Senderos de fuego.
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Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.
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Capítulo seis: Puntos de partida.
Tener un trabajo como shinigami sentada era extenuante, esa fue la primera lección que aprendió Karin al servicio del décimo escuadrón.
Las primeras semanas había seguido a Matsumoto como una cachorra perdida ¡Los escuadrones eran inmensos por dentro, maldita sea! ¡Tantos almacenes en medio de todo, sin lógica alguna! Karin se encontró extraviada nuevamente en alguno de los muchos pasillos del décimo escuadrón sin nadie a la vista para tenderle una mano. Frunció los labios, molesta.
Iba a proponer señalizar el maldito lugar.
Si bien había asumido su lugar como séptima oficial era perfectamente consciente de que había sido por su potencial aunque aún le faltara mucho por pulir. Fue por ello que decidió entrenar sin descanso hasta sentir que llenaba holgadamente su séptimo asiento. Sin embargo, sus entrenamientos en el arte de la espada y el cuerpo a cuerpo - los únicos con instructores y clases permanentes en el décimo- se encontraban en lugares opuestos dentro de la escuadra. En consecuencia debía correr de un sitio a otro a diario, tarea que acabaría por aburrirla o extenuarla.
En sus muchas carreras entre una clase y otra podía llegar a perder el rumbo, justo como le había pasado en ese momento. Karin sólo quería llegar al entrenamiento de zanjutsu en horario y evitarse una reprimenda. Por muy oficial sentada que fuera, reconocía su falta de experiencia y estaba contenta de entrenar hasta desfallecer si era necesario. Le tomó otras tres vueltas antes de dar con el dojo del décimo donde - para su tranquilidad y alivio - aún no había llegado el instructor.
Al deslizar la puerta para ingresar varios pares de ojos viajaron a ella, sólo para apartarse un instante luego. Su naturaleza sociable la instaba a entrar en conversación con alguno de los shinigamis cercanos a ella, pero su lado tímido la inhibía ¿Qué podría conversar con ellos? Era una cría del rukongai pudiente que ni siquiera había pisado la academía como "era debido". A su vez, era consciente de que había sido tratada como si fuera de cuna noble, y por ello su ingreso se había limitado a un examen de suficiencia, unas formas, y la pronta entrega de un uniforme.
Karin imitó al resto y depositó su zanpakuto en un sostén diseñado para tal fin, y luego escogió una espada de madera que pensó era acorde a su tamaño.
La gente la observaba a cada paso y la ponía de los nervios por mucho que pretendiera lo contrario. La hermana de Kurosaki Ichigo, esa era ella. Era fácil de reconocer a pesar de su apariencia ordinaria, supuso.
— Es una espada de práctica muy larga para ti — Señaló una joven de cabello castaño ondulado y muy corto. — Deberías optar por una tamaño tres. Puede que seas alta, pero tu torso parece… sí, un número tres.
La muchacha en cuestión tomó la espada mencionada y se la ofreció. Karin la tomó con un suave "gracias" y la joven le sonrió.
—De nada, oficial Kurosaki. —Respondió ella, mientras guardaba la espada anterior de Karin. — Soy Tsume Nakita.
— Un gusto, supongo que no necesito presentarme.
—Oh, no. Los rumores vuelan. — Confesó, encogiéndose de hombros. Karin no pudo decidir si realmente no le importaba demasiado o estaba fingiendo — Una shinigami sentada que necesita clases de zanjutsu ¿De verdad?
Aunque la pregunta podría haber sido malintencionada, Karin decidió que la muchacha parecía tomarlo con gracia; como si ciertamente la posibilidad de una oficial que no manejara diestramente una espada fuera ridícula. Y lo era. La Kurosaki sintió la necesidad irreprimible de defenderse de una acusación no hecha.
—Puedo manejar mi espada más que bien, si es lo que se preguntan. — Explicó, en voz un poco más alta de lo que debería. — Pero entrenar nunca está de más.
Tsume se rió.
—Ah, difiero: odio entrenar.
Con un ligero ruido la puerta a sus espaldas se deslizó nuevamente para dar paso a su instructor: un hombre entrado en años con una frondosa barba renegrida y bien peinada. Karin tomó su sitio habitual en la tercera fila y recogió velozmente las mangas de su shihakusho. Amaba el entrenamiento, aunque casi nadie la entendiera.
Encontraba reconfortante la sensación de los músculos inyectados de sangre, el corazón latiendo fuertemente pero a un ritmo constante, su respiración oxigenando cada cédula disponible y el placer del agotamiento físico que la llevaba a su futón feliz y exhausta. Yuzu nunca la había comprendido; lo glorioso del arrebol de su rostro acalorado por la actividad.
El instructor la miraba de vez en cuando con fijeza, pero nada había tenido que reprocharle sobre su postura o ejercicio. La espada de madera firme entre sus manos y los brazos reiterando el movimiento de estocada simple una y otra vez llenaron sus tardes. Al final de algunos días de entrenamiento podía sentir sus brazos arder por el cansancio muscular, pero se presionaba al límite.
No podía soportar la idea de ser débil teniendo todas las herramientas para ser una shinigami de temer. Con el avanzar de las semanas pudo entablar conversaciones casuales más largas con algunos de los shinigamis de su clase de zanjutsu, la mayoría de sus pláticas podían calificarse como amables y educadas. Su integración fue paulatina pero constante.
Ir y venir del hogar de los Shiba al décimo era un dolor de cabeza, manifestó Karin un día frente a Tsume y ella le miró extrañada. Fue a través de ella que se enteró, al final de su tercer mes allí, que el escuadrón ofrecía barracas para aquellos integrantes que eligieron permanecer allí, así como algunas habitaciones para los oficiales sentados y funcionarios. Eso parecía una solución al alcance de su mano, con Ganju en negación respecto a su nueva hermana menor emancipada, como le decía.
Karin durmió allí un tiempo, agradecida de la intimidad que le ofrecía aunque a veces acabara arrastrando a su teniente borracha a su futón luego de sus usuales borracheras.
Al final de su primer año Matsumoto realizó una fiesta de bebidas en su escuadrón, a escondidas de su capitán; quién no descansaba en sus aposentos asignados la mayor parte del tiempo. Karin compartió con sus invitados, participó en la charla y bromeó. En general la pasaba muy bien en ese tipo de reuniones.
Ikkaku había traído consigo sake y era invierno, de modo que todos disfrutaron de la agradable bebida. Y luego Renji propuso una competencia de tragos.
—¡No tienes oportunidad, Abarai! ¡Te has ablandado! — El tercer oficial le gritó, con risas descontroladas.
