Senderos de fuego.
:-:
Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.
:-:
Capítulo doce: Orgullo y desazón.
Las callejuelas del festival estaban atestadas de gente, aunque no pudieron encontrar una sola cara conocida. La noche había avanzado velozmente y con su paso, se difuminó la inicial sensación de extrañeza entre ellos. Caminando lado a lado, se habían soltado tan pronto como divisaron los puestos de comida. Ninguno de los dos se inclinaba por las demostraciones públicas de afecto, y estaban muy mal vistas en la sociedad de almas. Aunque tomarse de las manos probablemente no llamaría la atención y nadie se los reprocharía, no se sentía natural e incluso los avergonzaba.
El takoyaki fue solo el primer puesto que asaltaron. Karin estaba nerviosa, y cuando se colaban en ella esas emociones burbujeantes, comía. De modo que al takoyaki le siguieron otras porciones de comida callejera. No se opuso cuando, más tarde, Toushiro sugirió ir por algo dulce. La menor optó por taiyaki rellena de deliciosa pasta de judías dulces mientras que su acompañante cedió a la tentación de una bandeja de mochis.
La morena se dio cuenta de que pronto sus flores de fuego se desplegarían por el cielo despejado, por lo que ambos decidieron apartarse de la multitud y buscar un lugar más calmado para disfrutarlo. Karin iba a sugerir una opción cuando un Toushiro la interrumpió.
—Conozco un buen lugar.
—Bueno, pues vamos.
La morena esperaba que él le diera una breve indicación, pero el albino la afianzó a su cuerpo con un brazo sin mediar palabra. Un shunpo luego, estaban en una colina. Se despegó lentamente, sorprendida de que él simplemente la hubiera sostenido hasta allí. El pasto reverdecido por el rocío y la hermosa vista del rukongai debajo le dio una clara intuición y un recuerdo lejano que hacía tiempo no evocaba.
—Este es el lugar al que te recordaba en ese entonces — Se dio cuenta ella, Toushiro le obsequió una expresión confusa, de modo que se explicó a sí misma: — En Karakura, cuando te encontré mientras estaba viva y aún no sabía que eras un shinigami.
Los ojos del capitán brillaron en reconocimiento. Sí, lo recordaba ahora que ella lo había traído a colación. El sitio en Karakura si que le había dado un sentimiento de añoranza por esa colina.
—Esa de allá es la casa de tu abuela. — Indicó Kurosaki, mientras plegaba su ropa para sentarse en el suelo. — Desde aquí veo la mía, más abajo.
También se apreciaban las farolas del festival, y el ruido sordo de la gente. Toushiro se sentó a su lado, intentando calcular cuál sería la distancia apropiada. Siempre meditaba al respecto: ¿cuán cerca podía habitar alrededor de Karin sin invadirla? Ella lo buscó con una sonrisa gamberra.
—Ya he comido suficiente, anda, no voy a morderte. — Se burló.
—Esas galletas no dirían lo mismo. — Respondió, cruzándose de brazos y poco dispuesto a dejarse intimidar.
Karin le sostuvo la mirada por un largo momento tras una pequeña risa. Ella lucía hermosa, aunque el pensamiento de no habérselo dicho en voz alta le dio cierto remordimiento ¿No debería haberla halagado al salir y verla? Estaba tan acostumbrado a admirarla para sus adentros que la idea de exteriorizarlo le resultaba extraña. No tuvo oportunidad de decírselo, porque los fuegos artificiales estallaron sobre sus cabezas. La muchacha puso su atención en las coloridas explosiones y podía verse a leguas lo orgullosa que estaba de su trabajo.
Hitsugaya estaba de acuerdo en que la artesanía era preciosa, y constituía una menospreciada forma de arte. Un despliegue arrebatadoramente hermoso y efímero: se esfumaba con el viento tras arder maravillosamente sobre todos ellos. El retumbar de los estallidos tenía embobada a la menor, pero él dedicó esos instantes a apreciar su rostro calmo y sonriente.
Karin siempre le parecía bonita, pero apreciaba especialmente aquellos momentos en los cuales se ataviaban con sus mejores ropas y se regocijaba del fruto de su trabajo. Eran pocos los momentos en los que podía admirarla tranquilamente y la morena nunca se veía tan hermosa como cuando sonreía con pura felicidad por un trabajo bien hecho. Toushiro procuraba grabar esos momentos en su retina, y no podía evitar darle una suave sonrisa a cambio. Lo encontró con su vista fija en ella.
