Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)
Yo nunca les pediré «llegar a xx votos para publicar el fic de pepito con juanito». No soy ese tipo de escritora ;)
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Capítulo 14 No entiendo (¿quiero entender?)
Proverbios 22:6:
«Instruye al niño en el camino que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él».
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El sol de la mañana reflejaba sus cegadores destellos sobre la superficie cristalina del lago. El aire fresco traía consigo el aroma suave y terroso de los pinos cercanos, creando una atmósfera de paz absoluta.
Todo parecía maravillosamente en calma.
Sentado sobre la suave hierba, Goku sostenía a su pequeño hijo en el regazo, enseñándole los secretos de la pesca. Las diminutas manos de Gohan apenas podían sujetar la caña, por lo que Goku las rodeaba con las suyas, ayudándolo a mantener el equilibrio. El niño, con sus ojos oscuros llenos de curiosidad, observaba el agua como si el mundo entero estuviera contenido en ese instante.
A sus cuatro años, Gohan ya era un niño lleno de sueños y una alegría contagiosa. Su curiosidad innata parecía no tener límites, algo que Chichi había descubierto desde muy temprano. Aunque visto desde afuera podía parecer una madre demasiado estricta, detrás de su firmeza estaba el ardiente anhelo de que su hijo tuviera el mejor futuro posible.
Desde que notó su fascinación por el mundo natural, Chichi comenzó a fomentar su aprendizaje in crescendo. Todo empezó de manera sencilla: se sentaba con él mientras observaba a los pajarillos que se posaban cerca de la casa, o mientras seguía embelesado el recorrido de las hormigas por la hierba. Incluso lo observaba desde lejos en días como aquel en que Gohan usaba su colita para atrapar pequeños peces en el río, aprendiendo sus intrincados diseños, y Goku no podía evitar reírse mientras lo ayudaba a devolverlos al agua, diciendo: «Con eso no calmaríamos ni un octavo de nuestro apetito, ¡pero sigue intentándolo!».
Fue en esos momentos cotidianos cuando Chichi, siempre atenta, comenzó a comprarle libros para alimentar su insaciable curiosidad. Primero fueron textos ilustrados; luego, cuando Gohan aprendió a leer a la sorprendente edad de tres años, pasaron a ser libros más complejos que desafiaban su mente. Chichi lo miraba con orgullo, acariciándole suavemente el rostro mientras le decía:
—Vas a ser un gran investigador, bebé. Recorrerás el mundo y verás con tus propios ojos todo lo que estudias en tus libros.
Gohan le devolvía una sonrisa radiante desde detrás de sus enormes volúmenes, irradiando la felicidad de un niño que se sabía amado y apoyado. Esa dualidad entre la guía académica de Chichi y las enseñanzas prácticas de Goku lo moldearon como un pequeño árbol que crecía recto, fuerte y lleno de promesas para el futuro.
El vaivén del agua llamó la atención de Gohan, rompiendo su concentración. El hilo de la caña se movió apenas, pero ni padre ni hijo hicieron ruido. Goku permanecía en silencio con la paciencia que la pesca requería, consciente de que la espera era parte del proceso. Sin embargo, el momento fue interrumpido por una pregunta cargada de esa curiosidad infantil que lo hacía único:
—Oye, papito... —su tierna voz flotó en el aire, dulce y tranquila—. ¿Por qué me llamaste Gohan?
Sonriendo, Goku apoyó el mentón en la coronilla de su hijo.
—Ese era el nombre de mi abuelito —le explicó casi en susurros—. Cuando yo era mucho más pequeño que tú, él me encontró y me crio.
—¿De verdad? ¿Y cómo era?
—Hmmm… Muy bueno, amable… También era muy fuerte. Fue mi primer maestro, con él aprendí a pelear. ¡Cocinaba muy bien! —agregó entre risas.
Gohan formó una pequeña «o» con la boca, impresionado por escuchar todo eso de alguien a quien, lamentablemente, nunca podría conocer.
—Él era la persona más importante para tu papá —dijo Goku con una sencillez tan profunda que su mensaje caló hondo en el niño—. Por eso, su nombre ahora es tuyo.
El corazón del pequeño mestizo latió con fuerza. Era todavía un chiquillo, pero su intuición lo ayudó a leer entre líneas el real significado de esas palabras. Henchido de felicidad, empezó a reír con ganas mientras agitaba las piernas.
—No, no, vas a asustar a los peces —dijo Goku, aunque también estaba riendo.
Entonces, una voz femenina retumbó en el bosque, interrumpiendo la pesca:
—¡Goku-sa, es hora de desayunar!
Goku se levantó con energía, como si la mención de la comida barriera por completo con la espera de la pesca. Recogió la caña y la dejó al lado, sobre el pasto.
—¡Vamos, Gohan, mamá nos espera! —exclamó, ya pensando en las delicias que iba a probar.
Se echó al niño sobre los hombros y empezó a avanzar alegremente hacia la casa.
Gohan, aferrado al cabello de su padre para no caer, sonreía. Las palabras de Goku resonaban en su mente. «El más importante», pensaba, sin saber que aquel momento quedaría grabado para siempre en su memoria como uno de los recuerdos más preciados de su infancia.
—¿En qué estás pensando, Gohan? —la voz de Trunks lo sacó abruptamente de sus pensamientos, devolviéndolo a la realidad.
Gohan lo miró con una sonrisa suave, sacudiéndose la nostalgia de los recuerdos que lo envolvían momentos antes.
—Nada, disculpa. Solo me estaba acordando de algo —respondió rascándose la nuca, un gesto típico de él (y de Goku) cuando intentaba restar importancia a algo.
