Las estrellas habían llegado, escoltando a la solitaria luna que se alzaba en todo su esplendor. Su luz plateada bañaba el cielo despejado, iluminando el campamento con una suavidad casi etérea. En la distancia, las risas y cánticos resonaban con fuerza, mientras los campistas se reunían alrededor de la hoguera. Danzas y canciones llenaban el aire, acompañadas por el alegre sonido de las flautas de los sátiros y los movimientos gráciles de las ninfas, que parecían danzar al ritmo del viento.
Boruto, sin embargo, se apartó de todo aquello. Su única compañía era el silencio. No buscaba el bullicio ni la alegría que emanaba el campamento. En cambio, eligió un rincón tranquilo y solitario, lejos de lo que sentía ajeno. Allí, solo con la naturaleza, encontró un refugio.
Sentado al borde de una colina, la suave brisa nocturna acariciaba su impasible rostro, marcado por una cicatriz que cruzaba dolorosamente su ojo derecho. Su cabello, rojo como la sangre, brillaba bajo el resplandor de la luna, que lo iluminaba como si fuera parte del paisaje. Sus ojos, de un azul profundo, estaban fijos en el cielo estrellado, pero su mirada era distante, vacía, como si buscara algo que no pertenecía a este mundo. Su postura era cerrada, casi defensiva; sus manos entrelazadas descansaban entre sus piernas, aferrándose a algo invisible, algo que lo mantenía atado a la realidad, algo que lo protegía del peso sofocante de sus errores pasados.
El eco de las voces y risas del campamento llegaba hasta él como un murmullo lejano, incapaz de cruzar el muro que había levantado alrededor de sí mismo. Estaba perdido en sus pensamientos, hundido en recuerdos borrosos, en fragmentos de un pasado que su mente agotada había comenzado a olvidar. Rostros familiares que no podía tocar, una tierra que ya no era un hogar y promesas que nunca llegó a cumplir se agolpaban en su memoria, crueles y repetitivas como un castigo interminable.
Sin embargo, cada estrella que lograba captar con la mirada parecía una pequeña chispa de esperanza, un alivio fugaz que calmaba, aunque fuera por un momento, el dolor de aquellos recuerdos implacables. En ese instante, entre la soledad y las sombras del pasado, el cielo estrellado parecía lo único que no lo juzgaba.
Las estrellas parecían escuchar su historia, aunque él no necesitaba palabras para que las frías y distantes luminarias conocieran su dolor. El joven, cuya cabellera dorada alguna vez brilló como un reflejo del sol, se vio envuelto por un sentimiento de profunda nostalgia. La tristeza, como un río lento, se deslizó fuera de su cuerpo, dejando en su lugar un vacío monótono, carente de emociones verdaderas, de esas que alguna vez lo hicieron sentir humano.
Sin embargo, bajo la luz plateada de los infinitos astros, encontró una inmensa tranquilidad. Allí, atrapado entre dos mundos: el que había dejado atrás para cumplir con su misión y el que ahora lo rodeaba, tan diferente, tan extraño. Sabía que seguía siendo su misma tierra, pero todo en ella se sentía ajeno, distante, como si el tiempo o el destino hubieran jugado con la realidad que alguna vez conoció.
El bosque que lo rodeaba, con sus imponentes árboles que se alzaban hacia el cielo, le recordaba al Bosque de la Muerte. Pero no era igual. Este bosque parecía más vivo, más cargado de secretos que susurraban al viento, más acogedor de lo que había conocido antes. Y aun así, esa familiaridad solo profundizaba su sensación de estar atrapado entre lo que fue y lo que ahora era.
El viento sopló con mayor intensidad, levantando las hojas secas a su alrededor y provocando un ligero escalofrío que recorrió su piel. Cerró los ojos por un instante, buscando calmar los oscuros recuerdos que amenazaban con regresar, pero incluso en la oscuridad de sus párpados cerrados, las voces no cesaban. Susurros de pecados, de errores y promesas rotas, resonaban como ecos imposibles de acallar.