Los estallidos se apagaron lentamente, hasta que se hizo el silencio y ninguno apartó la mirada. Ella se deslizó más cerca y los nervios burbujearon al fondo del estómago del capitán. Sin óbice a ello, cuando la muchacha estaba a un palmo de distancia él la besó. Fue suave, apenas un gesto afectuoso. Ella apretó la boca contra la suya, con ligereza, y él respondió de modo instintivo: con imitación.
Cuando la oficial dispuso su mano en la nuca masculina y hundió sus dedos entre los mechones de su cabello, Toushiro sintió que todo el deseo contenido en su interior salía a la superficie sin mesura. En respuesta, le tomó el rostro y devolvió el beso hasta apagarlo en pequeños húmedos contactos.
La mujer se separó pero no retrocedió, y sus ojos obsidianos se nublaron.
—Tengo algo de sed. — Expresó.
La frase cortó la nebulosa del ambiente que había embotado los sentidos del capitán, obligándolo a espabilar. Se sintió avergonzado por haberse dejado absorber de tal manera. Toshiro pensó que era lógico, habían ingerido bastante comida y poco líquido. Asintió, y se puso de pie. Un par de besos habían logrado que las piernas se le aflojaran en expectación, las sentía hormiguear de manera agradable. Karin sugirió ir a su casa, dado que era la más cercana.
—¿Estás segura? Puedes encontrar un buen té negro en el festival. — Le recordó.
Karin asintió, pensó que era dulce de su parte recordarle que simplemente podían volver a las atestadas callejuelas cuando ella misma había ofrecido ir a su casa. Toushiro había sido quien, delicadamente, detuvo sus avances. No sabía qué había estado pensando cuándo insistió: estaban en un lugar relativamente tranquilo pero cualquiera podría verlos. Ella entendía por qué él, pese a no rechazarla, se había mostrado tan tenso con el contacto.
Era Hitsugaya después de todo, el apropiado, serio y educado capitán no andaría a los besos en público. Era demasiado recatado para ello. Caminó a su lado, sintiendo cómo de nuevo los nervios volvían a ella en forma de anticipación.
Él no parecía tan afectado como ella, pero Karin se jugaría el cuello a que su acompañante había sentido también el fuego bullendo entre ambos. Tenía todas las intenciones de explorarlo, pero no quería ser demasiado atrevida.
¿Podía sólo… saltar? Ya se había arrojado al vacío esa misma mañana, pensó. Mientras avanzaban, la morena meditó al respecto. Conocía al hombre a su lado como un amigo y como un jefe, pero no como un amante ¿Sería cauto, del estilo que no se aflojaba la hakama hasta al menos una tercera cita? ¿Un hombre serio que insistiría en cortejarla varios meses antes de intentar ir más lejos? ¿O cedería ante el ardor que había brotado entre los dos poco antes?
No, se dijo. Le había dado la impresión de que Toushiro estaba tenso mientras lo besaba no por su arrebato, sino quizá por la exposición a la que estaban sujetos. Un tipo que fuere a pretender un cortejo largo no la hubiese asido del modo en que él lo hizo para llevarla a la colina, y mucho menos la habría besado con anhelo contenido.
Lo había escuchado suspirar con una pesadez bien conocida para ella. Toushiro la anhelaba, y era recíproco.
Para cuando divisó su casa Karin ya había decidido tomar el toro por las astas: lo besaría tanto cómo él lo permitiese y tan a fondo como lo sintiera natural. Sin embargo, tan pronto como ingresaron Toushiro le preguntó si podía hacer té para él también.
—Sí… sí, claro.
Bueno, bien podría tener sed de verdad.
Karin preparó una bandeja y sirvió dos vasos de éste, ofreciéndole uno a su acompañante. Ella lo vio beberlo en dos rápidos tragos.
¿Estaba nervioso?
—Hoy te ves hermosa — Comentó, mirándola con cierta timidez.
Ella sonrió. Sí, Toushiro no era muy dado a hacer cumplidos. Karin abandonó su vaso y se acercó a él. Decidió que sería osada, que traería su lado más descarado y honesto a la mesa.
—Me alegra que te guste: me vestí para tí. — Confesó, sentándose a su lado tan cerca que sus piernas se rozaban con toda la intención de provocarlo. — El rojo es mi mejor color, como bien sabes.
