Senderos de fuego.
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Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.
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Capítulo nueve: Perspectivas.
Matsumoto no estaba contenta con la decisión final, pero se obligaba a confiar en el buen juicio de su capitán. La teniente lo había visto convertirse en el hombre que era, después de todo. Nuevamente miró la nueva lista de movilidad de los oficiales sentados de su escuadrón que llevaba todo el día repasando, con sentimientos encontrados: entendía los motivos subyacentes pese a ser contrarios a sus más sinceros deseos. Karin permanecía como quinta oficial, Onazuki pasaba al tercero, y Miyanuri tomaba el cuarto.
Era claro para ella que Kurosaki superaba con creces en poder a los dos primeros; sin embargo su capitán no la había ascendido. Por su parte la morena ya le había expresado que no quería la responsabilidad, aunque sabía que ese no era el único motivo.
—Esto es porque la hizo dudar de su liderazgo. — Le comentó indignada a Ikkaku más tarde ese día, con un vaso de sake en la mano. — Podría habérselo dicho de otro modo, pero no, desde que le metió en la cabeza que si no se impone no puede lidiar con mayores responsabilidades Karin se niega a aceptar el ascenso ¡Podría esperar décadas, un siglo, antes de que surja otra oportunidad así!
Ikkaku miró a Yumichika a su lado y ambos parecían estar de acuerdo con la rubia. Renji, con las piernas dobladas y apoyado sobre la pared de la galería no lucía muy conforme con la declaración de la rubia.
—Karin no sabe imponerse. — Compartió.
—¡De qué hablas, Renji! — Amonestó Matsumoto, más efusiva por el alcohol. —Es una oficial perfecta.
—No digo que no lo sea, pero he escuchado a Karin quejarse de lo mucho que sus subordinados se descargan con ella…
—¡Porque confían en ella!
—Matsumoto, claro que confían en ella ¡no la ven como a una superior!
Ikkaku tragó su bebida de una vez antes de opinar: — Seh, la cría no cree en un sistema de jerarquía: ella no quiere que la vean como una "superior".
A Karin, como buena Kurosaki, le importaba un comino la jerarquía y los rangos. Consideraba que sus compañeros y colegas la valoraban por su carácter y disposición y no por su asiento. De todos modos, se dijo, desde el ascenso de Onazuki éste se sentía triunfal sobre ella y no la fastidiaba. Por muy tercer asiento que él fuera Karin sabía sobradamente que podía vencerlo en una batalla, por lo que no podía importarle menos su despliegue de soberbia. Sin óbice a ello, no quería una batalla y mucho menos con otro miembro de su escuadra.
Cuando Toushiro le había planteado el tema de la movilidad de los asientos, el momento se había vuelto un poco tenso si decía la verdad sobre el asunto. Karin ya había tenido una conversación sobre los rangos y su importancia con su capitán que, por supuesto, no había llegado a ningún lugar. Tenían idiosincrasias diferentes. Donde Toushiro decía que el respeto de los cargos era necesario para el orden, Karin respondía que la igualdad era necesaria para la confianza.
Nunca cerraron ese desacuerdo y estaban bien con ello, hasta que tras varios años de vacancia para el tercer asiento, era necesario cubrirlo.
Dejando de lado sus desacuerdos, y sus sentimientos, nunca habían renunciado a compartir el té de media mañana, ya que Karin había decidido intentar superar su enamoramiento por él y Toushiro nunca había hecho otra cosa que ocultarlo. No funcionó para ella, mas no quería que su amistad se resintiera debido a la incapacidad de ser amistosa con independencia de sus sentimientos por él. La mañana en que festejaron la jubilación del tercer oficial, algunos años atrás, Toushiro la había abordado con una taza de té de por medio.
—Estoy bien donde estoy, no apruebas cómo me administro con mis compañeros en este puesto así que… ¿por qué ascenderme?
—Si te comprometes a ejecutar tus tareas con eficiencia, estás capacitada para un tercer asiento.
—¿"Si"?
—Si.
Karin frunció la boca y luego se encogió de hombros: — Lo siento, capitán, no soy lo que espera de un tercer oficial eficiente.
—Estas oportunidades no son comunes. —Advirtió.
Ella bebió un sorbo del delicioso té y le sonrió con determinación. — Lo sé.
—Eres terca.
—Gracias.