Sin embargo, la luna, alta y resplandeciente en el cielo, pareció responder a su mirada cuando la abrió. Su luz plateada brilló con mayor intensidad, como si le hablara en silencio, recordándole que incluso en la más absoluta oscuridad, siempre hay una pequeña luz, una chispa que lucha contra las sombras.
Una chispa de esperanza.
Pero él sabía, en lo más profundo de su ser, que el pasado jamás lo abandonaría. Era una parte intrínseca de quien era, de lo que lo había convertido en lo que ahora veía en su reflejo. Sus pecados, como cicatrices invisibles, eran ineludibles. Aun así, intentó apartar esas voces, esas sombras del ayer, dejando que su mirada vagara por el paisaje que lo rodeaba.
De pronto, algo a un lado llamó su atención. Entre las piedras dispersas en el suelo, una de ellas parecía destacar. Había algo en ella, algo extrañamente familiar, que lo obligó a detenerse. Se inclinó ligeramente, observando con detenimiento la superficie desgastada de la roca, donde un símbolo grabado se hacía visible: un remolino. Aunque difuso y erosionado por el paso del tiempo, el diseño despertó una marea de recuerdos que golpearon su mente con una fuerza incontrolable.
Lo había olvidado, pero ahí estaba, recordándole su lugar en el mundo. Aquel símbolo era un eco de su linaje, de un clan que muchos creían perdido. El Clan Uzumaki, el clan salvaje de los remolinos.
A un lado de la roca, el suelo estaba marcado por una profunda garra, una cicatriz en la tierra, como si una bestia salvaje hubiera querido dejar su huella imborrable en aquel lugar. Boruto la observó en silencio, su mirada fija en la marca. Por un instante, ese sentimiento de familiaridad volvió a envolverlo. Su mente lo llevó a pensar en cierto zorro, en aquel ser con el que su linaje estaba íntimamente ligado, pero pronto descartó la idea.
Sin embargo, algo en esa marca lo inquietaba. Había una extraña conexión, una sensación que no podía ignorar. Era como si esa garra hubiera sido colocada para él, como una señal de que estaba destinado a enfrentar algo más grande, algo que no había pedido, pero que estaba escrito en su camino.
Esa cicatriz en el suelo le pareció un reflejo de sí mismo: marcado, cambiado, y cargando con un destino que jamás eligió.
Sumido en sus reflexiones, sus labios se movieron apenas, dejando escapar un susurro inaudible, dirigido únicamente al vacío que lo rodeaba:
—Monstruo. Demonio. Así me han llamado. —Las palabras escaparon de su boca como un veneno que quemaba desde dentro.
De repente, un pequeño ruido detrás de él rompió el silencio, proveniente de unos metros más allá, pero no se giró. Ignoró las presencias, como si no fueran más que sombras sin importancia. Sus pensamientos eran demasiado densos, demasiado pesados como para prestarles atención.
—En eso me he convertido —murmuró para sí mismo, su voz cargada de un dolor apenas contenido, mezclado con una rabia que parecía brotar desde lo más profundo de su ser. Era una emoción solitaria, amarga, la única que aún su cuerpo "humano" parecía capaz de sentir.
Bajó la mirada al suelo, observando sus manos, cuyos puños se cerraron con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Su mandíbula se tensó mientras las palabras salían, cada una impregnada de ira.
—Maldito seas, hermano. Has maldecido mi destino. Intercambiaste los roles y me condenaste a esta vida. Me convertiste en el forastero que asesinó al héroe del mundo... a mi padre. Y tú... usurpaste mi identidad, tomaste mi apellido, mi rostro, mi vida.
Las palabras permanecieron suspendidas en el aire, cargadas de veneno y resentimiento. Su tono, lleno de rabia y desesperación, pareció resonar en la quietud del lugar. Fue entonces cuando algo cambió. Sus ojos, normalmente de un azul profundo, se encendieron con un brillo aterrador. Ahora eran un azul blanquecino, luminoso y furioso, que parecía irradiar una energía feroz. Sus escleróticas se oscurecieron, adoptando un tono negro como el abismo, transformando su rostro en algo que escapaba a lo humano.
