Senderos de fuego.

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Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.

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Capítulo diez: Bifurcaciones.

El rocío de la mañana se había evaporado casi por completo para cuando Kukaku se sentó en la engawa para disfrutar de un momento de quietud. El verano se estaba terminando y la matriarca el clan Shiba gozaba de dicho momento de intimidad antes de que el resto del grupo comenzara sus labores. La casa aún permanecía en un silencio casi absoluto, por ello se dio cuenta rápidamente de los apenas perceptibles pasos de la más joven del clan. Karin no estaba intentando premeditadamente ocultar su andar mas los años de entrenamiento habían provocado que su paso fuera ligero.

—Buen día, Kukaku — Saludó ella, saliendo a su encuentro.

La muchacha plegó su falda rápidamente y se sentó junto a su antigua mentora en un grácil movimiento. El sol comenzaba a romperse en el cielo, era muy temprano.

—Buen día — Contestó, haciéndole un gesto para que se sirviera del té que la acompañaba, si gustaba. — ¿Te irás pronto?

—Es sábado, no trabajo hoy. Me quedaré al menos para desayunar con Ganju, de lo contrario me reclamará al respecto más tarde.

En otras palabras, se sentiría ofendido y Karin no quería herir los sentimientos de su autoproclamado hermano mayor honorario. La shinigami bebió la infusión con cierto desagrado reflejado en su rostro: Kukaku era terrible en la preparación de cualquier infusión o comida, pero no tenía intenciones de ponerse exigente con el asunto. Bostezó y se acurrucó contra el marco de la puerta.

La joven shinigami se había refugiado de vez en cuando en su segundo hogar de vez en cuando. Luego de la muerte de Yuzu, cinco años antes, se trasladaba a la casa Shiba para obligarse a contener su deseo de buscarla cuando éste se tornaba irrefrenable. Le había dado su palabra, después de todo, y ella no rompía sus juramentos. La morena mayor le frunció el ceño.

—No seas remilgada y bébete el té.— Le refunfuñó Kukaku.

—Es exactamente lo que estoy haciendo.

—Sin hacer caras, mocosa.

Vació su taza de un trago y la depositó de nuevo en la bandeja, ofreciéndole a su tía una cara burlona al final. El cielo estaba despejado y claro, por lo que sería una hermosa noche.

—El capitán Kensei Muruguma me ha pedido, a través de su teniente, reunirme con él el lunes. — Declaró, tras un momento de largo silencio.

Kukaku tarareó en el entendimiento. Si un capitán solicitaba reunirse con un oficial de modo directo, solía ser con una única razón: reclutarlo. Karin lo sabía, llevaba suficiente tiempo en una escuadra como para conocer el manejo del personal. Después de que su actual capitán no la ascendiera los rumores habían estallado y corrido a través de los pasillos por el boca en boca; muchos habían especulado al respecto en formas positivas y negativas.

—Lealtad y apego son dos cosas diferentes, muchacha. — Señaló la mayor.

Karin asintió. —Hace un tiempo que estoy pensando en trasladarme, pero si no es a través de un ascenso dejaré mal parado a mi escuadrón.

—Pensé que estabas feliz allí.

Un momento de tenso silencio precedió a la confesión — Lo soy, sólo que creo que… bueno, no voy a superar nunca mi enamoramiento por Toushiro si no pongo espacio entre nosotros.

—¿Te trasladarás sólo porque quieres revolcarte con tu capitán? — Se burló ella. — Bueno, hay gente que se traslada sólo por ambición, no soy quién para juzgarte.

—¿Te parezco una tonta, entonces?

La matriarca posó su mano abierta en la cabeza de ella y le despeinó con afectuosa camaradería. En muchos sentidos, la consideraba casi una hija.

—Es tu decisión, mocosa. Haz lo que consideres correcto, pero conocí a Kensei Muguruma. Es un tipo serio como la mierda y muy exigente. — Expuso ella mientras encendía su pipa. — El capitán hielito es demasiado blando contigo, estoy segura que en manos de Muguruma te fortalecerás.

—¿Blando, dices?

