DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
— Insidia —
— I —
—¡Hōshi-sama, abajo!
El grito de Sango cortó el aire, justo en el momento en el que ella se lanzaba sobre él y lo empujaba contra el suelo, evitando que el ataque con púas que acaba de lanzar su contrincante le diera de lleno en el pecho al monje. Miroku sintió el corazón golpearle con fuerza el pecho, el sudor frío bajando por su frente mientras su mente intentaba armar un plan para terminar con esa batalla.
—Sango, ¿estás bien? —Preguntó, apoyando su mano en la espalda de su compañera y sintiendo la humedad en la palma, lo que causó que su pulso se acelerara aún más. —¡Estás herida!
—E-Estoy bien —musitó ella, levantándose y apretando los puños con fuerza —. No es grave, puedo seguir luchando.
Él abrió la boca para refutarle, obviamente en desacuerdo con ella, pero no alcanzó a decir nada cuando un estruendo cercano les advirtió que aún no estaban fuera de peligro. Kirara llegó junto a ellos con un rugido, señal suficiente para que ambos subieran a su lomo antes de que emprendiera el vuelo y los llevara cerca de InuYasha, quien parecía impotente al no poder ubicar un blanco al cual atacar.
—Maldición, no puedo usar a Tessaiga si no sale de su escondite —masculló el hanyō, frunciendo el ceño con enfado.
—Entonces, hay que sacarlo de alguna forma —concluyó Miroku, levantando el brazo derecho y alertando a sus compañeros.
—Ni siquiera lo pienses, ¿ya viste lo que hacen sus púas? —InuYasha lo regañó, señalándole la vegetación que había quedado marchita tras ser alcanzada por el ataque del yōkai que enfrentaban.
—Tiene razón, no debería arriesgarse —la taijiya apoyó a su amigo, haciéndole una señal a Kirara, con lo que la felina se sacó de encima al ojiazul —. Yo lo haré.
—¡Sango, no!
Pero el grito de Miroku no logró detener a la castaña, que se dirigió al sector del que salían las púas, montada sobre Kirara y armada con su Hiraikotsu, la máscara protectora puesta para evitar inhalar el veneno que emanaba con cada ataque. Inmediatamente, fue seguida de InuYasha, pero la densa nube producida por el polvo que se levantaba con cada movimiento de tierra, y la aglomeración del miasma y toxinas que emanaban del yōkai no le permitieron seguirle el rastro. Aguantó la respiración por unos segundos, casi un minuto, sin lograr ver lo que ocurría tras esa espesa cortina, hasta que el arma de su amiga terminó despejando el aire al ser lanzada, mostrándola a ella y a Kirara enfrentándose directamente al demonio que, finalmente, había salido de su escondite. InuYasha no tardó en actuar, lanzándose contra su enemigo y preparándose para atacarlo directamente con su Kaze no Kizu; Sango reaccionó en cuanto lo vio y, junto a Kirara, se alejaron velozmente, permitiéndole al hanyō acabar de un solo golpe con su oponente y darle fin a la batalla.
La nekomata rápidamente llevó a su compañera hasta donde estaba Miroku, seguida de cerca por InuYasha, quien no ocultaba el rostro preocupado.
—Se acabó, ¿verdad? —Murmuró ella en un hilo de voz, aferrándose con todas sus fuerzas al lomo de Kirara para no caer, en tanto aterrizaban junto al monje.
—Sí, Sango… acabó —respondió él, acercándose para ayudarla a sostenerse.
—Qué bueno…
—¡Sango!
Los ojos femeninos terminaron cerrándose, producto de la pérdida de sangre y de la exposición al veneno durante la batalla. Se había desmayado.
—¿Cómo dejaron que se expusiera tanto?
—Keh, como si no fuese tan obstinada. Trata de detenerla tú.
—Pero debimos impedírselo…
—Tú no hables, la vieja Kaede ya te dijo que descansaras.
Apretó los párpados, escuchando la conversación de Kagome, InuYasha y Miroku a lo lejos, como si estuviesen a varios metros de ella. Abrió un poco los ojos para encontrarse con la visión de un techo que se le hacía extrañamente familiar. Intentó moverse, pero sentía todo su cuerpo pesado, como si la manta que la cubría fuese de hierro y la aprisionara en su lugar.
—¡Sango, despertaste! —Kagome había notado sus movimientos, interrumpiendo la discusión que tenía con los demás para acercarse a ella y ayudarla a sentarse, ofreciéndole agua. —¿Cómo te sientes? Estábamos preocupados por ti…
—E-Estoy… bien —dijo, sintiendo la garganta reseca por la falta de hidratación, por lo que se apresuró en beber agua antes de seguir hablando —. ¿Qué ocurrió?
