Poco a poco el Gran Comedor se quedó casi vacío, el discurso de la directora había calado en los estudiantes y a pesar de que no se escuchaban risas ni estruendosas historias como antes, si que varios de los estudiantes se habían animado a hablar entre ellos en voz baja. Hermione permaneció en su lugar un momento más, se había obligado a comer un poco pensando en que los Elfos se entristecerían si vieran que dejó todo en el plato, cuando hubo terminado solo se dedicó a esperar. Ignoró adrede los murmullos a su alrededor, la verdad es que no quería participar.

Sus ojos se dirigieron al techo roto, observando como algunas estrellas cercanas a las cicatrices oscuras luchaban por parpadear, intentando sobreponerse, intentado no dejarse vencer. Se sentía como una de ellas.

Finalmente, cuando el último grupo de estudiantes salió del comedor y los profesores se alistaban también para irse los pasos de una bruja hicieron eco en el salón.

—Señorita Granger —la voz firme de McGonagall rompió el silencio—, acompáñeme, por favor.

Hermione dirigió su mirada hacia ella y asintió, salió con cuidado de la banca y la siguió por las enormes puertas que se cerraron tras ellas dejando escuchar un quejido que se repitió por el pasillo, al parecer aún no reparaban del todo los goznes. Caminaron por un tiempo más hasta llegar a la familiar estatua que custodiaba la oficina de la dirección, McGonagall recitó su contraseña "gatos de montaña" y ambas continuaron por la estrecha escalera de caracol.

Al llegar a la familiar oficina, Hermione sintió como se le encogía un poco el corazón. El despacho seguía casi idéntico a como lo recordaba del período en que Albus Dumbledore aún era director, los extraños artefactos y mapas estelares y solares seguían en las esquinas de la habitación… Y los retratos… Ahí estaban los retratos de los directores, pero ella solo se fijó en los últimos dos.

- Profesor Dumbledore – saludó McGonagall al director sonriente y sosegado del retrato. Hermione copió su saludo, sin dejarse llevar del todo por la emoción.

—Señorita Granger —dijo el retrato con una sonrisa—, es un placer verla de nuevo. Lo hizo muy bien.

Hermione respondió con una sonrisa tensa, incapaz de ocultar del todo la aprensión que sentía al estar allí, "lo hizo bien" eso no resumía ni media legua del camino que habían recorrido, de todo lo que habían sacrificado. Antes de que pudiera decir algo, el retrato de Snape intervino desde una esquina, chasqueando la lengua.

—¿Comenzamos? – inquirió levantando una ceja.

Hermione le saludó con una inclinación, sorprendida de que la arrogancia del antiguo profesor de pociones siguiera intacta en su retrato, aunque parte de ella intuía que ambos sabían lo que ella había visto en el embarcadero, los recuerdos de aquel hombre frágil que lo había dado todo por salvar a Harry.

—Señorita Granger, sé que lo que voy a pedirle es mucho —comenzó McGonagall, con una voz que denotaba tanto cansancio como sinceridad—. Soy la primera en comprender que después de todo lo que ha hecho, no tenemos derecho alguno a pedirle nada más. Francamente si no fuera por usted Potter por muy el elegido que fuera y Weasley por mucha que fuera su lealtad no habrían logrado pasar del segundo año con vida.

Hermione se mantuvo en silencio, expectante a lo siguiente.

—El Ministerio ha permitido que Malfoy y Nott regresen para completar su último año. Es una decisión que apoyo, pero… —McGonagall hizo una pausa, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. No puedo estar pendiente de ellos todo el tiempo, y francamente los rencores que la guerra dejó en muchos van más allá del color de las casas a las que pertenecen. Usted los conoce, señorita Granger. Usted podría vigilarlos.

El retrato de Severus Snape interrumpió lo siguiente que pudiera decir:

—Conociendo a la señorita Granger estoy seguro de que ya ha leído sobre los juicios de Nott y Malfoy en el Wizengamot, ¿no es así?

Hermione se volvió hacia él, sorprendida, pero Snape continuó con su tono cortante.

—Ambos actuaron bajo coerción, Nott fue obligado por su padre y Malfoy actuaba bajo amenaza directa a su familia por parte del Señor Tenebroso. Si es tan lista como siempre presume, estoy seguro de que ya debería saberlo.

—Estoy al tanto de ambos casos —respondió entonces Hermione sin dejarse amedrentar — Y aún así no veo como eso me vuelve imprescindible en todo esto.

Por un momento, luego de pronunciadas las palabras, Hermione sintió que le faltaba el aire. Su mente viajó a la Mansión Malfoy, a los gritos que había soltado mientras Bellatrix la torturaba. Pero también recordó cómo Draco había intentado no reconocerlos, un pequeño gesto que había significado más de lo que quería admitir. Luego pensó en Theodore Nott. Apenas habían intercambiado palabras, siempre había sido cortés, distante pero nunca cruel. No era un mortífago voluntario.

Dumbledore intervino desde su retrato, su voz suave llenando el silencio.

—La redención es un camino difícil, pero no imposible. No sería la primera vez que la Señorita Granger logra acercar a alguien a la luz.

El artefacto desiluminador, recordó Hermione al escuchar esas palabras, Ron había dicho que pudo encontrarlos a ella y a Harry siguiendo su voz por la luz que salió del desiluminador, ¿a eso se refería Dumbledore? ¿A darles esperanza?

McGonagall tomó la mano de Hermione con una expresión de agotamiento y sinceridad.

—Solo le pido que sea el ejemplo, señorita Granger. Si usted, la heroína de esta guerra puede tratar a esos chicos con algo de bondad, quizá podamos evitar más tragedias. Ellos han sufrido de formas que nadie puede imaginar.

—Estoy segura de que ambos han sufrido, directora. Si lo que quiere es que los trate con normalidad entonces creo que puedo intentarlo. Estaremos juntos en las reparaciones, intervendré si algo peligroso para otros o para ellos llegara a pasar. Pero… —hizo una pausa, su voz temblando ligeramente—. En ningún caso me pida que yo aliente a otros a perdonar, hay cosas, como las maldiciones, que son sencillamente imperdonables.

McGonagall inclinó la cabeza en comprensión.

—Lo entiendo, Hermione. Gracias.

Hermione se levantó y salió de la oficina con el corazón pesado, sabiendo que había aceptado otra carga que solo ella podía llevar.