Karin había abandonado la ciega admiración hacia su interlocutora hacia mucho tiempo, pero consideraba su opinión valiosa y confiable. Rukia ya le había ofrecido su opinión, y había estimado que aceptar un traslado al noveno escuadrón era una buena opción, haciendo hincapié en que evitar sus sentimientos quizá no era la más madura de las determinaciones. Sin embargo, no había tenido ningún mal comentario sobre Hitsugaya. Al contrario, bajo su mando había aprendido a ser una shinigami de verdad y recomendaría a los reclutas unirse a él sin duda alguna.

—Para entrenarte, sí.

Kukaku le sonrió con socarronería, pues creía que el capitán del décimo albergaba similares sentimientos por su pupila. Desde su punto de vista, y por lo que había llegado a captar desde su lugar de espectadora y por lo poco que su acompañante le había narrado sobre él, le parecía evidente que Hitsugaya le guardaba especial afecto. La antigua teniente del segundo escuadrón miró el amanecer frente a ella, y recordó el modo en que los ojos del mencionado capitán se suavizaban al contemplar a Karin cuando pensaba que nadie reparaba en él.

Oh, sí. Ese tipo sentía algo por la muchacha, pero ella no era quién para entrometerse ¿Cierto?

—¿Por qué no le haces saber lo que sientes? Ocultarte y temblar no es muy propio de un Shiba, y tampoco de ti.

Karin parpadeó, sorprendida por el nuevo tema. Kukaku no solía comentar sobre cuestiones sentimentales, era fundamentalmente práctica.

—En primer lugar, es mi capitán. Es segundo lugar, joder, me va a rechazar y prefiero ahorrarme esa vergüenza.

La mayor le dio una pitada a su pipa y, burlonamente, le echó el humo en el rostro a la oficial. Ella, por su parte, se limitó a dispersar el humo con un movimiento de su mano y girar sus ojos con exasperación.

—Eres una cosita cobarde. El hombre ya no será tu capitán pronto, y cuando finalmente te rechace no tendrás más opción que reponerte ¿No eras tú la que chillaba cuando ese Gojo Onazuki no se te declaraba para rechazarlo de una vez por todas y seguir con tu vida?

Karin se sintió ofendida por la comparación — Yo no acoso a Toushiro, somos amigos.

—Los amigos no se tienen ganas, muchacha. Él es tu amigo ¿puedes decir que eres sólo su amiga?

—Soy su amiga.

—¿Sólo su amiga?

La oficial no era deshonesta de ninguna manera. Nunca hizo nada por Toushiro esperando que eso, de algún modo, contribuyera a que se fijara en ella de manera romántica y estaba totalmente segura de ello. Ella entendía hacia dónde apuntaba su mentora: si no sacaba el gato de la bolsa siempre habría algo inconcluso entre ambos.

—A lo mejor tienes razón. — Concedió. — Lo pensaré.


El ruido de las cigarras era lo único que rompía la calma de la oficina destinada a los quinto y sexto asientos de la décima escuadra. Karin suspiró mientras tamborilleaba sus dedos sobre el escritorio. Le sonrió a su compañera de oficina Yumiko Hirakawa, quien se había convertido en la sexta oficial, y ésta le devolvió la sonrisa tímidamente y con cierta compasión. Era el definitivo lunes, y Kurosaki estaba dilatando encontrarse con Hitsugaya a fines de hacerle saber sobre su reunión con el capitán del noveno escuadrón. Se volvió hacia la oficial con la que había compartido más de treinta años de servicio y por un momento se arrepintió de no haber intimado más con ella.

—Debo ir a ver al capitán, volveré pronto.

La joven asintió, con semblante preocupado. — ¿Te regañara?

—No lo creo.

Como siempre, Toushiro estaba en su escritorio. La morena hizo acopió de valor y se acercó a él con el único sonido del rapado de la pluma sobre el papel entre ellos. El albino levantó la mirada cuando pasaron varios segundos sin que la jovial oficial se dirigiera a él. Extrañado, enarcó una ceja.

—¿Qué se le ofrece, oficial Kurosaki?

Ella había esperado a un momento propicio en el cual no hubiera nadie cerca, ni siquiera la propia Matsumoto, de modo que sabía que debía ser breve si su pretensión era llegar de manera puntual a la cita con el capitán Muguruma ¿Por qué le costaba tanto tragar saliva? Se sentó muy recta.

—¿Tiene un momento, capitán?

Hitsugaya asintió con solemnidad, con la curiosidad y preocupación instalándose en el fondo de su estómago. Era inusual que Karin fuera tan formal mientras estuvieran solos, o tan formal en general, por lo que temió que algo estuviera mal.

