Más intenso
Médicos y enfermeras están acostumbrados a lidiar con las situaciones más atípicas, a cualquier hora de un día aparentemente común en cualquier semana del año. Aquella vez, el paciente de la 320 era un muchacho que se había caído de unas escaleras desde una altura de cinco metros en su casa, y que había sufrido diferentes heridas en el cuerpo. Gold estaba devastado por no haber llegado a tiempo para ayudar al muchacho, precisamente el día que había ido por la mañana a dar una charla a la escuela de su hijo, y cuando el tráfico le impidió llegar a tiempo a la emergencia. Fue Emma la que tuvo que decirle al médico que nada se hubiera podido haber hecho en aquella situación, y que no había sido por el hecho de que él hubiera llegado tarde. Pero había algo extraño en la situación, ya que para un médico como él una pérdida no debía abatirlo con la facilidad como lo había hecho esta. Emma supo que la conmoción ante la situación del muchacho era porque tenía la misma edad que el hijo del médico, y haber prácticamente criado solo al chico era un peso inmenso que Gold cargaba con placer. Él es duro, lleva una hora aguantando el llanto, desde que le había contado a los padres de la víctima que el muchacho no había resistido a las heridas. Emma lo conocía, tanto que le bastaba quedarse apoyada en la pared del pasillo, frente a él, esperando que se desahogara. Ella no aguantó verlo de esa manera por mucho más tiempo. Lo abrazó y lloró finalmente, pues Emma era la única persona que le proporcionaba comodidad para dejarse ir. Las fatalidades tenían lugar y Gold se recuperó pensando, precisamente, en cuántas personas había salvado antes que aquel muchacho sufriera el accidente y muriera en su hospital. Se recompuso y bajó a la cafetería, tras una buena dosis de café.
Lo mejor que Emma podía hacer en aquel momento, acabada la guardia, era ir al vestuario y coger sus cosas para marcharse. Ese final del día estaba melancólico y no combinaba con su estado de ánimo. Había hablado con Regina durante largas horas la noche anterior y ese mismo día a la hora del almuerzo. Eran los únicos dos días de la semana en que no se veían y para un comienzo de relación parecía una tortura. Emma se arregla, se cambia de ropa y cuando sale del baño de los vestuarios, hay alguien agarrando su sudadera mostaza, de espaldas a ella. Cabellos recogidos en lo alto, cayendo en cascada. Vaqueros, botas y una blusa de vestir negra que seguramente su ostentosa novia le había regalado. La mujer se gira y la mira con sus ojos claros, una vez los favoritos de Emma. Hay una mezcla de repudio, asco y dolor de cabeza. Emma también siente vergüenza, y después se siente avergonzada por sentir vergüenza. Hace mucho tiempo que usa el vestuario de las enfermeras, y basta que una persona surja inconvenientemente para que se sienta invadida.
La mujer se gira en el mismo sitio. Aún agarra la sudadera de Emma, pero es tarde para disimular que estaba aspirando el olor de la loción hidratante que se había quedado incrustada en la tela. Swan le arranca la prenda de ropa sin intercambiar palabra. Está tan enfadada que en segundos va a mandar a la mierda a la pelirroja. Solo están las dos allí dentro, y Emma odia esa situación. ¿Quién la había dejado entrar? ¿Cómo supo que se estaba cambiando para marcharse? Si esa zorra intenta algo inesperado, Emma jura que la mata. Sería despedida, pero hará lo que tenga que hacer.
En vez de eso, la pelirroja suspira, mete las manos en los bolsillos de los pantalones y mueve la cabeza, mirándola.
‒ ¿Me tienes tanta rabia que ya te has enrollado con alguien, Emma?
Swan frunce el ceño. No entiende su frase y tiene que abrir bien los oídos para escuchar bien
‒ ¿Qué es lo que has dicho?
‒ Si, al menos, me hubieras dado un tiempo…
Emma respira hondo, se pone la sudadera y cruza los brazos.
‒ ¿Tiempo, Isabelle? ¿De verdad me estás diciendo eso?
‒ Me he enterado de que Regina Mills es una pésima persona. Te está usando, Emma. Te va descartar cuando ya no le sirvas para sus intereses‒ dice Belle, en tono de aviso
‒ ¿Pero qué mierda es esa? ¿Quién ha dicho algo como eso de Regina? ¿Me estás vigilando o fue por lo de la boda de Killian? ¡Ah, claro! Fue en la boda, lógico. Viste lo que viste y no te gustó, por eso estás aquí.
