Volumen 1 - La caida del Mugen Tenshin

Capitulo 2 - Acto 3

En las afueras de Tairon, en el corazón del bosque que rodeaba la ciudad, la antigua estatua emblema de la deidad, proyectaba luces y sombras en su aura de poder. Los maestros ancianos entonaban cánticos simultáneos, rindiendo adoración en ritual. Junto a la estatua, un altar de piedra se alzaba, destinado a las ofrendas que consagraban en sus ceremonias.

El circulo de piedras emanaba brumas que opacaban la oscuridad de la noche, mientras allí, resaltando su aura de maldad se erguía Bael. Sus gestos y movimientos mostraban en su presencia peligro y una sabiduría profana de épocas remotas.

La vida del bosque se ocultaba en temor, las aves huían despavoridas dejando sus nidos a la suerte, los animales del bosque escapaban en bramidos y terror de sus hogares y la fauna de la zona manifestaba hostilidad y energías de perversión a todo aquel intrépido que osara penetrar en sus profundidades.

Los sacrificios realizados quedaban marcados por la impureza que se amalgamaba con la esencia misma de la naturaleza. Las poderosas ramas de los árboles, influenciadas por las energías, se contraían y estiraban con la ayuda de los vientos, como si intentaran escapar de la contaminación y el caos. Ni siquiera la ferocidad de los animales de carroña se atrevía a tocar los despojos dejados por la secta en sus abominables prácticas.

Envuelto por sus seguidores, Bael alzaba sus manos al cielo desafiando la creación. Los cánticos insidiosos de sus seguidores acompañaban su siniestra presencia. En un instante, su mirada se posó en el corazón del grupo de fieles, y todas las miradas siguieron su ejemplo cuando la figura de Bael señalaba a una mujer entre la multitud, indicándole que se acercara.

— Hermanos, el sello de los antiguos está al borde del colapso. ¡Ha llegado el momento que tanto hemos anhelado durante siglos! —. Dijo Bael mientras señalaba a la multitud.

La joven señalada, se erguía entre la multitud con una expresión de valentía. Sus cabellos rubios conferían una sensación de pureza en medio del caos, y sus ojos azules reflejaban respeto y admiración hacia su maestro.

Antorchas y gritos llenaban el lugar, mientras hombres y mujeres se abrazaban en un regocijo desbordante. Algunos, emocionados hasta las lágrimas, se besaban entre sí, y los más jóvenes se arrodillaban tanto ante Bael como ante la estatua de Orochi, mientras las brisas de penumbra inundaban el lugar con energías impuras.

Un anciano envuelto en una túnica que ocultaba su figura se inclinó de rodillas junto a Bael y la joven. En sus manos arrugadas, sostenía un cuchillo ceremonial con una hoja de plata reluciente y una empuñadura adornada con una joya de esmeralda. La joven, con cierto nerviosismo, observaba al anciano mientras ofrecía en alto el objeto. Las temblorosas manos de la joven fueron calmadas por la voz y el tacto cálido de Bael: — Querida hermana, tu destino está marcado por el renacer infinito. Te prometo en nombre de nuestro Dios, que cumpliremos nuestro objetivo a través de tu ser —.

La joven, sin pronunciar palabra, se arrodilló y besó la mano de su maestro. Luego, con la mirada elevada hacia la multitud que la vitoreaba, se dirigió hacia el altar. Sus facciones reflejaban la vergüenza al exponer su cuerpo desnudo frente a la deidad, y la potencia que este propagaba a su alrededor la colmaba de terror e incertidumbre.

Guiada por actos involuntarios, su cuerpo se recostó sobre la fría piedra del altar, mientras su mirada al cielo quedaba opacada por la estatua de Orochi que se alzaba imponente junto a ella.

Bael, con el cuchillo ceremonial en mano, observó los ojos de la joven avergonzada, y como un padre compasivo besó su frente para calmarla. Tomó el cuchillo y se dirigió hacia su gente, que observaba con ansias el macabro espectáculo:

— ¡Hijos míos! Finalmente, el portal que divide ambos mundos ha de ser abierto. La encarnación de nuestro señor necesita este último sacrificio; La carne y sangre de esta virgen ofrecida, de su ser renacerá del infinito ¡Y nos guiará hacia la verdadera salvación y la libertad absoluta! —.

En una coreografía maldita los seguidores entonaron un coro en simultaneo pronunciando el nombre de la deidad. Mientras, Bael regresaba su mirada a la joven recostada en el altar y totalmente aterrada, cerro sus ojos intentando escapar del horror que se cernía sobre ella.

Las voces de las mujeres a lo lejos clamaban la muerte y los ancianos alrededor de la estatua realizaban oraciones entre espasmos de placer y deleite. En medio del caos y la algarabía, la figura siniestra de Bael levantaba el cuchillo con su mano mientras observaba a su gente. Al llegar a lo más alto, el silencio se apodero del lugar, las voces alegres se extinguieron, las oraciones se detuvieron dejando paso a la calma absoluta de la nada.

