Capítulo 12. Huracán
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No esperaba encontrarse con una cálida bienvenida, porque pensándolo bien, tenía varios motivos para estar enfadada. Pero tampoco esperaba ver su rostro con una expresión de total horror cuando abrió la puerta y se encontró con él, de pie en su umbral.
–Anna, hola. ¿Cómo estas..Ah!? –terminó entrando a la casa casi contra su voluntad cuando Anna, tomándolo de la ropa, lo arrastró y llevó a empujones hasta dejarlo junto a la estufa encendida. -¿Qué pasa…? –preguntó cuando de pronto se vio arrinconado entre ella y el aparato, confundido. Parecía un gesto amable para darle calor, pero ni un saludo había salido de su boca y además que no había sido nada suave. Al menos parecía recuperada, comparando con el aspecto que tenía la ultima vez que la vio.
–¿Viniste a pie? –fue lo primero, y único, que le preguntó, con bastante brusquedad y con la palma de sus manos apoyadas contra su pecho, sin dejar que se apartara de la fuente de calor.
–N-no. En un taxi. ¿Qué sucede?
Afuera, el sonido del motor de un vehículo se desvanecía. Cuando Anna terminó de oírlo, sin decir nada, respondió a la pregunta de Yoh dándole un último empujón contra el calefactor, del que él tuvo que apartarse de un salto cuando sintió su piel ardiendo a través de la ropa. Estuvo seguro que esas eran justo las intenciones de ella.
–¿Por qué estás aquí? –fue la siguiente pregunta. Continuaba siendo hostil, sin siquiera verlo a los ojos. A decir verdad, no lo había hecho en ningún momento.
Si no lograba calmarla, no lograría nada.
–Siento haberte llevado al hospital –comenzó, pensando que era por eso su agresividad– , pero no podía dejarte así, parecías prácticamente muer-
–No estoy enojada por eso –se rodeó con sus propios brazos, de manera que Yoh pudo ver sus manos temblando. Acababa de darse cuenta que llevaba puesto un abrigo. Un abrigo dentro de su casa. Extrañado, y a punto de preguntarle el motivo, ella lo interrumpió, repitiendo; – ¿Por qué estás aquí?
–Porque acabas de abrirme la puerta –sonrió él. Esperaba que eso ayudara a relajar un poco el ambiente, pero supo al instante que había empeorado la situación cuando Anna volteó a mirarlo con furia. El fuego que casi le quemaba el pantalón estaba penetrándolo ahora desde sus ojos.
–No te hagas el gracioso conmigo. Tendrías que estar en Tokio. Dijiste que volverías a tu vida normal. Acabo de hablar con tu madre, estabas en la estación de tren, a punto de partir con ella. ¿Qué demonios –cerró los puños aún más. Su voz se había convertido en un siseo amenazador que salía entre sus dientes – …haces aquí?
Con que era eso. Bueno, también estaba dentro de los motivos que había pensado como causantes del enfado. Y era la razón que más peso tenía, a decir verdad. Creyó que sería conveniente una pausa antes de contestarle. La dejó respirar, inhalando y exhalando, para que se calmaran sus ánimos, si es que era posible.
–Hubo un malentendido. Iba a Tokio, pero no iba a hacerlo definitivamente. Volvería aquí en unos pocos días. Debía buscar algo de ropa. Cuando vine hace unas semanas, solo traía dos mudas de ropa, ¿sabes? Además debía deshacerme del resto de cosas que no podía traer, vender otras, cerrar el contrato de la renta… Y luego, bueno, hubo un cambio de planes a último momento, y me bajé del tren –recordó que en el salto se había dañado un poco la rodilla, y comenzó a dolerle, acompañando al recuerdo. –Fue algo impulsivo, ¿puedo sentarme?
–¿Te bajaste del tren en movimiento? ¿Entendí bien?
–Salté.
Estaba aún más furiosa que antes, pero no por eso iba a negarle un asiento. Con una mano se frotaba la sien mientras que con la otra, le señaló un almohadón junto a la mesa. Recapitulando, el chico en realidad volvería eventualmente a Aomori –la había engañado– y no solo eso, había cambiado de rumbo en su camino a Tokio, saltando del tren, y lo primero que había hecho había sido dirigirse a su casa, sin nada salvo lo que llevaba puesto, dispuesto a rehacer su vida en la ciudad.