Ella decidió ser concisa y directa.

—El capitán del noveno escuadrón, Kensei Muguruma, me ha citado en privado para hoy.

La noticia se asentó con lentitud, como una pluma descendiendo vaporosamente hasta el suelo. Toushiro suspiró, sabía que eso podría pasar. Habría pensado que la capitana Kuchiki sería la primera en intentar tentar a su oficial con un traslado, pero resultó no ser así. No, se dijo, quizá no era el primero en proponerlo sino el primero en lograr que Kurosaki lo considerara con seriedad. Sabía que al no promoverla a tercer asiento estaba dejando la vía abierta para el resto de las escuadras. Karin era, después de todo, muy buena en su labor..

Si ella estaba sentada frente a él, comunicándolo con tanta seriedad, la respuesta era obvia.

—¿Tengo su permiso? — Preguntó, con voz suave.

La cuestión estaba entre líneas, Karin no sólo le estaba pidiendo permiso para salir del escuadrón y ambos lo sabían. Se miraron a los ojos un largo momento hasta que él se cruzó de brazos.

—No aceptes nada, sino un tercer asiento.— Afirmó con determinación.

—Pensé que no me consideraba apta para él. — Hizo notar ella, era un aguijón que había reservado para ese momento.

Toushiro le dio una sonrisa amable que la descolocó. — No aquí, no con nuestra distribución y mi modo de liderar. A lo mejor el capitán Muguruma tenga otra cosmovisión más compatible con la tuya.

"Y has crecido", pensó. —Tienes mi permiso.

Dicha aseveración tenía para ambos un gran significado. Un tercero habría considerado que su conversación era simple, sólo los interlocutores sentían la verdadera profundidad de su intercambio. Karin se cuestionó a sí misma sobre lo infundado de su recelo a la charla. No quería irse del todo, no después de lo mucho que había vivido, reído y crecido en ese cuarto. Se sintió melancólica pese a que no había nada juzgado. Toushiro tenía razón, ella no se iría a menos de que fuera por un tercer asiento.

La gentil sonrisa que él le había dedicado hizo que su corazón saltara y un calor desbordante llegara a su rostro ¿Cuánto le tomaría a su tonto cuerpo serenarse ante tan sencillos gestos? El capitán se puso de pie y Karin rápidamente lo imitó, siguiéndolo cuando caminó hasta la entrada de su oficina. Allí se detuvo y giró para estar frente a ella. Karin retrocedió un paso para poder mirarlo cómodamente. Si bien ella había madurado hasta medir un ostentoso metro setenta, y lo que consideraba un cuerpo de joven adulta, Toushiro finalmente se había puesto al día con su forma adulta e inevitablemente la diferencia de estatura no había podido ser zanjada. Karin tragó cuando él le abrió la puerta:

—Éxitos, oficial Kurosaki. La décima siempre estará abierta para usted.

Los ojos se le nublaron por un segundo, pero se repuso de inmediato y le dio una sonrisa deslumbrante.

—Una vez de la décima, siempre de la décima; aunque lleve otra insignia. — Respondió, y se retiró con una breve risa.

Cuando el sonido se esfumó y de nuevo el capitán se quedó a solas en su oficina, una sensación de vacío lo golpeó. Cada vez que la oficial se retiraba con una sonrisa y un gesto de la mano, la escuadra se quedaba silenciosa. El pensamiento de que nunca volvería a ser la misma oficina sin el sonido de sus carcajadas y un efervescente "¡Buen día, capitán!" por las mañanas laborales se instaló en él. Toushiro cerró la puerta y volvió a su lugar en el escritorio, contemplando su oficina. Se despeinó el cabello y soltó un largo y cansino suspiro.

Tarde o temprano iba a pasar, sabía lo que hacía cuando decidió mantenerse firme en su posición y no ascender a Karin.

Había hecho lo correcto, se recordó que la mujer era libre.

Libre, fuerte, y lista para buscar otro lugar para seguir creciendo. Matsumoto iba a estar molesta con él, de nuevo.

