Atención: Pokémon no me pertenece.


Otra sosa Samantha/Espeon

Final de temporada

El Proyecto: Eevee


La oscuridad envolvía la habitación en la abandonada mansión, iluminada solo por la tenue luz de la luna que se asomaba sobre una ventana rota. Samantha yacía en una cama improvisada, retorciéndose entre las mantas gastadas. Su respiración era irregular, sus patas se movían frenéticamente como si intentara escapar de algo invisible. Pequeños gemidos de angustia escapaban de sus labios mientras su mente se sumergía en un torbellino de recuerdos y pesadillas.

En su sueño, corría por interminables pasillos metálicos, cuyas paredes resonaban con gritos apagados y el eco de sus propias pisadas. Los rostros de los científicos eran sombras borrosas que susurraban palabras que no podía entender. "Sujeto 16", "potencial evolución", "riesgo aceptable". Las frases rebotaban en su mente como un eco sin fin.

De repente, se encontró dentro de una jaula, rodeada de otros Eevee que lloraban y temblaban. Uno a uno, los sacaban, y sus gritos llenaban el aire. Samantha intentó gritar, pero no tenía voz. Sus patas intentaron aferrarse a los barrotes, pero estos desaparecieron cuando una luz cegadora la envolvió.

Se veía a sí misma en una mesa metálica, sujetada por correas invisibles. Rayos de colores vibrantes, provenientes de piedras elementales, la atravesaban como cuchillas ardientes. Su cuerpo temblaba con cada descarga, y aunque no sentía dolor físico, el tormento emocional era insoportable. Una voz retumbó en su cabeza, fría y calculadora:
—Eevee no es más que un experimento. Eres un número, no un ser vivo.

En su sueño, se giró hacia un espejo. Su reflejo no era la de un Espeon fuerte y elegante, sino una amalgama de todas las evoluciones: una cola de Flareon, orejas de Jolteon, pelaje acuático de Vaporeon... Era un monstruo. Intentó gritar, pero el espejo se rompió en mil pedazos.

Se retorcía con violencia en la cama, soltando un grito ahogado que despertó a Norberto, quien dormía cerca. El Riolu se acercó rápido, colocándole una mano firme pero reconfortante en el hombro; Enseguida leyendo su aura se dio cuenta que estaba aterrada por un trauma de su pasado.
—Samantha, despierta. Estás soñando —Susurró con preocupación.

Con un jadeo, La evolucion de Eevee abrió los ojos, bañada en sudor. Sus pupilas estaban dilatadas, y su cuerpo temblaba como una hoja. Se sentó a la brevedad, llevando una pata a su pecho mientras intentaba controlar su respiración.
—No puedo más, Norberto... Esas imágenes... esos gritos... No los recuerdo del todo, pero siento que me están arrancando algo desde dentro.

El Riolu la miró en silencio, dejando que hablara, mientras su aura reflejaba compasión y una tristeza profunda.
—Quizás lo que estás recordando sea importante —Dijo, mientras hacia que su relajante aura la tranquilizara—. Tal vez es lo que necesitas enfrentar para seguir adelante.

Samantha negó con la cabeza, apretando las sábanas con fuerza.
—¿Y si no puedo? ¿Y si lo que hay en esos recuerdos me destruye?

Norberto se sentó a su lado, su mirada firme pero llena de empatía.
—No estás sola. Si no puedes enfrentarlo sola, lo haremos juntos.

Gengar, que había estado observando desde un rincón oscuro, dejó escapar un suave chasquido con la lengua.
—Tch, recuerdos dolorosos, traumas reprimidos... el menú de cada día. Pero, Samantha, te diré algo: a veces, esos fragmentos no son para destruirte, sino para recordarte lo que sobreviviste.

—¿De que hablas Gengar? —Lo cuestiono el tipo lucha.

—Estas hablando con un fantasma, estos traumas los conozco como la palma de mi mano —La hizo desaparecer por un segundo— No los buscas, pero los necesitas —Se le quedan viendo, bien confundido— Lo que trato de decir, es que es son los que nos forjan y nos dan carácter —Lo dice con su cara de preocupación— Osea, de todos modos esos nunca se borran, ademas que ya quedo en el pasado ¿porque preocuparse por ello?

Samantha lo miró, sus ojos reflejando miedo pero también una chispa de determinación. Sabía que no sería fácil, pero algo en el fondo de su corazón le decía que debía continuar, por ella misma y por todos los Eevee que no habían tenido la misma oportunidad de escapar.


La luz del amanecer apenas se filtraba a través de los vidrios rotos de la mansión, bañando la habitación en un resplandor melancólico. Samantha se sentó en el borde de la cama, sus patas temblaban mientras su respiración seguía agitada. Norberto estaba a su lado, en silencio, sus ojos escaneaban su aura, percibiendo los residuos de su tormento. Gengar flotaba cerca, con una expresión inusualmente seria.

Samantha rompió el silencio.
—No puedo seguir escondiéndolo. Lo que vivimos allá abajo... lo que recordé... es solo una parte de lo que pasó. —Su voz era apenas un susurro, cargada de una mezcla de miedo y dolor—. Durante mucho tiempo pensé que esos recuerdos no importaban, que podía seguir adelante sin mirar atrás. Pero no puedo.

Norberto inclinó la cabeza, su mirada cálida pero intensa.
—Samantha, cuéntanos. No tienes que cargar esto sola.

La susodicha tragó saliva, cerrando los ojos mientras imágenes perturbadoras volvían a su mente.
—Yo... yo era solo una Eevee. Al principio, todo parecía un juego. Corríamos, jugábamos, no entendíamos lo que realmente estaba pasando. Pero un día... —Hizo una pausa, su voz quebrándose—... nos llevaron abajo. El lugar donde hacían los experimentos.

Gengar, que estaba observando desde su esquina, intervino.
—Sí, abajo. Siempre es abajo. Los lugares oscuros donde los secretos más oscuros se esconden. Sigue, Samantha.

Ella asintió, aunque su cuerpo temblaba.
—Nos seleccionaban uno por uno. Decían que querían crear al Eevee definitivo, uno que pudiera evolucionar y cambiar de tipo a voluntad. Pero... no era así. Nos sometían a pruebas, dolorosas, interminables. Los rayos de las piedras elementales eran los peores. Te quemaban, te congelaban, te desgarraban desde dentro. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Vi cómo algunos de mis amigos... mis hermanos... no lo soportaron.

Norberto cerró los ojos, canalizando su aura para intentar comprender plenamente lo que Samantha sentía. Pero lo que percibió fue devastador: el miedo, la desesperación, la sensación de abandono. Todo se acumulaba en una ola de emociones que lo dejó sin aliento y tuvo que para de manera abrupta para que no se infectara con esos devastadores traumas.
—Samantha... —Murmuró, su voz temblando entre lagrimas—. No sabía que habías pasado por algo tan horrible.

Gengar dejó escapar un suspiro pesado, flotando hacia ellos.
—No es solo eso. —Cerró los ojos y su sombra pareció expandirse por un momento—. Leí algo más en tus sueños, Samantha. Algo que pasamos por alto. No eran solo los Eevee los que sufrían. Los científicos... estaban obsesionados con algo. Algo más grande que el proyecto.

Samantha lo miró con el ceño fruncido, mientras Norberto se tensaba.
—¿Qué quieres decir? —Preguntó ella.

—Había un experimento maestro —Respondió Gengar, sus ojos brillando de forma inquietante—. Algo que mencionaron en tus sueños, algo que incluso tú bloqueaste por completo. Creo que tú... eras el centro de todo. El sujeto que buscaban perfeccionar.

Samantha palideció, sintiendo que su cuerpo se enfriaba.
—No... no puede ser. Yo... yo solo era una más.

Norberto la miró fijamente, sintiendo el conflicto en su aura.
—Samantha, ¿podría ser cierto?

Ella negó con la cabeza, apretando las sábanas con fuerza.
—No lo sé. No quiero saberlo.

Gengar soltó una risa seca.
—Pero ya lo sabemos, ¿no? Por eso escapaste. Por eso siempre te sientes culpable. Porque, de alguna manera, fuiste importante para ellos. Ademas ¿Como crees que sobreviviste mientras veías a otro morir? Suena cruel ahora que lo pienso, pero por algo fuiste la ultima.

