Libres y felices

Disclaimer: Nada me pertenece.

Esta historia participa en el Reto Multifandom 2025 del foro Hogwarts a través de los años con el prompt 1: escribir de un fandom del que nunca haya escrito.

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Le sorprende ver la luz de su cabaña encendida. Sus deberes como señora del polvo la han mantenido en el cementerio hasta la medianoche y suponía que Agnes estaría durmiendo desde hace rato, pero en lugar de eso la está esperando despierta y con la cena preparada.

El hada madrina la recibe con una sonrisa y ella no puede por menos que devolvérsela. La enternece su amabilidad, pero nunca ha sido de decir ese tipo de cosas, así que se limita a refunfuñar que no hacía falta que la esperara y que podía haberse ido a la cama. Agnes no se lo toma a mal. Al fin y al cabo desciende de un rey y siempre ha vivido como plebella. Está acostumbrada a conformarse con poco. Además, en esos meses ambas han aprendido a conocerse bien y su amiga sabe que le agradece sus gestos.

La convivencia entre las dos ha sido más fácil de lo que ella esperaba. Ambas llevaban mucho tiempo viviendo solas y, sin embargo, se han adaptado la una a la otra enseguida. Agnes no ha tarddado en ganarse el cariño de la gente del pueblo bendiciendo a los niños con buena salud y siendo agradable con todo el mundo.

Es algo de ella que no deja de intrigarla. Fue apartada de la corte por ser bastarda y posee un don especial para lanzar maldiciones. Lo tenía todo para convertirse en una poderosa hada oscura y en lugar de eso ha decidido ser una madrina, cálida y dulce con todos. Es otra de esas cosas suyas que le provocan ternura.

Cuando terminan de cenar se acuestan. En un inicio dormían en camas separadas, pero cuando llegó el invierno decidieron que era más cómodo dormir juntas para protegerse del frío. Hace semanas que llegó la primavera, pero a ninguna le ha apetecido dejar de hacerlo, así que siguen durmiendo acurrucadas la una junto a la otra.

–¿Crees que los chicos estarán bien?

No han vuelto a ver a Marra ni a Fenris desde que terminaron su misión. Los echa de menos y sabe que Agnes también lo hace. No es la primera noche que tienen esa conversación.

–Estarán por ahí, viviendo aventuras y metiéndose en líos.

–No es que eso me tranquilice mucho.

–Saben cuidarse solos. Están juntos y son libres. Yo diría que no pueden pedir nada más.

–Podrían venir a vernos de vez en cuando.

El tono de Agnes es melancólico. Normalmente deja el tema cuando ella le asegura que les estará yendo bien, aunque realmente no tenga manera de saberlo, pero parece que esa noche su compañera se encuentra especialmente nostálgica. La atrae hacia sí y la aprieta más fuerte contra su pecho. Agnes le devuelve el abrazo. A veces duermen así. Ella no pensó que le gustaría tener tanta intimidad con una persona, pero disfruta de esos momentos.

–Quizá vuelvan algún día –murmura.

Agnes levanta la cabeza y le sonríe. Ella rompe la mínima distancia que separa sus labios y le da un beso corto y suave. A veces hacen eso también. Cuando se despidió de Fenris y Marra les dijo que estaba claro que entre ellos dos había surgido el amor, pero no esperaba que entre ella y Agnes fuera a pasar lo mismo.

No obstante, ha pasado. Se ha enamorado como una quinceañera de esa hada buena y gentil, de ese ser que podría acabar con un reino entero, pero en lugar de eso bendice niños y cuida pollitos con tanto cariño como si fueran sus hijos. Nunca le han dado un nombre a su relación ni han puesto en palabras lo que sienten, pero esa noche, quizá porque se ha imaginado a los chicos viviendo su romance, siente ganas de hacerlo.

Sin embargo, Agnes ya se ha quedado dormida. Es lo mejor. Lo suyo nunca han sido las palabras bonitas. Una cosa es pensar que la quiere y otra muy distinta es decirlo en voz alta. Lo hará en algún momento, lo sabe, pero necesita tiempo para prepararse. A lo mejor su hada se le adelanta y se lo pone más fácil. Con ese pensamiento se queda dormida.

A la mañana siguiente las despiertan unos golpes en la puerta. Marra y Fenris han vuelto. Traen consigo a Perro de Huesos y un montón de historias que contar. Agnes está radiante de felicidad y hasta ella se permite decirles que se alegra de tenerlos allí. Vuelven a estar los cinco juntos y esta vez no están en peligro de muerte. Ahora sí que no hay nada más que puedan desear.