Senderos de fuego.
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Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.
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Capítulo once: Vértigo.
Era el último viernes del verano y, por lo tanto, celebraban el festival conmemorativo anual. Pese a su inminente final la estación se hacía sentir, y la joven shinigami achacó al húmedo calor la sensación de ahogamiento que la atacaba. Los nervios la estaban consumiendo viva, y era muy consciente del aire entrando y saliendo de sus pulmones. Buscó a Rukia, en cuya oficina acampaba hacía unos diez o quince minutos. Intentó respirar controladamente, contando los segundos entre inhalaciones y exhalaciones. La capitana firmó un último informe antes de prestarle toda su atención.
Lo habían repasado al dedillo, muchas veces. Ensayaron una y otra vez cómo Karin entraría al décimo escuadrón, incluso el tono de voz que emplearía y su discurso: palabra por palabra. Planificar le daba cierto control sobre la situación y la menor necesitaba tanto como pudiera.
—Entrarás, recogerás las cosas que premeditadamente "dejaste olvidadas"; saldrás con ellas en las manos, caminarás hasta la puerta y cuando llegues a ella se lo dices. — Repasó la superior. — Tienes la excusa para salir de allí rápidamente. Ahora, tú le dices…
— "Antes de irme, Toushiro, me gustaría invitarte esta noche al festival, como una cita: románticamente hablando, ya sabes."— Repitió la morena.
Había estudiado cada palabra y cada movimiento a desempeñar. Llevaba varios días repitiendo el esquema en su cabeza,y frente al espejo de su habitación. El pensamiento de confesarse la había asaltado completamente una vez que se había decidido a hacerlo. A intervalos irregulares, imágenes intrusas se instalaban en su mente; le habían quitado incluso el sueño por las noches.
Luego de una larga meditación, había optado por no confesarse abiertamente sino lanzar la invitación y aclarar que ésta era con interés romántico. Así, el rechazo sería menos vergonzoso y podría salir de allí con un "lo siento, no estoy interesado en ti de esa manera" sin que incluyera la palabra "amor", "gustar" o "querer".
Sencillo, conciso y breve. Nada relacionado con la profundidad de sus sentimientos. Si eso salía mal, y era en definitiva lo que iba a pasar, debería cargar con los trozos de ese amor desbaratado.
Sentía una pesadez en su pecho: en el fondo temía que nunca se recuperasen y estuviera cometiendo un error. Pero no se sentía bien sólo continuar de ese modo, apretando los labios para no robarle un beso. Deseaba poder acomodar ese mechón de cabello rebelde suyo cuando caía obstinadamente sobre su rostro bronceado con libertad y no conteniendo cada movimiento por temor a romper su delicado equilibrio.
—Entrás, se lo dices, y sales. — Rukia intentó convertirlo en una misión, con todo su aire determinado y portando su haori con autoridad. — Estaré aquí, no deberías demorar demasiado.
Kuchiki le dio fervientes palmadas en su espalda con la esperanza de infundir confianza. Karin no era una muchacha tímida, pero incluso a la más vibrante de las mujeres le atemorizaría exponer su vulnerabilidad sin tener ni una sola pista del futuro. La mayor esperaría a la joven oficial porque temía que necesitara consuelo y un hombro amigo para apoyarse puesto que, en realidad, esperaban un contundente rechazo.
Por mucho que Kurosaki supiera que su afecto no encontraría buen puerto, eso no significaba que llegada la hora le doliera menos. Iba camino al funeral de sus tiernos sentimientos, con todo lo que eso significaba.
La muchacha había pedido permiso al capitán Muguruma para salir un poco antes de lo usual ese día, como él conocía su rol en el festival conmemorativo y dado que no tenía trabajo pendiente, se lo otorgó. La morena había usado esos minutos extras para acudir frente a su amiga y repasar su guión una última vez; aunque no fuera su memoria lo que necesitara calmar. Hizo uso de su técnica de respiración una última vez y recogió todo su valor, acogiendo las palmadas de Rukia.