Tenía la boca pintada de color carmín, él lo había notado antes. La oficial intentó no ruborizarse cuando los ojos verdes se detuvieron en sus labios.
Ya se habían besado, por todo lo santo. Supuso que la intimidad de su casa sólo reforzó la idea de resguardo. Él lucía dubitativo y la joven notó cuando pareció tomar una determinación. Hitsugaya agarró una de sus manos entre las suyas.
—Creo que deberíamos conversar.
Oh, no. Él querría un cortejo serio.
Joder.
—Uh, claro. — Acordó ella, irguiéndose en su sitio para poner algo de espacio entre ellos. — Te escucho.
Al albino le tomó dos intentos lograr formular sus pensamientos en una oración, pero lo logró. Se había comprometido a ser honesto, y pensó que habían muchas cosas sin decir entre ellos.
—¿Qué esperas de mí?
Quizá no quería nada serio, de repente pensó. Le apretó la mano con suavidad. — Tú me gustas, de verdad. Cuando murió Yuzu y tú me consolaste, ese día me di cuenta de lo mucho que estaba enamorada de tí, con todas las letras.
Ella fijó la vista en el té humeante, en búsqueda de calma para exponer finalmente su corazón. — Yo espero de tí lo que eres, supongo. Intentar salir, como pareja.
Él asintió. Dio un último sorbo a su té sin soltar la mano femenina. — Por mi parte, no sabría decirte cuánto tiempo llevo teniendo sentimientos por ti.
Karin sintió que el nudo que llevaba en el estómago se tensaba antes de comenzar a desenredarse. Él sirvió más de la infusión para ambos.
—Probablemente sea más tiempo del que me gustaría admitir. — Sopesó, frunciendo el entrecejo. — Estoy de acuerdo en intentar establecer un vínculo romántico.
Karin lo golpeó en el muslo con su mano libre, lista para reprenderlo. —No enciendas tu modo capitán, señor "vínculo romántico". Sé que te pones formal cuando estás nervioso.
—No estoy nervioso.
—Sí que lo estás. — Contradijo, riéndose de él. — Pues bien, decidido entonces. Creo que lo mejor es no hacerlo público un tiempo.
Él asintió. — Iremos a nuestro ritmo, sin miradas entrometidas.
—Estoy más preocupada por tu reputación ¿Qué dirá la gente si lo saben tan pronto? — Advirtió ella y luego bufó. — Acabo de trasladarme, pensarán que estábamos saliendo antes de eso y sólo me fui para poder salir contigo abiertamente.
—No hay normas que prohíban la fraternización. Pero entiendo a dónde apuntas. — Él pensó un momento — ¿y por qué invitarme a salir ahora?
Ella sintió su rostro sonrojarse. — Nada me lo impedía, supongo. En realidad… ah, joder. Estaba segura de que me ibas a rechazar, y entre antes lo hicieras más pronto podría enfocarme en superarlo.
Toushiro le brindó una mirada anonadada — ¿Pensaste que te rechazaría?
—Bueno, a lo largo de los años nunca respondiste a mis coqueteos.
—Nunca me coqueteaste — Aseveró.
—"Si sonrieras más, atraerás más reclutas"; "¿Nunca te han dicho que podrías darle un mejor uso a esa voz tuya?"— Repitió. — Podría darte mil ejemplos.
Él se sintió cohibido y Karin pensó por un instante que él, de verdad, no se había percatado de sus coqueteos envueltos en pullas.
—Pensé que te referías a ser más amable, mi voz no me ayuda a parecerlo.
Un momento de silencio y luego la morena estalló en risas ante la seriedad de la afirmación. Se rió mucho. Ruidosamente. Era completamente ignorante de la verdad detrás de los comentarios. Él, en su ingenuidad, pensaba que había criticado su modo taciturno de ser.
—¿Qué tu voz no ayuda? — preguntó, entre risas.
Hitsugaya intentó no ofenderse aunque ella se estaba riendo a su costa y sin tapujos. — Ya me lo has dicho, que tengo la voz rasposa y demás: no es el tono de voz que la gente relaciona con "amable".
Había tenido fe en que el desarrollo de su cuerpo y, por lo tanto de su voz, concluyese mejor de lo que hizo.
