Capítulo XI

"Bajo la Luna"

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"Y se miraron a los ojos. No necesitaban expresar con palabras lo que sentían en su corazón. Pues fue aquí, a la sombra del puente de los Trolls donde nació su amor. Donde supieron que, por separados que estuvieran, siempre se encontrarían." (*)

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La observaba desde una mesa individual, situada en un rincón de aquel antro, donde la oscuridad predominaba. Las luces de colores titilantes, y esos flashes que, por momentos, hacían parecer que el mundo se congelaba, le facilitaban el permanecer oculto. Ella se movía enérgicamente, al compás de la música. Bailaba con uno, bailaba con otro. Siempre con un vaso de alcohol en la mano. De vez en cuando, algún compañero de baile le pasaba un cigarro al que no se rehusaba a darle una pitada. Hasta podía sentir que el olor de aquellas sustancias ilegales llegaba hasta sus fosas nasales. Era su rutina. Casi no había noche en que no acabara en alguno de esos antros, bebiendo y bailando hasta el amanecer. ¿Qué tanto daño le habían hecho en su vida para elegir refugiarse en las drogas y el alcohol? ¿Y él? ¿Por qué le dolía tanto verla dañarse de ese modo?

"¡No soy Venus!" Aquellas palabras retumbaban en su mente. Lo sabía. Claro que lo sabía. Venus jamás acabaría borracha en un antro de mala muerte. Ella era tan seria, tan responsable, se tomaba su rol de líder muy seriamente.

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Lo observaba desde una distancia prudente. Él estaba a orillas de aquel lago, a unas cuantas leguas del palacio dorado. Estaba nervioso, podía notarlo. A decir verdad, él también lo estaba. Sabía lo que los príncipes pensaban hacer. Sabía que, al unir sus vidas para siempre, unirían también a los reinos. Lo había ayudado a preparar todo para que esa noche sea mágica. Le había conseguido el anillo perfecto, en una de las mejores tiendas del reino. Había preparado una pequeña cabaña que estaba en el medio de la nada, lo suficientemente alejada para que ningún otro ser humano pudiera molestarlos. Pero las dudas que carcomían su corazón no lo dejaban tranquilo. ¿Qué pasaría cuando el reino de los semidioses y de los humanos quedara emparentado? ¿Qué pasaría cuando el regente de la Tierra le robara la niñez a la heredera de la Luna?

Según se sabía en el Reino Dorado, ese brillo especial que tenía la Luna se debía a la pureza de la dulce e inmaculada princesa. Pues la leyenda decía que las soberanas de la Luna nunca debían sucumbir a los deseos carnales, jamás debían perder la pureza. Fue así como la reina, para poder tener una heredera que algún día la reemplace, tuvo que acudir al Caldero Primordial en busca del cristal más reluciente. Tan reluciente que no sólo brillaba por sí misma, si no que hacía brillar a todos las que la rodeaban.

La Luna adquirió un brillo especial cuando ella llegó. Su corazón dio un brinco al verlos abrazarse bajo la luz de la Luna. Apenas unos minutos después, Venus se acercaba a él con el semblante serio y la misma preocupación en su mirada. Acarició su rostro con dulzura, apenas la tuvo frente a él.

-Todo estará bien, no tienes de que preocuparte. - le dijo, tratando de lucir calmado. Aunque su corazón sentía los mismos miedos que ella. Venus le sonrió. - Acompáñame, quiero que me ayudes con algo. - Kunzite la tomó de la mano, guiándola hasta la cabaña que estaba a algunos metros de allí.

Venus ingresó sin mediar palabra. Era pequeña, apenas una pequeña sala, un pequeño baño y la habitación, con una amplia cama de dos plazas que la ocupaba casi por completo. La cama estaba cubierta por unas finas sábanas que Kunzite había traído del palacio. Sobre ella, algunos pétalos de rosas rojas. A un costado, una ventana dejaba filtrar la luz de la Luna. Algunas velas encendidas sobre las mesas de noche completaban la escena. En la sala, sobre la mesa ratona, dos copas y una botella de vino aguardaban junto a un delicado jarrón con algunas flores.

-¿Qué opinas? Quizás no sea digno de los príncipes, pero es lo mejor que pude hacer sin despertar sospechas.