Dejando caer el cuchillo, apuñalo el corazón de la joven, una, otra y otra vez. Como resonancia de sus pecados los gritos de la joven rompieron abruptamente el silencio del espacio. Sus lamentos en agonía emitían un eco que traspasaba las estrellas y el infinito. Su delicada figura, se retorcía entre sangre y lamentos en el altar, sus gritos de terror a medida que se apagaban daban entrada de sonidos del más allá.

En su último respiro, sus espasmos y murmullos se combinaban con la apertura de la dimensión, siendo opacada por las voces de millones de almas que sufrían en agonía. Los lamentos y el terror evocaban un aura de perversidad absoluta en el ambiente. La entrada al inframundo se dibujaba alrededor de la estatua de Orochi en un círculo incandescente de llamas profanas.

Cuando finalmente murió la joven, el silencio volvió a tomar el espacio absoluto y un vendaval de aire putrefacto lleno el bosque en su totalidad. Los fieles se miraban entre sí y a su vez observaban la figura de Bael que permanecía con los brazos extendidos al cielo con los ojos cerrados evocando suaves oraciones.

Los alaridos de los ancianos maestros rasgaron el silencio sepulcral que envolvía el lugar. Frente a ellos el cadáver de la joven ofrendada se elevaba sobre el altar, su postura que ascendía adoptaba una posición erguida con los brazos extendidos. Bael desplegaba sus brazos hacia la joven que flotaba sobre el sin detener sus oraciones y cuando finalmente abrió sus ojos, una voz sin origen y que salía de todas partes evoco unas palabras insonoras y repulsivas seguida de una infausta risa burlona.

El cadáver de la joven empezó a ser devorado por una criatura transparente que emergió de la nada. A su vez, los ancianos que intentaban huir despavoridos fueron alcanzados por sombras retorcidas que empezaban a devorar su sangre y sus cuerpos. Los gritos de terror de los ancianos se fundían en una horrida ópera de caos entremezclándose con la risa de la criatura y a medida que consumía a sus víctimas su forma se delineaba frente a todos.

La oscuridad de la noche revelo una amalgama de sombras y tentáculos oscuros que se retorcían en el entorno. Las sombras del lugar se extendían hacia centro del ser emergente intentando reflejar un ser asimétrico. Su figura era deforme y asimétrica para los que estaban allí presenciando el espectáculo, cambiando constantemente y deformándose en patrones imposibles. Ojos sin párpados, parpadeando en ubicaciones inesperadas y extrañas protuberancias que emergían y se escondían en sus tentáculos, sombras que se estiraban y se contraían en el suelo del lugar irradiando energías y olores fétidos, bañando el entorno de muerte y miseria.

Las miradas de los fieles observaban con espanto el exorbitante ser frente a ellos, sus tentáculos se retorcían y se ocultaban en su cuerpo dando paso a nuevos tentáculos que emergían de pequeños trozos de carne para repetir el patrón irregular de su forma.

Entre los fieles los desmayos y los ojos traumatizados ante la presencia del monstruoso ser, se esparció velozmente como un terrible virus que afectaba a todos los que allí contemplaban su grandeza.

En ese momento, un silencio reverencial descendió sobre la congregación, interrumpido solo por el eco distante de los gemidos y lamentos que surgían del interior del portal. Fue entonces cuando Bael, el líder de los creyentes se adelantó, decidido a adorar la criatura divina ante ellos.

Con gesto solemne, Bael se inclinó ante la entidad, extendiendo su brazo en un gesto de sumisión y devoción. La criatura, en su esplendor aterrador, aceptó la oferta del pacto. Sus tentáculos, como los dedos divinos de un dios antiguo, descendieron lentamente, rozando la punta de los dedos de Bael en un instante sagrado que fracturaba el tiempo y el espacio donde todos allí esperaban.

En el momento en que Bael entró en contacto con el pacto, una ráfaga de energía arremolinó su ser, llevándolo a un éxtasis místico donde las fronteras del tiempo y la conciencia se desdibujaron. En un instante etéreo, las memorias de Bael se entrelazaron con las del ser, fundiéndose en un viaje a través de eras olvidadas.

Visiones de civilizaciones antiguas surgieron ante sus ojos, glorias y desdichas de un pasado remoto desfilaban como sombras danzantes. Una guerra entre seres divinos se desplegó en panoramas épicos de un paraíso bañado por la locura, donde la magnificencia celestial se desmoronaba en la derrota, destilando una melancolía ancestral. Los infiernos, testigos de la caída, se desplegaban como un vasto paisaje de desesperación, y los ecos de eventos pretéritos resonaban en su mente exaltando su procedencia diabólica como susurros de deidades olvidadas.

En la penumbra de estas memorias entrelazadas, Bael, experimentó la profundidad de la existencia, tocando las fibras de la realidad misma. En ese vacío rincón de la eternidad frente a sus ojos, la dualidad entre lo divino y lo humano se manifestó con una claridad cruda, revelando conexiones cósmicas y verdades que desafiaban la comprensión humana.

