Senderos de fuego.
:-:
Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.
:-:
Capítulo cinco: Alienación.
Ichigo bajó las escaleras hasta el comedor de su morada como cada noche para cenar con su familia. Había dejado partes pendientes de una traducción para revisar luego, y tenía planes de envíar el borrador la siguiente semana por lo que había estado bastante inmerso en su trabajo esos días. Kazui le sonrió mientras ponía la mesa, siguiendo instrucciones de su madre.
El viejo Isshin se encontraba en la cocina, ayudando y estorbando al mismo tiempo a su nuera como sólo él podía hacerlo cuando era invitado a comer. Ichigo estiró los hombros y estaba a punto de sentarse a la mesa cuando escuchó un pitido muy conocido. Todos los habitantes de la casa volvieron su atención al pequeño teléfono celular - un viejo modelo con tapa que nunca cambiarían.
Era el teléfono con el cual se comunicaban ocasionalmente con la sociedad de almas.
Sonaba de vez en cuando, ya que Rukia como capitana tenía acceso libre a un modelo idéntico y en ocasiones coordinaban visitas por ese medio. Tomó el pequeño aparato y leyó el mensaje.
Inoue, curiosa, abandonó la cocina para intentar husmear el contenido por encima del hombro de su marido. Sus ojos se llenaron de luz y estrellas cuando lo hizo.
— ¡Karin finalmente es una shinigami y puede venir a vernos! — Estalló, volviéndose hacia su suegro con los brazos extendidos.
Isshin abrazó a la rubicunda mujer y la hizo girar en el aire un par de vueltas antes de dejarla sobre el suelo sólo para dar saltitos de felicidad uno alrededor del otro.
Como niños.
Ichigo sonrió, con sentimientos encontrados, y se apresuró a contestar el mensaje de texto con un sincero: "Los esperamos". La idea de volver a ver a Karin generó en la familia un bullicio general. La última vez que habían incursionado en la sociedad de almas fue para el matrimonio entre Rukia y Renji, y eso había sido menos de cinco años luego de que acabara la guerra de invierno. Aquella vez Karin lucía idéntica al momento en que falleció, con su cuerpo delgado y atlético incluso para una cría de doce años. Ahora, pensó, debía llamar a Yuzu.
A una muy embarazada Yuzu.
:-:
A Karin se le permitió ir por la vida con su uniforme nuevo, un shihakusho negro estandar que encontró mucho más cómodo de lo esperado. Shunsui, el capitán general, le había otorgado un plazo de diez días para visitar a su familia y le recomendó sopesar sus opciones en cuánto a qué escuadrón optaría por unirse al regresar. La sonrisa del tipo había sido amable, pero algo en Karin le advertía que no se trataba de una sugerencia sino de una orden emitida con un tono ordinario y hasta risueño.
Sobre el asunto de su futuro escuadrón, Rukia lucía tremendamente segura de que la elegiría, Renji le sugirió en términos muy poco sutiles que su cuñado era un capitán muy competente y él mismo un teniente abierto y accesible. Karin se encontraba demasiado divertida por la situación como para sentirse presionada.
La noticia de que, finalmente, podría ver a su familia de nuevo le había llenado el corazón con una emoción burbujeante que tenía años sin bullir dentro de ella. La mera idea de hundirse en un abrazo con sus hermanos - e incluso con la vieja cabra loca que tenía por padre - le reconfortó y transportó a una época en la que su corazón latía en un cuerpo vivo y muy humano..
—Pasaremos primero por Urahara, ya debería tener listos nuestros gigai — Le recordó Renji, con su hija balanceándose sobre sus pies a su lado. — Ichika, ya has ido antes al mundo humano ¿Por qué tan emocionada?
Renji alzó las cejas.
—Estoy segura de que soy más alta de Kazui ahora. — Respondió ella con una mirada decidida.
—Bueno, al menos eres más alta que tu madre. — Se mofó él.
—¿A quién llamas enanas, eh, idiota? —Protestó la mujer, quien se compuso de inmediato y agregó, altiva: — Además, no necesito ni un centímetro más para mantenerte a raya.