Su respiración se volvió irregular, acelerada, mientras una aura oscura emanaba de su cuerpo. Era como si toda la ira, el dolor y la culpa que había reprimido durante tanto tiempo estuvieran a punto de estallar. La energía que lo rodeaba se volvió casi tangible, una manifestación de emociones que lo consumían, una tempestad interior que amenazaba con devorar todo a su paso. Pero entonces, se obligó a cerrar los ojos y tomó una profunda bocanada de aire. Inhaló y exhaló lentamente, forzándose a recuperar el control. Poco a poco, sus ojos volvieron a su tono azul profundo, y el aura oscura que parecía rodearlo se desvaneció con el viento.
Dejó escapar un suspiro pesado y volvió su atención al símbolo del remolino grabado en la piedra. Lo recorrió con los dedos lentamente, sintiendo cada surco, como si buscara en ellos una conexión, algo perdido en el tiempo, algo que sabía que ya no podía encontrar. Su voz, quebrada y cargada de melancolía, rompió el silencio:
—Uzumaki... eh. Extraño a mi familia.
Esas últimas palabras se deslizaron de sus labios con una tristeza palpable, cargadas de un vago sentimiento de nostalgia. Sin embargo, en lo profundo de su mente, sabía que apenas recordaba a quienes alguna vez fueron su familia. ¿Quiénes eran sus padres? ¿Quién era su hermana? ¿Quién era él antes de convertirse en lo que era ahora?
Las enseñanzas de su padre... ¿Dónde estaban ahora? Todo lo que le había transmitido sobre justicia, bondad y misericordia no le sirvió contra los enemigos que enfrentó. Sus ideales se rompieron. Dialogar no funcionó. Y cuando tuvo la oportunidad, no fue misericordioso con quienes merecían castigo. Sin embargo, peor aún, traicionó sus principios frente a los inocentes, al ver cómo ellos mismos, en su desesperación y miedo, se convertían en devoradores de mundos.
Era tarde, demasiado tarde. En aquel entonces, su corazón ya estaba endurecido, su humanidad corrompida. Se había convertido en lo que juró destruir: un Otsutsuki. Un monstruo carente de emociones humanas, incapaz de sentir nada más que ira y odio, con la única excepción de los efímeros placeres que le otorgaba su interminable ascenso al poder.
No bastó con derrotarlos. Fue más allá. Consumió sus vitalidades, su esencia, haciéndose cada vez más fuerte tras cada batalla, tras cada enemigo que caía ante él. Y así continuó, devorando, destruyendo, hasta que no quedó nada más que consumir.
La última víctima había sido un niño Otsutsuki. Su rostro todavía aparecía en los fragmentos de memoria que atormentaban su mente. No tuvo compasión. No dudó. Transformó al niño en una fruta y lo devoró.
Boruto inhaló profundamente, ese recuerdo lo atravesaba como una daga. Se había convertido en un monstruo para matar a los monstruos. Pero el precio que pagó era un vacío que nunca podría llenar.
Continuó mirando las estrellas, inmerso en el tormento de sus pensamientos. Cada una parecía reflejar sus pecados, y la luna, siempre presente, parecía ser el espejo de sus errores, recordándole que, con cada vida que tomó, con cada decisión que lo llevó por aquel oscuro camino, el sueño de ser un héroe como su padre se había desvanecido. No se rompió de una vez; se fragmentó lentamente, pedazo a pedazo, hasta que no quedó nada que reconstruir.
De pronto, el mundo a su alrededor pareció detenerse. Las aves que volaban quedaron suspendidas en el aire, el viento dejó de agitar las hojas, y los ecos de risas y voces se desvanecieron, como si todo hubiera sido engullido por un silencio absoluto. Era como si el tiempo mismo se hubiera congelado.
Entonces, una voz surgió de entre sus pensamientos, suave al principio, apenas un susurro que se colaba por las grietas de su mente. Poco a poco, la voz ganó fuerza, apagando las otras que susurraban oscuros pensamientos en su interior, hasta que se impuso completamente. Era una voz profunda, cargada de desprecio y con una malicia agotada, casi resignada.
