Grover había sido, cuanto menos, un tipo agradable. No, eso no era del todo correcto; se había presentado como un "sátiro". Boruto supuso que esa era la especie a la que pertenecía, mitad hombre, mitad cabra.
El joven sátiro lo guio a través del campamento con pasos ligeros, aunque algo torpes, y una paciencia que no había anticipado.
Recorrieron el área de las cabañas, dispuestas en forma de U. Doce en total. Dos de ellas permanecían vacías, algo apartadas del resto, escondidas entre los árboles, cerca del lago.
El joven rubio notó la disposición: números grandes de bronce marcaban las puertas. Impares a la izquierda, pares a la derecha. Pero no había uniformidad.
La cabaña nueve parecía una diminuta fábrica, con chimeneas que expulsaban vapor en el aire. La número cuatro estaba cubierta de enredaderas que trepaban sus muros, coronada por un techo de césped.
Y la número siete... dorada, casi cegadora, reluciendo bajo el sol con una intensidad que resultaba incómoda de mirar por mucho tiempo.
En el centro del espacio común, una hoguera ardía sobre una gran piedra, su brillo constante pese al calor de la tarde. Una niña, joven y concentrada, movía las brasas con un palo, como si el fuego fuera lo único que existiera en su pequeño mundo.
El rubio apartó la mirada, inquieto por la quietud que desprendía.
Las cabañas uno y dos, situadas al frente, se alzaban como monumentos de mármol blanco, más cercanas a mausoleos que a viviendas. La cabaña uno, con sus imponentes puertas de bronce pulido, relampagueaba con destellos de rayos. La cabaña dos, por otro lado, tenía un aire más delicado, con columnas adornadas de flores y granadas. En las paredes, pavos reales tallados con precisión.
—Zeus y Hera —murmuró Boruto, su tono más pensativo que interrogativo.
Grover, nervioso, levantó la vista al cielo, como si esperara que algo cayera de allí en cualquier momento.
—Sí —confirmó, su voz apenas un susurro—. Y... sí, sus cabañas están vacías. Nadie las usa.
El suspiró que escapó del sátiro fue profundo. Algo en el aire cambió. Continuaron caminando, pero el joven shinobi se detuvo de repente, mirando hacia la cabaña tres. Las conchas y los corales incrustados en las paredes de piedra le recordaban al fondo del mar, como si la estructura misma hubiera sido sacada de las profundidades oceánicas. Una extraña sensación recorrió su espalda.
—Esa energía...—Pensó, su mente se detuvo en el rostro del chico al que había salvado, un chico que de alguna manera también parecía estar atado a algo más grande.
Percy.
—¿Sucedió algo? —Grover había notado la pausa en su salvador y se giró hacia él, los ojos llenos de curiosidad.
Boruto apartó la mirada de la cabaña, sacudiendo la cabeza con una expresión neutral.
—No —dijo en voz baja—. Sigamos.
La mayoría de las cabañas bullía de actividad. La número cinco, en particular, destacaba por su desastroso color rojo. El rojo no estaba aplicado con precisión; parecía que alguien había lanzado cubos de pintura contra las paredes, dejando manchas irregulares.
El techo, en lugar de tejas normales, estaba cubierto con alambre de púas que sobresalía como espinas. Una cabeza de jabalí montada sobre la puerta completaba la escena, con ojos vacíos que, de alguna manera, seguían cada movimiento del shinobi mientras pasaba.
Al mirar dentro, Boruto observó el caos. Un grupo de niños y niñas, todos con miradas fieras, estaban inmersos en una competencia de vencidas, sus voces elevándose en una mezcla de gritos y risas tensas. La música que emanaba del interior resonaba con un ritmo agresivo y distorsionado que nunca había escuchado antes.
Las guitarras y las voces rasposas lo desconcertaban. Lo llamaban "rock", había oído.
Entre todo ese bullicio, una figura captó su atención. Una niña, probablemente de trece o catorce años, destacaba no solo por su tamaño, sino por la energía que irradiaba. Vestía una camiseta del campamento que le quedaba varias tallas grande, debajo de una chaqueta de camuflaje que parecía demasiado pesada para su edad. Su expresión, sin embargo, decía todo lo contrario.
Sus ojos se clavaron en Boruto, y sus labios se torcieron en una sonrisa cargada de desdén. No hubo palabras, pero el mensaje fue claro. Él era un forastero, y ella lo sabía.
El rubio, sin cambiar su expresión fría, devolvió la mirada.