Shuhei Hisagi la recibió poco tiempo después de que se anunciara en la puerta principal del noveno escuadrón, contiguo al suyo propio. Karin lo siguió por los pasillos de la escuadra, que no se diferenciaba particularmente de las otras con sus corredores amplios, luminosos, de estilo tradicional y pulcro. El hombre con la cara tatuada era educado pero no demasiado hablador, ella ya lo conocía a través de Renji, y le dio la impresión de ser circunspecto. Más tarde sabría que era un poco introvertido.

—Toma asiento, por favor. El capitán te atenderá en un momento, siéntete cómoda. —La instruyó luego de abrir una puerta y señalar lo que le parecía una sala.

—Muchas gracias — Asintió, procurando no mostrarse nerviosa.

Él le dio un asentimiento y tras un instante de duda, se retiró. A la oficial le dio pareció que había querido agregar algo más. Sentada frente a la pequeña mesa, Karin esperó. No debió aguardar mucho, pues el capitán apareció pocos minutos después. Ella no le había visto con frecuencia, pero tenía una presencia imponente que ocupaba todo el espacio. Por ello la sorprendió que lo primero que hiciera fuese disculparse con ella por hacerla esperar.

—Sólo han sido unos minutos, entiendo que tiene sus obligaciones. — Expresó, levantando una mano frente a su rostro en signo de honestidad y despreocupación. — Lo escucho, capitán Muruguma.

—Seré directo, oficial Kurosaki.— Afirmó, sentándose frente a ella y poniendo sus manos sobre las rodillas.

Es un hombre inmenso, fue el pensamiento inapropiado que se coló por su mente. Entendía porque era popular entre las integrantes de la asociación de mujeres shinigamis. Se tragó la sonrisa.

—Yo mismo la evalué en su examen de suficiencia, por lo que sé de su potencial. Tengo un tercer asiento libre, y me gustaría que usted lo ocupara. Sin embargo, entenderá que dado que su propio capitán le negó el suyo me gustaría saber si está realmente preparada para él y dispuesta a comprometerse con las exigencias que la insignia trae consigo.

Kurosaki le ofreció una pequeña sonrisa que buscaba ser educada, pero en realidad lució determinada y socarrona. De inmediato Kensei supo que tenía sentada a la candidata ideal, le sonrió de vuelta.

—Entonces debo hacerle saber, con franqueza, que considero que las divisiones por rango en ocasiones sólo sirven para entorpecer las cosas y distanciar a los compañeros. — Opinó. — Me considero una buena oficial, si estoy sentada aquí es porque usted también lo cree.

Sí, era la indicada.

—Los rangos sirven para distribuir las tareas de acuerdo a la competencia de cada oficial, como tercer oficial espero que respete esa distribución y la haga cumplir. A diferencia de otras escuadras, pretendo que aquí la administración del personal recaiga sobre el tercer oficial y no sobre el teniente, como es hasta ahora.

Kensei continuó describiendo las tareas que le serían asignadas y luego discutieron brevemente sobre la libertad que ella tendría para administrar las mismas bajo su libre albedrío y cuáles necesariamente deberían contar con su asentimiento o el de Shuhei Hisagi. La morena se dio cuenta de que más allá de la fama exigente del capitán sentado frente a ella, era una persona pragmática: buscaba soluciones sin muchas vueltas y pronto llegaba a acuerdos.

—¿Entonces le parece acertada mi propuesta?

—Se estaría imponiendo esa carga a sí misma. Si eso no obsta las tareas que ya le enumere y considera que es productivo, entonces no tengo motivo para oponerme.

Ella asintió. El capitán repitió su gesto.

—Entonces ¿Acepta el puesto?

Karin extendió su mano para que la estrechara. — Daré lo mejor de mí.

—No espero menos y quiero que lo sepa de antemano. Bienvenida al noveno escuadrón, oficial Kurosaki.

Toushiro había estado en lo cierto cuando especuló que Matsumoto estaría molesta con ella pues su teniente refunfuñaba por los rincones. Al parecer, se había enterado rápidamente sobre la reunión de su querida oficial con el capitán de la novena escuadra. No estaba molesta, sino que tenía cierto aire de resignación. En el fondo, estaba un poco decepcionada por el modo en que las cosas se habían desarrollado, pensó que finalmente su capitán y quinta oficial se estaban acercando.

