Capítulo 20:

Juego Desigual [ I ]


Confiar seguía siendo una tarea titánica para Yuya.

Su corazón, marcado por heridas aún frescas, luchaba contra la atracción inexplicable que sentía hacia Hoshiyomi.

Y, sin embargo, por más que intentara alzar muros entre ambos, el rubio tenía una forma singular de desarmarlo.

Tal vez era su mirada, una mezcla de acero y ternura, capaz de desnudar sus pensamientos más ocultos, o quizá su manera de hablar, directa y sin pretensiones, que lo hacía parecer tan terrenal pese a su abrumadora presencia.

"¿Es este su verdadero yo? ¿O simplemente está jugando con mis emociones?", se preguntó Yuya, atrapado en un torbellino de dudas que no hacía más que reforzar su confusión.

Hoshiyomi, ajeno a los pensamientos del menor, frunció ligeramente el ceño, desviando su atención hacia la copa de helado que sostenía con elegancia.

—El helado de almendras no es de mi total agrado —Dijo en voz baja, como quien comparte un secreto insignificante consigo mismo.

Yuya parpadeó, sorprendido por el comentario.

—¿Eh...? —

Había sido su idea ir por helados para calmar los ánimos después de todo lo ocurrido.

Pero, atrapado en su propio nerviosismo, no prestó atención a lo que Hoshiyomi pedía.

Ni siquiera le dio oportunidad de elegir; solo señaló el primer sabor que vio en la carta. Ahora, al escuchar aquellas palabras, un sentimiento de culpa lo invadió.

—¡Lo siento mucho! —Exclamó Yuya, casi al borde del pánico. —Puedo pedir que lo cambien enseguida. —

Hoshiyomi lo miró con una mezcla de alarma y desconcierto, alzando las manos como si intentara detener un desastre inminente.

—¡No, no hace falta! —Replicó con rapidez—. Está bien, puedo comerlo. Solo fue un comentario, no te preocupes. —

Pero Yuya no podía dejarlo pasar. Su sentido de la responsabilidad lo empujaba a solucionar lo que consideraba un error imperdonable.

—Si no te gusta, no tienes por qué comerlo —Insistió, ya a medio levantarse—. En serio, no es problema. —

Antes de que pudiera dar un paso, Hoshiyomi, movido por un impulso, tomó su mano.

—¡De verdad, estoy bien! —Declaró, sus dedos apretando suavemente los de Yuya, como si quisiera transmitirle calma.

La firmeza en su tono no hizo más que reforzar la determinación del menor.

—No tienes que forzarte por mí. Yo lo pagaré, no te preocupes. —

Hoshiyomi, sintiendo que la situación escapaba a su control, sacó con urgencia una tarjeta de crédito de lujo color negra de su saco.

—¡Ese no es el caso! —Insistió, casi rogando, mientras las miradas de los demás clientes comenzaban a volcarse hacia ellos.

—¿Están peleando?—

—No, parece más bien una cita... —

—¿Por un helado?—

Los murmullos crecieron, y Hoshiyomi, en un último intento por calmar la situación, hizo lo impensable: tomó la copa de helado y, sin dudarlo, bebió todo su contenido de un solo trago.

El tiempo pareció detenerse.

La heladería quedó sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido de un cono de helado cayendo al suelo, seguido del asombrado "¡Eh...!" de un niño pequeño.

Yuya, horrorizado, se acercó rápidamente.

—¡¿Hoshiyomi?! —Exclamó, su preocupación evidente mientras tomaba al rubio del brazo, esperando que en cualquier momento se quejara del dolor de cabeza por el frío.

Pero Hoshiyomi, lejos de mostrar incomodidad, lo miró con una sonrisa radiante, casi celestial.

—Estoy bien —Aseguró con un tono tranquilo—. ¿Te preocupé? Lo siento mucho. —

Yuya lo observó con incredulidad, sintiendo una mezcla de alivio, exasperación y algo más que no sabía cómo describir.

—¿Por qué hiciste eso? —Le preguntó, incapaz de entender la lógica detrás de su acción—. ¡Podrías haberte lastimado! —

Hoshiyomi inclinó ligeramente la cabeza, su sonrisa serena como el amanecer.

—No quería que te sintieras mal. —

Los murmullos al fondo estallaron de nuevo.

—¡Es un caballero! —

—¡Qué romántico! —

—¿Pero quién bebe helado así? —

Yuya suspiró, agotado por la intensidad del momento.

