Percy lo miró con nerviosismo, sin reconocer quién era aquel hombre que se alzaba imponente frente a él.
—¿Tú…? —balbuceó, sin poder apartar la mirada de aquellos ojos fríos y azules que parecían intentar devorar la inocencia que aún quedaba en él—. ¿Quién eres?
Los ojos del hombre, gélidos y penetrantes, observaban al chico como si quisieran despojarlo de toda ingenuidad.
—Soy… quien te salvó —respondió el pelirrojo, con una voz seca y rasposa, como si no hubiese probado agua en días—. Soy Boruto.
Percy entrecerró los ojos, inseguro de sus palabras. Algo no encajaba. Su memoria era borrosa y solo recordaba vagamente una figura alta, pero con el cabello rubio, en aquel día en que perdió a su madre. No podía alinear esa imagen con el hombre que ahora se encontraba frente a él.
A su lado, Annabeth lo miraba con una mezcla de asombro y desconfianza.
—Tú… ¿Dónde has estado? —preguntó, sus ojos grises observando cada detalle del cambio en su apariencia—. Hasta hace una semana, eras rubio, y luego desapareciste sin dejar rastro. Todos comenzaron a pensar que no eras real, que solo eras una fantasía y que Percy se había enfrentado al monstruo solo.
La mirada del pelirrojo se posó en Annabeth, llena de indiferencia y desdén. Era como si estuviera evaluándola desde una posición inalcanzable, como si ella no fuera más que una hormiga frente a un elefante. Annabeth dio un paso atrás, incómoda ante aquella mirada que la juzgaba sin piedad.
—Digamos que… estaba conociendo —respondió Boruto enigmáticamente, sin dar más detalles.
Lentamente, comenzó a caminar hacia los dos, mientras las miradas nerviosas de los campistas se fijaban en él. Había algo en su presencia, un aire dominante y poderoso, que demandaba respeto y hacía sentir a todos como meros espectadores ante una fuerza superior.
—He descubierto cosas interesantes… —dijo Boruto una vez más, con una voz que parecía reverberar en el aire.
Cuando estuvo frente a los chicos, Percy y Annabeth instintivamente se encogieron, intimidados por su altura imponente y el aura aplastante que emanaba de él. Pero, poco a poco, aquella pesada presencia comenzó a desvanecerse, y el aire volvió a ser ligero y alegre, acompañado de una suave brisa. Con esa paz restablecida, los campistas, como si estuvieran bajo un hechizo, retomaron sus actividades sin recordar la breve y perturbadora interrupción, como si sus mentes hubieran sido manipuladas para olvidar algo que nunca debió suceder.
Clarisse, mientras tanto, había sido llevada por sus medias hermanas. En su rostro se podía ver una mezcla de miedo y desconcierto al reconocer al hombre, aunque el cambio en el color de su cabello la dejaba sumida en dudas. Aun así, fue llevada por sus compañeras sin oponer resistencia, su mente todavía atrapada en pensamientos confusos.
Annabeth, sin embargo, no podía quitarse de la cabeza las palabras del hombre de cabello carmesí. Algo en su declaración había sembrado una semilla de inquietud en su interior, y sus ojos grises se entrecerraron, tratando de desentrañar el misterio que parecía envolverlo.
—¿Qué has descubierto? —preguntó con cautela, la duda evidente en su voz.
Boruto mantuvo su expresión indiferente, pero en un breve instante, dejó asomar una pequeña sonrisa fría, que apenas curvó los extremos de sus labios.
—La existencia del destino… —respondió vagamente, dejando un silencio inquietante tras sus palabras—. No soy bienvenido en sus historias.
Esa respuesta fue suficiente para que Annabeth sintiera una oleada de incomodidad recorrerla. Percibió que había algo oscuro y desafiante en él, como si fuera una pieza ajena en el tablero de los dioses, alguien que iba en contra de lo que estaba escrito.
—¿No sabías de ellas? —preguntó Annabeth, visiblemente confundida mientras sus pensamientos todavía daban vueltas alrededor de las últimas palabras del pelirrojo—. Eso lo sabe todo el mundo.
—No, mocosa —respondió Boruto con dureza, observando cómo la niña trataba de hacerse la lista—. Hay razones por las cuales soy "inculto" —añadió, mintiendo sin dudar.
Al notar cómo Annabeth suspiraba, Boruto sonrió internamente. La chica parecía haberse tragado la mentira, y dada su personalidad analítica, era probable que despreciara un poco a los ignorantes. Claro, él sabía que aquello podría jugar a su favor en algún momento.