La tensión sexual entre ellos era palpable, tan viva que casi desprendían chispas. Rangiku valoró que era cuestión de tiempo que finalmente llegaran a la más obvia conclusión de que se gustaban entre sí. Era claro como el cristal para ella, y albergaba la esperanza de que ese año inevitablemente tropezarían a los brazos del otro.

Que otro escuadrón les robara a Kurosaki era evidente desde el momento en que su capitán no la promocionó, y no le había supuesto ningún tipo de sorpresa. Shuhei le había comentado que Muguruma estaba pensando seriamente en ofrecerle su asiento y que, si ella aceptaba, era casi un hecho. Estaba frustrada. Desde su lugar como teniente había propiciado encuentros, situaciones y conversaciones entre Hitsugaya y su oficial con el fin de acercarlos a lo que consideraba un feliz desenlace.

Hizo un mohín, estaba frustrada con su capitán ¿cuándo iba a ser un hombre con agallas y declararle su afecto a Karin? Berreó.

—Matsumoto, puedo oírte desde aquí ¿Hay algo que quieras compartir?

¡Tenía mucho que compartir! Iba siendo hora de sermonearlo, se dijo. Sin embargo, Karin decidió arribar en ese momento. Sin saberlo había salvado a su amigo de un buen aleccionamiento. Rangiku saltó de su lugar y fue a su encuentro, tomando las manos de las joven entre las suyas.

—¡Querida Karin, vuelves con nosotros! — Exclamó, sonriente.

Ella se rió de su pantomima y asintió. El capitán Hitsugaya detuvo su labor para observar al dúo de su escuadrón, quienes le ignoraron por el momento. Sonrió quedamente y escondió el gesto; las interacciones de sus subordinadas le causaban añoranza y exasperaba en simultáneo. Iba a extrañarlo, ver a esas dos volverse siempre a la otra en una dinámica entretenida. Karin se soltó de Rangiku y acomodó sus ropas.

—He aceptado el tercer asiento que el capitán Muruguma me ofreció, el papeleo debería llegar esta semana. — Anunció.

Esperaba que al menos la teniente hiciera un acto de llanto y fingido roto corazón, pero ella la apretó en un abrazó y le dio ánimos. Karin devolvió el gesto.

—¡Voy a extrañarte tanto! — Lloriqueó la mujer de exuberantes pechos. — ¡Muchísimo! ¿A que sí, capitán?

Sí, sí que iban a extrañarla.


—El papeleo del traslado estará listo pronto— Le mencionó a Rukia, más tarde esa semana.

Karin estaba comiendo con la pequeña morena en la comodidad de su hogar, y la menor le había preparado una deliciosa comida con lo mejor de su repertorio culinario. La mujer empujó su bebida sin remilgo.

—¿Y cómo te sientes? Ahora eres una doble traidora, primero con el capitán Hitsugaya y ahora con el capitán Muruguma.

Ella ignoró la acusación y respondió: —Extraña, lo que Kukaku me dijo me da vueltas en la cabeza.

Le había relatado a Kuchiki la conversación que había tenido con la matriarca del clan Shiba. Había desmenuzado la idea en su mente y sólo había logrado sentirse confundida. No había manchado su amistad con una segunda intención, todas sus interacciones para con el Toushiro habían sido amistosas aunque el deseo burbujeara bajo su piel.

No había duda en su corazón: siempre que se había preocupado por él o había estado a su lado el afecto era sincero.

Al principio había pensado que el deseo era una consecuencia natural de la maduración y que bien otro amante podría apaciguar su ardor: había estado equivocada. Yamato incluso se había reído de ella cuando se lo había confesado tiempo atrás: "el deseo que viene del amor, muchacha, no se apaga con las caricias de la pura lascivia", enseñó el orfebre.

Lo comprobó una y otra vez cuando las ágiles manos de sus amantes recurrentes no amortiguaban la atracción por el capitán de ojos verdes. De modo que se encogió de hombros y procuró ignorarlos hasta que sus sentimientos murieran por su desidia. Claramente el método fue inadecuado, pues éstos se enraizaron y florecieron hasta que el más mínimo contacto amistoso le erizaba la piel.

¿Sospecharía Toushiro que encontraba electrizante el calor de sus amplias manos sobre ella cuando la tocaba inocentemente? El recuerdo de su calor corporal atizaba sus fantasías y se preguntaba cómo sería que el capitán la tocara de verdad ¿Cómo se sentiría ser deseada por él, tocada y desarmada sobre su cama? No encontraba la debida saciedad en otros amantes, y pretender que no lo amaba no había funcionado: no encontraba remedio para su amor.

