"Y aquellos que gobiernan sobre la oscuridad

buscan sellar los cuatro pilares del mundo de cualquier forma,

para obtener poder."

—"Libro del Apocalipsis Digimon". Capítulo 8, versículo 5.

La paz de un cielo azul fue interrumpida cuando el sonido de unos propulsores tronaron al encenderse y cortó el espacio como un rayo, volando a través de las nubes tras varias explosiones. El objeto perseguido era un ser metálico con forma de cabina de color plateado y brazos largos en forma de garra que abrazaba ocho huevos.

Sus perseguidores, de un color rojo terroso, tenían una forma cilíndrica que vagamente recordaba a una armadura. Por sus brazos lanzaban ronda tras ronda de pequeños misiles, que explotaban cerca del objetivo huidizo. Eran demasiados. La consola de comandos del piloto sonaba sin cesar señalando la gran cantidad de proyectiles entrantes que venían en prácticamente todos los ángulos que ofrecía su espalda, muchos detonaban sin acercarse pero otros lo hacían cerca, sacudiendo el interior del robot plateado. Más de una vez, el piloto estuvo a punto de perder el control de su nave. No fue capaz de esquivar todos los ataques antes de perderlos de vista y uno de los proyectiles explotó en su garra, haciendo que el abrazo se soltara y los huevos cayeran.

Reaccionó rápido y bajó a por ellos llegando a atrapar hasta siete de ellos, pero la aparición de un nuevo perseguidor, un gran dragón con forma serpentina, al que le habían instalado garras de metal en sus brazos, hizo reconsiderar sus opciones y dejando atrás el octavo huevo. Maldijo, golpeó el panel de control de su pequeña nave y ascendió todo lo que la máquina podía mientras echaba un último vistazo hacia atrás, observando como el colorido huevo caía a un frondoso bosque esperando que "con siete fuesen suficientes".

Capítulo 1

En otro tiempo la familia Yagami había sido un poderoso clan sintoísta en Japón pero, para el verano de 1999, apenas si había gente en la misma familia que siguiera tal tradición y los mandatos tanto de "Dios" como de «La Abuela». Y Susumu, padre de los últimos descendientes, se había encargado de que lo que él llamaba "las grandes garras de la matriarca" no llegara a sus hijos, sobretodo al ver la reacción tan desmedida que tuvo la doña la última vez que vió a Hikari, poco antes de irse de Hikarigaoka, y la insistencia de ésta de entrenarla como una miko.

Él se consideraba una persona con los pies en la tierra, pero no fue la religión familiar lo que hizo cortar lazos con esa parte de su familia fue más… ese "casi" intento de secuestro de Hikari por parte de la abuela. Hikari, por su parte, era una niña muy enfermiza y no pensaba hacerla pasar por un entrenamiento de miko, menos por capricho de su madre o del "poder" que decía su madre que tenía.

Aquello llevó a una gran discusión.

Todo eso vino a su cabeza al enterarse por su esposa de la recaída de Hikari. Recordó vagamente que Taichi, el mayor, iría a un campamento ese día y chascó la lengua con algo de desesperación al entender que Hikari tendría que quedarse en casa. Ella estaba deseando ir. Verse atrapado en el trabajo mientras su hija de ocho años volvía a tener fiebre le recordó las crueles palabras de su abuela: «No puedes ni encargarte de tus hijos, eres un padre de mierda», aunque no fuera con exactamente con esas palabras ése era el mensaje.

Preguntó por el mayor e inmediatamente la madre comentó cómo había pasado toda la mañana pendiente de su hermana, Susumu respondió con un suspiro de alivio. Siempre lo tenía cuando se trataba de Taichi; cuando nació Hikari esperó rivalidad, pero eso nunca pasó. En su lugar Taichi había sido una suerte de guardián para ella, un protector, alguien a quien podía delegar parte de su carga… aunque si lo pensaba demasiado le hacía sentir aún más miserable.

Llevó su cigarro encendido a la boca, inhaló y soltó algo de humo mientras miraba el techo de su despacho. Le compraría algo cuando volviera del campamento.

