Capitulo 6
Volumen 1 : La caída del Mugen Tenshin
Acto 2
La plaza del monasterio yacía envuelta en un silencio profundo durante la quietud de la madrugada. La soledad imperaba en todos los rincones y el suelo de piedra se iluminaba con la tenue luz de farolas dispuestas en cada rincón de la ciudad. Un viento gélido soplaba, azotando las paredes y las ventanas, generando un silbido que rompía la quietud del aire a su paso.
A las puertas del Monasterio, las sombras de Hayate y sus hombres se deslizaban con sigilo por cada rincón, observando cada movimiento mientras otros penetraban en el recinto indicado por Momiji. Violaron la cerradura principal, abrieron las ventanas e ingresaron simultáneamente ocupando la totalidad del espacio. Inspeccionaban cada rincón, cada mueble, y cada indumentaria con meticulosidad.
El penetrante hedor a carne descompuesta flotaba en el aire, envolviendo cada rincón con su pesadez nauseabunda. La mezcla agria de orina de roedor se entrelazaba con el olor a humedad rancia y moho, creando una combinación avasalladora que impregnaba las paredes con su atmosfera viciada. Algunos presentes se veían obligados a cubrir sus bocas con máscaras, mientras otros optaban por huir ante el insoportable hedor.
Con un gesto, Hayate invitó a Momiji y Ayane a ingresar para inspeccionar. Sin embargo, la propuesta fue rechazada con rapidez por Momiji, quien, recordando aquel incidente embarazoso y repugnante, negó enérgicamente la invitación; refugiándose detrás de Ayane. Esta última, al observarla, optó por declinar la oferta también.
Sin otra opción al ser rechazado incluso por Ryu, Hayate ingresó con el resto de sus hombres para inspeccionar el lugar. En los pisos inferiores, debajo de un tapete y oculta tras la nevera, descubrieron una puerta de madera sin aros de apertura. Al abrirla, un único túnel se extendía hacia las entrañas de la ciudad y en su interior la oscuridad palpitaba develando sus irregulares paredes y su piso fangoso. En ese momento, una colonia de murciélagos escapó volando sobre sus cabezas, y los roedores que surgían de allí se dispersaron dentro de la casa, escondiéndose en orificios y trepando por las escaleras para perderse en el ático.
Por otra parte, y mientras los hombres del Hayate inspeccionaban la casa y el pasaje; al final del túnel donde los esperaban, la voz agitada de un hombre resonaba en los acueductos. Observando a su capitán, el teniente decía: — ¡Hágalo ahora, capitán! Si descienden a los túneles, será demasiado tarde para contenerlos —.
Zayd, con una señal en su mano, indicó que se calmara mientras vigilaba las cámaras del dispositivo. En las imágenes, varios enemigos del Mugen Tenshin se adentraban en el túnel, explorando sus profundidades con linternas.
Ordenando que apuntaran las armas y prepararan todo, añadió: — Tranquilo teniente, solo un momento más... que entren algunos más... ¡Ahora! —.
Mientras, en la superficie, Hayate recordó el plano de la ciudad con los objetivos marcados. Saliendo de la casa, dispuesto a tachar el lugar tomó rumbo en dirección a donde se encontraba su hermana y antes de que pudiera dirigirle la palabra a Ayane, una inquietante vibración se adueñó del lugar.
Una agitación súbita sacudió la estructura cuando la primera explosión detonó, originando un estallido que hizo temblar las paredes y desgarró con violencia el suelo de madera. Chispas y escombros volaron en el aire antes de que, en un sincronizado eco de destrucción, una segunda explosión se desatara. En un estremecimiento aterrador, el tejado de la casa se convirtió en una lluvia de escombros ardientes y las entrañas del edificio, despojadas de su integridad, fueron lanzadas con fuerza al cielo. En un abrir y cerrar de ojos, lo que antes fue un hogar se redujo a humo y escombros, marcado por la furia devastadora de las explosiones y él fuego.
La plaza quedó sumida en un silencio profundo, solo interrumpido por el sonido de madera rompiéndose y las llamas devorando todo a su paso, extendiendo su dominio en todas las direcciones. Los habitantes se levantaron de golpe, atraídos por el espectáculo de fuego incandescente que se alzaba hacia el firmamento.
El silencio sepulcral fue quebrantado por una docena de gritos estremecedores, emanados de mujeres y niños en las cercanías, pidiendo socorro al ver el cuerpo decapitado de sus seres queridos. Los llantos se adueñaron del distrito, mientras que cuatro hombres detenían a Hayate que buscaba de todas las maneras entrar al lugar para buscar sobrevivientes.
