Senderos de fuego.

:-:

Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.

:-:

Capítulo trece: Ardor.

Advertencia: Contenido explícito.

La joven oficial se sentía muy cómoda en el hogar Hitsugaya, y su ocupante no podía decir que aquello lo molestara en absoluto. Karin solía adaptarse rápidamente y se amoldaba a nuevas situaciones a un ritmo vertiginoso. Si bien ella lo había visitado ocasionalmente en su hogar, para el quinto mes de su relación la morena ya se servía a sí misma té y aperitivos sin remilgos. Toushiro no se quejaba, especialmente porque solía estar incluido en sus pequeñas meriendas. Además, sólo lo hacía cuando él se llevaba trabajo a su casa y sabía - en el fondo - que lo hacía para obligarlo a hacer una pausa.

Esos actos de servicio le despertaban un gran afecto hacia ella, Karin siempre había cuidado así de los demás. Le dejaba un remedio para la resaca a Matsumoto cada vez que se iba a emborrachar, preparaba café para los oficiales inferiores cuando debían hacer horas extras, y solía sentarse a tomar el té con él.

Pero le calentaba el corazón verla tan natural en su espacio, algo de posesividad ardía en el fondo, también.

Se abocó a su trabajo para cortar esa línea de pensamiento.

Mientras el albino circunscribía sus pensamientos a una línea laboral, su acompañante dejó que su tren de pensamiento se dirigiera a la adopción plena que Kukaku le había propuesto. No era una cuestión menor: una adopción le daría un nuevo lugar en la sociedad de almas y la investiría de responsabilidades. No quería muchas de esas obligaciones, y ciertamente no la entusiasmaba ser calificada como noble tras labrar su lugar como tercer oficial a base de trabajo duro y dedicación.

Suficiente tenía con ser la hermana menor de Ichigo Kurosaki. Y sin embargo, había determinado que aceptaría.

Ya había dedicado largas horas a sopesar acabadamente las futuras consecuencias de su reciente decisión a aceptar la propuesta de Kukaku, provocando su ensimismamiento.

—¿Qué te preocupa? — Preguntó él, atravesándola con sus ojos. — Estás demasiado callada.

Ella bufó. — Te estoy dejando trabajar.

Toushiro entrecerró los ojos sin creerle ni una palabra y dejó su pluma a un lado. — Ya no estoy trabajando: te escucho.

Como ella no emitió palabra, él se limitó a observarla fijamente desde su sitio. La oficial cedió, sabiendo que la oportunidad se había impuesto a sí misma y dilatar el asunto no tenía ningún sentido. No involucraba directamente a Hitsugaya, por supuesto, pero él había ocupado su tiempo para ayudarla y por lo tanto, merecía respuestas.

—Kukaku aceptó peticionar la reinserción, con una condición. — Relató, mientras abandonaba su lugar en la galería y se sentaba cerca de su interlocutor. — Que me una formalmente a la familia.

El capitán se cruzó de brazos y reflexionó.

—¿En qué calidad?

—Miembro, uh, una hermana menor. — Aclaró e hizo una pequeña mueca con la boca. — Eso significa adoptar su nombre, como lo hizo en su momento Rukia al unirse al clan Kuchiki.

—¿Y qué quieres hacer?

Esa fue la principal interrogante en su mente los últimos días ¿Qué iba a priorizar? ¿Devolver el orgullo al clan de su padre, o mantener su nombre como parte integrante de su identidad? Los apellidos eran importantes, las personas - y sobre todo los shinigamis - los portaban como un título al cual rendirle honor. Pocos tenían la suerte y fortuna de conocer sus orígenes y, por consiguiente, se dejaban la vida en honrarlos.

Ella no lo miró un momento, pero cuando retomó el contacto visual parecía decidida aunque tímida. — ¿Tú qué opinas? Yo… ya tomé mi decisión.

Karin rara vez pedía opinión, normalmente era el tipo de persona que realizaba sus elecciones sola y no admitía que nadie se entrometiera en sus asuntos. Pero se habían convertido en una pareja, se recordó. Algo le decía que como amigos quizá no le hubiera hecho esa pregunta a él sino a alguien como la nombrada Kuchiki; quien entendería mejor su situación.

—Es tu nombre, sólo tú puedes decidir. Al fin y al cabo seguirás siendo Karin al final del día. Kurosaki o Shiba, para mi es indistinto. — Contestó, y se tomó un instante para echar parte del oscuro cabello femenino detrás de su oreja con delicadeza. — De todos modos, ya eras una Shiba aunque no portaras su apellido, basta con mirarte. Debió ser tu nombre si hubieras nacido aquí: es el nombre de tu padre.

Ella asintió en silencio, soltando una lenta exhalación, aún sintiendo la reminiscencia tibia de su tacto sobre ella. —Si esto sale bien y nos devuelven el título nobiliario, ¿qué significaría para nosotros?

—Apenas conozco a Kukaku Shiba, pero no parece tan estricta como otros líderes. — Meditó un instante antes de continuar. —No cambiaría nada, yo seguiría aquí para ti.

—¿Incluso si nos ponen un chaperón? — Se burló ella.

—Nada que el shunpo y la discreción no puedan salvar. Además, a menos que planees pedirme matrimonio tan súbitamente como una cita, no deberíamos preocuparnos por ello en el corto plazo.

