Capítulo 2: La Reportera Rebelde

Subaru y Morinoko habían terminado de cenar. En la cocina, el sonido del agua corriendo llenaba el silencio mientras Subaru lavaba los platos y Morinoko los secaba a su lado. La atmósfera parecía tranquila, pero el rostro serio de Subaru decía lo contrario. Morinoko, después de observarla en silencio por un momento, soltó un leve suspiro.

—¿Qué te pasa? —preguntó, colocando un plato seco sobre la encimera.

Subaru dejó de lavar y miró a su esposa. Sus ojos, normalmente llenos de energía, ahora reflejaban confusión.

—Es el caso del cuerpo que apareció... el tal Testarossa. No sé por qué, pero me llama la atención. Tengo este mal presentimiento... —Subaru hizo una pausa, buscando las palabras—. No sé si realmente es el padre de Fate y Alicia o solo una coincidencia, pero no puedo sacarlo de la cabeza.

Morinoko, con calma, dejó el trapo a un lado y se apoyó en la encimera, mirándola con una expresión comprensiva.

—Los chicos de la comisaría deben estar manejando el caso, Subaru. No tiene sentido que te obsesiones con algo en lo que no estás involucrada. Deja que ellos hagan su trabajo.

Subaru abrió la boca para responder, pero un suave golpe en su pierna la interrumpió. Miró hacia abajo y vio a Nala, su labradora K9, mirándola fijamente. Con una pata, la perra insistía en tocarle la pierna, reclamando su atención.

—¿Le diste de comer? —preguntó Morinoko, levantando una ceja mientras veía la escena.

Subaru se golpeó la frente con la palma de la mano, comprendiendo su olvido.

—Lo siento, Nala. Perdóname, chica. —Se agachó y empezó a acariciar a la labradora, quien respondía con un movimiento alegre de cola.

Morinoko cruzó los brazos y la observó, suspirando.

—Pobre perra. Te fuiste directo al sofá después de comer y te olvidaste de ella. Vamos, sirve su comida antes de que piense que la has abandonado.

Subaru se levantó rápidamente y fue hacia el lugar donde guardaban el alimento de Nala. Mientras servía su comida en el recipiente, Nala saltaba emocionada a su alrededor, haciendo que Subaru casi tropezara en el proceso.

Morinoko, apoyada contra el marco de la puerta, no pudo evitar reírse al ver a su esposa lidiar torpemente con la perra.

—No sé cómo te las arreglas para liderar un equipo en el trabajo, pero aquí pareces una novata. —bromeó.

—Oh, cállate. Tú tampoco eres perfecta. —Subaru se giró, sonriendo mientras veía a Nala devorar su comida.

Morinoko se acercó, pasando una mano por el cabello de su esposa antes de besar su mejilla.

—Te amo, incluso con tus despistes. Pero en serio, relájate con lo del caso. No puedes cargar con el peso del mundo todo el tiempo, Subaru.

Subaru suspiró, sabiendo que Morinoko tenía razón. Sin embargo, una parte de ella no podía ignorar esa inquietud que sentía. La identidad del Testarossa encontrado seguía rondando en su mente, y aunque intentara dejarlo de lado, algo le decía que este caso traería consecuencias inesperadas.

Subaru paseaba a Nala por las tranquilas calles de Sapporo. La noche estaba fresca, y el suave crujido de las hojas bajo sus botas rompía el silencio. Morinoko se había ofrecido a sacar a la perra, pero Subaru insistió, argumentando que necesitaba despejarse sin realizar ningún esfuerzo físico adicional. Sin embargo, lo que realmente buscaba era aclarar su mente después de la cena y la noticia que la había inquietado.

Caminaba con pasos firmes mientras Nala trotaba a su lado, su correa ajustada ligeramente para mantener el control. La noche era tranquila, pero Subaru sentía que su mente no dejaba de divagar en las noticias que había escuchado. Nicolo Testarossa, un nombre que ahora resonaba como un eco en su cabeza, traía consigo una maraña de preguntas sin respuesta. Cada crujido de las hojas bajo sus pies parecía intensificar sus pensamientos, y aunque el aire fresco intentaba calmarla, no lograba disipar la inquietud que sentía.

Nala, por otro lado, seguía con su rutina habitual. Su hocico iba de un lado a otro, olfateando cada rincón con meticulosidad, como si en cada centímetro de la calle pudiera encontrar algún rastro interesante. Subaru la observó y no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

—¿Nunca te cansas de olerlo todo, eh? —le dijo, como si esperara una respuesta. Nala, por supuesto, la ignoró y siguió inspeccionando el entorno con la misma dedicación.

De repente, una voz desconocida cortó el silencio de la noche, provocando que Subaru se tensara.

—¿Mayor Nakajima?

Subaru se giró rápidamente, su cuerpo reaccionando con un instinto que no había perdido. Con un doble chasquido de lengua, Nala se detuvo en seco, su postura cambió de relajada a alerta, y comenzó a gruñir hacia la figura que se encontraba a pocos pasos de distancia. La labradora, entrenada para detectar amenazas, estaba lista para actuar.

La mujer frente a ellas levantó ambas manos, mostrando las palmas en señal de paz. A pesar de ello, Subaru mantuvo la guardia alta, evaluando cada movimiento.

—¡Tranquila! —exclamó la mujer con un intento de calmar la situación—. Soy Ryoko Murayama, reportera. No quiero problemas.

Subaru no respondió de inmediato, su mirada fría se posó en la desconocida. Ryoko, notoriamente incómoda, comenzó a meter la mano en el bolsillo de su chaqueta.