Ambos padres terminaron la llamada, y la madre se asomó a la habitación de Hikari pudiendo ver la espalda del mayor, sentado en el borde de la cama, mientras colocaba algo en su frente.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Taichi, que observaba como su hermana temblaba bajo las sábanas.

—S-sí —trató de decir ella, intentando sonreír de la manera más sincera que pudo para no preocupar a su hermano. Sin demasiado éxito, ya que la mente de su cuidador estaba acelerada buscando "cuándo" comenzó a presentar esos síntomas.

¿Tal vez fuese el día anterior? Taichi recordaba vagamente como ella parecía más pálida de lo normal, e incluso pidió que le acompañara a comprar algunas cosas para el campamento de verano. Reconoció que estaba actuando de manera extraña, pero en su cabeza jamás pasó la idea de una gripe. No cuando recientemente se había recuperado de otra.

Su mente fue capaz de remontar hasta el día anterior por la mañana, cuando estaban desayunando juntos solos en casa, como era habitual, y veían una de esas series que solían poner. Recordó como la programación fue interrumpida por un noticiero de última hora informando de un clima anormal en el hemisferio norte del globo: nieve en Estados Unidos en Agosto; lluvias torrenciales en Oriente Medio; una sequía que secó los pantanos del sudeste asiático; y un torrente frío que se acercaba por el sur a Japón. El meteorólogo comentó que se trataba del "famoso cambio climático".

—Se equivoca —atajó Hikari, cortante a pesar de su sempiterno tono dulce.

Taichi, al otro lado de la mesa, no reparó en la televisión hasta que ella habló y tragó la parte de su desayuno que había preparado para los dos.

—¿Qué?

—Se equivoca —repitió, con los ojos clavados en la televisión a tal punto en que Taichi estaba seguro de que si pasaba la mano por delante de ella, no se enteraría—. Digi… mon… —susurró, absorta en sus pensamientos.

—¿Digimon? ¿Qué es eso? —preguntó él con una ceja levantada.

Casi como si fuera una palabra mágica, Hikari desvió la mirada hacia su hermano.

—¿No los puedes ver?

Taichi volvió a levantar la ceja, regresando la vista al televisor llegando incluso a entrecerrar los ojos, para intentar observar algo de lo que ella estaba viendo.

—¿Ver qué? —preguntó de vuelta cuando se rindió, encontrando los grandes ojos castaños de su hermana clavados en él. Taichi estaba seguro que ni había parpadeado en todo ese rato—. No veo nada.

—Oh … —y se desinfló—. Entonces, no importa. No te preocupes.

Y volvió a mirar la televisión. De perfil, tras las largas pestañas de su hermana, Taichi pudo percibir un deje de tristeza, e incluso cierta desolación.

Sí, debió ser ahí. Cuando mencionó la palabra "digimon". Recordó vagamente como ella llegó incluso a apretar sus pequeños puños.

Niños y niñas se reunían en pequeñas, pero ruidosas multitudes, poniéndose al día de los animes que habían visto por esos día, del nuevo juego que habían podido tomar, la trama del nuevo manga de la Jump, las posibles relaciones románticas e incluso alguno llegaba a soñar despierto con crear su propio manga, "y tendrá motosierras de sus brazos".

Pero Yamato Ishida no se involucró en ninguna de esas conversaciones, no porque se sintiera solo o no tuviera amigos, de hecho todos sus amigos fueron saludándole y él, de manera natural, respondía con la misma sonrisa alegre que le daban. No, su problema era el niño rubio que tenía a su costado y que llevaba un enorme gorro verde: no era de esa escuela y, por tanto, ningún niño se acercó a hablar con él directamente aunque sí devolviera sonrisas y saludos cuando hacían las presentaciones oportunas. Tal niño era su hermano menor, Takeru Takaishi.