Una entidad latente.
Un ser que habitaba dentro de él.
—Por el bien de la humanidad —dijo con un tono de burla, como si se deleitara en el dolor del joven—. Por el bien de tu familia... Aquellos que te dieron la espalda, que no creyeron en tus palabras. Ciegos, llamándote impostor, el falso hijo que jamás debió existir. Nada parecido al héroe que veneraban... Oh, hijo del remolino...
Boruto cerró los ojos, intentando contener la ira que hervía en su interior, esa furia que siempre estaba al borde de desbordarse. Pero las palabras de aquella voz, por crueles que fueran, llevaban algo de verdad, y ese conocimiento lo carcomía por dentro. Sus ojos azules, vacíos de vida, se entrecerraron mientras un destello de rencor profundo brilló en ellos.
—Sabes muy bien qué pasó... —replicó con una amarga resignación, su voz llena de frustración y un rastro de rencor que no pudo ocultar del todo—. Momoshiki, ese poder... no dejó que creyeran que era yo.
El mencionado Momoshiki respondió con una risa fría, cruel y cargada de burla, un sonido que reverberó en lo más profundo de la mente de Boruto, como si se expandiera interminablemente, irritante y desgarrador.
—Oh, mi querido contenedor... —dijo Momoshiki, su tono impregnado de una siniestra diversión—. ¿Crees que tus palabras significan algo para mí? Hemos compartido más de mil años juntos, ¿verdad? He visto cómo te rompías, cómo cada decisión te cambiaba. Poco a poco, comenzaste a creer en lo predestinado. Matabas a mi gente, a mi raza, incluso a los inocentes que se transformaban en devoradores de mundos. Y fue entonces, cuando viste cómo esos inocentes perdían su humanidad, que te rompiste por completo. Te rompiste porque viste en ellos tu propio reflejo.
La risa de Momoshiki se intensificó, escalofriante y cruel, como una daga que perforaba cada rincón del alma de Boruto. Finalmente, su tono cambió, convirtiéndose en un susurro que no era nada más que veneno y burla.
—Un humano que recibió con fuerza su linaje Otsutsuki... Despertado por mi karma. Uno atrapado en un cuerpo humano, maldecido por la sangre que corre por sus venas. Y lo más irónico de todo... un descendiente directo de Kaguya, aquella que dudó en exterminar a su familia, y sin embargo, su nieto no tuvo tal vacilación. La más dulce de las ironías...
hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en lo más profundo del pelirojo antes de continuar:
—¿Lo entiendes, Boruto? Eres el mayor de los traidores. No solo para tu mundo, sino también para tu propia sangre. Extinguiste a la familia Ōtsutsuki, aquella que Kaguya no pudo destruir. Y, aun así, aquí estás... Solo, roto, maldito por tus decisiones. ¿Lo sientes, contenedor mío? Esa es la verdadera naturaleza del monstruo en el que te has convertido.
La voz del dios se desvaneció en un eco, pero su risa, cruel y despiadada, persistió, como un recordatorio de todo lo que había perdido. Un recordatorio de quién había sido y en lo que se había convertido.
Boruto apretó los puños con fuerza, las uñas casi enterrándose en sus palmas. A pesar del dolor físico, no podía evitar aceptar, en lo más profundo, que su archienemigo tenía razón. Momoshiki era como un espectro que no podía ser exorcizado, una sombra perpetua que lo seguía donde fuera, recordándole constantemente sus fallos, sus pecados y el destino que había cargado desde aquel fatídico día: ser el portador de las desgracias.
—Silencio... —murmuró entre dientes, su voz apenas un susurro, llena de rabia contenida, pero al mismo tiempo fría y paciente.
Sin embargo, Momoshiki no se inmutó. La risa burlona que resonaba en su mente se desvaneció, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire como un eco cruel, implacable e imposible de ignorar.
