Simplemente amar

Regina se asoma por la ventana para ver el Porsche de Robin aparcado en los primeros puestos destinados a la dirección. Es un coche bonito, rojo frambuesa. Si Daniel estuviera vivo, seguramente le pediría permiso para comprar uno de esos, sin dudas. Al menos, esa era la impresión que Regina tenía de los hermanos Colter. Buenos hombres, pero vanidosos con los placeres materiales. Comienza a verse dentro del coche, sentada en el asiento del conductor, conduciendo el utilitario por la vecina avenida. Regina intenta recordar cuál era la sensación de estar al volante y su corazón, de repente, comienza a dispararse en señal de alerta. ¿Qué estaría mal en lo que estaba pensando? ¿Sería demasiado peligroso coger el volante si apenas estaba caminando correctamente todavía? Sabía que, si quisiera abortar la idea, podría, había contratado a Leopold precisamente para esa función. El hombre, al principio, estaba al servicio de los niños, para llevarlos al colegio, y también estaba a disposición de Cora cuando esta tenía que ir a hacer la compra. Hoy conducía para ella, y aunque lo hacía muy bien, Regina aún se sentía una incompetente por no lograr recordar cómo se conducía un coche. Mills sigue mirando el coche del cuñado y llama a Leopold al móvil, quiere que suba hasta el despacho.

No sabe cuánto tiempo tardó él en llegar a la tienda y mucho menos cuánto tardó en atravesar el local hasta los ascensores. Sin embargo, Leo llamó educadamente antes de entrar como le había indicado la secretaría que estaba fuera. Regina tarda unos segundos más en darse cuenta, pues él carraspera para señalar su llegada.

‒ A su disposición, señora‒ al hablar, Regina sale del trance y lo observa. Casi es un padre para ella con aquellos ralos cabellos plateados peinados hacia atrás. Jamás se negaría a ayudarla si tuviera algún problema

‒ Leo, si le pidiera un favor, ¿cree que me ayudaría?

‒ Claro que sí, señora‒ Leo parece curioso

Regina respira hondo, da dos pasos apoyada en el bastón y habla

‒ ¿Me enseñaría a conducir?

El hombre es cogido de sorpresa. En todos esos años trabajando para la señora Mills y los Colter, él jamás habría esperado escuchar un pedido como ese. Aunque piensa que no es una buena idea, no puede ir en contra de un pedido de la patrona, no cuando se lo está pidiendo de forma tan convencida.

‒ Bien, señora…¡Claro!

Regina conseguía cualquier cosa con aquellos ojos oscuros. Si no era cuando los cerraba demasiado, era cuando los abría mucho y ponía una expresión lo más adorable posible. Leopold había escuchado decir a Cora que el arma más infalible de Regina, aparte de su potente voz, era el color de sus ojos. Ahora él estaba comprobando el sentido de esa teoría, pues sencillamente no podía decirle que no a la patrona, estaba dispuesto a dejar de lado sus quehaceres de la tarde solo para enseñarla.

El coche los esperaba en el sitio designado a la presidencia, pero Leo no empezaría las clases allí. Había una gran avenida en los alrededores y hacia allí la llevó el chofer antes de enseñarle cómo era el coche. Ella mira el salpicadero, hay tantos botones que le hace temer al principio, pero Leopold le jura que conducir un coche automático es muy fácil. Detienen el vehículo, el hombre la mira en el asiento del copiloto, pero hay una duda que le corroe desde que ella le había hecho el pedido.

‒ Señora, ¿puedo hacerle una pregunta antes de empezar?

‒ Sí, por supuesto

‒ ¿Está segura de que desea aprender otra vez a conducir?

Regina comenzaba a dar marcha atrás, pero se le había metido en la cabeza que, de una forma u otra, volvería a sentirse útil. Conducir era la segunda opción, porque la primera ya lo hacia yendo a trabajar a la tienda todos los días.

‒ Leo, no puedo sentirme una inútil, inválida y miedica. Antes de suceder lo que sucedió, nunca nada ni nadie me intimidó. Si hay algo que debo aprovechar de quién yo era, tiene que ser el valor.

Él entiende y le sonríe.

‒ ¿Quiere saber una cosa, señora? Usted era una buena conductora, aunque Daniel creía que corría demasiado. Trabajando en esto desde hace tantos años, sé reconocer cuándo se conduce mal o bien. Va a volver a aprender rápidamente.

‒ Así lo espero‒ dice ella y Leo sale del coche para que ella cambie de lado.