Rukia procedió a tener una de sus muchas discusiones con Abarai, quien se divertía a su costa y nunca parecían derivar en peleas reales. Karin, quien se había criado con un padre ruidoso y había sido adoptada por una familia incluso más ruidosa, no se sentía en lo absoluto incómoda entre ambos. Ichika, a su lado, los apresuraba para que abrieran la puerta al mundo humano.
Karin apretó el mango de su zanpakuto y tomó aire profundamente antes de avanzar por el camino. Su alma parecía recordar el dolor al salir de aquel tramo oscuro y nebuloso. Pero esta vez no hubo dolor, sino un matrimonio preocupado que se volvía a verla de manera disimulada pero constante; como si intentaran no abrumarla con su atención.
Urahara los recibió como lo recordaba, bromista y abanicándose en su eterno rol de hombre despreocupado.
—¡Rukia, Karin, señor aprovechado! ¡Cuánto tiempo!
Karin temió preguntar sobre el apodo, pero su amiga estalló en risas. Ichika, quien había estado oculta por la silueta de su padre, saltó hacia adelante a saludar afectuosamente a Urahara. Karin levantó las cejas, sorprendida del apego que la muchachita parecía ofrecerle al tendero.
Rukia se encogió de hombros.
—Almas afines se entienden, supongo. — Le susurró.
La familia de tres ingresó primero en sus gigai, uno por uno, y le indicaron a la nueva shinigami cómo se suponía que tomara posesión de ellos. Parecía simple: lo tomas, primero iban los pies, luego rodillas y caderas y finalmente te zambullías en ellos.
No era sencillo en lo absoluto, se trataba de una maldita travesía lograr que todo encajara dónde tenía que ir.
Seis intentos después, acusaciones sobre productos inadecuados, amenazas verídicas y otras fuera de control, Kairn finalmente pudo respirar a través del cuerpo falso.
—¡Por fin!— Exclamó, dejando salir toda su frustración.
Ataviada con unos pantalones cortos y una sencilla blusa de tirantes, Karin dio unos saltos de prueba para verificar su control sobre el gigai. Era perfecto, no sentía nada distinto a un cuerpo normal. Era cálido, ágil y a medida. Cuando se observó frente al espejo de cuerpo entero que el tendero le había señalado con un gesto se observó detenidamente. Echando su cabello detrás de su hombro con suavidad, contempló lo joven que se veía con ropas modernas. No vestía más de un conjunto simple y un par de zapatillas; pero hizo toda la diferencia. De repente recordó que Yuzu, su melliza, era una adulta consumada mientras ella misma se mantenía atrapada en el cuerpo suave de una preadolescente.
—Podría pasar perfectamente por una estudiante de secundaria. — Reconoció, mientras comenzaba a trenzarse el cabello.
—Bienvenida al conflicto temporal de los shinigamis — Renji dijo casualmente, aunque Kurosaki sospechaba de un trasfondo profundo. — Pero eso ya lo sabías ¿No?
Ella se giró sobre sí misma contemplando con extrañeza el reflejo que le ofrecía el espejo. Contestó sin hacer contacto visual.
—Cómo no saberlo si Ichika ya luce mayor que yo.
—Jeeee— La mencionada le sonrió, parada detrás de ella, e inclinó su torso para que Karin pudiera verla en el reflejo del espejo — Ya te dejé atrás.
Karin le sonrió de costado.
—Aún puedo patearte el trasero, no te pongas insolente. —Le recordó.
—¡Entrenemos! —Pidió la pelirroja, siendo detenida por su padre quién colocó su palma abierta sobre la coronilla de su primogénita.
—Tenemos cosas que hacer, Ichika. Concéntrate.
"Esto no se trata de ti", entendió la menor, quien sin embargo frunció la boca en un mohín bien conocido por sus allegados. Rukia estaba cada día más segura de que si no controlaban el temperamento de su hija podría terminar desarrollando lo peor de sí misma y convertirse en una cría noble malcriada y vanidosa. Ichika estaba tan acostumbrada a recibir todo lo que solicitaba que, ciertamente, requería de mano dura de vez en cuando.
