DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.


Insidia —

VI —


El sol aún no alcanzaba su máxima altura, pero sus rayos ya eran lo bastante intensos como para hacer sudar a cualquiera. Miroku inhaló profundo, sintiendo el aire entrar a sus pulmones y aguantando el dolor punzante en la zona de la herida en su pecho, que ya había cerrado casi por completo. Observó el cielo, su mente divagando en una maraña de pensamientos. Había transcurrido poco más de una semana desde que vieran a Sango por última vez y pese a las sospechas de InuYasha, no habían vuelto a tener señales de ella, como si la tierra se la hubiese tragado. De igual modo, el hanyō le había pedido a la azabache que volviera a su época mientras las cosas mejoraban, pero ella se había negado rotundamente, pues no quería alejarse cuando sentía que más se necesitaban. Por lo tanto, InuYasha se había mantenido mucho más alerta a cualquier amenaza que nunca antes, y con los minuciosos cuidados de Kagome y la anciana Kaede, él había ido mejorando poco a poco. Sin embargo, eso sólo era físicamente. InuYasha le había hecho jurarle que no iba a cometer ninguna estupidez, y Kagome intentaba animarlo, a pesar de que ella también estaba herida emocionalmente.

Soltó un suspiro, para él ya nada tenía mucho sentido. Ni siquiera le veía un propósito a seguir esforzándose, porque no concebía un futuro si lograban derrotar a Naraku. Intentaba no recordar ni pensar mucho, pero era inevitable hacerlo cuando se encontraba a solas, y cada memoria que llegaba a su mente era un trago amargo. Volvió a mirar el cielo y entrecerró los ojos, enfocándolos en una figura que se le hizo demasiado conocida: Kirara. La felina estaba bastante alto, supuso que era para que InuYasha no sintiera su aroma, pero eso le dificultaba saber si alguien montaba su lomo. La vio dar una vuelta en círculo y luego dirigirse hacia el bosque, comenzando a descender para perderse tras la copa de los árboles. Miró alrededor, no había nadie cerca, Kagome había ido con la anciana Kaede a recolectar unas hierbas que sólo brotaban en esa época en la orilla del río, e InuYasha y Shippō las habían acompañado, dejándolo a él solo, ya que todos habían notado que necesitaba estarlo.

Volvió a inhalar profundo y tomó una decisión, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia el bosque, internándose en dirección hacia donde debería hacer aterrizado la nekomata, aunque lo hizo con precaución. La divisó cuando estaba a unos cuantos metros, sentada a un lado del sendero y, junto a ella, se encontraba Sango.

Aguantó la respiración, observándola con detenimiento unos segundos. La castaña se veía agotada, parecía que no hubiese dormido en días, y su rostro mostraba una expresión inquieta, él estaba seguro de que estaba nerviosa, quizá por el peligro que corría de encontrarse con InuYasha. Después de todo, él la había amenazado para que no volviera a acercársele a ninguno de ellos.

La taijiya pronto lo escuchó, sus pasos y el tintineo de los aros de su shakujō revelaron su presencia, aunque no era su intención ocultarla. Se detuvo, mirándola fijamente con duda, no lograba comprender por qué ella se arriesgaría de esa forma. La castaña le sostuvo la mirada unos segundos y luego sonrió con tristeza, desviándola hacia el suelo.

—Sango, ¿qué haces aquí? —Preguntó sin dejar de mirarla. —Si InuYasha te ve…

—Lo sé, pero tengo que advertirles —reveló, mordiéndose el labio con nerviosismo —. Yo… lo siento, sé que los traicioné y eso no tiene perdón, pero usted dijo que lo entendía…

Miroku se contuvo, lo que más deseaba en esos momentos era abrazarla y decirle que la perdonaba, que olvidaran lo que había pasado y volviera con ellos. Sin embargo, eso no era cierto y no podía olvidar la indiferencia y determinación en sus ojos cuando había intentado acabar con él. Se mantuvo en su lugar, sin quitarle los ojos de encima.

—Lo hago, Sango, y espero que puedas salvar a Kohaku —dijo, intentando sonreír —. Pero no puedo confiar en ti de nuevo, lo siento.

Sango inhaló profundo, no podía esperar otra respuesta, no después de todo lo que había hecho. No obstante, tenía que hacer el intento.