Tal diferencia de apellidos se debía al divorcio poco amistoso de sus padres, dicha separación tenía distintos motivos dependiendo de a quién le preguntaras: para el padre la culpa eran las occidentales maneras de pensar de Natsuko, su ex, de quien heredaron su cabello rubio al ser ella una nikkei de origen francés y que, muchas veces, le resultaba mentalmente agobiante; por parte de Natsuko, el divorcio fue motivado por la obsesión al trabajo de Hioraki, y su inflexible nipona manera de pensar alegando que se había casado con él y solo con él, no con su jefe. Fuera como fuese, ambos se aseguraron de separar completamente su vida del otro, incluido apellidos y niños, y de hacerle entender a su hijo el porqué se habían separado.

En los acuerdos de divorcio estaban la custodia compartida de los hermanos llegando a verse un par de fines de semana a mes y fue en uno de esos intercambios, a finales de Julio, cuando Takeru fue a pasar la noche en el apartamento de su padre y Yamato. Hiroaki Ishida lo llamaba "piso de soltero solo para hombres", provocando el suspiro pesado de Yamato.

Los ojos de Takeru volaron rápidamente por la casa, como solían hacer, y cuando encontró un círculo marcado en el 1 de Agosto del siguiente mes preguntó de qué se trataba. Cuando el padre reveló la noticia el joven expresó su deseo de ir de una manera que Yamato solo podía considerar como "eufórica", si no quería insultar a su hermano. Padre y hermano mayor compartieron sus pensamientos de terror, Yamato incluso fulminó con los ojos a su padre y le gesticuló "debiste haberte mantenido callado" en silencio. Y los problemas solo hacían que aumentar, al tener que llamar a su madre y ésta poder asustarse de tener una llamada tan pronto. Afortunadamente no lo hizo, pero tuvo que "persuadir" a su esposa ante la mirada constante del menor, a pesar de que en el interior de su corazón esperaba que ella rechazara la idea.

Aceptó.

Y, al día siguiente, Yamato fue a recoger a su hermano a la casa de su madre. Natsuko intentó invitar a su hijo mayor a quedarse pasar una noche mientras llenaba la mochila de Takeru de pequeños bocadillos y dulces, pero sabía que esa invitación caía en saco roto con la personalidad tan seria, heredada de su padre, que tenía el joven Yamato. Él nunca lo haría de manera voluntaria, y Natsuko creyó firmemente que Yamato lo consideraría una traición hacia su padre.

—¡Está bien! ¡Mamá, me voy! —gritó Takeru alegremente cuando terminó de empacar.

—Takeru, no le des muchos problemas a tu hermano —tal como lo dijo sintió que estaba dejando a su hijo con un desconocido, aunque no fue su intención.

—No importa si lo hace —murmuró Yamato, ya hecho a la idea e incluso levemente ilusionado de ser acompañado por Takeru—, somos hermanos.

Durante todo el trayecto Mimi Tachikawa estuvo tan entretenida chismeando con sus amigas, Taako y Mi, que no se molestó en mirar el paisaje cambiante tras la ventana. No le era interesante, e incluso si le hubieran preguntado los puntos de referencia que habían visitado, y que el profesor fue contando por el trayecto hasta llegar a su campamento en el cañón Mikami, habría dicho con la mayor de las sonrisas que no lo sabía y que, además, no le importaba.

Así era Mimi: honesta, sincera. A veces, demasiado.

A veces… demasiado.

—¡Ya estamos aquí! —gritó el profesor, con un chorro de voz tan poderoso que no necesitaba de altavoces para hacerse oír de una punta al otro del auditorio.

Sin embargo, dentro del estrecho autobús esa poderosa voz, que tan útil había sido en su oscura época de metalero, provocó el tinnitus de alumnos y profesorado de guardia por igual. Incluso el conductor, que le tocó estar al lado del grito, tuvo que abrir y cerrar los ojos varias veces mientras apretaba la mandíbula. Para cuando todos recuperaron el oído el profesor ya estaba a mitad de una explicación.

—... y el grupo al que perteneceis está en la lista que os di antes de subir al autobús. Los líderes de cada grupo llevarán un brazalete con sus apellidos: encuéntrenlos y quédense con sus grupos. Después, sigan al líder. ¿Todo entendido?