Las alarmas pronto sonaron por todo el distrito y luego, una bocina retumbo en el área:
— ¡Atención ciudadanos! Se ha registrado una explosión en las cercanías del monasterio. En orden del mando central de las fuerzas imperiales, se les ordena a todos evacuar hacia los túneles de la estación ferroviaria. Manténganse alejados del área afectada. No intenten regresar a sus hogares en el distrito; recibirán instrucciones una vez evacuen el área —.
La grabación del parlante se repetía, resonando por todo el distrito mientras numerosas familias empacaban precipitadamente y abandonaban el lugar. En la plaza, las personas observaban horrorizadas cómo individuos envueltos en llamas salían del edificio, retorciéndose en el mármol; buscando ayuda en vano. Sus cuerpos oscurecidos por el fuego, caían sin vida mientras eran consumidos. En el interior de la casa, figuras ardientes intentaban escapar y los pocos que lo lograban eran auxiliados por aquellos extraños sujetos.
Las extremidades calcinadas y cuerpos mutilados que habían sido expulsados por la onda expansiva, se esparcían alrededor de la casa. Un olor a cuero quemado y pólvora impregnaba las aceras y el paisaje, desdibujando la belleza de la arquitectura.
Los miembros del Mugen Tenshin recogían a los caídos y ayudaban a los heridos, los ponían sobre sus hombros para luego desaparecer desvaneciéndose rápidamente en la oscuridad mientras que las sirenas de ambulancias y patrullas de policía resonaban cada vez más cerca.
El rostro de Hayate quedó paralizado al ver a sus hombres consumidos por las llamas: Sus cantos, risas y chistes revolvían su cabeza incrédulo de que, en un instante, para ellos todo hubiese desaparecido. La voz de Ayane lo devolvió al presente y al mirarla, observó cómo las lágrimas caían incontenibles de su gentil rostro.
— Debemos marcharnos, hermano. No podemos permitir que más miembros caigan aquí; debemos ayudarlos de inmediato —. dijo Ayane, sin poder contener las lágrimas.
Furioso y renegando con los brazos, contestó: — ¿Estás loca? ¡No voy a abandonarlos en este maldito lugar! Los llevaremos con nosotros ¡Ahora! —.
Las sirenas de las patrullas resonaron con un eco potente, eclipsando las conversaciones más y más cerca. A medida que las patrullas avanzaban, se veían más acorralados y, ante la negativa de Hayate, Ryu golpeó su cuello noqueándolo al instante. Dejó el cuerpo sobre su hombro y dijo:
— Ayane, es hora de irnos. Este estúpido... si se queda caerá directo a la trampa... No podemos permitir que nadie sea capturado. Recoge a tus hombres con Momiji y vámonos de aquí de inmediato —.
Asintiendo, las dos jóvenes acompañadas por algunos miembros del clan, tomaron a los pocos sobrevivientes en hombros y huyeron hacia el norte, intentando pasar desapercibidas entre las multitudes que se dirigían a la estación del tren.
Bajo los escombros de la explosión, un puñado de hombres habían quedado sepultados en el ducto hacia los acueductos, con toneladas de escombros sobre sus cabezas. La oscuridad del pasadizo se empezó a bañar con humo y gases que emanaban de la superficie y, conteniendo la respiración, empezaron a huir corriendo por el suelo fangoso.
A lo lejos, divisaron la última luz de esperanza al final del túnel. Sin embargo, antes de que pudieran emerger, la voz metálica de un hombre grito: — ¡Fuego! ¡Disparen! —. De manera inmediata, varias ráfagas de fusil se adentraron en dirección del túnel, sus trazos incandescentes resplandecieron mientras perforaban a los objetivos; atravesando cabezas, órganos y piel.
Tras descargar los primeros cartuchos de munición, la agonía de los que se lamentaban dentro llegaba a sus oídos y, en un momento, dos individuos con heridas de bala se lanzaron al ataque empuñando a una mano la espada y con la otra recogiendo sus intestinos.
La voz del capitán volvió a emitir su orden: — ¡Mátenlos! ¡Disparen! ¡Abran fuego! —. El sonido de las ametralladoras y los incontables fusiles volvió a romper el ambiente, haciendo que ambos hombres cayeran súbitamente al suelo sin vida.