Nunca se pelearon de verdad por la falta de "imposición" de Karin. Toushiro tenía intenciones de cuidarla y explicarle, lo mejor que pudo, que la falta de distancia con sus subordinados sólo la llevaba a detenerse con tareas que no le correspondían. Los shinigamis se saltaban los rangos inferiores y acudían directamente a ella. No era su lugar recordarles a los shinigamis llanos los canales a seguir si Karin decidía no hacerlo. Pero en esa situación ella terminaría desbordada.
Una sola persona no podía asumir la labor de un puñado; o no debería. Sin embargo, y con la esperanza de que ella recapacitara, postergaron la designación de un tercer oficial y en cambio repartieron las tareas entre el cuarto, quinto y sexto oficial. Ello había permitido que la promoción de los oficiales se dilatara más de dos años. Dos años en los que Karin en lugar de superar su enamoramiento, lo había aceptado como tal. Y, sin embargo, se mantuvo en la postura que siempre había tenido respecto a la organización jerárquica. Por ello, cuando la designación no pudo ser postergada más tiempo, Toushiro no la promovió.
Los rumores sobre la caída en desgracia de "la favorita del décimo" no se hicieron esperar.
¿Por qué, pese a ser fuerte y hábil, la oficial Karin Kurosaki no había sido promovida? Era sabido que tenía buena relación con sus superiores y que, ocasionalmente, suplía a su teniente cuando ésta se ausentaba o atrasaba con sus tareas. La gente murmuró, y ella no podía culparlos. Desde su óptica debía ser no sólo una decisión incoherente sino hasta un ataque a su orgullo.
No iba a dar explicaciones, por supuesto. La gente podía rumorear todo lo que quisiera a sus espaldas, ya había aprendido a ignorar todos esos comentarios, solo que esta vez tendían a ser más benevolentes que maliciosos. Karin sabía que sus colegas la respetaban y querían, pero nunca esperó que se indignaran por el "maltrato" que había recibido al no ser promovida.
El capitán Hitsugaya había ascendido a Onazuki pese al desagrado que le generaba. Era un oficial excepcional, cumplido y abocado a su escuadrón. El único defecto que le encontraba era su carácter que, tras un examen concienzudo, reparó que no distaba del de muchos otros y en realidad no constituía un impedimento para su designación. Si no era Kurosaki, no tenía muchos otros shinigamis que estuvieran a la altura de un tercer asiento dentro de su escuadra. Toushiro creía firmemente en la promoción interna: quienes habían dado lo mejor de sí por la décima merecían ascender como asiento.
Quizá para teniente podría haber hecho una excepción, pero no para un tercer oficial. Otros escuadrones lo hacían: se robaban oficiales capaces de otros escuadrones a través de promociones. Era bastante común. Toushiro sabía que Karin era una oficial codiciada, algunos por su nombre, otros por su fuerza, y unos pocos por su dedicación. Al no ascenderla era plenamente consciente de que alguien podría ofrecerle un puesto mejor.
Una parte suya había esperado tanto tiempo para nombrar un tercer oficial con la esperanza de que ella recapacitara, pues sólo un puesto de teniente podría seducirla a abandonar su escuadra. Karin le había dicho que "no quería más responsabilidades"; pero él conocía sus verdaderos sentimientos. Ella quería el puesto sólo si él la dejaba hacer a su manera y aceptaba su modo de pensar.
Toushiro pudo haber accedido, por supuesto, pero su deseo de tenerla cerca no superaba su sentido del deber. Como tercer oficial necesitaba a alguien que hiciera respetar los tiempos y protocolos: Karin no era la indicada si no podía aceptar la importancia que la insignia le daría. Esa brecha entre ellos finalmente se había cerrado cuando Onazuki ató la misma a su brazo.
Así, con el principal objetivo de mostrarle sus buenas intenciones, Toushiro le propuso ir esa tarde por amazake. La oficial se sorprendió pues rara vez Toushiro proponía ir por una bebida, y Karin disfrutaba particularmente del amazake. Cerrada la escuadra, y ambos aún con sus uniformes, buscaron un pequeño puesto en el primer distrito del rukongai donde no era extraño ver shinigamis. Sin su haori, bien podría haber pasado por otro cegador de almas cualquiera.
—Qué calentito —Se regocijó ella mientras el peliblanco le entregaba su vaso:— Gracias.