Norberto, por supuesto afectado por todo lo que había escuchado y percibido, se levantó.
—No sería mejor... —Hizo una pausa, dudando—. ¿No sería mejor dejar esto atrás? Todo esto... El pasado, el proyecto Eevee. ¿Qué ganamos reviviendo tanto dolor?

Samantha lo miró con los ojos llenos de lágrimas, pero su voz se mantuvo firme.
—No se trata de lo que ganamos, Norberto. Se trata de enfrentar lo que somos, de no dejar que ellos ganen al mantenernos callados.

La habitación cayó en un silencio tenso, con solo el sonido del viento atravesando las grietas en las paredes. Samantha respiró profundo, intentando calmarse. Aunque el dolor seguía latente, sabía que no podía seguir huyendo.


El sol se asomaba sobre el horizonte, bañando la mansión en ruinas con un resplandor tenue. Norberto abrió los ojos, sintiendo una familiaridad inquietante en el aire. La escena frente a él era la misma de los días anteriores: Samantha junto a la ventana, perdida en sus pensamientos, Gengar flotando cerca, con una sonrisa que parecía saber más de lo que decía, y el silencio pesado que siempre precedía al desayuno.

Era la tercera vez que Norberto se despertaba para enfrentar el mismo día. Al principio, había pensado que era solo una coincidencia, pero cada vez que escuchaba la mención del proyecto Eevee, sentía una presión en su pecho, un impulso incontrolable que lo hacía regresar en el tiempo, reiniciando todo desde la misma mañana.

Esa sensación de deja vu no era casualidad. Algo lo estaba empujando a enfrentar la realidad, aunque él se negaba.

Durante el desayuno, como en las veces anteriores, Gengar inició la conversación con su tono habitual de burla.
—Entonces, ¿seguiremos ignorando al elefante en la habitación? Proyecto Eevee, ese pequeño trauma que a todos nos gusta evitar.

Norberto sintió el impulso de actuar. Sus ojos brillaron con el poder del aura y, antes de que Samantha pudiera responder, todo se detuvo. El tiempo quedó congelado.

Se levantó de la mesa, mirando a su alrededor con frustración. Era la misma escena, una y otra vez. Caminó hacia la ventana, observando el paisaje inerte, y suspiró profundo.
—¿Por qué no puedo avanzar? —Murmuró para sí mismo, apretando los puños.

De repente, un sonido lo sobresaltó. Gengar flotaba detrás de él, moviéndose libre, su sonrisa más amplia de lo habitual.
—¿Otra vez detuviste el tiempo, Norberto? ¿Cuántas veces van ya? ¿Cinco? ¿Seis? —Preguntó, burlón.

Norberto lo miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo es que no estás congelado?

Gengar se encogió de hombros, su risa resonando en la habitación.
—Ventajas de ser un lacayo quizas. Digamos que tengo algunos trucos bajo la manga. ¿Recuerdas que también soy un viajero del tiempo? Pero, vamos, Norberto, ¿hasta cuándo piensas huir de esto?

Norberto desvió la mirada, apretando los dientes.
—No estoy huyendo. Estoy... intentando evitar el dolor. Cada vez que esto surge, todo termina mal. Samantha no merece revivir ese trauma.

Gengar lo observó con una expresión seria, algo raro en él.
—¿Y tú? ¿Mereces quedarte atrapado en este bucle? Porque, admítelo, no puedes detenerlo. Algo te está obligando a enfrentar esto, y hasta que lo hagas, no vas a poder avanzar.

Norberto cerró los ojos, sintiendo el peso de las palabras de Gengar. Sabía que tenía razón, pero el miedo lo paralizaba. Al final, dejó escapar un suspiro.
—Está bien. No reiniciaré más. Pero... no sé cómo lidiar con esto.

Gengar se cruzó de brazos, su sonrisa regresando.
—Pues empieza por aceptar que no tienes que hacerlo solo. Samantha es más fuerte de lo que crees, y yo... bueno, siempre estoy aquí para añadir un poco de caos a la mezcla.

El tiempo comenzó a moverse de nuevo, y Samantha lo miró con preocupación.
—¿Norberto? ¿Estás bien?

Él asintió, aunque el miedo seguía presente.
—Sí, Samantha. Estoy bien. Y esta vez... no huiré.

El día continuó, pero Norberto sabía que el verdadero desafío apenas comenzaba.


El Sol matutino se filtraba a través de las ventanas del comedor improvisado donde el grupo había decidido reunirse después de los últimos acontecimientos. Norberto y Rihanna compartían una esquina de la mesa, sus risas y susurros llenaban el ambiente con una atmósfera ligera y romántica. Samantha, Gema, Penumbra y Javier estaban más dispersos, aún con los vestigios del cansancio reflejados en sus expresiones.

Un silencio incómodo se instaló cuando Penumbra dejó caer su cuchara en el plato, sus ojos fijos en la taza de té frente a ella.
—He estado pensando... —Dijo, su voz grave como siempre, pero con un tinte de duda que no era habitual.

Samantha levantó una ceja, interrumpiendo el silencio.
—¿Pensando en qué? Por favor, no me digas que es otra de tus teorías sobre desastres inminentes...

Penumbra la ignoró.
—Sobre todo lo que nos ha pasado últimamente. Los ataques, las gemas elementales, y... ese nombre que sigue apareciendo: el Proyecto Eevee.

—Tenia que ser la reina del drama —Se quejo el Norberto entre susurros, bajando sus ojeras y haciendo una cara de pocos amigos.

Todos se miraron entre sí, dejando a un lado sus platos. Incluso el par de Riolu, que hasta entonces parecían en su mundo aparte, prestaron atención.

—¿El Proyecto Eevee? —Repitió Javier, claramente confundido. El Heracross inclinó la cabeza—. No recuerdo haber oído ese nombre antes.

—Porque no estabas con nosotros en Ciudad Pirita —Intervino Gema, con un tono más serio del habitual. Sus ojos brillaban con un leve destello púrpura, como si estuviera recordando algo perturbador—. Fue allí donde lo escuchamos por primera vez... y no fue en un contexto agradable.

Rihanna frunció el ceño y miró a Norberto.
—¿Es cierto? No me habías contado eso.

Norberto suspiró, apoyando los codos sobre la mesa.
—No es exactamente un recuerdo agradable, Riha. En Ciudad Pirita, fuimos atacados por un grupo que mencionó algo sobre ese proyecto. Parecía tener que ver con experimentos en Pokémon... experimentos crueles.

Samantha, que hasta ahora había permanecido en silencio, asintió.
—Había un laboratorio oculto. Encontramos documentos. Según lo que pude descifrar, estaban usando Pokémon de la familia de Eevee para algo... no sé exactamente qué.

Penumbra cruzó los brazos, su expresión severa.
—Algo lo suficientemente importante como para que Tyranitar y su gente estén buscando esas gemas elementales. Apostaría mi cola a que todo está relacionado.

Javier tamborileó los dedos sobre la mesa, visible su incómodidad.
—¿Pero qué tienen que ver las gemas con eso? ¿Y por qué nos están atacando a nosotros?

—Porque nos cruzamos en su camino, Javier —Respondió Gema, con un toque de irritación—. No creo que sea más complicado que eso.

Rihanna bajó la vista, jugueteando con el colgante que Norberto le había regalado.
—¿Y qué hacemos ahora? No podemos ignorarlo, pero tampoco podemos enfrentarnos a algo tan grande...

Norberto tomó su mano y le dio un apretón firme.
—Lo primero es mantenernos unidos. Hemos salido de cosas peores antes.

Penumbra dejó escapar una risa seca.
—¿"Peores"? Norberto, creo que nunca nos hemos enfrentado a algo que implique experimentos genéticos, un Tyranitar loco y un misterio que nadie entiende del todo.

Samantha golpeó suave la mesa con una de sus patas, llamando la atención de todos.
—Sea lo que sea, debemos investigar más. Si el Proyecto Eevee tiene algo que ver con las gemas elementales, necesitamos encontrar ese laboratorio. Tal vez ahí esté la clave de todo.

