Resumen: La situación requirió que la mujer del entrenador Anzai hablara sobre los sentimientos de su marido hacia Ryuji Yazawa, a quien llegó a considerar su propio hijo.
Por supuesto que Rukawa se encontraba desalentado por el rechazo del entrenador Anzai. Al ser un hombre tranquilo, esperaba su comprensión ante su latente deseo de mejorar sus jugadas y viajar a Norteamérica. No terminaba de entender las razones para semejante rechazo. A él nadie lo rechazaba.
Caminaba cabizbajo, cavilando sobre los posibles errores que cometió a la hora de comunicar sus deseos. No obstante, fue interrumpido por el sonido de un motor de automóvil aproximándose.
—¿Quieres que te lleve a la estación?
Se trataba de la mujer del profesor. Rukawa la vio con detenimiento. Sabía que no hacía falta, la estación no estaba demasiado lejos, sin embargo, andar a pie no era algo que le gustara mucho, pues estaba acostumbrado a usar su bicicleta, por lo que aceptó sin dudarlo demasiado.
Cuando estuvo en el asiento del copiloto se limitó a mantenerse en silencio. Seguía demasiado consternado por semejante rechazo y en su mente solo se repetía una sola cosa: «El número uno de Japón».
—A veces mi marido es un hombre de pocas palabras, pero créeme, todas las decisiones que toma son por el bien de sus chicos. —Por supuesto que sabía que el joven Kaede Rukawa era un muchacho de escuchar y no hablar, por lo que agregó—: Tu petición no fue negada solo por una corazonada. Fue por tu bien, cariño.
Rukawa vio a la mujer y luego desvió la vista al camino otra vez. La localidad de la pareja era bonita, alejada de la ruidosa ciudad y las calles eran serenas y simples. Alrededor del camino de vez en cuando se topaban con algún que otro árbol de cerezo, cuyas flores le recordaban a cierto pelirrojo mentecato.
—Ustedes significan mucho para su profesor. Todo el tiempo habla de ti y del joven Sakuragi. "Deberías ver cómo han mejorado". Suele decir esas cosas con regularidad. A pesar de que son novatos de primer año él pone mucho empeño en que se desarrollen como deportistas de la mejor manera posible y cuida mucho de ustedes…
Rukawa asintió como si dijera "lo comprendo". Aunque, en el fondo, no terminaba de comprender qué le faltaba.
La mujer desde luego se dio cuenta de que sus palabras no animaban mucho a Rukawa puesto que apenas y recibía sus señales de entendimiento. Sin embargo, ella siguió hablando mientras esbozaba una pacífica sonrisa.
—Mi marido y yo nunca pudimos tener hijos.
Al decir tal cosa, captó de inmediato la atención del muchacho, quien volteó a verla como si se tratase de un hijo preocupado por su amada madre.
—Pese a ello, durante mucho tiempo no sufrimos de ningún sentimiento de soledad. Nos teníamos a nosotros, y también estaba una persona muy importante que no permitía que la tristeza entrara a nuestras vidas.
Rukawa no encontraba relación de una cosa con la otra, por lo que no pudo evitar que su entrecejo denotara su repentina confusión.
—Verás, hay una razón detrás de todo esto. ¿Te gustaría escuchar?
Por primera vez asintió cediendo a su curiosidad. Si aquella mujer tenía una explicación que darle, entonces la aceptaría sin dudarlo un poco más.
—Sí, me gustaría escuchar.
Ella sonrió viéndole de reojo, pero con la mirada fija en la carretera sin perder su concentración. Entonces le contó sobre Ryuji Yazawa, el muchacho que ambos llegaron a amar como a un hijo. El hijo que nunca tuvieron.
Le dijo que era un muchacho amante del básquetbol, como los chicos de los que solía rodearse su esposo en la universidad donde trabajaba. Dijo que era joven, vivaz y muy capaz, apasionado por el deporte que tanto amaba y bien dotado de talento nato, sin embargo, muy orgulloso para su propia desgracia.
—Yazawa-kun tampoco podía simplemente aceptar la decisión de su profesor. ¿Cómo podría simplemente aceptar que no estaba preparado para tal aventura? Irse a Estados Unidos no es algo para tomar a la ligera para alguien con sueños grandes. —Retomó la palabra luego de una pausa breve—. Entonces, ¿sabes qué hizo? Emprendió su propio camino. Hizo a un lado todo lo que creía que le estorbaba y se fue al otro lado del mundo por su sueño americano. Él todavía era demasiado joven como para entenderlo… A veces creo que, si quizá yo hubiera intervenido un poco más, ese chico no habría terminado como lo hizo… —Con tristeza añadió—: Pero, intervenir en las decisiones de su marido no es propio de una buena mujer. Al menos eso era lo que yo pensaba.