El invierno se había asentado, y pese a que no había nieve aún el aire era frío. El vaso cálido entre sus manos la reconfortó. No se oponía al tiempo invernal, le encontraba su encanto. Además, el amazake sólo se servía en esa época del año. Pensó que aún era pronto para la peor parte de la estación, ya que apenas comenzaban diciembre, y le quedaban dos meses más de la dulce bebida. Karin observó fijamente a Toushiro, quien estaba de pie a su lado respirando el suave vapor de la bebida.
—El frío empezó pronto este año.—Mencionó.
—Debes estar disfrutándolo. — Apuntó ella.
Toushiro asintió con una suave sonrisa en la boca. Ella, en cambio, le devolvió una inmensa. Se rió, su amigo aún se cohibía con sus transparentes muestras de afecto. Ella imaginó que en el fondo Hitsugaya nunca sospecharía de su acelerado corazón bajo las gruesas capas de ropa.
Era un momento apacible luego de su intercambio poco feliz esa misma mañana. Fuera del décimo escuadrón, tan pronto como se quitaban los rangos de la cabeza y el cuerpo, volvían a ser sólo ellos dos: Karin y Toushiro. El aire soplaba frío pero sutilmente, Toushiro se giró para cubrirla del viento con su cuerpo y ella sintió que - pese al tiempo- el verano afloraba dentro de ella: Dios, de verdad que Toushiro le gustaba un montón.
La calma duró poco, pues la presencia espiritual de Kukaku rompió la paz con una esencia que gritaba "urgencia". Karin apuró el último trago de su bebida y sin importarle la gente a su alrededor empleó el shunpo para llegar hasta donde la energía espiritual de su protectora se había disparado. Hitsugaya la siguió un segundo más tarde. La matriarca del clan Shiba se acercó a ellos, mirando al peliblanco con un extraño énfasis, y se detuvo con inmensa seriedad frente a la más joven.
—Karin, necesitas ir a Karakura ahora. — Informó ella, sin vueltas: —Yuzu ha sufrido un accidente, morirá pronto.
El mundo se pausó, o al menos así lo sintió Karin. Se tomó un instante para intentar procesarlo, y no pudo. Sin embargo asintió y trató inútilmente de ponerse al día con su entorno: estaba aletargada y el resto se movía vertiginosamente en torno a ella. No estaba muy segura de cómo llegaron a la casa Kuchiki ni qué fue lo que Toushiro habló con Byakuya. Solo se llevó consigo la impresión de contemplada pena y resignación que el jefe del clan Kuchiki le ofreció.
Yuzu se moría, era lo único que sabía. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras la conocida puerta hacia el mundo humano se abría. Delante de ella Toushiro la observó con ojos tristes, retrocedió un paso y cubiertos por la discreción de Byakuya él entrelazó sus dedos con los de Kurosaki.
—Vamos. —Indicó, con una voz tan dulce que Karin se contuvo para no romperse.
No era una niña, en términos humanos tenía edad para ser una abuela, o bueno, casi. Su padre en el mundo humano era un longevo viejo de más de noventa años. Yuzu, y ella misma, apenas se acercaban a los cincuenta.
¡Yuzu tenía una hija de veinte años, maldita sea!
Llegaron a la clínica privada que aún pertenecía a los Ishida, y Karin sintió que la distancia que se interponía entre ella y su hermana se hacía más y más larga. Sólo el firme agarre de Toushiro sobre ella la mantenía en movimiento. Se encontraba en estado de shock, supuso el capitán. Ella apenas miraba el camino y estaba completamente perdida. El primero en encontrarlos fue Ichigo, con una expresión indescifrable.
Sin embargo el peliblanco fijó su atención en el anciano hombre que serenamente contemplaba la puerta de la habitación donde - intuía - Yuzu esperaba su final como humana. Miró a Ichigo, quien asintió, y dejó a Karin a su cuidado. Él, por su parte, se sentó junto al anciano Isshin Kurosaki varios metros detrás, ofreciendo privacidad a los hermanos.
—Los padres nunca deberían enterrar a sus hijos. —Fue lo primero que su antiguo capitán le dijo.
—Ella irá a la sociedad de almas. — Intentó consolarlo.