—No te distraigas, pequeño príncipe —intervino Kioran mientras estiraba las piernas con una sonrisa arrogante—, o acabaré contigo antes de que te des cuenta.
A unos metros de distancia, tanto Trunks como Kioran seguían calentando antes de empezar a entrenar, mientras Gohan los observaba en silencio. Se preguntó qué expresión tendría su rostro para que el muchacho notara su distracción.
El recuerdo de su padre lo había transportado a un tiempo más simple, cuando las preocupaciones eran diferentes y el mundo parecía menos cruel. A pesar de todo, esos recuerdos eran un refugio para Gohan, un lugar donde sus padres, Piccolo y los demás continuaban vivos en su memoria, protegidos de la erosión del tiempo. En su alma, todos ellos eran definitivamente inmortales.
—Gohan volvió a perderse —musitó Trunks, lo suficientemente alto como para que le oyera.
—Tú solo sabes inventar excusas —se rio la mujer, que no estaba prestando atención.
Gohan sonrió, divertido por el intercambio.
—Estoy esperando a que ustedes terminen de elongar para empezar a entrenar —respondió en broma, mientras se regañaba mentalmente por distraerse otra vez.
—Yo estoy listo desde hace rato, pero la hermana mayor no termina nunca de estirarse —se quejó el chico, lanzándole una mirada de reojo a Kioran.
—¡Eso no es verdad! —protestó ella, fulminándolo con sus ojos encendidos de ira.
Parecían dos niños peleando por cosas triviales, una dinámica habitual que siempre lo hacía sonreír. La pequeña discusión sirvió para que finalmente comenzaran a moverse, lanzando golpes a una velocidad impresionante. El aire se llenó del sonido de los puños impactando y de los pies chocando contra el suelo con fuerza.
El espectáculo era muy interesante. Gohan los observaba con atención, no solo para corregir sus movimientos, sino también porque disfrutaba ver cómo ambos conseguían pequeños progresos con cada sesión. En otras circunstancias, los habría entrenado solo por ayudarlos a ser mejores, pero ahora, ese entrenamiento también tenía un propósito mucho más profundo: prepararlos para enfrentar el futuro.
—Bien hecho, Trunks —comentó, observando cómo el muchacho bloqueaba hábilmente un golpe directo al torso. Kioran sonrió, aunque esta vez su expresión no tenía el habitual tono sarcástico que solía acompañarla.
—Casi me tienes, mocoso —bromeó, lanzando otro golpe que Trunks esquivó por poco.
Ya habían transcurrido unos meses desde que la encontraron moribunda, y Gohan no podía dejar de notar que había cambiado pequeñas cosas de su comportamiento. Sí: aún mantenía una actitud distante y dura, pero su hostilidad había disminuido ligeramente. Eran cambios más bien sutiles, pero él podía notarlos.
Su presencia, además, había tenido un impacto positivo en Trunks. El muchacho era más rápido, más preciso en sus movimientos, si bien aún le faltaba pulir su técnica, ganar experiencia en combate y controlar mejor su transformación en Super Saiyajin. Gohan, como mentor, siempre encontraba la manera de guiarlo, ofreciéndole sugerencias que lo obligaban a pensar de forma analítica, a explorar nuevos métodos para superar sus propios límites.
—No te adelantes tanto —indicó Gohan cuando lo vio realizar un movimiento apresurado—. Aprovecha el ritmo de Kioran y úsalo a tu favor. No necesitas ser más rápido que ella, solo más estratégico.
El chico asintió, ajustando su postura conforme a los consejos de su maestro. Por un breve momento, Kioran lo observó con algo que se asemejaba al respeto, aunque era difícil de notar en su expresión. Ella no admitiría ni con el suero de la verdad que Gohan tenía una habilidad especial para guiar, algo que realmente admiraba… pero muy en el fondo.
Sin embargo, revelar sus pensamientos al mundo era otra historia. Así que, fiel a su estilo, optó por el camino que mejor conocía: la burla.
—Traducción: deberías aprender a pelear con más cabeza —lo provocó, una sonrisa divertida curvando sus labios.
Trunks frunció el ceño, claramente molesto por el comentario, pero antes de que pudiera responder, Gohan intervino:
—Kioran, tú también te desesperas cuando las cosas no salen como quieres, así que ese consejo también te sirve a ti —dijo, con un toque de suspicacia en sus palabras.
El chiquillo se desternilló de la risa, mientras ella lo desintegraba con la mirada. Sabía que tenía razón, pero su orgullo era muy grande como para no dedicarle un gruñido sordo.
Por eso, y porque hace rato que tenía ganas de reclamarle sobre este asunto en particular, espetó:
—Ya está bueno que me hables con tanta formalidad. Cuando dices mi nombre, le das una elegancia que definitivamente no tiene —se quejó, su expresión era de ironía pura—. Usa mi jodido nombre como es y ya. ¿Entendiste?
Él sonrió, un poco avergonzado por la solicitud, pero proponiéndose complacerla desde ese mismo instante si eso ayudaba en algo a seguir predisponiendo una actitud positiva hacia ellos. Acostumbrarse a esta nueva manera le iba a tomar tiempo. Esperaba no equivocarse y provocar alguno de sus estallidos emocionales.
—De acuerdo… Kioran. —Se le hacía muy raro, pero por la mirada satisfecha en sus ojos, confirmó que había tomado la decisión correcta.