‒ ¡Emma, exijo respeto!
– ¿Qué respeto, muchacha? ¡Te has vuelto loca!
‒ Yo no te he traicionado para que me trates así. Zelena era tu amiga, ella se equivocó al esconder que yo le gustaba, pero nosotras nunca te traicionamos. Mira, si supieras cómo me arrepiento de la manera en que todo salió a la superficie…Estuvo mal. Me odio por no haber hablado contigo en el momento en que me encontré enamorada de Zelena. No sabía que te ibas a sentir tan mal. Si por casualidad hubiera tenido idea, ¿crees que hubiera actuado como lo hice? Podríamos haber seguido siendo amigas, pero parece que estás siempre a la defensiva.
‒ Mira, no sé cuál es tu concepto de traición, porque el mío lo tengo bien claro. Mentir, engañar, actuar a la espalda de una persona que deposita toda la confianza en ti no tiene otro nombre para mí. Zelena se metió en una relación que no era suya. En el fondo, nunca fue mi amiga, solo quería acercarse a ti y yo fui dejándote en sus manos. De la manera en que te sientes con eso, no es problema mío ni ahora ni lo fue antes. Cuando me sentí herida, ninguna de vosotras me buscó para interesarse por mí. Si realmente se hubieran interesado, hubieran actuado como es debido desde el principio. Solo tenías que decirme que ya no te gustaba, Isabelle. Era muy sencillo. Pero preferiste que me enterara de la peor forma posible.
Belle intenta desviar la mirada, pero no lo logra.
‒ No quería herirte. Se escapó de mi control.
‒ Está bien, Belle, ¿y ahora? ¿Qué quieres entrando aquí y sorprendiéndome con palabras que no me van a convencer, eh? ¿Tienes celos porque me viste con aquella increíble mujer en la fiesta? ¿Quieres intentar reparar tus errores porque tu relación con Zelena ya no da para más tras un año? Mira, no ha sido un buen día, hemos perdido a un paciente y estoy exhausta.
‒ Amo mucho a Zelena, por si quieres saberlo, y tenemos una buena relación. He venido porque…Porque…‒ duda, no consigue continuar
‒ Has venido porque eres muy egoísta para admitir que mi vida también siguió adelante después de ti. Nunca pensaste que avanzara, que fuera capaz de superarte. Creíste que, de alguna forma, aún te pertenecía. Realmente, yo sí creí que nunca iba a superar nuestra relación, pero Regina es la prueba de que voy por el camino correcto. Amo a Regina, creo que desde el día en que la vi ingresada en aquel cuarto. Sin darme cuenta, me estaba dando una nueva oportunidad, porque era lo que quería desesperadamente. Solo una nueva oportunidad después del dolor que las dos me causaron. Regina es totalmente diferente a ti e infinitamente mejor que tú. Ella nunca se ha cuestionado sus sentimientos hacia mí, ha querido vivirlos, aunque yo estuviera tan presa a mi pasado. Regina me ha mostrado que el pasado es un cadáver que podía escoger llevarlo al hombro. Pero no quiero llevar tu cadáver, porque creo que merezco a alguien dispuesto a hacerme feliz y dispuesto a recibir lo que yo puedo ofrecer.
Belle se restriega el rostro, no tiene argumentos contra Emma y entra en desespero. Quiere morir. Tirarse de lo alto de un edificio. Tirarse frente a un coche. ¿Qué idea tan estúpida fue esa de ir tras Emma para que le diera satisfacciones de lo que había visto en la fiesta? Solo fue un baile. Una forma de divertirse con alguien. ¿Por qué llevaba cinco días con aquellas dos mujeres en la cabeza y no conseguía sencillamente olvidarlas? Zelena había encontrado a su pareja tan rara que casi había llamado a una amiga psicóloga. No entendía por qué su corazón echaba de menos a Emma, cuando en realidad debía estar contenta por verla feliz con otra persona. Había deseado que la ex fuera feliz e incluso le había dicho de boca para afuera que merecía a alguien a su altura. Solo que nunca imaginó que Emma encontrara de hecho a alguien tan rápido. Quizás tuviera razón. Sentía una punzada de envidia, porque amaba a Zelena, aunque había caído en la rutina. Swan había respondido por ella lo que no tuvo valor para echar afuera, que solo estaba allí porque aún se sentía dueña de Emma. Casi como una socia propietaria exigiendo su parte.
