Mientras caía, su mente voló: del fuego en la chimenea cuando niño, al que se usa en la forja de espadas. De la crueldad de Joffrey, a la puta Brienne de Tarth casi matándolo, a Jon Snow siendo el idiota más allá del muro, a Daenerys purificando con una lluvia de fuego la porquería de desembarco del rey en un arrebato de locura Targaryen, a Arya Stark mirándolo inmóvil en uno de los patios de la fortaleza roja mientras todo se derrumbaba, hasta que sus pensamientos llegaron finalmente allí, a ella, a Sansa.

La pequeña ave, un mirlo en sus pensamientos, con sus cabellos rojos, sangre de incontables batallas, destellos del amanecer los campos, una oda a las llamas. El único fuego en el que realmente desearía haberse fundido.

Y por un momento, en un ensueño provocado por la adrenalina previa a una muerte inminente es posible: Ser Sandor Clegane, llega con su armadura brillante a Invernalia, allí donde su dama lo espera, impaciente por lanzarse a sus brazos tomando de la mano a un niño que lleva el emblema Stark en la pechera y que se suelta del agarre de su madre para correr emocionado hacia él cuando lo ve llegar. Sólo ellos son necesarios en esa fantasía, los tres encaminándose juntos rumbo al salón mientras la nieve comienza a caer en delicados copos a su alrededor. Frío, blanca nieve tersa. Oro sin brillo, gloria modesta, exterior de piedra oscura, interior cálido de un sueño imposible. En esa ensoñación él se sabe completo, tranquilo... feliz.

Sólo que él no es ese hombre, nunca lo fue y ahora nunca podrá serlo.

Sansa tomaría a alguien más para hacerlo suyo, entregaría su cuerpo, su corazón y se olvidaría de él, quien la recordaba mientras caía de la torre más alta de la fortaleza roja hacia su funesto destino al tiempo que rogaba a los dioses que en otra vida le diesen una nueva oportunidad, una donde pudiese ser, el hombre que se queda con todo, el hombre que se queda a su lado.

Sus ilusiones combustibles y patéticas ardieron inmisericordes junto a su cuerpo cuando él y su hermano se fundieron con las llamas. Feroces llamaradas doradas cegaron sus ojos e ignorando el atroz dolor de la muerte, pretendió que aquello no era más que el destello de sus cabellos pelirrojos iluminados por el amanecer descubriéndolos en su lecho por la mañana. Pretender e imaginar era mejor que nada, mejor que aceptar que en el mejor de los casos sería sólo un nombre más, escrito en los registros de los caballeros, que perdería importancia en los siglos venideros.

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Corre por la nieve, dejando rastros con sus botitas de piel nueva. Sansa lo mira jugar desde lejos mientras los recuerdos hacen remolinos en su mente repasando una y otra vez el camino transitado de casa hacia desembarco del rey y viceversa.

El tiempo y las tribulaciones que soportó hasta regresar a los seguros muros de su hogar parecían haber hecho mella en los bordes de sus ojos lo cual le hiz sonreir con melancolía. La reina en el norte desearía repudiar a la niña débil y estúpida que entonces fue, deseosa de un príncipe, un castillo y muchos hijos, pero con el tiempo había aprendido a perdonar a esa pequeña ave encerrada en sí misma, madurada a fuerza de tragedias que con los años ha aprendido a sobrellevar. Parecía que aquello más que otro tiempo, era otra vida y entre todos los nombres de los aliados y los enemigos, aparece uno al que nunca pudo encontrar una definición apropiada; recuerda esa dulzura mezclada con la rudeza intrínseca de quien fue y a menudo su rostro medio desfigurado por el fuego surge en su mente como la analogía perfecta de su persona. Recuerda el afecto que intentó transmitir en el simple gesto de tomar su mano, un agradecimiento, un mudo, un reconocimiento. El hombre que cuidó a su hermana, su ángel guardián en la jaula de los leones, su caballero, oculto en el último bastión de los vivos, que había marchado a la capital para nunca volver.

Deja que su pequeño hijo se divierta lo más que puede jugando entre la nieve hasta que los últimos rayos de sol se esfuman luego de acariciar por última vez la corona que reposa sobre sus cabellos que destellan como una llamarada perdida en el blanco desierto.

Vamos, amor- solicita al principito de Invernalia quién corre hacia su madre tan pronto lo llama- es hora de ir dentro, Sandor.