El entrenamiento continuó durante un rato más, Gohan ofreciendo consejos y sugerencias mientras Kioran y Trunks intercambiaban golpes. A pesar de que ambos eran hábiles, Gohan siempre encontraba la manera de guiarlos sin necesidad de imponer su superioridad. Era un líder natural, uno que sabía cuándo presionar y cuándo aflojar, manejando la situación con absoluta serenidad.
Kioran había aprendido a apreciar ese enfoque con el tiempo. Ya no discutía tanto las indicaciones de Gohan, y en más de una ocasión, se había sorprendido a sí misma siguiendo sus sugerencias sin refunfuñar.
Sin embargo, eso únicamente aplicaba al entrenamiento.
—Muy bien, es hora de cambiar.
Cuando Gohan decía eso, era porque llegaba el momento de reemplazar a Trunks para entrenarla directamente. El primogénito de Vegeta aprovechaba de descansar y observarlos con atención, pues también era parte de su aprendizaje afinar su capacidad de observación.
Gohan no perdió tiempo. Se lanzó hacia ella con una velocidad impresionante, pero no con la intención de atacarla de inmediato, sino para analizar sus reacciones. Kioran, en su estilo habitual, reaccionó rápidamente con un golpe directo al torso, pero Gohan lo esquivó con facilidad, manteniendo su calma imperturbable.
—No olvides prestar atención a tu postura —comentó mientras se movía con fluidez a su alrededor—, todavía te desequilibras cuando lanzas golpes muy fuertes y dejas abierta tu defensa.
La corrección, hecha con el tono tranquilo y sin juicios de Gohan, habría molestado a Kioran semanas atrás. Pero ahora, aunque apretaba los dientes, sabía que tenía razón. Acomodó su guardia con rapidez, plantando mejor los pies en el suelo antes de lanzarse nuevamente al ataque. Esta vez, decidió variar su enfoque, lanzando una serie de golpes y patadas rápidas para obligar a Gohan a seguirle el ritmo. Y se sintió satisfecha al ver cómo una ligera sonrisa aprobatoria se dibujaba en el rostro de su oponente.
Desde la distancia, Trunks observaba la escena con los ojos bien abiertos, absorto en cada movimiento que intercambiaban. Admiraba el hecho de que ella pudiera mantenerse en pie durante un combate prolongado contra Gohan. Él sabía bien lo extenuante que era enfrentarse a su mentor. A pesar de que Gohan solo entrenaba con ellos en su forma base para equilibrar un poco las cosas, Trunks conocía la abrumadora diferencia de poder existente.
Gohan solo utilizaba la transformación para entrenar en solitario, algo que el muchacho se había cuestionado alguna vez de forma vaga, olvidándolo al poco tiempo al no encontrar una respuesta.
Por todo ello era que le costaba imaginar el verdadero poder de esos androides. Diecisiete y Dieciocho eran monstruos implacables, y si Gohan, siendo el guerrero más fuerte que conocía, aún no lograba derrotar a Diecisiete… Su cerebro deslizaba que, obviamente, menos podría aniquilarlos a los dos.
—Bien —felicitó Gohan a Kioran en ese instante, bloqueando uno de sus ataques—, has ido dejando de lado la fuerza bruta para centrarte en la estrategia, aunque todavía puedes hacerlo mejor. Fíjate en el ritmo del combate. No tienes que atacar todo el tiempo. A veces es mejor observar un poco. La distancia siempre ofrece una buena perspectiva.
Kioran absorbía sus indicaciones, si bien no podía evitar sentir una punzada de irritación al ver cómo Gohan mantenía esa maldita calma en medio del combate. ¿Cómo demonios se las arreglaba para hablarle con tanta serenidad, mientras ella se estaba partiendo el trasero para intentar seguirle el ritmo?
Al terminar el enfrentamiento, Kioran se dobló por la mitad, apoyando las manos sobre sus rodillas y respirando pesadamente mientras intentaba recuperar el aliento. El sudor le caía por la frente, cada músculo de su cuerpo electrificado de cansancio. Y ahí estaba Gohan, solo algo cansado, como si estuviera listo para empezar otro round en cualquier momento.
¡Solo... algo... cansado!
Era inadmisible. La rabia bullía en su interior al ver la diferencia abismal entre ellos. Mientras ella parecía estar al borde de colapsar, Gohan seguía tan campante. ¡Y eso que ni siquiera había utilizado su forma de Super Saiyajin! La idea amenazaba con acabar su salud mental.
No obstante, todo aquello era algo con lo que Kioran podía —más o menos— lidiar. La frustraba, claro, pero conseguía manejarlo. Lo que realmente la tenía al borde de la neurosis era lo difícil que le resultaba relacionarse con él. Y lo peor de todo era que aún no entendía por qué. Era absurdo cómo su paciencia inquebrantable y esa manera de ser tan relajada la desarmaban por completo.
Recordaba una ocasión, no muchos días atrás, en que intentó espantarlo diciéndole que tenía hipo, a ver si por fin se largaba y la dejaba en paz un rato.
Que sí, lo tenía de verdad, pero a él no le importó en lo absoluto, pues con su calma habitual y casi en tono médico, replicó:
—Si te pasa muy seguido, quizás sea porque no masticas bien cuando comes. Si lo hicieras más despacio, podrías evitarlo. Es mejor para la digestión, además...
Y se puso a darle toda una delirante cátedra sobre cómo masticar, cómo tragar, y qué hacer para que no le diera hipo.
«¡Pero me cago en TODO!», rugió Kioran en su interior, hasta que terminó estallando como un volcán.
—¡Estoy harta de ti! —gritó, interrumpiéndolo antes de que pudiera continuar con sus consejos—. ¡Que te den, monje de mierda!
Y así terminó la interacción de ese día.