— ¡¿Ahhhh?! ¿A quién llamas blandengue, imbécil? — Envalentonado Renji vació su vaso de un trago y luego prosiguió con la botella.
—¡Ánimo, ánimo! — Cantó Rangiku mientras aplaudía al compás.
Karin decidió irse a la cama para no tener que lidiar con ellos pasados de copas, además ya sentía sus miembros amortiguados por el alcohol ingerido. Claramente también se había excedido. Se dirigió a trompicones hasta su futón donde sin tomarse el trabajo de desvestirse se lanzó y envolvió con sus generosos edredones. Durmió sin pesar hasta que, con el sol ya en el cielo, sintió ruidos en los pasillos.
Gimió, exhausta. Esa debía ser su teniente intentando llegar a su propia cama. Karin estaba medio dormida, intentando espabilar para auxiliarla cuando sintió que abría la puerta de su humilde dormitorio. Lo bueno, pensó, es que Matsumoto se acurrucaría junto a ella como ya había hecho en otras ocasiones y se dormiría sin que ella misma tuviera que llevarla a su cuarto. Cerró los ojos, demasiado ebria aún para darse cuenta de la realidad hasta que cayó sobre ella, literalmente. El grito que soltó se escuchó por todo el escuadrón, sin lugar a dudas.
Ikkaku, medio desnudo e hirviendo por el alcohol en su sangre se lanzó sobre ella - que a su criterio no era nada más que un montón de acolchados en el suelo - aplastándola sin piedad con todo su peso.
— ¡Quítate, idiota! — Explotó, pero Ikkaku parecía inmune al ruido en su estado de embriaguez. — Karin intentó salir de su nido de edredones, pero se sentía casi atada entre el peso del hombre y el abrigo de cama.
—¡Kurosaki! ¡¿Estás bi…?!
Ah, que se la llevara el infierno.
Cuando pensaba que el día no podía ir peor, el destino la sorprendía. Su siempre madrugador capitán estaba de pie en el umbral de su puerta con una expresión de preocupación que pasó velozmente a asombro y luego evolucionó en pudor.
—Lamento interrumpir— Dijo, con una inclinación y cerró la puerta.
—¡No me dejes aquí! —Gritó Karin, revolcándose como una oruga en su capullo.
Hitsugaya volvió y abrió lentamente la puerta. Encendió la luz con un interruptor y, tras aclarar la escena, contuvo una sonrisa. Ah, si sólo pudiera fotografiarlos. Ikkaku estaba echado de espaldas sobre Karin y roncaba con toda soltura. Karin, aplastada bajo su peso, se sacudía en un intento vano de quitárselo de encima. Con una sonrisa ladina el capitán se apoyó contra el marco de la puerta.
—Así que… ¿calvos y gritones?
Karin quería golpearlo. Lástima que fuera su capitán y estuvieran en las barracas de su escuadrón.
— ¿Vas a ayudarme o sigo gritando? — Masculló.
Toushiro inclinó la cabeza y simuló pensarlo hasta que Karin comenzó a gritar de nuevo. Entonces se compadeció de ella y con una patada suave empujó al tercer oficial hasta que se deslizó al suelo con un ruido sordo.
—Apestas a alcohol — Le riñó.
—Te tomaste tu tiempo. — Gruñó ella en respuesta, respirando profundamente a grandes bocanadas.
—Calvos y gritones. —Respondió con sorna y la abandonó sonriente mientras Karin le daba una de sus mortales miradas.
Esa fue la última vez que durmió en las barracas. Aquel día solicitó un pequeño departamento en las cercanías del rukongai. Podía pagarlo y estaba a un shunpo de distancia. Con su paso rápido logrado, era una tontería ir a trabajar. Menos práctico, sí, pero entendía por qué su capitán había optado por ello manteniendo siempre sus aposentos disponibles ante cualquier eventualidad. Pidió la tarde libre para poder migrar sus pocas pertenencias al apartamento elegido, cuando fue interrumpida por un pequeño shinigami que tímidamente anunció al tercer oficial calvo con ella.
Ikkaku se disculpó tan pronto como entró en la habitación, aunque no recordaba nada. Inclinado frente a ella inició un pequeño discurso sobre su honor e integridad que la morena cortó de lleno.
Karin le había pedido que se fuera con un gruñido final y no hablara más del tema en lo que les quedara de existencia. Suficiente vergüenza había sido para ella que Hitsugaya la encontrara intentando quitárselo de encima.
Qué vergüenza, pensó. Ese día su capitán le sonrió con sorna cada vez que cruzaron miradas y Karin se obligó a sí misma a recordar que en el décimo él era su jefe y por lo tanto no podía mandarlo a freír espárragos.
Al llegar el verano Karin pudo apreciar realmente la definición que el entrenamiento dio a su cuerpo menudo. Siempre había considerado su físico como delgado pero musculoso, después de todo había sido una deportista nata y se había destacado desde muy niña en actividades deportivas. En la intimidad de su hogar se contempló semidesnuda frente al espejo que reflejaba su imagen confiada. Con el tiempo se había dado cuenta de que su cuerpo había decidido tomar un tenor más femenino, con las extremidades largas y un torso más bien corto. La manera en que sus músculos se delineaban con delicadeza la hacían sentir muy cómoda consigo misma. Por otro lado, si bien era proporcionada para un cuerpo de unos catorce años, Kurosaki se había resignado a heredar el voluptuoso cuerpo de su madre o - quizá - de Kukaku. Apretó el vendaje para ceñir sus pechos en un montón compacto adherido a su caja torácica. No entendía cómo Rangiku podía considerar cómodo andar con el pecho libre ¿No le estorbaba para entrenar o pelear?
Por su parte Karin siguió el entrenamiento cada día, sin faltas. Su zanjutsu mejoró, pero nunca lograba catalizar con plenitud el kido. Frustrada, pensó que a lo mejor era sólo otra de los muchos shinigamis que no progresaban en ese sentido. Resignada, se enfocó en lo demás.
Se adaptó bastante rápido una vez que logró mapear mentalmente los rincones del escuadrón al que servía; tarea que le representaba un arduo ejercicio mental. Sin embargo, cuando creyó que finalmente todo se había ordenado, apareció un nuevo problema:
Si me permitieras, ganaríamos en un santiamén, una voz retumbó en el fondo de su mente. Al principio había sido un zumbido, y ocasionalmente casi un eco flotando en su consciencia.
Casi habìa logrado domar su shikai por completo, sabía que aún podía fortalecerse y pulir sus técnicas a través del entrenamiento y combate. Pero cada vez que se forzaba a los límites de su técnica esa murmullo incómodo azotaba los bordes de su mente. Karin podía seguir entrenando sin mayor problema, pero evitaba forzarse a sí misma.
