Título: Lazos de Sangre.
Historia Crossover: HP and TLB.
Resumen.
Historia situada después de la segunda guerra mágica y de los sucesos de la película de TLB. UA: Tras ser expulsada de por vida de Gringotts, ser constantemente acosada por la gente del mundo mágico británico y ser prácticamente abandonada por la mayoría de los que creía parte de su familia, Tulip Aurora Potter-Black (fem Harry) decide que ya es suficiente y se marcha de Gran Bretaña, y viaja hasta Santa Carla, California, con el fin de estar nuevamente con quienes considera su verdadera familia, sin embargo, su mundo se derrumba al descubrir que los cuatro chicos a los que veía como hermanos fueron asesinados, pero al enterarse de una forma de traerlos de vuelta, no se lo piensa ni dos veces y los vampiros que reinaban Santa Carla regresan de nuevo y con una poderosa bruja de su lado...
¡MoD! Harry.
Disclaimer: La saga de libros de Harry Potter y la película The Lost Boys (1987) no me pertenecen, todo crédito a sus respectivos creadores. Yo solo juego con sus personajes para mi entretenimiento y el de mis lectores.
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Capítulo 1: El Regreso de los Lost Boys.
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Tulip Aurora Potter-Black sintió que la recorría una gran felicidad al ver el letrero a unos metros de distancia que decía "Bienvenidos a Santa Carla". Ya estaba tan cerca de llegar a su destino..., de llegar a ellos.
Pasó de largo el letrero y continuó su camino a toda velocidad sobre la motocicleta de su difunto padrino, Sirius Black, la cual Hagrid le había entregado insistiendo que a su padrino le hubiese gustado que ella la tuviera.
Después de arreglar sus asuntos bancarios con los goblins tras su escape con uno de sus dragones y el mandar al diablo al Ministerio de la Magia, la prensa mágica y al resto del mundo mágico británico que no le daban ni un respiro luego de la segunda guerra contra Voldemort, llegó a la conclusión de que ya era hora de irse de Gran Bretaña, después de todo, ya no había nada para ella allí. Solo su ahijado, Teddy Lupin, no obstante, él aún tenía a Andy y realmente no la necesitaba tanto. Con respecto a sus amigos, éstos se habían estado alejando a excepción de Luna y Neville, cada uno centrándose en sus propias vidas, y ella no los culpaba, sin embargo, dolía el ser dejada a un lado por las personas en las que pensó como parte del pequeño grupo que consideraba como familia.
Las semanas previas a su viaje habían sido ocupadas para ella, clasificando y empacando los contenidos de sus exorbitantes herencias familiares luego de ser prácticamente vetada de por vida de Gringotts, no obstante a ella no le había molestado, ya que detestaba a las codiciosas criaturas, y al final, ella rió al último, puesto que las herencias Potter, Black, Peverell y Slitherin, contando también una bóveda cargada de galeones y miles de presentes que la gente del mundo mágico le había regalado o dejado en caso del oro, tras los acontecimientos del 31 de octubre del 81, bueno... sobra decir que los goblins casi lloraron por la pérdida de la oportunidad de mantener bajo su custodia tanta riqueza. Ni siquiera la gran suma de galeones que tuvo que pagar por los daños tras su irrupción al banco hicieron gran mella en dicha riqueza.
Con todos sus preparativos listos, les informó, de forma baga, a todos de su partida el último día, a fin de que no la estuviesen molestando los días anteriores. Ignorando las cartas de todos que pedían más explicaciones de su partida, se fue viajando por medios muggles y mágicos para hacerlos perder su rastro en caso de que la estuviesen siguiendo.
A mitad de camino en avión a Estados Unidos, no había podido dejar de sonreír de alegría al pensar en ver de nuevo a aquellos que consideraba su verdadera familia, sus cuatro hermanos mayores a los que no había vuelto a ver desde que tenía cinco años.
Cuando ella tenía esa edad, el verano del 85, los Dursley habían viajado hasta San Francisco, California, a causa del trabajo del tío Vernon. Como no les quedaba muy lejos, dos semanas antes de la fecha planeada para su regreso a Inglaterra, los Dursley habían viajado con ella a cuestas hasta la ciudad de Santa Carla, sin embargo, no duraron ni semana y media allí debido a todo el tipo de gente que residía en dicha ciudad costera y que los Dursley desaprobaban totalmente por sus escandalosos tipos de vestimentas y demás.