Karin apretó los labios para contener la risa cuando lo vio removerse, inquieto. Volvió a acercase y le dio un ligero beso en la mejilla. Cualquier idea de contacto sexual había sido sepultado por la oleada de ternura y afecto que la había alcanzado.
—No sonríes demasiado en público, pero tienes a más de un par de reclutas suspirando por ti cuando lo haces. Es como si de repente notaran que eres agradable de ver. — Señaló, bajando su voz a un susurro intencionalmente. — Y sobre el mejor uso de tu voz, bueno, ¿nunca has escuchado que a las mujeres se las enamora por el oído?
Ah, que se lo llevara el diablo. Karin no anticipó que él se girara y le estampase un beso.
—Lo tendré en cuenta. — Declaró.
Su primera cita no se había diferenciado demasiado de lo que hacían normalmente como amigos, pero se sentía completamente diferente. Le siguieron varios, que concluyeron de igual modo que el primero: con suaves contactos que limitaron sus avances. El último viernes del verano Toushiro la besó una última vez antes de salir de su casa y dejarla dormir. La muchacha se sentó un momento en su sala, contemplando la fría tetera sobre la mesa.
Estaba saliendo con Toushiro. Ni ella se lo podía creer.
Habían acordado ser reservados, y en lo posible evitar que la gente se enterara. Por ello, sólo sabían del cambio en su relación un puñado de personas que se limitaban a Matsumoto, Rukia, Renji y Kukaku. Eso era todo.
Todo iba bien, al menos si se lo preguntabas a Toushiro. Karin, por otro lado, estaba frustrada.
—Pues bueno, Karin ¿Qué esperabas? — Rukia se mofó de ella mientras se estiraba cómodamente en su sofá. — Es el capitán Hitsugaya, formal, correcto y educado ¡Por supuesto que iba a querer cortejarte!
—De haber sabido que me iba a hacer esperar tanto, le hubiera sacado partido a esa primera cita.
Hizo un mohín. Kurosaki se estaba quejando de lo reducido que era el contacto físico entre ambos. Nunca había tenido una relación sentimental antes, en toda regla, y ciertamente con sus antiguos amantes las cosas habían sido mucho más fluidas y simples. Un poco de coqueteo, un par de indirectas, y eso era todo. Pero supuso que Rukia tenía razón: no había ninguna prisa. Que ella estuviera acostumbrada a relaciones sencillas que se limitaban a lo físico, no quería decir que Toushiro tuviera la misma mirada liberal que ella.
Karin sabía que las relaciones serias y las relaciones casuales eran diferentes en cuánto a cómo se desarrollaban, la sociedad de almas en sí misma era muy tradicional.
—Si el clan Shiba aún fuera noble, él incluso tendría que presentarse con su jefe formalmente y pedir permiso tan siquiera para cortejarte. Y tendrías un chaperón. — Señaló la mayor.
—¿Tú tuviste uno? — Preguntó Karin, considerándolo la cosa más extraña. — Es decir, ¿no tienes cómo, no sé, mil años o algo así?
Rukia le sacó la lengua. — Creelo o no, Renji y yo no pudimos vernos a solas "en público" los dos años que "salimos formalmente" antes de casarnos.
Karin levantó las cejas y lanzó un largo silbido en muestra de incredulidad. Luego Rukia le sonrió con picardía.
—Por supuesto, eso no significó que no nos viéramos a solas, en privado. Mucho menos que no "saliéramos" antes de "salir formalmente".
La capitana le dio una larga explicación sobre cómo funcionaban los cortejos y noviazgos en la nobleza de la sociedad de almas. Era retrógrado en comparación con los vivos, quienes disfrutaban de relaciones mucho más desestructuradas y sin tanto ritualismo. Si bien Karin siempre había hecho las cosas a su ritmo y voluntad, comprendía que no para todos era así: no lo había sido para Rukia y Renji. Ellos habían tenido que pretender para poder mantener las importantes apariencias.
—No me estoy quejando, pero ¿por qué no restablecieron al clan de mi papá como noble después de todo lo que pasó?
Nunca se lo había planteado hasta ese momento, se había limitado a aceptar el estado actual de las cosas sin entrometerse. Se había sentido como una forastera sin comprensión de las normas sociales al principio, y más tarde había perdido importancia. En aquel momento el tema había vuelto a ella en un momento estable donde tenía un entendimiento mucho más profundo de la sociedad de almas y su forma de hacer las cosas.