—Lo sé, aunque ¿por qué siguió a Kirara? —Cuestionó, sosteniéndole la mirada. —Tenía la esperanza… no, usted sabía que me encontraría aquí. Por favor, no pido que me perdone o que me acojan en el grupo de nuevo… Sólo quiero que me escuche, luego puede marcharse y no volveremos a vernos.

Al ojiazul se le hizo un nudo en la garganta con las últimas palabras de la taijiya, pero decidió cumplir su petición, incluso si existía la posibilidad de que fuese un engaño más, porque había algo en los ojos castaños, una especie de súplica, que lo conmovió.

—De acuerdo, te escucho.

Ella inhaló profundo y tardó unos segundos en hablar, seguramente estaba ordenando sus ideas.

—Naraku vendrá por ustedes —le informó, sorprendiendo a Miroku —. Quiso hacer un trato conmigo, creyó que después de lo que les hice, estaría dispuesta a unir fuerzas con él y ensuciarme las manos sólo por Kohaku… Quería información, no le dije mucho pero…

—Entonces, ¿estabas en contacto con él? Dijiste que no era una de sus trampas…

—No lo era. Sólo… después de que hui, me encontró. Sabía lo que había hecho y me ofreció un trato, liberaría a Kohaku a cambio de lo que yo sabía sobre ustedes.

—¿Esperas que confíe en que esto no es una trampa? —Miroku se obligó a ser racional, porque una parte de él aún esperaba que Sango estuviese siendo manipulada de alguna forma. —Después de todo lo que hiciste… Lo he pensado mucho, y la conclusión a la que llegué no es diferente a lo que estás diciéndome ahora.

Sango tensó la mandíbula, estaba casi segura de que el análisis de Miroku había dado con la verdad. Se preguntó si lo habría compartido con sus compañeros o si sólo cargaría él con el peso de esa realidad.

—Bien, es su decisión creerme o no. Yo sólo vine porque pensé que era lo menos que podía hacer después de haberlos traicionado así.

Se puso de pie, haciéndole un gesto a Kirara, que la imitó, aunque le dirigió una mirada nostálgica al monje. Sango se montó en el lomo de la felina, preparándose para irse, pero el ojiazul volvió a hablar antes de que eso ocurriera.

—Sango, necesito saber la verdad —pidió, dando un paso hacia adelante y mirándola con profundidad —. ¿Ibas a intercambiar nuestras vidas por la de Kohaku?

Notó cómo apretaba los puños al escucharlo, desviando la mirada como si le fuese imposible sostenérsela. Terminó encogiéndose de hombros, resignándose a darle una respuesta.

—Dijo que había sacado sus conclusiones, así que sabe la respuesta.

Fue todo lo que dijo antes de hacerle una seña a Kirara y alejarse rápidamente, perdiéndose en el cielo. Miroku bajó la mirada, sintiéndose vacío. A diferencia de lo que pensó en un principio, conocer la verdadera intención detrás del ataque de Sango sólo había profundizado el sentimiento de desesperanza que calaba profundo en su pecho ahora. Comenzó a caminar de regreso a la cabaña, seguro de que sus amigos lo estarían esperando y tendría que darles algunas explicaciones sobre el encuentro que acababa de tener.


Miraba el sendero que se perdía en el bosque, golpeando su pie rítmicamente contra el suelo, demostrando así su impaciencia. Ínfimamente, había percibido el aroma, por lo que se apresuró en volver a la cabaña, sólo para encontrarse con que su amigo no estaba ahí. Se concentró lo suficiente como para determinar qué dirección había seguido, pero decidió darle tiempo, porque algo en su interior le decía que Miroku realmente no corría peligro. No dejó de concentrarse en sus aromas, listo para correr si tan sólo percibía cualquier otra fragancia sospechosa, pero eso no ocurrió. En cambio, logró distinguir la figura del monje acercándose a paso lento desde la espesura, el rostro demostrando abatimiento. Lo esperó en silencio hasta que él llagó a su lado, sonriéndole casi como una disculpa.

—Lo siento, no quise preocuparte o interrumpir…

—Keh, no deberías arriesgarte así —le espetó, mirándolo con reproche —. Aún no estás en condiciones de pelear, ¿qué mierda te pasa por la cabeza?

Miroku se encogió de hombros como respuesta, gesto que el comprendió de inmediato: había seguido a su corazón. Bufó, no podía regañarlo porque entendía lo difícil que era para él, incluso con el riesgo de que la taijiya volviera a traicionarlo de alguna forma.

—¿Y Kagome-sama, Shippō…?