¿Era acaso una forma de Denki no Inazuma? Se sentía distinto. Decidió meditar y darle una reprimenda a su zanpakuto sobre la importancia de no molestarla en mitad de una lucha.
Aterrizar en su mundo interno no le resultaba un problema, pero Denki no Inazuma no era la fuente de los ecos de su mente. La figura femenina la guió hasta los confines más lejanos de su interior y allí encontró a una máscara blanca atada por cadenas que vibraba ruidosamente. Ella la reconoció de inmediato como una máscara hueca, perturbándola.
Un grito agudo la arrojó de nuevo a la realidad y Karin se encontró a sí misma con el corazón desbocado y los ojos llenos de lágrimas. Se sentó en el suelo donde había estado meditando y apretó su uniforme justo donde su corazón latía furiosamente. Se obligó a respirar profundamente. La reina del paso rápido le había advertido sobre la posibilidad de que tuviera algo de sangre hueca dentro de ella. Karin miró el cielo, a sabiendas de lo que debía hacer.
Siguiente parada, el quinto escuadrón.
La morena dio su pequeño problema blancuzco por solucionado, y en búsqueda de ocupar su día con otras actividades, se dedicó de lleno a su escuadrón. Había aprendido mucho de sus compañeros y colegas.
La joven shinigami había aprendido, por ejemplo, que su capitán tomaba un pequeño descanso a media mañana siempre que fuera posible y se servía algo de té. Había notado que cuando no lo hacía su temperamento siempre estaba un poco más agitado que lo normal. También sabía que tras ese breve descanso tenía mejores probabilidades de que firmara sus peticiones sin pedirle largos informes al respecto. Ella se rió, era como un niño por mucho que luchara para no ser percibido de ese modo.
Como un bebé que no dormía su siesta, le confió su teniente.
— Pero si tiene ganas de un tentempié, y de todos modos va a hacer horas extra ¿Por qué no sólo se sirve y ya? — Karin le contestó a la mujer pechugona.
—No va a levantarse de allí hasta que acabe lo urgente, así es él. — Le confió la rubicunda, afilando la mirada. — No va a tomar un descanso hasta que crea que se lo ha ganado, supongo.
—¿Y qué gana descuidandose? — Replicó, mientras terminaba su cronograma del mes para el entrenamiento cuerpo a cuerpo.
—Mira quién habla, haces horas extra cada semana e igual aceptaste instruir la clase de lucha cuerpo a cuerpo. — Se burló, chequeando el cuadro por encima de su hombro.
Karin se sonrojó, atrapada.
—Las shinigamis más pequeñas siempre se quejan de que la clase de lucha cuerpo a cuerpo está más orientada a los hombres y no a las mujeres. — Argumentó. — Y es mi mejor habilidad, por supuesto que voy a compartirla. De algo tiene que servir que tanto Yoruichi como Kukaku me hayan pateado el culo un día sí y el otro también.
—Podrías practicar tu kido. — Le respondió ella.
—Me di por vencida con eso, sencillamente no es lo mío.
—No me parecías de las que se dan por vencidas. — Jugueteó la teniente, sabiendo de antemano qué botones tocar. — ¿O es por qué Onazuki no deja de intentar llevarte a una cita?
Karin se levantó de su sitio pero Rangiku no abandonó sus intentos de molestarla, era después de todo una de sus actividades favoritas.
Se había extendido el rumor de que su cuarto oficial, Gojo Onazuki, tenía un flechazo con la oficial Kurosaki. Por ello mismo había terminado abandonando la tutoría de kido que había aceptado de su parte en un primer momento antes de darse cuenta que el oficial tenía la intención de cortejarla.
Si él la invitara a salir finalmente ella tendría la oportunidad de rechazarlo, pero Onazuki no hacía más que invitarla a comer "como colegas" y obsequiarle cosas que inevitablemente la ponían incómoda ¿Y si lo rechazaba frontalmente y él pretendía que ella había inventado todo? De modo que lo evitaba totalmente.
Karin tomó la única vía de escape de Matsumoto pese a que había decidido esperar a encontrar a su capitán en su punto dulce y él aún se encontraba inmerso en su vorágine de papeleo.
—Capitán, aquí está mi propuesta para una clase de combate cuerpo a cuerpo femenino, nivel uno a tres. —Informó, depositando la propuesta en su escritorio.
La teniente se mofó de ella en silencio, a sabiendas de que Karin evidentemente buscaba evitar hablar sobre los avances de Onazuki. Su capitán levantó la vista y recibió el cronograma que su séptima oficial le había facilitado. Karin dió la vuelta al escritorio y se inclinó sobre el hombro del capitán señalando y explicando algunos puntos relevantes. Matsumoto sonrió y guardó silencio, después de todo, ese "no sé qué" entre esos dos aún estaba echando raíces.
Se preguntó si ellos mismos eran conscientes de su propia comodidad. Karin invadía el sagrado espacio personal del peliblanco sin siquiera pensarlo y él, lejos de restablecer la proximia, ajustaba su peso para ofrecerle un mejor ángulo. Rangiku sabía que ellos tenían una agradable amistad, y en su interior albergaba la esperanza de que madurará en algo más que sólo eso.
De momento, pensó, les daría espacio. Rangiku cerró la puerta del despacho de su superior mientras observaba cómo éste negaba con la cabeza y sacudía el cronograma ofrecido con el ceño fruncido para frustración de Karin. Contenta, la teniente dejó la tetera en el fuego.
—Necesito que compagines tus clases con la de combate cuerpo a cuerpo general ¿Qué pasará si alguna shinigami quiere tomar ambas? — Argumentó Toshiro. —Reorganiza las clases de los días jueves, oficial Kurosaki.
Karin respiró profundamente antes de contestar, sabía que su capitán estaba de malas ese día y en su premura por huir de Matsumoto se había lanzado a la boca del dragón.
Pero ella sabía elegir sus batallas. Asintió, recuperó su cronograma y planificación y abandonó el despacho principal con camino al suyo. Lanzó el papeleo sobre su escritorio bajo el escrutinio de su compañera de despacho, la octava oficial, Yumiko Hirakawa.
—¿Otra vez te envió a reprogramar? — Preguntó la mujer de aspecto suave.
Karin gimió. Era la tercera vez.
—Sí, no quiere que coincida con las clases de Hakuda general. — Se cruzó de brazos. — Pero también quiere que no se crucen con las clases de zanjutsu.
—Es lógico, quiere la mayor cantidad de perfeccionamiento posible para todos.