La última vez que había conversado con su padre, éste le había hecho llegar su sentimiento de culpa por cómo las cosas se habían desplomado para el clan Shiba en razón de sus acciones.
Rukia sopesó su respuesta, sabiendo que la verdad no sería del agrado de la menor — Las relaciones ya eran tensas con otros clanes, los Shiba eran algo así como la oveja negra de los nobles: ya ves como hacen las cosas a su modo. Lo de tu padre les sirvió para sacarlos del círculo noble justificadamente.
—Y justificadamente podrían devolverlos: ¡mi hermano les salvó el culo! ¡Y todos colaboramos!
—Sí, pero son enemistades de hace siglos sino milenios, Karin. Justificado o no, Kukaku ni siquiera peticiona su reintegración. — Intentó razonar.
El tema no abandonó su mente, siguió pensando al respecto y dándole vueltas al asunto. Cuando Yuzu murió, sintió que podía despedirla bien porque en el fondo ella había disfrutado su vida sin arrepentimientos y así se lo había hecho saber. Su padre, por otra parte, cargaba con una buena parte de remordimientos pese a afirmar que lo volvería a hacer. Karin se durmió pensando en ello durante semanas.
La curiosidad la carcomió. Por ello, cuando Matsumoto la acorraló un día en búsqueda de "el chisme" de cómo había arrinconado a su capitán, aprovechó la situación. La rubicunda mujer primero la felicitó por su valiente confesión y luego la acribilló a burlonas preguntas que Karin evadió tanto como pudo.
Tan pronto como encontró un hueco, la morena decidió meterse en él.
—Oye, Matsumoto, ¿qué pasó luego de que mi viejo se quedara en el mundo humano?
Era un tema áspero, se dio cuenta, por la expresión alegre de la teniente se ensombreció.
—Bueno, fue malo para el escuadrón. Hice lo que pude para llevarlo adelante, aunque la peor parte se la llevó el capitán. — Confesó.
—¿Y con el clan?
Los ojos de Rangiku destellaron, pero cualquier pregunta que tuviera pareció reservarla para su fuero interno. Pero habló, largo y tendido, sobre las repercusiones de su huída. Kurosaki observó con detenimiento como la exuberante mujer relató los hechos con un tono de bien cubierta tristeza.
Era completamente injusto, concluyó la oficial. Karin no quería un maldito chaperón ni un montón de reglas anticuadas para su vida. Pero el clan había sido degradado y el puñado de familias que le integraban había perdido su honor con él. Cuando comenzó a vivir con sus primos lejanos, y tras aclarar toda la cuestión con su antigua teniente, había podido entender lo que significó para esa gente resignar su estado.
Nobles sólo eran sus primos Ganju y Kukaku, así como otros puñados de primos que había conocido circunstancialmente. Pero debajo de ellos habían grupos de familias trabajadoras que habían disfrutado de la protección de los Shiba y que, tras su retirada del círculo noble, perdieron sus tierras, fuentes de trabajo y su estilos de vida. Todos ellos habían sido reubicados con otras familias quienes, por supuesto, no les dieron el mismo trato.
El deshonor sobre sus nombres.
Cuando visitó tantos años antes el barrio noble para llegar a la mansión Kuchiki en ocasión del casamiento de Rukia, Matsumoto le había señalado una hermosa mansión a lo lejos con aire serio.
Esa casa había pertenecido a los Shiba durante milenios: ahí había nacido su padre, su abuelo, y muchos Shiba antes de ella. Los habían expulsado a todos cuando se decidió degradarlos, sus sirvientes mayormente absorbidos por otros nobles, y sus familias secundarias expulsadas al Rukongai.
Karin había conocido algunos de ellos, muchos les habían guardado rencor por el abandono de su líder - el viejo - y luego contemplada resignación cuando entendieron toda la historia. Ichigo, en muchas maneras, les había devuelto la dignidad.
Pero no el nombre, ni el orgullo de pronunciarlo en voz alta.
Una tarde se deslizó sigilosamente hasta la casa de Toushiro, tras mucho meditarlo. Nunca había estado más contenta de haberle sugerido mudarse más cerca de su abuela hacía tantos años, cuando la muerte de Yuzu la había sensibilizado respecto a los lazos familiares. Casualmente, eso también había significado que él estaba tremendamente cerca de su propio domicilio. Era conveniente, iban y venían a su gusto todo el tiempo. Karin se paró en la galería del patio trasero y dió sus usuales tres golpes. Los primeros dos muy juntos, y un tercero más leve.