Kioran se pasó el dorso de la mano por la frente, eliminando el sudor, y lanzó un suspiro cargado de exasperación. Desde su posición, observaba de reojo a Gohan, quien se estiraba con una tranquilidad insultante, como si nada en el mundo pudiera afectarlo.
—Me voy a mi casa, híbrido —gruñó, esperando cortar cualquier intento de conversación antes de que siquiera comenzara—. Adiós.
Gohan, sin embargo, no parecía captar el borde afilado en su voz. En lugar de apartarse, se enderezó para luego acercarse a ella con su habitual sonrisa serena.
—Espera, quería decirte algo antes de que te vayas —pidió, como si no percibiera ni un poco de su mal humor—. Has hecho progresos importantes en estos meses. Creo que es algo que deberías saber.
Kioran bufó y le dio la espalda inmediatamente, comenzando a caminar hacia el borde del claro. No quería ni necesitaba escuchar nada más. El simple hecho de que Gohan fuera tan... amable, tan jodidamente paciente, hacía que cada nervio en su cuerpo se tensara como una cuerda a punto de romperse.
—Pues ya lo dijiste —respondió con brusquedad, acelerando el paso en dirección a su casa cápsula. La idea de una ducha fría y alejarse de ese ambiente la atraía más que nunca.
Gohan, sin embargo, no se desanimó. Aceleró su paso para acomodarse al de ella, manteniendo su ritmo tranquilo y relajado, como si estuviera dando un paseo en vez de seguirla.
—También veo los esfuerzos que haces por preparar bien a Trunks. Estoy agradecido. —Sus palabras, dicha con tanta sinceridad, la hicieron detenerse por un segundo.
«¿Cómo diablos puede ser así todo el tiempo? ¡Me pone enferma!», pensó ella, apretando los puños con frustración contenida. No había manera de molestar a este tipo. Ninguna de sus provocaciones funcionaba. Si le decía algo hiriente, él lo tomaba con naturalidad, sin ofenderse. Si intentaba irritarlo, él simplemente sonreía y la desarmaba con su inocencia y esa inexplicable serenidad que parecía rodearlo. Cada vez, sin importar lo que hiciera, Kioran terminaba sintiéndose ridícula ante él. Y eso la ponía de los nervios.
Sabía perfectamente cómo lidiar con emociones como el enojo, la frustración, el sarcasmo, y especialmente con la violencia. Todas esas cosas formaban parte de su vida. Pero, ¿honestidad? ¿Amabilidad? ¿Preocupación genuina? ¿Cómo se suponía que reaccionara a eso? Gohan parecía ser inmune a cualquier frase que ella lanzara en su dirección.
—¿Siempre tienes que verlo todo con tanto optimismo? —soltó de golpe, frustrada, sin molestarse en voltear a mirarlo. Solo necesitaba descargar un poco su rabia.
—¿Eso es malo? —preguntó Gohan con un toque de diversión en su voz que solo encendió más la frustración de Kioran.
«¡Sí, joder, compórtate como un saiyajin de una vez… maldita sea!», pensó, sintiendo cómo su irritación se disparaba de nuevo, como una chispa que avivaba el fuego. Todo su mal humor chocaba contra esa aplastante y desesperante tranquilidad.
Se detuvo en seco, dándose la vuelta abruptamente con los ojos entrecerrados, buscando algo que pudiera sacarlo de su insoportable estado de serenidad. Necesitaba verlo reaccionar. Como fuera. De cualquier manera. Quería que actuara como lo haría un macho de su raza.
—¡Tú no te das cuenta de lo irritante que eres, tarado! —espetó.
Esperaba ver al menos una señal, un leve cambio en su expresión que indicara que sus palabras lo afectaban, pero nada. Gohan la miraba con la misma expresión amable de siempre; con ese gesto sereno, la cabeza ligeramente ladeada, como si realmente estuviera interesado en entender lo que ella sentía, no para contradecirla, sino para comprender.
—Lo siento si te molesto —respondió entonces, con una honestidad tan genuina que ni siquiera había rastro de sarcasmo o malicia en su tono—, te aseguro que no es mi intención. ¿Qué podría hacer para…?
Esa fue la gota que colmó el vaso.
—¡Agh! —lo interrumpió con un grito, levantando ambas manos bruscamente hacia arriba como si intentara agarrar algo invisible y destrozarlo entre sus dedos—. ¡¿Sabes qué?! ¡Haz lo que quieras! ¡No me importa!
Sin esperar una respuesta le dio la espalda y empezó a flotar unos palmos, dejando atrás cualquier intento de conversación y esa amabilidad asquerosa. Pero justo cuando estaba a punto de desaparecer del todo, lo escuchó canturrear:
—¡Nos vemos mañana! —Con la misma naturalidad de siempre, como si lo que acababa de ocurrir no fuera más que lo normal del día a día.
Kioran apretó los dientes y salió volando disparada, huyendo de su aguda voz antes de perder la paciencia por completo. Era demasiado.
—¿Sabes, Gohan? —Trunks se acercó lentamente a su maestro, con la vista fija en la estela que la mujer había dejado en el cielo al salir volando a toda velocidad—. No entiendo cómo puedes ser tan condescendiente con ella.
Gohan sonrió, con los ojos todavía fijos en el horizonte, en las suaves tonalidades anaranjadas que teñían el cielo al atardecer. El viento fresco le despeinaba suavemente el cabello húmedo, pero en su rostro solo había tranquilidad. Repasó en su mente una serie de graciosas escenas protagonizadas por la guerrera: furiosa, gritando, desafiante, burlona; ansiosa, avergonzada, entusiasmada por algo, gesticulando con las manos como si fueran un respaldo de sus palabras, y su cola, que parecía tener vida y opiniones propias, delatando ante sus ojos lo que realmente pensaba.