Se sentía una tonta por esperar que Yoh hiciera algo lógico, cuando desde que lo conocía siempre hacía lo opuesto a lo que era sensato.
Ahora ella también necesitaba sentarse. Lo hizo en el sofá, lejos de él, y prácticamente dándole la espalda, a falta de poder soportar verle el rostro, porque hacerlo la amargaba.
–Ah, qué golpe…–fue su comentario al aire, en medio del silencio tenso. Estaba tratando de cambiarle el mal humor, y se notaba demasiado. Además que era inútil.
–Cállate. No creas que te perdonaré por haberme mentido. Algo que no puedo tolerar es que me traten de tonta.
–No hice eso, fue un malentendido, te lo dije. Y en mi defensa, no debo pedirte permiso para mudarme donde quiera. Decidí quedarme en Aomori. Tokio es demasiado estresante para mí –apuntó.
–¿Entonces qué te hizo cambiar de opinión? ¿Qué fue lo que te hizo saltar del tren? Dejaste tus deberes sin resolver en Tokio, supongo que debe haber un buen motivo como para abandonar todo y asentarte aquí sin tener un plan real para el futuro –Anna no dejó pasar la actitud de Yoh, y habló con malicia.
Ignorando el ataque, dejó de frotarse la rodilla, como si el movimiento circular de su mano le quitara toda la concentración que necesitaba para responder a esa pregunta. Pero antes, debía aclarar sus sospechas.
–¿No puedes leer mi mente?
Escuchó a Anna suspirar.
–No demasiado. Por eso te estoy preguntando.
Por ese motivo no había corrido peligro nadie en el hospital, pensó con alivio.
–Estuve dormida la mayor parte del tiempo –dijo ella justo cuando Yoh se preguntaba eso. –El reishi perdió fuerza. No queda mucho de él, está consumiéndose, como una vela…–pronunció esas palabras para sí misma, en voz baja. –Me llevaste allí sabiendo lo que podía pasar. ¿No te parece que jugaste un poco con tu suerte? Podría haber creado un par de onis y asesinado a todos –agregó, con demasiada liviandad. Su objetivo era ponerlo incómodo. Todavía no lo había perdonado.
–La verdad no lo pensé hasta que te dejé ahí. Era más importante salvarte en ese momento –contestó al tiempo que su mente retrataba el cuadro de Anna, fría y pálida. Todavía recordaba la temperatura de su cuerpo, ningún ser vivo podría estar con vida y congelado al mismo tiempo. Pensaba que moriría antes de llegar al hospital, pero al menos había despertado antes, y entonces…
Se cubrió el rostro con las manos, pero al instante se recompuso, carraspeando y diluyendo sus pensamientos lejos de la escena en el auto y lo que casi sucede en él. Si quisiera que algún recuerdo quedara a salvo de Anna, era ése. Por suerte para Yoh, la joven no se percató de su sofoco.
–Fue muy arriesgado de tu parte. Podrías tener decenas de vidas en tu haber ahora.
–No lo digas así…No sucedió nada –alcanzó a decir, tratando de olvidar una y otra vez el recuerdo donde había estado a un segundo de besarla. Desesperado, comenzó a contar desde cien, en reversa.
–Aun así debo darte las gracias.
–¿Mm? –las palabras de Anna consiguieron sacarlo de su vergonzosa fantasía. Cuando volteó a mirarla, ella ya estaba haciéndolo. Era la máxima demostración de reconocimiento que podía esperar de ella en ese momento. Mantuvo sus ojos enfocados en él lo suficiente que debería durar un agradecimiento, y luego nuevamente le dio la espalda, porque no olvidaba que estaba enfadada.
–Perdón por haberte preocupado –dijo después.
Yoh respondió viendo la parte de atrás de su cabeza rubia.
–No es nada –sonrió. –Me alegra que estés bien.