—Entro, se lo digo, y salgo. — Se dijo a sí misma en voz alta, como un mantra, mientras Rukia le daba ánimos antes de salir.
Hizo el camino a pie, sin shunpo. Necesitaba esos minutos para serenarse y tener seguridad de que el décimo escuadrón estuviera vacío. El día del festival conmemorativo muchos shinigamis solicitaban salir un poco antes de lo usual a fines de disfrutar de la celebración completa. Contaba con que su capitán hiciera una u dos horas extra, como era su costumbre. Cuando le quedaban unos metros se detuvo sólo para asegurarse de que su respiración no estaba agitada. Se convenció a sí misma de que era una actriz, que no era ella misma quien iba a entrar allí y que podría dar por terminados esos años de callado anhelo ese mismo día.
Saludó a algunas personas que se retiraban y la despedían, muchos de ellos habían sido sus subordinados en un punto. Tsume Nakita incluso se había acercado y conversó un poco con ella, invitándola tímidamente a encontrarse otro día. Karin aceptó, dándose cuenta de lo apreciada que había sido en su antigua escuadra. El cielo estaba despejado y el arrebol se filtraba en su diáfano azul celeste. Era un día precioso, se dio cuenta, con cierta tristeza.
¿Asociaría un hermoso día soleado con su primer amor no correspondido?
"Paso uno: entrar", declaró para sus adentros, cuando las muy conocidas puertas dobles del décimo escuadrón se abrieron para ella.
—Permiso, capi.
Desempeñó su papel de despreocupada oficial a la perfección, llamándolo con su frecuente tono alegre y cantarino. Hitsugaya estaba de pie junto a su escritorio, dejó de hacer lo que fuera que estuviera realizando y le dedicó una mirada sorprendida a la recién llegada.
—Buenas tardes, Kurosaki ¿Qué te trae por aquí? — Consultó, frunciendo el ceño con confusión.
Ella se admiró de su propia naturalidad. Todos los nervios que había cargado quedaron congelados en cuanto inició su actuación, considerarlo una misión le había facilitado el proceso de algún modo. Primero afrontaría su asunto y luego, se dijo, podría darse un minuto para procesar sus emociones.
—Olvidé unas cosas en mi antigua oficina y no quería buscarlas durante la jornada ¿Puedo ir por ellas?
—Por supuesto, adelante. — Él asintió con afabilidad y ella siguió su rumbo.
El objetivo estaba en su sitio y el lugar estaba despejado. Karin estuvo contenta con que la primera etapa estuviera completa. Una vez en su anterior lugar de trabajo recogió las cosas que ya había planeado "olvidar" antes de trasladarse al noveno escuadrón. Se demoró unos momentos a fines de dar credibilidad a su excusa y aprovechó ese minuto para revisar que su apariencia estuviera en orden una vez más.
Como si él nunca le hubiera visto hecha un desastre, se mofó de sí misma.
Con la caja de enseres en sus manos recorrió de regreso el despoblado corredor hasta dar, nuevamente, con la sala donde el capitán había instalado su lugar de trabajo. El tiempo y el espacio parecieron estirarse y ralentizarse mientras llegaba al punto álgido de todo, fue extremadamente consciente del peso de sus pasos sobre el suelo y el sonido de éstos al andar. Había planificado todo cuidadosamente, se repitió. Caminó hacia la salida y el corazón se le aceleró sin remedio. Era el momento.
—Que tengas una buena tarde, Kurosaki. — Se despidió él.
Dios, ese hombre no sabía lo que su voz grave y baja podía hacerle a una mujer. Era hora de dar el segundo paso, se dijo. Fingió que no era ella, mentalmente alegó que se trataba del personaje que había inventado para sí misma: invocó a Yuka. Se detuvo un metro antes de salir, con medida y bien fingida espontaneidad giró sobre sus talones. Dio un paso hacia el albino, quien levantó la vista de sus papeles, y con una sonrisa abierta y voz jovial, expresó las palabras que había estudiado hasta desgastarlas.