De verdad, nadie más que él parecía reparar en la elocuencia de esa cola.
—No la estoy tratando de ninguna forma especial si eso es lo que tratas de decir —respondió tras unos segundos—. Es solo que… hay cosas en ella que no se ven a simple vista, pero están ahí. —Dio unas suaves palmadas en el hombro del muchacho, y lo miró con una expresión llena de sabiduría y comprensión—. Y lo que no se ve a simple vista... eso es lo que realmente importa, Trunks.
Y el aludido, todavía muy joven para entender por completo el significado en esas palabras, no supo cómo interpretar la conversación.
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La Corporación Cápsula albergaba lo que para Bulma era más importante que cualquier cosa, excepto Trunks: su adorado laboratorio de investigación. Allí, la científica derramaba toda su curiosidad al estudiar un sinnúmero de ideas que ocupaban constantemente su cabeza, batallando unas con otras para ganarse su atención completa.
Ese día, quien ganó la batalla fue su curiosidad por conocer más acerca de la morfología de la raza saiyajin. Y, dado que después de tantos años compartía espacio vital con una representante de sangre pura, su entusiasmo alcanzó límites casi insoportables.
—¡Muchas gracias por cumplir tu promesa, Kioran! —exclamó sin ocultar su emoción, mientras ajustaba unos parámetros en la consola principal—. No tienes idea de lo mucho que esto podría ayudar a la ciencia terrícola. Analizar tu biología podría ayudarnos a hacer descubrimientos revolucionarios.
Kioran observaba en silencio, de pie junto a la mesa principal, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en su espalda agitada. No estaba incómoda, sí un tanto desconcertada. Para alguien como ella, acostumbrada a la simplicidad y a la acción directa, todo el despliegue de tecnología y las explicaciones científicas eran como un idioma extranjero.
—No hay problema, señora Bulma. —Un absurdo sonrojo tiñó ligeramente sus mejillas—. De todos modos, no es como que tenga mucho que hacer.
Bulma respondió con una sonrisa, luego señaló hacia una cámara que ocupaba uno de los espacios de su laboratorio. Era un dispositivo cilíndrico con un panel de cristal translúcido que permitía la observación tanto desde dentro como desde afuera.
—Bien, por favor, primero quítate toda la ropa y entra en la cámara —dijo Bulma con un tono práctico, aunque había una chispa de emoción en su voz—. No te preocupes, este sistema no es invasivo. Analizará tu anatomía en detalle, incluyendo órganos internos, músculos y tejidos y, claro, lo que está pasando ahora durante tu ciclo menstrual. —Se inclinó un poco hacia el monitor mientras continuaba—. Además, obtendrá información sobre tu densidad ósea, metabolismo basal, capacidad regenerativa, e incluso detectará la presencia de proteínas específicas que puedan ser únicas de los saiyajin. Todo será completamente automático, y los datos estarán listos en unos minutos.
Kioran, confundida otra vez porque con suerte había entendido la mitad de lo que Bulma le explicaba, asintió en silencio. Para ella, desnudarse no era algo significativo. Había crecido en un entorno donde la modestia no era exactamente una prioridad; además, no creía que su cuerpo tuviera nada particularmente destacable como para provocar semejante fascinación.
Sin decir una palabra más, comenzó a despojarse de su ropa. Primero se quitó la armadura, colocándola con cuidado sobre una silla cercana. Luego, con movimientos metódicos, fue dejando encima cada prenda hasta quedar completamente desnuda. Entonces, ingresó a la cámara sin más. El frío del suelo no le molestaba, y la idea de estar siendo analizada tampoco la perturbaba. Más bien, sentía una ligera curiosidad por lo que Bulma esperaba encontrar en ella. Las similitudes entre terrícolas y saiyajines no podía llamar menos su atención. Lo tomaba como algo muy corriente, pues en el universo estaba lleno de razas símiles y compatibles. ¿Qué tenía de especial su origen?
Una vez dentro, la puerta de cristal se cerró con un suave zumbido. Kioran se quedó quieta en el centro, con los brazos relajados a los costados y la mirada fija en el frente. Los paneles internos comenzaron a iluminarse con suaves destellos, mientras los sensores recorrían su cuerpo de arriba abajo.
Desde la consola, Bulma observaba con atención cada dato que aparecía en las pantallas. La información fluía rápidamente, mostrándole todo, desde la composición de la sangre de Kioran hasta los patrones de su energía vital. Los gráficos de su ciclo hormonal eran particularmente fascinantes, revelando detalles que nunca antes había tenido la oportunidad de estudiar.
—Vaya… —susurró Bulma para sí misma, sus dedos moviéndose rápidamente sobre el teclado. Activó el micrófono para hablarle—. Kioran, tus niveles de energía durante el periodo son asombrosamente altos. ¿Te has sentido con más ánimos desde que empezó?
—Ni idea —respondió en tono aburrido—, me siento igual que siempre. ¿Estás viendo algo útil? —Esta vez, algo de curiosidad genuina se filtró en su pregunta.
—Bueno, puede que no directamente, pero nos ayudará a comprender mejor la conexión entre la genética saiyajin y su capacidad de adaptación.
Los datos siguieron fluyendo con rapidez por la pantalla del monitor principal, desplegando gráficos y líneas de texto que Bulma examinaba con mirada experta. La máquina, diseñada específicamente para análisis biológicos de alta precisión, era capaz de procesar hasta los detalles más minuciosos del cuerpo de Kioran.