—¡Alto ahí! —advirtió Subaru, dando un paso hacia adelante. Nala comenzó a ladrar con fuerza, sus dientes brillaban bajo la luz tenue de los faroles. —Piensa bien lo que vas a hacer. Ella es un perro entrenado, y no dudará en protegerme. —Señaló a Nala, quien comenzó a ladrar con furia, acercándose peligrosamente.

—¡Es solo mi tarjeta de presentación! —exclamó Ryoko con nerviosismo, manteniendo sus movimientos lentos—. No llevo armas, lo juro. Por favor, detenga a su perro.

Subaru la observó durante unos segundos que se sintieron eternos, evaluando la situación. Finalmente, con un silbido corto, dio la orden.

—¡Sit!

Nala obedeció de inmediato, cambiando su postura agresiva por una más tranquila, aunque sus ojos seguían clavados en la mujer. Subaru cruzó los brazos, aún con desconfianza.

—No te hará daño —dijo Subaru con tono seco—. A menos que intentes algo estúpido. —Su voz tenía una firmeza que no dejaba lugar a dudas.

Ryoko tragó saliva y sacó una tarjeta de presentación con manos temblorosas. Subaru la tomó, sus ojos recorrieron rápidamente las letras impresas en el papel.

—¿Qué necesitas? —preguntó, sin suavizar su expresión.

Ryoko respiró hondo, intentando calmar sus nervios.

—Mayor Nakajima, ¿tiene alguna relación con Fate y Alicia Testarossa? —preguntó, aunque rápidamente corrigió sus palabras—. Quiero decir, Fate Takamachi y Alicia T. Harlaown.

Subaru arqueó una ceja, ligeramente sorprendida.

—Son conocidas, pero no llevamos amistad cercana.

Ryoko asintió, como si confirmara algo para sí misma, y entonces lanzó su siguiente pregunta.

—¿Tiene conocimiento sobre el caso del cuerpo de Nicolo Testarossa, encontrado sin vida esta mañana?

El nombre volvió a resonar en la mente de Subaru, trayendo consigo un torbellino de pensamientos. Sin embargo, mantuvo su semblante neutral.

—Estoy de licencia, así que no estoy al tanto de ningún caso actual. Además, toda información sobre crímenes está protegida por la policía. La prensa no debería tener acceso a esos datos.

Ryoko apretó los labios, visiblemente frustrada. Chasqueó la lengua con molestia, lo que provocó que Nala volviera a gruñir, esta vez más bajo pero igualmente amenazante.

—¡Está bien! —dijo Ryoko rápidamente, levantando las manos de nuevo—. Gracias por su tiempo, mayor. No la molestaré más.

Subaru observó cómo la reportera se alejaba, todavía con el nerviosismo reflejado en su caminar. Suspiró profundamente y murmuró para sí misma

—Mis presentimientos eran correctos.

Con un rápido comando, hizo que Nala se levantara.

—¡Heel! —ordenó, y la labradora caminó a su lado, tranquila pero alerta. Mientras regresaban al departamento, Subaru no podía dejar de pensar en el encuentro. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar, pero la imagen seguía siendo borrosa. Una cosa era segura: Nicolo Testarossa no era solo un nombre más en las noticias.

Subaru regresó a su departamento con pasos rápidos, aún sintiendo el eco de su encuentro con la reportera en la calle. Cerró la puerta tras ella y suspiró profundamente mientras descolgaba la correa de Nala y la dejaba en su lugar habitual. La labradora, tranquila tras su paseo, se recostó en su rincón favorito. Pero Subaru no perdió tiempo. Sin quitarse siquiera los zapatos, caminó hacia el escritorio en la sala y encendió su computadora de escritorio.

—¿Otra vez? —preguntó Morinoko desde la cocina, observando a su esposa mientras tomaba asiento frente a la pantalla.

Subaru no respondió de inmediato. Se conectó a la red interna de la policía usando su VPN y comenzó a teclear. La palabra "Testarossa" apareció en el cuadro de búsqueda, y en cuestión de segundos, una lista interminable de registros relacionados con Nicolo Testarossa se desplegó frente a sus ojos.

—¿Qué es lo que estás haciendo? —insistió Morinoko, acercándose con un paño en la mano.

Subaru apenas levantó la vista. Estaba inmersa en el historial del hombre: denuncias por estafa, múltiples juicios por deudas, un divorcio conflictivo y hasta un juicio de alimentos. Pero lo que más llamó su atención fue la mención de un tercer hijo reconocido.

—Así que tiene un tercer hijo… —murmuró Subaru para sí misma, aunque lo suficientemente alto como para que Morinoko lo escuchara.

—¿Subaru? —Morinoko dejó el paño sobre el respaldo de una silla y cruzó los brazos—. ¿Desde cuándo te interesa tanto el historial de un criminal?

Subaru giró la cabeza, sorprendida por su presencia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó, intentando sonar casual.

—Desde que entraste con Nala. Te pregunté cómo te fue, pero me ignoraste y te fuiste directo a la computadora. Ahora dime, ¿qué está pasando?

Subaru suspiró profundamente, sabiendo que no tenía sentido ocultarle nada.

—Es el caso de Nicolo Testarossa… —comenzó a explicar—. Y una reportera me abordó en la calle preguntándome por él. Me pareció extraño, así que quise ver qué podía encontrar.

Morinoko se acercó, apoyándose en el respaldo de la silla.

—Subaru, estás de licencia. Los chicos de la comisaría deberían estar manejando esto. ¿Por qué te metes en algo que no te corresponde ahora?

Subaru negó con la cabeza, su expresión era seria.

—No puedo evitarlo. Algo no me cuadra, Morinoko. ¿Qué hacía Nicolo Testarossa en Sapporo? ¿Por qué alguien lo mataría de esa manera? Y lo más importante… ¿por qué la prensa parece tan interesada?