—Creo que tiene razón. — Declaró Rukia.

—Va a rechazarme y tendré que lidiar con eso, no sé si quiero hacerlo: las cosas se pondrán raras entre nosotros por mi culpa.

—Por un tiempo, sí — Concedió la mayor — Pero no puedes superar algo que no sucedió. Hasta que no te rechace y no puedas, en lo más mínimo, albergar esperanzas sobre ustedes, no podrás dejarlo atrás. Además, trabajando en otro escuadrón podrás evitarlo hasta que te sientas mejor para enfrentarlo de nuevo.

Karin gimió.

—No quiero hacerlo.

Rukia abandonó cualquier intento de seguir comiendo, dejando los palillos a un lado. Puso una mano maternal sobre el muslo de Karin tiernamente y con la otra mano le acarició el cabello.

—¿A qué le temes? Si su amistad es fuerte, sobrevivirá. Y creo que lo es.

—Sé que va a rechazarme, he buscado cualquier señal de que también me quiere a lo largo de estos diez años… yo, no quiero ser rechazada.

—Si no quieres hacerlo, no lo hagas. Pero estos sentimientos que ahora te agobian no se irán… no puedes llorar una pérdida pendiente. —Susurró la mayor.

Karin percibió que estaba llorando sin emitir ni un sollozo: las lágrimas escapan sin su permiso en gruesas manchas hasta formar un torrente que mojaban sus muslos. La mano de Rukia migró a su espalda donde la acarició en círculos para reconfortarla, como había hecho muchas veces con su propia hija.

En esa ocasión no la consolaba por heridas físicas, sino que estaba intentando dar confianza a un corazón desolado y roto. Karin lloró amargamente con la silenciosa compañía de su confidente.

—Soy una tonta, caramba. — Se mofó, intentando secarse la cara con las manos pero sin poder interrumpir su llanto. —Una completa tonta.

La maternidad había convertido a Rukia en una mujer especialmente compasiva, de modo que se quedó con la muchacha hasta que dejó de llorar. La apretó en un abrazo, como si con su fuerza pudiera recomponer todos sus pedazos hasta dejarla íntegra.

Matsumoto le había comentado su opinión sobre su capitán y la convicción de que éste albergaba sentimientos por su oficial. La teniente creía que necesitaban más tiempo para que éstos crecieran. Rangiku era mucho más avispada que ella y conocía al capitán Hitsugaya mejor que cualquiera, de modo que si ella decía que no estaban listos lo más probable fuera que Karin tuviera razón. Eran indicios, había dicho Rangiku: su capitán era hermético. Quizá lo mejor sí era darles tiempo.

—Haz lo que consideres mejor, Karin. Si no quieres confesarte, entonces no lo hagas. — Le susurró.

Temía que dar un salto en el momento inadecuado sólo causara daño y significase perjudicar un afecto aún incipiente.

—No, no. Tienen razón, estoy prolongando lo inevitable. — Declaró con los ojos hinchados por el llanto.

Rukia no supo si era lo correcto. No quería echar por tierra lo que Matsumoto le confiaba, pero en esos años nunca había logrado avistar el más mínimo atisbo de enamoramiento por parte del peliblanco hacia su amiga; sino más bien de Karin hacia él. Pensó que indefectiblemente Karin sería rechazada, pero allí estaría para consolarla. Estaba segura que él al menos intentaría ser amable y no le daría una negativa contundente. Era un hombre decente.

—¿Y si intentás conquistarlo? ¡Ya no será tu superior! — Le sugirió, en cambio.

Karin echó una risa sin humor ante lo propuesto por la mayor, acto que causó en Rukia desazón. Esa era una idea de imposible puesta en escena pues no tenía la paciencia del suave coqueteo que la idea requeriría. Ella era directa: iba por lo que quería, se insinuaba sin muchas vueltas y filtraba directamente con su objetivo.

— ¿Crees que no coqueteo con él? — Le preguntó. — Anda, que esta misma mañana le dije que sacara provecho a su sonrisa para reclutar shinigamis, le he dicho incluso que si usara esa voz suya para otra cosa que no fuera gritarle a Matsumoto sería más popular en nuestra revista ¡Ni se inmuta!