Entonces Belle se dio cuenta de que había sido exactamente así que Emma había descubierto que Zelena y ella estaban juntas. Las vio sonriendo una a la otra, diciéndose cosas al oído, y por la proximidad no era necesario ser muy inteligente para suponer que estaban planeando un futuro. Belle echaba de menos a Emma, pero era demasiado tarde para ser descarada como lo había sido al entrar en su apartamento en busca del libro de medicina alternativa, o como cuando la saludó por su cumpleaños, incluso estando bloqueada en el móvil, o como ahora, entrando en los vestuarios tras ella y cogiendo su ropa, sin noción de cómo estaba empeorando la situación.
Se gira, camina un poco, se mece los cabellos y se detiene otra vez
‒ Te hice mucho mal y quiero que sepas que me arrepiento. No debí haber venido para pedirte explicaciones‒ dice ella, avergonzada.
‒ Menos mal que lo sabes. No me busques para decirme nada más. No me interesa lo que esté sucediendo contigo o con tu novia. Ya te he dicho que eres como un cadáver y a partir de ahora para mí es como si estuvieras muerta. No me busques más, nunca más en tu vida. Me he conformado, he aceptado que existen personas que son muy hijas de puta en este mundo y a veces estas te harán la vida imposible de alguna manera. Hoy ha sido la gota que colma el vaso, Isabelle. Márchate. Sal, por favor‒ Emma señala la puerta y Belle no tiene otra alternativa. Había sido en vano la conversación y siempre lo había sabido.
Callada, la pelirroja abandonó los vestuarios y la enfermera, finalmente, pudo respirar tranquila. Había soltado su rencor, se había desahogado y puesto a Belle en su sitio. Tenía la sensación de que había puesto punto y final a aquel ciclo. Nunca más caería en aquella trampa. Emma comenzó a temblar, sorprendida por no haber caído en un llanto compulsivo mientras le decía aquellas cosas a Belle, ni ahora, ya sola. Sentía un ligero dolor de cabeza y unas ganas inmensas de hablar con Regina, porque solo ella la entendería. Regina aún no debía estar en casa, pero no llegaría muy tarde, pues eso fue lo que le había dicho a Emma cuando habían hablado antes por teléfono. Faltaba poco para las seis, tendría que esperar hora y media para verla, sin embargo, toda espera valía la pena. Solo quería hablar con ella, cara a cara, tocarla, abrazarla, sentirla hasta estar bien de nuevo para recomenzar.
Emma cogió sus cosas y se marchó, deteniendo el coche frente a la mansión Mills que se iba encendiendo a medida que la claridad se marchaba. Podría pedir entrar, pero no, en aquel instante no se consideraba buena compañía para Cora o las empleadas. Intentó no pensar en la visita de Belle, en las cosas que se vio obligada a echarle en cara, hasta que se quedó dormida encima del volante y solo despertó porque Leopold llegó con la señora Mills en el coche e hizo ruido al abrir la verja. Ya había oscurecido completamente.
Salió del coche, lo cerró y caminó por la calle hasta ver a Regina saliendo con la ayuda del chófer. Parecían dos imanes que se atraían, una en dirección a la otra, cuando la morena puso un pie fuera del coche y vio a Swan a través de las vallas del jardín. Rápidamente, ella se apoya sola con el bastón y señala con la otra mano en la otra dirección, le dice algo a Leo y él también mirá hacia atrás. Regina sonríe, sin contener la alegría, como si Emma fuera la cereza del pastel en su día de cumpleaños. Emma viene caminando, se para, esperando para entrar, conteniendo una sonrisa, pero en realidad quería echarse a correr y cogerla en brazos. Le quería decir lo feliz que estaba y que nunca una ex novia iba a impedirle entregarse a lo que ella quería proporcionarle. Algo así ocurrió, después de que Leo abriera la verja y ella caminara apresada hasta Regina. Mills dio lo mejor y fue en su dirección, precipitada, torpe, tambaleante y desgarbada, aún así con una alegría inspiradora. Se dieron un abrazo tan fuerte cuando se acercaron que Emma tuvo la sensación de haber esperado por ese momento todo el día, aunque no lo había planeado. Parecía que había pedido un amor hermoso y que este se había materializado para ella hasta el punto de levantar a la señora Mills del suelo.