Morinoko soltó un largo suspiro.

—Subaru… Esto no es tu responsabilidad ahora. ¿Por qué no lo dejas?

Subaru se giró hacia ella, con una mezcla de frustración y determinación en su rostro.

—Porque algo me dice que esto va más allá de un simple asesinato. Por favor, ayúdame a entenderlo.

Morinoko la observó en silencio por unos segundos antes de responder:

—¿Desde cuándo eres tan dependiente de mí?

Subaru sonrió levemente, dejando entrever un lado más vulnerable.

—Desde que me casé con la mujer de mi vida. Ahora, cada cosa que hago tiene un impacto en ti, y no quiero poner nada en riesgo. Quiero hacer esto con cuidado… contigo.

Morinoko rodó los ojos, pero una sonrisa apareció en su rostro.

—Ese es el precio de casarse. —Se acercó y se sentó junto a Subaru—. No puedes con tu genio, ¿verdad?

Subaru negó con la cabeza.

—Así soy yo. Por eso llegué hasta aquí.

—Y por eso me enamoré de ti —añadió Morinoko, acariciándole suavemente la mejilla.

Ambas sonrieron antes de concentrarse nuevamente en la pantalla. Juntas comenzaron a analizar los datos de Nicolo Testarossa. A medida que avanzaban, Subaru se detuvo en el informe forense.

—Un disparo en la cabeza… —leyó en voz alta—. Arma de calibre .44 Magnum.

—Pero encontraron el cuerpo en partes —añadió Morinoko, repasando los datos del informe policial.

Subaru asintió lentamente.

—El descuartizamiento fue post mortem, probablemente para confundir a la policía. Pero lo que no entiendo es el arma… No es algo común en crímenes menores.

Morinoko buscó en la base de datos de la policía y encontró el informe de balística.

—Aquí está, fue subido hace unos minutos.

Subaru lo abrió de inmediato. Leyó los detalles con atención: el casquillo recuperado, las marcas del cañón y el modelo del arma. Todo apuntaba a una Smith & Wesson Model 29, un revólver raro y costoso, normalmente asociado con coleccionistas o individuos con mucho dinero.

—Smith & Wesson Model 29… —repitió Subaru, apoyando el mentón en su mano—. Esto me suena.

—¿Crees que esté relacionado con las familias de élite? —preguntó Morinoko, su tono era cauteloso.

Subaru chasqueó los dedos.

—Eso es lo que voy a averiguar.

Sin decir más, tomó su teléfono y buscó un número en su lista de contactos. Morinoko la observó con curiosidad mientras Subaru marcaba y esperaba.

Finalmente, una voz masculina contestó al otro lado de la línea.

—Señor Takamachi… —dijo Subaru, su voz cargada de seriedad.


Ruby Testarossa estaba sentada en el viejo sofá de la sala, con la televisión encendida en un volumen bajo mientras intentaba concentrarse en sus tareas escolares. Sus catorce años la habían llevado a lidiar con una vida que pocas personas de su edad podrían siquiera imaginar. El noticiero llenaba el ambiente con un murmullo constante de voces serias, mientras ella, con el ceño fruncido, repasaba fórmulas matemáticas y trataba de ignorar el pesado aire que siempre parecía flotar en ese pequeño departamento.

El televisor, un modelo viejo con una pantalla algo descolorida, mostraba imágenes de políticos y empresarios, pero Ruby apenas prestaba atención. Había algo hipnótico en el zumbido de las noticias que la ayudaba a no sentirse tan sola cuando su madre aún no estaba lista para sentarse con ella. El bolígrafo en su mano se movía con desgano mientras intentaba resolver un problema de álgebra, pero su mente divagaba constantemente hacia lugares más emocionantes, como sus sueños de brillar algún día en los escenarios.

Saori Yamaguchi, su madre, entró en la sala con su habitual aire de despreocupación. Era una mujer de treinta y tantos años, de cabello rubio corto y con una belleza desgastada por los años y las circunstancias. Vestía una camiseta ajustada y shorts cortos, atuendo que había adoptado para sentirse cómoda antes de comenzar su turno nocturno en el burdel donde trabajaba. Con un sándwich en la mano y una botella de cerveza en la otra, Saori se dejó caer en el sillón contiguo al de Ruby, abriendo las piernas sin preocupación alguna mientras miraba la televisión con una expresión aburrida.

—¿Por qué no ves caricaturas como los niños de tu edad? —preguntó Saori, tomando un bocado de su sándwich y mirando de reojo a Ruby.

Ruby levantó la vista de su cuaderno con un rubor en las mejillas y frunció el ceño, contestando con un tono aniñado que intentaba ser más maduro:

—¡No soy una niña!

Saori soltó una carcajada, una mezcla de diversión y resignación.

—Claro que lo eres. Con esa carita y tus sueños de princesa, eres más niña de lo que crees. —Le dio un sorbo a su cerveza antes de añadir, con un tono más serio— A tu edad, yo ya estaba atendiendo clientes en el burdel.

Ruby bajó la mirada a su cuaderno, incómoda con el tema, pero no sorprendida. Sabía perfectamente a qué se refería su madre. Saori había crecido en un ambiente mucho más hostil y violento que el que ahora trataba de evitar para su hija. Aunque su manera de expresarlo era cruda, sus palabras escondían un amor feroz, una determinación de que Ruby tuviera una vida distinta.

—Pero no quiero eso para ti —continuó Saori, dejando el sándwich en un plato sobre la mesa. Miró a Ruby directamente a los ojos, su expresión se suavizó, mostrando un poco de la mujer que había aprendido a protegerse con un caparazón de dureza. —Quiero que salgas de esta vida de mierda, aunque sea lo último que haga.

