26. 13 años. 5 de junio.

El último mes había sido un poco caótico para Harry. Le habían informado –totalmente a traición, en su opinión– con apenas unos días de antelación de que tenía una misión en Egipto y él, que había esperado que se tratase de atrapar a algún malo rápidamente y volver pronto a casa, se había pasado tres semanas en El Cairo dando charlas sobre cómo funcionaba el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica del Ministerio de Magia inglés y sobre cómo podrían mejorar el suyo en Egipto. No había sido su actividad preferida, pero al menos había tenido la mayor parte de las tardes libres para hacer turismo, probar la comida local y hartarse del sol y del calor egipcios. ¿Cómo lo soportarían? Él había empezado a echar de menos el clima de Inglaterra el segundo día de su estancia allí. La lluvia y las nubes tenían mejor pinta cuando las miraba con un poquito de perspectiva. Una perspectiva de miles de millas de distancia y ganas de volver a casa.

Con tanto tiempo libre, Harry había podido pensar en muchas cosas. En qué rumbo estaba tomando su carrera profesional, en sus planes para el verano que se acercaba, en si se podría coger o no vacaciones, en sus descubrimientos recientes... En Draco Malfoy.

Había pensado mucho –mucho– en Draco. Y no sólo durante sus tardes libres. Porque cuando más había pensado en él, no había sido precisamente cuando el sol brillaba en lo alto. Ni en lo bajo. Ni cuando el sol estaba visible, así en general. Cuando, después de un largo día, Harry volvía al hotel en el que se alojaba –hasta las narices de no entender ni jota de lo que le decían y de tener que llevar un traductor como un perrito faldero la mayor parte del tiempo– y se tiraba en la cama, lo primero en lo que pensaba era en lo bonito que era hablar y que te entendiesen. Y una cosa llevaba a la otra, empezaba por el idioma inglés, seguía por Inglaterra, su casa, Draco. Y al final, todo acababa con el mismo tema. Con Draco.

Y con su forma de besar.

A Harry nunca le había importado ir a cumplir misiones al extranjero. Sobre todo este tipo de misiones en las que, realmente, no tenía nada que hacer. Eran trabajo una cuarta parte del tiempo y vacaciones a gastos pagados en otro país durante las tres cuartas partes restantes, ¿quién podía decir que no?

Pero Harry habría dicho que no si hubiese podido. Porque no era justo, no señor. No era justo que él hubiese descubierto hacía tan poco lo mucho que le gustaba besar a Draco y no hubiese tenido tiempo de disfrutarlo antes de tener que irse a medio mundo de distancia. Y mucho menos justo era que la maldita misión se hubiese ido alargando y alargando, hasta casi conseguir que Harry se perdiese el día del cumpleaños de Draco. Pero por eso no pasaba. Eso sí que no. Harry había dejado muy claro que, como muy tarde, el 4 de junio él iba a dormir en su casa en Inglaterra, independientemente de si su trabajo en El Cairo había acabado o no. Y ser Harry Potter –y el jefe de aurores– te daba cierta potestad y algunos privilegios. Así que el 4 de junio, Harry durmió en su cama en Inglaterra.

Y el 5 de junio se levantó dispuesto a ir a ver a Draco, a felicitarlo por su cumpleaños y a darle los regalos que había comprado para él. Y, probablemente, a probar con él alguna de las cosas que se le habían ocurrido en las largas noches de soledad en la cama de su hotel. Porque, al fin y al cabo, ¿qué mejor regalo le podía hacer Harry que ése? Era una demostración del punto al que había conseguido llegar en relación a la aceptación de sus sentimientos. Porque había sentimientos. Bastantes. Y necesidades físicas. Deseos. Y después de tanto tiempo –años–, Harry ya no podía negarlo. Ni tampoco quería, es decir... ¿qué clase de Gryffindor sería si siguiese intentando ignorarlo? Bastante cobarde había sido ya.

Y Draco había esperado por él.