_ ¡Hola, mi amor!_ dijo la enfermera, sin reserva
Amor era una palabra tan fuerte en el vocabulario de Regina que cada vez que la escuchaba, su corazón se le subía a la boca y no entendía muy bien por qué. Incluso así, Mills miró a Emma, agarró su rostro y le respondió como la otra merecía escuchar
_ ¡Hola, mi amor!_ sonrió hermosamente, y en ese momento Emma perdió el aliento _ ¡Qué sorpresa! Estaba pensando en llamarte para que cenaras conmigo, pero no sabía si ibas a querer a causa del trabajo.
_ Es verdad que estoy exhausta, pero he venido porque necesitaba verte, al menos un ratito.
_ ¿Qué pasa? Parece que quieres llorar _ Regina fue lo suficientemente delicada para hablar bajito.
_ Hoy no ha sido un buen día _ dijo Emma
Cora había mandado preparar el salmón favorito de Regina. Cuando vio a las dos entrar juntas no se sorprendió, echaba de menos a Emma en aquella casa. Le iba a sugerir, de verdad, a su señora que le pidiera a la enfermera que trabajara por más tiempo como cuidadora. Los viejos encantos que Emma ejercía en la vida de las personas. No había nadie a quien no le gustara o no la admirase por la disposición que demostraba. Pero hasta Cora notó el decaído semblante de la rubia. No iba a preguntar. Ya se enteraría otro día, le preguntaría a Regina lo que le había pasado a Emma para estar de esa manera.
_ ¿Esto quiere decir que vamos a tener compañía para cenar?_ preguntó Cora, abriendo la puerta de la casa _ ¿Cómo estás, Emma?
Emma respondió
_ Estoy bien, solo cansada.
_ Sí, Emma cena con nosotros esta noche y si ella quiere, también dormirá aquí_ Regina observa a la rubia que sacude la cabeza.
_ Vale, no es mala idea_ la muchacha sonríe tímidamente
Mientras se acaba de preparar la cena abajo, Regina sugiere que Emma la acompañe a la planta alta. La mujer le enseña el cuarto de los hijos, que permanecía del mismo modo desde la partida de los gemelos. Emma los ve en las fotos de los muebles, son unos niños hermosos. Ella ya los había visto en los retratos de la sala, pero tenía la impresión de sentir como si aún estuvieran vivos a pesar de la tragedia. Regina se sentó en la cama de la hija, palpó el edredón con dibujos de princesas de Disney y esperó a que Emma hiciera lo mismo. Emma se sentó a su lado, agarró su mano y entrelazó los dedos. Se rieron de lo cómodo que parecía todo, sin incluso abrir la boca. Mills todavía sentía curiosidad por saber lo que había sucedido, si podía ayudarla, pero Emma decidió que no quería hablar sobre el tema y usó una disculpa tonta para desviar la conversación.
_ ¿No me vas a decir lo que ha sucedido?_ pregunta la mujer
_ El cuarto de tus hijos no es el lugar apropiado para hablar de cosas tristes. Tengo la certeza que donde quiera que ellos estén, los dos están agradecidos por la madre que han tenido. Fueron muy felices en esta casa, con seguridad.
_ Tengo la misma impresión. Fue una gran batalla interna quedar embarazada. Y cuando lo conseguí, creo que realicé mi sueño. Pensaba que no valía la pena ser tan rica, tener tanta cosa y no tener a quién dejárselo todo_ Regina mira las paredes, el techo, para todas las cosas de sus hijos que tenía alrededor _ Por eso hoy no me incomoda la idea de donar parte de esto.
_ Estás siguiendo a tu corazón_ Emma la abraza y poco después se pone en pie
Regina la acompaña, las dos pasan de un cuarto a otro al final del pasillo. Es el cuarto de Regina, al que entra como una reina debe entrar en cualquier sitio, aunque esté usando un bastón para apoyarse. Deja el cuarto a media luz con los spots del techo. Se quita la bufanda que lleva al cuello y la deja caer en el sillón de la esquina. Emma asiste al baile sin intención de Regina, desde la puerta, sin preocuparse por los caros muebles que tiene alrededor o por el cuadro de un pintor famoso que hay en la pared. Ya no era una novedad para ella que amaba cada gesto. Desde la manera en cómo la lengua mojaba los labios cuando terminaba la frase, la forma cómo pasaba la mano entre los cabellos para arreglarlos. Ella era hermosa hasta quitándose los zapatos, sentándose en la cama para no correr el riesgo de caer. Suspirando mientras se masajea los dedos y la planta del pie. Entonces Emma escoge ayudarla. Se detiene frente a ella y se arrodilla. Emma sabe cómo se hace aquello, tiene manos óptimas para masajes y ya había pensado estudiar estética.