Karin se rió, avergonzada. — Siento que traiciono un poco a mi mamá, aunque para ser sincera casi no la recuerdo.

Sólo recordaba su perfume, y la calidez de sus delgados brazos cuando la recogía del suelo.

—Eres una mujer admirable. Sin importar que tomes el apellido de tu padre, imagino que ella hubiera estado muy feliz contigo.

Lo había dicho sin pensar, pero no por ello era menos cierto. La consideraba una mujer muy digna, que llevaría honor a cualquier clan. Él se sentía honrado de ser su pareja y el centro de su afecto, no concebía que fuera de otro modo. Karin se enterneció, y decidió que sí, que tenía razón.

No supo si fue la humedad en los ojos negros, o si fue por ese profundo sentimiento de posesividad hacia ella que intentaba reprimir, pero lo embargaron fuertes deseos de besarla. A lo largo de los años había aprendido a limitarse a sí mismo al respecto, evitando ceder a la tentación de su boca redonda. No obstante, como había dicho, ella era Karin para él y estaba allí para ella: ya no existían motivos para abstenerse.

La morena no le había parecido reticente al contacto, sino que más bien había sido él quien dibujó la prudente distancia entre ellos tras la primera cita. Le había dado algunos pequeños besos y gestos de afecto, pero deseaba presionarla contra él y perderse de algún modo en ella.

Karin lo atraía, y él desconocía cómo encausar esa atracción correctamente sin incomodarla. Lo abrumaba su deseo y le estaba sofocando.

Con mesurada lentitud descendió sobre ella y cerró las distancias, primero con un pequeño beso que le supo como una caricia amorosa y luego escaló rápidamente en un vertiginoso ascenso a la excitación. La shinigami no desaprovechó el momento y lo estrechó entre sus brazos, imprimiendo al beso toda su frustración acumulada. Toushiro le respondió, permitiendo que su vigoroso beso le inundara los sentidos.

Las manos de la mujer migraron hasta el pecho masculino, que acarició sin pudor. Toushiro gimió internamente y tras cortar el contacto al darle dos castos besos, la tomó de los hombros con suavidad para apartarla.

Él siempre la apartaba con esa fastidiosa gentileza, maldijo Karin.

¿Cuánto tiempo iba a atormentarla dulcemente? La morena apretó los labios humedecidos y mantuvo la vista en él, se miraron. Supuso que toda la frustración que sentía se veía reflejada en su rostro cuando él suspiró, como quien no quiere la cosa.

—Debemos hablar. — Le informó.

Al principio ella había asumido que él quería una suerte de cortejo, de al menos unos dos o tres meses, pero ese tiempo ya había transcurrido sin mucha novedad. Se besaban de vez en cuando, pero siempre habían sido contactos dulces o bien un par de besos abrasadores que sólo alimentaban su anhelo, como aquel, sin ninguna conclusión satisfactoria.

Rebalsaba de expectación. Karin decidió que si él no pedía permiso, ella no pediría disculpas.

—Oh, tengo una mejor idea.

Se dispuso sobre él, frustrada como nunca antes, y retomó el contacto con ansias para luego sentarse sobre su regazo y acariciarlo con las manos decididas. Enervada por la situación, pero alentada por el deseo, se apretó contra él.

Hitsugaya no la detuvo en un primer momento, pero la morena lo sintió tenso y cauteloso. Casi había saltado hacia atrás cuando ella le lamió el labio al intentar convertir un beso agradable en uno ardiente. Se separó de él, irritada por su falta de cooperación.

¿Acaso tenía idea de lo rechazada que se sentía? ¿Lo estaba presionando, en realidad? Se sintió asqueada de sí misma y molesta con él.

No lo entendía, por Dios que no lo hacía. Había intentado discernir el motivo de sus reservas para con ella. Había llegado a pensar que el deseo tal vez fuera exclusivamente suyo y él no la anhelara. Quizá había imaginado el ardor compartido. No podía comprenderlo ¿Era una suerte de brecha cultural?

—¿No te sientes cómodo… conmigo? —Preguntó vacilante, sin saber exactamente qué era lo que quería saber.

Toushiro hizo un sonido gutural ahogado y Karin juró que nunca antes lo había visto tan contrito. No obstante, no cedió y se mantuvo sobre su regazo a pesar de retroceder lo suficiente para verle el rostro. Le dio un momento para serenarse, pero la oficial no era particularmente paciente. Empezó a sacarle la respuesta a punta de pequeños planteos.

—¿No quieres besarme?

—No es eso.

—¿Te parece que es ir muy rápido o algo así?

— No.

— ¿No te gusta besar?

No respondió.

—¿Es eso, entonces? ¿No te gusta el contacto físico? ¿Besar? ¿Eres asexual o algo así? ¿De eso querías hablar? Quiero decir, está bien si lo eres y…

Toushiro la bajó de su regazo y se levantó. Dio una vuelta por la habitación sin mirarla y luego del paseo volvió a su lugar original. El rostro le ardía. Karin lo observaba furiosa desde el suelo, contando los segundos para evitar mandarlo al diablo ¿Acababa de dejarla hablando sola?

—Me conociste antes de que el bankai forzara mi desarrollo. — Le recordó y ella asintió, esperando respuestas. — He estado enamorado de tí más tiempo de lo que crees.