—No hay silencio para mí, niño. Soy parte de ti. Parte de tu alma, de tus errores, de tus pecados... y de tus miedos. No lo olvides: el destino siempre encuentra la forma de cobrarse las deudas. Y tú... tú tienes muchas deudas.
El pelirrojo desvió la mirada de las estrellas, su semblante endurecido, y dejó que el resplandor plateado de la luna bañara su rostro. Cerró los ojos por un instante, como si buscara consuelo en su brillo frío y distante. Sus labios se curvaron ligeramente en una línea tensa, sin rastro alguno de alegría. Al abrirlos de nuevo, murmuró unas palabras que, aunque parecían dirigidas al ente, fueron más un recordatorio para sí mismo:
—Mi destino no está en tus manos, Otsutsuki... ni en las de nadie más.
Su voz era tranquila, pero cargada de una determinación, aunque rota, inquebrantable mientras continuaba:
—Aunque la culpa y la amargura me consuman. Aunque tenga al mundo entero en mi contra. Aunque el peso del odio me aplaste... No seré una herramienta para nadie. Nadie romperá mi voluntad. Mis principios pueden tambalearse, pero serán firmes contra el mal. Si tengo que sacrificar diez inocentes para salvar a miles, lo haré. Si debo mancharme las manos con la sangre de criminales para proteger vidas inocentes, lo haré sin dudar. Y si el mundo necesita a un monstruo para unirse, si necesita un enemigo común que lo haga levantarse contra la amenaza...
Alzó la mirada hacia la luna, sus ojos resplandeciendo con una determinación casi sobrehumana, mientras sus últimas palabras resonaron con fuerza:
—Entonces seré ese monstruo. Seré el enemigo que los unifique.
Por un momento, el mundo pareció detenerse. La voz en su mente, siempre dispuesta a responder con burla o crueldad, permaneció en silencio. Boruto sabía que no duraría mucho; Momoshiki no era alguien que aceptara la derrota, ni siquiera en una discusión.
Pero antes de que pudiera prepararse para el siguiente enfrentamiento interno, sintió cómo una presencia comenzaba a emerger de su cuerpo. Una fuerza que helaba el aire a su alrededor. El aura oscura y temible del Otsutsuki comenzó a manifestarse físicamente, separándose de su ser. el soberbio ser estaba tomando forma, como si su orgullo le impidiera quedarse atrapado en la mente de un humano.
El pelirrojo no se movió. No retrocedió. Solo permaneció ahí, de pie, con los ojos clavados en la figura que comenzaba a materializarse frente a él. La confrontación no había terminado.
Momoshiki se alzó frente a él, envuelto en un aura brillante y a la vez ominosa, que hacía temblar el aire a su alrededor. Su figura irradiaba un poder indescriptible, pero también permaneció aquel desprecio palpable, dirigido directamente hacia Boruto. Sus ojos, dorados y despiadados, parecían atravesarlo, como si buscaran las grietas en su resolución.
—¿Un monstruo? —repitió Momoshiki, con una sonrisa torcida que no contenía ni un rastro de amabilidad, solo malicia pura—. Qué declaración tan noble... y patética. Eres un simple humano jugando a ser un dios, ¿y todavía tienes el descaro de hablarme de voluntad? Tú no eres más que el producto de tu desesperación y tus fracasos.
Las palabras del Otsutsuki eran afiladas como dagas, pero él no apartó la mirada. Sus ojos, aunque cansados, brillaban seguían brillando con la voluntad de fuego que no podía ser quebrada. Sabía que cualquier muestra de debilidad sería suficiente para que este ser tomara ventaja, y no estaba dispuesto a darle ese placer.
—Puedes llamarme como quieras —respondió Boruto, su voz firme, casi agotada y fría—. Humano, monstruo, fracasado... No importa. Pero no cometeré el mismo error que tú. No permitiré que el poder me consuma al punto de olvidarme de quién soy.
Momoshiki rio, una carcajada seca y burlona que resonó como un trueno en la noche. Dio un paso hacia adelante, acercándose a Boruto, con sus ojos centelleando con una mezcla de furia y curiosidad.