Un silencio cayó sobre el grupo mientras todos procesaban lo dicho. En eso, Javier habló, su tono más decidido de lo habitual.
—Entonces, ¿por dónde empezamos?

Gema levantó una garra, con una sonrisa amarga.
—Tengo una idea. Hay un contacto en Ciudad Rocavelo que podría saber algo. Es un poco... peculiar, pero si alguien sabe algo sobre secretos oscuros, es él.

—Perfecto, entonces ese es nuestro próximo destino —Concluyó Norberto, con determinación en sus ojos.

Rihanna asintió, aunque todavía parecía preocupada. Samantha y Penumbra intercambiaron miradas, ambas conscientes de que el camino que tenían por delante no sería fácil.

Mientras el grupo comenzaba a recoger los platos y prepararse para su partida, el sol brillaba con intensidad en el horizonte, un recordatorio de que incluso en medio de la oscuridad, siempre había luz para guiarlos. Pero lo que no sabían era que el Proyecto Eevee estaba mucho más cerca de lo que imaginaban, y que su próxima aventura los llevaría directamente al corazón de un peligro aún mayor.

El comedor se quedó completamente inmóvil. Los platos detenidos a mitad de camino hacia las bocas, las palabras suspendidas en el aire como si fueran globos de texto congelados. Norberto se levantó lentamente, con la mirada cansada y las manos en los bolsillos. Observó a todos, atrapados en el momento, y dejó escapar un largo suspiro.

—Otra vez... —Murmuró para sí mismo, pasando junto a Rihanna, que aún sostenía su taza de té en una posición perfectamente estática— En Rocavelo, llegamos a un punto muerto.

Caminó hacia una esquina del comedor y se sentó en una silla vacía, enterrando la cabeza en sus manos.
—No importa lo que haga. Siempre terminamos aquí. Siempre sale a relucir el maldito Proyecto Eevee…

—Eso es porque no ves el panorama completo, Norberto. Te cierras en tu mundo.

Un sonido lo sacó de sus pensamientos. Un aplauso lento y burlón resonó en el comedor, rompiendo el silencio absoluto del tiempo detenido. Norberto levantó la vista, con el ceño fruncido, y vio a Gengar apoyado contra la pared, con su habitual sonrisa siniestra.

—¿Problemas, amigo? —Preguntó Gengar, dejando de aplaudir y cruzando los brazos—. ¿Cuántas veces llevas reiniciando ya? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Diez?

—¿Qué haces? —Respondió Norberto, ignorando la pregunta de Gengar—. El tiempo está detenido. No deberías estar consciente.

Gengar se encogió de hombros, caminando con tranquilidad hacia él.
—Ah, pero ese es el truco, ¿no? Soy un viajero del tiempo, igual que tú. Bueno, no exactamente igual, pero tengo mis métodos. Ser un lacayo de Giratina tiene sus ventajas, ya sabes.

Norberto lo fulminó con la mirada.
—Entonces sabes lo que estoy intentando hacer.

—Claro que sí, y no puedo decidir si es admirable o patético —Contestó Gengar, riendo suavemente—. ¿De verdad crees que puedes escapar de esto? ¿Que puedes borrar el Proyecto Eevee de la ecuación reiniciando el desayuno una y otra vez? Si algo me ha enseñando ser un viajero del tiempo es que no puedes eliminar un punto muerto, lo único que generas es un bucle infinito. Que en ciertas formas no es distinto al mundo distorsión.

Norberto apretó los puños, levantándose de la silla.
—¡No lo entiendes! He intentado cambiarlo todo. Desviarnos, evitar hablar del tema, incluso dejarlos en diferentes lugares... y siempre, siempre, volvemos al mismo maldito punto.

Gengar inclinó la cabeza, como si estuviera considerando algo profundo.
—¿Y no has pensado que tal vez esto es inevitable? Que tal vez el Proyecto Eevee no es solo un obstáculo en tu camino, sino el camino mismo.

Norberto se quedó en silencio, mirando al suelo. Sabía que Gengar tenía razón, pero no quería aceptarlo.

—Tienes miedo, ¿verdad? —Continuó Gengar, con una voz más seria de lo habitual—. No del Proyecto, sino de lo que significa. Si está tan atado a tu destino, ¿qué implica eso para ti? ¿Para nosotros?

Norberto levantó la vista, su mirada dura pero temblorosa.
—No quiero que los demás sufran por esto. Si puedo encontrar una forma de...

Gengar lo interrumpió con una risa seca.
—Oh, por favor, héroe. El sufrimiento ya está aquí, lo quieras o no. Pero, ¿sabes qué? Eso no significa que no puedas enfrentarlo.

El Riolu cerró los ojos, respirando hondo. Luego los abrió con una determinación renovada.
—Tal vez tengas razón. Pero todavía puedo darles un poco más de tiempo para estar tranquilos.

Con un chasquido de sus dedos, todo volvió a su lugar. El desayuno se reinició. Penumbra volvía a hablar de teorías catastróficas, Samantha se quejaba, y todos estaban como antes, sin recordar nada del reinicio.

Gengar, por su parte, como sabiendo lo que acaba de hacer, lo miró desde su esquina, con una sonrisa más afilada.
—Tu juego, Norberto. Pero no podrás reiniciarlo para siempre.

Norberto lo ignoró, volviendo a sentarse junto a Rihanna, quien, ajena a todo, le sonreía mientras hablaba de cosas triviales. Aunque su mente estaba llena de dudas, decidió, por ahora, dejar el peso del destino para otro momento.

El desayuno transcurría con una atmósfera casi relajada hasta que Javier, el Heracross, dejó caer la pregunta que inevitablemente cambiaría el tono de la conversación.

—Oigan, ¿qué es exactamente el Proyecto Eevee?

Todos se quedaron en silencio por un momento. Samantha, quien hasta entonces había estado concentrada en su comida, dejó los cubiertos a un lado y dio un fuerte suspiro antes de seguir. Sus ojos brillaron con una mezcla de dolor y resignación.

—Es... —Comenzó, con voz temblorosa—. Era un experimento del Equipo Rocket. Querían crear un Eevee que pudiera cambiar de tipo elemental a voluntad cada vez que evolucionara. La idea era tener un arma viviente, un Pokémon que pudiera adaptarse a cualquier batalla o situación.

La sala quedó en silencio mientras la Espeon bajaba la mirada, jugando nerviosa con la servilleta frente a ella.
—Yo... yo fui uno de los sujetos de prueba. Una de las pocas Eevee que salieron vivas de allí.

Penumbra y Gema compartieron una mirada de preocupación, mientras Javier parecía procesar la información con dificultad.
—¿Y cómo lograste salir? —Preguntó el Heracross, con cuidado.

—No salí por mi cuenta —Admitió Samantha, apretando los puños—. Fue un golpe de suerte... o quizás alguien con un poco de conciencia. Pero el daño ya estaba hecho. Las pruebas, las modificaciones, los experimentos... todo dejó marcas que nunca desaparecerán.

El ambiente se volvió tenso. Norberto, sentado al final de la mesa, apretaba los dientes mientras escuchaba. Sabía que, sin importar cuántas veces reiniciara el tiempo, esta conversación siempre terminaba ocurriendo. Siempre volvía a este momento, al dolor de Samantha, al peso de un pasado que ninguno podía cambiar.

Miró de reojo a Gengar, que lo observaba con su eterna sonrisa burlona. En ese momento, todo se volvió claro. Era un prisionero de su propia desesperación, atrapado en un bucle interminable porque no quería enfrentar la verdad.

Con un suspiro largo y cargado de frustración, Norberto se levantó de la mesa.
—Ya basta —Dijo, su voz firme aunque llena de resignación.

Todos voltearon a verlo, sorprendidos.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó Rihanna, preocupada.

Norberto miró a Samantha, quien tenía lágrimas contenidas en los ojos, y luego a los demás.
—No puedo seguir intentando detener esto. He tratado de evitar esta conversación... este destino... pero siempre vuelve. Una y otra vez.