— Antes de irme me gustaría invitarte esta noche al festival, como una cita: románticamente hablando, ya sabes.
Lo había dicho, ya no había vuelta atrás. Ese sería el punto definitivo de inflexión en su relación. Más tarde no sabría cómo logró mantenerse en su papel los eternos segundos que Toushiro demoró en responder, pero sí que tomó nota de su reacción. Primero se vio descolocado, tomado inadvertido, aunque logró componer su semblante serio con rapidez. Bajó la pluma que había estado usando y se enfocó en ella con súbito silencio.
Él sentado en su escritorio y ella a mitad de su camino de salida.
La invadieron unos deseos casi irrefrenables de echarse para atrás, alegar una fugaz pérdida de buen juicio y salir corriendo. Pero esperó en completa quietud.
Karin lo había dicho con mucha soltura, como si acabase de comentarle que el clima era estupendo para una caminata. Se preguntó cómo ella podía plantarse frente a él con tal valentía e invitarlo a salir. Por un instante, la envidió. Le sostuvo la mirada y sintió como con cada parpadeo su corazón saltaba un poco más velozmente. Tragó saliva, imaginando las posibles repercusiones de su respuesta.
Todo ese tiempo se había negado a encausar sus sentimientos por dos motivos claros. El primero de ellos era lo impropio de su parte avanzar cuando Karin era su subordinada e inevitablemente se encontraban inmersos en una evidente asimetría de poder. Su segundo motivo era incluso más simple: no quería bajo ninguna circunstancia incomodarla y jamás había observado de su parte el más mínimo interés en nada que no fuera su amistad.
No obstante, Karin había borrado sus dos objeciones de un plumazo: ya no era su subordinada y ella misma había sido quien revelara sus intenciones.
¿No podía convertir su envidia en admiración y, por lo tanto, seguir su ejemplo?
—Muy bien, te recojo de tu casa en dos horas.
Karin ni siquiera comprendió la respuesta, estaba tan metida en su diálogo memorizado que repitió la contestación programada para poder salir de allí con el orgullo intacto.
—Entiendo.
Asintió y emprendió el último paso del plan: salir de allí. Cuando el corazón de Karin pudo comenzar a buscar la calma el del joven capitán perdió el rumbo y saltó acaloradamente en su pecho.
Lo único que se escuchó en el décimo escuadrón fue un vibrante grito de "¡Sííí~!" que Matsumoto soltó al levantarse de golpe del sofá donde había pretendido dormir mientras duraba el intercambio.
Toushiro se cubrió las orejas con sus manos.
La tercera oficial trastabilló cuando el shunpo la dejó en los corredores de la treceava escuadra. Como ya era tarde, estaban desiertos. Caminó agitadamente con destino a la oficina de Rukia mientras sentía que su corazón desbocado le latía aún en los oídos, sin descanso y enmudeciendo todo su entorno. Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta de que Renji la había saludado sino hasta que chocó contra su pecho. Ella retrocedió, levantó la vista y al darse cuenta de quién era, dio rienda suelta a los nervios que había logrado contener hasta ese momento. Los brazos de Renji eran un lugar seguro.
Sus emociones cayeron sobre ella con la fuerza de una cascada.
Así, Abarai de repente tenía a una joven shinigami en pleno ataque de nervios. Intentó tranquilizarla lo mejor que pudo para lograr que le dijera qué era lo que iba mal, porque algo tenía que estar terriblemente mal para que la templada Karin Kurosaki estuviera hecha un manojo tembloroso. Ella era incapaz de ofrecerle una respuesta. Abarai la tomó por los hombros y buscó transmitirle paz pero terminó sacudiéndola.