Nadie entendió, pero el sí fue general.

—¿Alguna de las dos sabe quien es "Kido"? —preguntó Mimi—. ¿Qué te tocó, Taako?

—"Arihara" —respondió ella—. Kido sería… —y repasó los líderes con la mirada a través de la ventana—. ¡Ese es!

El chico que estaba señalando vestía de manera excesivamente pulcra, con un pelo repeinado y un chaleco que a Mimi le recordó a uno que tenía su abuelo. Era demasiado formal, como su abuelo con el chaleco. Estaba demasiado erguido, como si tuviera un palo atado a la espalda. Su barbilla apuntaba demasiado alto, incluso cuando miraba hacia abajo….

—No parece… Confiable —"rarito" era la palabra que se le vino después, pero Mi la interrumpió.

—¡Ey! ¡Ahí!

Ella señalaba a un chico de camiseta naranja de manga larga que se bajaba de su autobús. Señaló varias veces una mochila negra rectangular.

—¿No les parece muy rarito? ¡Trajo su portatil!

Taako y Mi se rieron, pero Mimi no. No lo encontró divertido.

De hecho, lo encontraba…

Tierno.

Sora Takenouchi era lo que alguien podía considerar un "una marimacho". Odiaba todo lo que tenía que ver con la feminidad y, sí podía, rechazaba ponerse falda. Tal era su rechazo que, cuando las tareas fueron asignadas al llegar al campamento, ella prefirió hacer un trabajo masculino sobre uno femenino por lo que decidió encargarse de conseguir el agua para cocinar. Su primera idea era ir al arroyo que había cerca pero sus planes fueron rápidamente frustrados por la obvia, muy obvia, falta de higiene que tenía. Con un suspiro de pesadez profunda caminó hasta el primer grifo de agua pública que tenía más cerca… escaleras abajo, en las faldas de la colina, donde habían unos grifos. Abrió uno y lo dejó correr para comprobar el agua y volvió a suspirar, esa vez de una mezcla de felicidad y alivio.

—Sora —escuchó detrás de ella a mitad de camino.

Ella sintió como su espalda se tensaba, y un tercer suspiro salió con resignación. Giró y reconoció al chico como Kenji, un defensa de su equipo de fútbol y autoproclamado "Akita de Odaiba". Le miró cansancio, mientras uno de los cubos de agua se llenaba con calma bajo el grifo.

—¿Sí? —respondió ella, de forma seca.

—¿Sabes dónde está Taichi? No podemos encontrarlo en ningún lado.

Lo primero que pensó Sora fue que Taichi estaba escondido evitando sus quehaceres, lo que la molestó ligeramente. Pero lo que la irritó fue que le preguntaran, A ELLA, sobre Taichi.

—Ni idea —soltó sin rodeos— Y no puedo saberlo —continuó volviendo a darle su atención al cubo de agua—, estamos en grupos distintos.

Kenji no pudo notar el enfado de Sora y, probablemente, no lo hubiera sabido ni con un cartel de neón señalándolo. Asintió de manera comprensiva y se marchó escaleras arriba. En la cabeza de Kenji la fluida coordinación que habían demostrado Sora y Taichi durante los partidos de fútbol no podía ser otra cosa que un vínculo telepático, y en su interior esperaba que si Sora le evocaba con su mente Taichi aparecería. Era eso, o que eran pareja.

En cuanto llenó los cubos de agua volvió por las escaleras, sintiendo como el peso estiraba tanto sus brazos que creía que se le irían a caer. Subió lo que pudo hasta que el sudor producto del ejercicio, y del calor del verano, empaparon su rostro por completo y tuvo que parar. Se quitó su gorro azul y miró al cielo despejado mientras estiraba la espalda y secaba su rostro. Si no hubiera hecho eso… Probablemente no hubiera visto a Taichi acostado en la rama de un árbol.

—Tai —le llamó—. Tai —insistió con la voz más alta—. ¡Tai! —nada. Inhaló—. ¡TAICHI!