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Estaba lloviendo, era un día nublado en el que el chico simplemente no podía permitirse volver a casa hasta que hubiera aclarado bien las cosas con su entrenador.
Con un paraguas en mano y su mochila en la otra, se paró en frente de la casa de los Anzai dispuesto a no moverse de ahí hasta obtener una respuesta que le gustara.
—Cielo, Yazawa sigue allá afuera. ¿Deberíamos invitarle a pasar?
—Seguramente viene a rogar por lo mismo…
—Podría pescar un resfriado allá afuera —insistió.
El hombre se asomó un momento. No pudo evitar que la imagen del chico allá afuera le provocara pesar. Estaba debajo de la lluvia con el pelo brillante por la humedad en el aire, el calzado sucio y llevaba al menos dos o tres horas en la misma posición.
Anzai tomó un paraguas, salió y le dijo al chico:
—¿Eres tonto o solo eres un necio? Podrías haber esperado hasta mañana en el entrenamiento para hablar.
—Tiene que ser ahora.
—¿Por qué?
—Si su respuesta sigue siendo negativa, no tengo más opción que abandonar su equipo. Si es positiva, le pediré que por favor siga entrenándome duro hasta el día de mi partida.
—Pasa, muchacho. El clima es terrible.
La mujer solamente miraba desde adentro de la casa en donde se mantuvo medio escondida detrás de la shoji.
—No, gracias, profesor. Solo quiero afirmar su respuesta.
—Charlémoslo con una taza de té.
—Profesor…
—¿Es acaso que quieres llevarte un mal sabor de boca? Parece que te lo buscas.
—¡Solo estoy intentando ser yo mismo y usted me lo está impidiendo!
—Por supuesto que no, niño.
—¡No soy un niño! ¿No puede verlo?
Anzai tomó aire para volver a tomar la autoridad de siempre.
—¿Quieres saber si tienes mi permiso para ir a Norteamérica? Pues mi respuesta es "no".
Los ojos de Yazawa se llenaron de lágrimas; más que de tristeza, de rabia contenida por su orgullo y esfuerzo herido.
—¿Por qué no confía en mí? —cuestionó el alto joven con un nudo en la garganta.
—Es precisamente para protegerte que hago esto. ¿Qué necesidad tienes para apresurar las cosas?
—¡Soy joven y quiero mostrarle al mundo mi talento, ahora! —gritó soltando el paraguas, permitiendo que la lluvia lo cubriera.
La mujer se alteró al ver la escena desde la casa, por lo que apenas salió quedándose un poco más atrás de alero para no empaparse con el agua helada de la lluvia. Estaba preocupada por el chico.
—¡Querido! ¿Por qué no entras? ¡Estás empapándote!
Esa fue la última vez que le vieron. El profesor Anzai juraría que entre el ruido de la lluvia pudo escuchar las últimas palabras del chico haciendo eco desde la lejanía cuando salió corriendo del lugar, y esas palabras sonaron como:
«¡Ustedes no son mis padres y no tienen que actuar como tales, incluso si yo no los tengo! ¡No me consideren ese hijo que no tuvieron!»
Y dichas palabras calaron hasta el fondo del corazón de la pareja. Era cierto… Se cegaron y dejaron que la idea de que Ryuji Yazawa era su hijo se quedara muy en el fondo de sus mentes, pero esa no era la realidad. La realidad era que no tenían un hijo propio y no podían llenar ese agujero con otra persona. Sin embargo, eran todavía demasiado jóvenes como para darse cuenta de que ese pensamiento no era del todo verdadero y de que el amor era recibido de muchas formas.
Nunca habían sido padres, y aun así, ya habían fallado como tales, porque Yazawa se fue lejos, lejos, lejos, sin intenciones de volver en el futuro cercano y con el objetivo de cumplir su sueño incluso si no obtenía el apoyo de aquel hombre que, más allá de su profesor, consideró como un padre alguna vez.
La pareja solo le observó desaparecer entre el aguacero.
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—¿Puedes adivinar qué sucedió después? —cuestionó la mujer.
—Viene un desenlace triste, ¿cierto? —dijo Rukawa. Por primera vez su expresión somnolienta se desvaneció.
Ella asintió.