Ruby, a pesar de lo incómoda que se sentía con la conversación, no pudo evitar sentirse conmovida por las palabras de su madre. Cerró el cuaderno por un momento y, con una sonrisa tímida, comentó:

—Podría ayudar consiguiendo un trabajo de medio tiempo…

Saori soltó una risa sarcástica y negó con la cabeza.

—¿Quién va a contratar a una niña de catorce años? A menos que sea un pervertido o un pedófilo, claro. Y a esos me los como vivos antes de que te toquen un pelo.

Ruby se sonrojó, mordiendo su labio inferior mientras jugueteaba con su bolígrafo. Su madre, aunque ruda, siempre sabía cómo protegerla.

—Concéntrate en tus estudios, Ruby. Mi culo nos mantiene a las dos —añadió Saori, dándole un último sorbo a su cerveza. Su tono era despreocupado, pero sus ojos reflejaban una mezcla de frustración y resignación.

Ruby, con las mejillas encendidas por la vergüenza, murmuró en voz baja pero lo suficientemente fuerte como para ser escuchada:

—Eres más que eso, mamá.

Saori se quedó en silencio, sorprendida por las palabras de su hija. Miró a Ruby por un momento, y luego soltó un suspiro, dejando a un lado su fachada dura por un instante.

—Eres una buena chica, Ruby. Mejor de lo que yo jamás fui. No dejes que nada ni nadie te diga lo contrario.

Ruby bajó la mirada, pero no pudo evitar murmurar en voz baja, aunque audible

—Podría pedirle ayuda a mi hermanastra.

El comentario hizo que Saori se tensara por un instante. Soltó una carcajada amarga y negó con la cabeza, dejando su cerveza sobre la mesa.

—¿Fate Takamachi? —preguntó con una mezcla de burla y advertencia—. Ni se te ocurra. Lo primero que harían sería sacarte a patadas antes de que la seguridad pueda avisarles.

—Pero mamá, puede ser una buena idea. Tal vez… tal vez me ayuden —insistió Ruby, con un atisbo de esperanza en su mirada.

—¡No! —respondió Saori, tajante—. Tus hermanastras nunca se han preocupado por ti, Ruby. ¿Qué te hace pensar que lo harían ahora? Hemos vivido en la clandestinidad durante catorce años y ni una sola vez se han acercado.

—Eso fue porque papá no me dejó… —susurró Ruby, mirando al suelo.

Saori la interrumpió con un comentario cargado de sarcasmo:

—¿Y por qué será, eh? Sabes perfectamente que tu padre no quería que salieras a la luz. Era su secreto, su vergüenza.

Ruby se quedó en silencio, mirando su cuaderno mientras sentía cómo la realidad golpeaba sus ilusiones. Saori, al ver la expresión de su hija, suavizó su tono. Le dio una palmada en la pierna y dijo:

—Lo estás haciendo bien, Ruby. Sigue así.

Ruby levantó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa, aunque su corazón estaba cargado de preguntas sin respuesta.

El sonido del noticiero interrumpió el momento. Ambas se giraron hacia la pantalla cuando el presentador mencionó el nombre de "Nicolo Testarossa". Ruby sintió un nudo en el estómago al escuchar el informe: el cadáver de su padre había sido encontrado más temprano ese día, identificado gracias a sus huellas dactilares. Las imágenes de la pantalla mostraban el área del crimen, acordonada por la policía, mientras el periodista mencionaba detalles preliminares.

Ruby dejó caer el bolígrafo al suelo, incapaz de procesar la noticia.

—¿Papá…? —murmuró, con la voz quebrada.

Saori, por otro lado, apretó los labios y chasqueó la lengua con desdén.

—Ese bastardo… Siempre metido en problemas. Incluso muerto, solo trae desgracias.

Ruby se puso de pie, apretando los puños mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. Aunque su relación con Nicolo había sido distante y llena de sombras, era su padre, y su muerte la golpeaba de una manera que no podía explicar.

—Mamá… —susurró, sin saber qué más decir.

Saori se levantó del sofá y se acercó a Ruby, colocando una mano firme sobre su hombro. Aunque su tono era duro, su gesto reflejaba preocupación.

—Escúchame, Ruby. Ese hombre no valía la pena. No dejes que su muerte te arrastre. Concéntrate en tus sueños, en salir adelante. Ese es el mejor homenaje que puedes hacerte a ti misma.

Ruby asintió débilmente, pero las preguntas seguían acumulándose en su mente. Miró a su madre por un instante antes de volver a sentarse, abrazándose a sí misma mientras trataba de procesar la noticia. Saori la observó por un momento más antes de volver a su lugar, apagando la televisión con un gesto firme, como si quisiera alejar los fantasmas del pasado.

La sala de la morgue central estaba impregnada con ese frío característico de los lugares donde la muerte se convierte en rutina. Saori Yamaguchi ajustó la bufanda alrededor de su cuello, intentando alejar el escalofrío que le recorría la espalda. No era la primera vez que visitaba un lugar como este; su trabajo le había llevado a reconocer a más de una amiga o compañera caída en circunstancias trágicas. Pero esta vez era diferente. Esta vez estaba ahí por Nicolo Testarossa, el hombre que había sido tanto un error como una maldición en su vida. Y, sin embargo, también era el padre de Ruby.