—No me dan los tiempos. Si reduzco el cronograma para que encaje limitaría las horas y ya no sería una clase propia sino una clase complementaria. — Argumentó, fastidiada.
La octava oficial se veía incómoda: — ¿Y cuál es el problema con hacerlo como una clase complementaría de Hakuda?
Karin se encogió de hombros y le dio una excusa razonable a su colega. Sin embargo, el verdadero motivo subyacente era otro: si se configuraba como una clase complementaria necesitaría la firma del oficial Onazuki, quien la dirigía; y su aprobación previa del programa, planilla y cronograma.
Kurosaki abandonó su escritorio y fue a la cocina, respiró profundo. Era mejor intentar abordar a su capitán por las buenas en lugar de frustrarse, enojarse, y renegar de él. Se sorprendió de ver el agua hirviendo sin nadie que aguardara por ella. Levantó una ceja y decidió retomar su anterior estrategia. Tomó su mejor té en hebras y la bandeja de siempre.
En el hogar Shiba había aprendido a preparar un delicioso té, y con sinceridad era más que sólo decente, de modo que decidió hacer un poco más de té del usual y compartirlo con su capitán.
Al principio había comenzado a hacerlo para amortiguar su "iré a meditar un rato" y huir de allí cuando Matsumoto comenzaba a atosigarla respecto a "pretendientes", claramente inventados por ella. Toushiro levantaba la ceja, pero aceptaba el té y le dejaba ir sin nada más que una mirada dura.
¿Lo engatusaba con una buena taza de té de jazmín? Absolutamente ¿Él aceptaba el soborno? De buena gana.
Así había logrado salirse con la suya con la excusa de la meditación cuando el trabajo comenzaba a sobrepasarla el primer año. A partir de allí, hacer un poco de té para su capitán cuando necesitaba apelar a su lado más comprensivo era casi una tradición. No lo hacía sólo cuando lo necesitaba receptivo, sino también cuando lo veía tapado de trabajo, en un mal día, o cuando metía la pata y no sabía cómo pedirle disculpas.
En esa ocasión puntual, decidió que era un poco de disculpas y un llamamiento a su flexibilidad. Karin levantó la vista. Toushiro también había sugerido que sus clases fueran un complemento de Hakuda y no una clase en sí. Significaba menos papeleo, menos horas de trabajo y Karin normalmente habría estado de acuerdo.
Depositó la bandeja en el escritorio de su capitán, quien levantó una ceja inquisitiva y abandonó la pluma a un lado. Él dejó caer su peso en el respaldo de la silla y volvió sus ojos interrogantes a la oficial morena. Ella suspiró, dejó sus carpetas frente a él y apretó la boca.
—¿Puedo hablar como tu amiga, que curiosamente también es tu subordinada? — Preguntó, mientras servía té en ambas tazas.
Estaban solos, era hora del almuerzo, y Karin rara vez hacía ese tipo de peticiones.
—Bien, habla. — Decidió, aceptando el té.
Sip, seguía tan bueno como siempre.
—Onazuki no deja de fastidiarme, si pones mi clase como un complemento de la suya me harás la vida laboral difícil. — Bufó, y le volvió a acercar los papeles. — Onazuki es un buen oficial, de verdad, pero es un tipo de casi dos metros que no tiene idea de que es luchar siendo un oponente pequeño. No lo entiende, ni quiere entenderlo: si me pones bajo su supervisión esta clase nunca llegará a darse así que por favor no seas un idiota y sólo firma.
Toushiro giró los ojos y dio otro sorbo a la humeante bebida. Bajó la taza hasta depositarla en la bandeja y cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Cómo te fastidia?— Preguntó.
Karin nunca, jamás, se quejaba de sus compañeros. No sabía si era porque ella pormenorizaba los acontecimientos que - de muchas maneras - terminaban llegando a sus oídos. Él pensaba que la morena simplemente no quería traerle problemas y, de todos modos, su teniente era la responsable de resolver los conflictos internos de sus subordinados.
—No es lo importante. — Ella se encogió de hombros. — Como tu amiga te pido que no seas tan exigente: si tienen que optar entre asistir a una clase y otra no las limitarás: les darás libertad de elección.
Toshiro negó con la cabeza: — Si te eligen a tí por sobre al oficial Onazuki, tendrás un problema con él. Onazuki es un buen oficial, pero su ego a veces le juega en contra. Los horarios no pueden superponerse.— Argumentó, nuevamente. — Ahora ¿Cómo te está fastidiando?
—No es tu competencia, Matsumoto lo resolverá si es un problema. — Karin le frunció el ceño, poco dispuesta a dejar así el asunto. — Si pudiera reorganizar las clases de zanjutsu entonces podría juntar todo en una sola clase; pero eso sí que está fuera de mis límites.
—Yo decido qué es y qué no es mi competencia, Kurosaki. — Le gruñó, y luego se dio cuenta de lo cortante que había sonado. — Es raro que te quejes ¿estás segura…?
—Sí, lo estoy.
Les tomó casi media hora más arribar a una posible solución. Karin le pediría a Matsumoto, con el permiso de Toushiro, que hablara con el oficial a cargo de dar la clase de Zanjutsu y consultara sobre su disposición a cambiar los horarios de sus clases. Era poco probable que aceptara que una novata pretendiera reorganizar su agenda, pero con seguridad lo tomaría mejor de la boca de la hermosa teniente.
Funcionó, y así, tras varias semanas de negociaciones, Karin debutó como instructora de Hakuda femenino en el décimo escuadrón.
Toushiro no tenía demasiadas quejas sobre tu escuadrón, en general, trabajaban bien y en armonía. Mucho de eso había sido fruto de la incorporación de nuevos shinigamis, cambios en la administración y la designación de abnegados oficiales sentados. Todos ellos eran diligentes. Su tercer oficial había mejorado la gestión de la escuadra, la octava oficial había mejorado sus tiempos entre la redacción de informes y su elevación y muchos otros oficiales habían contribuido enormemente a la reestructuración de su oficina.
En cuanto a su séptima oficial, ella era fácil de encontrar. La mayoría de su tiempo la pasaba en el hall central atosigando a Matsumoto para que firmara los reportes de los shinigamis asignados en el mundo humano. Ese era el pendiente que mayor tiempo le tomaba completar. Entre mohínes y pequeños berrinches lograba que la teniente rubicunda se sentara en la pequeña mesa ratona detrás del sillón de la oficina que compartía con su capitán y los sellara con su nombre.
—¿No podemos dejarlo para más adelante? — consultó ella, en un tono caprichoso. — Es viernes, Kaaariiiiin~~
Ella cruzó los brazos y negó enfáticamente con la cabeza.
