Él había caído rendido después de una larga jornada de trabajo. Había ido a visitar a su novio, discutiendo un poco acerca de su relación debido a que tomaría un viaje de tres semanas para ir a visitar a su padre por la muerte de su madre. Después de todo, debía arreglar asuntos con su progenitor y tomaría tiempo.

Para cuando despierta...

Todo está a oscuras.

Los ojos los tiene vendados.

Intenta quitar la venda.

Las manos las trae amarradas.

Quiere removerse.

Los pies están completamente atrapados.

Quiere gritar por ayuda.

La boca la tiene amordazada.

Siente frío. La ropa, específicamente unos pantalones ligeros, no están. Dormía desnudo pero recuerda haber caído en un profundo sueño después de tomar agua. No recuerda haberse quitado la ropa en ningún momento.

Está desnudo.

Le produce nerviocismo absoluto. Tiene miedo. No puede evitarlo. Vuelve a removerse pero no puede hacer mucho teniendo las manos encima de la cabeza estando completamente estirado. Por suerte el peso no le vence gracias a que le han sujetado del estómago seguramente con otra cuerda.

Sí, gracias.

Escucha una puerta abrirse.

Pasa saliva.

Pasos.

— Estás despierto, Kacchan. —esa voz. La ha escuchado pero no recuerda de donde. Escucha el sonido de las poleas correrse y con ello él se va moviendo. Ahora está en diagonal y si no fuera por las cuerdas caería de golpe. Está incómodo. Tener las piernas abiertas es algo que le produce asco, que le produce miedo. Una mano le toma del mentón y le aprieta las mejillas con fuerza, ensartando las uñas en su piel.— Uh... Ya deseo consentir a mi mascota.

Le suelta. Ahora hay un par de manos acariciándolo. Siente asco. Quiere gritar por auxilio. Quiere que su novio entre por la puerta, ventana, abra un agujero en el techo o pared, de donde sea y vaya a salvarle. Desea desde lo más profundo de su corazón que aquello pare. Que haya una aparición divina y que frene todo aquello.

Pero está en el infierno.

Donde Dios no pasa, donde Dios no te conoce, donde a Dios no le interesas.

Es el infierno mismo glorificado en los cielos, en la tierra de los mortales.

Ahora siente presión sobre sus labios, aparentemente besándolo con dulzura. Prontamente se aleja.

Una especie de esponja se pasea por su rostro cual perro ansioso, se pasea por sus mejillas, nariz, frente e intuye que por los ojos. Vuelve a besarle pero esta vez por los sitios ya mencionados. Quiere vomitar. Quiere luchar. Se vuelve a remover. El hombre que lo tiene encerrado vuelve a tomarle de las mejillas.

— Sé buen chico o tendré que castigarte. —vuelve a lamerle el rostro. No puede evitar hacer una mueca. Muere por escupirle encima.— Primera regla; te dejarás amar sobre todas las cosas. —la risilla del hombre le hace sentir asco.

¿Realmente se había referido amar al hecho de violarle?

— Segunda regla; no caminarás, la única manera que tienes permitida de ir a lugares que yo te indique será gateando. Después te enseñaré por dónde. —la voz se aleja por momentos y vuelve a acercarse. La escucha detrás de él. Las manos ahora están sobre su trasero, amasando sus glúteos.— Tercera regla; harás todo lo que yo diga. —separa sus glúteos y jura sentir una lengua sobre su agujero repetidas veces como un perro ansioso, contornear su hoyo con la punta en un suave y delicado movimiento para después adentrarse haciéndolo retorcerse.

— ¡Mnf! —se escucha salir apenas de su boca. Deja caer la cabeza hacia en frente. No puede evitar sollozar por ello. Pero no por temor o por tristeza de estar en esa situación. Rabia. La ira lo estaba comiendo. No puede evitar empezar a apretar la mandibula contra sus dientes, siente demasiado coraje por aquella situación. Vuelve a removerse.— ¡Mnh! —hace la cabeza hacia atrás. La lengua que está dentro se mueve en círculos. Es bastante vergonzoso estar así. Pronto le deja para después escupir en su agujero. Unos dedos expanden sus paredes anales con insistencia, lastimándolo debido a las uñas algo largas que trae.

— Cuarta regla; no pedirás auxilio de otra manera me veré obligado a castigarte. —lamidas en su espalda y besos se reparten por allí y por acá.— Quinta regla; no te asomarás por las ventanas y las puertas, las tienes prohibidas. Sexta regla; tienes derecho a la recreación así que te dejaré ir al patio a que hagas lo que desees siempre y cuando no rompas las demás reglas. —vuelve a sentir los labios recorrerle, esta vez desde la espalda baja hasta llegar a su cuello. Reparte besos y chupetones asquerosos en esa zona.— Séptima regla; tienes un compañero pero sólo puedes dialogar con él si así lo deseo o en su hora de recreación.

Dolor.

Ahora unos dientes están mordiéndolo.