Y a sus padres, tan carenciados en su propia niñez, les dolía resistir el impulso de consentirla hasta echarla a perder.
Urahara intervino prometiendo a la pequeña Ichika que le facilitaría su campo de entrenamiento para cuando sus padres lo considerarán oportuno, promesa que bastó para llenar a la muchacha de alegría y anticipación. Sólo una hija de Renji podría estar tan contenta con dejarse el pellejo entrenando, se dijo Rukia a sí misma mientras abandonaban el recinto y seguían su curso hasta el hogar natal de la shinigami.
A cada paso que avanzaban Karin sentía que su corazón saltaba más y más velozmente dentro de su pecho, con el retumbar del fluir de su sangre golpeándola en ruido sordo contra sus oídos. Las calles estaban llenas de gente bulliciosa y distendida, debían sert vacaciones de verano según los cálculos de Kurosaki.
—¿Todo bien, Karin? — Consultó Renji tan casualmente como pudo. — Debe ser raro para tí volver más de veinte años luego de morir.
El rey de la sutileza, bufaron madre e hija en simultáneo.
—Las calles son casi las mismas, Karakura no ha cambiado mucho. — Contestó, mientras esperaban que se habilitara el paso peatonal. —Nueva pintura, algunas fachadas nuevas… pero en general, misma esencia. Así que todo bien, estoy bien ubicada.
Eso no era lo que le habían preguntado, y lo sabía, pero el pelirrojo decidió dejarlo pasar sin más. La muchacha de la zanpakuto de trueno no se sentía del todo cómoda exponiendo sus vulnerabilidades. Tres cuadras luego, un giro a la izquierda y otro poco más, y estaban ante el umbral del que había sido su hogar durante la infancia. Avanzó un par de pasos y lenta pero concienzudamente dejó su reiatsu fluir lo suficiente para alertar de su presencia. A su padre le tomó apenas un instante salir y envolverla en sus brazos.
Qué viejo se había puesto, se dio cuenta de golpe y sin anestesia.
"Bienvenida al conflicto temporal de los shinigamis", joder.
Su viejo padre la abrazó, estrechándole con una calidez que ni siquiera sabía que había echado de menos. Con fuerza, correspondió el abrazo apuntando a su padre como un anciano sentimental aunque también tenía los ojos húmedos de sentimiento. Cuando su padre finalmente la soltó, Ichigo se tomó su tiempo para abrazarla y sobarle la espalda con ternura. Inoue estaba emocionada pero fue breve en su reencuentro sólo para abrirle camino hasta Yuzu.
No fueron las canas de su padre, ni las líneas de expresión de Ichigo que comenzaban a marcarse en su rostro bronceado, lo que la hizo dolorosamente consciente de que habitaban mundos distintos, sino la hermosa mujer que le extendía los brazos.
Mucho más alta de lo que esperaba, con el cabello rubio espeso y largo hasta su cintura, y con abultado vientre estaba Yuzu. Su querida Yuzu. Zanjó su corazón tan rápido con cerró las distancias y se hundió en el adorable aroma de su hermana, que no era para nada lo que recordaba de ella.
Yuzu ya no era dulzura, naranjas y canela. No, Yuzu ahora era la suavidad de un vestido bien planchado, impregnado con un suavizante aromático y sutil, y labial melocotón. Sintiéndose tan en casa como ajena, la tomó de la mano y entraron todos al hogar que en algún momento habían compartido como hermanos.
—¿Cómo la llamaran? — Preguntó la shinigami, intentando actuar con naturalidad.
—Masaki, como mamá. Yuuta está bien con eso, dice que es un nombre muy dulce. —Yuzu contestó, mientras acunaba su vientre.
—Papá debe estar saltando en una pata. — Bromeó la pelinegra.
—Oh, sí, cuando Yuuta se lo contó casi lo asfixia con su abrazo.