—¿De qué hablas? —Cuestionó Gema, confusa.

Norberto no respondió directamente. En su lugar, fijó su mirada en Gengar.
—Tú lo sabías, ¿verdad? Sabías que estaba atrapado en este bucle, y por eso nunca te congelaste cuando detenía el tiempo.

Gengar inclinó la cabeza, su sonrisa apenas perceptible.
—Digamos que lo veía venir, eres demasiado predecible para mi gusto.

Norberto apretó los puños.
—Si este es el camino que debemos seguir, entonces que así sea. No más reinicios. No más intentar huir.

Samantha levantó la mirada, sorprendida por el tono de determinación en la voz de Norberto.

—Vamos a enfrentar esto, juntos —Continuó Norberto, mirando a cada uno de sus compañeros—. Sea lo que sea que venga después, no lo enfrentaremos solos.

El grupo asintió, aunque con cierta incertidumbre. Gengar, por su parte, parecía satisfecho, como si hubiera estado esperando ese momento.

El desayuno continuó, pero esta vez con un aire diferente. Habían aceptado el peso del pasado y la inevitabilidad del futuro. Por primera vez, Norberto sintió que había tomado un paso hacia adelante, fuera del bucle que lo mantenía atrapado.

Y aunque el camino sería duro, al menos ya no estaría solo.

El silencio llenó la sala principal cuando todos se retiraron tras el desayuno. Norberto, Samantha y Gengar permanecieron, cada uno perdido en sus pensamientos. Samantha miraba el suelo, como si pudiera encontrar en los detalles de las baldosas las respuestas que tanto deseaba.

—No puedo recordar todo —Dijo, su voz cargada de frustración—. Sé que fui parte del Proyecto Eevee, pero hay lagunas... cosas que simplemente no puedo recuperar.

Norberto la miró con empatía, aunque su propio rostro reflejaba una mezcla de determinación y cansancio. Sabía que este era un momento crucial, un punto de inflexión para todos ellos.

Gengar, sentado sobre una vieja silla que parecía haber sido parte de la mansión desde tiempos inmemoriales, dejó escapar una carcajada baja.
—Bueno, bueno, si la memoria no coopera, siempre hay maneras más... creativas de obtener respuestas.

—¿Qué estás sugiriendo? —Preguntó Norberto, cruzándose de brazos.

El fantasma dio una vuelta en el aire y señaló las paredes de la mansión con un gesto teatral.
—Esta misma mansión... este lugar donde están sentados ahora mismo. ¿No se han preguntado por qué parece tan... adecuada para esta conversación?

Samantha levantó la mirada, su expresión mezclando curiosidad y sorpresa.
—¿Qué quieres decir?

—Que este no es solo un edificio cualquiera —dijo Gengar, con una sonrisa maliciosa—. Esta mansión fue el epicentro del Proyecto Eevee. Aquí es donde todo comenzó.

Norberto y Samantha intercambiaron una mirada de incredulidad.

—¿Estás diciendo que... este lugar es donde hicieron esos experimentos? —Preguntó Samantha, con la voz temblorosa.

—Exactamente —Respondió Gengar, inclinándose hacia ellos como si compartiera un gran secreto—. Y si quieren respuestas, creo que hay una solución: un pequeño viaje en el tiempo.

Norberto frunció el ceño.
—¿Viajar en el tiempo? ¿Crees que eso lo solucionara?

—Ah, pequeño Riolu —Dijo Gengar, flotando en círculos—. Hay más en este mundo de lo que alcanzas a imaginar.

Samantha parecía dividida entre la emoción y el temor.
—¿Es eso seguro?

—Tan seguro como cualquier otra locura en la que ya estamos metidos —Dijo Gengar, encogiéndose de hombros—. Pero si realmente quieren respuestas, esta es su oportunidad. Realicemos un viaje en el tiempo, al dia que esta mansión fue convertida en un laboratorio.

Norberto miró a Samantha, quien asintió.
—Está bien —Dijo el Riolu, con determinación—. Hagámoslo.

Gengar sonrió de oreja a oreja.
—Entonces prepárense, amigos míos. Esto va a ser... memorable.


Con un movimiento veloz, Norberto comenzó a canalizar una energía aural que llenó la habitación. Todo a su alrededor empezó a deformarse, los tres veían en segundos los días pasar, los objetos y pokémon moverse pero como yendo hacia atrás.

—Agárrense fuerte —Dijo Gengar, con una risa siniestra—. El pasado siempre es un lugar lleno de sorpresas.

En un destello, la sala principal de la mansión desapareció, reemplazada por un ambiente frío y aséptico. Las paredes estaban llenas de paneles metálicos, luces fluorescentes zumbaban, y el aire tenía un olor químico distintivo.

Habían llegado al corazón del Proyecto Eevee.

La mansión en el pasado era un lugar completamente distinto, rebosante de vida y actividad. Lo que antes eran pasillos oscuros y desolados ahora estaban iluminados con lámparas brillantes de diseño moderno, y las paredes metálicas reflejaban una atmósfera de alta tecnología. Había un constante bullicio: el sonido de pasos apresurados, voces discutiendo detalles técnicos y risas de Pokémon jugando.

Por los corredores y las amplias salas, decenas de Eevee corrían alegremente. Algunos se perseguían entre ellos, mientras otros jugaban con juguetes o interactuaban con dispositivos diseñados para medir sus capacidades. Parecían felices, despreocupados, ignorantes del propósito oscuro que los rodeaba.

Personas en batas blancas, con portapapeles y tablets, caminaban con prisa por el lugar. Algunos se detenían para observar a los Eevee, tomando notas o ajustando equipos complicados. Entre ellos, agentes encubiertos del equipo Rocket patrullaban discretamente, con uniformes oscuros y expresiones serias. Sus movimientos eran metódicos, asegurándose de que nada interrumpiera las operaciones.

Las enormes escaleras de mármol que conducían a los pisos superiores estaban decoradas con alfombras rojas impecables. Los salones principales habían sido convertidos en laboratorios improvisados, llenos de tubos de ensayo, monitores que mostraban datos en tiempo real, y máquinas que emitían zumbidos constantes.

En el patio trasero, que en el presente era un terreno árido y descuidado, ahora había jardines vibrantes y áreas de recreo donde más Eevee jugaban bajo la supervisión de técnicos. Enormes antenas y dispositivos de comunicación se erguían en el horizonte, un testimonio de la magnitud del proyecto que se llevaba a cabo.

Ocultos en una esquina oscura detrás de un conjunto de cajas metálicas apiladas, Norberto, Samantha y Gengar observaron todo con asombro y cautela.

—Esto es... increíble —Susurró Samantha, con la voz temblorosa al ver a tantos Eevee corriendo felices—. Jamás pensé que el lugar fuera tan... vivo.

—Es irónico —Murmuró Gengar, cruzado de brazos—. Toda esta felicidad falsa es solo la superficie de lo que realmente ocurre aquí.

Norberto mantenía su mirada fija en los científicos.
—Tenemos que ser cuidadosos. Si nos descubren, estamos en problemas serios.

—No te preocupes por eso, jovencito —Dijo Gengar, mostrando una sonrisa confiada—. Siempre tengo un plan de salida. Pero dime, ¿estás listo para enfrentar lo que realmente pasó aquí?

El Riolu asintió, aunque la tensión en sus músculos traicionaba sus nervios. Samantha, mientras tanto, no podía apartar la vista de los Eevee.
—Yo era uno de ellos... jugué en estos pasillos, pensé que todo era perfecto.

—Pronto descubriremos qué fue lo que cambió todo —Dijo Norberto, con determinación.

Mientras tanto, un científico se acercaba peligrosamente cerca de su escondite, llevando un Eevee en brazos. Norberto sostuvo la respiración, mientras Gengar preparaba una sombra protectora, listo para ocultarlos si era necesario.

Samantha se empezó a retorcer de dolor en el suelo, sintiendo cómo un torrente de recuerdos comenzaba a inundar su mente. Era como si algo profundamente enterrado se hubiera desatado con solo estar en ese lugar.