Saori suspiró mientras esperaba en la sala, incómoda. La verdadera incomodidad no provenía del ambiente de la morgue, sino de la presencia que tenía enfrente: Precia T. Harlaown. La mujer estaba de pie con una postura impecable, luciendo un elegante abrigo beige y un conjunto perfectamente combinado. Su cabello cenizo caía con elegancia sobre sus hombros, y cada detalle de su apariencia gritaba riqueza y clase. A su lado, Lindy Harlaown, su actual esposa, la observaba con un aire calmado, sosteniéndole la mano con un gesto de apoyo silencioso.

Precia se giró hacia Saori con una expresión de desconcierto.

—Disculpe, ¿qué hace usted aquí? —preguntó con un tono educado pero distante.

Saori bufó, incapaz de ocultar su desprecio.

—¿Qué miras? Estoy aquí para firmar por un muerto, igual que tú —dijo con desdén, cruzando los brazos frente a su pecho. — ¿Qué más?

La confusión de Precia se transformó en incomodidad al observar con más detenimiento a Saori. Su vestimenta reveladora y su maquillaje algo corrido hablaban de una vida muy distinta a la que ella conocía.

—¿Firmar por un muerto? ¿Quién…? —empezó a preguntar, pero su voz se desvaneció al conectar los puntos—. ¿Nicolo?

Saori esbozó una sonrisa amarga.

—Ese bastardo también está ligado a mi culo.

Precia retrocedió un paso, sorprendida, mientras Lindy apretaba suavemente su mano.

—Es suficiente, Precia —murmuró Lindy con voz calmada, pero firme.

—¿Cómo está ligado a usted? —preguntó Precia, ignorando la advertencia de su esposa. Había algo en esa mujer que despertaba una incomodidad que no podía ignorar.

Saori la miró con resentimiento y soltó una carcajada sarcástica.

—Ah, claro. Tú, con tu vida perfecta y tu esposa de élite, seguramente no te imaginas por qué. Pero sí, ese idiota está ligado a mí también. ¿De verdad no lo entiendes? ¿Crees que fuiste la única idiota en caer en las mentiras de ese imbécil?

Lindy intervino con una mirada severa hacia Saori.

—Le sugiero que tenga cuidado con lo que dice.

Saori tragó saliva, sabiendo perfectamente que no era una buena idea cruzarse con alguien como Lindy Harlaown. Miró hacia otro lado, murmurando entre dientes.

—No es el momento ni el lugar para esto.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió y entraron dos oficiales jóvenes, acompañados por una mujer que claramente era una novata en entrenamiento. Ambos oficiales lucían nerviosos, y era evidente que habían cometido un error.

—Lamentamos la confusión —dijo uno de los oficiales, mirando a ambas mujeres—. Cuando contactamos a las personas vinculadas con el señor Nicolo Testarossa, no cruzamos la información. Precia Harlaown, usted es su ex esposa, y Saori Yamaguchi, usted es la madre de su última hija.

El silencio que siguió fue sepulcral. Precia se quedó paralizada, mirando a Saori con incredulidad.

—¿Tiene usted una hija con… Nicolo? —preguntó, su tono mezclando sorpresa y enojo.

Saori cruzó los brazos y respondió con indiferencia:

—Eso no es asunto tuyo.

—¿No es asunto mío? —replicó Precia, dando un paso al frente. Pero antes de que pudiera decir algo más, Lindy la sujetó suavemente del brazo.

—Precia, mi amor, no aquí —dijo Lindy, con un tono bajo pero autoritario.

Precia respiró hondo y se giró hacia los oficiales.

—¿Quién necesita firmar? —preguntó, dejando clara su incomodidad.

Uno de los oficiales extendió los papeles hacia ella con nerviosismo.

—Solo necesitamos una firma, cualquiera de ustedes dos.

Precia tomó los papeles y los firmó rápidamente, devolviéndolos sin mirar a los oficiales. Luego, volvió su atención a Saori.

—Le invito un café.

Saori parpadeó, sorprendida por la oferta.

—Tengo que trabajar. Necesito cubrir mi cuota —respondió, intentando sonar despreocupada.

Lindy intervino, sacando su billetera sin decir una palabra.

—¿Cuánto cobra? —preguntó con calma.

Saori frunció el ceño, sintiéndose ofendida.

—Disculpa, ¿qué?

—¿Cuánto cobra por noche? —repitió Lindy, con el mismo tono tranquilo.

Saori, aún desconfiada, decidió aprovechar la situación.

—Tres cientos mil yenes.

Lindy no reaccionó. Simplemente sacó un cheque, lo firmó por el monto y lo extendió hacia Saori.

—Entregue esto a su jefe y dígale que está reservada toda la noche.

Con la boca abierta, Saori tomó el cheque, mirando a Lindy y luego a Precia.

—¿Por qué harían esto?

Precia la miró directamente a los ojos y dijo con firmeza

—Porque ahora tiene tiempo para un café.

Saori Yamaguchi estaba sentada en la parte trasera de un lujoso Audi RS e-tron GT, con asientos de cuero finamente acabados y un diseño que hacía que cualquier persona se sintiera fuera de lugar si no pertenecía a la élite. Para alguien como ella, que estaba acostumbrada a la dureza de la calle y las sillas desgastadas de los bares de mala muerte, aquello era un mundo completamente ajeno.

Con una sonrisa burlona, Saori cruzó las piernas y comentó con su característico humor vulgar:

—Me he sentado en muchas cosas antes, pero esto… esto sí que es un lujo.

Lindy, sentada al frente junto al conductor, giró ligeramente la cabeza para responderle, manteniendo su tono firme y sereno.

—Ahorre sus comentarios vulgares, señora Yamaguchi.

Saori soltó una risa coqueto-sarcástica mientras jugueteaba con un mechón de su cabello rubio corto.

—Lo que tú me pidas, mami. Estoy reservada toda la noche para ti.