¿Cómo consuelas a un padre que sabe sin lugar a dudas lo terrible que pueden ser los barrios bajos del Rukongai? ¿Cómo, cuando no podía asegurarle una buena vida allí para su hija moribunda?
—Sí… pero yo no. — Concluyó mientras observaba como Ichigo abrazaba a su hermana menor.
—No lo sabe. — Rebatió, disconforme.
—Tú tampoco, Shiro.
El silencio se formó y el shinigami se volvió hacia el hombre que lo había formado: añejo, débil e indudablemente íntegro ante la adversidad. Él miró a su subordinada quién se cubría la cara con las manos mientras su hermano le acariciaba la espalda. No se había dado cuenta de que el semblante preocupado le había tomado el rostro sino hasta que Isshin soltó una corta risa desprovista de humor.
—No solías ser tan demostrativo, me alegra que Karin haya hecho mella en tí. — Afirmó Isshin, su voz rasposa por la edad. — No creas que no vi que le soltaste la mano cuando doblaron la esquina.
Él intentó no ponerse en evidencia, pero no encontró sentido en mentirle al hombre que tanto había admirado y apreciado. Toushiro aún lo miraba como a un superior: un capitán tan noble que renunció a su eternidad por el deber.
—No lo niegas, entonces. — El anciano Kurosaki sonrió. — Me alegro.
—¿Cómo está ella? — Cambió de tema, mirando la impoluta puerta blanca frente a ellos.
Isshin suspiró. —Murió hace un momento, insistió en esperar a Karin, por supuesto. Yuuta y Masaki están en la recepción rellenando papeles; esperan el acta de defunción.
Él asintió y pese a que lucía un semblante tranquilo, se sentía inquieto. Isshin le dio una sonrisa que desentonaba con su anterior aire de duelo. Toushiro no supo cómo, pero de alguna manera sabía que su antiguo capitán intentaba infundirle confianza.
No le constaba tener otra oportunidad, y sentía la imperiosa necesidad de confesarse pese a no cargar encima ningún delito.
—La quieres. — Decidió Ishhin, con un aire comprensivo. — ¿Qué puedo decir? Las mujeres Kurosaki mueven cielo y tierra… o quizá, fuego y hielo.
Pese a lo dicho, y a todo lo que implicaba, se mantuvo tranquilo. No necesitaba una bendición sobre algo que no pretendía cumplir. Ni siquiera lo había pensado de ese modo, como "pedir la enhorabuena"; sino más bien como un acto de disculpa. "Lamento pensar así de su hija", "Nunca le faltaría el respeto", "La aprecio como una de mis mejores subordinadas". Algo como eso.
—Es mi quinta oficial. — Se limitó a contestar mientras de reojo miraba a la mujer intentar serenarse. —Ella es feliz donde está, con mi amistad. No tengo intenciones de quitarle eso.
—Ah, qué obtuso. — Lo riñó, pero no insistió.
Karin soltó a Ichigo y apretando los labios ingresó a la habitación del hospital en completa soledad. Allí, de pie al lado del cadáver cubierto que una vez fue su cuerpo Yuzu le sonrió.
—¡Finalmente puedo verte en uniforme! — Karin se echó a llorar. —¡Ay, Karin! ¡Pero sí te luce mucho!
Se abrazaron sin ánimos de soltarse, Karin respiró el perfume que el cabello castaño de su hermana irradiaba. Era agradable. Yuzu no era mucho más alta que su gemela, pero el contraste entre ambas almas era tan fuerte como imposible de pasar por alto. La recién fallecida le echó el cabello hacia atrás y le dio sendos besos por las mejillas mojadas por el llanto.
—¿Por qué lloras? Sabes que iré a la sociedad de almas ¡Yo soy la que debería estar desconsolada!
—¿Y por qué no lo estás? —Preguntó, secándose las lágrimas.
—Porque Yuuta es un excelente padre, muy espiritual, y Masaki no podría estar en mejores manos. — Afirmó, poniendo sus manos en jarra sobre sus espirituales caderas —Tiene a Ichigo, a Orihime y a Kazui, a su propio novio y toda una vida por delante. Yo… bueno, no es como si pudieran revivirme.
—Tampoco pudieron revivirme a mí. —Recordó, sin saber a donde apuntaba.
—Y aprendí a vivir sin tí aquí, convencida de que estabas bien. — Manifestó, tomando sus manos entre las suyas. — ¿Vendrás a ver a Masaki y Yuuta cuando yo no pueda, no?