No dijo nada más, se limitó a mirarla como si esperase que con aquellas dos afirmaciones ella pudiera entender por qué no le seguía la corriente. Karin miró el techo en búsqueda de paciencia. No se había dado cuenta de lo mucho que los constantes ires y venires de su pareja en lo relacionado al contacto físico la había molestado. No había sido claro. Un día parecía a punto de arrancarle la ropa y otro, casi ofendido de que ella osara tocarlo.

—Estás enamorado de mí hace mucho tiempo y… yo te conocí cuando aún lucías como un niño de primaria. — Reconoció, con las fichas encajando en su mente. — Uh, ¿nunca habías estado enamorado antes?

Él se resignó a tener que ser expreso — Maldición, sí. En mi caso, me enamore de ti antes de desearte: la atracción es una consecuencia del afecto.

No dijo nada más y dejó que Karin lo procesara. El capitán le sostuvo la mirada y se percató cuando finalmente todo encajó en la mente de la joven shinigami.

Ella nunca se había enamorado antes, se dijo, pero había conocido la atracción sexual antes que el amor. Como consecuencia, había explorado su sexualidad antes de desarrollar lazos sentimentales. Había disfrutado de sus amantes sin querer convertirlos en sus parejas. Para Karin el amor que sentía hacía el hombre frente a ella se había generado como tal luego de darse cuenta de que lo deseaba sexualmente.

Reflexionó al respecto.

"La atracción es una consecuencia del afecto"... y él tampoco se había enamorado antes. Karin parpadeó.

No, no había manera. — ¿Nunca te sentiste atraído por alguien antes, es eso lo que me dices?

Él ni siquiera pestañeó. — No, nunca. Sí, eso es lo que te acabo de decir.

Ah, maldita sea. No podía ser posible.

—Tú… ¿Tú nunca..?

El hombre con el que había fantaseado durante años, con sus manos amplias y voz profunda; él, quien le había arrebatado sin saberlo el gusto por el sexo casual. Toushiro Hitsugaya, quien la había enloquecido por la distancia que no podía cerrar con un beso…

El destino se estaba burlando de ella, no había otra explicación.

El albino asintió.

Él era célibe. Por eso estaba tan tenso y nervioso con ella: no tenía experiencia.

Señor Dios, Toushiro era virgen. El hombre que la había vuelto un manojo de deseo hasta convertirla en pura frustración era completamente casto.

Joder.

La sorpresa que claramente mostró no pareció ofenderlo, pero tampoco lucía complacido de haber causado esa reacción en ella. La morena se recompuso del impacto que le causó tal declaración y procuró ordenar sus pensamientos.

—Entonces, no tienes ningún tipo de experiencia en cuanto al aspecto físico de una relación sentimental ¿entendí bien?

Toushiro asintió. —O emocional, a decir verdad.

—Entiendo. — Le aseguró, sintiéndose descolocada. — Pues bien, entonces supongo que… uh, iremos a tu ritmo.

Él arqueó una ceja y soltó un cansino suspiro, sorprendiendo a la muchacha. — No confundas mi falta de experiencia con ausencia de deseo, Karin. Pon tus límites.

Ella levantó las cejas, nuevamente volvía a descolocarla. Pensó que ya que estaban hablando con total sinceridad, y habían establecido hacía tiempo que sus sentimientos eran mutuos, bien podrían saltarse toda la cuestión de "ir poco a poco". Ellos se conocían, y mucho. Karin podía saber cuántas horas había dormido sólo con verlo endulzar su té.

—¿Tú no podrás los tuyos?

La joven contempló cómo los ojos de su acompañante fueron atravesados por la determinación, y algo se removió dentro de ella. El nudo en su estómago finalmente se había deshecho y cayó en su vientre bajo con un nuevo origen: fuerte excitación.

—No.

La joven se acercó a él, poniéndose de pie. Karin necesitaba corroborar: — ¿Físicamente, no me pondrás límites?

Para probar su punto ella deslizó los dedos sobre el borde la camisa del hombre, empujándola con medida firmeza fuera de su sitio, aunque sin exponer demasiado. La recibió su piel bronceada. Él la besó, esta vez sin titubeos. El contacto fue breve, pero sin dudas también decidido. —Quizá tengas que guiarme un poco, pero no: no te limitaré en ese sentido.

A pesar de que Karin había esperado que él fuera quien la llevara al dormitorio una vez establecida la relación, la idea de enseñarle el placer la llenó de un sentimiento de pertenencia y posesión novedoso. Toushiro se entregaba a ella sin condiciones. La oficial lo besó, con intensidad; y él finalmente se dejó llevar. Si Karin empujaba, él le devolvía el gesto con renovada intensidad.

No pretendió timidez ni se dejó desalentar por el reciente descubrimiento. Lo empujó de espaldas, entre besos, hasta el futón que ocupaba en su habitación. Una vez allí, se sentó en su regazo y se frotó contra él sacándole un delicioso gemido. Le abrió la camisa, besó sus hombros y clavícula.

De repente, la idea de que la hubiera esperado era incluso más apetecible que la de un amante educado y bien dispuesto. Ella le enseñaría a hacer el amor, y esperaba que - como en todo - resultara un prodigio.