Precia, que estaba sentada a su lado, no pudo evitar lanzarle una mirada de disgusto, y Lindy, sin perder la compostura, añadió:

—Entonces mantenga la boca cerrada.

Saori exhaló un suspiro teatral, exagerando su postura. Cerró las piernas, colocó las manos sobre las rodillas y apretó los labios como si intentara contener una carcajada. Pero, incapaz de resistirse, empujó su mejilla con la lengua desde dentro, formando un gesto descarado. Lindy y Precia, prefiriendo no caer en provocaciones, ignoraron por completo el comportamiento de Saori y continuaron mirando al frente.

El vehículo avanzó suavemente por las calles de la ciudad. La atmósfera en el interior del coche se mantuvo tensa y en silencio hasta que, tras un breve trayecto, el Audi se detuvo frente a un local del barrio rojo. Saori miró el lugar familiar y suspiró.

—Esperen un momento. Solo voy a entregar esto —dijo mientras abría la puerta y bajaba.

En la entrada del local estaba Ginga Nakajima, con su característico cabello morado largo y mirada siempre alerta. Al ver el lujoso Audi, levantó una ceja intrigada. Cuando Saori bajó del coche, Ginga la observó con una sonrisa de medio lado.

—Vaya, Saori. Parece que pescaste a uno grande esta vez.

Saori se encogió de hombros con una sonrisa irónica.

—Sí, pero creo que me estoy arrepintiendo. Aunque, bueno, lo dejo pasar porque han pagado diez veces el precio real.

Ginga abrió los ojos, atónita.

—¿Diez veces? ¿Y son dos? —preguntó, mirando con curiosidad hacia el Audi, cuyas lunas polarizadas impedían ver el interior.

Aprovechando la oportunidad, Ginga añadió:

—¿Necesitas ayuda? Ya sabes que puedo echarte una mano… y llevarme una parte de esa comisión.

Saori negó con la cabeza, riendo.

—Mi culo puede con dos sin problemas. Gracias por ofrecerte —dijo mientras se alejaba riendo.

Ginga observó a Saori entrar al local y volvió su atención al coche, intentando distinguir quiénes podrían estar dentro. No consiguió ver nada, pero su curiosidad creció. Justo en ese momento, un hombre cuarentón, de aspecto desagradable, se acercó a ella. Sin previo aviso, le acarició la pierna y el trasero.

—¿Cuánto cobras, muñeca?

Sin pestañear, Ginga le respondió con firmeza

—Por tocarme, ya te cuesta diez mil yenes.

El hombre, indignado, soltó una risotada y la insultó.

—Maldita perra ambiciosa.

Ginga, sin perder la calma, señaló con un movimiento de cabeza a un hombre gigante que estaba detrás del cuarentón. El sujeto llevaba una camisa roja, corbata negra y gafas oscuras, y tenía un tatuaje intimidante en toda la cara.

—Si no quieres pagar, habla con él.

El hombre cuarentón, asustado, intentó retirarse, pero el gigante lo tomó del brazo y lo arrastró hacia un callejón cercano.

—¿No quiere pagar, Ginga?. Déjamelo a mí —dijo el hombre tatuado con una voz grave.

Ginga suspiró mientras veía desaparecer al cuarentón.

—Las de más experiencia siempre saben dónde ir a pescar —murmuró, echando un último vistazo al Audi antes de regresar a su posición.

Dentro del local, Saori subió al despacho de Leon "Ironheart" Krauze, el dueño del lugar y el cabecilla de la mafia de prostitución en la zona. Leon, un hombre alto y musculoso, llevaba una camisa hawaiana desabotonada que mostraba su trabajado torso. Tenía un puro en la boca y gafas de sol que parecían innecesarias en un lugar cerrado. Desde su ventanal, observaba la calle como un rey inspeccionando su reino.

Cuando Saori entró, él se giró para mirarla.

—¿Nuevos clientes? —preguntó con una sonrisa socarrona.

Saori asintió y dejó un cheque sobre su escritorio.

—Me han reservado por toda la noche. Es un cheque por 300 mil yenes.

Leon tomó el cheque, lo inspeccionó rápidamente y leyó el nombre del patrocinador.

—Lindy Harlaown… ¿Lindy Harlaown? —repitió, sorprendido—. Vaya, pescaste a alguien importante. ¿No estaba casada nuevamente? ¿Ya se aburrió de su esposa?

Saori negó con la cabeza.

—No, su esposa está aquí también.

Leon soltó una carcajada, aspirando profundamente su puro.

—Entonces quieren un trío. Perfecto. El pago es más que suficiente. Hazlas felices y que vuelvan por más.

Saori asintió, guardando silencio mientras Leon volvía su mirada al ventanal.

—Recuerda decirle a Lindy que su privacidad está garantizada. Todo lo que haga con esta casa es confidencial, discreto y seguro.

Saori salió del despacho, escuchando a Leon murmurar para sí mismo:

—Lindy Harlaown y su esposa… qué buena pesca.

Saori regresó al Audi RS e-tron GT con una actitud despreocupada, se dejó caer en el asiento trasero y cerró la puerta con un gesto despreocupado.

—Listo, ya pueden irse —dijo mientras se acomodaba, cruzando una pierna sobre la otra.

Sin responder, Lindy puso en marcha el auto y se alejó del barrio rojo con precisión. Saori, mirando por la ventana, preguntó:

—¿A dónde vamos ahora?

—Ya hemos reservado un lugar para nuestra reunión —respondió Lindy, sin siquiera mirarla por el retrovisor.

Saori, con una exagerada expresión de decepción, suspiró.

—Entonces… ¿no me van a invitar a su casa?

—No —respondió Lindy de manera seca, concentrada en la carretera.