—Hoshiyomi... no pasa nada si algo no te gusta. Pero, por favor, no hagas cosas tan extremas solo para complacerme. —

Hoshiyomi lo miró, genuinamente desconcertado.

—¿Lastimarme? —Repitió, como si la idea le resultara completamente ajena—. ¿Por qué haría algo que me lastime? —

Yuya abrió la boca para replicar, pero las palabras murieron en sus labios al ver la sinceridad reflejada en los ojos del rubio.

Aquellos ojos, que habían presenciado tanto, lo desarmaban una vez más.

Al final, simplemente desvió la mirada, intentando ignorar el calor que subía a sus mejillas.

"¿De dónde viene esa confianza abrumadora?", se preguntó, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.

Mientras se debatía entre quedarse o irse, Hoshiyomi rompió el silencio con algo completamente inesperado.

—Yuya... ¿Estás libre el resto del día? —

El murmullo en la heladería alcanzó un nuevo nivel.

—¡Un giro en la trama! —

—¿Lo invitará a otra cita? —

Yuya lo miró, desconcertado.

—¿Por qué? —Preguntó con cautela, como si temiera la respuesta.

Hoshiyomi respiró hondo, reuniendo el valor necesario.

—Sé que lo que hice puede parecer ridículo, y entiendo que aún no confías en mí. Pero... antes de que formes una imagen equivocada, quiero pedirte algo: dame la oportunidad de que me conozcas. —

La sinceridad en su voz hizo que Yuya titubeara.

—¿Conocerte? —

—Por favor —Insistió Hoshiyomi—. Déjame redimirme contigo. —

La respuesta de Yuya tardó en llegar, pero cuando lo hizo, fue suficiente para desatar una ovación de los presentes.

—...Está bien. —

Los aplausos llenaron el local, y Yuya, rojo de vergüenza, percatandose apenas del público que tenían, se cubrió el rostro.

—Vámonos antes de que esto se vuelva peor... —Murmuró, y Hoshiyomi, con una sonrisa triunfante, lo siguió hacia la salida.


Yuya estaba atrapado en un limbo emocional.

Mientras el auto avanzaba por una carretera que parecía interminable, los pensamientos oscuros danzaban en su mente.

La tensión en su cuerpo era palpable; sus manos descansaban en su regazo, pero sus dedos no dejaban de enredarse entre sí, buscando un ancla que los tranquilizara.

La cabina del auto, aunque espaciosa, parecía demasiado estrecha con Hoshiyomi tan cerca, irradiando esa presencia que era imposible ignorar.

"¿De verdad fue buena idea aceptar?"

Yuya se mordió ligeramente el labio inferior, en un gesto que mezclaba nerviosismo y auto-recriminación.

Por cada respuesta que encontraba, otra duda nacía. La desconfianza era un peso constante, pero la curiosidad era aún más insistente.

"¿Y si realmente me secuestra? ¿Y si me lava el cerebro para convertirme en algo que no soy?"

El pensamiento lo hizo estremecerse, y de inmediato verificó que el seguro de la puerta aún no estuviera activado.

No podía arriesgarse.

No con él.

Hoshiyomi, por su parte, parecía sumido en una calma inquietante. Su sonrisa era suave, casi hinoptica, pero había algo en la manera en que sus ojos brillaban-un matiz peligroso que parecía revelar más de lo que decía.

—¿Deseas comenzar de la manera tradicional o prefieres un juego de preguntas? —Preguntó Hoshiyomi con naturalidad, rompiendo el silencio con una voz melódica y controlada.

Yuya dio un respingo, aunque trató de disimularlo, apretando los labios. Sus hombros se tensaron por reflejo.

No estaba acostumbrado a esa calma que parecía invadir cada palabra del otro.

—¿Cómo...? —Respondió, su voz más baja de lo que había esperado.

Hoshiyomi le dedicó una mirada que no era invasiva, pero sí lo suficientemente intensa como para que Yuya desviara la vista al instante. Su mirada era un imán; un desafío que Yuya sentía que no podía ignorar.

"¿De la manera tradicional? ¿A qué se refiere con eso?"

Inquieto, Yuya optó por zanjar el tema lo más rápido posible.

—Iniciemos con un juego. Podría ser... entretenido. —Su voz temblaba apenas, pero lo suficiente como para que Hoshiyomi levantara una ceja con curiosidad.