A un lado, Percy, el chico al que había salvado, lo miraba con cautela, como si intentara comprender quién era realmente.
—No temas de mí, chico —dijo Boruto, colocando una mano en el hombro de Percy con un toque sorprendentemente cuidadoso—. Me agradas; me recuerdas a alguien. Si te ganas una buena reputación aquí, quizás te enseñe algunas cosas.
Percy no pudo evitar sonreír ante la idea, aunque todavía estaba nervioso y no terminaba de estar seguro si Boruto era realmente su salvador. Pero la idea de ser entrenado por alguien que evidentemente sabía luchar con una espada le resultaba emocionante.
—Sí, señor Boruto —respondió Percy, asintiendo con entusiasmo.
Al escuchar su respuesta, Boruto asintió levemente, desviando luego su mirada hacia la casa principal. Desde allí, podía sentir una energía poderosa, diferente al chakra al que estaba acostumbrado, pero impregnada de una naturaleza divina.
—Os dejaré, niños —expresó con calma mientras les daba la espalda y comenzaba a caminar en dirección a la casa principal—. Cuídense y… no hagan travesuras.
Con esas palabras, el pelirrojo se marchó, dejando a Percy y Annabeth observándolo mientras se alejaba, sintiendo ambos que aquel hombre era alguien mucho más misterioso de lo que aparentaba.
Queriendo cambiar de tema, Annabeth dijo con tono directo que tenía que entrenar. Añadió sin rodeos que la cena sería a las siete y media y que Percy solo tendría que seguir el camino desde su cabaña hasta el comedor.
Percy, algo nervioso, intentó disculparse:
—Annabeth, siento lo ocurrido en el lavabo.
Ella solo respondió con un escueto "No importa".
Percy intentó explicarse:
—No ha sido culpa mía.
Annabeth lo miró con aire escéptico, y entonces Percy cayó en cuenta de que sí había sido su culpa. Había provocado que el agua saliera disparada de todos los grifos. Aunque no entendía cómo, sentía que de alguna manera los baños le habían respondido, como si las tuberías y él se hubieran vuelto uno solo.
—Tienes que hablar con el Oráculo —dijo Annabeth de repente.
—¿Con quién? —preguntó Percy, confundido.
—No con quién, sino con qué. El Oráculo. Le pediré a Quirón que lo arregle.
Percy miró hacia el fondo del lago, deseando que alguien le diera una respuesta clara, solo por una vez. No esperaba que alguien lo mirara de vuelta desde las profundidades, así que se quedó de piedra al notar la presencia de dos adolescentes sentadas con las piernas cruzadas en el lecho del lago, a unos seis metros de profundidad. Llevaban pantalones vaqueros y camisetas de color verde brillante, y su melena castaña flotaba alrededor de sus hombros mientras pececillos nadaban entre ellas. Las dos jóvenes le sonrieron y lo saludaron como si fueran viejas amigas.
Atónito, Percy les devolvió el saludo, pero Annabeth lo interrumpió advirtiéndole:
—No las animes. Las náyades son terribles como novias.
—¿Náyades? —repitió Percy, sintiéndose abrumado por toda aquella información—. Hasta aquí hemos llegado. Quiero volver a casa ahora.
Annabeth frunció el ceño.
—¿Es que no lo pillas, Percy? Ya estás en casa. Este es el único lugar seguro en la tierra para chicos como nosotros.
—¿Te refieres a chicos con problemas mentales? —respondió Percy con incredulidad.
—Me refiero a no humanos. O al menos, no del todo humanos. Medio humanos.
—¿Medio humanos y medio qué? —preguntó él, aunque empezaba a sospechar la respuesta.
Annabeth asintió con gravedad.
—Dios —musitó Percy—. Medio dios.
Annabeth confirmó su suposición con otro asentimiento.
—Tu padre no está muerto, Percy. Es uno de los Olímpicos.
Percy sintió que aquello era absurdo.
—Eso es… un disparate.
—¿Lo es? ¿Qué es lo más común en las viejas historias de los dioses? Siempre andaban enamorándose de humanos y teniendo hijos con ellos. ¿Crees que han cambiado sus costumbres en los últimos milenios?
—Pero eso no son más que… —Percy iba a decir "mitos", pero recordó la advertencia de Quirón. Después de dos mil años, él mismo podría ser considerado un mito—. Pero si todos los chicos que hay aquí son medio dioses…
—Semidioses —lo corrigió Annabeth—. Ese es el término oficial. O mestizos, en lenguaje coloquial.