Primero, los recuerdos más felices llegaron como un destello cálido: ella, siendo una pequeña Eevee, jugando despreocupadamente en los jardines exteriores de la mansión. Recordó cómo correteaba entre las flores, el aire fresco llenando sus pulmones, mientras otros Eevee la perseguían en un juego de escondidas. La risa resonaba como un eco lejano, pero reconfortante.

—Solía ser tan feliz aquí... —Murmuró Samantha, con los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de nostalgia o de tristeza.

Norberto y Gengar la observaron en silencio. Él puso una mano en su hombro, mientras Gengar cruzaba los brazos, frunciendo el ceño, pero sin interrumpir.

—Había una Eevee llamada Lina... —Continuó Samantha, mirando al vacío mientras los recuerdos se formaban lentamente—. Jugábamos juntas todo el tiempo. Ella era como mi hermana mayor. Siempre cuidaba de mí...

Pero ese alivio duró poco. Como una sombra que cae sobre el atardecer, los recuerdos felices se transformaron en fragmentos más oscuros y aterradores.

De repente, Samantha recordó cómo, un día, Lina había desaparecido sin explicación. Los científicos vinieron a llevarse a varios de los Eevee, diciendo que estaban "listos" para un nuevo entrenamiento. Samantha había preguntado por ella, pero los adultos la ignoraron. Días después, oyó rumores entre los otros Eevee: algunos nunca regresaban.

La imagen de Lina siendo llevada por dos agentes Rocket se cristalizó en su mente, seguida de su propia voz, gritando su nombre mientras intentaba correr tras ella.

—¡Lina! —Dijo en voz alta, como si estuviera reviviendo el momento, su tono quebrado por la angustia.

—¿Quién era Lina? —Preguntó Norberto con suavidad, intentando no romper el frágil hilo de sus recuerdos.

—Mi mejor amiga... pero nunca supe qué le pasó... —Respondió Samantha, temblando.

Luego vinieron los recuerdos más fragmentados: luces cegadoras, voces frías y mecánicas, y un dolor profundo que no lograba ubicar en el tiempo. Recordaba estar en una cápsula, conectada a máquinas, mientras los científicos hablaban de algo llamado "compatibilidad". Los fragmentos eran borrosos, pero el miedo era tangible.

—Hay tanto que no recuerdo... pero todo lo que veía parecía tan feliz en la superficie. Solo cuando empezaron a desaparecer... todo cambió.

Gengar rompió el silencio con su voz áspera pero menos burlona de lo habitual.
—Esas "primeras semanas felices" siempre fueron una trampa. Eran una forma de ganarse su confianza antes de comenzar con los experimentos. Eso es lo que hace el Equipo Rocket: te hacen sentir seguro, para luego arrebatarte todo.

Samantha miró a Gengar con ojos llenos de rabia y miedo.
—¡No quiero recordar más!

Norberto la sostuvo con firmeza.
—Lo siento, Samantha, pero si estamos aquí, es porque necesitas enfrentarlo. Todos lo necesitamos.

Gengar asintió, aunque su tono era más sombrío.
—Y porque, al final del día, los fantasmas del pasado siempre regresan... literal o figurativamente.

Samantha cerró los ojos con fuerza, luchando contra las lágrimas y los recuerdos que seguían atormentándola. Por primera vez, sintió que este viaje al pasado podría ser más de lo que podía soportar.

Abrió los ojos de golpe, como si un rayo la hubiera atravesado. Su respiración era pesada, y sus patas temblaban, pero había algo distinto en su mirada: determinación mezclada con terror.

—Lo recuerdo... —Murmuró, con un tono que hizo que Norberto y Gengar se inclinaran hacia ella.

—¿Qué recuerdas? —Preguntó Norberto, su voz cargada de urgencia.

Samantha respiró hondo, tratando de calmar el caos en su mente.
—El día en que todo cambió... el día en que me llevaron "abajo".

Sin esperar respuesta, Samantha empezó a caminar, sus patas moviéndose como si conocieran el camino a pesar de los años que habían pasado. Cada paso parecía más decidido que el anterior. Norberto y Gengar la siguieron en silencio, conscientes de la gravedad del momento.

Mientras avanzaban por los pasillos de la mansión, el ambiente se tornaba más frío y oscuro. Las paredes, antes llenas de vida y actividad, ahora parecían oprimirlos con un silencio sepulcral. Samantha guiaba el grupo con una precisión sorprendente, girando en esquinas, bajando escaleras ocultas, hasta que llegaron a una puerta metálica al final de un pasillo estrecho.

—Aquí es... —Susurró Samantha, deteniéndose frente a la puerta. Su cuerpo temblaba, pero su voz era firme.

De repente, los fragmentos de su memoria se alinearon con una claridad abrumadora.
—Era el día que Lina desapareció. Me llamaron a mí y a otros Eevee para "evaluaciones especiales". No sabía qué significaba eso, pero todos parecían emocionados... hasta que llegamos aquí.

Samantha cerró los ojos, reviviendo el momento.
—Nos llevaron abajo, a un lugar lleno de máquinas. Había tanques de vidrio con líquidos brillantes... y gritos. Siempre gritos.

Gengar frunció el ceño.
—Tanques y gritos. Un clásico de los experimentos Rocket.

Norberto apretó los puños.
—¿Qué te hicieron?

Samantha tragó saliva, sus ojos llenos de lágrimas. —Me conectaron a esas máquinas. Dijeron que querían "despertar mi potencial", que sería "el futuro". Pero solo recuerdo el dolor. Y luego... no sé cuánto tiempo pasó.— Samantha golpeó la puerta con su pata, como si intentara desahogar su rabia.
— ¡Pero ahora lo sé! Este lugar... este es el corazón del Proyecto Eevee. Aquí es donde empezó todo.

Norberto dio un paso adelante, colocando una mano en el hombro de Samantha.
—No estás sola esta vez. Vamos a enfrentarlo juntos.

Gengar, aunque menos emocional, asintió.
—Y, con suerte, salir de aquí sin que nos disuelvan en ácido Rocket.

La puerta metálica parecía un portal a lo desconocido, pero los tres estaban listos. Con un suspiro profundo, Samantha dio el primer paso hacia el corazón de su pasado.

El cuarto era un espectáculo desgarrador. Jaulas apiladas hasta el techo contenían a decenas de Eevee, sus miradas reflejando una mezcla de terror, desesperanza y resignación. Algunos gritaban frenéticamente, pidiendo ayuda, mientras otros se mantenían en silencio, con los ojos apagados, como si ya no esperaran nada del mundo.

Samantha se detuvo en seco al ver la escena. Su respiración se cortó, y sus patas comenzaron a temblar. El dolor de los recuerdos se mezclaba con la cruda realidad que tenía frente a ella.

—No... esto no puede ser real —susurró, mientras daba un paso adelante.

Gengar, aunque intentaba mantener su habitual actitud indiferente, bajó la mirada.
—Es peor de lo que imaginaba.

Samantha se acercó a una de las jaulas, donde un pequeño Eevee se aferraba a los barrotes, sus ojos grandes llenos de lágrimas.
—¿Lina? ¿Alguien sabe dónde está Lina? —Preguntó, su voz cargada de angustia.

Uno de los Eevee más viejos, que estaba en una jaula cercana, levantó la cabeza lentamente. Su pelaje estaba opaco, y tenía cicatrices visibles.
—Lina... se la llevaron ayer. Dijeron que era "su turno" —Respondió, su tono apagado.

Las palabras golpearon a Samantha como un mazazo. Sus patas cedieron, y cayó al suelo, sus ojos llenándose de lágrimas.
—No... no puede ser...

El Eevee continuó, con un suspiro pesado.
—Siempre dicen eso. "Su turno". Ninguno de los que se van vuelve.

Samantha apretó los dientes y se levantó, limpiándose las lágrimas con una pata. Había dolor en su mirada, pero también una chispa de determinación.
—No voy a dejar que esto continúe. No otra vez.

Norberto, que había estado explorando el cuarto en silencio, se acercó y colocó una pata en el hombro de Samantha.
—No estás sola. Vamos a salvarlos.

Gengar, con su habitual tono sarcástico, trató de aligerar el ambiente.
—Bueno, siempre quise desarmar una operación Rocket. ¿Por dónde empezamos?