Cierran las puertas, y Regina se pone el cinto. Mira el volante y pone las manos en él. Piensa que algo le va a atravesar la visión en cualquier momento, pero eso no sucede, ni siquiera un recuerdo de cómo funcionaba esto. Leopold, desde su sitio, gira la llave y aprieta el botón de arranque. Regina siente el coche desde otra perspectiva. Ajusta el retrovisor, mira hacia abajo y ve la palanca de cambios. Los coches automáticos son muy prácticos, pero aún no entiende cómo funcionan o simplemente lo ha olvidado como la mayor parte de lo que sabía hacer. Mira a Leopold, aún no se han puesto en marcha.

‒ Bien, señora, ¿ve esa palanca? Es la que permite que el coche camine‒ dice con la paciencia de un santo ‒ Agárrela. Ahora apriete este botón y empuje hasta la letra D.

Regina hace lo que él le dice

‒ ¿Y ahora?

‒ Ahora, posicione su pie izquierdo en el pedal izquierdo. Ese pedal es el freno. Y el de la derecha es el acelerador. Soltando el freno lentamente, el coche comenzará a caminar solo. Acelere donforme la necesidad de velocidad de la carretera. Aquí, al lado del cambio, hay otra palanca, que es el freno de mano. Soltando el freno de mano, el coche está libre para caminar. Cuando aparque, debe desplazar la palanca de cambio a la letra P, y accionar de nuevo el freno de mano.

‒ Creo que entendí‒ es exactamente como él le ha dicho, empujar el freno hacia abajo, soltar el pedal poco a poco para que el coche eche a andar. Finalmente se mueve y el corazón de Regina se le sube a la boca.

Ella se agarra al volante. Está yendo en coche. Está conduciendo. Su pie derecho se apoya en el acelerador y el coche coge algo de velocidad. Ahora ella está entendiendo. Era fácil conducir un coche automático. ¿Cómo se había olvidado de que era así? Se sintió diferente, algo cambió en su interior. No fue ni preciso que Leopold le explicara para qué servían aquellos botones al lado del volante. Lo sabía, siempre lo supo. Solo que había olvidado que cada cosa dentro de aquel vehículo tenía una función. Regina señalizó y entró despacio en la pista principal de la avenida. Leopold dejó que ella experimentase circular entre otros coches, aunque iban muy por debajo de la velocidad mínima en carretera. Algunas personas le pitaban con prisa intentando adelantarla, pero la señora Mills no sabía qué hacer en aquel caso.

‒ ¿Por qué me pitan y me adelantan?

‒ Está yendo muy despacio, señora

‒ ¿No entienden que puedo estar aprendiendo a conducir?

‒ Si le soy sincero, no creo que le importen, señora. ¡Está yendo usted muy bien! Siga. Y si alguien la importuna queriendo adelantarla, solo enséñele el dedo del medio por el retrovisor.

‒ ¿Ah de verdad? ¿Cómo? ¿Así? ‒ Regina muestra el dedo por el espejo del coche y Leopold ríe.

‒ Sí, pero no lo haga cuando sea el coche de la policía, ¿ok?


Todo el mundo sabe quién es la enfermera Emma, que trabaja en la tercera planta del Amber City Hospital. Sin embargo, hoy nadie se para más de dos segundos para saludarla mientras ella pasa de quirófano a la enfermería. Emma acaba de dejar a un paciente en post operatorio, tiene un rato para ir a tomarse un café si quisiera. Pero ella está tras el Dr. Gold que se dispone a enfrentar una larga guardia esa noche. Antes de perderlo hospital adentro y tarde toda su pausa en encontrarlo, lo ve saliendo de la habitación de un paciente que sufre alguna dolencia degenerativa, eso todo lo que ella sabía, pues no era su sector. Le había escuchado decir a Killian que Gold se estaba haciendo responsable del tratamiento a tiempo completo, pues se trataba de un médico y amigo del doctor. Emma no tenía un buen presentimiento con respecto a esa historia, pues conociéndolo como lo conocía, si sufriera una pérdida, sería él quién iba a necesitar tratamiento.

‒ ¡Emma!

La enfermera se acerca a él y le da un beso. Son básicamente de la misma altura, hecho que hace que se vean de igual a igual.

Gold está tranquilo como siempre, el rostro sereno, las manos metidas en los bolsillos del chaleco, una sonrisa agradable en los labios. Quizás le han dado una buena noticia para estar así.

‒ ¿Puedo hablar un momento con usted, doctor?