Volvieron a abrazarse, estrujándose, apretando tanto sus cuerpos como podían. Intentaban fundirse sin éxito en un solo ser.
—Si te conviertes en shinigami podrías venir tú.
—Tú apenas podías venir una o dos veces al año, y sé que te escapabas.
—Te enseñaré a violar las reglas como Matsumoto me enseñó a mí.
Yuzu sonrió en medio de su dolor, intentando ser siempre el soporte emocional de la familia. Karin asintió con fuerza.
—Te llevaremos como a mí, duele muchísimo, lo siento. Pero así mantienes todos tus recuerdos, no olvidas nada, y aunque se siente como una eternidad en realidad es apenas un momento y…
—Quiero un ritual konso, Karin.
Dejó de hablar de inmediato y boqueó — No, no quieres eso.
—Sí, sí que lo quiero. Ya hablé con Ichigo y papá.
—No, no es lo que quieres. Escuchame: ¡Tendrás plena consciencia de tu vida humana, como yo!
La castaña tomó de nueva cuenta las manos de Karin con la ternura que usualmente reservaba para su familia. Karin se soltó una y otra vez hasta que su hermana la retuvo. —Yo quiero olvidar, Karin.
La morena negaba con la cabeza, no dispuesta a escucharla ¿Cómo podía decirle que quería olvidar y dejar su existencia atrás? ¿Dejarla a ella atrás? ¿A Ichigo, papá, a su propia familia…?
—Yo… no quiero recordar, Karin. La mera idea de pasar el resto de la eternidad buscando a Yuuta o Masaki, a ti, a Ichigo, a papá… No quiero eso.
—Los llevaremos con nosotros, ellos tampoco…
—¿Entonces le pediras permisos especiales para todos? Casi echan a Toushiro por eso, tú misma me lo contaste.
Apretó los labios. —Que me echen a mí, entonces.
—Karin, no. — Repitió, con firmeza. —Elijo olvidar, no estaré en paz sino: la culpa me consumirá.
—¡Podrías terminar en el peor lugar del rukongai! — Estalló.
Ichigo e Isshin se miraron fuera de la habitación. Karin tendría que respetar la decisión de Yuzu, del mismo modo en que ellos habían hecho. Yuzu había sido clara y terminante: no quería llevar su vida humana al mundo de las almas. Yuuta, quien era religioso, de alguna manera había influido en ella.
O quién sabe, quizá siempre había sido más sabia que cualquiera de ellos.
—Karin, por favor: envíame al mundo de las almas. Una vez allí, no me busques. Si Dios quiere que nos volvamos a ver, asi será. — Pidió, llevándose la mano de Karin a la zanpakuto que colgaba de su cintura.
—No me pidas eso… no puedo ¡nosotros somos shinigamis, Yuzu! No puedo. Si tu quieres olvidar yo no quiero cargar con la culpa de no saber a dónde irás. — Esgrimió.
Parecía justo, pensó Yuzu. Ciertamente que fuera su hermana quien la enviara al mundo espiritual era un cierre para ella, pero consideró los argumentos de su melliza y decidió que tenía un punto a su favor. Asintió.
—Entonces llamá al shinigami a cargo.
Karin tuvo un ataque de nervios en toda regla, se negó a llamar a nadie e intentó varias veces hacer recapacitar a su querida hermana. Un eslabón de la cadena de Yuzu se rompió y la shinigami no pudo sino quedarse mirando fijamente el pecho del fantasma. Apretó los ojos que de nuevo se anegaban de su tristeza ¿Cuántas almas ella misma había enviado "al más allá"? ¿Cientas, mil quizá? Se dio la vuelta y abrió la puerta. Frente a ella, sentado junto a su padre, Toushiro la encontró. No hizo falta que dijera ni una palabra: había escuchado todo.
Se levantó y Karin dejó la puerta abierta, los otros dos Kurosaki ingresaron y cerraron la puerta detrás de ellos. Toushiro tomó a Hyorinmaru y se volvió hacia la familia, asintiendo a la recién fallecida. Yuzu repitió el gesto y luego contempló a sus familiares. En primer lugar logró arrancarle a Karin un juramento: no la buscaría en el otro mundo. Ella se resistió, por supuesto, pero Yuzu logró su cometido.