Taichi reaccionó asustándose y aferrándose a la rama debajo de él.

—¿Eh? ¿Quién? —y luego reparó en Sora, recordando donde se había quedado dormido mientras veía a todas direcciones con calma—. ¿Qué tal, Sora? —saludó con toda la naturalidad del mundo.

No se desperezó, no suspiró ni hizo ninguna señal de que estaba despertando. Fue como si siempre estuviera despierto.

—Buenos días —suspiró Sora, llevándose una mano a la cabeza. Ahora sabía que Taichi, en efecto, estaba esquivando sus deberes asignados. Y le conocía lo suficiente como para reconocer que intentar que las hiciera era pegarse contra un muro, por lo que fue directamente a lo que llevaba un rato molestándola—. ¿Dónde está Hikari? No la he visto en todo el día

—Oh… —Sora pudo ver como la mirada de Taichi se perdía un instante, e incluso apretó los labios brevemente antes de responder—. Enfermó.

—¿Qué? ¿De nuevo?

—Eso parece.

Sora desvió la mirada a los cubos que había dejado en las escaleras, intentando que la imagen nerviosa de Hikari por ir al campamento no la afectara demasiado. Esa chiquilla había estado deseando ir desde Julio… no le resultaba justo.

Ambos salieron de sus mentes cuando notaron una pequeña mota de polvo blanco caer. Una tras otra, una tras otra…

—Está… ¿nevando? —susurró Taichi, Sora también lo había notado.

Una ráfaga de aire los golpeó de repente, arrastrando consigo todos los copos de nieve que habían estado cayendo delicadamente. Se convirtió en una ventisca, de la que Taichi y Sora intentaron refugiarse.

—¡Deja los cubos! —gritó Taichi cuando vió que ella corría aún con el agua de su grupo.

Sora los soltó rápidamente, no sabía en qué estaba pensando en ese momento para tomarlos pero no tardó en subir junto con Taichi escaleras arriba lo más rápido que pudieron, saltándolas de dos en dos. La chica solo siguió a su amigo, confiando plenamente en el juicio de Taichi; tenía esa cara de concentración absoluta, una que había visto en tantos partidos de fútbol y que Sora reconocía suficientemente como para dejarse llevar. Taichi miró varias veces hacia atrás confirmando cada vez que Sora le seguía antes de señalar un viejo santuario hokora

Koushiro Izumi fue el primero en entrar en ese santuario, antes de empezar la tormenta ya se había sentado en el suelo de madera del mismo y conectado a internet a través de su teléfono móvil cuando dicha ventisca azotó agarrando a todos desprevenidos de la misma manera: primero las motas blancas, y luego el vendaval. A Koushiro no le quedó otro remedio que cerrar su portátil y encerrarse en el hokora, siendo golpeado violentamente por el olor a humedad y madera podrida, posiblemente carcomida por termitas.

El olor era fuerte, pero arrepentirse no fue una opción en cuanto el santuario se cerró de un portazo asustando al joven, aunque rápidamente dedujo que había sido culpa del viento.

No podía hacer nada salvo esperar a que la ventisca amainara y se sentó en el centro del santuario posando el portátil en sus piernas solo para darse cuenta de que la ventisca había cortado completamente la conexión a internet, no importaba lo mucho que intentara conectarse con el teléfono o cuántas veces le diera al botón de actualizar de su navegador favorito.

La puerta se abrió, y todo su enfado fue dirigido a la persona más alta de la pareja que acababa de entrar.

—Lo siento —era Yamato, que percibió toda esa ira reprimida hacia él—, ¿podemos quedarnos hasta que la tormenta pare?

—¿Eh? —el rostro de Koushiro se relajó y rápidamente sintió vergüenza y nerviosismo por la mirada que, sabía, le había lanzado sin querer por lo que trató de ser lo más educado que pudo con el rubio—. Claro, no me importa.

—Gracias.

E inmediatamente Yamato sacudió la nieve de la ropa de Takeru antes de pasar al fondo del hokori.