–Ya es hora que me contestes por qué decidiste no regresar a Tokio ahora.
Pensó sus palabras con cuidado, otra vez sintiendo un calor molesto en el rostro, como si el aire de la calefacción le diera de lleno sólo en sus mejillas. Pero si se demoraba en hablar, corría el riesgo que sus pensamientos hablaran por él, y que Anna no se enterara por su boca lo que había ocurrido en el tren.
–Mi madre me dijo que eres mi prometida.
Hubo uno segundos de silencio. Yoh había tenido todo el tacto posible para trasmitirle la noticia y temió que el mutismo de Anna sea reflejo de una consternación profunda…
–¿Solo es eso? –la itako rompió la pausa inclinándose para mirarlo con gesto aburrido. Yoh se puso de pie de un salto, casi cayendo al suelo por el dolor de su pierna herida.
–¿Cómo que "solo eso"? Espera, ¿lo sabías? ¿Por qué no me dijiste? –era casi tan increíble como indignante; toda su familia e incluso la contraparte lo sabía, menos él. No sabía qué le molestaba más, el secreto que le habían ocultado, o la extrema calma e indiferencia de Anna. Al menos ahora había tenido la consideración de ponerse de pie y hablar con él cara a cara. Intuyendo la importancia que le daba Yoh al asunto, intentaría calmarlo.
–¿Con qué objetivo? No es como si fuera un compromiso válido en la actualidad. Además te equivocas, no soy tu prometida. Lo era, lo fui en algún momento, hace muchos años. Entiendo que sea una sorpresa, pero no tiene sentido que te alteres por eso –eso tendría que haber sido suficiente para bajar su ansiedad, pero la noticia era demasiada fresca para él y le tomaría un tiempo asimilarlo. Con suerte. Porque había algo más que le molestaba, y no podía llegar a leerlo de su mente.
Yoh repasaba sus escasos conocimientos sobre el pasado, trayéndolos al presente para aclarar sus dudas.
–¿Cuántos años tenías cuando te lo dijeron? –preguntó. La desesperación por poco no lo dejaba hablar correctamente. Anna ocultó bien su miedo de que Yoh colapsara en lo que parecía una crisis de pánico.
–Diez años, si recuerdo bien.
–¿Vivías con la abuela?
Quería saber toda la historia. Eran las siete de la mañana, demasiado temprano para contestar sus demasiadas preguntas. El pasado sensible no es algo para revolver sin deseos de hacerlo, pero hizo un esfuerzo para complacer las dudas de Yoh, que olvidando que su pierna mala apenas podía sostenerlo, lo hacía temblar de pie frente a ella.
–Sí. Tu abuela me entrenaba, lo sabes. Te daré un calmante para tu rodilla –y si encontraba una pastilla para la ansiedad, sería mejor. –Siéntate.
–No, espera –Yoh parecía temer no tener sus respuestas de inmediato, y caminó el par de pasos que ella se alejó, sin permitir ninguna distracción –¿Y qué sucedió cuando supiste del compromiso roto? ¿Qué te dijo la abuela?
Anna tuvo que detenerse para evitar que la siguiera hasta el otro extremo de la habitación, y esforzara más su pierna.
–Con el compromiso roto, seguí viviendo tranquilamente con ella. No se terminó el mundo –le aclaró con un suspiro. Era como responder las dudas de un niño. Además, él ya sabía parte de esa historia, pero necesitaba el repaso de los detalles por algún motivo. –Ella no me dio explicaciones. Luego, la situación se complicó un poco con el reishi, y… sabes el resto. Kino compró esta casa para mí, para que no lastimara a nadie.
Yoh se desmoronó como si hubiera recibido la peor noticia posible. Su pecho se desinfló y comenzó a caminar, no sin dificultad, alrededor de la mesa, divagando y murmurando cosas hasta que sucedió lo inevitable, y tropezó con uno de los almohadones. Cayó con tal estrepito que asustó a Anna, y corrió hacia él.
–Ten más cuidado, idiota…
Pero a él apenas le interesaba que su posición ahora era horizontal en el suelo, y con un dolor extra en la cabeza.