Percy la miró con curiosidad y preguntó:
—Entonces, ¿quién es tu padre?
Annabeth apretó la barandilla con fuerza, y Percy intuyó que había tocado un tema delicado.
—Mi padre es profesor en West Point —le explicó ella, con cierta frialdad—. No lo veo desde que era muy pequeña. Da clases de Historia de Norteamérica.
—Entonces es humano.
—Pues claro. ¿Acaso crees que solo los dioses masculinos pueden encontrar atractivos a los humanos? ¡Qué sexista eres!
—¿Quién es tu madre, pues?
—Cabaña seis —respondió Annabeth, enderezándose con orgullo.
—¿Qué es?
—Atenea, diosa de la sabiduría y la batalla.
Percy asimiló la información, casi resignado, y formuló la pregunta que más le importaba:
—¿Y mi padre?
—Por determinar —dijo Annabeth, algo impaciente—, como te he dicho antes. Nadie lo sabe.
—Excepto mi madre. Ella lo sabía.
—Puede que no, Percy. Los dioses no siempre revelan sus identidades.
—Mi padre lo habría hecho. La quería.
Annabeth respondió con tacto, intentando no desilusionarlo.
—Puede que tengas razón. Puede que envíe una señal. Es la única manera de saberlo seguro: tu padre tiene que enviarte una señal reclamándote como hijo. A veces ocurre.
—¿Quieres decir que a veces no? —preguntó Percy, algo herido.
Annabeth recorrió la barandilla con la mano, en un gesto pensativo.
—Los dioses están ocupados. Tienen muchos hijos y no siempre… Bueno, a veces no les importamos, Percy. Nos ignoran.
Percy pensó en algunos de los chicos que había visto en la cabaña de Hermes, adolescentes que parecían enfurruñados y desanimados, como si esperaran una llamada que nunca llegaría. Había conocido chicos así en la Academia Yancy, jóvenes enviados a internados por padres ricos que no tenían tiempo para ellos. Pero los dioses deberían comportarse mejor, ¿no?
—Así que estoy atrapado aquí, ¿verdad? —dijo Percy, resignado—. ¿Para el resto de mi vida?
—Depende. Algunos campistas se quedan solo durante el verano. Si eres hijo de Afrodita o Deméter, probablemente no seas una fuerza realmente poderosa. Los monstruos podrían ignorarte, y en ese caso te las arreglarías con unos meses de entrenamiento estival y podrías vivir en el mundo mortal el resto del año. Pero para algunos de nosotros es demasiado peligroso marcharse. Somos anuales. En el mundo mortal atraemos monstruos; nos sienten, se acercan para desafiarnos. En la mayoría de los casos nos ignoran hasta que somos lo bastante mayores para crear problemas, a partir de los diez u once años. Pero después de esa edad, la mayoría de los semidioses vienen aquí si no quieren acabar muertos. Algunos logran sobrevivir en el mundo exterior y se vuelven famosos. Créeme, si te dijera sus nombres, los reconocerías. Algunos ni siquiera saben que son semidioses. Pero, en fin, son muy pocos.
—¿Así que los monstruos no pueden entrar aquí? —preguntó Percy.
Annabeth negó con la cabeza.
Annabeth le explicó que los monstruos no podían ingresar al campamento a menos que alguien los invocara desde dentro o fueran utilizados intencionadamente para surtir los bosques.
—¿Por qué alguien querría invocar a un monstruo? —preguntó Percy, sorprendido.
—Para combates de entrenamiento o como bromas prácticas —respondió Annabeth sin inmutarse.
Percy levantó una ceja.
—¿Bromas prácticas?
—Lo importante —dijo ella— es que los límites están sellados para mantener a los mortales y a los monstruos fuera. Desde fuera, los mortales miran el valle y no ven nada raro, sólo una granja de fresas.
Percy asintió, y luego se atrevió a preguntar:
—Entonces… ¿tú eres una campista anual?
Annabeth asintió de nuevo. Sacó un collar de cuero con cinco cuentas de arcilla de diferentes colores. Era similar al de Luke, pero en el suyo también llevaba un anillo de oro, grueso, como un sello.
—Estoy aquí desde que tenía siete años —explicó—. Cada agosto, el último día de la sesión estival, te otorgan una cuenta por sobrevivir un año más. Llevo aquí más tiempo que la mayoría de los consejeros, y ellos ya están en la universidad.