Cuando había tenido su primer encuentro sexual Karin había apreciado que su amante ya supiera qué hacer. Dos personas inexpertas inevitablemente hubieran hecho todo más incómodo. De modo que asumió un rol más dominante: era ella quien sabía qué hacer y procuraría convertir el momento en una buena experiencia. Además, se recordó, le gustaba ir arriba.

En primer lugar se sació de su boca. Toushiro le siguió el ritmo y Karin nunca estuvo más contenta de que él aprendiera rápido. Cuando los besos se profundizaron y las manos trazaron sus recorridos, Karin ya podía sentirlo erguido debajo de ella. Se empujó contra él, como había hecho antes, pero con mayor fricción. Todo su cuerpo irradiaba calidez, la cual atravesaba las capas de ropa entre ellos. Le beso el cuello justo donde su pulso latía descontrolado, él olía a madera y menta. Karin lamió lentamente el punto elegido, para luego morderlo con suavidad mientras presionaba sus dedos contra el nacimiento de cabello en la nuca. Se perdió en el festín de sonidos, consumida por el deseo contenido.

Él soltó un gemido bajo. La morena le sonrió y se separó un instante para darle una mirada. Era la imagen de la lujuria. Toushiro tenía los ojos turbios de deseo y la boca tan hinchada como ella sentía la propia. Sus manos le apretaban las caderas y se levantaba contra ella desde su sitio en el futón. Karin disfrutaba el vaivén, y mientras se presionaba contra él aflojó la ropa del albino. Era, en definitiva, la gloria masculina hecha persona. Ya había comenzado a atardecer, y la luz moría lentamente. No obstante, el brillo peltre del crepúsculo daba un brillo casi mágico a la piel masculina; Karin se relamió.

Hitsugaya la tomó del cuello y obligó a descender de nuevo hacia sus labios. La embistió y ella mordió su boca antes de volver a sentarse sobre él, con su erección empujando su entrepierna.

La idea de dominio la excitó: expuso su pecho y lo montó sin pudor aún con la ropa como barrera. La fricción era una delicia y construía su liberación paso a paso. A diferencia de otras oportunidades, y otros amantes, Karin sopesó que no debía buscar primero su propia satisfacción. Una idea pasó por su mente.

Se levantó, quedando erguida sobre sus rodillas. Abrió con un movimiento las ropas de su novio y luego, tras observar el detestado fundoshi, ordenó: — Desnúdate.

Debió acomodarse para poder desatar su ropa interior. Se sintió algo cohibido, pese a que llevaba décadas siendo un hombre propiamente dicho aún no se hallaba del todo cómodo con la idea de exponerse. No obstante, antes de que el pudor pudiera menguar su excitación, volvió su atención a Karin. Ella se había retirado también su yukata y estaba quitándose el vendaje que aprisionaba sus senos.

Turgentes y preciosos senos. Toushiro había visto antes a mujeres desnudas, Hinamori había sido su hermana y se habían bañado muchas veces juntos. Con un cuerpo infantil, raras veces las muchachas habían sido pudorosas con él. Pero allí, como un adulto, lo golpeaba de forma diferente. Las manos le hormigueaban con anticipación y la morena, tras percatarse del rumbo de sus ojos, le sonrió como quien sabe que tiene la victoria asegurada. Tomó sus muñecas y aún con la yukata agolpada sobre sus caderas, lo aprisionó contra el futón.

Ella iba a darle una buena experiencia, y aunque ya había trazado una ruta mental sobre lo que quería hacer con él, pensó que en primer lugar lo dejaría explorarla. El contacto de su piel contra la suya le agitó los nervios y se sintió humedecer. Diablos, quería enfundarlo en sí misma y montarlo de una buena vez. Descubrió que en realidad no estaba bronceado, como erróneamente había creído, sino que su piel era de un homogéneo color oliva. Disfrutó de la vista de él extendido bajo su peso, con los músculos flexionados para ella.

"Paciencia", se dijo, y se dejó caer a su lado en el futón. Allí, le dio un largo beso y guió una de sus manos para posarla en su pecho.

—Aprieta, no muy fuerte, la idea es masajear. — Le instruyó y luego, llevando su propia mano hacia el otro pecho le mostró cómo quería que jugara con sus pezones.

Toushiro no necesitaba mayor instrucción, muchos años presenciando reuniones de bebida en su escuadrón y tras varias conversaciones "de hombres", había llegado a tener una idea aproximada de qué hacer. Después de todo, a los amigos de su teniente les gustaba compartir sus experiencias amatorias a viva voz y brindar lujo de detalles. Por ello, cuando se irguió sobre su novia y le besó los pechos, sabía al detalle cómo proceder.

Kurosaki tenía los senos redondos coronados por pezones de un bonito color, el cual se afianzó tras succionarlos. Karin gimió, y los pequeños ruidos que ella hacía sólo lograban ponerlo más duro. Eran más grandes de lo qué él había imaginado en la intimidad, su vendaje había sabido disimular la exuberancia. Los apretó, lamió y chupó hasta que ella se removió debajo de él y tomó, sin tapujos, una de sus manos y la llevó a su entrepierna.

Ah, sobre eso no estaba tan seguro. Su pequeño titubeo no pasó desapercibido por Karin, quien lo atrajo para una nueva sesión de besos antes de orientarlo.