—Karin, respira. Respira, por favor. —Instruyó mientras la morena hiperventilaba y balbuceaba sin parar frases inconexas.
El teniente Abarai Renji era un diestro shinigami que había sobrevivido y vencido sangrientas batallas. Inteligente, fuerte y hábil; se encontró de repente sintiéndose como un tonto porque no sabía qué hacer ni cómo contener a la muchacha frente a él.
—¿Qué sucede aquí? — Preguntó Rukia, saliendo a su encuentro.
Renji amaba a su esposa cada día, pero en ese momento deseó volver a pedirle matrimonio por acudir en su ayuda.
—¡Dijo que sí!— Gritó Karin, recomponiéndose abruptamente.
Era la primera frase coherente que le sacaba y la mayor se detuvo en seco al escucharla.
—¿Ah? —Exclamó el pelirrojo confundido mientras en simultáneo su esposa chilló de felicidad.
—¡Dijo que sí! — Repitió la capitana.
—¡Dijo que sí, maldición!— Confirmó Kurosaki.
—¡Dijo que sí!
—¡Sí, dijo que sí!
—¡Dijo que sí!
Renji sólo sabía que alguien había dicho que sí, y que era importante, aunque no entendía por qué las mujeres habían reaccionado de modo diametralmente distinto a esa información. Por un lado su esposa estaba tan contenta que daba pequeños aplausos, saltaba sobre sí misma y canturreaba en éxtasis como si se hubiera ganado la lotería mientras que, por el otro lado, Karin negaba con la cabeza y se movía nerviosamente para terminar de cuclillas en el suelo emitiendo frases ininteligibles como una condenada a cadena perpetua.
¿Qué mierda?
Luego, cuando pensó que la situación no podía ser más extraña, Karin se levantó de súbito y sin mayor explicación se volvió hacia la capitana con ojos redondos y exclamó. —¡¿Qué me pongo?!
—Ay, mierda. — Su mujer susurró. — ¡Mi ropa te queda pequeña!
Ah, eso podía resolverlo. — Le irá bien la de Ichika.
—¡No, no! Pensará que le puse demasiado empeño ¿Y si sólo lo agarré desprevenido y se arrepiente ahora mismo? Quizá no me entendió.
Renji levantó ambas manos para detener la conversación, una palma de frente a cada rostro femenino y, citando a su propia hija, solicitó: — Contexto, por favor.
Karin dio dos pasos para poder estar frente a él y se aclaró la garganta.
—Invité a salir a Toushiro hoy, y aceptó.
—Pero si sales con él seguido. — Renji racionalizó y un instante luego todo encajó. —Oh, lo invitaste a una cita y dijo que sí.
Ella asintió.
—Vas a ir a una cita con el capitán Hitsugaya. — Corroboró él y tras otro asentimiento por parte de la morena se cruzó de brazos y se dirigió con toda determinación hacia Rukia. — Vayan a casa de Karin, tú peinala, en un momento les alcanzo tres opciones de yukatas con los adornos y cintas que les combinan. Andando.
Parpadeó y Renji ya no estaba allí.
—Dios, me dan ganas de hacerle otro hijo cuando se pone así.
—¡Rukia! — Amonestó la menor.
—Ay, cállate. Ya escuchaste a mi marido, andando.
Matsumoto festejó a viva voz, con su capitán mortificado por su arrebato.
—¡Cálmate, Matsumoto!
Ella lo ignoró, por supuesto. La felicidad la rebalsaba. Había tenido razón cuando sospechaba que su querido capitán tenía sentimientos por la oficial Kurosaki. Todos sus pequeños aportes a ese vínculo, y la esperanza de que mutara en una relación romántica, habían prosperado. Estaba orgullosa de su pequeña Karin por arrojarse y pedirle una cita al remilgado capitán.