-Es perfecto… Aunque, cuando amas a alguien no importa demasiado, cuando estas con esa persona, cualquier lugar se siente como el paraíso. - Kunzite sonrió. La tomó de ambas manos, quedando frente a ella.

-Es cierto, es así como me siento. Cuando te tengo a mi lado, no importa nada más…

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La vio trastabillar al intentar alejarse de su última pareja de baile. Notó que ya no podía ni con ella misma. Aquel hombre era insistente, no aceptaba un no por respuesta. Se puso de pie, dirigiéndose al centro de la pista de baile. Vio como él la agarró del brazo. Ella hizo un movimiento brusco para deshacerse de su agarre, precipitándose al suelo por el impulso. Apresuró su paso para evitar que caiga de bruces al piso. Logró sujetarla a tiempo.

Su rostro impactó contra su abdomen. Cómo pudo, se reincorporó, levantando su cabeza para verlo a los ojos. Estaba visiblemente abochornada.

-Kunzite…

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Parado en el angosto callejón, la sostuvo por la espalda, mientras sujetaba sus cabellos dorados para evitar que se mancharan con el torbellino que provenía desde sus entrañas. Ella limpió su boca con el torso de su mano, antes de incorporarse. Koichi se apresuró a sacar un pañuelo blanco del bolsillo de sus pantalones y entregárselo. Ella lo tomó, entonces, sus manos se rozaron levente, provocando que sus pieles de estremezcan.

-¿Por qué haces esto? - preguntó, casi en un susurro. Koichi alejó algunos mechones rebeldes que habían caído sobre su rostro.

-No estás bien, no deberías andar sola por ahí.

-No es mi primera borrachera, ¿sabes? Sé cómo arreglármelas sola.

-Ese sujeto, ¿qué crees que hubiera hecho si yo no estaba ahí?

-También se cómo alejar a los de su calaña... Y si no, pues, llevármelo a la cama no sería problema.

-¡¿Por qué eres tan inmadura!?- Koichi levantó el tono de su voz. Ni siquiera sabía porque ese comentario lo había molestado tanto.

-¡Tú ni siquiera me conoces! ¡¿Quién eres para opinar de mi vida!?- Koichi se perdió en esos ojos azules que tanto lo cautivaban. Esos ojos que reflejaban una profunda tristeza. Tristeza que ella siempre trataba de ocultar detrás de una falsa sonrisa.

-Sólo quiero cuidarte...- dijo, bajándole el tonó a la conversación. - Déjame cuidarte. No tienes por qué cargar con todo ese peso tu sola. - terminó diciendo, al darse cuenta de que, en realidad, no era tan diferente a la Venus que había conocido en el pasado. Al igual que ella, Minako cargaba con la responsabilidad de ser la líder, la fuerte, la inquebrantable. Pero, en ese intento, había sucumbido en los placeres mundanos del mundo actual. Ella no supo que contestar, pero él notó cierta emoción en su mirada. Al parecer, había dado en el clavo.

-¿Por qué te importa? - dijo, al borde del llanto.

-No seas orgullosa... Déjame llevarte hasta tu casa, no me quedaré tranquilo si no te dejo allá.

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Su apartamento no se encontraba alejado del centro. Ella había elegido vivir allí por la cercanía con su trabajo y su facultad.

Detuvo el auto justo en la entrada del alto edificio, pero no le bastó con eso. Con sólo verla bajar del auto supo que debía acompañarla. Le había costado abrir la puerta y, luego, trastabilló al salir del mismo. Se apresuró a bajar también, subiendo a la vereda. Ella buscaba desesperadamente sus llaves en la diminuta bandolera que llevaba consigo. ¿Qué tanto podía llevar allí adentro como para no encontrarlas? Si, probablemente, sólo tendría lugar suficiente para sus llaves, su celular y, quizás, un pintalabios.

-Mina.- dijo, justo cuando ella logró dar con las llaves.

-¡Las encontré! - dijo, antes de que resbalaran de sus manos y cayeran al suelo, junto a sus pies. Él se apresuró a levantarlas.

-Déjame ayudarte. - dijo con dulzura. – Sólo dime cuales son.