Samantha se giró hacia los Eevee enjaulados, su voz ahora más firme.
—Escuchen todos. No sé cuánto tiempo tengamos, pero voy a sacarlos de aquí.

Los pequeños Pokémon comenzaron a murmurar entre ellos, algunos con esperanza renovada, otros con incredulidad.

Gengar se acercó a las jaulas, examinándolas con detenimiento.
—Estas cerraduras no son gran cosa. Si me das unos minutos, puedo abrirlas. Pero necesitamos un plan para salir de aquí sin que nos detecten.

Norberto se adelantó, sabiendo que tenían que evitar problemas.
—Yo puedo usar mi habilidad para detectar cualquier amenaza cercana. Si nos movemos rápido y en silencio, podríamos tener una oportunidad.

Samantha asintió, sus ojos fijos en los Eevee.
—Entonces no hay tiempo que perder. Vamos a salvarlos.

Con esa decisión tomada, el grupo comenzó a trabajar, sabiendo que el reloj estaba en su contra y que el corazón del Proyecto Eevee no se rendiría fácilmente.

El grupo avanzó con cuidado por los pasillos oscuros de la mansión, el eco de los pasos de los agentes Rocket resonando a la distancia. Samantha, Penumbra y Gengar lideraban el camino, mientras los pequeños Eevee liberados seguían en silencio detrás de ellos, temerosos pero esperanzados.

De repente, un ruido metálico llamó su atención. A pocos metros, un grupo de científicos Rocket, acompañados por tres Houndoom y dos agentes armados, se detenía para revisar datos en un dispositivo portátil. Gengar, siempre curioso, alzó una ceja espectral y murmuró:

—Bueno, bueno... Parece que encontramos a los cerebritos detrás de toda esta locura.
—Esto podría ponerse feo. Esos Houndoom no están ahí para decoración.

Samantha, sin embargo, apenas escuchó. Algo en uno de los científicos capturó su atención. Era un hombre de cabello grisáceo, con un rostro frío y serio, pero con un destello de familiaridad que hizo que su corazón se detuviera por un momento, susurro lo suguiente:

—No puede ser... ¿El profesor Howard?

Los recuerdos inundaron su mente de repente, fragmentos de un pasado que había tratado de olvidar. Howard había sido uno de los científicos encargados de los experimentos iniciales, pero también el único que alguna vez había mostrado una pizca de compasión hacia los Eevee. Samantha lo recordaba hablándole con suavidad mientras ajustaba máquinas, diciéndole que "no todos los humanos eran como los Rocket".

Pero entonces vinieron los recuerdos oscuros: él también había firmado las órdenes para las pruebas más crueles. Él también había supervisado las modificaciones que causaron sufrimiento a tantos.

—¡Howard!

El grito salió de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Howard se giró, sorprendido al ver al Espeon en el grupo, y una mezcla de reconocimiento y horror cruzó su rostro.

—Tú... ¿Un Espeon?

El equipo Rocket reaccionó rápidamente. Los Houndoom comenzaron a gruñir, y los agentes desenfundaron sus armas. Gengar y Norberto saltaron frente a Samantha para protegerla, mientras ella se acercaba lentamente, su mirada fija en Howard.

—¿Por qué? Dijiste que querías ayudarnos... Dijiste que no eras como ellos.

Howard bajó la mirada, incapaz de sostener su acusación.

—Oye, sé que es un gran drama de telenovela, pero ¿qué tal si lo dejamos para después? Esos Houndoom no van a esperar para atacarnos. —Comento Gengar.

La tensión en el aire era palpable. Norberto miró a Samantha, esperando su decisión. Samantha apretó los dientes, su cuerpo temblando entre la furia y la desesperación.

—Habla. Pero si intentas algo, no tendrás una segunda oportunidad.

—¡Nos encontraron! —Gritó, Howard.

El grupo se preparó para luchar, mientras los agentes Rocket y los Houndoom cargaban hacia ellos. Samantha, aún dividida entre su pasado y el presente, reunió toda su fuerza y se lanzó a la batalla.

El pasillo se llenó de caos en un instante. Los Houndoom cargaron con feroces rugidos, lanzando ataques de Lanzallamas que iluminaron la oscuridad. Los Eevee, aunque asustados, se agruparon para enfrentarlos. Algunos se escondieron detrás de escombros, mientras otros, más valientes, se lanzaron al combate.

—¡Cúbranse y contraataquen! ¡No somos un montón de presas! —Gritaba Samantha.

Un Eevee especialmente ágil utilizó Ataque Rápido para esquivar una llamarada, golpeando a uno de los Houndoom en el costado. Otros siguieron su ejemplo, lanzando ataques coordinados como Bola Sombra y Doble Filo, aunque los Houndoom parecían soportar el daño con facilidad gracias a su resistencia.

—¡No dejen que nos intimiden! ¡Somos más de lo que creen! —Decía Norberto.

Un pequeño grupo de Eevee comenzó a usar Deseo para curar a sus compañeros heridos, mientras otros crearon distracciones lanzando Mofa a los Houndoom. La batalla era desigual, pero los Eevee usaron su agilidad y números para equilibrar la balanza.

Norberto, Samantha y Gengar se escabulleron por una puerta lateral mientras los Eevee mantenían a los Houndoom ocupados. Corrieron por una escalera en espiral que conducía al subsuelo, sus pasos resonando en el metal oxidado.

—Espero que esos pequeños puedan aguantar... No me gusta dejar a los niños peleando nuestras batallas. —Comentó el Gengar mientras volaba.

—No tenemos elección. Si no detenemos esto desde la raíz, ellos seguirán sufriendo. —Decía Norberto mientras corría.

Samantha, con los ojos brillantes de determinación, avanzó sin mirar atrás. La atmósfera se volvía más opresiva a medida que descendían, el aire cargado con un extraño olor químico y el zumbido de máquinas trabajando sin descanso.

Finalmente, llegaron a una enorme puerta de acero con el logo del Equipo Rocket. Un teclado numérico protegía la entrada. Samantha se acercó y, como si un instinto olvidado la guiara, marcó un código. La puerta se abrió con un chasquido metálico, revelando un laboratorio lleno de equipos de alta tecnología y tubos de ensayo gigantes que contenían líquidos de colores extraños.

—Aquí es... Aquí los transformaron...

—¿Y aquí también...?

Samantha asintió, sin necesidad de que él terminara la frase.

Regresando al Combate en el Pasillo. Los Eevee, aunque valientes, empezaban a perder terreno. Uno de los Houndoom lanzó un Pulso Umbrío que derribó a tres Eevee de un solo golpe.

—¡No se rindan! ¡Luchen como si su vida dependiera de ello!

Un Eevee, que parecía más pequeño que los demás, corrió al frente y usó Última Baza, sorprendiendo a los Houndoom con un ataque devastador. El impacto derribó a uno de los perros infernales, pero el pequeño Eevee cayó exhausto al suelo.

De repente, una de las paredes explotó con un estruendo. Un Machamp y un Golbat, refuerzos del Equipo Rocket, aparecieron para reforzar a los Houndoom. Los Eevee retrocedieron aterrados, pero uno de ellos, bien valiente saltó al frente con un brillo feroz en sus ojos.

—¡Si ellos traen más fuerzas, nosotros también podemos! ¡Por todos los Eevee que no llegaron hasta aquí!

Desatando un ataque masivo que creó una onda de energía, aturdiendo temporalmente a los enemigos. Esto dio tiempo a los Eevee para reagruparse y lanzar un ataque combinado, cada uno aportando lo que tenía. El pasillo se llenó de luces y sombras en una batalla desesperada.

Norberto, Samantha y Gengar avanzaron hacia el centro del laboratorio. Allí encontraron un tanque gigante lleno de un líquido azulado, y flotando en su interior, una figura parcialmente formada: un Eevee con una apariencia extraña, su cuerpo cambiando constantemente entre diferentes formas elementales.

—No... No puede ser...

—¿Qué es eso?

—Es el núcleo del Proyecto Eevee. Intentaron crear al Eevee perfecto, pero parece que solo crearon un monstruo.