‒ Déjame adivinar…Es sobre Mills‒ nunca había sido tan asertivo

‒ Sí, es sobre ella. En realidad, necesito un consejo‒ Echan andar por el pasillo como dos buenos amigos. Él siempre tiene tiempo para Emma, siempre ‒ Sabemos que Regina sufrió un accidente y padece un trauma con respecto a su pasado. Infelizmente creo que no va a reaccionar bien cuando los recuerdos vuelvan completamente. Creo que ni con la terapia de Glass va a soportar descubrir lo que sucedió. ¿Qué hago, Gold? ¿Cómo la preparó para cuando ese momento llegue?

Él se detiene cuando ella termina de hablar. Es muy obvio que Emma está preocupada y quiere, a cualquier costo, el bien de la mujer de la que se ha enamorado. Gold no lidiaba con cuestiones psicológicas, pero sabía, por sus estudios, que los traumas desencadenaban nuevos comportamientos o los restringía por completo. Podría decir que Regina jamás recuperaría la memoria, así como decir que se acordaría de todo en cualquier momento. Se detuvieron en el pasillo y se miraron. Gold abre bien los ojos e intenta ser suave en su respuesta.

‒ No pienses en el problema. Piensa en la solución. La mejor solución posible, Emma

‒ ¿De qué habla? ‒ Emma pregunta bajo

‒ Exactamente lo que acabas de escuchar, querida. No focalices tu atención en la peor de las hipótesis. Sé que es una respuesta vaga, pero es lo mejor que puedo decirte en este momento. La mente humana puede reaccionar de mil maneras según las expectativas que le imponemos. Si Regina fuera una mujer ansiosa, va a sufrir anticipadamente, incluso sin saber nada. Soy neurólogo, conozco algunos casos muy serios de amnesia que duraron la vida entera y juro que este es el mejor consejo para alguien que ha perdido la memoria.

‒ ¿Quiere decir que no puedo hacer nada? ¿Es todo cuestión de esperar y de que ella lo descubra sola?‒ Emma desvía la mirada, cruza los brazos y respira hondo. Está sufriendo ‒ Solo que no me gustaría que sufriera.

‒ Entonces imagina que ella es lo bastante fuerte para aguantar lo que sea que haya olvidado. No se trata de tu preocupación, se trata de ella, de cómo va a reaccionar y eso solo ella es quien puede mostrártelo. Si quieres ayudar, demuestra tus sentimientos incondicionalmente. Si pasa algo malo, ella sabrá a quién recurrir. ¿Puedo preguntar qué ha pasado para que estés tan preocupada? Aparentemente, Regina estaba yendo muy bien en la recuperación tras el coma.

‒ Sí. Está yendo bien, pero hay cosas relacionadas con el accidente que sospechamos que son graves. Es algo relacionado con su marido y con los niños. Comenzó a charlar con Glass porque estaba teniendo recuerdos de quién era. Ya no siente que sea aquella mujer que sufrió el accidente, es por eso por lo que me preocupo, Gold. Si sufre con recuerdos como esos, va a ser terrible si descubre cosas peores.

‒ Ahí está, querida…Ella ya pasó por lo peor, nada puede ser cambiado. Ella tiene que lidiar de alguna forma con eso, sea bueno o malo. Es muy bonito que te preocupes por ella, así que demuéstrale que suceda lo que suceda, te tiene. No podemos tener el control de todo, Emma. Te veo caminando por este hospital, cargando en tus espaldas situaciones como si tuvieras la obligación de resolverlas. Siempre te involucras en los dramas de los pacientes. Pasaste un buen tiempo escondiéndote en las historias de los otros para no continuar viviendo en la tuya. ¿Quieres vivir también por Regina? ¿Cómo crees que reaccionarías si estuvieras en su lugar? Tú crees que ella va a sufrir porque te pones en su lugar, y tú sufrirías. Pero si se impresionará o no con los recuerdos solo ella puede decirlo.

Emma suspira, entiende lo que él dice y le da otro beso en la mejilla en agradecimiento. Una idea pasa por su cabeza. Todavía cree que hace muy poco por Regina. Necesita decir de muchas formas que ama a aquella mujer y haberle cambiado las flores días tras días mientras estuvo en coma fue lo mejor que le ha podido suceder en la vida.


Por la noche, en el jardín de la mansión Mills, se había preparado un pequeño ágape con bebidas y derecho a una contemplación nocturna del cielo. Emma y Regina estaban señalando hacia las estrellas, sentadas en lo más alto del terreno, rodeadas de césped y una tienda de campaña en el fondo. La idea fue de la rubia, que solía jugar a acampar cuando era pequeña, pero esa historia tenía muchos capítulos y en algún momento Regina los escucharía todos, si Emma tenía paciencia para contarlos. Miraba hacia el cielo como si fuera la primera vez que contemplaran el espacio, pero era la primera vez que lo hacían juntas, así que el encanto era el mismo. Emma se reía de una constelación, o un conjunto de estrellas que pensaba que eran una, cuya silueta se parecía a un alce. Nunca se había parado a pensar que el cielo era un conglomerado de mensajes subliminales, por eso estaba buscando un conjunto de estrellas que representasen alguna imagen lo bastante parecida a un corazón, o a una rosa o a cualquier cosa que despertara en Regina la misma sensación.