Se colocó de espaldas a él, empujando sus nalgas contra su erección, y guió de nuevo su mano. Le indicó qué quería y cómo mover sus dedos.

Toushiro le besó los hombros y dejó pequeñas mordidas en su cuello mientras trazaba los explicados círculos en su clítoris, experimentando con distintas presiones. A juzgar por cómo ella gimoteaba y apretaba su trasero contra él, no iba tan mal. Cuando estaba ganando confianza ella lo desplazó para ocuparse de sí misma.

—No, no. — Se apresuró a decir cuando él interpretó sus acciones como una petición de retirada. — Hazlo así.

Karin le enseñó a masturbarla, y él intentó prestarle toda la atención posible a sus indicaciones, mas se distraía con sus empujes y toques. Cuando hundió sus dedos en su entrepierna la húmedad lo recibió. Significaba que su novia estaba disfrutando de sus atenciones, aunque lo abrasador de su empapado interior era inesperado. Ella ardía por dentro y no se quedaba quieta. Toushiro curvó los dedos tal y como había sido instruido para hacer, sacándole deliciosos sonidos a su pareja. Exploró, y Karin se dejó hacer a su gusto.

La besó por todas partes, la apretó, masajeó, y se empujó contra sus nalgas. Ella temblaba, y alcanzó su orgasmo mientras se acariciaba a sí misma y Toushiro la penetraba con sus dedos. Joder, bendito prodigio obediente. Él la sintió contraerse.

—...¿Karin?

Lo que estuviese por preguntar fue olvidado cuando la shinigami volvió a erguirse sobre él. —Como has sido dedicado, voy a premiarte. — Le anticipó. — Manos quietas ¿Entendido?

Obedeció su comando. Ella se apretó contra él, permitiendo que sintiera su piel contra la suya, y lo besó. Sus lenguas se enredaron en un acalorado encuentro. Mientras se besaban, Karin tomó su pene y lo acarició ejerciendo una cantidad tortuosa de presión.

¿Iba a masturbarlo también, era eso? Se dejó hacer y cuando culminó el beso ella le dio la mirada más excitante de su vida y procedió a darle nuevas órdenes: — Primero; y como te dije, las manos quietas. Segundo, no me toques la cabeza y tercero, avísame.

Iba a preguntarle qué era lo que tenía que avisarle cuando su boca aterciopelada sobre su miembro le robó cualquier pensamiento coherente.

En nombre de todo lo santo. De todas las almas. De algún Dios, si es que éste existía.

—Joder, carajo — Se las arregló para mascullar mientrar ella lo succionaba placenteramente. —Mierda, mierda, mierda…

Ah, a eso se refería con avisarle.

Lo desarmó completamente: la sensación de su lengua contra su parte más sensible le hizo darse cuenta de porqué le había aclarado que mantuviera las manos lejos de ella. Se cubrió el rostro con los antebrazos y estaba seguro que más tarde se avergonzaría de los sonidos que estaba soltando. Ella sumó sus manos a la ecuación y su lengua tomó un rol más participativo. Tomaba todo de él y Toushiro temió no poder contenerse más.

Balbuceó. —Ka-Karin,

Esa era toda la advertencia que pudo formular, pero fue suficiente. Ella continuó masturbándolo con las manos sin piedad.

—Para, por favor… voy a correrme. Estoy a punto de-

—Hazlo— Le instó, acelerando el ritmo.

Cedió, sin poder evitarlo. Con un largo y profundo gemido eyaculó. La imagen de los pechos de Karin cubiertos de su semen alimentaria de cuenta nueva sus fantasías. Ella se limpió rápidamente con un borde del hakama que Toushiro había estado usando antes.

—Lo siento — Se disculpó por el desorden.

Ella le sonrió y lo besó, permitiéndole sentir algo de su sabor salado. — Anda, que va. Fui yo la que te dijo que acabaras.

Cierto, pero no por ello menos embarazoso. Normalmente, él cuidaba de sus propios desastres pegajosos. Karin se acostó junto a él e inició otra larga antesala de besos atrevidos y manos nómadas. Con mayor confianza, Toushiro apretó las nalgas femeninas y se cirnió sobre ella, empujándose sin penetrarla.

Fue una desinhibida, detallada y vasta sesión de explotación mutua. Pronto, se sintió renovadamente encendido. La mujer no le dio tregua en cuanto se trataba de caricias. Sabía que ella contaba con ventaja, pero no por ello se desanimó. Karin sabía dónde tocarlo. Le mordisqueó los hombros, apretó los muslos musculosos y ocupó su boca en su cuello y hombros. Ella gimoteaba y suspiraba en su oído, siendo muy consciente de lo mucho que eso le excitaba. Se empujó contra ella sin descanso. Volvió sus ojos verdes a Karin, interrogante. En respuesta ella acomodó las piernas para abrazar su cintura con ellas.

—Si me pides permiso a esta altura, voy a golpearte. — Le advirtió. Toushiro bufó, pero Karin levantó las caderas para ir a su encuentro. — ¿Esperas una invitación, capitán?

Se acomodó, intentando empujarse contra su resbaloso centro. Karin perdió la poca paciencia que le quedaba y lo ubicó ella misma. Él ni siquiera se ofendió ante su arrebato, estaba demasiado ocupado siendo abrumado por la sensación de su vagina apretándolo. Caliente, aterciopelado, mojado y delirante. Entendía por qué los hombres perdían la cabeza por el sexo.