La habitación estaba iluminada por destellos multicolores provenientes de una maquinaria imponente. En el centro, una Eevee, Lina, estaba atrapada en un dispositivo metálico que la mantenía suspendida. Rayos de energía de diferentes colores —rojo, azul, amarillo, verde, púrpura— la golpeaban desde piedras elementales incrustadas en máquinas circundantes. Su cuerpo temblaba violentamente, sus gritos desgarradores resonando en el laboratorio.

—¡Incrementen la potencia! ¡Debemos estabilizar la fusión de las energías elementales!

—¡Pero su cuerpo no está soportando! ¡La estructura genética de Eevee no fue diseñada para esto!

El científico líder golpeó una consola con frustración.
—¡No podemos detenernos ahora! ¡El futuro del Equipo Rocket depende de este experimento!

Lina continuó gritando, su pequeño cuerpo sufriendo transformaciones descontroladas. Una de sus patas se volvió brillante como una de Jolteon, mientras que su cola adoptaba la forma esponjosa de Flareon. Sus orejas cambiaron a la forma aerodinámica de Espeon, mientras su pelaje fluctuaba entre los tonos oscuros de Umbreon y los colores vivos de Leafeon y Glaceon. Su cuerpo no podía decidir qué evolución adoptar, cada transformación fragmentada causando más daño interno.

—No… no quiero… más…

De repente, un grito desgarrador escapó de sus labios. La maquinaria chisporroteó y falló por un momento, y su cuerpo colapsó violentamente al suelo. Cayó de lado, su pequeño cuerpo inerte golpeando con un ruido sordo contra el metal frío del suelo.

—¡Se detuvo! ¡No hay señales de vida!

El científico líder se acercó apresuradamente, revisando los datos en una pantalla cercana.
—No… No puede ser. ¡El proceso estaba funcionando!

La Eevee yacía en el suelo, su cuerpo una amalgama grotesca de diferentes evoluciones. Sin embargo, poco a poco, su forma volvió a ser la de una simple Eevee. Su cuerpo estaba completamente inmóvil, sus ojos abiertos pero sin brillo, como si la vida la hubiera abandonado por completo.

—...Está muerta.

Hubo un silencio pesado en la sala. Los científicos se miraron entre ellos, algunos con horror, otros con indiferencia.

—Anoten los resultados y preparen al siguiente sujeto. Esto es solo un contratiempo.

Norberto, Samantha y Gengar observaban todo, ocultos detrás de una estructura metálica. Samantha tenía los ojos llenos de lágrimas, sus patas temblando mientras miraba el cuerpo de Lina.

—No… Lina…

Norberto apretó los puños, su aura vibrando con furia contenida.
—¿Cuántos más murieron aquí…?

Gengar, por una vez, no tenía una sonrisa burlona.
—Esto no es ciencia… Esto es una abominación.

Samantha se inclinó hacia adelante como si estuviera a punto de correr hacia el cuerpo de Lina, pero Norberto la detuvo, agarrándola del brazo.

—No podemos arriesgarnos ahora. Si queremos detener esto, tenemos que destruir todo este lugar desde la raíz.

Samantha se quedó paralizada, lágrimas corriendo por su rostro.
—No voy a dejar que se vayan sin pagar por lo que le hicieron…

Gengar miró la escena con una expresión extrañamente seria.
—Tranquila, niña. Tendremos nuestra oportunidad. Pero si nos descubren ahora, será el final de todos.

En ese momento, la maquinaria comenzó a encenderse nuevamente. Los científicos estaban preparando a otro Eevee para repetir el experimento, sus gritos de protesta llenando la sala.

—No vamos a permitir que esto continúe. Este lugar debe caer, y debemos asegurarnos de que no puedan hacerle esto a nadie más. —Comento Norberto.

El grupo asintió, el peso de la misión aplastándolos, pero la determinación brillando en sus ojos. Era hora de acabar con el Proyecto Eevee para siempre.

Norberto, Gengar y Samantha se movían con sigilo por la habitación, observando a los científicos mientras preparaban al próximo Eevee para el cruel experimento. Los gritos del pequeño Pokémon resonaban, su desesperación palpable mientras intentaba soltarse de las correas metálicas que lo mantenían inmóvil.

—Tenemos que sacarlo de ahí antes de que empiecen de nuevo.

—No dejaré que otro muera aquí. Ya es suficiente.

—Tengo una idea, pero necesitará un poco de caos.

Gengar desapareció en las sombras, reapareciendo detrás de los científicos para provocar pequeños sabotajes: cables desconectados, luces que parpadeaban, y una ligera risa espectral que resonaba por la sala, causando nerviosismo entre el personal. En ese momento, la alarma del piso superior comenzó a sonar, alertando a los científicos de la rebelión de los Eevee.

—¡Algo está ocurriendo arriba! ¡Todos, vayan a apoyar a los guardias!

El grupo de científicos y agentes Rocket abandonó la sala apresuradamente, dejando solo a uno de los asistentes para supervisar el experimento. Gengar apareció detrás de él, dándole un susto tan grande que el hombre salió corriendo sin mirar atrás.

—¡Ahora es nuestra oportunidad!

Samantha corrió hacia el dispositivo y comenzó a liberar al pequeño Eevee. El Pokémon temblaba violentamente, sus ojos llenos de lágrimas mientras miraba el lugar donde Lina había perdido la vida minutos antes.

—Tranquilo, estás a salvo ahora. No dejaremos que te hagan daño. —Dijo Samantha con confianza.

El Eevee asintió débilmente, pero cuando sus patas tocaron el suelo, comenzó a vomitar repetidamente, el horror de lo que había visto demasiado para su pequeño cuerpo.

—Tenemos que sacarlo de aquí rápido, pero antes…

Se giró hacia las máquinas que habían sido usadas para torturar a Lina y los demás Eevee. Su aura comenzó a brillar intensamente, envolviendo sus puños con energía mientras miraba a Gengar.

—¿Listo para destruir este infierno?

—¿Listo? Siempre estoy listo para causar caos.

Samantha usó su poder psíquico para derribar los controles y liberar el resto de la energía acumulada en las piedras elementales, causando una reacción inestable en las máquinas. Gengar lanzó una Bola Sombra directamente al núcleo del sistema, mientras Norberto usaba su Palmeo para destrozar los paneles de energía.

—¡El lugar está colapsando! ¡Tenemos que salir de aquí!

El grupo comenzó a correr hacia la salida con el pequeño Eevee entre ellos, mientras las luces parpadeaban y el suelo temblaba. Los sonidos de explosiones llenaban el aire, y las alarmas resonaban aún más fuerte.

El Eevee, aunque aterrorizado, los seguía de cerca, mirando por última vez el lugar donde tantos de los suyos habían sufrido.

—Gracias… por salvarme. —Agradeció la Eevee.

—Esto no termina aquí. Vamos a asegurarnos de que nadie más sufra lo que tú y Lina han pasado.

Mientras las llamas y el humo comenzaban a llenar el lugar, los tres sabían que habían dado un gran golpe al Proyecto Eevee, pero también sabían que el Equipo Rocket no se rendiría tan fácilmente.

La mansión, imponente y llena de vida, ahora era un caos de escombros, fuego y columnas de humo que ascendían hacia el cielo nocturno. Los pasillos, que alguna vez estuvieron llenos de risas y pasos apresurados, eran ahora un laberinto de destrucción.

Por todas partes, los Eevee que lograron escapar corrían en todas direcciones, algunos tropezando mientras otros ayudaban a sus compañeros más débiles. La libertad al fin era una realidad para ellos, y sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y esperanza.

Norberto, Samantha y Gengar emergieron del núcleo destruido, llevando consigo a la joven Eevee que habían rescatado de la sala de experimentos. La pequeña se detuvo a observar la escena con ojos llorosos, pero esta vez no era solo miedo lo que sentía.

—Gracias… gracias por salvarme. Yo pensé que… iba a ser como Lina. —Comento la Eevee mientras frotaba su cuerpo contra el cuerpo de su salvadora.

Samantha se agachó, acariciando suavemente la cabeza de la pequeña con una mirada de melancolía y fuerza.
—Ya estás a salvo. Eres más fuerte de lo que crees.