A pesar de que llevaron la conversación con facilidad, dado que todos tenían muchas preguntas para hacerse mutuamente, de alguna manera Karin se mantuvo con una sensación de extrañeza embargándola cada tanto. Era tremendamente extraño volver a lugares que te fueron propios, como una ajena. Ciertamente, no tenía derecho a estar sentada en esa sala, comiendo esos maravillosos sandwiches, y contándoles a todos sobre su examen de suficiencia para shinigamis a ser.
En este mundo estaba muerta y enterrada, con su cadáver tan de vuelta a la tierra como podía llegar a ser. Y no obstante estaba con su familia, quienes la trataban como si nunca se hubiera ido y al mismo tiempo como si cada instante con ella fuera valioso e irrepetible.
— Ahora que eres una shinigami en toda regla —Yuzu mencionó, cambiando su postura en el sillón — ¿Podrás venir a vernos con mayor frecuencia, no es cierto?
La esperanza brillaba en sus ojos caoba, y buscó sus manos entre las suyas. La imagen de sus manos callosas y pequeñas entre las de su hermana, delicadas y con una deliciosa manicura, la golpeó nuevamente.
¿Cómo habría sido su vida si hubiera continuado como una humana? ¿Sus manos también habrían estado ataviadas con una impecable manicura rosada y anillos de plata y oro coronando sus falanges?
"Bienvenida al conflicto temporal de los shinigamis"
—No lo creo. — Contestó Rukia en su lugar, Karin se volteó a verla. — Suponiendo que tengas rango de oficial sentado, tus deberes no te permitiran volver por un tiempo al mundo de los vivos. Y a menos que se te asigne una misión, o te asienten en esta ciudad, eso no será posible.
Rukia dejó el té que había acunado entre sus manos sobre la mesa ratona que decoraba el centro de la sala de estar que ocupaban.
—Eres poderosa, pero inexperta. — Observó la capitana. — Venir al mundo de los vivos requiere un permiso o una misión que lo justifique. No te asentarán porque tienes demasiado potencial para ello y, en segunda instancia, hay falta de personal competente.
—En pocas palabras: pasarán años antes de que se te conceda un permiso. Darte tratamiento especial por ser una Kurosaki no será bueno para tí a la larga, y tampoco es algo que el Capitán General quiera tener encima por muy gorda que haga la vista.
—¡Oh, no! — Yuzu exclamó, con el corazón roto.
Isshin se adelantó y dejó en la mesa una jarra de limonada fresca y vasos, suspiró audiblemente y se dejó caer en el sillón individual junto al que compartían sus mellizas.
—Lo de la vista gorda, lo dice por esto mismo: es un regalo del capitan general. —Dedujo el ex capitán. — Lo que los Abarai dicen es correcto, incluso los capitanes deben justificar sus salidas al mundo de los vivos.
Karin apretó la mano de su hermana entre las suyas y le sonrió. — Vendré cuando pueda, te lo prometo.
Yuzu asintió con resignación, pues sabía que había perdido a su hermana a los once años y que este reencuentro era como bien había dicho su padre "un regalo". Tiempo prestado, sentenció Karin. Si bien sabían que ese momento era precioso, no dejaron que opacara la alegría. La incomodidad y extrañeza se aligeró y pronto se encontraron riendo y rememorando anécdotas.
Una vez que sus hermanos y familia se retiraron a sus propios hogares Karin se instaló en lo que había sido su cuarto, y algo en ella se removió al caer en cuenta de que su padre no había movido ni un lápiz de su escritorio aunque sabía que no iba a volver ¿Cuántas veces iba a ponerse sentimental ese día? Reunió sus miembros en un ovillo apretado sobre el cobertor rojo de su infancia y lloró.
¿Estaba acaso haciendo el duelo de su infancia perdida? ¿De todas las anécdotas contadas que debieron ser recuerdos compartidos? Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano pero siguieron cayendo testarudas. Abrazada a sí misma se recordó que aunque pareciera una mocosa de doce o trece años en realidad era una mujer de treinta años, como la hermana que tan tiernamente la había acunado entre sus brazos un momento antes de retirarse.