—Oh, no. Ya los leí por tí, no puedo firmarlos ¡Y claro que son urgentes, llevan tres días en tu escritorio! — Reclamó — ¿Luego quién aguanta al capitán, eh? ¿No recuerdas el último informe de gestión? Ese tipo quería congelarnos el culo.
Matsumoto sintió un escalofrío corriendo por su columna y le sacudió hasta el último pelo de su cabeza. Sin otra palabra más de por medio entintó su sello y firmó uno detrás de otro.
—Deberías leerlos al menos.
—Confío en tí. — Dijo ella.
—Es decir, no tienes ganas de leerlos.
Matsumoto sonrió. No, significaba exactamente lo que dijo. Aunque sí, tampoco tenía ganas de leer la pila de reportes atrasados. Canturreaba mientras sellaba. Una vez firmado el último se giró para tenderlos a su séptima oficial, pero la encontró con la vista perdida en lo lejano y un semblante entre serio y preocupado.
—Karin, cariño. — La llamó mientras volvía a dejar los papeles en la mesa ratona. — Siéntate.
Ella espabiló, avergonzada de ser sorprendida tan distraída, y se sentó sin objetar.
—¿Qué está mal?
Rangiku fijó los ojos en los reportes para evitar que la huidiza Kurosaki se sintiera intimidada por ella. Karin solía abrir su corazón rara vez, y odiaba sentirse vulnerable.
— Nada, estoy un poco frustrada con mi entrenamiento shikai. —Mintió a medias.
Matsumoto asintió, volviendo su vista a la subordinada frente a ella. Despeinó la coronilla de la Kurosaki y se rió ruidosamente.
—Está bien si progresas a tu ritmo. — Sermoneó. — Ahora, ya que me obligaste a hacer horas extras ¿Le llevas esto al capi?
—¿No se fue aún?
Karin suspiró, supuso que no se podían obtener demasiados milagros de Matsumoto el mismo día. Había logrado ponerla al día con los reportes e informes, aunque no así con las licencias y protocolos. Pensó que lo mejor sería evitarla por un tiempo, con lo perceptiva que se había vuelto.
—No, creo que está en la oficina de registros. — Ella indicó, levantándose de un salto.
— Bien, pero el lunes necesito que termines los protocolos. —La señaló con el dedo mientras se dirigía al pasillo que desembocaba en la sala indicada. — ¡Todos! Yo me atrasó en protocolizar porque tú no los clasificas.
—Ya. ya, pequeña Karin. Pasas demasiado tiempo con el capitán —Se burló mientras se despedía. — ¡Nos vemos el lunes!
—Sí, sí.
Karin la despidió agitando la mano antes de volver a lo suyo. Pasó los reportes de uno en uno dando una última inspección antes de encontrarse con su capitán. Era tarde y el sol estaba cayendo; Toushiro llevaba consigo una pequeña bandeja con té. Al encontrarse con Kurosaki a mitad del pasillo ésta le sonrió y sacudió los papeles en su mano.
—Ya veo, ven, veámoslo ahora antes de que se haga más tarde. — Solicitó. — Trae otra taza, podría tomarnos algo de tiempo.
Karin obedeció y tras una rápida parada por la pequeña cocina del escuadrón volvió a la oficina de su capitán y teniente. Sentado en su inmenso escritorio Hitsugaya acomodó la bandeja con té en la esquina más cercana a la oficial morena. Ella se sirvió algo del reconfortante lìquido y tomó asiento en diagonal a él, con el escritorio entre ambos.
A medida que el día moría los shinigamis a su cargo se retiraron. Karin había comenzado los reportes por los más urgentes y tomó nota de las remisiones que harían en base a ellas. Iba por su segunda taza de té cuando reparó en que la noche ya estaba entrada.
Toushiro levantó la vista imitándola y notó de pronto lo tarde que se había hecho; no había pensado que revisar los reportes les tomaría tanto.
—No es necesario que te quedes, Kurosaki. —Le dijo, con suavidad. A veces podía ser absorbido por su trabajo y darle los reportes era tarea de su tercer asiento, no de su séptimo. Ella le sonrió sinceramente desde su sitio, incomodándolo un poco. — Es viernes, y no es obligación de tu puesto.
—No me molesta, además, nuestro tercer asiento está de licencia. — Le recordó. — Matsumoto aún no firmó la forma, pero lo está.
Karin se rió y Toushiro le sonrió sutilmente desde su lugar. Ella le quitó importancia al asunto de los rangos y le recordó que ante la falta de personal todos debían esforzarse para mantener el pie a su escuadra.
—Si vas a aspirar al tercer asiento debes entrenar. — La sermoneó.
—Estoy bien como séptima, al menos por ahora, siempre que me sienta abrumada puedo decir que no me compete.
— ¿No acabas de decir algo sobre la falta de personal y el esfuerzo?
—El esfuerzo es voluntario, capitán. — Se burló y les sirvió a ambos una última ronda de té.
La noche se afincó en el cielo para cuando terminaron con los reportes más urgentes. Toushiro tomó el resto para llevarlos a su casa cuando Karin le interrumpió asegurándole que no había nada que no pudiese esperar hasta el lunes. Eran todos ellos reportes de buenas condiciones, sin almas huecas por reportar, y a lo sumo un par hablaba de almas rebeldes que habían sido enviadas a la sociedad de almas como correspondía. Hitsugaya se sorprendió a sí mismo dejando los informes en su escritorio.
Karin no era muy afín al trabajo de oficina, pero lo hacía con excelencia.
— Es tarde, no tengo ganas de cocinar ¿Qué tal si me invitas cerdo teriyaki? — Propuso Karin luego de que cerrarán las oficinas. — Podríamos conseguir amazake.
—Uhmmm. — Hitsugaya se lo pensó.
No tenía compromisos esa noche y la perspectiva del amazake podía seducirlo, además, podía considerarlo una suerte de compensación por exigir tanto a su subordinada ¿No era cruzar una línea ir a cenar con su séptima oficial? Lo sopesó un momento, pero claramente su acompañante parecía haberse adelantado a sus cavilaciones.
—No como subordinada, sino como amiga. — Afirmó mientras comenzaba a caminar. — No es correcto invitarle amazake a mi capitán, pero supongo que a mi "amigo de infancia" está bien.
Karin le sonrió, ladeando su cabeza hacia un lado con toda picardía. El chiste del amigo de la infancia y el niño de primaria nunca terminaban de morir para ella.
—Bien, pero deberíamos quitarnos los uniformes— Señaló.
