ERO
Caricias
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Contengo el aliento el tiempo suficiente para sentir la segura y lenta caricia ascendente que le dedicas a mi cadera. Siento la forma en que tus manos me sostienen con firmeza, primero acariciando la piel desnuda, para luego asirme con más intensidad y acariciarte a ti mismo con mi cuerpo. De ese modo me permites sentir lo que hasta hace un momento atrás era una visión perfecta de tu sexo sostenido por el fundoshi.
InuYasha —apenas musito tu nombre y a continuación te escucho suspirar sobre mi oído y noto el calor de tu pecho en la espalda.
Mi propia respiración se me escapa en un suspiro terminado en un jadeo que me obliga a inhalar con fuerza alargando así una agónica expresión. Llevo las manos atrás, por sobre los hombros y te toco cuando te inclinas hacia mí de ese modo tiernamente salvaje que te conozco. Te anhelo, te deseo, te configuro en mi mente con el recuerdo de todos nuestros encuentros íntimos. Me arrancas de las elucubraciones cuando siento el roce de una de tus manos que asciende por mi cadera, por mi cintura, el estómago y se detiene al acunar un pecho.
Me gusta —te escucho murmurar sobre mi oído y noto que las piernas se me ablandan y me sostengo de tu hombro y de las hebras de tu pelo.
Tus dedos me pinzan el pezón y exhalo con energía, con cada musculo tensionado, hasta que mi cuerpo deja de ser mío y me entrego al abrazo en que me mantienes. El gruñido amortiguado que emites me sacude de forma violenta, se me mete en el cuerpo mucho antes que mi mente lo conciba y es que el deseo, la entrega, la intimidad absoluta que compartimos es así; instinto derrumbando barreras. Quizás debí prever este desenlace cuando comenzaste a quitarte la ropa con esa calma que te conozco o cuando me miraste por sobre el hombro en busca de esa conexión intangible entre nosotros.
Kagome —gruño e intento calmar el sonido sobre tu hombro. Soy completamente consciente del instinto posesivo que me habita.
Aún hoy me sorprenden las formas en que el deseo se enciende en mí. En ocasiones sucede poco a poco, ya sea por una mirada, una frase sugerente o el aroma de tu pelo; hoy ha sido la contraluz del hogar que me mostró tu silueta desnuda bajo la yukata. En ese momento sentí el modo en que la pasión se filtró en la carne y consiguió que mi cuerpo despertara a todas las formas de supervivencia existentes. Y ahora te anhelo para sentir el calor de tu interior, para acallar el intenso ardor que me burbujea en el vientre, para calmar el fragor de la sangre que me recorre como el aire caliente y húmedo del verano. Tú eres todas mis formas de existencia y me recibes sin dudar. Te abrazo, te beso, te pego más a mí. Nunca te he hablado del vacío que me circundaba cuando desapareciste, ni del dolor que sentí y que se volvía tan intenso que mi humanidad parecía morir ante la posibilidad de vivir sin ti. Quizás por eso, sentirte blanda y dócil entre mis manos es como asirme a la savia misma de la existencia.
Echas la cabeza hacia mi hombro y abro los ojos para ver la expresión de agónico deseo en ti, éste se acentúa por el suspiro que liberas y que se abre paso hacia lo alto. Sin pensarlo demasiado te recorro el cuello con la lengua y siseo ante mi propio intenso deseo. Es en este momento en que acepto la pérdida de mi voluntad, la absoluta entrega a ti, mi compañera; mi Kagome.
—Tócame —te pido en un susurro que dista mucho de ser una orden.
Tú giras la cabeza y nuestras miradas se encuentran en medio del calor y la somnolencia de la pasión. Deslizo del todo los hombros de la yukata que vistes y ésta cae con un movimiento al suelo. Contengo un sobresalto al sentir tu mano apoderarse de mi sexo rígido. Lo oprimes y luego lo masajeas por encima de la tela del fundoshi, extrayendo de mí más de una expresión de placer.
—¿Así? —es la pregunta que suspirar, antes de cerrar los ojos por el contacto de mis dos manos entre sus piernas.
Asiento y sostengo con firmeza la parte interior de tus muslos, deseando abrirte para entrar en ti sin resistencias. Te escucho jadear y noto que buscas el modo de concebir mi pensamiento. Noto que luchas con la única prenda que visto y te facilito el trabajo. No puedo esperar y por el modo en que tus pupilas se han expandido y tu piel se ha erizado, creo que compartes el anhelo conmigo.
Te giro e inclino hacia adelante con mi cuerpo como guía. Noto que se sostienes del brazo con en que te sostengo por el vientre y te escucho contener el aliento en el momento en que toco la entrada a tu sexo con la punta rígida del mío. Intento que supliques, creando un roce casi pasmosamente lento.
Por favor —suplicas y ahí está la señal que necesitaba.
Kagome —acaricio las letras de tu nombre en un murmullo que se me ahoga y hundo la nariz en tu pelo.
Entonces entro en ti, te tensas y tiemblas y nos entregamos a la vorágine.
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N/A
Un corto erótico que espero disfruten y me cuenten.
Besos
Anyara