—Los amo, gracias por todo. No tengo que pedirles que cuiden de mi familia, sé que lo harán. Lamento que Orimine y Kazui no puedan estar aquí hoy. — Yuzu expresó y titubeó antes de continuar: — Estoy lista, Hitsuga- uh, ¿capitán?
El intentó reconfortar a la mujer cuando dijo —Hitsugaya está bien.
Luego, con un ligero toque del emblema de su empuñadura en la frente de Yuzu, la densa luz blanca comenzó a manar de la marca para luego manifestarse en un charco de luz líquida a los pies del alma. Yuzu fue absorbida por éste con una sonrisa y la mirada fija en Karin mientras vocalizó un "gracias".
Fue un día largo. Aunque parecía una descripción escueta, era la más apropiada. Karin aterrizó en los terrenos de la casa que ocupaba en el primer distrito y avanzó hasta éste sin volver a mirar al peliblanco. Él la siguió con el único fin de confirmar cómo estaba. Ella entró, puso el agua a hervir y comenzó a intentar pelar una manzana. Se le escapó el cuchillo, la manzana rodó por el piso y Karin, sin poder contenerse, lanzó el cuchillo contra la pared. La frustración se apropió del cuerpo de la shinigami y Toushiro pronto la contuvo. Tomó sus muñecas, inmovilizándola desde atrás. La forzó, cruzando sus muñecas sobre su pecho, y la abrazó con fuerza para lograr mantenerla quieta.
—¡Suéltame! — Bramó, furiosa.
Pero él la redujó hasta que terminaron en el suelo, con él abrazándola totalmente, casi como si la absorbiera. Cuando finalmente dejó de forcejear, se ovilló en el suelo y lloró amargamente. Lloró con odio, con indefensión, con la más absoluta sensación de impotencia. No era nadie y Yuzu estaba en algún sitio de ese mundo sin tener noción de su existencia. Y lo peor: le había jurado no buscarla.
—¡Es injusto! ¡Yo voy a cargar con su recuerdo… toda mi puta existencia! — Gritó, respirando como podía en medio del llanto.
—Esa fue tu decisión.
—¡Tenía doce años! ¡Doce malditos años!— Ella se dio la vuelta para encararlo. Toushiro estaba sentado en el suelo junto a ella. —Y decidí esperarlos, yo los elegí.
Hitsugaya había esperado no tener nunca esta conversación con Karin, y se había opuesto a traerla con plena consciencia de sí misma por miedo a tener que discutir esto con ella. Pero ahí estaba, de modo que se hizo cargo de lo que de alguna manera también había consentido.
—Con doce, cincuenta, o cien años: tú elegiste. — Le recordó con franqueza — Nadie está obligado a seguirte porque tú elegiste libremente mantener tus recuerdos. Eres la excepción y la demostración sobre por qué lo mejor para algunos es olvidar.
Karin lo abofeteó. La mejilla del peliblanco ardía tanto como los ojos iracundos de la morena. Ella apretó los labios y abrazó una mano contra la otra.
—El precio de mantener tus recuerdos es la nostalgia perdurable. — Sentenció, levantándose.
Karin le tomó de la muñeca. — Yo… lamento haberte golpeado — Intentó no ponerse a llorar de nuevo. — Por favor…
"No te vayas aún", quiso decir, pero se tragó las palabras.
Él le tomó la mano y le dio un apretón, acto seguido apagó el fuego que ya amenazaba con consumir el agua y preparó comida para ambos. Mañana ella podría avergonzarse por haber llorado como una niña y haber perdido cualquier dignidad o elegancia. Pero en ese momento, estuvo agradecida y aceptó el plato de estofado que Hitsugaya le ofreció.
—Está bueno — Reconoció, con voz trémula.
—Sumalo a mis múltiples habilidades. — Intentó bromear.
Karin lo observó y él lo notó, girando su rostro hacia ella esperando alguna respuesta ingeniosa. La muchacha se puso de rodillas y en un movimiento fluido le besó la mejilla.
—Gracias. — Le susurró.
Esa noche, luego de que le asegurase que estaría bien por su cuenta, Karin se durmió con una inamovible revelación: amaba a ese hombre.