–Arruiné los planes –dijo, girando para quedar de espaldas contra el suelo y cubriéndose los ojos con las manos. –Fui un tonto. Supongo que todo hubiera sido distinto si nos… –no pudo terminar la frase. Estaba hablando sin pensar.
–¿Tiene sentido plantearse eso? –Anna lo miró desde las alturas. –No te hagas problema, mira, ni siquiera tomé la costumbre de usar tu apellido. No entiendo cuál es tu inquietud, casarnos no solucionará nada. ¿O acaso quieres hacerlo ahora?
La pregunta le provocó un violento acceso de tos del que le llevó un rato recuperarse. Como si ahogarse con su propia saliva no fuera suficiente humillación, sentía que se había delatado por algo que había pensado, muy en las profundidades de su mente. Mientras tosía, Anna había desaparecido de su visión panorámica, para reaparecer con un vaso de agua y una píldora, aprovechando que él no la seguiría para atormentarla con más preguntas al menos por un instante.
Recibió ambas cosas, colocándose primero la píldora ofrecida sobre la lengua y bebiendo un gran sorbo de agua.
–No, no ,no –respondió enérgicamente, apenas cuando pudo hablar. –Es porque creo que las cosas pudieron ser distintas –con dificultad, se puso de pie al fin. –No deberías vivir aquí, sola y tan lejos del mundo. Todo esto está mal –decretó. –No deberías poder leer mentes, ni estar encerrada siempre, ni tener un sequito de onis, ni el reishi.
Anna regresó a su pose desafiante.
–No te atrevas a sentir lastima de mí. Esta es mi vida, y es lo máximo que puedo tener. Yo lo tengo bien asumido, no se por qué te resistes en entender.
–Creo que no soy yo quien no entiende. Dices que esto lo máximo…Por eso tenemos que remediarlo. Y es por eso que me apresuré a venir aquí, Anna. Vamos a cambiar todo. El ultimo oni que queda… –Yoh no se desanimaba por el rostro de la joven, que cambiaba a un profundo disgusto a medida que él hablaba –vamos a destruirlo.
–Ya hablamos de esto, y no quiero saber más del asunto. Además ese oni, –la itako apuntó a la puerta, a la montaña, donde suponía que se encontraba la criatura –no es el último –aclaró, justo cuando la más pequeña de sus creaciones aparecía junto a ellos, caminando lentamente, como si apenas tuviera fuerzas. Yoh lo contempló boquiabierto, recordando lo escandalosa que había sido esa criaturita antes. Ahora arrastraba sus brazos, y las garras barrían el piso sin siquiera dañarlo.
Una viva imagen de sus fuerzas actuales. Anna se avergonzó de que apareciera justo en ese momento. Mientras Yoh lo observaba con congoja, entendió lo que pasaba por su mente. Una preocupación en su interior se incrementó
–Bien, no es el ultimo, pero es el más importante, y el que más riesgo presenta para las almas en la montaña. ¿no quieres que siga alimentándose de ellas, verdad? Además, si está débil como este oni de aquí, tenemos ventaja.
–¿Sabes que tienes? Puras teorías, en tu boca. No tienes pruebas, no sabes nada. Quieres actuar por instinto pensando que ir contra un oni de ese tamaño es un juego, que no nos puede matar de un solo golpe porque "está débil", ¿prefieres ir a comprobarlo en lugar de detenerte a pensar si tiene sentido lo que estás diciendo?
–¡Es obvio que el momento para intentarlo es ahor-!
El límite de su paciencia había sido acariciado repetidamente, pero la terquedad de Yoh no cedía, y sobrepasó su propia capacidad de soportar hablarle a sus oídos sordos. Como resultado, de un segundo a otro, cargó su enfado acumulado en la palma de su mano, y lo desquitó en forma una bofetada, tan rápida y potente que hizo trastrabillar en su lugar al Asakura.
Se hicieron varios segundos de silencio. Anna volvió a ocultar su mirada y fue tajante cuando habló.
–Vuelve a Tokio. Ya mismo. Puedo adivinar tus planes, y leer un poco de tu mente también, y lo que planteas es una locura. No se puede ir contra un oni así.