Emma estaba silenciosa, pero no necesitaba hablar para hacerse entendible. Regina dejó que le masajeara los pies. Sentía un gran alivio, porque había caminado todo el día dentro de la tienda y permanecido de pie hablando en una larga reunión con Robin y los patrocinadores. Ingrid le había pedido que no se cansara hasta el punto de que los pies le dolieran, pero Regina era testaruda y se olvidaba con mucha facilidad las advertencias de la fisioterapeuta. A Emma no le importaba si ella había desobedecido alguna orden. Vio cuando Regina suspiró y cerró los ojos para gemir. Y eso fue tan sensual que Emma persistió. Se detuvo y continuó. Regina colocó los brazos y las manos hacia atrás, se agarró y extendió el pie derecho. Estaba experimentando una sensación tan relajante que si quisiera podría echarse. Estaba pensando en hacerlo cuando notó las manos de Emma ascendiendo por debajo de los pantalones. Así sintió sus manos acariciando su piel. Emma acariciaba hacia arriba, desde el talón hacia delante. Sentía aquel extraño hormigueo en el vientre, un deseo de arquearse, de retorcerse y de jadear. Tenía que ser allí, en aquel momento. ¿Por qué no aprovechar ahora que estaban solas, en una cómoda cama, en un cuarto maravilloso? Regina cerró los ojos de nuevo, los abrió y tomó una decisión. Hizo que Emma parara. Se levantó con su ayuda y tambaleó hasta la puerta. ¡Clic! la puerta estaba cerrada con llave y nadie iba a impedirles tener aquel momento.
Mills se giró hacia Emma, fue caminando lentamente hacia ella, como podía sin apoyo. Comenzó desabotonando su propia blusa. Botón por botón. Emma, de pie, ya entendía lo que iba a suceder. Iba a preguntar si era aquello lo que de verdad quería ella, pero no fue preciso. Cuando ella llegó al centro de la habitación, ante la cama enorme y alentadora, Regina ya tenía en la punta de la lengua lo que iba a decir.
_ Vamos a hacer el amor_ no era una petición, tampoco una sugerencia.
Emma miró hacia los pechos de Regina dentro del sujetador lila. Quiso tocarlos, y lo hizo mirando a la mujer a los ojos. Regina tenía la piel más fragante del mundo, era suave, excitante. Emma pasó las manos por encima de los pechos y la atrajo hacia ella para un beso. Ella sabía que no podía ser un beso cualquiera, pero no lo era. Regina tiró de sus labios con sus dientes, Emma agarró su lengua, desencadenando un efecto salvaje. Regina abrió la sudadera mostaza de Emma, se la quitó, sacó la camisa que llevaba debajo y la agarró por la cintura. Estaban calientes, con una fiebre bien común entre personas enamoradas.
Sin perder más tiempo, se ayudan con los pantalones. Con las asillas de los sujetadores. Ya no queda nada. Emma se agacha una segunda vez para quitarle la parte de abajo de la lencería y la mira frente a ella. ¿Por qué es tan bonita? La coge en brazos como si fuera una pluma, la pone en la cama y se sube encima. Las pulsaciones de Regina se aceleran. Quiso tanto que aquel momento sucediera. Soñó tantas veces con aquello y se sentía como un volcán listo para erupcionar. Miró a Emma a la cara, a sus ojos y no negó que estaba muy enamorada de ella, que nunca debió sentirse insegura. Emma es exactamente lo que vio en sus sueños. Sus pechos son discretos y muy delicados. Quiere acariciarlos y lo hace. Mientras, Emma se las ingenia y se encaja entre los muslos de la morena. Nota que Regina está mojada. Se pegan la una a la otra, humedad con humedad. Emma agarra una de las piernas de la morena y Regina ya jadea demasiado como para quejarse de la postura. Emma comienza a moverse hacia Mills, un masaje totalmente sexual. Regina nota su clítoris restregándose con el de Emma, y repite el gesto de la rubia con más vigor. Se restriegan, se mueven con más fuerza. La situación se hace más precipitada y Emma quiere sentirla de otra manera. Ella se desencaja, nota el sudor íntimo de Regina resbalando entre sus muslos y se dirige a su boca, robándole un beso depravado. Regina abre sus manos sobre la espalda de aquella mujer que la estaba volviendo loca, que estaba descendiendo por su piel con su boca, dientes y lengua. Regina huele a miel. Llevaba puesta una loción corporal afrodisíaca. Nota cuando Emma pasa la lengua por sus redondos e hinchados pechos, por su liso abdomen, alrededor de su ombligo, algo encima de su vulva. Gime alto, porque sabe que nadie las iba a escuchar. Está en éxtasis, más excitada que en toda su vida.