Draco. Harry había pensado tanto en él en las últimas semanas, que había pasado de ser Malfoy a ser Draco a secas. Y, al parecer, era un paso que no tenía vuelta atrás porque, por mucho que intentase pensar en él como Malfoy, le era imposible. Lo cual no estaba tan mal. Es decir, Malfoy era Draco, pero también era Astoria. Scorpius. Narcissa. Por favor, si hasta Lucius era Malfoy, y eso no era muy favorecedor para ese apellido. Pero Draco sólo era Draco. Draco no era el niño mimado y abusón del colegio, sino la persona a la que Harry había ido conociendo en los últimos años. El hombre al que había aprendido primero a respetar y luego a querer. Draco era el hombre por el que Harry se había vuelto medio loco, por quien había sufrido como un tonto. Qué bobada, Draco era el hombre de quien estaba enamorado.

Probablemente, ni el propio Draco supiese lo importante que era su nombre para Harry. Sobre todo porque ni siquiera él mismo se había dado cuenta hasta hacía apenas unos días.

Bueno, pues igual era un buen momento para demostrárselo, ¿no?

Sí, claro que era el momento. Llevaban años rondándose el uno al otro y Harry ya no podía seguir haciéndolo. Sinceramente, no comprendía cómo Draco había tenido la paciencia de esperarlo durante todo ese tiempo. Él nunca había tenido esa capacidad. Cuando estaba seguro de que quería algo, se lanzaba a por ello.

Y sí, ya estaba seguro. Estaba muy seguro.

Quería a Draco Malfoy. Lo quería para él y ya podía irse lejos cualquiera que quisiese interponerse entre ellos, porque Harry no tenía ya el cuerpo para tonterías.

Así que, ni corto ni perezoso, Harry se preparó para ir de una vez y por todas a por Draco Malfoy.

Se puso una camisa de color verde, un par de tonos más clara que un verde esmeralda. Sabía que se arriesgaba al típico comentario de "Oh, Harry, hace juego con tus ojos", pero no se la ponía por eso. Se la ponía porque sabía que le quedaba bien. Es decir, él no era la persona más vanidosa de Inglaterra, pero chico, tenía dos ojos y más de un espejo en casa, y sabía apreciar cuándo una prenda le quedaba bien. Y esa camisa lo hacía, le marcaba los sitios justos y oye, pensaba aprovecharlo. No iba a ir como un patán a felicitar a Draco, y mucho menos teniendo en cuenta que el último contacto que había tenido con él había sido el beso a la puerta de su casa.

Rebuscó en su armario en pantalón que pudiese combinar y finalmente se decantó por unos chinos que apenas se ponía, no porque no le quedasen bien, sino porque le daba vergüenza que la gente se girase a mirarlo al pasar, y no precisamente a la cara. Que Harry podía ser muchas cosas, pero no era estúpido, y era bastante consciente de que físicamente no era desagradable a la vista. Que no tenía ya veinte años, pero trabajar de auror y el entrenamiento le servían para mantenerse bastante en forma, muchas gracias. Y eh, si eso le servía de algo con Draco, pensaba aprovecharlo.

Satisfecho finalmente con su atuendo, recogió el regalo que le había comprado a Draco –una selección de ingredientes de pociones poco disponibles en Reino Unido, no ilegales pero sí al filo de la legalidad y bastante más asequibles en Egipto, no iba a negarlo– y respiró profundo, cogiendo fuerzas. Venga, al lío, Potter.

No habían pasado ni cinco minutos y ya se encontraba a la puerta de Malfoy Manor. De veras que hacía tiempo que no se sentía tan nervioso. Tenía la sensación de que le temblaban las piernas y, sinceramente, no quería entrar en esa casa como un flan. Pero por más tiempo que dejase pasar, lo único que podía conseguir era arrepentirse y darse media vuelta. Y entonces sí que se arrepentiría. Y no, eso sí que no.

Así que, a pasos largos, atravesó la puerta de entrada de la propiedad y siguió el camino empedrado hasta la entrada principal. Llamó al timbre y esperó. Y siguió esperando. Esto le estaba destrozando los nervios, en serio. ¿No había nadie en casa? ¿Y dónde se ponía ahora a buscar a Draco? Es decir, si quería, podría encontrarlo, tenía al menos un buen par de hechizos de auror en la manga, pero ése no era el punto.

Mientras divagaba pensando en qué parte de Inglaterra se había podido meter Draco Malfoy el día de su cumpleaños, la puerta finalmente se abrió. Harry respiró aliviado –porque en el fondo no estaba tan seguro de poder encontrar a Draco si Draco no se quería dejar encontrar. No por nada era un inefable–, pero se le atascó el aire cuando se dio cuenta de que quien le había abierto la puerta no era ningún Malfoy, sino uno de sus elfos domésticos. Eso era raro. Y no le gustaba demasiado, le daba bastante mala espina.