—Oh, je, je—. La voz chillona de la chica rompió el ambiente. Se acercó con una sonrisa torcida en el rostro y los ojos brillando con malicia. —¡Miren a quien tenemos aquí! ¡Un novato!
El grito resonó entre los campistas, y la mayoría se detuvo para observar, sus miradas curiosas se dirigieron hacia el rubio que, sin inmutarse, mantuvo la cabeza en alto, la postura relajada pero firme. No había parpadeo de nerviosismo en él, solo una calma que irritaba más a la joven.
—¿Una espada y armadura samurái real? —dijo con un tono que escupía burla, sus labios torcidos en una sonrisa de desprecio. —Ja, apuesto que son falsas. Tan realistas que asustan a los ingenuos.
El aire alrededor de Boruto parecía haberse congelado, pero él no respondió, sus ojos observaban a la pelirroja como si fuese un mosquito molesto. Antes de que él pudiera decir algo, Grover intervino con nerviosismo evidente, intentando calmar las aguas.
—Oye, Clarisse—dijo con la voz quebrada, intentando sonar más firme de lo que en realidad estaba—. Este chico mató al Minotauro de un solo corte.
Las palabras del sátiro cayeron pesadas en el aire. Clarisse lo fulminó con la mirada, sus ojos parecían fuego a punto de estallar, pero enseguida soltó una risa forzada.
—¿Cómo podrías saberlo? Según me contaron, estabas tirado en el suelo, temblando del miedo—soltó con sorna, sus palabras goteaban veneno.
Grover hizo una mueca involuntaria, el recuerdo le pesaba en el rostro y no pudo evitar apartar la mirada con un suspiro de vergüenza. Se giró hacia Boruto con una expresión de disculpa.
—Lo siento—murmuró, su voz apenas audible.
Boruto, con un movimiento fluido, se adelantó, poniéndose frente a Grover. La mirada indiferente del shinobi se mantuvo fija en la chica, pero su tono fue tan frío como la brisa que comenzó a correr entre los árboles.
—No te preocupes, chico cabra—dijo en voz baja pero firme—. Me encargaré de esto. No necesito mis armas para corregir malos comportamientos. Solo mis puños bastarán.
Esa declaración encendió una chispa en los ojos de Clarisse, cuya sonrisa desapareció, reemplazada por una ira contenida. Las manos de la pelirroja se apretaron en puños, lista para la confrontación, mientras los campistas observaban expectantes.
—¡No te creas demasiado!
El suelo temblaba bajo los pasos de Clarisse, como si cada movimiento suyo fuera un tamborileo de guerra. Los otros campistas se apartaban instintivamente, dejando espacio para la inminente confrontación. Boruto apenas movió un músculo. Su postura relajada contrastaba con la furia que se desbordaba de la chica. Observó el puño que venía directo hacia su cara con la misma calma con la que uno observa una nube pasar en el cielo.
El golpe voló en el aire. A centímetros de su rostro, Boruto inclinó levemente la cabeza. El puño pasó de largo, como si no fuera más que una ráfaga de viento. Clarisse, llevada por su propia inercia, trastabilló, pero logró mantener el equilibrio con un gruñido. Su mirada era una mezcla de sorpresa y frustración. Había puesto toda su fuerza en ese golpe, esperando al menos sentir el contacto con el rostro del chico, pero... nada.
El rubio no dijo una palabra. Clarisse apretó los dientes y giró sobre su talón, lanzando otro golpe, esta vez dirigido a su costado. El rubio apenas alzó su brazo, usando el dorso de su mano para desviar el puño de la chica, con la suavidad con la que se aparta una hoja caída en otoño. El segundo golpe tampoco encontró su objetivo, y la chica, cada vez más furiosa, retrocedió un paso, intentando mantener la compostura.
Boruto no le dio una oportunidad para recomponerse. Sin moverse de su posición, sus ojos la estudiaban, como si midiera cada uno de sus movimientos, cada respiro agitado que ella daba. Había peleado muchas veces antes, con enemigos mucho más letales que esta chica, pero notaba algo en ella.
Clarisse no era solo furia descontrolada; era orgullo herido, una necesidad insaciable de demostrar su superioridad ante los demás. Lo veía en sus ojos, en la rigidez de sus hombros.
No era más que una niña atrapada en un juego de poder.