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Abrió la puerta y se adentró en la sala buscando un lugar donde depositar sus llaves. Ella ingresó luego, cerrando la puerta detrás de ella. Apenas atravesó el umbral, se detuvo para quitarse los tacones. Sin embargo, perdió el equilibrio al intentar hacerlo. Se apresuró a sostenerla por la cintura para evitar que caiga. Sus rostros quedaron frente a frente. Entonces, pudo observarla con más detalle. Ella olía tan bien, justo como lo recordaba. Eso hizo que su piel se estremezca. Ella se incorporó, sin quitarle los ojos de los suyos.

-Por favor, no te vayas…- susurró. Koichi no pudo evitar sentir que era el alcohol el que estaba hablando por ella. Pero, por alguna razón, su cuerpo no le respondía. Él tampoco quería irse.

Acercó su rostro lentamente, hasta que sus labios se rozaron con los suyos. Tenerla tan cerca hacía que su corazón se acelere. La besó tímidamente, como esperando a ver su reacción. Ella respondió abriendo sus labios para introducir su lengua traviesa. Rodeó su cuello con los brazos. Aún recordaba el sabor de sus besos, la suavidad de su piel. Abrazó su cintura, presionando su cuerpo contra el suyo. Ambos sintieron como si una corriente eléctrica recorriera sus cuerpos. Ella comenzó a hacerlo retroceder hacia el centro de la sala, sin soltarlo un sólo segundo.

Separaron sus labios apenas para retomar el aliento perdido. Acarició su rostro con dulzura, la amaba tanto. Pero ¿qué demonios estaba haciendo? No era eso lo que quería, ella estaba siendo controlada por el alcohol. Y, sin embargo... Ella volvió a besarlo con desespero, bajando de sus labios hasta su cuello, mientras sus manos se colaban por debajo de su camisa. La temperatura comenzó a subir en aquella habitación, al mismo tiempo que sus respiraciones se aceleraban. Ella era tan seductora y sabía exactamente lo que le gustaba, aún después de tantos años y tantas vidas. Desbrochó su camisa, y comenzó a hacer un rastro de besos y lamidas por su pecho, bajando lentamente.

-Mina… espera. - dijo en un susurro ahogado por los gemidos que escapaban de sus labios. La tomó de los brazos para ayudarla a incorporarse.

-Te amo Kunzite…- solo atinó a responder, con lágrimas en los ojos. Tomó su rostro con ambas manos. Luego volvió a besar sus labios.

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Observó a la pareja ingresar a aquella pequeña cabaña, con un nudo en la garganta. En aquella cabaña en la que ingresaría una niña y saldría una mujer. Las dudas y los miedos carcomían su corazón. Él la sorprendió, abrazándola por la espalda.

-Todo estará bien, ya deja de preocuparte. - Susurró a su oído. Ella tomó sus brazos, miró a la Luna en el centro del cielo. Pudo notar que esa noche tenía un brillo especial. Sonrió.

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Caminaron al borde del lago, tomados de la mano. ¿Qué más podían hacer mientras tanto? Él detuvo su paso de repente jalándola hacia atrás. Volteó a verlo, quedando frente a frente.

-Kunzite…- él le sonrió con dulzura. Se acercó a ella para besar sus labios. Luego, sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña cajita de terciopelo. Venus abrió los ojos con sorpresa, al ver como la abría para dejar ver el par de anillos que había dentro. Se arrodilló ante ella, apoyando su rodilla derecha en el piso.

-Me gustaría que nosotras también unamos nuestras vidas con la Luna como testigo. Venus, ¿quieres casarte conmigo?

-No hay nada que deseara más en esta vida. Pero...- Kunzite se puso de pie rápidamente.

-Hagámoslo ahora, aquí mismo. Venus, quiero pasar toda la eternidad contigo, ¿acaso no sientes lo mismo?

-Claro que sí, Kunzite... Pero nosotros no somos libres, nuestras vidas les pertenecen a ellos.

-Aun así, aunque siempre debas estar al lado de Serena y yo siempre deba estar al lado de Endymion... Aunque sólo podamos vernos cuando ellos no nos necesiten...- Kunzite sacó el anillo más pequeño de la caja. - Ya deja de pensar en que pasará en el futuro, vivamos el presente, como si no existiera mañana. - Venus sonrió. Colocó su mano izquierda delante, como dando el sí tan esperado por el caballero. Él colocó el anillo en su dedo anular.