Sollozó, y rompió a llorar sin pausa ni arrebato en aquella acogedora cama que parecía haberla esperado aquellas décadas vacías. Isshin la encontró allí un instante después y Karin se sintió avergonzada de ser hallada en tal despliegue de emociones desordenadas. Su padre se sentó en la cama junto a ella y la abrazó, apretándola. Karin se permitió pasar por una preadolescente que no era y se hundió en el familiar pecho para llorar a moco tendido.
— Es duro, pero es el camino de la vida, querida. — La consoló, intentando quitarle seriedad al asunto.
La vieja Karin habría huído si no lo hacía, y él se encontraba casi ante una desconocida ¿Cómo había crecido su pequeña? ¿Qué clase de mujer era en su corazón?
—No sé si estarás aquí cuando pueda volver. — Expresó la morena, volviendo sus amplios ojos oscuros a su padre. — Estás… viejo.
Isshin soltó una carcajada, que terminó con un tono de agrio reconocimiento.
—He vivido mucho más de lo que piensas, y mis años más felices los tuve aquí. —Confesó él, dejando caer su espalda contra la pared. — Pero sí, dado que mi gigai terminó fundiéndose con mi alma y atemporizada al ritmo natural de cualquier humano, sí; podrían quedarme unos buenos veinte años o poco más.
—En veinte años apenas he crecido.
— Cada alma envejece diferente, tu moriste como una niña y llegaste como tal a la sociedad de almas. Es natural que tu crecimiento esté ralentizado en relación a la almas nacidas en la sociedad de almas: yo tuve unos veinte años por… bueno, muchos más años que esos.
—Trata de no morirte antes de que regrese— Pidió ella, sorbiendo ruidosamente su nariz. — ¿Irás a la sociedad de almas?
Isshin suspiró y se encogió de hombros: no lo sabía. No había casos precedentes al suyo, de almas nacidas en la sociedad de almas que se fundían con un gigan y morían en el mundo humano. Sin forma de determinarlo, eligió no mentirle a su pequeña hija.
—¿Cómo te trató Kukaku? — Preguntó, abandonando los temas espinosos.
—Esa mujer da un miedo que acojona. — Le dijo en confidencia, aunque con humor.
Conversaron bastante, y Karin encontró en su padre un hombre muy distinto al que recordaba ¿Era así como siempre fue y fingía su rol de padre demencial ante ellos? Abrazó sus rodillas y comenzó su relato sobre Kukaku como prima y protectora mientras sopesaba cuál era el Isshin Shiba verdadero y si algún día llegaría a conocerlo fuera de su papel de viejo loco.
—¿Ahora quieres contarme por qué ya no somos un clan noble? —Preguntó Karin.
—Ah… ¿Kukaku no te lo mencionó?
La morena sonrió.
—Oh, no. Dijo que te dejaría ese placer.
Isshin gimió. Maldita Kukaku.
—Fue porque abandoné la ciudad de almas y me quedé con tu madre. Se consideró traición. — Resumió. — No pensé que nos degradarían, todos debieron asumir el peso de mis decisiones.
—Cuando viniste al mundo humano…
—No, Karin. —Interrumpió el hombre mayor. — Tuve libertad para decidir, y lo hice. Siempre debes hacerte cargo de lo que hagas, aunque sientas la tentación de justificarte para atenuar la culpa.
A su criterio las decisiones de su padre habían respondido a un criterio moral alto y responsable, pero no iba a contradecirlo cuando en el fondo sabía lo que quería decir. Esa noche se acostó a dormir pensando que noe estaría para el nacimiento de la pequeña Masaki, y que así como ella se había perdido muchos acontecimientos se había convertido en una extraña para su familia.
¿Aún eran su familia? Se durmió pensando que sí, que aún lo eran.