—Les dije que siguieran con las hierbas —respondió, mirando de reojo esa dirección —. No quería arriesgarlos de nuevo…

—Comprendo, aunque deberían volver —comentó, esbozando una sonrisa triste —. Tengo algo que decirles.

InuYasha asintió antes de marcharse en busca del resto del grupo, dejando momentáneamente solo al ojiazul. Él seguía analizando las palabras de la castaña, intentando encontrar algún indicio, por más mínimo que fuera, de que todo eso no era más que un truco muy bien elaborado, pero el pecho se le apretaba al recordar que ni siquiera podía confiar en la súplica en su mirada, porque ya no sabía si realmente conocía algo a Sango.

Sus amigos no tardaron en llegar, por lo que ingresaron a la cabaña sin demora, todos preocupados por lo que Miroku pudiese decirles, en especial porque sus facciones no eran muy alentadoras.

—Bien, te escuchamos.

Inhaló profundo, consciente de que iba a recibir más de un reto por su imprudencia, pero era importante que supieran lo que había ocurrido.

—Me encontré con Sango —reveló, causando que Kagome mostrara confusión y angustia, Shippō no ocultó su aflicción e InuYasha sólo le sostuvo la mirada, inflexible —. Lo siento, sé que no debería haberlo hecho, pero seguí a Kirara hasta lo profundo del bosque.

—Keh, gata traidora —masculló el hanyō, a lo que recibió un codazo de Kagome, por lo que guardó silencio y volvió a mirar a su amigo —. ¿Qué quería?

—Ella… dijo que venía a advertirnos —indicó, haciendo una mueca —. Que era lo menos que podía hacer después de habernos traicionado.

—¿Y advertirnos sobre qué? ¿La próxima vez que decida matarnos? —InuYasha mostró su enfado, las acciones de la castaña le parecían hipócritas. —No lo necesitamos, no volveré a bajar la guardia.

—InuYasha, por favor… —Kagome pidió casi en un susurro, él entendió que se estaba aferrando a la poca esperanza que le quedaba. —Deja que Miroku-sama termine.

Se cruzó de brazos, pero guardó silencio para dejar al monje hablar. Él le dirigió una mirada de agradecimiento antes de continuar, porque sabía que sus siguientes palabras iban a causar todo tipo de reacciones en sus amigos.

—No, en realidad dijo que Naraku vendría por nosotros —reveló, notando la sorpresa y confusión en el rostro de los demás —. Que había intentado hacer un trato con ella, ofreciéndole la vida de Kohaku a cambio de todo lo que sabía sobre nosotros.

—Qué sorpresa —el ambarino fue sarcástico, chasqueando la lengua con reprobación —. Te lo dije Kagome, ahora vamos a tener que cuidarnos el doble.

—Pero si nos quiso advertir, tal vez significa que…

—No seas tonta —el hanyō interrumpió a la azabache, su gesto intransigente —. Está buscando que volvamos a confiar en ella. ¿Y si ahora está con ese bastardo, planeando cómo acabar con nosotros? ¿Qué te hace pensar que no fue así desde el principio?

Todos guardaron silencio ante las palabras de InuYasha, porque no tenían pruebas suficientes como para negar la participación de Naraku en las acciones de Sango, y si bien eso les daba algo de esperanza ante la posibilidad de que ella fuese obligada a ir contra ellos; también podía significar que siempre había estado de su lado, y realmente todo era un engaño.

—Según ella, Naraku la encontró después de que huyó —Miroku hizo una mueca, eso parecía muy conveniente —. No tuvo contacto con él antes de eso…

—Keh, patrañas —masculló el otro varón, cruzándose de brazos —. ¿Le vas a creer?

El monje bajó la mirada, pensativo. Eso era muy difícil para él, porque una parte de él quería creerle a la castaña y recuperar la esperanza; la otra, no podía dejar de pensar en la frialdad en la mirada de la taijiya.

—No lo sé. En estos momentos, dudo que mi criterio sea de confianza —admitió, negando con un gesto —. Sólo sé que todo es demasiado confuso, y que sea como sea, debemos estar alertas.

—En eso tienes razón —lo apoyó InuYasha, asintiendo con la cabeza —. Iré al bosque para asegurarme de que no hay ninguna amenaza. Ustedes quédense aquí.