La primera noche en Santa Carla los Dursley habían salido al parque de diversiones a pedido de Dudley y a ella la habían dejado en el Paseo Marítimo, sin duda con la esperanza de que ella fuese una de las muchas caras de desaparecidos que colgaban en los muchos carteles que habían colgados en varias partes de la zona (si sus despreciables tíos se molestaran en reportar su desaparición).
La azabache recordaba lo asustada pero a la vez, cautivada por el lugar lleno de energía, gente divirtiéndose, familias, grupos de amigos, parejas y demás, en todo lo que el Paseo Marítimo de Santa Carla tenía para ofrecer.
Se la había pasado caminando sin nada que hacer, hasta que unos tipos con muy mala pinta que olían a cerveza comenzaron a molestarla. Asustada, había tratado de alejarse de ellos y uno de los tipos la había intentado sujetar por el cabello cuando ella se echó a correr. Sin rendirse, los tipos la siguieron y debido a no ver por donde iba, chocó con las piernas de alguien, cayendo de sentón en el suelo.
Al levantar la mirada para ver con quien había chocado, se topó con un muchacho bastante alto, de piel morena y cabello largo, oscuro como la noche y ojos café oscuro. Su cuerpo era musculoso y no llevaba camisa, solo una chaqueta de cuero con estampado de guepardo, vaqueros y botas. Rápidamente se había disculpado con él y se puso de pie al escuchar que todavía la seguían aquellos sujetos, pero el muchacho de cabello negro la tomó por el hombro y la puso justo detrás de él, interponiéndose entre los sujetos y ella. Los sujetos se mostraron aprensivos ante el chico moreno que más tarde aprendería que se llamaba Dwayne, pero cuando David, Marko y Paul, los hermanos de Dwaine aparecieron flanqueando a éste, los sujetos se largaron como si los perros del infierno los estuviesen siguiendo.
Tímida y algo aprensiva les dio su nombre a pedido del que parecía el líder, David y éstos a cambio se presentaron también. Al final se quedó con ellos y a los chicos tampoco pareció importarles. Los siguientes días durante la noche la pequeña prácticamente era secuestrada por Paul y Marko, quienes la hacían reír con sus locuras. A ella le había parecido increíble los viajes en moto y magnífica la cueva-hotel donde vivían los chicos. En ese lugar escondido de todos, ella se había divertido cantando y bailando con Paul, pintando con Marko o escuchando la profunda voz de Dwaine mientras leía en voz alta uno de sus libros por ella.
David era más distante con ella, sin embargo, no se intimidaba ante su presencia, hecho que impresionaba a los otros tres chicos y divertía e intrigaba a David a partes iguales.
Al quinto día de su estadía en Santa Carla, cuando caminaba por el Paseo Marítimo alrededor del medio día, se encontró nuevamente con los hombres que la habían molestado, y desesperada por escapar de ellos, se apareció accidentalmente en la cueva-hotel.
Explorando la cueva en busca de algo que hacer por aburrimiento, Tulip se había aventurado por una oscura grieta que la llevó al hueco del elevador. Allí, colgados como murciélagos, vio con algo de dificultad a causa de lo oscuro que era, que dormían David, Dwayne, Marko y Paul durante el día, mostrando sus verdaderas naturalezas no humanas. Pese a esta perturbadora vista, no había sentido miedo alguno, lo que sintió fue más una mezcla de curiosidad y asombro infantil.
Sin darse cuenta se terminó quedando dormida esperando a que los chicos despertaran, en un rincón, apoyada contra el muro de piedra, casi por debajo de donde dormían los cuatro muchachos. Lo siguiente que vio, fue la cara divertida e intrigada de Paul, quien la llevaba en brazos fuera del hueco del elevador.
Salieron al vestíbulo y allí, los chicos le contaron sin rodeos que eran vampiros. A ella realmente no le importó lo que eran, humanos o no humanos, ellos cuatro habían sido los únicos que la habían tratado amablemente y habían mostrado que verdaderamente se interesaban y preocupaban por su bienestar. Por ello, Tulip, decidida a proteger a sus nuevos hermanos mayores, juró mantener su secreto.