—¿Qué más? Te lanzaste sola contra ese yōkai, y no estabas en las mejores condiciones —la regañó el ambarino, mirándola con recelo —. Pudiste morir.
—Yo… —Ella se esforzó en recordar, todo le parecía bastante confuso. —Lo lamento, pero no había otra forma…
"No había otra forma…"
Las palabras resonaron en su cabeza, la que le palpitaba horriblemente. Volvió a cerrar los ojos y trató de sentarse mejor, sólo para sentir un profundo dolor punzante en su espalda, lo que causó que soltara un quejido y contrajera el rostro.
—¿Estás bien? Deberías recostarte, te traeré algo para comer —Kagome se apresuró en serle de apoyo para que se acomodara, tras lo cual se puso de pie y la observó con preocupación —. No te muevas, vuelvo de inmediato.
Le hizo un gesto de advertencia a InuYasha, seguramente para que no siguiera regañándola, a pesar de que tenía motivos para hacerlo. El hanyō sólo gruñó en respuesta, sentándose de golpe en su rincón y mirando a sus amigos directamente.
—Si siguen así de imprudentes, ninguno de los dos va a sobrevivir.
Sango bajó la mirada y Miroku tensó la mandíbula, ambos sabían que él tenía razón. Sin embargo, ¿qué más podían hacer? Cuando la situación llegaba a ese punto tan crítico, ambos estaban dispuestos a hacer lo que hiciera falta para evitar que algo le ocurriera al otro. Después de todo, tenían planes para su futuro, y no podían desecharlos de esa forma.
No intercambiaron más palabras hasta el regreso de Kagome, quien les llevaba algo de comer a todos. Cenaron en silencio, y después de eso decidieron que lo mejor era descansar. Antes de dormir, la colegiala les sirvió algunas hierbas medicinales que los ayudarían a sentirse mejor al día siguiente y luego se dispusieron a dormir.
La castaña se acomodó en su lugar y cerró los ojos, mas no pudo conciliar el sueño. Aún sentía el cuerpo pesado y estaba agotada, pero no podía dejar de pensar en las palabras de InuYasha. Ella era consciente del punto en el que estaban, y si seguían tomando los mismos riesgos, probablemente no podrían cumplir sus promesas. Quizá no debería haberse hecho ilusiones, porque desde el principio tenían todo en contra. Pero, ¿cómo iba a saberlo? Parecía un buen plan, el panorama no se veía tan oscuro en un inicio. Soltó un suspiro, quizá era momento de aclarar la situación definitivamente, porque presentía que no podría seguir de esa forma por mucho tiempo más.
—Lo siento, Sango —la voz hablando en susurros de Miroku causó que abriera los ojos y lo observara con duda —. Fue mi culpa… mi debilidad y el Kazaana…
—No se culpe, hōshi-sama —ella también habló en voz baja, intentando dibujar una sonrisa —. Fue mi elección. Por favor, recuerde que soy yo la que tomo mis decisiones, nadie más.
—Lo sé. Sólo… no sigas arriesgando tu vida de esta forma —el remordimiento era palpable en sus palabras, él realmente estaba preocupado —. No vale la pena.
—Eso debo decidirlo yo —aclaró con seguridad, odiaba que intentaran decirle qué hacer —. Ahora, duérmase, debemos descansar. Hasta mañana.
—De acuerdo… Hasta mañana.
El silencio nuevamente se apoderó de la sala, ambos cerraron los ojos y esta vez Sango logró conciliar el sueño, aunque sus últimos pensamientos fueron algo confusos.
"No había otra forma…"
El sonido del agua fluyendo por el riachuelo en el que estaba remojando sus pies sólo era interrumpido por el trinar de algunas aves que había por los alrededores, su única compañía en esos momentos. Kirara se había quedado junto a Shippō y Kagome, que estaban ayudando a la anciana Kaede a organizar las hierbas medicinales que habían recolectado el día anterior. Miroku e InuYasha habían salido a una aldea cercana a investigar un rumor sobre el espíritu blanco de una niña, y como ella apenas estaba recuperándose, no le habían permitido acompañarlos.
Hizo una mueca, habían pasado varios días, casi una semana, y ya se sentía lo bastante bien como para retomar su viaje. Si bien aún le dolía la espalda al realizar ciertos movimientos, no era suficiente como para impedirle viajar con sus compañeros o luchar. No obstante, sus amigos la sobreprotegían, como si ella no fuese capaz de defenderse por sí misma. Como si no la conocieran.
"Bueno, en realidad no lo hacen."
El pensamiento que cruzó su mente causó que tensara nuevamente la mandíbula, porque sabía que ya estaba llegando el momento. Cerró los ojos, la idea desde el principio era no formar lazos con ninguno de ellos, porque sólo quería que la ayudaran a cumplir el objetivo de vengar a sus compañeros y familia. Sin embargo, habían pasado muchas cosas durante todo el tiempo que llevaban viajando juntos, y sus compañeros no tenían el mismo objetivo que ella. Eran buenas personas, y tenían sentimientos sinceros, o eso decían.