Ella lanzó otro puñetazo, esta vez hacia su pecho, intentando usar la sorpresa. Boruto la dejó avanzar hasta que el puño casi tocaba su ropa, y en el último segundo se movió de nuevo, rápido como una sombra. El puño golpeó el aire vacío, y Clarisse, desbalanceada, tropezó hacia adelante.
El shinobi no perdió tiempo. Con un movimiento rápido y controlado, atrapó su muñeca y la torció ligeramente, desviando la fuerza de esta joven sin herirla. La chica cayó de rodillas, su respiración pesada, jadeando, pero no la soltó. La mantuvo firme, sujeta solo con la cantidad de presión necesaria para que no pudiera moverse, pero sin causarle daño.
Clarisse gruñó, intentando zafarse. Su rostro estaba rojo, una mezcla de ira y vergüenza. No podía creer que este novato, este chico que acababa de llegar al campamento, pudiera esquivar sus golpes con tanta facilidad. Nadie, ni siquiera los chicos de la cabaña cinco, la habían humillado de esta forma antes. Intentó golpearlo de nuevo con la otra mano, pero el chico simplemente desvió el golpe con su antebrazo, sin siquiera mirarla.
—¡Déjame ir! —gritó ella, furiosa, sin embargo, el joven permaneció en silencio, sus ojos observando los de ella sin emoción.
Podía escuchar a los demás campistas susurrando entre ellos. Algunos reían por lo bajo, divertidos por la escena, otros observaban en completo silencio, sabiendo que meterse sería una mala idea. Grover, desde la distancia, estaba inmóvil, sus ojos nerviosos observaban cómo la situación se desarrollaba.
Finalmente, después de unos segundos de forcejeo, soltó a Clarisse. La chica se tambaleó hacia atrás, sorprendida por el repentino alivio de la presión en su muñeca, pero se levantó de inmediato, su orgullo herido empujándola a seguir adelante. Esta vez, sin embargo, su ataque fue más desorganizado, menos controlado. El cansancio comenzaba a notarse en su respiración, en el sudor que corría por su frente.
Boruto lo notó. No dijo nada, pero sus ojos lo dejaban claro: esto ya no era una pelea. La joven estaba peleando contra su propia frustración, más que contra él.
La chica lanzó otro golpe, este más desesperado. El rubio no hizo más que mover su pie y barrer su pierna con sutileza. Clarisse, atrapada en su propia inercia, cayó al suelo, de cara al polvo. El shinobi no hizo ningún esfuerzo por seguirla. Simplemente la observó desde arriba, su mirada impasible, mientras ella intentaba levantarse de nuevo, su cuerpo temblando de furia y agotamiento.
—¿Vas a seguir? —preguntó alguien entre la multitud, pero nadie respondió.
Clarisse, por otro lado, no se rendía. Se puso en pie con dificultad, sus puños cerrados, pero esta vez no atacó de inmediato. Su respiración era irregular, su cuerpo temblaba, pero algo en su mirada había cambiado.
El rubio la observó en silencio por unos segundos más, como si esperara que ella hiciera el próximo movimiento. Pero cuando la vio quedarse quieta, comprendió que no haría falta más. Ya le había demostrado lo suficiente.
Con un suspiro suave, Boruto se dio la vuelta, dando la espalda a la chica que aún lo miraba con el rostro enrojecido. Los demás campistas seguían observando, algunos asombrados, otros divertidos por el desenlace. Clarisse se mantuvo en silencio, su respiración aún agitada, pero esta vez no lanzó ningún insulto. Sus puños seguían temblando, pero no intentó atacarlo de nuevo.
Grover se acercó lentamente, mirando nervioso a la chica antes de dirigirse a su salvador.
—¿Todo bien? —preguntó con voz temblorosa, claramente aliviado de que la pelea no hubiera escalado más.
El rubio asintió, mirando a su alrededor. Los campistas comenzaban a volver a sus actividades, aunque muchos todavía susurraban entre ellos, sus ojos volviendo a Clarisse de vez en cuando.
—Vámonos —dijo Boruto, sin añadir nada más.
Grover, sin perder tiempo, comenzó a caminar, y Boruto lo siguió, sin mirar atrás. No había sido una pelea real. No para él, al menos. Pero tal vez la muchacha había aprendido algo más valioso que cualquier golpe: que no podía ganar imponiendo su fuerza bruta. Que la verdadera fuerza venía del control.
Detrás de ellos, Clarisse se quedó mirando al suelo, sus puños todavía cerrados, pero su expresión era diferente ahora. Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, no sabía exactamente qué hacer a continuación.