Sin embargo, la felicidad de Tulip en Santa Carla fue efímera. Al octavo día, los Dursley decidieron partir repentinamente de regreso a Inglaterra, llevándola lejos antes de que pudiera despedirse de sus hermanos vampiros. Prometió volver algún día, cuando fuese mayor y nadie pudiese detenerla.
Salió de sus recuerdos al escuchar el ruido proveniente del Paseo Marítimo. Sonrió al ver que éste seguía siendo tan activo como siempre con gente caminando aquí y allá aprovechando la seguridad que les otorgaba la luz del sol. El viento movió sus largos mechones negros mientras bajaba con su motocicleta a la arena de la playa. Se dijo que más tarde volvería para jugar en las azules aguas del mar y aceleró pasando bajo el muelle, luego entrando al bosque, el cual cruzó sin tantos problemas y, seguidamente llegó a los acantilados donde se hallaba su destino, escondido de ojos curiosos.
Estacionó su moto donde los chicos solían estacionar las suyas, aunque se le hizo raro no ver sus motocicletas, lo cual le dio mala espina.
El paisaje a su alrededor cambió rápidamente a medida que se aproximaba a la cueva. Lo que solía ser una entrada majestuosa y amenazante ahora se presentaba como una ruina. Las escaleras colgantes que llevaban a la entrada de la cueva estaban ausentes y el mar agitado se extendía peligrosamente por debajo de lo que una vez fueron las escaleras. Así mismo, la estructura de la cueva parecía deteriorada y desmoronada.
—No, no, no... —murmuró con voz temblorosa, su mente girando en espiral. No había señales o alguna pista que indicara que alguien seguía habitando el sitio, solo escombros y el rugido distante de las olas—. ¿Qué ha pasado aquí?
De repente, un susurro frío y ominoso llenó su mente, la voz de Muerte, una presencia que había aprendido a reconocer con el tiempo. —Mi joven Ama, déjame explicarte. Hubo un temblor en 1989 que causó grandes daños en esta zona. La cueva ha sido destruida en gran parte —le informó la deidad.
—¿Y m-mis hermanos? —preguntó la azabache, su voz quebrándose por la preocupación—. ¿D-dónde están?
—No encontrarás a tus hermanos aquí. Están... no están como los recuerdas —respondió Muerte, con un tono sombrío.
El corazón de Tulip se hundió. La idea de que sus hermanos pudieran haber desaparecido o haber sufrido algún daño le helaba la sangre. La desesperación se apoderó de ella, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
-No puede ser... No puedo haberlos perdido otra vez.
—Ten calma —dijo la deidad, sintiendo la angustia de la joven bruja—. Conozco el lugar donde puedes encontrarlos. Confía en mí y sigue mis indicaciones.
Tulip respiró hondo, tratando de calmarse, mientras Muerte comenzaba a guiarla mentalmente. Se alejó de la cueva y tomó un sendero que se adentraba en un terreno boscoso. Acababa de caer la noche y debido a la penetrante oscuridad, conjuró un Lumus, que iluminó el sendero frente a ella. Cada paso que daba aumentaba su mal presentimiento. La atmósfera en el bosque era inquietante, y los árboles, altos y retorcidos, parecían cerrarse más y más sobre ella a medida que avanzaba.
Después de lo que parecieron horas, la joven azabache encontró un claro en el bosque. A la luz de su hechizo, vio algo que la hizo detenerse en seco: cuatro montículos, cubiertos de pasto y malas hierbas, alineados en el suelo.
Se aproximó con pasos vacilantes, temiendo lo que podría descubrir. Cuando llegó lo suficientemente cerca, sus peores temores se confirmaron: eran tumbas. Cuatro tumbas pequeñas y rudimentarias, marcadas con piedras y madera, indicando el lugar de descanso final de sus queridos hermanos.
Un sollozo angustiado escapó de los labios de Tulip mientras se dejaba caer de rodillas frente a las tumbas. Las lágrimas brotaron sin control, mojando el pasto y la fría tierra bajo ella. —No... no puede ser verdad... —murmuró entre sollozos, sintiendo un dolor agudo en su pecho.