Su mano temblaba. Yoh no dijo nada mientras pretendía no notar cómo Anna cerraba su mano, ocultando la parte enrojecida del impacto. Más allá de la breve sorpresa, pudo haberse sentido ofendido, pero ella seguía frente a él, y era testigo en primera fila que la persona que se había descargado con él, estaba profundamente herida. Similar a lo que pasa cuando un animal herido ataca en su defensa al recibir la opción de ayuda. Y no solo eso, estaba arrepentida, perdida, confundida y sola. Y podía sentirlo en su mejilla adolorida, que seguro estaría tan roja como su mano.
Tenía que disculparse, porque lo había arruinado todo de nuevo. Esta vez, la confianza que podía tener Anna en él se había derrumbado como una torre de cartas. Había retrocedido veinte casilleros. Tenía que acercarse de nuevo a intentar quitar la espina de su ala.
–Puedo soportar mucho más. Recuerda que salté de un tren.
Solo quiero cambiar las cosas.
Lo hizo a propósito. Yoh estaba hablándole a propósito, en su interior, para que ella leyera su mente. Había logrado que se sintiera culpable por abofetearlo, y en lugar de desarmarlo, el condenado se había mantenido rígido como una estatua, pretendiendo que no le dolía el impacto que incluso a ella le había dejado la mano palpitando. No podía culparlo por tener el pasado demasiado presente. No podía ser tan cruel con él.
–Tengo dos manos y tú dos mejillas, si quieres seguir intentando. No me pongas a prueba –contestó, a pesar de no saber de dónde había sacado fuerzas para golpearlo.
–Si me conoces tanto, sabrás que necesitas hacer más para hacerme cambiar de opinión.
–Entonces necesitas hacer lo imposible para convencerme de seguirte.
–Necesito que lo intentemos, Anna. Al menos eso.
–¿Qué garantía tienes que funcione?
–Estás haciendo preguntas que me comprometen –rio él. – Pero ¿qué tiene de malo tener un poco de fe?
–Que puedes perder la vida si sale mal –Anna se giró en dirección a la cocina a buscar un vaso de agua. Era su turno de tomar una pastilla –Muchas gracias por incluirme en tus planes, que de verdad son atractivos, pero ya tengo planes hoy.
–¿Qué planes? –Yoh pensó que estaría relacionado a que ella llevaba el abrigo puesto. –¿Vas a algún lado?
–Bueno, sí. Pero me iré sola –ella respondió con tono enigmático, con una sonrisa casi escapaba de él de no ser porque al segundo ella ya se encontraba de espaldas.
Pero por más que lo ocultara, o intentara distraerlo con respuestas cripticas, notó que algo no sonaba bien. Era demasiado extraño; un sentimiento en el centro de sus vísceras se lo dijo. Ahora que la mirada de Anna no estaba fija en él, sus ojos se movieron al ser con vida más cercano que tenía, y que en ese momento estaba sentado en el suelo, lánguido e inmóvil. Los numerosos ojos del pequeño oni ni siquiera repararon en él, ni en su "dueña", quien se había apartado a buscar el contenido dentro de un cajón. Estaba ausente. Como si la vida se le escapara por los poros de su coraza de insecto.
No queda mucho de él. Está consumiéndose como una vela.
Nunca se perdonaría no haber visto antes todas las señales que le apuntaban a la situación de Anna. Ni siquiera ser ignorante sobre el tema era una excusa, porque él además había sido ciego, iluso, demasiado confiado. El reishi tenía una única conclusión, y hasta su abuela se lo había dicho en una oportunidad. Sumando "oídos sordos" a la lista…
Con el horror de su razonamiento, que cerraba el comportamiento de Anna, su oni, y su poder, cayó al sofá cuando las piernas se vencieron bajo su peso, y no por sus golpes en la rodilla, ni ninguna de las miles afecciones físicas que había sufrido últimamente. Junto con su desplome en el almohadón, su respiración se cortó por un intervalo largo, seguido de un mareo que lo llevó a sostener su cabeza entre las piernas, doblándose por un dolor silencioso y extra físico. Habían perdido tanto tiempo…
–No puedo darte otra píldora. Acabas de tomar una –Anna se acercó para decirle eso, examinando al chico encogido en su sillón.