Ella afianzó su agarre en las caderas masculinas ubicando sus propios brazos detrás de su cabeza, sacando de en medio su melena oscura. La postura no hizo sino levantar sus senos, cuyos pezones lamió antes de embestirla.

En ese momento Toushiro prescindió de cualquier tipo de instrucción. Karin soltó una larga sinfonía de ruidos sensuales que lo enloquecieron. Descendió sobre ella y la besó una y otra vez, hasta que no supo dónde comenzaba ella y terminaba él. El encuentro fue ardiente, desvaneciendo cualquier pensamiento que no fuera su pareja. Karin se arqueó y comenzó a empujarse contra él.

—Más fuerte. — Pidió, al borde de un segundo orgasmo.

Toushiro intentó complacerla pero ella insistió: "más fuerte, más fuerte". Hasta que él mismo decidió que si accedía más allá de ese punto, la lastimaría. Recordando la forma en que ella lo había montado al principio, pensó que nadie mejor que ella misma podría satisfacerse. Un momento luego, Karin estaba sentada sobre él. Ella bufó, molesta.

—¡Toshiro! ¿Por qué? —Se quejó, pero pronto comenzó a mecerse contra él en búsqueda de un orgasmo aún a su alcance.

Él no respondió. Karin se concentró en sí misma, golpeando su clítoris gozosamente cada vez que se frotaba en el interín de las embestidas. Casi, casi, lloriqueó cuando un segundo orgasmo - más fuerte - la estremeció. Volvió su atención a su novio, quien tenía el ceño fruncido, los párpados apretados y un rostro concentrado.

—¿Te estabas conteniendo? —Preguntó, intentando acompasar su respiración mientras seguía montándolo, aún sensible.

Él sólo exhaló ruidosamente. Karin le dio una pequeña risita y observó al hombre debajo de ella, quien se había entregado sin reservas. Se sintió un poco mal, de haber sabido que iba a enamorarse de él, también lo habría esperado por muy desordenado que fuera un primer encuentro entre dos neófitos. Una idea pasó por su mente, mientras aceleró el ritmo que llevaba lo sopesó. Sí, no era un momento riesgoso.

Se inclinó sobre él y le mordisqueó el lóbulo de la oreja antes de compartir su idea: —Yo no soy ninguna virgen, Toushiro. Pero voy a dejarte ser el primero.

Él no pareció entenderlo y entre embestidas cada vez más rápidas, soltó un confuso: —¿Q-qué?

Ella le dio una sonrisa casi maliciosa y se acercó a su oído para susurrarle: — Puedes venirte dentro.

La simple idea de derramarse en ella era de lo más excitante y su respiración se aceleró. El pensamiento lógico de "lo mejor sería que no", fue aplastado de un plomazo. La tomó con mayor cuidado del que creía posible en esa situación. La volteó, colocándose de nueva cuenta sobre ella y descansó su frente contra la suya.

Karin le susurró las frases más provocativas y excitantes, que más tarde no querría recordar por pudor. Lo animó a llenarla, rogándole incluso con las palabras más subyugantes que pudo formular. Toushiro la embistió sin pausas y sin miramientos, perdió cualquier tipo de mesura ante sus sensuales frases y el pensamiento de llenarla completamente era el único en su mente.

Fue todo menos delicado. Karin sintió su orgasmo y la manera en que su miembro pulsaba mientras se venía dentro de ella; derramándose en sus entrañas. Toushiro casi se dejó caer sobre ella, laxo y apenas con aire suficiente para no hiperventilar.

Los momentos siguientes fueron muy incómodos entre los dos nuevos amantes, pero lo sobrellevaron. La noche los encontró envueltos en sábanas limpias y un segundo futón, pues el anterior había quedado arruinado para un uso inmediato. Toushiro la abrazó y le dio suaves besos en la nuca. Ella se rió quedamente: le hacía cosquillas. El mayor pensó que era un momento bueno para disculparse debidamente por su pérdida de control.

—No pretendía ser tan brusco al final, lo lamento. — Abochornado, agradeció haberla abrazado por detrás y que Karin no pudiera verle la cara.

Ella se rió. — Yo te pedí que lo hicieras fuerte, Toushiro. No te disculpes, por si no te percataste; yo lo estaba pasando bien.

—Tienes mis dedos marcados en tus muslos… son moretones.

—Ya, como si nunca me hubieras apaleado entrenando. Me has dejado peor.

El capitán se sintió fuertemente agraviado. — Eso es entrenamiento, Karin. No… intimidad.

Apretó los labios para no reírse. Se levantó del futón y buscó a tientas su lazo para el cabello. — Levántate, y haz algo de té. Tú y yo vamos a tener una buena conversación sobre consentimiento, comunicación y preferencias en el sexo. Arriba.

Nada hubiera preparado a Toushiro para esa charla. Nada.


Matsumoto se preguntó por qué sus oficiales femeninas estaban cotilleando de manera tan entusiasta. Su alma conventillera, siempre dispuesta a oír los chismes más jugosos del seireitei, se despertó de inmediato. De puntillas, se acercó para interrogarlas.

—¿Ah? ¿Qué las tiene tan entretenidas, chicas?