La Muerte misma, en una forma etérea pero imponente, apareció al lado de la ojiesmeralda. Su presencia era abrumadora y tranquilizadora al mismo tiempo.
—Mi querida Tulip —habló la deidad con voz serena pero firme—. No te derrumbes ahora, puedes traer de vuelta a tus hermanos. Eres mi joven y poderosa Ama, posees un poder que puede alterar el equilibrio de la vida y la muerte, recuerda.
Lo dicho por Muerte le trajo un rayo de esperanza a la afligida bruja. Estaba decidida a hacer lo que fuera necesario para devolverles la vida a los chicos que consideraba familia.
La deidad le habló de un antiguo ritual de sangre. Tulip necesitaría una ofrenda de su propia sangre, ya que el precioso líquido serviría para formar un vínculo inquebrantable con sus hermanos. Debería recitar un antiguo conjuro que abriría una especie de portal entre los mundos. Pero había un precio: su propia vida estaría ligada a la de ellos. Si los traía de vuelta, su existencia estaría entrelazada para siempre.
A ella no le importó y decidió actuar sin demora. Usando sus habilidades de transfiguración, cambió simples troncos en nichos adecuados y se encargó de extraer con sumo cuidado los restos de sus hermanos, colocando cada uno en su respectivo nicho.
Una vez completado el trabajo, Tulip dejó el terreno tal como lo había encontrado, sin dejar rastro de su intervención. Guardó los nichos en una bolsa de piel de dragón que tenía añadido un hechizo extensible y se dirigió a la casa de playa que había adquirido antes de llegar a Santa Carla. Era una casa antigua con vista al océano, un lugar que había reservado como refugio personal.
Al momento que cruzó la puerta de entrada de su casa y la cerró con llave, avanzó hacia la sala de estar y sacó uno de los cinco baúles de varios compartimentos que poseía, en los cuales guardaba todas sus pertenencias y entró en uno de éstos, justo en el compartimento donde se hallaba guardada la biblioteca de los Black, y utilizó los conocimientos que guardaban los viejos tomos de la biblioteca para aprender a cómo establecer barreras protectoras poderosas alrededor de los terrenos de su propiedad, asegurándose de que ningún intruso pudiera interferir en el ritual que estaba a punto de emprender.
Tras obtener la información que necesitaba, comenzó a trabajar en las barreras de protección, tomándole más de tres horas erigirlas, pues las runas y los hechizos que utilizó la ojiesmeralda tenían que ser colocados con precisión y sumo cuidado para no arruinar todo y comenzar de nuevo.
Hecho aquello, los siguientes días, se dedicó a preparar el ritual en una amplia habitación del sótano que había convertido en una sala ritual.
El cuarto día, con el corazón lleno de determinación, la joven Potter-Black se colocó en el centro de la sala ritual. Encendió las velas dispuestas alrededor de cuatro ataúdes de madera en donde había colocado los restos de los chicos, tras sacarlos de los nichos y comenzó el ritual de sangre, siguiendo las instrucciones exactas que la Muerte le había dado. Cada incisión en su piel estaba llena de propósito y resolución, impulsada por el deseo abrumador de traer de vuelta a los únicos amigos que realmente había tenido.
El aire en el lugar parecía vibrar con una energía antigua y poderosa mientras Tulip completaba cada paso del ritual. Las sombras danzaban a su alrededor, la oscuridad parecía palpitar con una expectativa silenciosa. La joven bruja se concentró con todo su ser en el proceso, ignorando el dolor físico y emocional que la embargaba.
Finalmente, cuando el último símbolo fue trazado con su propia sangre, Tulip se retiró unos pasos.
Respirando profundamente para calmar sus nervios, la ojiesmeralda prosiguió con la última parte del ritual. Recitó el complicado conjuro en un dialecto olvidado, haciendo resonar el poder de la magia en cada sílaba. Las velas que había dispuesto alrededor del círculo ardían con una luz brillante y dorada, proyectando sombras danzantes en las paredes de la sala.
La energía mágica creció en intensidad mientras Tulip canalizaba su poder hacia los ataúdes. La Muerte observaba en silencio desde las sombras, su presencia calmante guiando a su joven dama a través del tedioso proceso.