Parecía que aquella mujer sabía de verdad conducir la situación. No era como en los baños, era totalmente diferente y mil veces más intenso. Emma descendió un poco más, la agarró por un muslo, la colocó encima de su hombro y la abrió. Regina estaba jadeando, observando todo con una de sus manos en sus cabellos. Ella se mueve, gime tensa y ansiosa por entender a dónde Emma llegaría, y no era a sus pies. El sexo tenía más facetas de las que Regina conocía. Solo una persona como Emma para enseñarle a ella cómo las mujeres podrían ser felices de diversas maneras. La morena se estremece cuando siente el calor de los labios de Emma muy cerca de su pelvis, ella va a besar su vulva. Emma se hunde entre sus muslos, le deja un beso encima del clítoris. Regina se suelta y siente cómo todo su cuerpo entra en combustión. Las manos de Emma se abren en las piernas de la mujer, abriéndolas más. Regina hunde las dos suyas en los cabellos de la amada y la empuja hacia abajo, exigiendo que sea ruda. Y quizás a Swan le haya gustado la idea, pues no quiere juguetear por mucho tiempo. Regina no la deja jugar cuando mueve la pelvis al mismo tiempo. Emma agarra sus muslos, sujetándolos mientras lame la vagina. La señora Mills es como toda mujer, pero no es igual a cualquier mujer. Ella tiene un gusto agridulce, un aroma, gime de una manera que hace que la rubia desee ser inundada. Quiere que Regina moje su barbilla, mandíbula, su rostro. No va a necesitar usar los dedos, en ese momento no tiene por qué usarlos. Regina ya le ha mostrado que no necesita nada más allá de su lengua para ser feliz.
_ ¡Oh! ¡Así, Emma!
Ella tiene la cara girada hacia el brazo que volvió a sus propios cabellos. Regina se removía, empujando la pelvis hacia delante. Cuando Emma volvió a estimular el clítoris con la boca, Regina ya no es capaz de articular nada más. Se dobla tan severamente que necesita sentarse y agarrar la cabeza de la rubia, controlando mientras tiembla y se corre.
Es mucho mejor que en sus sueños. Mucho mejor que cualquier fantasía. Hacer el amor con Emma era muy real y huía de cualquier cosa que había pensado antes. ¿Miedo de que saliera mal? Regina cometió su único error, no haberlo hecho antes, cuando hablaron en aquella atípica mañana. Está temblando de la cabeza a los pies, siendo cubierta de besos y de un cariño sin igual. Quiere dar placer a Emma de la misma manera, pero son tantas sensaciones ahora en su mente. La rubia la recuesta de nuevo, se sube parcialmente sobre ella y descansa sobre su pecho. También está hirviendo y se desahoga en más besos cálidos en la boca. Regina apoya la cabeza en la almohada y recibe los labios de Emma entre los suyos. Echa los cabellos rubios hacia el otro lado y continúan besándose un rato más.
Cora sube las escaleras y se encuentra con la puerta cerrada del final del pasillo. Piensa en llamar a su señora, pero algo hace que pare e intenta escuchar lo que sucede dentro. El ama de llaves consigue escuchar risitas, que juzga atrevidas. Escucha la voz de Regina lánguida, susurros y sonidos chasqueados. Sabía exactamente lo que estaba sucediendo o lo que había acabado de suceder, y por supuesto que no iba a molestar. Cuando bajó, volvió a la cocina y le hizo una señal a Virginia para que metiera de nuevo la bandeja de salmón con alcaparras en el horno.
_ ¿La señora no va a cenar?_ preguntó la empleada
El ama de llaves rodeó la encimera de la cocina.
_ Ahora no. Deja la cena en el horno. Emma y ella están muy ocupadas resolviendo un asunto que no podían aplazar.