Salió rápidamente, dejándolos atrás en un instante. Kagome soltó un suspiro, se sentía abrumada, angustiada, abatida. Extrañaba a su amiga, sentía que le habían arrancado una parte importante de su corazón. Aún era difícil de creer para ella que Sango hubiese fingido todo ese tiempo, sin mostrar ninguna señal antes. Era imposible para ella, que la había visto llorar de impotencia, frustración, miedo y amor. ¿Todo lo que le había confiado era falso? ¿Ni siquiera los sueños y anhelos que habían compartido? Aguantó nuevamente las lágrimas, hubiese deseado tener una explicación que pudiera compensar en algo todo lo que sentía, pero se tenía que conformar con el peso de haber sido traicionada porque Sango sólo buscaba rescatar a su hermano, y había sido capaz de hacer todo lo demás a un lado. Se había cuestionado qué habría hecho ella en su lugar, pero jamás podría llegar tan lejos como lo había hecho la taijiya.

Miroku se mantuvo en su lugar, pensativo. Pese a que había sacado sus conclusiones, analizando toda la situación hasta cansarse, no podía quedarse tranquilo, sentía que algo no encajaba. Quizá sólo estaba siendo demasiado ingenuo, aferrándose a la idea de que, muy en el fondo, la Sango que él conocía y de la que se había enamorado, seguía ahí, incluso si todas las señales apuntaban a lo contrario. Se negaba a aceptar que la mujer de mirada fría y calculadora, con el acérrimo deseo de salvar a su hermano aún a costa de sus vidas, era la misma persona a la que le había propuesto una vida juntos. Le dolía profundamente pensar en eso, porque haberse enamorado de ella no había sido una elección, y ahora tenía que elegir dejar de amarla. Inhaló profundo, aún sentía el pecho apretado por el reciente encuentro, un sentimiento que probablemente no se iría pronto.

—Tome, creo que le hará bien.

Levantó la vista y observó a Kagome, que le ofrecía una taza de té recién preparada. La aceptó, agradeciendo con una inclinación de su cabeza y bebiendo un poco, sintiendo la calidez y sonriendo levemente.

—Muchas gracias.

—No es nada… —Ella también le sonrió, aunque sus ojos expresaron incertidumbre. —Miroku-sama… ¿qué cree usted? ¿De verdad Sango nos engañó todo el tiempo? Puedo entender que su prioridad sea Kohaku, pero aún así… ¿nada de lo que compartimos, fue real?

Él agachó la mirada, pensando en una respuesta, porque esas interrogantes también lo invadían, más seguido de lo que hubiese deseado. Miró la superficie vaporosa de su bebida, escogiendo las palabras para responderle a su amiga.

—Fue real, por lo menos para nosotros —dijo, sonriendo de medio lado —. Sé que es desalentador pensarlo, pero prefiero quedarme con la certeza de que yo fui sincero, y eso no cambiará aún si Sango fingió todo este tiempo.

—Eso es verdad —la azabache esbozó una sonrisa melancólica, las palabras del monje no sólo estaban cargadas de sabiduría, sino también de comprensión y esperanza, no hacia la castaña, sino hacia ellos mismos —. Muchas gracias, Miroku-sama.

Ambos guardaron silencio, las palabras ahora sobraban. Afuera, tras volver de su rápida inspección, InuYasha prefirió darles un momento a sus compañeros y quedarse sentado junto a la entrada, pendiente de cualquier anormalidad y deseando internamente que esa incertidumbre terminara pronto.


Cuando llegó a su destino, la noche ya cubría el cielo. La luna llena era suficiente como para iluminar el horizonte, por lo que no era difícil poder ver el paisaje que se extendía frente a ella, en la ladera de la montaña. Un escalofrío la recorrió cuando sintió el zumbido a su alrededor, odiaba a esos malditos insectos. Sin embargo, así como ella no confiaba en Naraku, él tampoco confiaba en ella, por lo que no era una sorpresa que intentara mantenerla vigilada. Kirara había acabado con un par de saimyōshō que la habían fastidiado demasiado durante el viaje, pero al poco rato aparecieron más, por lo que el silencio duró sólo unos instantes. Soltó un suspiro, caminando hacia la cueva que utilizaría como refugio y encendiendo una fogata. La felina mantuvo su forma de tigresa y le mostró los dientes al par de avispas que no dejaban de sobrevolar a su alrededor. Sango le acarició el lomo, entendía que la nekomata estuviese más que fastidiada con esa compañía no deseada, pero era casi imposible deshacerse de ellos. Le hizo un gesto, mientras sacaba del interior de una bolsa de gruesa tela, un par de pescados que habían atrapado a mitad de camino para su cena.