El pelirrubio asintió, como un niño emocionado por una nueva travesura.

—¡Perfecto! Dos verdades y una mentira. Gana quien adivine la mentira. —

Yuya lo observó detenidamente, midiendo cada palabra. Había algo en la ligereza con la que Hoshiyomi proponía el juego que lo desconcertaba. Pero sabía que no tenía sentido rechazarlo.

—Bien. Comienza tú. —

Hoshiyomi sonrió con esa intensidad que hacía que su rostro irradiara vida, pero que a Yuya le provocaba un escalofrío.

—Aquí va: Me encanta tomar café en las mañanas. Por las tardes me gusta observar a mi patrocinado. Y en las noches hago lo que tengo que hacer para lograr mis objetivos. ¿Cuál es la mentira? —

Las palabras eran tan casuales, pero el tono con el que las dijo transformó la atmósfera en algo mucho más denso.

Yuya se removió en su asiento, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Había algo demasiado calculado en esa última frase, como si estuviera diseñada para provocar.

"Siempre logra espantarme... ¿Por qué no puede ser alguien normal?"

Después de un momento de duda, Yuya respondió con cautela:

—Te gusta tomar café por las mañanas. —

Por un instante, el auto pareció hundirse en el silencio.

Yuya sintió que cada segundo se alargaba, mientras su pecho se llenaba de una presión incómoda. Entonces, Hoshiyomi rió.

Una risa breve, pero que reverberó en el pequeño espacio, aliviando parte de la tensión.

—¡Correcto! No me gusta el café por las mañanas. Prefiero desayunar algo completo... o simplemente no hacerlo. —

La sinceridad despreocupada de sus palabras debería haber relajado a Yuya, pero solo logró inquietarlo más. Hoshiyomi tenía una habilidad casi sobrenatural para manejar las emociones del otro, como si fueran hilos en sus manos.

—Bien, ahora es tu turno. —Hoshiyomi lo animó, lanzándole una mirada expectante.

Yuya se obligó a hablar, aunque su garganta se sentía seca.

—Me gusta tener duelos con mis amigos. Por las tardes hago ejercicio. Y en las noches estudio en mis aposentos. ¿Cuál es la mentira? —

Hoshiyomi no tardó ni un segundo en responder.

—Por las tardes haces ejercicio. Odias el ejercicio a menos que sea estrictamente necesario. —

La certeza en su voz golpeó a Yuya como un balde de agua fría.

"Es como si ya conociera... absolutamente todo."

Hoshiyomi sonrió, satisfecho, y habló con una calidez que parecía sincera, pero que Yuya no pudo evitar encontrar intimidante.

—Me aseguré de memorizar cada cosa sobre ti: tus gustos, disgustos, fechas importantes, incluso tus hábitos más pequeños. —

Yuya sintió un temblor en la base de su columna.

Su cuerpo le decía que corriera, pero sus piernas permanecían inmóviles.

—¿E-En serio? —Balbuceó, más como un reflejo que por verdadera curiosidad.

—¡Por supuesto! —Replicó Hoshiyomi con una alegría casi infantil.

Antes de que Yuya pudiera procesarlo, Hoshiyomi dejó caer una bomba que lo dejó sin aire.

—Te conozco porque fuiste mi esposo. —

El impacto de esas palabras reverberó en el silencio que le siguió. Yuya parpadeó, buscando algo que decir, algo que lo hiciera recuperar el control. Pero nada llegó.

Hoshiyomi continuó, ajeno al caos interno de Yuya.

—Era más fácil compartir la casa así, ¿no crees? Ah, y elegir regalos también se volvió mucho más simple. —

"¿Esto es verdad...?"

Yuya tragó saliva.

No tenía idea de qué era real y qué no, pero algo en la confianza con la que hablaba Hoshiyomi hacía que cada palabra calara más hondo.

Esa mezcla de dulzura y una amenaza latente en su tono le revolvía el estómago.

Antes de que pudiera articular una respuesta, Hoshiyomi dejó escapar una ligera risa.

—Además, ¿no fuiste tú quien insistió en que memorizara todo sobre ti? —Soltó casualmente, como si no acabara de arrojar una bomba en plena carretera.

—¿Yo? —Repitió Yuya, incrédulo, un escalofrío recorriendo su espalda.