La oficial Kurosaki no se presentó a trabajar al día siguiente. Rukia lo supo por una nota que un shinigami de la décima le llevó a primera hora. La misiva iba sellada con la firma del capitán Hitsugaya, de modo que pensó que se trataba de alguna cuestión oficial. Al abrirla se anotició de los hechos acontecidos en el mundo humano y la partida de la agradable niña que le había cedido sus vestidos.
Rukia releyó la carta: "Estimada capitana Kuchiki. Seré breve. El día de ayer falleció Yuzu Kurosaki, yo mismo ejecuté el ritual konso. La oficial Kurosaki está de licencia por duelo, creo que apreciaría una cara amiga. Espero que esté bien. Saludos cordiales."
Simple, escueta y educada. Rukia miró su carga de trabajo del día y separó aquello que estrictamente debía abordar de inmediato. Decidió que apenas terminara con eso, iría a ver a la morena. Antes de retirarse avisó a su teniente.
Rukia leyó la carta una vez más: "creo que apreciaría una cara amiga". Sonrió, entendía qué era lo que había conmovido a la morena. Tal y como ella le había dicho en alguna oportunidad, el capitán Hitsugaya pretendía desinterés pero en el fondo era un hombre amable y considerado. Rukia guardó la carta en un cajón, en definitiva, había fingido ser cordial cuando a través de una simple afirmación le había transmitido toda su preocupación.
Entre líneas, casi escuchaba un "Por favor, ve a verla. No soy a quien necesita en este momento". Toushiro no sabía si había excedido algún rigor formal al enviarle una misiva tan personal investida en su sello de autoridad. No se había sentido cómodo con la idea de visitar a la capitana para algo tan privado, y Matsumoto - quien gozaba de camaradería con la capitana - se había retirado rápidamente para ir a ver a su oficial sentada.
El capitán se tocó la mejilla golpeada. Karin lo había abofeteado con todas sus fuerzas. No le dolía ya, dado que había curado la hinchazón. En su necesidad de calmarla la había tomado en brazos, y se había sentido correcto. Como si todo finalmente encajara en ese abrazo. Por ello, no se sentía bien para él ser quién la consolara.
¿Era una mala persona por regocijarse por la cercanía cuando ella estaba sufriendo? La respuesta más obvia era que sí. Él no era una cara amiga honesta en ese momento. No cuando abrazarla lo reconfortaba a él.
Karin no fue a trabajar otro día, y a la noche del tercero él se apareció en su puerta. Pensó que no debía descuidar su deber como amigo y que debía contener como pudiera su enamoramiento por ella. Al menos disfrazarlo de la amistad que aún sentía por la shinigami. Para su sorpresa, Karin estaba sola. Llevaba su cabello suelto, la yukata bien colocada y olía a limpio. Estaba recién bañada, pero los ojos hinchados revelaban su verdadero estado.
— Pasa, Rukia me trajo comida como para un ejército. —Confesó.
Él la siguió y se acomodó en el comedor que tan familiar le resultaba. Ella se compuso y se sentó a comer con él, pronto se asentó entre ellos el aire jovial que siempre los inundaba. Karin echó su lacio cabello detrás del hombro en un gracil movimiento y tomó los palillos para ir por otro bocado de carne de cerdo asada.
—¿Cómo te sientes?
Ella tomó un bocado de verduras agridulces.
—Como una mierda, cada vez que pienso que no la volveré a ver me entran ganas de llorar y de romper algo al mismo tiempo. — Confesó, y luego dio un suspiro. — Pero así es la vida, yo fui la que quiso desafiarla y ahora me toca lo que me toca.
—No quise ser cruel contigo.
—Me dijiste lo que tenía que escuchar. — Lo interrumpió. — Eso es lo que te hace tan… bueno.
¿Hace cuánto tiempo no lo llamaba amigo? ¿Años? Toushiro pasó por alto la elección de palabras y negó con la cabeza: si bien no le había mentido, podría haber elegido palabras más comprensivas de su situación. Ella sonrió con tristeza.
—Rangiku me dio las palabras comprensivas, y Rukia intentó infundir esperanza en mí. — Le dijo, sin mirarlo a los ojos, mientras pretendía escoger qué comer a continuación. —Tú, Toushiro, me diste la más certera verdad. De nuevo, lamento haberte abofeteado.
—Lo considerare una contrapartida por mi falta de tacto.
Ella apretó los labios y se cubrió los ojos, otra vez quería llorar.