—Intenta ignorarlos y vamos a asar esto.

Kirara ronroneó en respuesta, aunque no dejó de mirar fijamente a los insectos que seguían revoloteando a su alrededor. Sango esbozó una sonrisa triste, su ccompañera la había estado siguiendo de cerca un par de días, algo reacia por todo lo occurrido, pero finalmente había decidido volver a ayudarla incluso si debía mostrarse siempre a la defensiva por las circunstancias.

Sango se dispuso a preparar la comida, intentado no prestarle atención al constante zumbido que le sacudía la cabeza. Irónicamente, ni siquiera ese molesto sonido lograba acallar sus pensamientos, aunque por lo menos ahí en su mente nadie podía escucharlos. Hizo una mueca, se sentía enferma pero no en un sentido de salud, si no más bien en uno emocional. Naraku le había pedido información, pero no había mucho que pudiese decirle. Él ya sabía sobre los poderes espirituales de Kagome, el grado de envenenamiento de Miroku y que el punto débil de InuYasha era la colegiala. ¿Qué más iba a decirle? Frunció el ceño, recordando lo decepcionado que se había mostrado el villano al no tener nuevos datos que usar en contra del grupo al que ella pertenecía antes. Sin embargo, le pidió que le detallara la forma en la que casi había matado a todo el grupo, porque quería conocer qué métodos había usado. Ella no se había sentido cómoda compartiendo eso, consideraba que sus estrategias eran algo personal y un recurso que no podía regalar así como así. Por lo mismo, sólo había comentado a grandes rasgos lo que había hecho, omitiendo los detalles más importantes de su plan. Sabía que Naraku había notado que no era del todo abierta con él, pero le había dicho que lo tomaría como un adelanto, y que si quería ver a su hermano, tendría que darle mucho más.

Tensó la mandíbula, por algún motivo ese intercambio ya no le parecía tan razonable. Resopló, dando vuelta los pescados en el fuego, y apoyó su mentón en sus rodillas, abrazándose a sí misma. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era una taijiya! De ella dependía preservar la herencia de su clan, lo que incluía los valores que tenían, y nunca había considerado el engaño o la traición como parte de las enseñanzas de sus ancestros. Sin embargo, también era una guerrera, y debía hacer todo lo que estuviese a su alcance para sobrevivir y proteger a los suyos. Kohaku era su único familiar con vida, y no podía abandonarlo o permitir que siguiera estando a merced del maldito que había conspirado para acabar con toda su aldea, y había considerado que si tenía que matar con tal de salvarlo, lo haría.

Negó con un gesto, sintiéndose estúpida e hipócrita. Ahora sabía que Naraku tenía razón, y no existía justificación para lo que había hecho, ni siquiera si deseaba enmendar el daño causado.

Sacó la comida del fuego y le lanzó a Kirara su porción antes de probar ella misma un bocado, aunque no tenía mucho apetito, por lo que no comió demasiado. Luego, decidió que lo mejor era intentar descansar, pese a que no había podido conciliar el sueño las últimas noches, porque las pesadillas no dejaban de invadirla: visiones de los tormentos que podía estar viviendo Kohaku, que se mezclaban con el recuerdo de sus antiguos compañeros mientras ella los atacaba, y la temible expresión amenazante de InuYasha cuando se enfrentó a ella por última vez. Se apoyó contra la rocosa pared de la cueva y cerró los ojos, esperando que por lo menos esa noche pudiese dormir sin sueños. El gruñido de Kirara la alertó un instante antes de que la voz masculina cortara el silencio.

—Sango.

Exhaló pesado al escuchar su nombre, abriendo los ojos y dirigiendo su mirada hacia el exterior, en donde vio la silueta que había interrumpido su intento de descanso.

—¿Qué quieres? Ya te dije todo lo que sabía —le espetó, fastidiada. No quería convertirse en otra más de sus marionetas, ni mancharse las manos por sus caprichos.

—Sé que no es así, seguramente la vergüenza por haber sido tan perversa no te deja admitirlo —notó el gesto burlesco mientras avanzaba un par de pasos hacia el interior, sus palabras causaron que ella apretara los puños con coraje —. Pero no vine por eso.

Se hizo a un lado para que ella pudiera ver a quien estaba detrás de él, lo que le aceleró el corazón y le heló la sangre.