Tocar era un gesto educado: él la sentía ir mucho antes de que sus pies tocaran el suelo.
—¡Buenas tardes! — Exclamó, ingresando.
Toushiro estaba sentado en su sala con un montón de carpetas a su alrededor, era casi como si estuviera aún en la oficina.
—Dios ¿qué pasó?
Toushiro dio un largo suspiro. — Tu sobrino, eso pasó.
Ella levantó las cejas y se sentó frente a él con cuidado de no pisar nada. Una misión complicada debido a que las hojas se deslizaban por el suelo.
—¿Kazui?
—Ya hablé con Ichigo, está todo bien, pero tendrá que venir a un "entrenamiento personalizado" dado que tu hermano claramente no sabe cómo enseñarle a medir su reiatsu.
—¿Urahara, o Yoruichi? — Consultó.
—El capitán general insistió. — Le dijo y luego lanzó un largo suspiró. —De todas las divisiones, la mía tenía que estar a cargo de Karakura.
Ella se rió de él a carcajadas, Toushiro se limitó a girar los ojos y luego volvió a trabajar. Le tomó apenas unos momentos terminar con el papeleo necesario para los permisos y poder centrar su atención en la morena.
—¿Qué es lo que te tiene tan absorta? — Preguntó, sin levantar la mirada del documento que leía.
Ella se dejó caer sobre el pulido suelo.— Estoy pensando que el clan Shiba debería recuperar su estatus noble, eso es.
El albino organizó las carpetas en una única pila para dejarlas en su sitio. Le pidió mayores explicaciones a su novia y ella le reprodujo, parafraseando, la conversación que había tenido con su amiga unas semanas antes. Era injusto, pero si no había alguien luchando por su reincorporación nadie iba a "restablecer" nada: no se podía conceder aquello que no era peticionado. La única legitimada para presentarse ante el consejo noble era la propia Kukaku Shiba, actual líder.
—¿Por qué de repente, y luego de tanto tiempo, te interesa?
Ni muerta le hubiera confesado cómo habían llegado a ese punto de conversación con Rukia, de modo que le comentó una pequeña experiencia en una de sus últimas visitas a sus primos. Se había encontrado con una hermosa muchacha que resultó ser pariente lejana suya y se había presentado como "Yumiko Nakita". El nombre le sonaba, de modo que le consultó si casualmente era pariente de Tsume, su compañera de la décima.
—No sólo era su hermana — Le narró Karin — ¡Era un clan secundario del Shiba! Por eso solían tratar tan mal a Tsume. Resulta que cuando nos degradaron, mucha gente se volvió contra los clanes secundarios.
Toushiro lo sabía, había estado allí para presenciarlo. Muchos de los integrantes de tales clanes secundarios solían trabajar en la décima porque preferían trabajar para su líder, y cuando el capitán Shiba fue declarado traidor todo se vino abajo por un tiempo. Matsumoto había hecho hasta lo imposible para mantener la calma y los ánimos tranquilos, pero recordaba esa época turbulenta con tristeza y frustración.
—¿Entonces…?
—He decido que quiero el maldito título de vuelta, mi viejo no hizo nada malo y esta familia ha dado mucho por la sociedad de almas.
No fue hasta que lo dijo en voz alta que se dio cuenta de lo mucho que el asunto la había estado molestando. Muchos años atrás su padre le había confesado cargar con la culpa de su degradación y Karin sabía, en el fondo de su corazón, que a Isshin le pesaba el mal trago que les había dejado a todos. De cierto modo, los había dejado abandonados.
—Tienes mi apoyo.— Dijo Toushiro, cruzándose de brazos. — Pero no tienes legitimación para ello, la única que puede iniciar esto es Kukaku Shiba.
Karin asintió. El albino se paró a su lado y con ternura le acarició la cabeza, la muchacha sintió que se le calentaba el corazón con ese gesto. Apoyó su peso en el pecho del capitán, absorbiendo su tibieza. Se quedaron así un momento, disfrutando del contacto. Tenían todo el tiempo del mundo, se dijo.