—Por supuesto. —Hoshiyomi lo miró de reojo, sus ojos brillando con esa intensidad inquietante que parecía perforarlo—. Dijiste que no querías que nos peleáramos por detalles insignificantes. Que si yo sabía todo lo que te gustaba, te ahorraría el disgusto de tener que repetirlo una y otra vez. Incluso propusiste que harías lo mismo conmigo. ¿Es que lo has olvidado? —

Yuya apartó la mirada, incapaz de sostener esa mirada incisiva. "¿De verdad habría hecho algo así? ¿Qué clase de persona era yo para pensar que eso era... normal?"

Las dudas se acumulaban en su mente, pero Hoshiyomi no parecía notar o importarle la incomodidad del menor.

—En su momento, me pareció un poco extremo. —Hoshiyomi volvió a fijar la vista en la carretera, su tono deslizándose hacia una dulzura peligrosa. — Pero luego comprendí que tenía beneficios. Aunque, claro, ahora podrías verlo como una pequeña desventaja. —

—¿Desventaja? —Yuya lo miró con cautela, temeroso de la dirección que tomarían esas palabras.

Hoshiyomi sonrió, esa sonrisa diseñada para parecer inofensiva, pero que Yuya ahora reconocía como todo menos eso.

—Por ejemplo, en este juego. Yo sé más de ti que tú de mí. No sería justo, ¿no crees? —

El auto avanzaba con fluidez, pero Yuya sintió que el aire a su alrededor se volvía más denso. Esa conversación, ese "juego", no era tan inocente como lo pintaba.

—Entonces... —Yuya vaciló. —¿qué propones? —

—Algo sencillo. —Hoshiyomi inclinó ligeramente la cabeza hacia él, una pizca de diversión en su expresión. —Por cada victoria que obtengas, puedes hacerme una pregunta. Cualquier pregunta, no importa lo personal que sea. Prometo responder con sinceridad. ¿Qué dices? —

Era un trato demasiado tentador. Justo lo suficiente como para encender la curiosidad de Yuya, aunque en el fondo supiera que no debía aceptar. Y aun así...

—Hecho. —

Hoshiyomi soltó una risa suave, como si hubiera estado esperando ese momento. Su tono era cálido, casi afectuoso.

—Perfecto. Entonces, como ganaste esta ronda, adelante. Haz tu pregunta. —

Yuya tragó saliva nuevamente, reuniendo el valor suficiente para hablar. Sabía que debía aprovechar la oportunidad, aunque el nerviosismo le carcomía las entrañas. Finalmente, preguntó:

—Además de mí, ¿hay alguien más que ya hayas recuperado? —

Hoshiyomi no respondió de inmediato.

Por primera vez, su sonrisa pareció vacilar, pero no se desvaneció del todo. En lugar de ello, dejó escapar un leve suspiro, uno que se sintió más calculado que genuino.

—Es curioso que hagas esa pregunta ahora, pero entiendo por qué lo haces. —

—¿Qué quieres decir? —Preguntó Yuya, aunque ya se sentía inquieto con lo que podía venir.

Hoshiyomi giró levemente el volante, dando vuelta hacia lo que parecía ser un edificio imponente en la distancia.

—Sí, hay alguien más. Alguien que he recuperado recientemente. De hecho, me encantaría que lo conocieras. —

Yuya sintió que su garganta se cerraba. Algo en la forma en que lo dijo, en la manera en que su voz acariciaba cada palabra, lo hizo estremecerse.

—¿Quién es? —

Hoshiyomi esbozó una de esas sonrisas que hacían que la línea entre la ternura y el peligro desapareciera por completo.

—Mi hermano menor, Yuto Tsukumo. —

Ese nombre golpeó a Yuya como un trueno.

Apenas tuvo tiempo de procesarlo cuando el auto giró una vez más, entrando en lo que claramente era el estacionamiento de las Industrias Arckumo.

"Qué manera de conocerlo..."

Pensó Yuya, tragándose las preguntas que deseaban salir a borbotones.

Se quedó en silencio, dispuesto a seguir adelante, pero incapaz de ignorar cómo su cuerpo temblaba, incapaz de acallar la advertencia que sus instintos le gritaban.

"Esto es lo que quería. Esto es lo que decidí. No tengo por qué tener miedo. Hoshiyomi dijo que nunca me haría daño..."

Y sin embargo, sus manos apretadas contra su regazo decían lo contrario.