Diez días pasaron volando y Karin dejó muestras de afecto por aquí y por allá, ayudó a decorar el cuarto de la pequeña Masaki y fue presentada al famoso "Yuuta" como una prima lejana que estaba de visita unos días. Después de todo, el sector paranormal de la familia no le había sido comunicado al muy ordinario hombre y contarle sobre los shinigamis no estaba en los planes de la menor de los Kurosaki.
Dado que todos trabajan, y que Ichigo e Inoue lo hacían desde la comodidad de su hogar en horarios muy holgados, la llevaron por todo Karakura de paseo. Estaba segura de que había probado cuánto pastel y dulce había visto, e Inoue la llevó de tienda en tienda hasta obtener lo que llamó "un armario decente".
En definitiva Matsumoto había influido mucho en su cuñada.
—¿Ya pensaste a qué escuadrón unirte? — preguntó su hermano luego de salir del cine.
—¿Sugerencias?
—Uh… bueno, Rukia es buena, Byakuya un estirado pero supongo que no debe ser tan malo. — Ichigo sopesó mientras descartaba el sobrante de las palomitas de maíz — Toushiro es buen tipo y soporta a Matsumoto, Shinji es raro pero hasta donde sé Hinamori lo mantiene en regla.
— Ummmm — Karin balbuceó, con un caramelo en la boca. — ¿Y Sui-Feng?
Un estremecimiento recorrió a Ichigo.
—Uh, mejor no.
—Renji y Rukia tienen una relación muy cercana conmigo y la gente lo sabe. — le comentó a su hermano. — Como bien dijo Renji, a la larga el trato especial no es bueno.
—Si eres buena subordinada, no será especial. Pero entiendo a dónde apuntas.
—Y Shinji es raro como la mierda.
Si su hermano estaba sorprendido por su modo burdo de expresarse no se lo dijo, en cambio se rió y aceptó que sí, que Shinji Hirako era un tipejo de lo más peculiar. Por mucho que Hinamori fuera tras sus talones, pensó que no se sentiría cómoda con un capitán tan despreocupado y metido como él era. Además siempre la trataba con demasiada familiaridad y Karin era una Kurosaki cautelosa que no daba confianzas a la ligera.
— Toshiro es conocido por ser justo como capitán. — Ichigo le mencionó. —Al menos Rukia siempre habla bien de él, y de lo que yo fui informado, parece que ustedes se llevan bien.
Ah, la chismosa Rukia.
—Somos algo así como amigos, él iba a ver cómo estaba de vez en cuando y me ayudó con el entrenamiento. —Karin asintió. —¿De lo que fuiste informado?
—Bueno, soy tu hermano mayor — Se excusó, abochornado. — y a Rukia le caes muy bien.
—Soy su niñera designada, por supuesto que le caigo bien. — Bromeó. — Le romperé el corazón, parecía muy segura de que la elegiría.
—Hasta te guardó un asiento.
Karin se volvió hacia su hermano, sorprendida.
—Oh, no me digas eso. — Pidió, sintiéndose culpable. — ¡Pero ni siquiera sabía del examen hace un mes!
—Tú no sabías del examen hace un mes. — Su hermanó recalcó. — Ah, pobre enana. Sin más Kurosaki para esclavizar.
Karin se rió.
—Ahora Matsumoto me esclavizará, supongo.
—¿No Toushiro?
—No, definitivamente Matsumoto.
:-:
Toushiro era siempre el primero en llegar a su escuadrón, lo sentía un deber como su capitán. Abrió las puertas para permitir que el aire veraniego entrara a su oficina y se sentó en su escritorio para organizar la carga de trabajo del día. Apenas había distribuido un terció de las tareas cuando la teniente Ise se presentó.
—Buen día, Capitán Hitsugaya — Saludó educadamente, tras inclinarse decorosamente. —Le traigo documentación enviada por el capitan general, señor.
—Adelante, mucha gracias, teniente Ise. — Respondió, asintiendo cortésmente.
Esperó a que la teniente se retirara antes de abrir el sobre de papel madera que le había entregado. Curioso al respecto, pues rara vez recibía documentación alguna del extrovertido capitan general, leyó con premura la pequeña nota incluida dentro junto con otro grupo de papeles.