Así que uno a uno, al menos desde la perspectiva de Koushiro, entraron otros tantos niños que conocía de lejos: Mimi Tachikawa, como su compañera de clase; Sora, que reconocía del club de fútbol; y Taichi, aquel chico que le invitó al campamento. Según entraron, saludaron a los demás mientras se daban cuenta de que no habían sido las únicas personas con esa idea.

Tal como vino la tormenta, se fue. En ese intervalo de tiempo hasta Koushiro se había rendido a intentar entrar en alguna de las páginas meteorológicas que conocía y simplemente cerró el portátil con aburrimiento. En todo ese tiempo… solo se escuchó el gemido de las tablas de madera y la acelerada, pero débil, respiración del menor del grupo cuando la tormenta daba coletazos contra la puerta.

Taichi y Sora fueron los primeros en abrir la puerta cuando llegó un largo silencio, encontrándose un lienzo blanco y resplandeciente por donde alcanzaba su vista; el único vestigio de la tormenta, pues hasta el sol de verano había vuelto a salir y no había ni una sola nube en el horizonte.

Takeru salió disparado con un grito de alegría en cuanto vió la nieve, seguido por su hermano.

—¡Podemos tener una pelea de bolas de nieve! —gritó el pequeño Takeru.

—Supongo… —susurró Yamato.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —se preguntó Taichi.

—Probablemente hubo una masa de aire frío, tal vez vino desde Estados Unidos.

Taichi no esperaba una respuesta, ni siquiera se había dado cuenta de que había expresado sus pensamientos en voz alta. Suspiró y se rascó la cabeza con cierta molestia dirigida hacia Jou, pero más hacia él al recordar rápidamente todas esas veces que su hermana menor le recriminaba "estar hablando solo". No sabía cuándo había adquirido esa mala costumbre de pensar en voz alta, pero esa interferencia en ellos lo tomó como una violación de su intimidad.

—¡Debes ser muy inteligente, Jou! —dijo la increíblemente voz aguda y, en ese momento, molesta de Mimi.

—¡No es nada! —respondió Jou intentando sonar modesto, pero el deje de orgullo estaba claro para todos los que habían escuchado esa conversación.

Sí… Fue en ese momento en que Taichi decidió que no le iba a caer bien ese chico al mirarle de arriba a abajo con un gesto de fastidio. Se le antojaba enfermizamente blanco y le recordaba una mantis religiosa por esos gestos y sus brazos delgados y finos.

—¿Crees que haya pasado la tormenta de nieve? —preguntó Yamato.

—¡Por supuesto! —respondió con el orgullo inflando su pecho de tal manera que casi sonaba como un regaño—. ¡No hay nubes! No importa a qué temperatura estemos, no se podrán formar sin nubes, ¡es de sentido común! —y se dio cuenta—. Um… Lo siento. No quise decir que no lo tengan… No tengan una idea equivocada…

La excusa sonó pobre, y él lo sabía. Lo que Jou desconocía fueron las inmensas ganas que tenía Taichi de golpearle. Las que sí notó fueron las de Yamato, más evidentes, al ver el ceño fruncido acompañado de un resoplido por su nariz. Además ese comentario extra le había caído como una patada a Sora al recordar perfectamente como el cielo estaba completamente despejado antes de que la tormenta llegase de la nada, pero decidió morderse la lengua.

Jou no tenía ni idea de a cuántas personas había hecho enfadar con un solo comentario.

Quien sí lo notó fue Takeru, y buscó rápidamente algo con que tranquilizar los ánimos, encontrándolo en una cortina luminosa en mitad del cielo.

—¿Y qué es eso? —preguntó con inocencia—. No parece una nube.

Tuvieron que pestañear varias veces para darse cuenta de que eso. Pero ahí seguía: como una herida en el cielo que emanaba toda una impensable gama de colores verdes y azules que nunca pensaron que siquiera existieran.

—Eso es … ¿Una aurora? —escapó de los labios de Sora.

Taichi necesitaba un cerebrito, una persona que sí sabía era inteligente y no un sabiondo repelente.