Habló rápido, impidiendo que ella notara que la anomalía en él no era por el salto del tren. Balbuceó algo entre "estoy bien" y "me pasará enseguida", antes de poner todo en orden dentro de su mente y levantar la mirada lo más pronto que pudo. Lamentó no haber podido secarse los ojos, pero no se sentía lo suficientemente hábil para refregarse los ojos sin que ella se diera cuenta. No era ocasión de confrontarla. Los ánimos de Anna eran muy delicados.
–Dale tiempo –dijo ella, cuando vio su rostro de dolor contenido. –Tarda unos minutos en actuar.
–Si, si. No hay problema, no te preocupes.
–Bien –Anna habló en tono de conclusión. –Iré a recostarme. Si estás cansado puedes dormir en el sofá. Si decides irte, no en necesario que me despiertes. No te molestes en poner llave. De todas formas no vendrá nadie –agregó.
Yoh la miró como si estuviera jugando con él, y no estuviera de humor para hacerlo. Anna respondió a su gesto.
–Espero que te hayas rendido con esa idea que tenías, porque a decir verdad es muy temprano y no dormí en toda la noche. No tengo ánimos para seguir discutiendo. Nos vemos después, tal vez…
–Espera.
–¿No te dije que estoy cansada?
Una vez más. Se puso de pie, fortalecido y endeble al mismo tiempo. Algo en sus ojos impidió que la itako protestara, y que esperara hasta que él infló su pecho, preparó las palabras y las sacó de su sistema.
–Tienes razón. Yo tampoco tengo ánimos de seguir con esto. Pero quiero vivir tranquilamente, y no puedo hacerlo si tengo un problema frente a mí, y es mi culpa, y si hay una forma de solucionarlo y no hago nada, peor aún. Si me preguntas, creo que mi abuela tampoco querría verte así. Aunque ya no está en este mundo, le entristecería mucho saber que no quieres intentar…
Vivir.
No. No lo dijo. Temió que ella haya estado atenta a sus pensamientos, pero no era así. Algo la había transportado lejos. Pudo apreciar mientras, lo pálida que estaba. Su abrigo sobres su hombros protegiéndola de un frío que sólo ella sentía. La fragilidad que había adoptado su cuerpo, por mas que estuviera de pie y pareciera firme sobre el suelo, daba la sensación que una brisa la podría derribar.
–Kino ya pasó al otro mundo, me aseguré de eso. No puede verme –objetó, pero su voz había perdido la fuerza, a pesar que intentara hablar con normalidad. Retiró su mirada, nerviosa, mientras un escalofrío bajaba por su espina. Kino no podía verla. No estaba presente. Pero sin querer sus palabras venían a su memoria. Inténtalo, le había dicho. Oportuno momento para recordarlo –No tienes idea qué quieres hacer –afirmó después un momento, fingiendo que su desinterés en el tema no se había alterado, pero un chispa se había encendido dentro de ella. Su abuela desde el más allá estaba influenciándola sin necesidad de invocarla con sus perlas.
Yoh percibió esto, y le respondió intentando contener su emoción.
–Ya sabes el plan. Lo leíste de mi mente…miras al oni y deseas con todas tus fuerzas que desaparezca –lo dijo como si de cocinar sopa instantánea se tratara.
–No funciona así. No entiendo cómo crees que algo tan fortuito se puede repetir. En esa ocasión estabas en peligro –de pronto cayó en cuenta porqué Yoh estaba tan seguro de intentarlo. Estaba dispuesto a ser la carnada de ese monstruo. Él la observaba en silencio, esperando que siga el hilo de ideas hasta que estuvieran en sintonía –Claro que no.
–Sí. Eso es lo que haremos. No me pondré en un peligro real, pero en lo suficiente como para que tenga efecto…Ya verás que con solo hacer eso…podremos vivir una vida tranquila.
A la sola mención de "vida tranquila" su mente voló más allá, y la chispa se convirtió en una pequeña flama.