—¿Cómo llegaste aquí tan pronto? —preguntó Percy con curiosidad.
Annabeth hizo girar el anillo de su collar y respondió de manera evasiva:
—Eso no es asunto tuyo.
Percy optó por no insistir en el tema, pero se atrevió a preguntar:
—Bueno, y… ¿podría marcharme de aquí si quisiera?
Annabeth le explicó que, aunque sería un suicidio, podría hacerlo con el permiso del señor D o de Quirón. Sin embargo, esos permisos no se otorgaban hasta el final del verano, a menos que...
—¿A menos qué? —insistió Percy.
—A menos que te asignen una misión. Pero eso casi nunca ocurre —dijo Annabeth, dejando la frase a medias, con un tono que sugería que la última vez que se dio una misión no había terminado bien.
Percy recordó entonces el momento en la enfermería, cuando Annabeth le había dado una extraña sustancia.
—En la enfermería… cuando me diste aquella cosa… —dijo.
—Ambrosía —le corrigió ella.
Percy asintió y continuó:
—Sí, eso. Me preguntaste algo sobre el solsticio de verano.
Annabeth se tensó al oír sus palabras.
—¿Así que sabes algo? —preguntó, esperanzada.
—Bueno… no. Sólo escuché a Grover y a Quirón hablar de ello en mi antigua escuela. Grover mencionó el solsticio de verano y algo sobre una fecha límite.
Annabeth suspiró, frustrada.
—Ojalá lo supiera. Algo va mal en el Olimpo. La última vez que estuve allí, todo parecía tan normal…
Percy la miró, asombrado.
—¿Has estado en el Olimpo?
Annabeth le explicó que algunos de los campistas anuales, como ella, Luke y Clarisse, habían hecho una excursión durante el solsticio de invierno, cuando los dioses celebran su gran consejo anual. Le contó que para llegar, simplemente tomaban el tren de Long Island hasta la estación Penn y luego tomaban un ascensor especial hasta el piso seiscientos del Empire State.
—Eres de Nueva York, ¿no? —preguntó Annabeth, como si eso fuera algo obvio.
Percy asintió, sin corregirla sobre la cantidad de pisos en el Empire State. Annabeth continuó explicando que, después de su visita al Olimpo, el clima había comenzado a cambiar, como si una disputa se hubiera desatado entre los dioses. Percibía que algo importante había sido robado y, si no lo devolvían antes del solsticio de verano, la situación se complicaría.
—Cuando llegaste, esperaba… Pensé que sabrías algo —admitió Annabeth con un tono de decepción.
Percy negó con la cabeza, lamentando no poder ayudarla, aunque en ese momento se sentía demasiado hambriento y agotado para seguir haciendo preguntas. Annabeth murmuró para sí misma, diciendo que necesitaba una misión y que ya no era una niña, mientras seguía recorriendo la barandilla como si trazara un plan de batalla.
De regreso en la cabaña once, Percy notó que los campistas esperaban la cena en medio de una gran algarabía. Por primera vez, se dio cuenta de que muchos de ellos compartían ciertos rasgos: narices afiladas, cejas arqueadas, sonrisas maliciosas. Parecían el tipo de chicos a los que los profesores señalaban como problemáticos.
Luke, el consejero, se acercó a él y le ofreció un saco de dormir y unas toallas que, según él, había robado del almacén del campamento. No estaba claro si bromeaba o no acerca del robo.
—Gracias —respondió Percy.
—De nada —contestó Luke, sentándose a su lado—. ¿Ha sido duro tu primer día?
—No pertenezco a este lugar —confesó Percy—. Ni siquiera creo en los dioses.
—Ya —respondió Luke con una sonrisa amarga—. Así empezamos todos. Y luego, cuando empiezas a creer en ellos, tampoco es más fácil.
La respuesta sorprendió a Percy, pues Luke parecía alguien que mantenía una actitud filosófica ante todo.
—¿Así que tu padre es Hermes? —preguntó Percy, curioso.
Luke sacó una navaja del bolsillo y, durante un momento, Percy pensó que iba a atacarlo, pero Luke solo usó la navaja para quitarse el barro de la sandalia.
—Sí, Hermes —confirmó Luke—. El tipo de las zapatillas con alas. Mensajero de los dioses, protector de los viajeros, mercaderes, ladrones…
Percy supuso que Luke no intentaba ofenderlo al decir aquello.
—¿Has visto a tu padre? —preguntó Percy.