Saori chasqueó la lengua, acomodándose en el asiento trasero mientras jugueteaba con sus manos. El auto avanzaba en silencio, roto únicamente por el sutil ronroneo del motor eléctrico. Sin embargo, Saori notó que Precia la observaba por el retrovisor con una mirada fría y calculadora.

Saori, sin perder su toque descarado, suspiró dramáticamente y dijo:

—Tranquila, mi reina, no te voy a quitar a tu "marido" —hizo comillas exageradas con los dedos—. También tengo amor para ti, ¿sabes?

El auto frenó de golpe, obligando a Saori a agarrarse del asiento. Lindy se giró hacia ella, con el rostro endurecido y los ojos llenos de advertencia.

—Escúchame bien —comenzó Lindy, con un tono bajo pero cargado de enojo—. Solo estás aquí sentada para responder las preguntas de mi esposa. Si te atreves a ponerle un dedo, te juro por el legado de mi familia que terminarás acompañando al amante tuyo ese en la morgue.

Saori la miró con seriedad, comprendiendo que había cruzado una línea peligrosa. Bajó la mirada y exhaló un suspiro.

—Nicolo no es mi amante ni nada mío —dijo en voz baja—. Lo siento, fue un comentario estúpido. Prometo quedarme quieta.

Lindy se quedó mirándola por un momento más antes de girarse al volante y continuar conduciendo. El ambiente dentro del auto estaba cargado de tensión.

Después de unos minutos de silencio, el Audi se detuvo frente a un restaurante lujoso llamado Le Jardin Étoilé, conocido por su exclusividad y precios exorbitantes. Lindy aparcó dentro del estacionamiento privado del restaurante para evitar las miradas curiosas de los transeúntes.

—Baja —ordenó Lindy con voz firme.

Saori obedeció y salió del auto mientras Lindy caminaba hacia el lado del copiloto para ayudar caballerosamente a Precia a bajar. Saori observó el gesto con un dejo de tristeza y envidia.

—Yo también quiero algo así… —murmuró, aunque lo suficientemente alto para que ambas mujeres la escucharan.

Ni Lindy ni Precia respondieron, pero sus miradas se encontraron brevemente antes de que comenzaran a caminar hacia la entrada del restaurante. Saori, ajustándose la chaqueta, las siguió.

El restaurante estaba completamente vacío, sin un solo comensal a la vista. Las tres mujeres fueron escoltadas por un anfitrión hacia una mesa en el centro de la sala. Saori, mirando a su alrededor, comentó:

—Esto es raro. ¿Dónde está la gente?

Lindy, sentándose elegantemente junto a Precia, respondió con calma:

—Reservé todo el lugar para nosotras.

Saori parpadeó, incrédula.

—¿Reservaste?

—Así es —afirmó Lindy con serenidad.

Saori se acomodó en su silla, procesando la magnitud del lujo que las rodeaba.

—Ustedes sí que tienen dinero… —murmuró para sí misma, pensando en todo lo que podría haber pedido de más.

Un camarero se acercó para tomar sus pedidos. Las tres mujeres ordenaron y, tras un momento de silencio, Precia finalmente rompió la calma.

—¿Es cierto que tienes una hija con Nicolo?

Saori levantó la mirada, suspiró y asintió.

—Sí, se llama Ruby.

—¿Ruby? —preguntó Precia con curiosidad—. ¿Por qué ese nombre?

—Por el color de sus ojos —respondió Saori, con una pequeña sonrisa en los labios—. Es un color rojizo precioso.

Precia sonrió también, recordando algo.

—Mis hijas también heredaron ese color de ojos. Aunque el de ellas es más borgoña…

Saori asintió con un gesto, relajándose un poco. Precia continuó:

—Cuéntame más sobre Ruby.

—Tiene 14 años y está en su último año de secundaria. Es una buena chica —dijo Saori, con un tono de orgullo—. He hecho todo lo posible para mantenerla alejada de mi vida… ya sabes, de este mundo.

—¿Tiene el apellido Testarossa? —preguntó Precia.

—Sí —respondió Saori—. No le puse mi apellido porque no quiero que esté ligada a mi vida. Ella merece algo mejor.

Lindy, que había estado en silencio hasta ese momento, fijó su mirada en Saori.

—Ruby es tu hija. No puedes negarla, sin importar qué.

Saori negó con la cabeza.

—No la niego. La amo más que a mi vida, y precisamente por eso quiero que tenga una vida mejor. Yo no tengo profesión ni futuro. Mi único oficio es mi cuerpo.

Lindy asintió lentamente, entendiendo la profundidad de sus palabras. Precia, por su parte, tomó la mano de Saori con cuidado.

—Quiero conocerla.

Saori frunció el ceño, extrañada.

—¿Por qué? Ella es mi hija, no tu responsabilidad.

—Lo sé —respondió Precia con sinceridad—. Pero quiero conocerla. Por favor, ¿puedo?

Saori la miró en silencio durante un momento antes de suspirar.

—Tengo que pensarlo. Además, debo preguntarle a Ruby si está de acuerdo.

—Por supuesto —dijo Precia, agradecida.

—¿Cómo me contacto contigo? —preguntó Saori.

Precia tomó un trozo de papel y escribió su número de teléfono, entregándoselo. Saori, sin pensarlo dos veces, lo guardó en el escote de su blusa, entre sus senos.

Lindy y Precia se miraron, atónitas por el gesto. Saori, al notar sus expresiones, se encogió de hombros y soltó una carcajada.

—¿Qué? Es el mejor lugar para guardar cosas sin que se me pierdan.

Las tres mujeres comenzaron a comer el postre que habían ordenado, y Saori probó un bocado de pastel.