- Venus, con la Luna de testigo, te tomó como esposa y prometo amarte para siempre, en esta vida y en todas las vidas que le sigan. - Venus sonrió. Luego, tomó el otro anillo de la caja y repitió la acción.

-Kunzite, con la Luna de testigo, te tomó como esposo y prometo amarte para siempre, en esta vida y en todas las vidas que le sigan.

El beso que selló aquella promesa fue sólo el preludio de lo que pasaría después. Sus cuerpos se habían estado deseando durante demasiado tiempo como para apagar la pasión que surgió de manera espontánea. Ella era tan candente, con cada beso lograba encender su pasión desenfrenada. Acariciar su figura desnuda le provocaba un placer que no podía describir con palabras, casi como alcanzar el cielo con las manos. Aquella noche a la luz de la Luna, Venus y Kunzite fueron uno en cuerpo y alma.

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La venció el sueño apenas se recostó a su lado. Observó su cuerpo desnudo mientras seguía reprochándose el haberse inscripto en la larga lista de hombres que dormían con ella. Claro que su pasado no le importaba, daba igual cuantos habían compartido esa cama con ella. Lo que le molestaba era ser uno más del montón, porque, a diferencia de todos los otros, él si la amaba. La tapó con las sábanas antes se sentarse en la cama. Observó por la ventana, había algo extraño en el cielo. Estaba despejado, unas pocas estrellas se dejaban ver, pero no había Luna. Tuvo un mal presentimiento, sentía un nudo en su garganta, como si algo fuera a pasar de un momento a otro.

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Apenas había recorrido un par de calles cuando sintió que ya no podía. Detuvo al auto en la banquina, justo a la esquina, dejando caer su rostro hacia el volante, apoyando su cabeza en sus manos. Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, sin cesar. ¿Cómo podía continuar si, de verdad, sentía que ya hasta se le hacía difícil respirar?

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Salió de su alcoba, cerrando la puerta detrás de él, dio unos pasos en la sala, sin notar su presencia. Ella estaba apoyada contra la pared, a sus espaldas.

-Mamo-cham…- dijo con voz suave. Él volteó de prisa, sorprendido. Ella permanecía apoyada en la pared, con sus manos detrás y los ojos cerrados. – Siento que últimamente te preocupas mucho por Chibiusa. – eso lo sorprendió aún más. - ¿Crees que ella… es una niña bonita? – continuó, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Los cerró con más fuerza, antes de abrirlos y mirarlo con esos ojos tan expresivos. – Mamo-cham, me di cuenta de que le gustas a Chibiusa. – En ese momento, el rostro de Mamoru se puso completamente rojo, ¿Cómo podía ella pensar que pudiera tener una relación de ese tipo con una niña?

-Pero ¿a qué te refieres? Ella todavía asiste a la primaria.

-La edad no importa. – dijo ella bajando su mirada al suelo. – A pesar de su tamaño… ¡Ella sigue siendo una chica! – dijo, levantando la voz, para luego darse cuenta de lo que acababa de decir. Llevó su mano a su boca, como sorprendida de lo que estaba diciendo, su rostro se puso completamente rojo. Se separó de la pared y caminó hasta darle la espalda. – Lo siento, lo que acabo de decir sonó muy raro. – continuó, con su voz quebrada. Apretó sus puños con fuerza. - ¿Cómo puedo estar celosa de una niña pequeña? – La observó en silencio, ella era tan dulce, tan tierna. La amaba tanto. Si acaso supiera cuanto, jamás dudaría, jamás sentiría celos. Ella continuó llorando, las lágrimas recorrieron su rostro. Levantó la vista al techo, mientras él aun la observaba. – Mamo-cham… por favor ¿me dejas quedarme un rato más? – preguntó. Él guardó silencio, observó su silueta. – Por favor… es que…- Por un momento, tuvo la sensación de que algo la atravesaba, que se veía como un holograma a punto de desvanecerse. Corrió hacia ella y la abrazó por detrás. Ella lo tomó de sus brazos. – Yo soy siempre tan insegura, por eso, quiero estar contigo… No te vayas. – ella sintió como la calidez de su amado traspasaba su cuerpo, por lo que se dejó llevar por el impulso de su agitado corazón, girando su rostro para permitir la unión de sus labios en un tierno beso. -Te protegeré con todo lo que tengo.