—Una vez —respondió Luke, sin dar más detalles. Percy sintió que había tocado un tema delicado y se preguntó si esa historia tendría algo que ver con la cicatriz de su mejilla.
Luke se obligó a sonreír y le dijo:
—No te preocupes, Percy. Los campistas suelen ser buena gente. Después de todo, somos familia lejana, ¿no? Nos cuidamos unos a otros.
Percy agradeció el gesto, comprendiendo que Luke entendía lo perdido que él se sentía. Luke lo había acogido en la cabaña y le había conseguido artículos de baño, un acto de amabilidad que, hasta ahora, nadie había tenido con él en el campamento.
Minutos antes, Boruto había llegado a la casa principal. Sus ojos azules captaron en primer lugar la presencia de Quirón, el imponente hombre-caballo que se autodenominaba "Centauro". En ese momento, Quirón estaba conversando con un hombre regordete y barbudo, quien bebía una lata de Coca-Cola con indiferencia.
Boruto sintió una energía extraña exudando de aquel hombre. Era peculiar, un tipo de presencia que irradiaba una mezcla de éxtasis y diversión, como si su chakra emanara una esencia similar a la de los vinos añejos. Aquella vibración extraña hacía que el joven samurái se sintiera cauteloso, aunque intrigado.
De pronto, el hombre de apariencia débil, pero engañosamente fuerte, desvió su mirada de Quirón y posó sus ojos acuosos en Boruto. La figura alta del joven samurái se erguía en la entrada, y su armadura, en un estado de desgaste, comenzaba a deslizarse, cayendo pedazo por pedazo.
Contrario a los rumores que Boruto había escuchado de parte de los campistas, este peculiar "señor D", como lo llamaban, esbozó una sonrisa al verlo.
—Finalmente apareciste, mocoso.
—Aunque, la última vez que lo comprobé, no tenías el cabello rojo —añadió Dionisio, con una sonrisa socarrona mientras lanzaba una mirada de reojo al recién llegado.
—Deja que el chico responda, amigo mío —interrumpió Quirón, el centauro, con tono sereno pero firme, logrando que el regordete soltase un pequeño resoplido de disgusto.
—Pasaron cosas —respondió Boruto, manteniendo su voz indiferente, aunque sus instintos estaban alerta, listo para reaccionar si algo inesperado ocurría—. ¿Eres un dios, señor D?
Dionisio soltó una risita burlona, sus ojos pequeños y astutos entrecerrándose mientras examinaba al joven samurái de cabello rojo con una expresión de diversión contenida.
—¿Por qué piensas que soy un dios? —preguntó con un aire de fingida inocencia, disfrutando del juego.
Boruto dudó un momento, pero decidió responder con sinceridad.
—Por tu energía. Es… distinta a la de estos campistas. Ellos se sienten incompletos, pero tú… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—, te percibo completo. Como si estuvieras lleno de éxtasis y diversión, alguien que vive para actuar por toda la eternidad, disfrutando de las fiestas.
Quirón, que hasta entonces había estado escuchando en silencio, arqueó una ceja con interés ante la perspicacia de Boruto. Dionisio también pareció impresionado, aunque trató de ocultarlo bajo una expresión de aburrimiento.
—Interesante… —murmuró el dios, recargando su peso en su corta figura, mientras jugueteaba con la lata de refresco—. Sí, soy un dios. Me llamo Dionisio, dios del vino, las uvas, las cosechas, la locura, el teatro y las fiestas. ¡Un dios de la diversión! —declaró con una teatralidad exagerada, y luego frunció el ceño, recordando algo—. Aunque, lamentablemente, mi querido padre me castigó y me envió a este aburrido campamento.
Boruto vaciló, sin estar seguro de cuánto debía revelar sobre sí mismo, pero una extraña intuición le decía que aquel ser frente a él no sería fácil de engañar.
—El gusto es mío. Mi nombre es Uzumaki Boruto —dijo finalmente, extendiendo la mano con cortesía.
El gesto sorprendió a Dionisio. No muchos campistas novatos mostraban tal educación; la mayoría solía estar tan nerviosa que olvidaban hasta los modales básicos, cosa que irritaba profundamente al dios, quien ya de por sí tenía una baja opinión de los semidioses. Sin embargo, algo en Boruto le agradaba; quizás, precisamente porque sabía que él no era un semidiós.
Dionisio aceptó el apretón de manos, mirándolo con una chispa de curiosidad en los ojos.