Las jóvenes shinigamis dieron un respingo, mirándose entre todas y balbuceando frases inconexas una sobre la otra. Rangiku las escuchó con los brazos cruzados debajo de su envidiable delantera y asintió con aire serio.

—Y luego le dijo a una recluta nueva que podía tomar un dulce si quería. — Declaró la quinta oficial.—¡Le sonrió!

Matsumoto apretó los labios, intentando no reírse. Los rumores en la décima decían que su capitán no sólo estaba de un humor fabuloso, sino que incluso les sonreía a las reclutas.

¡Les sonreía!

Ah, si no conseguían disimular mejor que eso pronto los rumores concluirían que algo se estaba cociendo allí. La rubicunda mujer apretó los labios y se dirigió a la oficina de la que había huido a primera hora de la mañana con un único objetivo: mortificar a su superior. Lo hubiese hecho, por supuesto, si hubiera tenido un minuto de privacidad.

Las reclutas populaban con tanto disimulo alrededor como su capitán ocultaba su buen humor. Hizo un mohín y, de algún modo, logró echarlas a todas.

—¡Bueno, bueno! Parece que alguien durmió muy bien anoche. —Apuntó, risueña. Luego su sonrisa aparentemente inocente dejó ver algo de picardía. — Al menos, eso murmuran sus shinigamis, capitán, dado que hoy está de un humor especialmente bueno.

Toushiro pretendió no oirla mientras seguía trabajando. No, no había dormido nada la noche anterior. Más aún, llevaba casi una semana sin dormir. Le levantó la ceja a su teniente, quien lo miraba burlonamente desde su lugar. Ah, bien, debería mostrarse más serio; lo último que quería era avivar los chismes.

—Entiendo, ahora, Matsumoto, tu papeleo te espera.

—El papeleo puede esperar, capi. Ahora, cuéntemelo todo.

—No

—¡Vamooos! Pasé todo el día dispersando los rumores sobre usted y su repentina felicidad. — Le hizo un puchero. — Los vengo shippeando hace décadas ¡un pequeño chismecito, capi! Algún detallito, ande.

—Que no.

—¡Apa! ¿A dónde se fue su buen humor, eh?

—Actualmente, seguro que está haciendo su trabajo en el noveno escuadrón ¡El papeleo era para ayer, Rangiku!

Ella soltó un chillido llorón, insistiendo sobre merecer al menos un poco de información sobre el ansiado romance de su capitán con la muchacha que tanto apreciaba. Ante la inoportuna aparición de subordinados pronto se vio obligada a buscarle un nombre clave. Entrecerró los ojos mientras leía algunos de los informes que tenía atrasados. De golpe, se le ocurrió una idea.

Estampó su sello en el informe que tenía enfrente.

—Capitán, dígame. —Llamó su atención — ¿Cómo está su gatita?

Una shinigami que estaba protocolizando órdenes antiguas miró a la teniente sorprendida. Tsume Nakita, si no se equivocaba. Era algo así como cercana a la morena.

—No sabía que tuviera una mascota, capitán. — Señaló ella, sorprendida aunque enternecida por ello.

—Oh, sí. —Matsumoto interrumpió, sin darle oportunidad a contradecirla. — Es una hermosa gatita, tiene el pelo muy negro. Algo arisca, pero adorable con quien quiere, ya sabes como son los gatos.

Toushiro iba a interrumpir la conversación negando cualquier tontería que su teniente estuviese diciendo para empezar, pero ella le dio una larga mirada y se anticipó:— Ah, sí, su dueña ya no podía cuidarla así que mi capitán la adoptó, o bueno, la gata lo adoptó a él.

Tsume dejó su tarea para conversar con la teniente, encantada con la idea de que su capitán no sólo tuviere una linda gatita como mascota, sino con el hecho de que la hubiera adoptado tan dulcemente.

—El problema es que la gata ya venía con nombre, y es todo un asunto ¡No responde a menos que la llames por el nombre que le dio su antigua dueña!

Tsume hizo, por supuesto, la pregunta obligada: — Oh ¿Y cómo se llama?

Rángiku sonrió, victoriosa. — ¡Karin!

Toushiro escupió el té que estaba tomando, pero Tsume, quien se reía, no lo notó. —Oh, a la oficial Kurosaki no le haría gracia.

—Pero intentar cambiarle el nombre fue inútil. — Rangiku casi se oía apenada por ello, Toushiro tosió. — Así que Karin es Karin, y no quiere otro nombre. Gata caprichosa, pero lo compensa: ¡es una cosita preciosa!

Y así, de repente, es buen humor de su capitán era obra de una pequeña cosita morena llamada Karin. Era una mente maestra, pensó Rangiku.


Cuando Karin se presentó unos días luego a su cita quincenal con Rukia, apenas se sentó la mayor le sonrió socarronamente. Claramente Matsumoto ya le había hecho llegar sus conclusiones.

—¿Valió la espera?

La menor sonrió detrás de la mano que cubría su boca.

—Cállate.

—Uhmmm. — Kuchiki se burló.— Pues ya que vas a cambiarte de apellido, bien podrías usar el suyo.

—Que te calles.

—¿Si recuerdas la charla que tuvimos sobre que el sexo con otros shinigamis no es igual que con almas comunes, no?