La pequeña Eevee alzó la vista, llena de admiración hacia Samantha.

—Cuando sea grande… quiero ser como tú. Una Espeon fuerte, valiente y que ayude a los demás.

Samantha, sorprendida y conmovida, no pudo evitar una leve sonrisa mientras el humo seguía envolviendo la escena.

—Serás mucho más que eso, pequeña. Solo no olvides que tu fuerza está en tu corazón.

La pequeña Eevee asintió con energía, sus ojos brillando con determinación. Antes de correr con los otros Eevee que escapaban, se giró una última vez hacia la Espeon.

—Por cierto, me llamo Samantha, ¡nos vemos! —Confesó antes de salir corriendo junto al resto de los Eevee sobrevivientes del experimento.

—No puede ser… —El Riolu se quedo pasmado al notar que sus auras eran iguales.

El grupo quedó en silencio por un momento mientras la pequeña se unía a los demás Eevee, alejándose hacia un futuro incierto, pero lleno de libertad.

Gengar, rompiendo el silencio con su tono burlón:
—Bueno, esto sí que fue un final dramático. ¡Y tú, Samantha, tienes una mini-tú corriendo por ahí!

Norberto, con un tono serio:
—Ella y los demás merecen algo mejor. Esos monstruos no volverán a atraparlos.

Samantha permaneció en silencio por un momento, observando cómo los Eevee se perdían en la distancia.

Samantha, con resolución:
—Nunca más.

Mientras el grupo se alejaba del desastre que habían dejado atrás, el aire estaba cargado con una sensación de triunfo agridulce. Habían dado un golpe fuerte al Proyecto Eevee, pero todos sabían que las cicatrices de ese lugar quedarían marcadas para siempre en aquellos que lo vivieron.

La luz del sol comenzaba a filtrarse a través de los árboles muertos que rodeaban la mansión en ruinas. El lugar era ahora una sombra de lo que alguna vez fue: paredes caídas, ventanas rotas, y una atmósfera de abandono que impregnaba cada rincón. Entre los escombros, Norberto, Samantha y Gengar aparecieron de repente, envueltos en una leve distorsión temporal que desapareció tan rápido como ellos llegaron.

Samantha fue la primera en moverse. Miró alrededor con los ojos llenos de emociones que no podía expresar en palabras. El lugar estaba completamente vacío, pero aún podía escuchar los ecos de las voces, los gritos y las risas de los Eevee que alguna vez vivieron allí.

—Todo esto... — Murmuró, su voz rota por los recuerdos. —No queda nada.

Norberto avanzó hasta un muro derrumbado, cubierto de musgo y grietas. Pasó la mano por los ladrillos como si buscara algo tangible en el pasado que acababan de abandonar.

—Fue aquí — Dijo en voz baja. —Aquí es donde terminó todo.

Gengar, flotando a unos metros de ellos, observaba la escena con una expresión menos burlona de lo habitual. Su tono, al hablar, era más contenido, casi solemne.

—Sabes, Samantha, no muchos pueden decir que enfrentaron sus demonios... y salieron caminando. Tú lo hiciste.

Ella giró hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y gratitud.

—No lo hice sola.

Gengar hizo un ademán despreocupado, pero había algo genuino en su mirada. —Claro, claro. Pero aún así, tienes agallas. Y eso cuenta.

Norberto permaneció en silencio, su mente ocupada con pensamientos más oscuros. Dio un paso hacia el centro de lo que alguna vez fue el laboratorio principal. Ahí, en medio de las sombras, aún podía sentir los vestigios de la energía que ese lugar había contenido.

—Este lugar... es como un eco de lo que hicimos — Dijo. —De lo que dejamos atrás.

Samantha caminó hasta colocarse junto a él, sus ojos recorriendo los escombros. —No pudimos salvarlos a todos, pero los que escaparon... ellos tendrán una oportunidad. Eso es lo que importa.

Norberto asintió, pero su rostro seguía marcado por la duda. —¿Y si esto no termina aquí? ¿Y si el Proyecto Eevee continúa en otro lugar?

Gengar soltó un leve suspiro. —Siempre habrá monstruos queriendo jugar a ser legendarios. Pero al menos le dimos una buena patada al tablero, ¿no? Les costará mucho recuperar lo que tenían aquí.

El grupo quedó en silencio por un momento, dejando que el viento llevara las hojas secas alrededor de ellos. Samantha rompió el silencio, su voz más firme esta vez.

—No importa cuánto cueste, si vuelven a intentarlo... nosotros estaremos ahí.

Norberto giró hacia ella, sorprendido por la resolución en sus palabras. —¿Estás segura? Has enfrentado tanto ya.

Ella asintió, su mirada fija en las ruinas frente a ellos. —Tengo que estarlo. Nadie más debería pasar por esto. Si podemos detenerlos, lo haremos.

Gengar rió suavemente, aunque su tono no era burlón esta vez. —Bueno, parece que tenemos un propósito, ¿eh? Nunca pensé que acabaría siendo un héroe, pero supongo que hay una primera vez para todo.

Los tres permanecieron ahí un rato más, contemplando los escombros de un pasado doloroso, pero con la determinación de que su futuro sería diferente. Cuando finalmente se alejaron, el viento pareció llevarse los últimos ecos de aquel oscuro capítulo. La mansión se quedaba atrás, pero el legado de lo ocurrido allí permanecería con ellos para siempre.

Samantha y Norberto caminaron juntos hacia la superficie, dejando atrás las ruinas de lo que alguna vez fue el obscuro corazón del Proyecto Eevee. El aire en la planta superior era pesado, como si la mansión misma cargara con el peso de las atrocidades que ocurrieron en su interior. A pesar de ello, ambos sentían una ligera liberación, como si hubieran dejado algo atrás junto con los escombros.

—¿Crees que realmente terminó? — Preguntó Samantha mientras miraba los rayos de sol que se filtraban a través de las ventanas rotas.

Norberto, con el rostro sereno, asintió. —Quizás no del todo, pero dimos el primer paso. Lo más importante ahora es asegurarnos de que esto nunca vuelva a suceder.

Ella sonrió levemente. —Gracias por venir conmigo, Norberto. No sé si podría haberlo hecho sola.

—No necesitas agradecerme. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Mientras ellos subían las escaleras lentamente, dejando atrás los horrores del pasado, Gengar permaneció en el laboratorio subterráneo, observando los escombros con una expresión que cambiaba de la neutralidad al puro interés.

—Bueno, bueno... qué interesante, ¿no? —Dijo en voz baja, hablando consigo mismo.

Flotó hacia una esquina donde el suelo parecía ligeramente levantado, cubierto de polvo y escombros. Con un movimiento rápido, apartó las rocas y reveló un compartimento oculto. Dentro, brillaban varias piedras elementales: la piedra de agua, de fuego, de trueno, y muchas más, todas relucientes como si no hubieran sido tocadas por el tiempo.

—Ah, mis preciadas bellezas — Murmuró mientras las recogía una por una. —Pensé que nunca volvería a verlas.

Las colocó cuidadosamente dentro de un pequeño saco que había traído consigo, su sonrisa creciendo con cada piedra que añadía.

—¿Plan maestro? No, no. Eso suena demasiado obvio. Digamos que... esto es solo un pequeño seguro. Por si acaso las cosas no van como deberían.

Sus ojos brillaron con un tono rojizo mientras sellaba el saco y lo guardaba entre las sombras de su cuerpo fantasmagórico.

—El pasado está lleno de secretos interesantes, ¿no es así? Bueno, el futuro será mucho más divertido.

Con una risa suave, casi inaudible, el fantasma-veneno flotó hacia la superficie, dejando el laboratorio sumido en el silencio. Arriba, Samantha y Norberto esperaban bajo el cielo despejado, ignorantes de que, mientras ellos cerraban un capítulo, Gengar estaba escribiendo el prólogo de otro.

Esta historia posiblemente continuará...


Nota inicial: Estuve enfermo esta ultima semana, por eso no había podido actualizar.

Nota final: Espero que les haya gustado, y nos leemos la próxima semana.