— Octava regla; está prohibido que intentes escapar y aunque lo intentaras, jamás saldrás de aquí. —risa vaga y floja. Tanto que parece una burla.— Novena regla; el horario del desayuno, comida y cena están en tu habitación, por lo pronto la deberás seguir al pie de la letra porque no me gusta que alguien llegue tarde. —otra risilla.— Décima regla; está prohibido enamorarte. A menos que sea de mí, porque si es así, Kacchan y yo nos vamos a entender muy bien. Si te enamoras de tu compañero recibirán ambos un castigo y si es de alguien más, morirá. —decide no gesticular ante eso. Incluso llega a fingir un llanto con tal de que no notara que aquello sí le había afectado. No se perdonaría que le hiciera algo a Shōto, su novio, aquel que le había salvado tres semanas atrás de una posible violación. Tal vez porque se sentía en deuda con él accedió salir con él. No lo sabía. Ciertamente estaba perdido.

Los sentimientos siempre arruinan todo.

Estar enamorado de Shōto y viceversa ahora era su sello de muerte. O bien, para su querido salvador caballero de melena bicolor y ojos heteros. Y cicatrices por su cactus. No puede evitar imaginar por momentos a su novio pero reprime hacerlo.

Él nunca le haría lo que su captor le hace. Una verdad que está sellada bajo el juramento de amor que le hizo esa misma tarde-noche.

— Onceava regla; tu cuerpo siempre debe de estar limpio, detesto que mis mascotas estén sucias. —¿Mascotas? ¿Había digho mascotas? ¿En verdad creía que él, Katsuki Bakugō, era su mascota? No. Él no sería un perro ni gato de nadie. Y si lo quería tratar así, le arrancaría las bolas de un mordisco. Le masacraría como toda una bestia que era. Coraje, sí, eso es lo que más siente a pesar de todo. Cómo desea poder defenderse.— Doceava regla; el cielo y el infierno siempre están abiertos, dependiendo de cómo te portes es a donde irás. Hoy mismo estás en el infierno.

No puede evitar sentir miedo tras eso.

Quiere llorar más y salir de ahí. Realmente implora porque llegue alguien y le saque de aquella tan patética y vergonzosa situación. Porque será mucho una violación hacia su persona, el hecho de que le toquen sin su consentimiento le repugna a morir. Tener las piernas abiertas resultaba bastante conveniente para su captor.

Demasiado conveniente.

Ahora hay tres dedos abriéndose y cerrándose al mismo tiempo que ingresan y salen con rapidez. Siente un líquido resbalar lentamente por sus piernas pringoso.

Y sucedió lo que temía que pasara.

— ¡Mnf! —su mente queda en blanco tras la primera estocada. Su captor ha sido bastange brusco, introduciéndose en un solo movimiento rápido. Le ha jodido el interior y parece no querer detenerse. Sus manos sobre su trasero le aprietan, jura que incluso le ha arañado aquellos sitios. Nuevamente siente que le muerden en la nuca, siente la sangre escurrir por su espalda y parte de sus hombros. Ahora el llanto es incontrolable.

La humillación de ser poseído por alguien más. El descaro del tipo de hacer lo que quiere. Lo oportunista que es para actuar como desea.

Todo, todo le repugna.

Ahora deja su trasero y acaricia sus tetillas con dulzura, tirando de ellas de un lado a otro, encajando la uña ocasionándole daño. Vuelve a repartir mordidas en su espalda. Las embestidas bestiales parecen no terminar. Siente que la vida se le va cada que le siente salir y adentrarse en él.

No.

De ninguna manera moriría de una forma tan patética.

Se aferra a la vida, aún sintiendo sus piernas flaquear, los brazos entumidos y el torso irritado debido a cada arañazo que le ha dado. No le importa cómo esté en esos momentos. No le importa qué tan hecho mierda está.

Katsuki saldrá de aquello le costara lo que le costara. Jamás se rendiría.

Y con ello en mente, se deja a la disposición de su captor. Ha ganado este primer encuentro pero no ganará la guerra. Siente cómo acaba en su interior sin siquiera frenar por lo acontecido. Parece querer esparcir su esencia hasta lo más profundo, jodiendole todo a su paso.

— Ugh... —escucha gruñir a su captor.— Última regla; a partir de ahora ya no eres una persona, eres mi mascota y puedo hacer lo que yo quiera contigo. Mi juguete, mi entretenimiento. Mi muñeco, mi preciosidad. Eres mío, enteramente mío. Mi títere, sólo mío. —siente cómo reparte besos en su espalda y su lengua pasear de aquí a allá.— Ahora ya te he marcado como de mí propiedad. Ahora ningún perro te rondará, mi perrita. Los perros dejan de rondar a la perra cuando ven a un lobo marcar su territorio en esta. Así que evitate buscar a otro, porque lo masacraré. —risas.— Y si es posible, te lo daré a comer. ¿Qué pasa, Kacchan? Sólo así tienes permitido tener a alguien más dentro de ti si no se trata de mí, ¿Entendido? —Katsuki no puede evitar llorar. Ser el juguete sexual de un depravado es... Humillante.— ¡Te he preguntado, ¿Entendido?! —le tira de los cabellos hacia atrás gritándole en el oído. Katsuki jadea por ello.

— ¡Mnf...! —asiente con la cabeza como puede. Las lágrimas resbalan por sus mejillas. Prontamente el sonido de las poleas entra en acción y al mismo tiempo las cuerdas le permiten movilizarse pero Katsuki únicamente se deja caer como un títere que ha cumplido su misión después de una presentación. En el piso, no puede evitar abrazarse, cubriendo su desnudes.

— Buen chico, Kacchan.