- Señor Potter, bienvenido, los señores están en el salón, si me permite acompañarlo...

Harry no supo muy bien qué decir de lo descolocado que estaba. Había venido varias veces a esta casa y nunca le había abierto la puerta un elfo doméstico. Que no es que fuera extraño en sí mismo, pero… No, había algo que no encajaba. ¿Qué pasaba? ¿Estarían teniendo una fiesta?

Siguió al elfo sin dudar por los pasillos hasta llegar a uno de los salones de la mansión, lugar en el que el elfo, tras señalarle el interior de la estancia a modo de invitación, se desapareció con un "pop".

La primera persona a la que vio al entrar fue a Astoria, quien lo miró con una sonrisa a la que no pudo evitar corresponder. La siguiente persona fue Draco, que lo miró con algo parecido a la sorpresa. Y la tercera y última persona que se encontraba en la sala era una persona a la que tardó en reconocer sus buenos quince segundos. Mujer alta, porte orgulloso, pelo rubio, perfil aristocrático. En Malfoy Manor.

No podía ser otra que Narcissa Malfoy. Con algún año más encima, pero sin duda, Narcissa Malfoy.

Bueno, no era una fiesta, no. Al menos, no para Harry.

- ¡Harry! Bienvenido, qué guapo vienes, ¿no?

Por supuesto, la primera persona en romper el silencio fue Astoria. Y, obviamente, se había dado cuenta de que sí, Harry –a su manera– se había vestido para la ocasión.

- Gracias, eh, sí. –Y qué decía ahora. Nunca jamás habría esperado encontrarse a Narcissa. No ya en un momento así, sino en general. No pensaba que iba a volver a verla nunca. Y ahí estaba. Y Harry estaba con la boca abierta y cara de estúpido intentando encontrar palabras con sentido, pero no lo conseguía. Así que fue a lo seguro–. Felicidades Draco.

Draco, al escuchar su nombre, dio un respingo. Y no era para menos. Bonito momento había elegido Harry para llamarlo así, delante de su madre. Bueno, de perdidos al río.

Extendió el regalo hacia Draco, quien lo recogió como si no supiera qué hacer con él. En serio, Harry no esperaba que este momento fuera tan incómodo, pero la tensión podría haberse cortado con un cuchillo. Más tieso que una vara y haciendo acopio de todo su valor Gryffindor, se giró hacia Narcissa, quien lo miraba con una ceja alzada –y ah, ya sabía de dónde había sacado Draco ese gesto–.

- Señora Malfoy. –Harry extendió una mano hacia Narcissa, no sabiendo muy bien qué hacer, cómo saludarla. ¿Estaría bien con un apretón de manos? ¿Era eso demasiado formal? ¿Demasiado informal? Agh, estaba al borde de un ataque de nervios? Y ni siquiera llevaba cinco minutos en la casa–. Es un auténtico placer volver a verla. Está fantástica.

El silencio que siguió a ese comentario duró apenas unos segundos, pero en la mente de Harry fueron horas. Estaba mirando fijamente a Narcisa, esperando una contestación o un hechizo, no sabía muy bien el qué, mientras Draco lo observaba con un rictus de ansiedad, con el regalo todavía sin abrir en las manos, y Astoria los miraba alternativamente, como si estuviese ante un duelo de magos.

- Vaya, gracias, señor Potter. Tengo que decir lo mismo de usted, no me malinterprete, pero los años le han sentado bien. –Finalmente, Narcissa esbozó una pequeña sonrisa que para Harry fue una victoria y estrechó la mano que éste le tendía, acercándolo un poco a sí misma y poniéndole la mejilla para un beso, beso que Harry le dio, todavía un poco descolocado–. Los amigos de Draco son amigos de la familia.

Harry respiró, aliviado. Bueno, no era un mal comienzo, ¿no? Pero antes de que lograse alejarse del todo de Narcissa, ésta apretó la mano de Harry que todavía sostenía con más fuerza de la necesaria y le susurró al oído, apenas elevando la voz, tanto que a Harry le costó entender todas las palabras.

- Pero me da igual quién seas o quién hayas sido. Haz daño a Draco y te las verás conmigo.