¿Cuánto hubiesen tenido que esperar si dependiera de Hitsugaya?
Había estado preocupada, por supuesto. Pensó que era muy pronto, que quizá necesitaban mayor interacción o que con suerte la distancia impuesta por sus trabajos les permitiría extrañarse y caer en cuenta de lo mucho que se deseaban mutuamente.
Ella encaró a su superior con un rostro muy serio, se le acercó hasta violar su apreciado espacio personal y con un rostro contrito lo abordó, serñalándolo con el dedo indice: —Se da cuenta de que Karin se le declaró ¿Verdad?
Él suspiró, odiaba cuando su teniente lo trataba como si fuera un niño aún. No importaba lo mucho que su cuerpo hubiera alcanzado la edad adulta, para su teniente él seguía siendo el muchachito que se encontró con su reiatsu descontrolado tantas décadas atrás.
—Soy consciente.
Ella no iba a tomarlo en serio si se mostraba abochornado. La respuesta pareció satisfacerla de algún modo.
—No creo que sea necesario darle la charla de las abejas y las flores ¿No es cierto?
El capitán se frotó el entrecejo, frustrado. — ¿Abejas y flores, Matsumoto? ¿De verdad?
Ella se rió, no podía dejar pasar la oportunidad para molestarlo un poco. Sin embargo, pensó que en ese momento él necesitaba algo más constructivo. Descansó su peso sobre el respaldo del sofá, de frente al peliblanco y le habló como al hombre inexperto emocionalmente que sabía que era.
Toushiro Hitsugaya era muy reservado, y a poca gente le expresaba abiertamente su estima. No recordaba, nunca, que él hubiera abierto su corazón en un sentido romántico hasta ese momento. No creyó que fuera una cuestión de autoestima, él conocía perfectamente su valor sino la falta de experiencia en crear lazos sanos, sinceros y confiables fuera de la familia en la que sus amigos se habían convertido.
Como un peligro para sus allegados más cercanos, en su juventud se había aislado para proteger a quienes amaba. Luego, el deber lo consumió. Rangiku podía no ser la más versada en amores prósperos, pero tenía una empatía y comprensión que claramente rebasaba la de su querido superior.
—No, supongo que a esta altura sabe sobradamente sobre las abejas y las flores. — Se encogió de hombros. — Sé que es un hombre de hechos, también, pero no olvide que en ocasiones es necesario expresar las cosas en voz alta.
Él volvió sus ojos hacia ella con renovada atención. Toushiro apreciaba a su teniente y era una de las personas a quienes confiaría su vida sin dudar. Valoraba también su consejo pues albergaba una sabiduría especial. No solía compartir sus pensamientos, pero de algún modo ella los intuía y de todas maneras llegaba a él.
—Pero si la besa puede que también lo entienda. — Ella le sacó la lengua. — Karin ya dio el primer paso, le toca a usted, capitán.
Él entendía. Asintió para hacerle saber a su teniente que comprendía sus intenciones. Matsumoto le ofreció una mirada cálida y dispuesta, Toushiro no olvidaba lo profunda que ella podía ser detrás de su fachada despreocupada y risueña: la teniente tenía su propia dosis de dolor y soledad.
—La honestidad es la mejor política, ¿no vas a darme ese discurso?
La mujer se rió. —No, no necesita mis discursos. No hubiera aceptado la cita si no la quisiera ¿no? Pues bien, mi mejor consejo para usted: póngase algo bonito y sí, sea sincero.
Él hizo una mueca.
—Dígame que no planeaba ir en uniforme.
Toushiro miró hacia otro lado.
—¡Dígame que no va a ir en uniforme!
Matsumoto no sólo había decidido qué iba a usar, sino que hasta intentó obligarlo a peinarse con esa horrible cosa que llamaba "gel". Lo odiaba con fuerza: le dejaba el cabello apelmazado y espeso. No le gustaba en absoluto. La teniente especuló que Karin usaría algo rojo, dado que era el color que más le lucía, y con ello en mente le arrojó un conjunto a juego.