—Estás en lo cierto…
Pasaron por un barrio bajo en donde reinaban las jacarandas y los arboles de cerezo, así como los Ginkgo dorados. La vista era digna de exhibirse y contemplarse en un hanami. Los suaves pétalos de las florecillas cayeron y cubrieron el parabrisas gentilmente, haciendo un contraste evidente con aquel día que describía la mujer en su historia. El contraste de un bello día de primavera con un triste día de otoño.
Las hojas de un árbol de arce se mezclaron con las hojas caídas de los cerezos, y ello hizo que sin querer Rukawa pensara en cierto pelirrojo. Meneó la cabeza para aclarar su mente, no era tiempo de pensar en boberías, aunque el nombre de aquel chico fuera tan dulce contrastando con su personalidad de adolescente rebelde.
Dado que el barrio era pequeño y se orientaba más a lo tradicional, había toda una sintonía de vivos colores en las calles, como salido de una pintura floral de Claude Monet. Entonces, Rukawa se perdió en los pétalos caídos y siguió escuchando.
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Anzai Mitsuyoshi se encontraba leyendo el periódico como cada mañana, cuando entonces, sucedió lo inesperado. En uno de los encabezados se encontraba el nombre de Ryuji Yazawa que había partido a Estados Unidos unas primaveras atrás. Siempre pensó que cuando llegase a leer algo de él se tratarían de buenas noticias destacando su esfuerzo y tu talento, sin embargo, la vida lo sorprendió con la noticia del fallecimiento del chico. Con tan solo 24 años de edad, Yazawa se había ido para siempre.
El hombre mantuvo el papel periódico entre sus manos sujetándolo fuerte como si esperara que había un error y que no había sucedido realmente lo que acababa de leer, sin embargo, ahí estaba la dura realidad y era tiempo de afrontarla. Entonces comenzaron a aparecer las preguntas, una tras otra… «¿Pude haber hecho algo mejor para evitarlo?, ¿podría haber sido de otro modo?, ¿esto ha sido mi culpa?, ¿cómo fue que sucedió?»
Tan solo se mantuvo quieto, en silencio, viendo fijamente la fotografía del joven en el diario y entonces sintió cuando sus lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin detenerse, y comenzó a llorar en silencio.
Su esposa, ajena a la situación, se acercó por atrás para preguntarle qué había sucedido, pero al ver parte del periódico supo la verdad, y tan triste y decaída como su marido simplemente se sentó ahí junto a él sobre el tatami y le abrazó fuerte por la espalda recargando su mejilla contra él. Contrario a lo que se esperaría, fue ella quien le ofreció consuelo a él.
Ambos lloraron en silencio el suficiente tiempo hasta que pudieron tomar un respiro, y por ese día parecieron estar bien, sin embargo, las cosas fueron empeorando con el pasar del tiempo y aunque deprimirse no era una opción para el señor Anzai, sí que comenzó a ingerir alimentos más de la cuenta.
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—Fue la época en que mi marido comenzó a ganar peso —dijo ella. Luego soltó una risita al recordar cómo era que el joven Hanamichi se aprovechaba de ello—. Aunque en ese tiempo él todavía tenía algo de carácter fuerte y jamás hubiera permitido que jugaran con él como lo hace ahora ese chico Sakuragi…
—¿Se ha quejado de ello? —preguntó curioso.
—No, para nada. Pero yo misma lo he visto. Es un chico tierno y divertido. —Sonrió.
Él bufó.
Y para Rukawa fue un alivio ver que la mujer tenía un carácter sano y positivo, pues aun tratando el tema sensible del fallecimiento de un chico que amaba como a su propio hijo no era capaz de quebrarse, sino que relata las cosas con cariño pese al dolor que podía suponer.
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—Deja de culparte, cielo. Hiciste todo lo que pudiste… Lo aconsejaste bien, sabías que todavía no estaba listo, pero fue él quien no quiso escuchar.
Anzai seguía sin escuchar a su mujer y seguía culpándose en silencio, con el rostro hundido entre las sábanas. Hacía un tiempo que no era capaz de salir de la cama ni siquiera para impartir clases. No era capaz de ver a la cara a los demás muchachos y decirles que Yazawa ya no estaba… Todo lo que podía hacer para distraerse y llenar ese vacío era comer, dormir, y, quizá, rezar por el alma del muchacho.
—Era solo un muchacho inexperto… Tenía un futuro por delante —balbuceó el hombre con lágrimas en los ojos.
—Quizá no fue eso lo que él pensaba. Quizá… él quería mucho más, y por ello nunca volvió.