-Usako… yo me siento de la misma manera… Quiero permanecer a tu lado por siempre y protegerte. Yo… - sus rostros se acercaron más y más. Con cada beso, con cada caricia, revivían los recuerdos de sus vidas pasadas.

Impulsado por ese deseo desenfrenado de que fuera solamente suya, él se animó a acariciar su piel por debajo de sus ropas.

Los recuerdos de aquella vez se agolpaban en su mente, cada sensación, cada deseo estaba latente como si hubiera pasado hacía apenas algunos segundos. Sentía tantos deseos de volver a experimentarlos. Su tersa piel descubierta le parecía cada vez más tentadora. Tomó su rostro con ambas manos y le dio un suave beso en los labios. Luego, la miró fijamente a los ojos, como pidiendo permiso para lo que tenía pensado hacer. Su respuesta fue entrelazar sus dedos con los suyos. Ella también lo deseaba, también quería volver a experimentar todas esas sensaciones.

Él acarició su mejilla con delicadeza, llevando su mano hacia su nuca para atraerla hacia él, para atrapar sus labios en un apasionado beso que fue intensificándose más y más. Una suerte de onda eléctrica atravesó sus cuerpos, haciendo que sus latidos y su respiración se aceleren.

-Usako...- susurró él a su oído.

-Shh..- ella colocó su dedo índice en su boca. - Sólo quiero que seamos uno... como en el pasado...

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La Luna era algo bello que admirar. Siempre había sentido esa fascinación hacia aquel astro brillante. Siempre había sentido que lo miraba sólo a él. Ella siempre lo acompañaba, era la única que estaba con él en sus noches de soledad.

Aquella noche la Luna brillaba con mayor intensidad. Suspiró, sin quitar sus ojos de la pequeña caja de terciopelo que tenía en sus manos. La Luna se reflejaba en las calmadas aguas de aquella laguna. Su corazón estaba agitado, un escalofrío recorrió su cuerpo. Sentía miedo de sí mismo, miedo de lo que estaban por hacer, miedo de ese amor prohibido. Pero, a la vez, sentía que la necesitaba como el aire que respiraba, que no había forma de vivir sin ella.

En un instante, la Luna pareció adquirir un brillo especial. Él lo noto. Enseguida, alzó su cabeza, alejando sus ojos de aquella cajita de terciopelo, para observar a la mujer que se acercaba. Sonrió instintivamente al reconocer la silueta de la dueña de sus suspiros, de sus desvelos. Ella corrió a sus brazos, colgándose de su cuello. Él la abrazó con fuerza como si quisiera evitar que alguien se la quite. Se fundieron en un tierno beso.

Segundos después, la princesa lunar volteó a ver a su guardiana, quien se había detenido a varios metros de ella.

-¿Puedes dejarnos a solas, Venus? - preguntó, con esa dulzura que siempre la había caracterizado. La senshi se encogió de hombros, estaba visiblemente incómoda.

-Serena… ¿Estás segura…?

-Por favor, Venus… asegúrate de que nadie nos vea…- Venus suspiró, resignada. No importaba lo que hiciera, siempre acababa sucumbiendo a sus caprichos.

Apenas su guardiana se alejó del lugar, Serena volteó a ver a su amado terrícola. Sonrió, para luego besar sus labios.

-¿Estás listo? – preguntó. Él afirmó con la cabeza. Luego abrió la cajita de terciopelo, para que pudiera ver el brillante anillo que había dentro.

-A partir de esta noche seremos uno… - tomó su mano con delicadeza, para colocar el anillo en su dedo anular. - Serena, yo, Endymion, con la Luna de testigo, prometo amarte para siempre, amarte en esta vida y en todas las vidas que le sigan, sin importar lo que pase, sin importar lo que el destino nos depare, yo te seguiré siempre, por toda la eternidad… No importa adónde sea que estés, siempre te encontraré.

*•.

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El crujir de unas ramas lo sacó de sus recuerdos. Levantó la cabeza, alarmado, como si fuera un sonido sobrenatural, cuando era algo de lo más normal del mundo. Por alguna razón estaba alerta, se sentía cierta tensión en el aire, como si algo fuera a pasar de un momento a otro. Observó a su alrededor, entonces la vio. Una extraña mujer estaba en la acera apoyando ambas manos en el vidrio del lado del asiento del acompañante. Su nariz arrugada contra el mismo, sus ojos brillaban de una manera extraña, cual si fuera un gato al que le llega un halo de luz en la oscuridad. Su piel se estremeció. La mujer jadeaba como un lobo sediento, empañando el vidrio de su auto.