Ella asintió y tomaron dos paradas rápidas antes de dirigirse a un pequeño puesto de cerdo asado que Karin conocía en el cuarto distrito. Tal y como ella había prometido el cerdo era la gloria misma para sus papilas gustativas, sabroso y delicado con el dulzor apropiado. Toushiro se contuvo, pero Karin soltó un gemido por lo bajo mientras saboreaba su primera porción de cerdo. El hombre de cabello blanco fingió no escucharlo, procurando ignorar lo mucho que le avergonzaba que ella gimiera de gusto sin tapujos frente a él ¡Y por un poco de cerdo agridulce!
Toushiro descansó el peso de su rostro en su mano con el codo sobre la mesa y negó con la cabeza, sin darle demasiada importancia al fin y al cabo. Karin parecía feliz mientras comía y le contaba un poco sobre su nueva vida en el departamento que arrendaba. Vecinos amables, y un par de ancianas entrometidas bien dispuestas a presentarles a sus nietos adoptivos.
—Por cierto. —Mencionó ella. Toushiro supo que no sería bueno sólo basándose en su sonrisa burlesca. — No me dijiste que tu abuela adoptiva vivía en el rukongai.
Él se irguió.
—Dime que ella…
—Como de tu estatura, muy guapo. — Se rió.
Toushiro deseó que la tierra se lo tragara ¿Su abuela lo había ofrecido como una cita potencial…? Se le subió el color al rostro en total bochorno por la vergüenza que tal idea le dio. Karin notó su pudor y comenzó a sacarle el jugo a la broma que había dispuesto.
—Pero bueno, como bien dijiste una vez… ah, ¿cómo era…? — Le tomó el pelo, señalándole con los palillos. — ¿Yo sólo meto a mi cuarto hombres calvos y gritones?
Sí, podía tragarselo la tierra. Pero en cambió solo forzó una sonrisa bravucona y asintió.
—Tu silencio por el mío. — Ofreció y Karin sonrió.
—Ah, no. Esto va a tomarte varias porciones más de cerdo agridulce.
—Lo tuyo fue peor. — Le acusó.
Karin volvió a usar sus palillos para dar énfasis a sus palabras.
—Le aceptaré la cita. — Amenazó y el capitán derrotado, bufó y ordenó otra porción.
—Voy a taparte de trabajo, maldita sea.
—Ah, ah, ¡pero si estamos aquí como amigos! — Se quejó.
Necesitaba hablar con su abuela.
Si bien la primera vez que salieron juntos a cenar como amigos había sido un poco extraño para ambos, el ritual se repitió ocasionalmente cuando se les hacía muy tarde por el trabajo. Karin no solía retrasarse demasiado, por lo que estas salidas eran más bien excepcionales que otra cosa. Pero ambos lo disfrutaban, era agradable distenderse y de forma tácita tenían un acuerdo de confidencialidad. No tenían deseos de explicar que, de vez en cuando, se retiraban los uniformes y con pretendido anonimato se relajaban en algún lugar de comidas del rukón.
Su acuerdo de confidencialidad tácito se había sentado sobre las bases que dirigían sus interacciones dentro del escuadrón. Allí Karin siempre y sin excepciones lo llamaba por su título y con los honoríficos de rigor; pero en cuanto abandonaban los pasillos del seireitei ella volvía a su tono amigable y le llamaba sin rodeos por su nombre. Lo máximo que él había obtenido de ella era que lo llamara por su apellido cuando alguien más estuviera presente, cualquier persona, insistió.
A Karin le parecía una tontería tanto formalismo ¿Y qué más daba si alguien le oía llamarle por su nombre a secas? Toshiro gruñía que ella, como una Kurosaki, desconocía las normas sociales de rigor. Ella sólo giraba los ojos.
En sus siguientes y muchos años como shinigami a su cargo la dinámica entre ambos había sido fluida y se había instalado de manera inadvertida. Karin ascendió a quinta oficial tras ocho años de fiel servicio, aunque siempre permaneció supliendo aquellas tareas que Matsumoto descuidadamente dejaba a su cargo.
—De esa manera, cuando llegue tu momento, sabrás ser una teniente perfecta. — Le decía.
Al principio Karin pensó que era una excusa, pero cuando Matsumoto la llevó al campo de entrenamiento una apacible mañana cambió súbitamente de opinión. La mujer de abundantes pechos sacó su espada de la empuñadura con una mirada determinada.
—Vamos, Karin. Has llegado al punto en que sin entrenamiento de batalla adecuado no mejorarás tu shikai. — Instruyó certeramente.
Desde el borde de la puerta de entrada Hitsugaya observó la escena. Karin apenas había tenido tiempo de liberar su shikai cuando su teniente arremetió contra ella con todo su peso sobre el filo de su espada; empujando con fuerza.
— ¡Espera un momento, Matsumoto! — Pidió, pero fue ignorada.
Toushiro sintió el ruido de espadas chocando cuando se volteó para retirarse luego de colocar un cubo perfecto que reservará su entrenamiento sólo a ellas.
Karin no progresaría si no la sacaban de su zona de confort, eso habían determinado. Toushiro observó los pendientes de su teniente y la quinta oficial y los llevó a su escritorio. Sí, todos debían esforzarse.
Mientras tanto, la morena trató de convencerse a sí misma que sus encuentros con Hirako, y las técnicas que él le había enseñado, habían dado resultado y sellado su hueco interior. Se dijo que ahora tenía suficiente dominio de su mundo interno y su hueco como para, finalmente, dedicarse de lleno a explotar el potencial de su shikai y de Denki no Inazuma. Ajustó su agarre sobre la espada:
—Estremece, Denki no Inazuma.
Los entrenamientos con Matsumoto eran agotadores, y con el correr de las semanas Karin se dio cuenta de que ella buscaba precisamente eso: llevarla al límite.
—¡No te contengas! — Ordenó Rangiku con su frente perlada en sudor. — Vamos, Karin. Sé que tienes más que esto.
Los entrenamientos le resultaban altamente demandantes, la rubia mujer la orillaba cada día un poco más cerca del punto de quiebre. Karin liberaba su shikai sin miedo cada vez que se enfrentaban, determinada a ser una usuaria digna de su espirìtu zanpakuto.
Era un día especialmente caluroso cuando, en medio de una lucha exigente con Matsumoto embistiéndola con toda su fuerza, sintió su espada palpitar. Denki no Inazuma temblaba entre sus dedos, y recordó súbitamente el motivo por el que había limitado su entrenamiento shikai todos esos años, distrayéndose. La electricidad la atravesó y se arremolinó inquieta a lo largo de su espada en pequeños rayos luminosos. Podía sentir su energía descontrolarse entre los dedos.
