13/01/2025: Bienn, estaba dudando de cómo hacer que se desarrollen las cosas en la historia de Blancanieves, y cabe advertir que ahora ya no es tan liviana y de fantasía como en los primeros tres capítulos. Eso no significa que los capítulos restantes serán como este. Y el siguiente, además, traerá otro tipo de drama.

Lean con precausión.


El silencio que te inunda ahora crecía como el ruido disminuye en un abismo. No tenés ningún problema en viajar a cualquier otro lugar en tu mente azulada y melodiosa como nunca antes.

Oh, pero qué te ocultan, pero qué te ocultan.

Pero qué anhelo, pero qué impotencia…

Estás allá…, estás acá. Pero, ¿dónde estás?

Te despegas de la firmeza transmitida por la sensación de tus brazos y piernas, respiras profundo y te secas con las puntas de tus dedos izquierdos las lágrimas de tu rostro.

—Blanca, yo… Hay algo que quisiera contarte.

Sin embargo, la mirada no basta para encontrar a tu amiga. Ni girar la cabeza.

La confusión inicial da paso al nerviosismo en tanto te incorporas y caminas unos pocos pasos.

—¿Blancanieves?

No hay ni un solo animal a la vista.

—¡Blancanieves!


Érase en una vez una reina que deseaba un niño blanco como la nieve, de labios rojos como la sangre y cabello negro, negrísimo.

Nació una niña.

Decepción fue su primera reacción mientras la colocaba en brazos del rey, cuyos cabellos parecían brillar como el sol cuando contemplaba a su primogénita, casi dándole la espalda a su esposa.

Momentos después, él se giró en su dirección y la acercó a la linda escena diciéndole, vacilante pero todavía sonriendo y feliz, que deberían elegir un nombre.

La reina se detuvo en la apariencia de la niña, tal y como había imaginado que sería la de su primer hijo, Copo De Nieve. Tan blanca era.

La reina le terminó agarrando cariño con el asombro instintivo y orgulloso por su bebé, pese a que la prefería en los brazos seguros de su padre que en los suyos, demasiado parecidos a los de su propia madre —a sus ojos oscuros—. No obstante, el anhelo por un niño acompañaba sus cavilaciones y nunca renunció a tener uno, incluso cuando el rey falleció seis años después. Entonces, el espejo le dio desafortunadas respuestas a lo que se comenzaba a preguntar: era demasiado mayor para tener otro hijo.

Fue así que optó por investigar por su propia cuenta para ocupar más de su tiempo y ahogar su tristeza, descubriendo métodos y decepcionándose por sus consecuentes efectos en mujeres de su estado. El descuido hacia Blancanieves se hizo notar en tanto interactuaba con ella por medio de sus sirvientes o lecciones personales, o sentía cada vez menor dolor por su apariencia debido a que fuera más fácil alejarla de sus pensamientos.

—Mami, ¡te extraño! —A la reina le tomó por sorpresa que, al final de una lección de escritura, la niña se hubiera arrojado a sus piernas antes de que pudiera irse más lejos de la puerta de su habitación, continuando sus planes sin una mirada atrás.

—Oh, querida, ahora que no está tu padre tengo que hacer todo —Medio mintió, porque aunque tenía más responsabilidades como gobernante, tenía consejeros y más a su disposición.

—Pero, ¿no puedo ayudar en algo?

—No creo…

—¡Tiene que haber algo!

Blancanieves, entonces, había visto en los ojos de su madre un brillo inusual. Ella, luego, había sonreído. Era tan hermosa su sonrisa.

—Quizás hay algo que podamos hacer… —soltó las palabras como destrabando su lengua, expectante por reacciones inmediatas y genuinas—. Tendríamos que hacerlo juntas.


Tu recorrido por el bosque desborda paranoia y sustos. Porque hay algo que roza tus sentidos advirtiéndote de lo más que está todo: el bosque silencioso o de ruidos tan suaves que los percibe en tu nuca. Y definitivamente reencontrarte por primera vez con las miradas penetrantes de animales más grandes que un insecto. Sentís indignación, después de todas estas semanas de que se concentraran en Blanca, pero se sobrepone tu preocupación y los seguís confiada.