-Te encontré…- susurró, entre jadeos. Y sus ojos brillaron aún más intensamente.

Asustado, se echó para atrás, mientras tanteaba con su mano la puerta de su auto buscando abrirla. Pero antes de que pudiera hacerlo, el golpe de unas manos estrellarse contra el vidrio tras él lo hizo sobresaltar. Volteó con temor, sólo para notar a otra mujer con su cara apoyada en el vidrio. Su mirada perdida y sus ojos brillantes, balbuceaba frases que no pudo llegar a entender, al mismo tiempo que golpeaba el vidrio de manera constante, dándole la sensación de que, en cualquier momento, se partiría en mil pedazos.

Se le heló la sangre ante semejante escena, se sintió atrapado. ¿Qué demonios estaba pasando? Observó a aquellas mujeres. Una poderosa aura las rodeaba, un aura que no parecía pertenecer a este mundo. Un olor a muerte y putrefacción se coló por sus fosas nasales. Observó el cielo nocturno. Apenas unas cuantas estrellas eran visibles, pero no había Luna. Ya no. Simplemente, había desaparecido del cielo nocturno.

-Usako...- susurró. Necesitaba salir de ahí lo antes posible. Pensó unos instantes. ¿Qué podía hacer? Después de todo, él no era el de los poderes, él de las habilidades. Mucho menos desde que su luz se había extinguido.

Un golpe certero contra el vidrio. La mujer que estaba en la ventana tras él consiguió romper el cristal, adentrándose en el auto. Estiró sus manos para alcanzarlo, cual si fuera un zombie sediento de carne humana. Se apresuró a pasarse al asiento del copiloto. Casi por instinto, tomó la manija de la puerta, para intentar abrirla. Al hacerlo, una luz dorada salió de su interior, empujando a la mujer que impedía su paso. Abrió la puerta con rapidez y salió del auto, buscando ponerse a salvo.

Intentó alejarse lo más que pudo. Pero, muy a su pesar, no había avanzado ni una cuadra cuando otro ser con aspecto demoníaco se puso en su camino. Esta vez era un hombre, con las mismas características de las mujeres que lo habían atacado en su auto. Se detuvo en seco. Era claro que él era el blanco. Que, adonde sea que vaya, lo seguirían. Pensó en volver sobre sus pasos. Sin embargo, al voltear, notó que aquellas mujeres que lo habían atacado en el auto lo seguían. Suspiró. Morir no era algo que le preocupara. Si tenía que morir, pues que así sea. Pero lo haría luchando.

Observó, atónito, como por la esquina de aquella calle aparecían más personas que parecían poseías por algún ente oscuro. Pero, antes de que pudiera reaccionar, el hombre que se había interpuesto en su camino se lanzó sobre él. Mamoru cayó de espaldas al suelo, con el hombre sobre él, sujetándolo por los hombros. Mientras lo inmovilizaba, abría la boca cual si estuviera dando un bostezo. Se le heló la sangre al sentir como ese ser absorbía su energía.

-¡Halo dorado! – Mamoru abrió los ojos con sorpresa al reconocer aquella energía tan poderosa. ¿Acaso era posible?

La luz alcanzó a todas esas personas que estaban en trance, liberándolas de los espíritus que los habían poseído. Las almas del Aqueronte alzaron vuelo y se perdieron en la oscuridad de la noche. Los cuerpos de las personas que los habían alojado cayeron inertes al suelo, cual si hubieran caído en un sueño profundo.

Mamoru se puso de pie, sin entender lo que estaba pasando. Observó a su alrededor, estaba rodeado de unas 20 personas que yacían inconscientes en el frío pavimento. Volteó a ver a sus espaldas, al sentir la energía de sus piedras preciadas, aquellas que habían desaparecido de su departamento hacía ya casi dos meses.

-Kunzite… Jedaite… Nephrire… Zoycite…


(*) Blancanieves y el Príncipe - Once Upon A Time.

Pues sí, me inspiré en Blancanieves y el Príncipe Encantador para aquello de "siempre te encontraré", No puedo evitarlo, quizás encuentren alguna que otra referencia más a OUAT en esta historia.