Mientras leía los resultados preliminares, una línea en particular llamó su atención. Sus ojos se entrecerraron, enfocándose en el gráfico que mostraba la estructura y funciones de su sistema reproductivo. Bulma ya sabía que ella y las terrícolas compartían los mismos órganos, las mismas funciones hormonales; incluso los patrones de su ciclo eran increíblemente similares. No podía ser de otra manera en razas que eran compatibles para la reproducción
Sin embargo, unas pequeñas diferencias destacaron. Había ligeras variaciones en la composición celular de sus órganos que, al menos según la máquina, podrían indicar una incompatibilidad sutil pero significativa con el material genético humano. Bulma enarcó una ceja, apoyando una mano en su mentón mientras repasaba las líneas de datos.
—Hmmm… interesante… —murmuró para sí misma, más intrigada que preocupada.
Esa diferencia, aunque aparentemente menor, podría explicar una cuestión que nunca se había planteado antes: la misma situación, pero vista al revés. «Quizás por eso Vegeta y yo tuvimos a Trunks tan rápido», pensó, recordando cómo quedó embarazada casi al tiempo de que sus encuentros con el príncipe saiyajin comenzaran.
Eso debía significar que los machos saiyajines eran sorprendentemente fértiles al reproducirse con hembras terrícolas, al contrario de machos terrícolas con hembras saiyajines. Sorprendente, sin duda, aunque los datos no eran concluyentes. No podía asegurarlo sin un análisis más profundo, y desde luego, necesitaría más tiempo para procesarlo todo.
Bulma se giró en su silla para observar a Kioran. El movimiento ondulante de su cola la hizo recordar tiempos que parecían tan lejanos como un sueño; Goku y ella, intrépidos adolescentes que viajaban por el mundo buscando las Dragon Balls, enfrentándose a peligros increíbles, encontrando nuevos amigos en cada viaje, viviendo aventuras que ningún terrícola habría logrado imaginar.
En esos años, Bulma había pensado que Goku era un extraterrestre por la brutal fuerza que poseía más que por tener cola. ¡Nunca habría esperado confirmar sus sospechas años después, gracias a la aparición de Raditz!
Se echó a reír sin poder evitarlo, y Kioran le devolvió una mirada confusa desde dentro de la cámara. Sonriendo, presionó el botón de comunicación.
—Perdona, estaba recordando… —Se interrumpió por un instante, luego continuó—. Estaba recordando al papá de Gohan, Goku. Era mi mejor amigo. Siempre tenía esa alegría que hacía que todo pareciera menos complicado. —Sonrió con tristeza antes de añadir—: Gohan me lo recuerda a veces, ¡son físicamente idénticos! Y a la vez, tan diferentes. Gohan es… más tranquilo, más reflexivo. Pero cuando sonríe, es como ver a Goku.
Kioran no dijo nada, pero alzó ligeramente las cejas, captando el cambio en la conversación. Bulma siguió hablando, como si necesitara expresar esos pensamientos en voz alta.
—La mamá de Gohan, Chichi, me pidió que cuidara de él meses antes de morir. —Su voz se suavizó aún más, cargada de un cariño evidente—. Creo que lo sabía… tenía el presentimiento de que no iba a vivir mucho más. Esos malditos androides acabaron con ella y con el abuelo de Gohan… Siempre he pensado que lo hicieron por diversión, para provocarlo. Por favor, no le comentes lo que te estoy diciendo, son conclusiones mías.
La guerrera asintió, no muy segura de si Bulma notó el gesto.
—Chichi era una mujer increíble. No la supe apreciar hasta que tuve a Trunks. Antes creía que era demasiado rígida… que no dejaba a Gohan hacer lo que él quería… Y resultó ser todo lo contrario: Chichi lo conocía tan bien, que sabía exactamente lo que necesitaba. Cuando ella falleció… —Tragó saliva, la nostalgia pasándole la cuenta. Carraspeó y cambió de idea, ajustando unos parámetros que no necesitaban cambios—. Adoro a Gohan como si también fuera mío. Chichi sabía lo que hacía.
Kioran bajó la mirada, incapaz de ocultar lo mucho que esa historia la afectaba.
—Trunks se empeña en ser como él —continuó Bulma, volviendo a cambiar de idea—. Sé que lo imita, y por eso no dejo de pensar en el día en que se enfrente a esos androides. Es igual a Vegeta… igual de terco, orgulloso… Gohan se ha encargado de ayudarme con su crianza, por suerte, porque gracias a él Trunks es un poco más criterioso. —Sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro largo—. Pero me aterra. No importa lo fuerte que sea, siempre será mi pequeño hijo.
La guerrera se mordía la boca con fuerza. Tenía muchas ganas de contarle que no había razón para preocuparse porque Trunks sería alguien muy importante en el futuro… y no podía. No podía decirle nada.
Las reglas de la Patrulla del Tiempo se le hicieron insoportables en ese preciso momento.
Un suave pitido resonó desde la consola, devolviendo a ambas mujeres al presente. La máquina había finalizado el análisis completo, y los datos estaban listos para ser revisados.
—¡Perfecto! —exclamó Bulma, decidida a dejar la densa conversación atrás.
Los datos se desplegaron en la pantalla, un flujo ininterrumpido de gráficos, porcentajes y líneas de texto. Su conclusión preliminar había sido acertada: la biología de Kioran era increíblemente similar a la de una mujer humana, coincidiendo en más de un 98% de sus funciones y estructuras biológicas.