—¿Quién eres? —repitió, con un tono que oscilaba entre el sarcasmo y el desafío—. No tienes idea de quién eres, Boruto Uzumaki. Abandonaste todo lo que te hacía humano cuando tomaste mi poder. Te justificas con palabras bonitas, pero yo sé la verdad. No luchas por justicia, ni por un mundo mejor. Luchas porque temes lo que eres. Porque no puedes aceptar que, en el fondo, tú y yo no somos tan diferentes.
El silencio que siguió fue insoportable, roto solo por el suave susurro del viento. Boruto apretó los puños nuevamente, sintiendo cómo las emociones que había intentado enterrar regresaban a la superficie. Ira, culpa, dolor... pero también algo más. Algo que lo había mantenido en pie a pesar de todo.
—Tal vez tienes razón, Momoshiki. —Las palabras de Boruto eran calmadas, pero cada sílaba estaba cargada de fuerza—. Tal vez no sé quién soy... todavía. Tal vez estoy perdido. Pero hay algo que tú nunca entenderás: yo sigo luchando, incluso cuando todo está en mi contra. Tú, en cambio, solo sabes consumir y destruir. Esa es la diferencia entre tú y yo. No soy como tú. Nunca lo seré.
Por un instante, Momoshiki pareció perder la sonrisa, como si las palabras del chico lo hubieran golpeado en lo más profundo. Pero su expresión se endureció rápidamente, y una mueca de desdén volvió a adornar su rostro.
—Eres un iluso, Boruto. Y los ilusos no tienen cabida en el destino que se aproxima.
Antes de que pudiera responder, sintió cómo la presencia de Momoshiki se hacía más opresiva, como si estuviera dispuesto a demostrarle su poder. Pero él no retrocedió. No tenía la intención de permitir que el Otsutsuki ganara, ni siquiera en el terreno de las palabras.
—Lo sé —respondió finalmente, su tono plano pero cortante como una cuchilla—. Mis pecados no pueden ser borrados. La sangre en mis manos no se secará, y nunca podré escapar de lo que he hecho.
Momoshiki alzó una ceja, sorprendido, pero su expresión pronto volvió al desprecio.
—¿Entonces por qué te esfuerzas? —preguntó, entre risas burlonas—. Si sabes que no hay redención para ti, ¿por qué sigues fingiendo que puedes cambiar algo? Admitirlo no te hace mejor, solo confirma lo patético que eres.
Boruto entrecerró los ojos, observando la figura del Otsutsuki como si atravesara la superficie de su arrogancia. Su voz resonó con una calma que Momoshiki no esperaba.
—Porque si no hago nada, seré exactamente lo que tú dices que soy. Un monstruo. Un ser vacío que no tiene propósito más que destruir.
El Otsutsuki se quedó en silencio por un momento. Boruto continuó, con los ojos fijos en el resplandor congelado de la luna y luego en la figura inmóvil de Percy, que seguía atrapado en ese momento suspendido en el tiempo.
—Tal vez no puedo borrar mi pasado, y tal vez mi destino esté escrito con sangre. Pero eso no significa que no pueda intentar hacer algo con el tiempo que me queda. Aunque sea ayudar a alguien como ese chico.
Momoshiki rio, un sonido bajo y lleno de veneno. Dio un paso hacia Percy, como si examinara al joven que seguía congelado en el tiempo.
—¿Ese chico? —dijo, con una sonrisa retorcida—. No es más que otro peón en el tablero. Tú y yo sabemos cómo terminan las cosas para los ingenuos como él. No importa lo que hagas, su destino está sellado. No morirá, pero su vida no será más que sufrimiento. ¿Crees que tus acciones cambiarán eso?
Boruto no respondió de inmediato. Se limitó a observar a Percy, su expresión endureciéndose al recordar su propio pasado, sus errores y lo que había perdido. Finalmente, murmuró, con un tono apenas audible:
—No lo sé.
Momoshiki rio nuevamente, triunfante.
—Lo sabía. Ni siquiera tú crees en lo que estás haciendo.