—¿Tosh? — Le llamó — Los sobreviviré a todos.
—Con seguridad, permitirán que Ichigo siga tu misma ruta.
Ella frunció la boca intentando contener las lágrimas que se le agolpaban ¿Y si Ichigo no quería seguir su rumbo? ¿Si, en cambio, coincidía con Yuzu y otra vez perdía a un hermano? Se obligó a respirar.
—Morimos con el olvido. — Dijo el capitán de repente.
Pretendió no darse cuenta del lamentable estado de su acompañante, ella merecía esa dignidad. Se sirvió otro poco de comida y pese a no considerarse un hombre de grandilocuentes discursos, quiso intentar transmitirle sus pensamientos personales a Karin.
—La Yuzu que conoces vive en ti, no morimos del todo sino hasta que la última persona que nos recuerda se lleva consigo nuestro nombre. — Él le sirvió otro poco a ella y levantó la vista para encontrarse con sus diáfanos charcos de ébano — Respetar su decisión habla de tu amor hacia ella. Guarda su recuerdo con afecto, la nostalgia es el precio final del amor.
Karin comió un bocado y lloró mientras lo hacía.
—Eres cursi cuando quieres ¿quién lo diría?
Él se sonrojó.
—Cállate y límpiate los mocos.— La riño falsamente, arrojándole una servilleta. —Mi estofado palidece al lado de esto.
Cambiar de tema cuando se ponía demasiado serio o emotivo era lo usual para ambos.
—En tu defensa, esto viene de la cocina Kuchiki.
—Uhmmm. — Murmuró. — El capitán Kuchiki debería oficiar más festejos.
—Cásate con él, entonces.
Él parpadeó, mortificado ¿Acaso Karin pensaba que él era…? ¿Qué deseaba a los hombres? Ella tomó la servilleta y se limpió los mocos antes de reírse de él.
—No me digas que descubrí tu secretito.
—Cállate.
—No es nada de lo que avergonzarse, ¿sabes? — Ella continuó, divirtiéndose a su costa — Aunque a muchas les romperás el corazón.
Karin se calló cuando él la miró con renovada intensidad, sus ojos verdes refulgían. No sabía si de enfado, hartazgo o lascivia. Esperaba que fuera la tercera.
—¿Y a tí desde cuando te importan mis preferencias?
Ella se llenó la boca de cerdo asado para evitar contestar de inmediato, llevó la taza de té a sus labios y bebió de ella lentamente. Luego, preguntó:
—¿Entonces sí te gustan los hombres?
Él bufó.
—Tanto como a tí las mujeres, supongo.
—¿Si sabes que soy bisexual, cierto?
Toushiro se atragantó con el té perdiendo todo el aire digno que había portado hasta ese momento, tosió. Tosió mucho y fuerte. La risotada que Karin soltó fue lo que le hizo darse cuenta de que ella le había tomado el pelo. Se sentó de nuevo a la mesa y se sirvió el resto del cerco que a su subordinada tanto le gustaba.
—¡Oye! —Se quejó ella.—Consigue tu propio cerdo Kuchiki, esto es un lujo.
—Cásate con él y consigue más. — Ofreció, ella le frunció el cejo y luego respondió altanera:
—A lo mejor y lo pienso, estoy segura de que su "consejo familiar", o como se llame, estaría muy feliz de recibir a la hermana menor de su salvador en el clan.
Toushiro se congeló un instante por su respuesta, pero lo disimuló perfectamente. Lo hizo tan bien que Karin incluso pensó que su afirmación, la que había buscado alguna reacción en él que la llevara a pensar que lo que había visto sí era lascivia, había caído en saco roto. Él, dispuesto a mantener su farsa, asintió.
—Con toda seguridad, eres una mujer fuerte. Cualquier linaje te recibirá con los brazos abiertos.
A pesar de que la declaración había sido hecha con la intención de halagarla, era tremendamente cierta, y les dejó a ambos un amargor en la boca. A Karin porque confirmó, una vez más, que él no guardaba ningún tipo de deseo o afecto sentimental por ella; y a Toushiro por la contundencia de la afirmación: Karin podía tomar por esposo a quien ella quisiera. Incluso a Byakuya Kuchiki.
Terminaron la comida con pretendida normalidad, mientras cada uno de ellos seguía su propio camino mental.