Sin embargo, las diferencias, aunque mínimas, eran fascinantes. La densidad muscular de Kioran era notablemente superior, lo que explicaba su increíble fuerza. Su metabolismo también operaba a un ritmo más acelerado, permitiéndole procesar nutrientes y recuperarse del esfuerzo físico con una eficiencia que superaba ampliamente a la humana. También había variaciones en los niveles de ciertas proteínas y en la resistencia celular, lo que, unido a su capacidad regenerativa superior, confirmaba lo que ya sospechaban: los saiyajin estaban biológicamente diseñados para soportar condiciones extremas y sanar rápidamente.
Sin embargo, lo que realmente marcaba la mayor diferencia entre ella y la especie humana estaba en aquel apéndice ondulante: según los datos, la base de la cola albergaba una glándula fotorreceptora especializada, sensible a la luz lunar observada a través de sus ojos y reflejada en una longitud de onda específica. Esta glándula parecía estar directamente conectada al sistema nervioso central y a un conjunto único de genes saiyajin dormidos, que solo se activaban bajo ciertas condiciones lumínicas. Además, sus células presentaban una flexibilidad genética extraordinaria, lo que permitía una transformación masiva en tamaño y fuerza cuando estos genes eran estimulados. Bulma quedó impresionada al comprobar que esta capacidad de metamorfosis no solo era una característica evolutiva brillante, sino también un proceso biológico perfectamente adaptado a las necesidades de supervivencia que los saiyajin debieron desarrollar para sobrevivir.
Bulma se reclinó en su silla, satisfecha por lo que había descubierto hasta ahora. Con un rápido movimiento, activó el micrófono.
—¡Kioran! —llamó con entusiasmo, su voz resonando suavemente dentro del espacio cerrado—. Ya hemos terminado. Puedes vestirte.
Dentro de la cámara, Kioran se movió con agilidad. Salió del compartimiento, estirándose brevemente antes de recoger su ropa y su armadura. Se vistió en cuestión de segundos.
—¿Entonces valió la pena el experimento? —preguntó mientras se afanaba ajustando las hombreras.
Bulma se giró hacia ella con una sonrisa amplia.
—¡Definitivamente! —exclamó—. Esto no solo confirmó cosas que ya sospechaba, sino que también me dio mucha información nueva.
—No es gran cosa —respondió con un leve encogimiento de hombros, aunque una leve sombra de rubor apareció en sus mejillas—. Si esto sirve para algo, me alegra haber ayudado.
Bulma se levantó, dirigiéndose hacia ella con una expresión algo más seria, aunque sin perder la calidez de su sonrisa.
—Hay algo que quería pedirte. —Se detuvo un momento, como si eligiera cuidadosamente sus palabras—. ¿Te molestaría si comparto estos resultados con algunos colegas de un laboratorio en el que confío? Son personas de confianza y podrían sacar más conclusiones de lo que he encontrado.
Kioran la observó por un instante, meditando la petición. Aunque no entendía completamente las implicaciones de compartir esos datos, confiaba en Bulma. Aun así, levantó un dedo en un gesto de advertencia.
—De acuerdo, pero solo con una condición: que no me usen como conejillo de indias ni me hagan preguntas raras.
Bulma soltó una risa ligera, asintiendo con entusiasmo.
—¡Hecho! Solo se trata de estudiar los datos y nada más.
—Bien, no hay problema.
Con el asunto aclarado, Bulma se acercó a su consola para guardar los resultados en un archivo protegido, mientras Kioran cruzaba los brazos, observándola con cierta curiosidad.
Entonces, luego de calzarse un nuevo cigarrillo en la boca, la científica habló en voz baja, como si compartiera algo privado con ella, aunque estaban completamente solas.
—Mientras revisaba los resultados, noté algo… Parece que tienes un pequeño dispositivo cerca del útero. —Le mostró una pequeña imagen en una de las pantallas—. ¿Es algún tipo de sistema para evitar embarazos?
Kioran asintió con la cabeza.
—El equipo médico del ejército del Gr… de Freezer —se corrigió rodando los ojos hacia las alturas, ya que todavía le costaba quitarse el apodo «Gran» de la cabeza— lo instalaba a todas las hembras, sin importar la raza. Decían que era obligatorio. —Su tono era plano, como si intentara restarle importancia a un tema que en realidad le resultaba incómodo.
Bulma ladeó la cabeza, claramente intrigada.
—¿Por qué?
—Escuché rumores de que empezaron a hacerlo después de que el planeta Vegeta estalló… o más bien, después de que Freezer lo destruyó. Todo estaba bajo control de Freezer, incluso eso.
El laboratorio quedó en silencio mientras Kioran hablaba, su voz oscilando entre la apatía y la resignación, como si esa parte de su historia fuera tan normal que no mereciera mayor reflexión. Pero, aunque su rostro permanecía estoico, su mente había tomado un giro inesperado.
Sin proponérselo, recordó la insistencia de Raditz cuando cumplió dieciocho años. Había sido insoportable, molestándola día y noche hasta que accedió a instalarse el dispositivo. «Más te vale no parir un crío bastardo», le había dicho con esa brutalidad que siempre lo caracterizó, su tono lleno de desprecio y falsa autoridad. El infeliz no se olvidaba de su estúpido momento con Nappa…
Sin embargo, ese recuerdo no se quedó allí. Su mente, casi como en un reflejo, viajó a Trunks, su Trunks. Recordó cómo solía pensar en él, en su fuerza, en la forma en que se observaban al enfrentarse en los entrenamientos, cómo había llegado a fantasear con aparearse con él. Pero incluso entonces, nunca había considerado la idea de tener hijos.