¿Los estaba "combinando"? Definitivamente.
Toushiro perdió la batalla de la ropa, pero ganó su guerra contra el gel para cabello por muchos pucheros que Rangiku le hiciera. La rubicunda mujer le dio una expresión desaprobadora mientras insistía en arreglarle los pliegues de la camisa como si fuera un niño pequeño, pero le permitió hacerlo. Siempre había pensado que Rangiku hubiera sido una excelente madre, con todo su amor y divertida calidez. Lástima que eso no fuera una cuestión sencilla y el único hombre que había querido lo suficiente para ello ya no existía.
Con eso en mente dejó que la mujer jugase con él, más entusiasmada que nunca.
—Ya, ya. — La cortó. — Me harás llegar tarde.
Matsumoto dio varios pasos hacia atrás y contempló la figura de su capitán. Había crecido mucho, y no se refería a lo físico. Ya no se quejaba cuando lo arrastraba o empujaba como a un niño, y eso en el fondo significaba que sabía que era una pantomima y nada más. El hombre llevaba un conjunto bonito, y su cabello corto le permitía pocas opciones de peinado.
—Debería haber usado gel, a Karin le gusta como se ve con él.
—Ajá.
Ella se rió. —Ya sabe ¡no vuelva aquí sin un chismecito jugoso! ¡Pero no demasiado! ¿Me escucha?
—Como si fuera a contarte algo. — Giró los ojos y se cruzó de brazos.
La sonrisa que le dio Matsumoto fue lobuna. — Usted no.
Joder.
En cualquier otro momento, una hora para arreglarse le hubiese parecido un tiempo sobrado a la morena. Pero mientras observaba a Rukia recoger su cabello en una elegante coleta alta, pensó que a lo mejor debió haber pedido más tiempo. Renji había ido a su encuentro con las prometidas yukatas. No obstante, Karin no quería lucir demasiado arreglada, pese a la insistencia de Rukia. Optó por un bonito yukata suyo con delicioso estampado floral: era un regalo que Matsumoto le había hecho años atrás y nunca había tenido ocasión de usar. El rojo era su color, después de todo. Ataviada con éste, un broche a juego para adornar la coleta en lugar de sus usuales listones bermellón, y el único maquillaje que sabía hacerse, estuvo lista con apenas unos minutos extra.
Renji se retiró tan pronto como dio su opinión por la yukata elegida y Rukia se quedó para colaborar con el suave maquillaje.
—Quiero los detalles más tarde. — Aseveró la capitana un momento antes de esfumarse con una sonrisa alborotadora.
Karin se quedó a solas con sus pensamientos.
¿Y si lo había tomado por sorpresa y la había aceptado sólo por ello? ¿Y qué tal si no había querido herir sus sentimientos y la había aceptado por compromiso? ¿Estaría pensando en cómo rechazarla sutilmente? ¿Alegaría un malentendido? Se acercó al pequeño espejo de su habitación y el reflejo de un anillo en el alhajero llamó su atención. Las palabras sinceras y halagadoras de Yamato sobre ella se apoderaron de su mente y le infundieron un inesperado golpe de confianza: "¿Cómo una muchacha tan guapa, agradable y divertida no puede conquistar al verdadero objeto de su deseo?"
¿Y por qué la rechazaría?
Se contempló con otros ojos al espejo y se sintió tonta por menospreciarse de ese modo. Yamato tenía razón, por todo lo santo. Otros hombres la habían admirado antes, muchos otros la habían deseado, y más de un pretendiente había intentado con toda seriedad ganarse su afecto ¿Por qué Toushiro no le daría aunque fuese la oportunidad? Eran amigos, eso significaba que él la valoraba como persona y veía sus cualidades buenas. También significaba que conocía sus defectos y entendía su personalidad, habían sobrevivido a las peleas a lo largo de su amistad.