Narcissa se las arregló, como sólo una dama de clase alta sabe, para que nadie se diese cuenta de ese intercambio. Salvo Harry y el escalofrío que le recorrió la espalda tras su amenaza. Había vencido a Voldemort, sí, pero no querría vérselas con Narcissa Malfoy en modo sobreprotección, gracias.

Pero el comentario de Narcissa, de alguna manera, consiguió que Harry se relajase en cierta forma, porque eso era territorio más conocido, eso sabía manejarlo. Lo raro habría sido estar los cuatro en amor y armonía en el salón de Malfoy Manor, sin acordarse de la rivalidad, del odio que hubo entre ellos. ¿Amenazas? Eso era manejable. Y más teniendo en cuenta que no pensaba hacer daño a Draco de ninguna forma.

Así que, con algo más de confianza, se giró a mirar nuevamente a Draco con una pequeña sonrisa.

- ¿No vas a abrir tu regalo?


Para cuando Harry llegó a casa, varias horas después, no le quedaba en el cuerpo ni una pizca de energía.

Había sido una tarde... peculiar, por decir lo menos. Lo cierto es que no había hecho lo que se había propuesto –por Circe, si casi no había podido hablar con Draco directamente–, pero había conseguido otras cosas. Como, por ejemplo, entablar una relación medianamente cordial con Narcissa. Es decir, no había llegado al punto de quedar a tomar el té los domingos para ponerse al día de los cotilleos de la semana, pero bueno, por algún sitio se empieza. Después de que ésta hubiese dejado clara su posición de mamá pato, las cosas fueron algo más fáciles, Harry consiguió llevar una conversación con ella de forma aceptable y, aunque Narcissa era el culmen del Slytherinismo, Harry conocía lo suficientemente bien a Draco como para saber manejarla y poder leer entre líneas lo que no decía. Y era más lo que callaba que lo que hablaba, desde luego. Así que, sin decir ni una sola palabra de la Guerra –cosa que Harry agradecía, muchas gracias, que habrían pasado veinte años pero todavía tenía pesadillas de vez en cuando con aquella época–, a Harry le quedó bien clara su posición en ella, su lealtad. Su arrepentimiento. Y su agradecimiento por haberlos salvado.

Narcissa era una mujer con carácter, eso era innegable y tenía las cosas muy claras. Y, al final de la tarde, Harry pasó de ser "señor Potter" a Harry, a secas. Y todo ante la atenta mirada de Astoria y Draco, quienes no daban crédito a lo que estaba pasando. Bueno, Draco. Porque Astoria tenía pinta de estar metida en el ajo. Que a ver si no de dónde se había sacado Narcissa la idea de que tenía que amenazar a Harry por si hacía daño a Draco. Ah, Astoria. Harry había aprendido que, si Astoria podía tener algo que ver, es que tenía que ver. Y no solía equivocarse mucho.

Pero ahora mismo, tirado en el sofá de su casa, no tenía ni fuerzas para seguir pensando. Hablar con Narcissa, estar toda la tarde en tensión, lo había desgastado por completo. Y, aunque por una parte se sentía satisfecho, por otra no estaba del todo contento. Es decir, no, no había sido la situación ideal, pero Merlín, casi no había hablado con Draco. ¿Había habido miradas? Sí. Muchas y de todos las maneras. Pero Harry quería haberle dicho algo. No miradas, sino palabras. Un "Draco, te he echado de menos". "He pensado mucho en ti". Algo. Harry iba dispuesto a todo y había vuelto sin nada.

Era frustrante.

Con un suspiro, se levantó del sofá y se dirigió a su cama, arrastrando los pies. Ni siquiera se molestó en ponerse el pijama. Se quitó la camisa y los pantalones –tanto trabajo escogiéndolos para nada– y se tiró en la cama, tal cual en ropa interior, durmiéndose prácticamente al instante.


N/A: Sé que no tengo perdón, pero... como regalo de Reyes adelantado, os traigo un nuevo capítulo. Estimo que pueda haber un capítulo o dos más de los que tenía pensados en un principio.

Espero que todavía haya gente por ahí que siga leyendo esto. Si es así, gracias por la paciencia.

No prometo nada, que luego todo se sabe.

Dormid como es debido. Los problemas se hacen más pequeños después de una buena siesta.

MayaT.