—Hola, hermana.

—Kohaku…

Sus ojos se humedecieron al escuchar la voz monótona, ninguna emoción en sus palabras, la mirada inexpresiva. Aguantó las lágrimas, volviendo a mirar a Naraku.

—¿Qué significa esto? Quiero a mi hermano, no a una marioneta tuya.

No supo de donde había sacado el coraje para confrontarlo, era consciente de que él podía matarla con un único movimiento. No obstante, si estaba manchando su alma no iba a conformarse con un cascarón vacío.

—Tienes agallas —Naraku sonrió más maliciosamente, volviendo a ocultar a Kohaku tras de sí —. Me agradas, Sango, por eso quise darte mi adelanto. Tu hermano está bien.

Se tragó la respuesta que quería darle, recordando que no era momento de tentar más su suerte, ya no tenía muchas opciones a las que recurrir. Le sostuvo la mirada, intentando descifrar la indiferencia en los ojos rojos.

—De acuerdo, ¿ahora qué? —Preguntó, desafiante. Tenía un mal presentimiento sobre eso.

—Tengo una invitación que no deberías rechazar —comentó, sosteniéndole la mirada —. Tenemos un trato, pero podríamos lograr mucho más si trabajamos juntos. Puedes obtener otras cosas además de a tu hermano.

Sango frunció el entrecejo, ella no estaba interesada en formar parte de su equipo, porque sabía que muchos de sus planes irían más allá de sólo atacar al grupo de InuYasha, las ambiciones de Naraku eran más grandes que eso.

—No me interesa ser tu títere.

Él soltó una carcajada fría que le recorrió la espina dorsal a ella, como si la atravesara sin consideración. Volvió a mirarla con intensidad, y la castaña se sintió indefensa ante el carmesí de sus ojos.

—Mi querida Sango, no serías un títere. No somos tan diferentes, ¿recuerdas? Y es un desperdicio no utilizar tu talento. Incluso podrías demostrarle a ese inútil de InuYasha porqué jamás debió menospreciarte.

—Gracias, pero no. Ya tenemos un trato.

—De acuerdo, pero piénsalo. Después de todo, soy el único que realmente te comprende.

La taijiya mantuvo su vista fija en él mientras salía de la cueva, maldiciéndolo por dentro, pero aún más molesta porque sabía que tenía razón y no lograba comprender en qué momento había ocurrido eso. ¿Desde cuándo podía hacer a un lado sus principios de esa forma, sólo por salvar a su hermano? Si bien sabía que no podría soportar perder la única familia que le quedaba, no había sido consciente de las líneas que fue capaz de cruzar, hasta que Naraku se lo hizo ver, lo que la enfurecía aún más porque no podía aceptar haberse convertido en alguien tan vil como él.

—Por cierto, Sango… ¿Dónde estuviste hoy? Mis saimyōshō te perdieron el rastro por unas horas…

—Eso no es de tu incumbencia —masculló, aún con la mirada fija en él.

—Es verdad… sólo no olvides nuestro trato.

Finalmente, Naraku se marchó, dejándola a ella con un sabor aún más amargo en su boca y una sensación nauseabunda que nacía mucho más profundo que sus entrañas, parecía venir del alma. Volvió a acomodarse contra el muro de la cueva, obligándose a no pensar más en la situación para intentar dormir. Aún tenía mucho por hacer.


Hola de nuevo~ Sé que puede verse algo apresurado, pero en realidad quiero subir este cap ahora sólo para luego no retrasarme, porque puede que suba el siguiente el domingo por el tema de mi trabajo. Así que disfruten~ (?)

Por ahora, me quedo sin palabras. ¿Podrán confiar en Sango, o realmente va a terminar uniéndose a Naraku y traicionando aún más a sus amigos? ¿Podrá encontrar una forma de redimirse después de todo lo que hizo? ¿Finalmente, habrá una salida a toda esta tortura? Supongo que lo descubriremos en los siguientes capítulos.

Agradecimientos, como siempre, a mis queridos lectores, que son un sol, en especial quienes dejan estos maravillosos reviews que me derriten: Lis-sama, Eramaan Viimeinen, DAIKRA, Rosa . Taisho, EmySophy (sé que llegarás, eventualmente), y a Caratomate, que aunque tenga intenciones asesinas conmigo, igual se siente su apoyo a la distancia.

Espero leernos prontito.

Un abrazo y más chocolate (sólo que no envenenado)

Yumi~