La muchacha recordó la sensación de su abrazo cuando la contuvo la noche que perdió a su hermana, con la reminiscencia de su toque. Salió hacia la entrada de la casa cuando la presencia espiritual del hombre en sus pensamientos se acercó.
Era guapa, consciente de ello y de los efectos que aquello producía en los hombres y unas tantas mujeres. Conservaba el porte y la elegancia, un cuerpo deseable y un rostro tradicionalmente bonito. Sí, Yamato tenía razón. Con eso en mente, se calzó el anillo de plata.
Podía conquistar al objeto de su deseo ahora que no era su subordinada directa y estaba decidida a hacerlo. Bajó las escaleras investida en la confianza que ya no necesitaba simular. Estaba determinada a comerse el mundo hasta que lo vio junto al portón de ingreso y se paralizó.
Toushiro asintió en su dirección y ella bajó los escalones que conectaban el engawa con el patio muy consciente de sí misma. Él abrió el pequeño portón para que saliera y decidió romper el hielo.
— Matsumoto tenía razón: llevas rojo.
Kurosaki le sonrió y se sintió boba por ser tan predecible en cuanto a sus gustos en indumentaria.
—Bueno, eso explica porque tú también. — Señaló.
Toushiro se encogió de hombros, sin pena alguna de que ella supiera que Matsumoto había desatado el caos en su escueto armario para dar con su única hakama borgoña. No tenía la tendencia a comprar demasiada ropa y, a su vez, la enorme mayoría de ella estaba constituída por prendas sobrias y mayormente en tonos fríos. Si su teniente tuviera la misma memoria para recordar dónde colocaba las circulares como la que tenía sobre la ropa que en algún momento le había visto puesta, el décimo escuadrón sería un lugar mucho más feliz.
El momento se volvió callado e incómodo y ninguno de los dos sabía exactamente cómo recuperar su dinámica. Las cartas estaban sobre la mesa ¿no?
—¿Qué te apetece comer? — Preguntó Karin, nerviosa, mientras comenzaba su camino hacia el festival.
Toushiro lo sopesó. — Takoyaki, en realidad.
—Oh, pensé que me saldrías con yakisoba o kushikatsu.
Así que los predecibles eran dos, se dio cuenta. Eran demasiados años compartiendo juntos, Toushiro contaba al menos una docena de festivales en su compañía. Sí, su primer pensamiento había sido yakisoba.
—Takoyaki, entonces.
Ella lo tomó de la mano y lo instó a apresurar la marcha argumentando que se encontraba famélica. Toushiro enredó sus dedos entre los suyos y los apretó levemente. Karin sintió que los nervios se enraizaban en su estómago.
¿Cómo un contacto tan inocente podía afectarla con tanta fuerza?
Muchas gracias a princesa de las tinieblas, color me hopeless, raquelnoeliabustamante y estirden por comentar y apoyarme, me dan ánimos para seguir escribiendo. Me demoré bastante en corregir porque no lograba transmitir del todo lo que quería, o cómo quería. Espero haber llegado a dónde quería con ello, aunque fuera un poco; y que les haya gustado. Modo drama queen activado, inicié esta historia con la escena del "¡Dijo que sí!" muy clara, especialmente con Renji parado en medio sin saber qué mierda hacer: la paternidad no lo preparó para eso, pobrecito.
¿Los voy a dejar sin un besito siquiera? Quizá, tal vez no. ¡Que tengan lindo fin de semana, nos leemos pronto!
Les regaló un pequeño anticipo del próximo capítulo: "Karin esperaba que él le diera una breve indicación, pero el albino la afianzó a su cuerpo con un brazo sin mediar palabra. Un shunpo luego, estaban en una colina. La morena se despegó lentamente, sorprendida de que él simplemente la hubiera sostenido hasta allí."