La esperanza tiñe tu estado de alerta y la expectación tus pensamientos. Así ves y escuchas a cada segundo si no es que una señal de Blancanieves y su vestido colorido, su voz pausada y correcta, sus huellas, sus pisadas, su alegría…

Las sombras se tornan más prominentes y los árboles más próximos con cada paso.

Y persiste en el aire algo espeso y estremecedor que sabrías relacionar con la sensación de estar junto a un fuego caliente con los dientes castañeantes.


Los deseos pasados de la reina, de unos siete años atrás, habían sido firmados con tres gotas de sangre cortados por una rosa roja en invierno y salpicados a su sombra.

Blanco

como la nieve

Labios rojos

como la sangre

Cabello negro

negrísimo

como el azabache

Así será mi

hijo

—Tenés que desear muy fuerte, sentir anhelo desde lo profundo de tus entrañas y dejar caer tres gotas.

—Y traeremos un milagro al reino.

—Sí, un milagro. Todos los días de la estación más traicionera del año. Así… Así naciste.

Y así, pasaron años de lo que Blancanieves consideraba una tradición de madre e hija, y la reina un ritual mágico que con cada fracaso su corazón se teñía de rencor.

El día que las sábanas de su hija se tiñeron de rojo por su primera sangre, la posibilidad se había extinguido… al menos de que este ritual funcionara. Puesto que no le impidió indagar lo poco más que le quedaba por indagar y finalmente descubrir lo que sería su última oportunidad: sacrificar completamente la vida de su hija para poder crear una nueva.

Parecía simple cambiar una vida por otra, pero habrían de haber ciertas especificaciones para que su anhelado hijo naciera varón, no un ser atrapado entre la vida y la muerte. Las instrucciones y el uso de ingredientes debían seguirse a rajatabla, desde colocar corteza del árbol más oscuro del bosque encantado, al que menos le había llegado luz en su vida, exactamente dos minutos después de tres gotas de lágrimas de una mujer embarazada. Habría de valer la pena todo lo que había hecho para hacer una poción que ella también bebería en un día y hora específicos.

Lo más complicado sería conseguir piel muerta, un poco de cabello y un poco de sangre de su hija. Y, de ser necesario, algo más para garantizar el éxito de su poción, presentía.


Unos minutos más de infructuosa búsqueda y primero crees que hay algo extraño con un árbol a pocos metros, de ramas torcidas y tronco grueso… ahuecando una figura con aspecto desaliñado e incómodo. Te acercas más y te percatas del trozo de manzana sobresaliendo de su boca, como si se lo hubieran metido a la fuerza, y del aspecto enfermizo y muerto, con piel gris y rota y una mancha, de un rojo más oscuro que el vestido, en la zona de su pecho.

Tu corazón se desploma en tu pecho.

—¡Blancanieves!

Corres, te tiras al suelo de rodillas a medio camino y medio gateas hasta su cuerpo medio apoyado en el árbol. Sacudes su hombro mientras ves sus ojos oscuros abiertos hacia algo a la distancia que hacen visible un pedazo de párpado a carne viva que aún sangra. ¿Alguien le habría desgarrado el rostro? También sangran algunas raíces de su cabello paralelamente a la herida del ojo.

Tus manos tiemblan al apartar la vista y fijarla en la sangre en su pecho. Tocas esa parte del vestido y sabes que está roto. Deslizas la tela de lo empapada que está y ves un agujero donde debería estar su corazón.

Casi sin procesarlo te alejas arrastrándote con un empujón.

No sabes cuánto tiempo permaneces con la mirada vaga sobre los árboles y animales que huelen el suelo o se acurrucan contra tu cuerpo o el de Blanca.

Tus dedos se entrelazan con un poco de césped.

—Queridos amigos —pronuncias, con la voz temblorosa, hacia el conejo acostado contra tu cuerpo—: si… Si todavía me consideran su amiga, si no es por mí, por la princesa… por-por favor…

Cabeceas hacia ella sin poder decir nada más. Pero ellos parecen entenderlo, por la manera en que algunos de los más grandes miran con detenimiento hacia ella, hacia el lugar por el que habías venido y hacia otro punto entre los árboles.