Fue apenas un instante, pero Rukia pudo apreciar el cambio de expresión de la oficial. La más joven de las dos se irguió en su lugar y asintió, sin mirarla.

—Te hiciste los exámenes al entrar a la guardía, ¿no?

—Eran optativos.

—Te los hiciste. — Insistió. — Karin…

—Rukia, Kukaku me ha dado más información de la que me gustaría. — Le aseguró. —Sí, me los hice. Sí, soy consciente de que el sexo con shinigamis es distinto.

—Excelente. Asumo que ahora estarás de mejor humor.

Karin se rió descaradamente, a sabiendas que quién había mostrado una mejoría en su estado de ánimo no era necesariamente ella.

—¿Y cómo le va a Ichika?

—Ya presentó su ficha para unirse a un escuadrón.

—¡Estupendo! ¿A cuál?

Si fuera al noveno, la pondría muy feliz. Podría cuidar de ella y resguardarla. Por supuesto, su capitán estaría contento de tener a una shinigami fuerte y cuya zanpakuto - al igual que la suya - era de tipo poder. Muguruma era estricto con los reclutas, pero era justo y siempre y cuando cumpliera con sus labores no tendrían problemas. En adición, era un tipo al que le daba igual que Ichika proviniera de una familia noble.

Rukia le dio una sonrisa algo incómoda.

—Si hubiese ido contigo, estaría más en paz. Aunque bueno, mi peor temor de que fuera a la undécima escuadra siguiendo el ejemplo de Renji no se cumplió; por lo que no puedo quejarme.— La mayor dio un suspiro lleno de tedio. — Eligió la décima, sólo queda esperar si el capitán Hitsugaya la aceptará, o Ichika deberá ir por su siguiente opción.

Karin hizo un mohín, a Toushiro nunca le había hecho gracia que Ichika fuera tan revoltosa. Aunque con los años se había contenido, convirtiéndose en una shinigami responsable, ella no podía afirmar que su pareja estaría de acuerdo con ello. Pero era fuerte, y no pretendía que se la tratara como la noble que era.

—¿Quieres que hable con él?

—No, no. Si fuera así hubiera hablado yo misma, o le hubiese pedido a Renji que conversara con Matsumoto. Ichika debe valerse de sí misma, no queremos sobreprotegerla y asfixiarla. — La madre resumió. — Así que espero lo mejor, porque su segunda opción es la undécima.

—Le irá bien vaya a donde vaya. — Intentó consolar Karin.

—Eso no me consuela, me preocupa.

Karin rió.

Madarame estaría encantado de tener a Ichika, para la consternación de Rukia.

Escuchó a la mayor comentar algunas cosas sobre su hija, y Karin sintió una calidez agradable y a la vez molesta. Se dio cuenta mientras la observaba servir una segunda ronda de té que era una forma retorcida de envidia. Karin no recordaba a su madre ¿Se habría preocupado por ella como lo hacía Rukia por Ichika? ¿Estaría admirada de su fuerza, consternada por sus decisiones de vida? Se apoyó contra la pared mientras escuchaba atentamente a la capitana.

—Mañana iré a entrevistar a las familias secundarías del clan Shiba. — Le dijo, sin previo aviso. — Es el último paso antes de la presentación formal de la solicitud.
Rukia le dio una mirada llena de algo que su interlocutora no supo identificar, pero estaba marcada por un aire serio.

—Entonces estás decidida.

—Sí. — Admitió, sorprendida de la veracidad de su respuesta.

Su amiga le brindó una sonrisa que pretendía ser consoladora. Luego dio un par de golpecitos a la mesa para distender el ambiente. La presentación formal marcaría un antes y después en la vida de Karin, la mayor lo sabía. La muchacha estaba finalmente abrazando su lado shinigami, tomando lo que por herencia le hubiera correspondido. Era ella quien aceptaría sus raíces con la sociedad de almas, con todas las responsabilidades que le sabrían por ello. Rukia apretó los labios, algo dentro de ella le decía que la adopción formal de Karin tenía que ver con un plan posterior de Kukaku.

¿Querría designarla su sucesora? Sabía que el menor de los hermanos Shiba no era apto, al menos según se lo habían relatado, y ciertamente la muchacha frente a ella era más que adecuada. Karin era fuerte, inteligente, dedicada y - ante todo - voluntariosa como nadie.

La adopción del nombre Shiba implicaba para la menor la aceptación de un pasado del que había renegado, de algún modo. Karin se había criado en la sociedad de almas como una Kurosaki, alejándose ajena a toda la política que se entretejía allí. La matriarca de los Shiba lo había consentido.

—Esto tiene más que ver con tu padre que contigo. — Apuntó ella.

Karin se encogió de hombros, pero un aire de resignada solemnidad la hizo parecer mayor ante los ojos de Rukia. — No. Esta soy yo reparando el daño que hizo el viejo… podría decir que heredé sus errores.

—Los hijos no deben pagar por los pecados de sus padres. —Señaló.

—No, pero lo hacen. Especialmente aquí. — Concluyó ella. — Así que dadas las cosas, lo mínimo que puedo hacer es… uh, bueno, aceptar mi lugar.

Y no seguir fingiendo que no tengo un rol aquí, pensó.

Porque lo tenía. Y era hora de que lo asumiera.