Ah, ya nos encontramos, ama.
La voz que provenía desde su interior la desconcentró completamente de su ataque y perdió por un instante la concentración. Ello derivó en que no pudiera esquivar el ataque de Rangiku, quien la golpeó de lleno en el pecho. En consecuencia, se desplomó contra el suelo. Matsumoto gritó.
— ¡Karin! ¿Me escuchas?
Y así, por primera vez en sus ocho años de servicio, la internaron en el cuarto escuadrón. Karin sólo recordaba el dolor y la sangre cálida manar de su pecho. Rangiku le comentó que la había cargado y depositado en una cama del cuarto a toda velocidad, con su capitán a su lado demandando atención médica con urgencia.
Ella había recobrado la conciencia con el dolor palpable de su carne ya unida. Capitán y teniente la observaban preocupados a un lado de la puerta de entrada. Una vez que se aseguraron de que estaba bien, le repitieron el parte médico que les había dado la teniente Kotetsu, y tras una mirada entre ambos, Matsumoto preguntó:
—¿Qué sucedió, Karin? Nunca tuviste problemas en esquivar mis ataques.
Karin se mordió el labio, supuso que no tenía sentido omitirlo más tiempo y no quería mentirle no sólo a sus superiores sino a personas que le importaban y se preocupaban por ella. Con la vista en el techo, confesó:
—Es mi hueco interno. — Los ojos se le llenaron de lágrimas. — Llevó un tiempo con él a cuestas, controlandolo, pero nunca lo había sentido tan… palpable mientras entrenaba. Normalmente era una voz tan al fondo de mi mente que podía escuchar a veces como un ruido sordo, pero estaba controlado...
La morena se sentó en la cama pese al dolor y los observó antes en silencio un momento. Ninguno dijo una palabra, la posibilidad de que tuviera un hueco interno siempre había sobrevolado entre ellos sin una palabra de por medio. Después de todo, Kisuke había advertido que era una cuestión hereditaria y parecía que Ichigo se había llevado la tajada más grande de ese pastel. Pero no todo de él.
— Informaré al capitán Hirako. — Toushiro suspiró. — Fue muy irresponsable de tu parte…
—Ya hablé con él. — Interrumpió. — Mi hueco no parecía tan fuerte, supongo que lo subestimé. Estaba sellado.
La risa que brotó de los labios de Karin era todo menos de gracia, sentía que los había decepcionado a todos. Había decidido no contarlo para evitar preocuparlos, y les había fallado. Karin podía adivinar las consecuencias y lo que supondría.
—¿Licencia indeterminada hasta que lo controle de nuevo? — Preguntó, mirando a los profundos ojos verdes de su capitán.
Él asintió, y lo encontró sin una gota de humor.
—Licencia indeterminada, oficial Kurosaki.— Exhaló el aire que contenía, cruzando los brazos y se volvió a su teniente: — Arregla los detalles, yo mismo hablaré con el capitán Hirako Shinji.
—Sí, de inmediato. — Matsumoto asintió y desapareció con el uso del paso rápido en un instante.
Karin apretó los puños desde su lugar en la cama. Para su sorpresa, lejos de desaparecer de inmediato su capitán se acercó a la cama que ocupaba. Toushiro intentó sonar menos exigente con ella cuando le preguntó por qué se lo había ocultado.
—No era importante, Toushiro. — Dijo en voz baja. —Era un hueco adormecido, casi ni molestaba. Hirako dijo que muy probablemente fuera porque la mayor parte de la sangre de hueco se la llevó mi hermano.
—Grande o pequeña, puede interferir en tu día a día. — La riñó. — ¿Y si por su culpa hoy hubieras resultado herida de muerte?
Karin le sostuvo la mirada. Hitsugaya no aflojó sus brazos cruzados ni la intensidad de su mirada; estaba realmente enojado con ella por su falta de previsión. Sin embargo, algo dentro de ella le dolía mientras veía el enojo migrar a la decepción en los ojos de su superior.
—Tomaré la licencia. — Masculló ella, girando la cabeza hacia el otro lado. —Gracias, capitán.
El uso de su título en privado le dijo todo lo que necesitaba saber. Con un bufido abandonó su cuarto de recuperación y se dirigió al quinto escuadrón; el desgraciado no se había tomado la molestia de informarle sobre su subordinada.
Momo Hinamori sonrió amablemente cuando su hermano adoptivo cruzó el umbral de entrada a su oficina. Era raro que Toushiro abandonara los terrenos del décimo escuadrón, pero siempre se ponía feliz de verlo.
— ¡Buen día, Shiro-chan! —Saludó con su natural dulzura — ¿Qué te trae hasta aquí?
— Es capitán Hitsugaya — la corrigió, aunque sabía que Momo sólo le sacaría la lengua. — Necesito ver al capitán Hirako.
Hinamori se dio cuenta de inmediato de que algo había pasado. Era una de las pocas personas que podía presumir de entender el lenguaje corporal de Toushiro Hitsugaya con una mirada. No por nada habían pasado su infancia juntos con la abuela. Ella dejó de lado los papeles que tenía en la mano y se acercó a él con seriedad.
—¿Ha pasado algo malo?
Su voz había sonado firme pero preocupada. Hitsugaya se recompuso, pensando que lo mejor era que nadie - ni siquiera ella- tomara conocimiento de lo ocurrido a menos que fuera estrictamente necesario. Ahora que lo pensaba, debió reportarse primero con el capitán general.
— No, sólo necesito discutir algo con él.
La teniente pensó que era raro que su hermano adoptivo fuera hasta allí por algo sin demasiada importancia como había decidido afirmar. Con lo pulcro que solía ser, se dijo, habría enviado un subordinado para anunciarlo. No obstante, pensó que no era el momento ni el lugar para interrogarlo al respecto. Contenido como se mostraba no encontraría señales en su rostro; se había cerrado. Suspiró y le mostró una pequeña sonrisa.
—Bien, déjame corroborar que esté en su oficina.
La distribución de la quinta era muy diferente a la de su escuadrón. Shinji había mantenido su oficina donde antes la había tenido Aizen: al fondo del pasillo junto a un patio interno. Alejados del centro de la vida del quinto escuadrón Hitsugaya estaba feliz de tener la privacidad que no hubiera tenido en su propia oficina.
—Ah ¡Mi buen capitán Hitsugaya! Cuénteme ¿En qué puedo yo serle de ayuda? — Sonrió con su fila de dientes perturbadores, en lo que Karin solía llamar "fingir demencia".