Al terminar, la azabache esperó con el corazón en la garganta, observando los ataúdes esperanzada de que el ritual haya funcionado y, a su vez, temerosa de que todos sus esfuerzos fueran en vano y los chicos no volvieran.
—David, Dwaine, Marko, Paul —dijo suavemente, pronunciando sus nombres con anhelo—. Por favor, vuelvan a mí.
El silencio se prolongó por un momento que a la ojiesmeralda se le hizo eterno, hasta que lentamente, uno a uno, los ataúdes de madera comenzaron a temblar. Tulip contuvo el aliento, incapaz de apartar la mirada, mientras ante sus ojos incrédulos, un resplandor pálido se elevó de los ataúdes, envolviendo las formas de los cuerpos que yacían en su eterno descanso, reparando cualquier daño hecho a los cuerpos y en el caso de los cuerpos de Dwaine y Paul, reformándolos.
Con un susurro casi inaudible, los ataúdes se abrieron, sus pesadas tapas moviéndose lentamente y una a una, las formas de sus hermanos emergieron..
David fue el primero en moverse, seguido de Marko, Dwaine y Paul.
Lentamente sus ojos se abrieron, brillando con vida una vez más, mientras miraban desorientados sus alrededores con expresiones que reflejaban tanto sorpresa como shock, mezclados con una sombra de confusión con varias preguntas rondando sus mentes.
—Funcionó... Están de vuelta —susurró la ojiesmeralda, con voz temblorosa de emoción.
Instantáneamente los cuatro vampiros posaron sus miradas sobre ella, sus posturas tensas y listas para atacar.
—¿Tulip...? —murmuró Dwaine, con reconocimiento en su mirada, su voz ronca cargada de diversas emociones.
—Espera, espera, ¿Tulip? ¿Nuestra pequeña Tulip? —exclamó sorprendido Marko, incrédulo—. ¿Pues cuánto tiempo estuvimos fuera?
—¡Wow! —Paul sonrió ampliamente—. Al parecer más de diez años, porque claramente ella ya no es una linda niña -rió-. ¡Ahora es toda una nena sexi!
La azabache soltó una risa llorosa. ¡Dios, realmente los había extrañado! Ella corrió hacia ellos, sin poder contener más las lágrimas, abrazando a cada uno con fuerza, como si temiera que desaparecieran nuevamente si los soltaba.
—Prometí que volvería —dijo la joven Potter, entre sollozos amortiguados por el pecho de David, sin poder creer que aquel día finalmente había llegado.
Los cuatro chicos la rodearon, devolviendo el abrazo inconscientemente buscando consuelo en la presencia de su pequeño aquelarre reunido nuevamente, contando, por supuesto a la niña, ahora joven a la que extrañaron y con la que formaron un vínculo más fuerte de lo que ella creía. Igual ayudaba a no derrumbarse emocionalmente que todos estuviesen de vuelta después de como murieron cada uno de ellos a manos de un grupo de chicos estúpidos que no devieron poder acabar con cuatro vampiros de su nivel, sin embargo, lo hicieron, y todo porque habían actuado guiados por la furia y el dolor de perder a uno de los suyos, pero eso no volvería a suceder. Serían más inteligentes y menos impulsivos esta vez, y cuando llegara el momento de rendir cuentas con los malditos hermanos Frog y los Emerson, ellos saldrían victoriosos.
Los cuatro hermanos compartieron una oscura mirada que Tulip no notó, ya que seguía con su rostro oculto en el pecho de David, quien distraídamente pasaba suavemente sus pálidos dedos por su largo cabello.
En un oscuro rincón, ocultando su presencia, Muerte observó con una sonrisa sutil antes de desvanecerse en la oscuridad, su deber cumplido. Su joven Ama estaría a salvo ahora, sus nuevos protectores no permitirían que ningún daño llegara a ella. Luego de aquel poderoso ritual, ellos estaban a la altura de protegerla y protegerse así mismos, pasase lo que pasase, después de todo, ya no eran del todo vampiros, ahora eran los primeros de una nueva raza de inmortales más poderosa y, más pronto que tarde, todos ellos, incluyendo su Tulip se darían cuenta de ello.
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Fin del capítulo.