Ella era una taijiya entrenada, podía leer entrelíneas sin dificultad y analizaba todo sin descanso. Sabía fingir indiferencia cuando era necesario, y para no levantar sospechas, había tenido que actuar de la misma forma que los demás: formando lazos con ellos, mostrando confianza y hasta preocupación. Qué estupidez, nada de eso le era de utilidad a una guerrera como ella, menos conociéndolos tan bien.
Nunca podría confiar en InuYasha, era alguien impredecible y con tendencia a la violencia, además de que ante cualquier descuido, su lado yōkai podría tomar el control y acabar con todos a su alrededor. Y no podía decir que estuviese siempre en control de sus emociones como para quedarse tranquila con ese pensamiento.
El monje Miroku podía parecer alguien de sentimientos sinceros y profundos, pero el comportamiento vividor que tenía y la galantería que se le escapaba hasta por los poros decían todo lo contrario. A medida que lo iba conociendo, su manera de ser y los malos hábitos que no dejaba de demostrarle en cada oportunidad que tenían, sólo aumentaban el rechazo que podía sentir. Sin embargo, él se había enamorado de ella, y para evitar el quiebre del grupo, había optado por fingir que correspondía sus sentimientos. Pero ya no podía seguir arriesgando su vida por él, era suficiente.
Kagome no era una mala persona, pero su ingenuidad era peligrosa y poco práctica. ¿Cuántas veces no se habían metido en problemas por su culpa? Ya fuese que quería ayudar desesperadamente a alguien, o porque solía caer en trampas… A menudo era difícil luchar si ella estaba en peligro. Era verdad que sus poderes espirituales eran bastante útiles, pero le faltaba experiencia y práctica para sacarles provecho.
Shippō apenas era un niño que debería estar lejos del campo de batalla, no un verdadero aporte. Además, muchas veces podía ser insoportable cuando molestaba a InuYasha o se complotaba con el monje para hacer de las suyas. Como si la vida fuese una broma…
Soltó un suspiro, mirando su reflejo en el agua con impotencia. Muy probablemente, las cosas hubiesen tomado otro curso si ella no tuviera otro motivo por el que luchar; pero tras perderlo todo, cuando descubrió que su hermano Kohaku estaba vivo, salvarlo se volvió su prioridad. Y lo intentó, sin éxito porque no tuvo las agallas suficientes en ese momento. Luego, pensó que si ambos morían era lo mejor, pero tampoco tuvo la determinación suficiente para hacerlo, y si podía agradecerle algo a InuYasha, era que la hubiese detenido en ese momento, porque ahora sabía lo que debía hacer: salvar a su hermano y continuar con el legado de su aldea. Frunció el gesto con rabia contenida, sus amigos nunca se habían propuesto realmente salvar a su hermano, para ellos no era más que algo secundario. Ella sabía que sí así lo querían, podrían encontrarlo sin dificultad y liberarlo de las garras de Naraku, pero para ninguno de ellos era prioridad. Entonces, tendría que resolver el problema con sus propias manos.
Sacó los pies del agua y se puso de pie, sintiendo la hierba entre sus dedos y cerrando los ojos por unos segundos, analizando la situación. Por el momento, no podía hacer nada si sus amigos estaban fuera, en especial porque era difícil hacerle frente a un InuYasha furioso. Así que tendría que esperar a su regreso y usar la confianza que se había ganado para cumplir su objetivo.
Porque recuperaría a su hermano sin importar el precio que tuviese que pagar.
No había otra forma.
¡FELIZ AÑO NUEVO 2025! Mis mejores deseos para todos, que este año sea maravilloso y lleno de cosas buenas (L)
Ahora... Sí, yo sé que debo mil cosas y más, pero este proyecto apareció feroz en mi mente y para calmar a mi musa y mi ansiedad, tuve que comenzar a trabajarlo. Si no, me hubiese estado molestando por mucho tiempo y no podría trabajar en nada más, ya me conozco.
Por otro lado, mi querida Sayra Caratomate anduvo echándole leña al fuego y en lugar de calmar a mi musa, sólo la avivó más y ya no hay remedio.
Tengo que advertir que, como es mi costumbre, empezaré el año con Drama y Angst, porque por algo ahora me apodaron "Doña Angsutias". Así que, hay que hacerle honor al nombre.
Agradecimientos a mi querida Sayra porque, ya saben, alimentó a esta musa.
Nos leemos en el siguiente! (Que espero no tarde mucho, ya estoy en ello.)
Un abrazo~
Yumi~