"Estimado capitán, ha sido bendecido con una subordinada capaz, joven y hasta guapa. Regocíjese y disfrute, aunque no demasiado, ya sabe. Saludos ¡Y buena suerte!"
Giró los ojos ante la informal misiva y tomó el resto de los papeles del sobre. Dentro lo saludó la fotografía de una sonriente Karin Kurosaki anexada a un formulario de afiliación al décimo escuadrón. Sonrió, quién lo diría, la pequeña Kurosaki había aplicado a su oficina. Bueno, ya era tiempo de volver a tener un Shiba correteando por sus pasillos. Leyó brevemente los formularios y una vez que corroboró que todo estuviera en orden firmó la ficha final y rellenó con pulcra caligrafía el comentario final.
Las cosas parecían caer en orden, pues había estado reorganizando a sus oficiales sentados. Luego de la guerra habían perdido a muchos, y lo cierto era que la mayoría de los oficiales competentes no querían asumir más funciones debido a la falta de personal y a la consecuente acumulación de tareas.
Observó la lista frente a él y pensó sus opciones ¿Sería justo y apropiado ofrecerle un asiento de buenas a primeras?
Sí, lo era. Kurosaki había pasado la suficiencia con toda holgura y los comentarios al respecto habían plagado incluso hasta su escuadrón. El más extendido era que de tal palo tal astilla, como hermana de Ichigo Kurosaki era evidente que sería una cegadora de almas formidable. Era diestra pero carecía de experiencia.
¿Pero no había ingresado él mismo como un cuarto asiento? El capitán Shiba había visto su potencial y le había dado un lugar alto en la cadena de mando que tuvo que demostrar que merecía con sangre y sudor. Había sido una experiencia ardua y exigente, incluso en tiempos de paz. No quería exigirla de esa manera, aunque la mayoría del trabajo en esos momentos era de tipo administrativo.
Hitsugaya apoyó su mentón sobre sus manos entrelazadas debajo de éste. Un puesto alto la pondría bajo el escrutinio, uno bajo sería casi un insulto y debía tener en cuenta a su personal actual que se desempeñaba con lealtad y eficiencia. Cuando había reordenado sus asientos varios fueron ascendidos y otros se mantuvieron en su sitio. Siete de sus oficiales habían fallecido en la guerra y se había sentido en la necesidad de recomponer el orden de sus shinigamis a cargo.
Tomó su decisión, esperando estar en lo correcto y adjuntó la lista a la pila de papeles que debían ser remitidos para su protocolización junto al formulación de asociación. Matsumoto no llegó sino hasta media hora luego, bostezando pero con buen ánimo y semblante.
— ¡Muy buenos días, mi capitán! —Exclamó mientras se acercaba a husmear entre sus papeles. — Iugh, papeleo.
—Exacto — Asintió y luego le tendió la pila para protocolización. —Ya sabes dónde va.
—¡Oh, la lista de movilidad de los asientos! — Observó, ignorando la orden implícita y tomó el listado. — Onazuki para el cuarto me parece acertado, y Miyanuri para el sexto… ¿KUROSAKI KARIN?
Matsumoto se volvió con ojos esperanzados hacia su capitán quien se limitó a levantar el formulario de afiliación con la foto de la susodicha en él. Rangiku soltó un chillido de felicidad que acompañó con un pequeño baile.
—Adivinaré ¿apostaste?
—¡Y mucho, mucho dinero! Confiaba en sus encantos, capitán. — Le guiñó un ojo e Hitsugaya presintió un dolor de cabeza.
—No digas tonterías.
—Es el estirón, se ha vuelto popular con las shinigamis.
—Mejor ponte a hacer tu trabajo. —Insistió, sacudiendo los papeles en su mano, mientras intentaba evitar que el color en su rostro lo delatara.
—No es nada de que avergonzarse, capitán, es un hombre en crecimiento. — Se burló, tomando los papeles, y echó a correr mientras detrás de ella escuchó a su capitán reprenderla a viva voz.
Las cosas se iban a poner interesantes.