—Podría haberme sido de ayuda si me hubiera informado que la oficial Kurosaki tenía un hueco activo en ella. — Le dijo, procurando que no se filtrara en su voz el mal humor. — No puedo imaginar una razón por la que no lo pusiera en mi conocimiento; formal o informalmente.
Hirako se rió, el muy desgraciado, mientras se sentaba sobre el borde de su escritorio y le sostenía la mirada.
—Cuidado, capitán. Suena usted un poco territorial. — Se burló. Hitsugaya no reaccionó a sus provocaciones. — Su hueco no pareció dar problemas en su momento, y Karin no estaba lo suficientemente fuerte para enfrentarlo en su momento.
— ¿Su momento?
—Ella vino a verme hace unos seis años, logramos sellarlo: su hueco no se había desarrollado.
— Lo cual justifica que no la entrenara, pero no que no me informara al respecto. — Manifestó, con su enfado bullendo en las venas. — ¿O no le pareció importante, capitán?
Hirako afiló la mirada y mantuvo su sonrisa inalterable.
—No era mi asunto para contar ¿Karin no se lo mencionó a su querido capitán? —Bromeó con él, sabiendo que su colega estaba más molesto de lo que dejaba entrever. — No era peligroso, por lo que no estaba en la obligación de hacérselo saber.
—No en una obligación material. — Aclaró Toushiro. — Pero sí moral. Es mi subordinada.
La sonrisa del rubio se hizo mayor.
—Oh, por supuesto que es su subordinada.
Sólo intenta provocarte, Hyorinmaru advirtió.
—La oficial Kurosaki salió herida en un entrenamiento con mi teniente. —Le informó, viendo cómo su sonrisa se mantenía aunque flaqueara un momento. — Muy herida, su hueco la distrajo en un momento crucial así que se ha convertido en un problema, Hirako.
Toushiro se giró, sabiendo que la falta de su honorífico o título era una muestra clara de lo mucho que aquello lo había molestado.
—Si no es de confianza para entrenarla, se lo pediré a otra persona. Así que ahora me reportaré con el capitán general, le sugiero hacer lo mismo ya que será una obligación material.
Hirako giró los ojos cuando el capitán más joven se hubo retirado. Hinamori entró un instante luego, sorprendida del mal humor de su hermano adoptivo.
—Es un poco dramático ¿no? — Le preguntó retóricamente. Hinamori le riñó.
—¿Qué hizo para molestarlo así?
Con los brazos sobre su cintura en postura de jarra, la pequeña teniente lo interrogó. Él se encogió de hombros, contestando que no tenía idea sobre lo que hablaba. Miró el cielo nublado sobre su patio privado: qué problemáticos eran los Kurosaki, caramba.
Bueno, al menos el capitán adolescente no le había congelado el culo. Algo era algo.
Tres días de internación fueron suficientes para que Karin Kurosaki estuviera como nueva. La capitana Kotetsu le había dado el alta a regañadientes, indicando que debería al menos tener otro día de reposo. Pero bien sabía que no lo cumpliría. Siguiendo las instrucciones que una muy preocupada Matsumoto le había dejado, Karin se dirigió al campo de entrenamiento cerrado que Hirako había preparado para ella por órdenes del capitán general. En principio, le había dicho, una semana debería bastar para que domara a su pequeño problemita blanco.
Resultó que su pequeño problema era más grande de lo esperado y Hirako agradeció haber llamado a sus compañeros vizards para abocarse al problema de una segunda Kurosaki hueca.
Karin tenía miedo por primera vez en mucho tiempo de entrar a su mundo interior y luchar cara a cara con su hueco interno, pero lo hizo por mera fuerza de voluntad. La idea de perder el control sobre sí misma y causar daño a sus seres queridos la aterraba como nada más.
Su mundo interno era un río eterno salpicado de piedras sobre un cielo tormentoso que - de algún modo - solía inspirarle calma. Sin embargo, con Denki no Inazuma desaparecida sólo estaba su hueco blanco esperándola. Su versión hueca, blanca y espeluznante, estaba sentada sobre una de las enormes piedras de su mundo interno con una pierna cruzada sobre la otra y riéndo.
Su risa se confundía con los truenos de fondo, el cielo velozmente se convirtió en un montón de nubes oscuras y gruesas revolviéndose nerviosamente.
Por fuera, con su máscara cubriendo el rostro femenino, su versión hueca luchaba ferozmente por imponerse frente a los visored quienes por turno la contuvieron como habían hecho con su hermano. Nada quedaba de la inofensiva máscara chillona que había sellado años atrás.
—Finalmente has decidido dejar de huir de mí, ama.
Su hueco bajó de la piedra y se acercó a ella, cada paso suyo le recordó a una danza delirante con sus zancadas largas y cruzadas. La risa burlona de fondo.
Karin sintió la fuerte presencia de Denki no Inazuma detrás de ella y extendió la mano en silencio, su espada se materializó en su mano con naturalidad. Había entrenado tanto que reconocía el peso de su espada con agradable cotidianidad.
—Estremece, Denki no inazuma. — Solicitó, con el retumbar de los rayos sobre su cabeza.
Delirante, su hueco atacó.
Rebelde por naturaleza, había presentado batalla. Al final del quinto día Karin estaba exhausta y sangrante pero triunfal a los pies del capitán de largo cabello rubio y turbia sonrisa.
—¿Cómo te sientes, pequeña Karin? — Consultó la risueña teniente de cabello verduzco.
—Como si me hubiera pisado un menos grande. — Masculló, exhausta.
—La llevaré con Kotetsu — Informó ella, riéndose.
Karin se aferró a la pequeña mujer mientras volaban por los cielos a una velocidad de vértigo. Cuando estuvo de pie a duras penas sobre el piso lustroso del cuarto escuadrón observó lo golpeada que la teniente lucía.
—Teniente Mashiro ¿No necesita usted también atención médica?
—¡Oh, es una tontería! —Ella le contestó, con toda amabilidad. —Nos hemos estado curando mutuamente, diste más pelea de la que esperábamos ¡Formidable!
Karin asintió, sin saber muy bien cómo sentirse.
—No te confundas, pequeña Karin. Este es sólo el principio de tu entrenamiento. Lo has dominado, pero no sabes sacarle provecho. —Advirtió. — Volveré por tí luego, descansa.
Mashiro desapareció y la quinta oficial entró tambaleante al cuarto escuadrón, con todo su cuerpo ardiendo de cansancio. Todo lo que quería era derrumbarse y dormir.
Esto lleva mucho tiempo escrito, me di un tiempo para llenar algunos espacios vacíos y publicarlo ahora que estoy de vacaciones. Espero que les haya gustado, y tengo esperanza de publicar otro capítulo este mes. La vida de adulto responsable me consume.