Rukia sintió vergüenza ¿Cómo era capaz de decirle esas cosas al objeto de su amor sin morirse de pudor en el intento?

—¿Y el hombre no se da cuenta de que te gusta? —Se preguntó a sí misma en voz alta, pero su colega le respondió.

—Piensa que lo digo para fastidiarlo.

—¿Y no es así?

Ella se rió. — Un poquito sí.

Así, había pasado de llorar a reír en un momento.

No sorprendió a nadie cuando el traslado de la oficial Karin Kurosaki se hizo efectivo. Kensei supervisaba el entrenamiento de sus nuevos reclutas cuando Shuhei se presentó a su lado y tras una reverencia se acercó. — El capitán Hitsugaya firmó la autorización de traslado, y ya volvió la solicitud autorizada. La oficial Kurosaki pasa a nuestro escuadrón con efecto inmediato.

Asintió. — Perfecto, deberíamos limpiar la oficina.

Después de todo, no tenían un tercer oficial hacía muchísimo tiempo.

Por su parte Karin había dedicado los diez días que se necesitaron para tramitar su traslado a dejar sus tareas en orden. Su primera determinación fue ceder su labor como instructora de hakuda femenino a su mejor estudiante: Tsume Nakita, la bonita morena que la había aconsejado en sus primeras prácticas de manejo de la espada. Tenía sentido, ya que ella había sido a su vez quien le sugirió dar comienzo a dicha clase y quien al ser pequeña y delgada entendía mejor la importancia de ésta. La shinigami de corto cabello castaño había estado sorprendida cuando la designó para reemplazarla en el taller. Sus compañeros y colegas la habían despedido con abrazos, congojas, buenos deseos, y sentimientos encontrados. No llevaba tanto tiempo en el escuadrón como otros, pero se había hecho un lugar en el corazón de quienes la acompañaron en el camino.

—Lo limpiamos para ti. — Le comentó el teniente, a quien le había solicitado que la tratara con informalidad. —Ponte cómoda, en un momento vendré a darte un poco más de información.

La dejó sola en la oficina. Era de mayor tamaño a la que había compartido con Yumiko, estaba ventilada y limpia aunque completamente carente de cualquier artículo personal. Era un cascarón que debería rellenar. Comenzó a colocar las pocas pertenencias que había llevado consigo sobre el escritorio. Olía diferente, incluso. Acababa de llegar y ya se sentía nostálgica, era una blandengue en toda regla.

Tomó el calendario de su caja y decidió que iría bien en la esquina izquierda de su escritorio. Lo abrió y posicionó en su nuevo sitio. Shuhei Hisagi volvió una media hora más tarde y pasó el resto de la jornada explicando a Karin la asignación de deberes del escuadrón, sus nuevas tareas, e incluso tuvieron tiempo para darle un completo recorrido por el lugar y presentarla formalmente con todos los oficiales sentados quienes la recibieron con distintos grados de aceptación.

Para cuando volvieron a la oficina que ocuparía, el sol ya estaba cayendo y Karin se sentía mucho más segura de la decisión que había tomado. Shuhei dejó unas carpetas en su escritorio.

—Estos son los curriculums que te mencione— Le dijo y luego reparó en un círculo marcando el siguiente viernes. — Oh, había olvidado que el festival conmemorativo es todo un acontecimiento para tí.

Karin lo confirmó. — Mis flores de fuego son el evento principal, después de todo.

Eso, y había decidido que ese viernes por la mañana le confesaría a Toushiro Hitsugaya que no lo veía sólo como un amigo. Esa era su fecha límite, la temida "deadline".


Buenas noches a todas, ¿cómo están? Quizá la actualización las tome inadvertidas, pues no suelo actualizar muy seguido. No puedo decir que sea porque esté inspirada, dado que siempre tuve bien en claro a dónde quería ir con esta historia. Me quedan dos días de vacaciones y ya tengo casi listo el próximo capítulo, lo tengo escrito pero me falta revisarlo. Lo más probable es que lo publique tan pronto como arranque el siguiente, que sería el undécimo. Muchas gracias a colour me hopeless y . por darme ánimos para continuar la historia; también a mi señoro, que desde que me instalo la ram de 16 gb mi compu anda pero re que te bárbaro.

Como siempre, gracias por leer. Las amo.