Tras el silencio, el aire quedo impregnado con un olor metálico a acre de una amalgama de pólvora y calor. Los casquillos detonados eran transportados por las aguas del acueducto, estrellándose en las botas de los militares.
Los visores en sus rostros escudriñaban cada rincón del túnel y al no hallar señal de vida, se adentraron para inspeccionar. El teniente escuchó un lamento a lo lejos, un poco más adentro del túnel; el único superviviente se retorcía con una herida de bala en la pierna.
Apuntando su arma, listo para acabar con el sujeto, se detuvo un momento y reportó por intercomunicador: — Encontramos uno vivo comandante —.
Zayd, retirándose el casco y descansando su arma dijo: — Tráiganlo, veamos que puede hacer por nosotros —.
Entre varios hombres arrastraron al herido por el pelo mientras le daban caricias de puntapié y al llegar al acueducto, le recibieron con aun más incontables golpes e insultos. Las pesadas botas de los militares pateaban sin piedad su cuerpo, mientras otros lo azotaban con las culatas de los fusiles en la cara y en el pecho. Tras verlo pasmado casi sin poder moverse, lo levantaron de los cabellos para abofetearlo y escupirle; lanzándolo de un soldado a otro como un muñeco de trapo, solo pare recibir más puñetazos e insultos.
— Comandante... ¿Qué hacemos con él? —. Pregunto el teniente.
El rostro de Zayd emanaba una sonrisa oscura, y propinando una patada extra al estómago del joven, respondió: — Llevémoslo junto al joven Noah, él sabrá qué hacer con él —. Con un gesto, dos de sus hombres levantaron en hombros al maltrecho joven y, junto al comandante, se adentraron en las profundidades del acueducto.
Por su parte, Noah permanecía sumido en sus pensamientos, evocaba en un recinto cerrado de las profundidades una paz abrumadora mientras estudiaba un mapa detallado de la ciudad y los subterráneos del acueducto. La quietud fue interrumpida por el murmullo de un doliente que se aproximaba, maltrecho y siendo llevado por dos hombres.
Al ser arrojado con violencia a sus pies Noah se sorprendió y desconcertado, intento decir algo... pero, en ese preciso momento, la voz de Zayd se apodero del lugar: — Joven Noah, le he traído un obsequio —.
Frunciendo el ceño y mirando con extrañeza al capitán, Noah pregunto: - ¿Un obsequio? He recibido flores y dinero, pero esto... ¿Qué demonios es esto, capitán? —.
— Exactamente eso: un maldito demonio. Uno de los miembros del clan que custodiaba la estatua de la deidad. Le hemos traído para interrogarlo —. Respondió Zayd mientras levantaba el rostro del joven por sus cabellos.
Noah, cambiando su semblante, abrió los ojos y fijando la vista al cautivo, comentó: — Finalmente tenemos a uno. Buen trabajo, capitán —. Acomodando un par de sillas junto a la mesa, hizo un gesto para que lo sentaran allí y dijo: — ¿Te sientes bien? Es un desastre todo lo que ha estado ocurriendo últimamente, así que cooperarás con nosotros... ¿verdad?... —.
El rostro del joven tenía los ojos inflamados y los labios destrozados; sus ropas maltrechas apenas ocultaban los hematomas en cada rincón de su cuerpo. Mientras junto a él, uno de los hombres trataba la herida: retirando la bala y vendándola.
Negándose, el joven desvió la mirada, no sin antes escupir sobre la mesa. Noah, con una sonrisa en el rostro, dijo: — No lo intentes... estúpido. Observa la posición en la que estás ahora. Al capitán y a sus hombres no les agrada ser desafiados. ¿No es así, comandante? —. Al decir esto, Zayd se acercó y hundió los dedos de su mano en la herida del joven, provocando un grito de dolor que hizo que la herida se abriera, brotando nuevamente la sangre. Ante las súplicas de detenerse, el joven recibió una bofetada por parte de Zayd, quien, negando con la cabeza dijo: — No me pongas a prueba, niño de mierda —.
Noah, asintiendo para que volvieran a tratar la herida, insistió: — Entonces, vas a hablar. No te mataremos... pero si no cooperas, sufrirás. ¿Entiendes? Responde obedientemente y te dejaremos ir —.
Zayd, colocando una silla junto a ellos, se acomodó observando al joven. Sacó un cuchillo de su cinturón y lo clavó en la mesa de metal, mientras Noah, con total tranquilidad, le sonreía con una mirada frívola y desquiciante.