Finalmente, el éxtasis cedió, y Bael despertó a la realidad con el eco de estas memorias reverberando en su ser. Con ojos iluminados por la comprensión recién adquirida, confirmó con palabras el pacto con la criatura, sellando así un destino entrelazado con las tramas cósmicas que yacían ocultas en los pliegues del tiempo y el espacio.

- Enlazo mi destino al tuyo, guardián del inframundo. Este pacto sella nuestras sendas por la eternidad en todas las dimensiones. Mi lealtad es tuya, en la oscuridad y en la luz olvidada. -

La criatura en un acto de reverencia ante el juramento de su súbdito, inclinó sus tentáculos formalmente en un gesto de respuesta. La estancia del bosque resonó en toda su longitud y en todas direcciones, la locura y el horror de todos los fieles fueron disueltos por la majestuosidad del ser.

Entonces, su voz se manifestó, en un coro de susurros que evocaban la sinfonía de las voces de las almas consumidas en sacrificio hablando a la misma vez:

-Has sellado tu destino con el nuestro, Bael. Tu lealtad es un hilo en el tapiz cósmico y de los interminables infiernos. Eres portador de secretos ancestrales y la llave de la conexión. Ahora, caminarás entre los velos de esta dimensión y el espacio, llevando la marca de este encadenamiento eterno.-

La amalgama de voces creó una vibración inquietante en el aire y envolviendo a Bael con sus tentáculos sombríos dejo la marca del abismo en su espalda en forma de símbolos sin forma que resplandecían en él. En sus manos se dibujaron dos sellos denotando la llave de entrada al inframundo.

Su rostro, demarcaba el dolor del sello y del fuego invisible que ardía en su espalda. El peso de su sufrimiento resonó en los alrededores, y en un instante, Bael cayó desmayado y su cuerpo fue vencido por la carga del pacto recién sellado. El silencio, roto solo por el chisporroteo del sello ardiente, envolvió la escena mientras la oscuridad del portal susurraba secretos desde la entrada llameante de la otra dimensión.

Entretanto, los tentáculos de la criatura, con un ritmo pausado, se acercaron a donde yacían los despojos de las víctimas ofrecidas en sacrificio. Extendió sus tentáculos hasta penetrar en el interior de los huesos. Los despojos desprendían esencias transparentes, que se fueron liberando de sus antiguos cuerpos, formando una figura espectral de sus almas. La criatura arrastró con inclemencia las almas hacia el interior del portal, mientras estas clamaban socorro en agonía. Sin voz y horrorizadas, gesticulaban movimientos en un llamado de auxilio ante los fieles que allí las observaban. Sin misericordia y como juguetes sin vida, las arrojó con sus tentáculos al interior del círculo flameante. Al quedar la última alma, la figura de la joven sacrificada expresaba horror y emitía gritos que nunca salieron de su boca al contemplar la criatura y ser lanzada al interior del portal.

Tras el paso de la criatura con las almas en rastras, el ambiente quedó bañado de un silencio horrido. La entrada llameante se cerró con un estruendo sordo, dejando solo un eco vacío en su estela vigilada por la estatua de Orochi. El susurro de secretos cesó, pero la quietud persistió, cargada con la resonancia de lo inefable.

En las sombras, los espías de Hayate, observaban aterrados lo que allí había sucedido. Sus ojos se encontraron con la oscuridad y la luz olvidada que ahora fluían del portal, y el temor ancestral de antiguas historias del clan se apoderó de sus corazones, mientras se enfrentaban a la manifestación de fuerzas desconocidas e indomables. En el rincón oscuro del espectro, la realidad misma parecía gemir ante la trascendencia de lo que acababa de acontecer.

Los tres espías, se miraron entre ellos atónitos, sus ojos aun reflejaban la incredulidad de lo que acababan de presenciar. Con sus espíritus quebrantados ante el pacto sucedido, en un esfuerzo del deber por la misión rompieron el silencio:

— Esto supera cualquier misión anterior... no sé cómo vamos a explicar esto...—. Entre murmullos y cerrando los ojos ante el horror preguntaba a sus compañeros.

— No lo sé, pero, no era algo de este mundo ¿Qué... que demonios fue eso? —. Su mirada consternada miraba al vacío mientras trataba inútilmente de asimilar lo que allí había visto.

El ultimo espía con voz femenina tomo las manos de sus compañeros intentando calmar la espectral tensión de la que habían sido espectadores:

— Sea como sea, Hayate necesita saberlo. Allí está la estatua de Orochi y nuestros objetivos. Recojan todo y larguémonos de aquí inmediatamente —.

Los tres asintieron con gestos nerviosos y decidieron retirarse, desvaneciéndose en las sombras. Con pasos cautelosos, se adentraron en la oscuridad, llevando consigo la extraña experiencia que acababa de desplegarse ante sus ojos.