Koganehiko y Shiroganehiko la recibieron tan felices como siempre lo hacían, y salieron a su encuentro ofreciéndole dulces y refrigerios. Aceptó, por supuesto. Nada superaba los dulces de Koganehiko. Se adentró en la casa Shiba que, como siempre, estaba asentada en un lugar inexacto y distante del Rukongai oeste. Bajó las escaleras hasta la sala de la casa, llena del horripilante humo de la pipa de su líder. Kukaku lucía tan mortífera y despreocupada como siempre, levantando la pipa con su único brazo.
—Ah, la tortolita. — Saludó ella — ¿Qué te trae por aquí, mocosa abandónica que olvida que la criamos?
—Ya, ya. Yo también te extrañé. — Masculló, sentándose con premura para evitar el humo agobiante que se elevaba. — Y, en realidad, vengo por asuntos del clan.
Kukaku le levantó una ceja con escepticismo —Ajá, del clan. El clan somos nosotros tres, muñeca ¿Qué pasa?
Karin se rió. — Formalmente, sólo ustedes dos.
—Formalmente, solo somos una familia; no un clan. — Se burló, sentándose erguida frente a la chica. — ¿Qué sucede?
La más joven le explicó la idea, que ya había diseñado, orquestado e incluso diagramado. Salir con Toushiro tenía muchas cosas buenas, pero ninguna tan obvia como la eficiencia para preparar mociones y su amplio conocimiento sobre el funcionamiento del seireitei.
En adición, Rukia le había conseguido una entrevista con su hermano mayor a fines de que éste le ayudará a pulir su ya depurada presentación. Byakuya había sido claro en cuanto a los procedimientos e instancias a seguir, que eran montones.
Karin asentó la carpeta en el espacio entre ella misma y su prima. Kukaku soltó una risa sin siquiera abrirla.
—¿Y por qué quieres esto? Estamos bien, ¿por qué querríamos entrar de nuevo a su club de culos estirados?
—Por los Nakita, los Nehiko, los Satou y las otras familias que una vez integraron el clan. — Ofreció ella. — Porque nos degradaron, y aunque mi hermano se hizo mierda para salvarlos aún si nadie lo reconoció. Porque esta familia, este clan, es noble; y no deberíamos dejarlos con el gusto de hacernos "formalmente" menos.
— ¿Quieres el reconocimiento, entonces? Porque si es eso, puedes hacerte un nombre tú misma.
Karin sabía que ella la estaba probando, de algún modo retorcido que sólo Kukaku entendía. — Quiero devolverles el orgullo, quiero que mi viejo se pueda morir en paz.
Ella abrió la carpeta y acomodó los papeles frente a Kukaku. Era una petición formal por una entrevista con los seis jueces de la central cuarenta y seis y los cabecillas de las otras cuatro familias nobles con un único objetivo: reintegración del clan Shiba como quinta casa noble.
La carpeta contenía los logros de sus miembros vivos, de la casa primaria y las que solían ser sus ramas y familias secundarias. Kukaku no estaba sorprendida en lo absoluto por lo preparada que estaba su primita, sino todo lo contrario, estaba secretamente orgullosa de que se presentara frente a ella con un objetivo delimitado y un plan de ataque certero. Incluso tenía las fichas de las familias secundarias, pendientes de firma.
—¿Entiendes en lo que nos estás metiendo? Porque nos pondrás en medio de la tormenta, puedes olvidarte del perfil bajo que intentas mantener. — Advirtió ella y recogió el papel principal donde detallaba su composición familiar como núcleo del clan.
Era hora de formalizar las cosas un poco.
—Lo entiendo.
—Muy bien, entonces acepto. Solicitaré la reintegración del clan como noble… con una condición. — Kukaku se inclinó con sus ojos grises analíticos sobre ella. — Una adopción en toda regla.
Karin parpadeó.
—¿Ah? — Abrió los ojos con realización.— ¿Te refieres…?
—Sí. Karin Shiba suena muy bien ¿a qué no?
Oh, joder.
—Tienes que estar de broma.
Hola a todos ¿Cómo va? Les traigo la actualización antes de acostarme, ya corregida. Espero que la hayan disfrutado y que, quizá, hayan podido anticipar el giro. Pequeño avance:
"—¿Tú no podrás los tuyos?
La joven contempló cómo los ojos de su acompañante fueron atravesados por la determinación, y algo se removió dentro de ella. El nudo en su estómago finalmente se había deshecho y cayó en su vientre bajo con un nuevo origen: fuerte excitación.
—No."