—¿Qué…?
—Si no se sentía bien en América quizá pudo haber considerado volver a Japón. Pero, si no lo hizo es porque esperaba más de sí mismo. Quizá pensó que volver supondría aceptar la derrota y dejar la victoria de lado. —Hizo una pausa y añadió—: Nos enviaba siempre los VHS con sus jugadas, ¿cierto? Amaba lo que hacía… Y todo gracias a ti, mi cielo. Pero, algo sucedió en su cabecita y tomó una decisión. No te culpes más, cariño, que no es culpa de nadie. El muchacho tomó sus decisiones.
—No quería suponer que este era su destino…
—Quizá lo es, y no hay nada que podamos hacer ahora. Esto segura de que no quería preocuparnos. Y sí, estoy de acuerdo contigo, pudo al menos escribir una carta.
—Dicen que no dejó nada.
—Siempre fue así… Haciéndose cargo de sus cosas él solo. ¿No es así?
El entrenador no respondió, por lo que la mujer simplemente lo palpó con cariño todavía entre las mantas y le dio un beso en la frente luego de acariciar sus manos.
—Yazawa no querría que estuviéramos tristes por él. No estaba enojado con nosotros, solo estaba un poco desesperado, como todos los chicos de su edad. No te culpes, mi cielo —repitió—, no ha sido tu culpa. Y no podemos estar tristes todo el tiempo… Hay otros chicos que te necesitan.
—Era como nuestro hijo.
—¿Uh? —Ella abrió grande los ojos.
—Lo amaba tanto… —Una lágrima cayó atravesando su mejilla hasta su barbilla.
—También yo.
—Tenía tanto por enseñarle, tanto por decirle… —Sollozó—. Lo extraño tanto…
Entonces ella comprendió que era mejor dejarle llorar todo el tiempo que necesitase, así fueran días o semanas o meses. Y, cuando pudiera, propondría que hicieran cosas juntos para pasar el rato y olvidar la ausencia del joven poco a poco. Y por ello comenzaron a trotar juntos por las mañanas, tomar el té por las tardes y disfrutar de una buena comida cada semana. Así, poco a poco, el corazón del profesor volvió a la normalidad, aunque eso no significaba que hubiera olvidado al joven, sino que simplemente dolía menos.
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Estaban por llegar a la estación. Kanagawa no era una ciudad en donde el tráfico se acumulase, por lo que el camino fue fluido y tranquilo.
En otra ocasión hubiera sido posible que Rukawa se quedase dormido durante un paseo en automóvil, sin embargo, la mujer era buena con las palabras y lograba captar su genuina atención. No solo porque ella le agradaba, sino porque le gustaba aprender un poco más de la vida personal de su entrenador, quien, en realidad, era casi tan taciturno como él.
De un momento a otro llegaron a su destino, y ella antes de despedirse añadió con una sonrisa gentil:
—Las cosas tienen siempre un por qué, mi amor. Las palabras y acciones de mi marido pueden tomar por sorpresa, pero estoy segura de que si no obtuviste su permiso es porque ve en ti un potencial enorme y quiere ayudarte a explorar. Confía, por favor.
—Cree que me pasará lo que a Yazawa… —razonó.
—No, pero es por Yazawa que sabe que puedes lograr grandes cosas. Es hora de lograr ese sueño que él no pudo de la manera debida.
Entonces Rukawa salió del automóvil, le ofreció a la mujer una respetuosa referencia que hizo que su fleco le cubriera los ojos y después fue firme cuando le dijo con un gesto de serenidad:
—Gracias por contármelo. —Apenas, muy apenas, sonrió de lado—. Me volveré el número 1 de Japón… El entrenador estará orgulloso.
Y se fue lejos. Debía descansar para seguir practicando al siguiente día. Ya le pediría a Mitsui, el nuevo consentido del profesor, que jugaran un duelo uno contra uno. Estaba ansioso por desarrollar sus habilidades.
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Nota: El "hanami" es una celebración tradicional de Japón en la que las personas se reúnen con familia y amigos para contemplar los árboles de cerezo cuando ya han empezado a florecer. Su objetivo es admirar la belleza de la naturaleza y el cambio de estación. Normalmente hacen picnics; comparten bebida y comidita rica y también se escriben y recitan poemas.
¡Me encantaría asistir a uno! :')
Y otra cosa les diré… Yo siempre he interpretado la muerte de Yazawa como un suicidio. Ya tiene tiempito que leí el manga así que no recuerdo si se dan referencias a ello, pero suena coherente para mí.