—Tal vez no —admitió, mirando al Otsutsuki directamente a los ojos, con una mirada que contradecía sus palabras—. Pero prefiero intentarlo y fallar, a quedarme cruzado de brazos como tú, observando desde las sombras, alimentándote del dolor de los demás.
El rostro de Momoshiki se endureció ante la acusación, pero antes de que pudiera responder, Boruto dio un paso adelante, cerrando la distancia entre ambos.
—Tú eres el verdadero monstruo aquí, Momoshiki. No porque hayas matado o destruido mundos, sino porque abandonaste cualquier atisbo de propósito que alguna vez tuviste. Te rendiste ante tu propia desesperación.
El Otsutsuki no dijo nada, pero la furia en sus ojos era evidente. Sin embargo, Boruto no le dio tiempo para replicar.
—Yo no me rendiré. No importa cuántas veces fracase, o cuántos me odien, o cuánto tenga que cargar. No me convertiré en lo que tú eres.
El dios conejo pareció retroceder, como si las palabras fueran un golpe inesperado. Pero la furia en sus ojos no se apagó.
—Sigues siendo un tonto, Boruto Uzumaki. El destino no puede ser cambiado. No importa lo que hagas, siempre serás mi recipiente. Y siempre llevarás mi maldición.
El Uzumaki no respondió, pero su mirada era suficiente. Aunque no tenía todas las respuestas, aunque su camino estuviera lleno de incertidumbre, una cosa era clara: seguiría adelante, sin importar el peso de su pasado.
Mientras el silencio volvía a llenar el espacio entre ambos, el tiempo que había estado detenido comenzó a fluir nuevamente. La figura de Percy se movió, sin saber nada de lo que acababa de ocurrir. Pero Boruto sí lo sabía. Y, aunque no lo admitiría, en el fondo sabía que las palabras del ente eran ciertas de alguna forma.
—No es humanidad lo que intento recuperar ni preservar —contestó finalmente, su tono endurecido como el acero—. Es la posibilidad de que alguien más tenga una vida mejor. Algo que ni tú ni yo pudimos tener.
Momoshiki dejó escapar un bufido de incredulidad, cruzando los brazos mientras lo miraba con desaprobación.
—Tus palabras son patéticas, Boruto. Hablas como si alguna vez hubieras tenido elección. Como si no fueras el resultado inevitable de la traición y el sufrimiento. Eres un arma rota que sigue funcionando por inercia. ¿Y quieres proteger a ese niño? Qué nobleza tan irónica para alguien que ha destruido mundos.
El shinobi no reaccionó ante las provocaciones. En cambio, su mirada se dirigió de nuevo al campamento, donde los campistas se reunían alrededor de la hoguera, sus risas y conversaciones llenando el aire con una calidez que él no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Percy, el chico del que hablaban, estaba allí, rodeado de compañeros que lo miraban con admiración y curiosidad. Era joven, lleno de potencial, y todavía no comprendía el peso que cargaba sobre sus hombros.
—No lo entenderías, Momoshiki —dijo Boruto, casi en un susurro, pero con una intensidad que cortó el silencio entre ellos—. Porque tú nunca has pensado en alguien más que en ti mismo.
El ser de las estrellas lo miró con furia, sus ojos perlados ardiendo con una luz que parecía rivalizar con la de las estrellas. Su cuerpo emanaba una energía palpable, como si estuviera a punto de lanzarse sobre Boruto en cualquier momento. Pero, en lugar de hacerlo, dio un paso atrás, una sonrisa maliciosa extendiéndose por su rostro.
—Oh, Boruto... mi querido recipiente —dijo con un tono burlón, su voz llena de un desprecio que no podía disimular—. Sigue creyendo en tus ilusiones. Ayuda al chico, si eso te hace sentir mejor. Pero recuerda mis palabras: el destino es una cadena que no puede romperse. Y tú, Uzumaki, nunca escaparás del tuyo.
Y así, Momoshiki se desvaneció lentamente como polvo de arena, abandonando este plano fijo.
