Hermione entró en la sala común de Gryffindor, agradeciendo que al menos ese espacio pareciera intacto. Las paredes de piedra y los cómodos sillones seguían siendo un refugio familiar en medio del caos. Se dirigió hacia la escalera que conducía a las habitaciones y encontró la puerta con su nombre escrito en un cartel discreto. McGonagall le había otorgado un cuarto privado como prefecta. No dudaba de su mérito académico, pero si esto era un pago por la misión que había aceptado entonces también lo tomaría, parte de ella ansiaba sentirse más valorada.
El espacio era sencillo, pero acogedor. Una pequeña sala de estar con una mesita y un sofá, un cuarto de baño sencillo y una habitación con cama individual junto a una ventana, un pequeño escritorio con sus efectos personales cuidadosamente dispuestos, y una silla frente a una chimenea que parpadeaba con un fuego bajo. Cerró la puerta tras ella y lanzó un hechizo silenciador, antes de sentarse en el mullido sofá y dejar que las emociones contenidas durante el día la alcanzaran.
Las lágrimas llegaron casi al momento. Era un llanto silencioso, contenido, pero liberador. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado así, pero finalmente, cuando sintió que podía respirar con calma, limpió sus mejillas y se levantó. Sobre el escritorio, notó un pergamino cuidadosamente enrollado. Al abrirlo, reconoció el itinerario del día siguiente. Las primeras tareas estaban en las orillas del Bosque Prohibido. Hermione lo leyó rápidamente memorizando los hechizos sugeridos antes de volver a dejarlo en su lugar.
Caminó hacia la ventana y la abrió. Una brisa fresca la golpeó, despejando un poco la neblina de su mente. Mientras contemplaba el cielo nublado, un suave batir de alas llamó su atención. Una lechuza dorada aterrizó en el alféizar, inclinando la cabeza hacia ella con un aire casi expectante. Hermione sonrió levemente al reconocer a la mascota de Luna.
—Hola Gwen —la saludó mientras tomaba la carta atada a la pata del ave, la lechuza le respondió con un gorjeo.
El pergamino estaba escrito con una intrincada letra cursiva, tan peculiar como su autora. La carta comenzaba con una buena noticia: en San Mungo le habían asegurado que sus padres estarían completamente recuperados antes de Navidad. Hermione sintió una punzada de alivio que, aunque tenue, iluminó su espíritu. Sin embargo, el resto de la carta era más enigmático. Luna hablaba de señales que había visto en los torsoplos y otras criaturas mágicas. Decía sentir que algo importante estaba por suceder en Hogwarts, algo relacionado con la luna. "Algo en el cielo llora", había escrito. Hermione levantó la vista hacia el cielo nocturno, pero la neblina cubría las estrellas. Cerró los ojos y suspiró.
A la mañana siguiente, el humor de Hermione era más sombrío de lo habitual. Llegó al Gran Comedor temprano, saludando a algunos compañeros con un gesto rápido, pero evitando cualquier conversación prolongada. Se sentó, comió algo ligero y se levantó tan pronto como pudo para dirigirse al punto de encuentro que indicaba su itinerario, entendía que el humor de sus compañeros podía haber mejorado y en parte se sentía un poquito culpable por ignorarlos, pero de momento no podía compartir esa recién encontrada animosidad.
En el límite del Bosque Prohibido, un grupo de estudiantes de séptimo ya esperaba instrucciones, Hermione notó que Theo Nott no estaba en el grupo visible, pero sí vio a Draco Malfoy, de pie con las manos en los bolsillos, mirando fijamente un punto indeterminado en el horizonte. Sus miradas se cruzaron y ambos se saludaron con un leve movimiento de cabeza, ambos tenían motivos para no ignorarse.
La profesora Sprout llegó poco después, cargando un puñado de pergaminos y explicando con energía las tareas del día.
—El objetivo es limpiar los escombros que han dañado esta zona del bosque y ayudar a las plantas a recuperarse —dijo, extendiendo los pergaminos entre los estudiantes—. Los hechizos que necesitarán están aquí. Con el tiempo, si hacemos un buen trabajo, el terreno podrá volver a ser lo que era antes, estoy muy optimista al respecto.
Tras dividir a los estudiantes en equipos, Sprout los dejó a cargo de la zona. Hermione y Draco fueron asignados al mismo equipo, un grupo pequeño de cuatro personas. Sin embargo, las dificultades comenzaron pronto. El hechizo principal requería una precisión que ambos parecían tener problemas para alcanzar. Hermione frunció el ceño, intentando nuevamente canalizar su magia hacia una rama quemada que se negaba a responder.
—Estoy segura de que esto es un hechizo demasiado avanzado —se quejó la otra chica del equipo— iré más adelante para intentar mejor con las hierbas.
Malfoy y Hermione asintieron y el Ravenclaw que conformaba también su grupo se ofreció a acompañarla, mientras ellos intentaban con los hierbajos el Slytherin y la Gryffindor se las apañaban con dificultad haciendo crecer las ramas.
—¿Siempre es así de terco el Bosque Prohibido? —murmuró Draco, rompiendo el silencio.
Hermione lo miró de reojo, sorprendida por el tono casi casual de su voz.
—No más que el Sauce Boxeador, supongo.
Draco soltó algo que Hermione no supo si era una risa o una tos seca, y ambos volvieron a concentrarse en sus tareas. Mientras Hermione continuaba, notó que los movimientos de Draco al realizar el hechizo eran imprecisos, especialmente en la rotación de la muñeca.
—Tienes algo en la muñeca —afirmó, él la miró con una sorpresa temerosa— la estás moviendo mal.
Draco detuvo su varita, su expresión volvió a la normalidad y, tras una breve pausa, respondió:
—Me cuesta rotarla.
Hermione, actuando por instinto, dio un paso hacia él para examinarla, pero Draco retrocedió con violencia, como si su cercanía lo incomodara profundamente. Hermione notando el gesto retrocedió también.
—Lo siento —se disculpó rápidamente.
Draco negó con la cabeza, mirando hacia un lado.
—No es eso —dijo al fin, con voz baja, miro al resto de su grupo como para asegurarse de que no los escucharan—. Es por la Marca.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral al interiorizar esas palabras, la marca tenebrosa, el último vestigio de los seguidores de Voldemort no había desaparecido con su muerte, y según había oído a los expertos era imposible de quitar.
—Creí que la marca ya no debía molestar —dijo al fin, apelando al conocimiento de lo escuchado—. Se supone que ni siquiera puede invocarse con ella.
—No, no la puedes invocar. Pero últimamente… —se detuvo, como si estuviera evaluando cuanto le podría confiar— No es algo de lo que deba enterarse el Wizengamot.
—Por ahora estoy fuera de la jugada legal —le aseguró Hermione, sus cejas se juntaron en una expresión de preocupación— ¿Qué ocurre con tu marca?
—Arde. Arde igual que cuando el Señor Tenebroso nos convocaba.