Yoh interpretó esa pausa como una contradicción en ella.
–Ya se. Debí haberte consultado antes.
–¿Qué cosa?
–Si podía quedarme en tu casa. Quiero decir, en la vieja pensión de mi abuela. Pensaba vivir ahí, pero mamá me dijo que ahora es tuya. Perdón, pero no tengo suficiente para pagarte una renta, no hasta que encuentre algún trabajo por aquí.
–Ya tenías planeado dónde vivir y todo…–no pudo evitar sonreír, rendida. –Y yo pensando que podía convencerte de volver –Yoh sonrió también, sin querer admitir que las proyecciones del futuro se extendían más de lo que sabía, y en la mayoría ella misma estaba involucrada. –No voy a perdonarte la renta, debes saber eso.
–Lo temía…–se lamentó –Pero al menos puedo ayudarte con los quehaceres de la casa. Ya me conoces. Los mandados son lo mío. Aunque para entonces, ya podrás salir de la casa cuando quieras.
–No sé si entiendo bien. ¿Estás diciendo que viviremos juntos en la pensión de mi abuela? –Anna arqueó sus cejas en sorpresa.
–Bueno, hay lugar de sobra ¿no? –tomaba con demasiada inocencia el hecho que le proponía vivir juntos. –No te preocupes, la casa es tan grande que apenas nos veremos –vio a Anna sonreír con desconfianza.
Ya tenía su predisposición. El plan, y el momento. Faltaba la acción; y haría lo que fuese para la maldición no la derrotara. Pero con cada momento que pasaba no se hacía más fuerte.
Había momentos en que su cabeza lo traicionaba. Y sentía que todavía no funcionaba bien del todo. La visión amenazante de ese sujeto de la máscara. Manzanas que aparecían, gatos que desaparecían. Sangre en el espejo, pérdida de memoria. No, no estaba en su mejor momento. Pero a pesar de ser víctima de los fallos de su mente, se sentía tan diferente al Yoh de Tokio, a pesar de compartir cuerpo y alma. La diferencia la ponía la pizca de deseos de redimirse, por él mismo y por Anna.
–¿Vamos por ese oni?
Se sintió como una tonta. Yoh extendió la mano, y ella la tomó. Capaz porque todavía la cabeza le palpitaba de dolor. Capaz porque ya había caído en la demencia, o porque la flama había transmutado en un rayo en el cielo. El rayo de esperanza, que conocía de nombre, y ahora en sentimiento, impulsada por la vida tranquila que el chico había retratado para ella.
Yoh cerró su mano y ambos salieron por la puerta, cuando el día comenzaba a clarear, y con el sol brillando sobre la nieve, se adentraron a lo desconocido a combatir lo que parecía invencible. El pronóstico era incierto, y ni siquiera tenían fe de conseguir algo a su favor, pero estaban satisfechos de tratar de torcer el destino. Ciegos de expectativas, no vieron al pequeño oni correr detrás de ellos, por la puerta que dejaron abierta. De todas formas no iría nadie.
Camino al trabajo, el edificio Sunshine estaba en su recorrido diario. Su compañero, Kazu, conducía por la avenida sin mirarlo, pero Yoh podía darse el lujo de distraerse, recostado en el asiento del acompañante, y tratar de observar hasta dónde llegaba la columna de vidrios y concreto. No llegaba a ser un rascacielos, pero la altura se convertía en un detalle menor cuando ni siquiera podía observar el tope, cegado en parte por el sol reflejando en las ventanas. Quizás por eso el nombre de la estructura. Kazu ignoraba su contemplación y aceleraba, y el Sunshine y su explanada repleta de transeúntes quedaban atrás.
Yoh recordaba la sensación de torcer el cuello en dirección al cielo, como los niños cuando se encuentran frente a un adulto. Podía sentirse intimidado también, o algo parecido al vértigo pero sin necesidad de encontrarse en las alturas. Pero ese sentimiento no era nada comparada al terror que sintió cuando conoció al oni gigante del que Anna tanto le había advertido.
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Gracias por leer! (y por la paciencia...)