—¡Izzy! ¡Corre, ven a ver esto!

Izzy, aunque al principio era "Dizzy", era el mote que el equipo de fútbol le había puesto a Koushiro tiempo atrás por su torpe juego y las repetidas caídas que había sufrido en los entrenamientos, por lo que al escucharlo, y creer que le llamaban "Dizzy" otra vez, se exasperó lo suficiente como para levantarse de un salto. Dándose cuenta momento después de que era la voz de Taichi, alguien con el que no podía enfadarse demasiado tiempo.

Un chico interesante ese tal Taichi, desde la perspectiva de Koushiro. Koushiro siempre se había caracterizado por ser una persona de difícil acceso, en gran parte por tener un pronto un tanto extraño y explosivo con según qué cosas. Por eso, Koushiro, se refugió en los ordenadores desde temprana edad y por ello, sin saberlo, se hizo de un acceso aún más difícil. Para cuando se quiso dar cuenta ya no le interesaba hablar con otras personas que no fueran a través de una pantalla, por lo que lamentó profundamente que el colegio le obligase a escoger un deporte.

Eligió el fútbol, esperando que con el gran número de jugadores estuviera siempre en el banquillo ni tuviera que interactuar mucho. Y, como era de esperar, nadie del equipo se le acercó más allá de lo imprescindible.

Excepto Taichi.

Taichi no era especialmente hablador, pero trataba a todos con una familiaridad digna de alguien que quería y trataba a todos como sus amigos. Koushiro no fue la excepción y, cuando la gente comenzó a llamarle "Dizzy", él lo cambió a "Izzy" con gran facilidad a los pocos días.

—¿Qué ocurre Ta…? —empezó a decir, pero fue interrumpido por el resplandor turquesa de la nieve. Le temblaron las manos, y casi se le escapó el portátil de ellas cuando levantó la vista, lentamente, y observó para lo que Taichi le llamaba—. Eso es…

—¿Qué opinas? —preguntó Taichi.

Si él no le hubiera invitado, si él no le hubiera insistido todo ese año en tratarle como un amigo… él no habría ido a esa excursión, y no habría visto ese espectáculo. Para él, todo el viaje hasta ahí había valido la pena solo para poder observar esa visión anormal del clima tras la tormenta de tonos turquesa.

Y lo habría dicho, le habría dado las gracias a Taichi por arrastrarle a ese preciso instante hasta que siete brillos ajenos a la aurora boreal atravesaron el cielo como estrellas fugaces. Koushiro fue el primero en darse cuenta, pero al ver cómo él entrecerraba los ojos los demás fueron mirando uno a uno uno hacia donde intentaba observar. Solo para ver como esas siete estrellas fugaces cayeron en la nieve levantando columnas de metros de ella.

Apenas tuvieron tiempo para reaccionar, y Yamato pudo cubrir a Takeru por los pelos.

Los niños miraron los agujeros siete agujeros en la nieve.

—¿Qué fue eso…? —preguntó Mimi en voz alta. Quizás era la única con una curiosidad juguetona y genuina de todos ellos.

No pudieron preguntarse mucho pues enseguida de los agujeros en el suelo salió un rayo de cada uno de ellos, seguido por un objeto que levitó lentamente hasta posarse en las manos de cada niño.

Siete objetos, para los siete niños. A Koushiro le pareció que tenían la forma de un busca, mientras que los demás ni sabían ni por donde mirar la pequeña pantalla gris que tenía.

Koushiro se preguntó si sería por las ondas electromagnéticas, pero esa hipótesis no tenía absolutamente ningún puñetero sentido.

En el mismo segundo la aurora comenzó a desestabilizarse para volverse un violento temblor, haciendo pensar a los niños que había adquirido consciencia y el espacio a su alrededor se desgarraba … Y un geyser les tapó la vista, con la fuerza de una catarata cayendo hacia arriba como si la gravedad misma estuviera distorsionada, abriéndose en dos columnas de agua que ejerció una poderosa fuerza de succión… tragando a los niños con ella.