de nuevo Malfoy y su habilidad para leerle el pensamiento. O eso, o es que de verdadsu cara era mucho más transparente de lo que creía. Pero ya se preocuparía por su transparencia en otro momento, porque ahora estaba ocupado sintiéndose agradecido con Malfoy por haber puesto en palabras lo que estaba pensando y haber contestado a la duda que se estaba empezando a formar en la mente de Harry.
Tenemos tiempo de sobra. Tenemos. Los dos. Malfoy y él.
Malfoy estaba dispuesto a esperar a Harry, a dejar que se tomase su tiempo hasta sentirse cómodo. Estaba dispuesto a ir despacio por él. Y Harry tendría que ser mitad idiota y mitad estúpido para dejar escapar esa oportunidad.
Así que sonrió –una sonrisa que le salió del alma– y asintió, soltando finalmente a Malfoy, pero sin despegarse de él –sí, iba a ir paso a paso, pero estaba muy a gusto en el abrazo en el que lo tenía metido el otro hombre, muchas gracias–.
- Tendría que irme. –Porque no tenía muchas ganas de hacerlo, pero Harry sabía que, si no se iba en ese momento, volvería a besar a Malfoy. Y esta vez no estaba muy seguro de que ninguno de los dos fuese a ser capaz de parar. Que Harry podía ser muy insistente cuando se le metía algo entre ceja y ceja.
- Deberías. –Sí, Malfoy le daba la razón, pero no aflojaba el abrazo, y Harry no podía irse con Malfoy abrazado. Bueno, en realidad sí podía, pero no quería. Salvo que sí que quería, sólo de pensar en Malfoy en su casa... Pero no, no debía. Punto.
- Te mandaré una lechuza.
- Te contestaré a esa lechuza.
- Sabes que no puedo irme si no me sueltas, ¿verdad?
- Lo sé.
Yyyy de nuevo Harry se moría de ganas de besar a Malfoy, maldito fuese. Porque de una forma muy retorcida, Malfoy le estaba diciendo que quería que se quedase. Pero entonces Malfoy lo soltó, dejando escapar un suspiro como si romper ese abrazo le hubiese supuesto un gran esfuerzo, y Harry dio un paso hacia atrás, alejándose de la tentación. Por si las moscas.
Y no pudo evitar echarle un vistazo de arriba abajo al otro hombre. Es decir, estaba para hacerlo. Apoyado sobre la verja de cualquier manera, con la ropa desarreglada, el pelo totalmente despeinado, los labios ligeramente enrojecidos por el beso y un bulto bastante llamativo dentro de los pantalones... Si Harry no hubiese estado ya excitado, se habría puesto firme en ese preciso instante.
Lo mejor sería que se fuese antes de hacer algo de lo que se pudiese arrepentir.
- Nos vemos, Malfoy.
Haciendo especial hincapié en la palabra "vemos" y sin poder apartar la mirada de la zona sur de Malfoy –lo cual, pensándolo bien, podía dar una idea equivocada. Bueno, no tan equivocada–, Harry esperó a que Malfoy asintiese en respuesta y se Desapareció sin dejar pasar un segundo más.
Más cansado de lo que se había sentido unos minutos antes, Harry caminó desde el jardín de su casa donde se había Aparecido hasta el interior de la vivienda, dejándose caer en el sofá en cuanto lo alcanzó. Uf, eso había sido una prueba muy dura. Muy, muy dura.
Necesitaba una copa.
Y un momento a solas con cierta parte de su anatomía que también estaba muy, muy dura.
N/A: Uf. Sé que debéis de odiarme. Y sé que me lo merezco. Pero no tengo más excusa que decir que he estado de trabajo hasta arriba. De hecho, estoy actualizando hoy gracias a haberme pasado los tres últimos días acostándome a las 4 de la mañana. Y hoy debería llevar durmiendo más de dos horas, pero sh, este capítulo estaba ya empezando a acosarme en sueños, diciéndome que lo acabase y lo subiese de una vez. Así que aquí está, sin betear ni nada, así que todos los errores que haya son míos y de nadie más. Al menos espero que haya merecido la pena la espera.
Como siempre, muchas gracias a todos, sobre todo si seguís aquí después de este hiatus obligado que he tenido que tomarme. Y deciros que sí, tengo mucho trabajo, pero tengo planeado terminar esto en un futuro más cercano que lejano. Que ya sólo quedan unos... ¿tres capítulos? Aproximadamente.
Lalala: ahí tienes, el león ha atrapado a la serpiente contra una verja ;). Si a Astoria la dejasen... Harry y Draco estarían juntos desde el principio de los tiempos, eso seguro jajaja.
Sarahi: el pobre no le ha dado más vueltas a nada en su vida jajaja. Aquí estoy, con un nuevo capítulo :).
Moonight: ¡Muchas gracias! Espero que te siga gustando a pesar de esta temporada que he estado desaparecida ):.
Karen: ¡Muchas gracias! Aquí tienes una nueva actualización con Harry atrapando a Draco... O Draco a Harry, quién sabe ya quién atrapa a quién jajaja.
Fon: Gracias :). Sí, claro que voy a hacerlo. Espero no tardar tanto en subir el próximo capítulo, porque si no ya me meto casi en el 2017, pero voy a acabarla :).
Yyyy lo dicho. Perdón por la tardanza, pero la vida se come mi tiempo libre. Intentaré que los siguientes capítulos tarden menos en llegar que éste. Aunque 5 meses es un margen bastante amplio, creo que puedo conseguirlo... ;).
¡No busquéis más trabajo del que podáis llevar a cabo! Que quien mucho abarca, poco aprieta.
MayaT