La señora Mills se acuesta en el césped y contempla la noche con tranquilidad. También está buscando una constelación bonita para mostrársela a Emma, pero falla miserablemente. Habían conversado durante bastante tiempo sobre las clases de conducir que Regina estaba teniendo con Leopold y que estaba adorando. Hasta el momento nada de aquellos recuerdos embarazosos con Daniel y los niños, y Emma tenía un motivo para celebrar. Regina estaba bien desde hacía días.

Regina la coge por la camisa y la estrecha en sus brazos, quiere acariciar aquellos cabellos sedosos que casi siempre están recogidos. Quiere olerlos. Quiere besar su rostro y decirle que siempre tiene las mejores ideas. Se miran y se besan lentamente. Es todo perfecto. Regina no quiere estar en ningún otro sitio del mundo que no sea allí con Emma. Sencillamente siente que no puede vivir sin aquella mujer que tiene delante. Amarla era algo tan sencillo y acertado que se sentía muy capaz. No podía mirar a Emma sin decirle que todo con ella tenía sentido. Pero Emma sabia que todo tenía sentido, porque para ella era igual desde que Regina había aparecido. Otro beso y ahora más intenso y la conversación que tendrían no sería sobre las constelaciones que veían una en los ojos de la otra. Iban a hablar de todo, menos de las estrellas, por más bonito que estuviera el cielo esa noche.

‒ Estás tan bonita cuando sonríes así…‒ dice Regina y Emma sonríe aún más

‒ Dices esto porque no te ves como yo te veo‒ Emma le susurra ‒ Creo que haber pensado en acampar contigo hoy ha sido la mejor idea que he tenido. No voy a aguantar mucho tiempo mirándote así. Te voy a llevar adentro de la tienda y no respondo por mí al cerrarla.

‒ Recuerda que me debes aún aquel día por la mañana. Fue hace unos tres días, lo sé, pero parece una eternidad. Me gustas tú, cómo me conduces cuando hacemos el amor‒ dice Regina mirándola ‒ No logro dejar de pensar en nosotras después de noches como aquella. Siempre quiero llegar pronto a casa, quiero escuchar tu voz y cuando vienes es como si no necesitara nada más para vivir.

‒ También yo me siento así, ¿sabes? Killian me dijo que pienso en ti sin pensar en ti‒ Emma apoya la cabeza en su propia mano y el codo en el césped. Ella mira a Regina desde una cómoda posición, logrando acariciarla donde quiera‒ Me acostumbré a ti aquellos días en el hospital. Después me contrataste y sencillamente no tuve elección. Tengo que admitir que me enamoré de ti desde el día en que abriste los ojos ante mí en el hospital.

‒ Pensé que te gustaba desde antes, pero no me importa cuándo fue que te enamoraste o cuándo te diste cuenta de que sentías lo mismo que yo.

‒ Me gusta pensar que fue antes, aunque sé que abriste los ojos gracias a mí. Verte abriendo los ojos delante de mí fue como ver salir el sol. Raro, único, lo más hermoso del mundo. Necesitaba con fuerza sentir aquella sensación de euforia de nuevo. Fuiste tú quien me trajiste. Déjame decirte que eres la mujer más hermosa del mundo. Quiero continuar sintiendo el sol naciendo dentro de mí, quiero quedarme contigo para siempre. Quiero amarte para siempre.

Regina siente una alegría tan grande que se asusta al notar su propio pecho latiendo tan aceleradamente. Atrae a Emma hacia ella, por el cuello de la camisa y la besa con segundas y terceras intensiones. Emma había ganado en la disputa de declaraciones de amor aquella noche, y había sido tan linda que había noqueado a la señora Mills con aquel amor eterno que ella prometía. Por más que consiguiera expresar en miles de frases cómo se sentía con respecto a ella, no iba a superar a Emma y su excelente metáfora del sol naciente. De repente, las estrellas del cielo, de ser admiradas pasaron a ser testigos. Regina detiene el beso, y con la mirada le dice que es mejor que entren en la tienda antes de que los grillos y las luciérnagas se junten al cielo, de entrometidos.