—Lo sospechaba —dijo Dionisio, ganándose la atención de Quirón
Quirón ladeó la cabeza, su expresión volviéndose aún más atenta, mientras Dionisio continuaba con una sonrisa que mezclaba diversión y malicia. Dionisio tomó un sorbo de su refresco y suspiró profundamente, como si estuviera a punto de compartir un secreto que, en su mente, no merecía tanto alboroto.
—Así que eres tú —murmuró Dionisio, sin apartar sus ojos astutos de Boruto—. Mi padre, el gran Zeus, mencionó algo sobre ti en una de nuestras… adorables reuniones familiares. —Dionisio sonrió con ironía, claramente fastidiado por la solemnidad con la que Zeus trataba ciertos temas—. Se mostró… curioso —dijo, alargando la palabra con desdén—. Estaba preocupado de que alguien en el mundo de los mortales pudiera poseer habilidades cercanas a los dominios divinos.
Boruto mantuvo la calma, aunque no pudo evitar sentir una pequeña punzada de inquietud. El hecho de que Zeus, aparentemente un rey de un lugar llamado olimpo, supiera sobre él, significaba que sus habilidades no habían pasado desapercibidas, y que estaba en el radar de seres mucho más poderosos de lo que podía imaginar.
Dionisio hizo una pausa, girando la lata entre sus manos y observando a Boruto con una mirada burlona.
—¿Sabes? No es común que Zeus se interese por los asuntos de los mortales. Pero tu caso… digamos que le ha inquietado lo suficiente como para pedir a su hija que investigue.
—¿Su hija? —preguntó Boruto, con una ligera sorpresa en su voz.
—Sí, mi queridísima media hermana, Artemisa —respondió Dionisio con cierto desprecio fingido, aunque también con un toque de admiración—. La cazadora, diosa de la luna y de la caza. Padre ha decidido que ella será quien descienda para averiguar quién es este mortal que posee tales dones. Después de todo, él no puede permitirse que alguien en el mundo de los mortales ande por ahí, utilizando energías tan cercanas a los dominios de los dioses.
Quirón intervino, asintiendo con seriedad, su rostro reflejando una mezcla de cautela y curiosidad.
—Es una decisión sabia —dijo el centauro—. Artemisa es la más adecuada para una tarea como esta. No sólo es astuta y paciente, sino que, como diosa cazadora, sabe cómo seguir el rastro de aquello que intenta permanecer oculto.
Dionisio rió entre dientes, alzando la lata como si estuviera brindando a la mera idea de la misión de su hermana.
—Así que, muchacho —dijo, clavando su mirada en Boruto—, pronto podrías tener a Artemisa pisándote los talones, tratando de descifrar quién eres en realidad y por qué puedes hacer lo que haces. Y déjame decirte, no es alguien con quien quieras jugar al escondite. Cuando Artemisa pone su mirada en algo, no se detiene hasta obtener respuestas.
Boruto sintió un ligero escalofrío recorrer su espalda al pensar en la idea de ser perseguido por una diosa cazadora. Sabía que sus habilidades lo hacían especial, pero no esperaba atraer la atención de alguien tan legendario y poderoso como Artemisa.
Quirón le miró con un toque de empatía, como si comprendiera lo abrumador que era enfrentarse a las complejidades de aquel nuevo mundo.
—No te preocupes, Boruto —dijo el centauro con amabilidad—. Aquí en el campamento, tienes un lugar donde puedes estar protegido. Y si puedes demostrarles a los dioses que no eres una amenaza, quizá encuentres un poco de paz sin tenerlos detrás de ti todo el tiempo. Dionisio y yo cuidaremos de que nadie te cause problemas… al menos mientras estés bajo nuestro techo.
Dionisio puso los ojos en blanco, pero no contradijo las palabras de Quirón. En el fondo, parecía divertirle toda aquella situación.
—Oh, no lo arruines, Quirón —se quejó Dionisio, dando un sorbo a su refresco—. Yo no prometí nada. Pero bueno, chico, por ahora estás seguro. Pero no puedo garantizar que mi hermana Artemisa sea tan paciente contigo como yo lo soy. Así que… mantente atento.
Con esas palabras y una última mirada burlona, Dionisio se giró hacia Quirón, dejando claro que, aunque Boruto podía sentirse relativamente seguro por ahora, el interés de los dioses no iba a desvanecerse tan fácilmente. Y, en algún bosque lejano, Artemisa ya había encontrado un rastro; uno que la conduciría hasta el campamento en un par de días.