—Mierda, esto está buenísimo —dijo con entusiasmo, rompiendo la tensión.

Precia y Lindy compartieron una sonrisa y, tras un momento, ambas rieron suavemente, negando con la cabeza.

Ruby estaba en su habitación, envuelta en una vieja manta con dibujos de estrellas, en posición fetal sobre su cama. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras apretaba su almohada contra su rostro. Su cuerpo temblaba con cada sollozo ahogado que escapaba de sus labios. El peso de la noticia seguía aplastándola.

¿Por qué tenía que pasarle esto a ella?

Era la pregunta que se repetía una y otra vez en su mente. No era justo. Mientras sus hermanas vivían una vida de privilegios, rodeadas de lujos y comodidades, ella y su madre habían tenido que sobrevivir en un mundo lleno de penurias y humillaciones. Y ahora, su padre, la única figura masculina que, aunque defectuosa, había estado presente en su vida de alguna manera, estaba muerto.

Ruby mordió la esquina de su almohada y soltó un grito ahogado. El dolor en su pecho no disminuía. No importaba cuán defectuoso hubiese sido Nicolo, ella lo amaba. Él había sido su padre. Aunque los momentos buenos con él eran contados, esas pocas veces que la hacía sonreír se habían convertido en recuerdos que ahora dolían más que nunca.

Un sonido en la entrada interrumpió sus pensamientos. La puerta del departamento se abrió de golpe. Alarmada, Ruby saltó de la cama y tomó el viejo bate de béisbol que había ganado en una feria local años atrás. Sujetándolo con fuerza, salió de su habitación lista para enfrentar al intruso.

Cuando llegó a la sala, se detuvo al ver a Saori entrando tranquilamente, con su bolso colgado del hombro y un cigarrillo apagado en los labios.

—Tranquila, fiera, soy yo —dijo Saori alzando las manos en un gesto de paz.

Ruby bajó el bate, pero no del todo.

—¿Eh? ¿Mamá? ¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó, claramente confundida.

Saori dejó su bolso sobre la mesa y se encogió de hombros.

—He tenido unos clientes un tanto… extraños hoy. ¿Quieres escuchar la historia? —preguntó, aunque su tono despreocupado cambió cuando notó los ojos hinchados de Ruby—. Pero, un momento… ¿has estado llorando?

Ruby dejó el bate caer al suelo con un ruido seco y se cruzó de brazos, mirando hacia otro lado.

—No quiero escuchar sobre tus "clientes" —respondió con molestia—. Y sí, estaba llorando. Por papá.

Saori suspiró, cansada. Caminó hacia la cocina y abrió el refrigerador en busca de algo para beber mientras hablaba.

—Ese idiota no merece tus lágrimas, Ruby.

Ruby negó con la cabeza, apretando los labios.

—Puede que fuera un idiota, pero era mi papá —respondió con firmeza.

Saori la miró en silencio por un momento antes de cerrar el refrigerador y volver a la sala con una botella de agua en la mano. Se sentó en el mueble y, dando unas palmadas a su lado, le indicó a Ruby que se acercara. Ruby obedeció y se dejó caer a su lado.

—Está bien. No voy a decir nada más sobre tu padre —dijo Saori, haciendo un gesto de rendición. Bebió un trago de agua y luego agregó—: Pero tengo que contarte algo… Hoy, en la morgue, conocí a alguien que nunca pensé que conocería.

Ruby frunció el ceño, confundida.

—¿A quién?

Saori se inclinó hacia ella con una sonrisa pícara.

—A la ex esposa de tu padre.

Ruby abrió los ojos como platos, completamente atónita.

—¿Qué? ¿La mamá de mis hermanas?

Saori asintió.

—Sí, Precia T. Harlaown en persona. Y no solo eso, su actual esposa, Lindy Harlaown, también estaba ahí.

Ruby dejó caer la mandíbula y luego se echó hacia atrás, tratando de procesar la información.

—Espera, espera… ¿cómo pasó eso?

Saori se rió y comenzó a contarle todo lo que había sucedido en la morgue: la incomodidad del encuentro, el cheque de 300 mil yenes que le habían dado para "reservarla" toda la noche, y el café exquisito que habían compartido en el restaurante caro.

—¡Yo también quiero comer en ese café! —dijo Ruby, en tono ligeramente envidioso.

Saori negó con la cabeza, riendo.

—Cuando tengas tu primer millón de yenes, te llevo.

Ruby bufó y cruzó los brazos, aunque una pequeña sonrisa se asomaba en su rostro. Saori se puso seria de nuevo y tomó la mano de Ruby.

—Ellas quieren conocerte, Ruby.

Ruby la miró, sorprendida.

—¿Conocerme? ¿Por qué?

Saori se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero Precia lo pidió. Dice que le gustaría conocerte.

Ruby se quedó en silencio, mirando hacia el suelo. Después de un momento, habló.

—No entiendo por qué querrían conocerme… Pero… quizás sea una oportunidad. Una oportunidad para conocer a mis hermanas.

Saori suspiró profundamente, mirando a su hija con algo de preocupación.

—¿Estás segura?

Ruby asintió lentamente.

—Sí. Quiero conocerlas, mamá.

Saori se pasó una mano por el cabello y murmuró algo ininteligible antes de levantarse. Sacó el papel con el número de Precia que había guardado entre sus senos y lo miró por un momento.

—Está bien, voy a hacer una llamada —dijo finalmente.

Ruby la observó mientras caminaba hacia la cocina con el papel en mano. En su interior, sentía una mezcla de nerviosismo y esperanza. Quizás, por primera vez en mucho tiempo, algo bueno podía salir de todo el caos que era su vida.