Un detalle la sobresaltó: llevaba varios días sin pensar en él. No sabía cuántos exactamente, pero lo cierto era que había estado demasiado ocupada últimamente para hacerlo…
Mientras Kioran se sumía en sus reflexiones, Bulma, al otro lado del laboratorio, estaba demasiado concentrada en sus propios pensamientos como para notar el cambio en su expresión. La científica no podía quitarse de la cabeza el dispositivo que había visto en el análisis. Su diseño era increíblemente pequeño y eficiente, tan avanzado que la tecnología terrícola palidecía en comparación. «Si pudiera replicar algo así…», pensó emocionada, tamborileando los dedos contra la mesa.
La idea era emocionante. Si lograba trabajar con el laboratorio que investigaba la enfermedad del corazón de Goku, tal vez podrían desarrollar un método anticonceptivo revolucionario para las mujeres terrícolas. Seguro que sería un avance monumental en la ciencia médica. Bulma ya podía sentir cómo su mente bullía con nuevas ideas.
Volvió la vista hacia Kioran, sonriendo a todo lo ancho de su boca.
—Muchas gracias de nuevo —pronunció con alegría, rompiendo el silencio.
Kioran, aunque todavía algo perdida en sus pensamientos, levantó la mirada y asintió con un leve movimiento de cabeza. Su rostro se veía ligeramente arrebolado.
—No hay por qué, señora Bulma… —respondió en voz baja.
Se quedó un momento más, vacilando entre seguir allí o irse, hasta que optó por la segunda opción: con un gesto vago de despedida, se dirigió hacia la puerta y salió del laboratorio.
Bulma recostó la espalda con fuerza contra el respaldo de su silla, exhalando el humo de su última calada lentamente mientras volvía a concentrarse en la pantalla frente a ella. Había tanto por descubrir aún…
.
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El día transcurría con la misma rutina que Kioran ya comenzaba a reconocer, aunque con reticencia, como su nueva normalidad. Desde que despertó en ese mundo, el tiempo parecía fluir con un patrón similar, algo que habría considerado insoportable tiempo atrás. Sin embargo, ahora era simplemente parte de su vida.
En la mañana, desayunaba junto a los otros en la Corporación Cápsula. Bulma les esperaba siempre con la mesa llena de alimentos. Kioran intentaba mantenerse fiel a su estilo, limitándose a masticar y echar fuera uno que otro comentario sarcástico de vez en cuando… pero las conversaciones solían ser muy animadas, un hecho que desgastaba poco a poco su resistencia.
Unas cuantas veces a la semana, en vez de entrenar, el grupo visitaba algunos refugios cercanos, llevando suministros de comida y medicinas a los sobrevivientes. Era una tarea que Gohan y Trunks realizaban regularmente, y en la que Kioran se integró a regañadientes, más que nada para no quedarse mirando a la pared vacía de su casa cápsula. Siempre encontraba una excusa para quejarse, desde verse obligada a soportar conversaciones absurdas hasta el tiempo que les tomaba recorrer los refugios, pero no dejaba de ayudar. Había algo en esas visitas que la hacía sentir útil de una manera diferente a la lucha y el combate, un secreto que pensaba llevarse a la tumba.
Los almuerzos llegaban como una pausa necesaria. Había algo reconfortante en esos momentos compartidos, aunque los comentarios burlones de Trunks o la serenidad de Gohan terminaban por sacarla de quicio… poco a poco con menos frecuencia.
Por la tarde, el entrenamiento tomaba protagonismo. El claro al que siempre iban se llenaba de sonidos de golpes, exclamaciones de todo tipo y ocasionales risas socarronas. Trunks y Kioran intercambiaban movimientos mientras Gohan supervisaba, ofreciendo correcciones y consejos que ella intentaba no responder con quejas. Verdaderamente lo intentaba.
No siempre lo conseguía.
Luego cambiaban; Gohan entrenaba directamente a Kioran, para terminar la jornada con Trunks.
Las cenas eran algo en lo que la guerrera no solía participar. Siempre comía alguna cosa recalentada al interior de su casa cápsula —había logrado llegar a una especie de acuerdo con su microondas: si le calentaba bien la comida, ella no lo destruía—, u optaba por cazar algún animal y asarlo, lo único que ella entendía por cocinar. Para Kioran, eran momentos a solas muy necesarios… momentos que, con el correr del tiempo, le parecían menos atractivos.
Así pasaban los días, cada uno muy similar al anterior, cada comida, cada entrenamiento, cada intento de Kioran por ser menos borde, ignorando por completo que Gohan notaba sus esfuerzos y los apreciaba en completo silencio.
Aquella tarde, el entrenamiento había acabado poco rato atrás. Kioran se mantuvo apartada en un rincón, secándose el sudor del rostro entre pesados jadeos, y sin proponérselo se quedó mirando a Gohan, estudiando la manera en que se relacionaba con aquel «pequeño príncipe». La conexión entre ellos era innegable, y no podía atribuirla únicamente a la relación de maestro y aprendiz; era mucho más que eso: era un vínculo fraternal irrompible. Recordó la conversación con Bulma semanas atrás en la cámara donde analizó su morfología, lo que le contó acerca de la mamá del híbrido, de cómo este ayudó en la crianza de Trunks…
Trunks, todavía sentado en el suelo, reía por algo que Gohan le había dicho mientras trataba de regular su respiración. Gohan lo observaba con una expresión que oscilaba entre el orgullo y el afecto. Era imposible ignorar que, para él, Trunks era su hermano menor. Así de sencillo. Así de complejo…
La saiyajin sintió una punzada en el pecho. Pensaba que estaba sintiendo envidia de ese vínculo, si bien no se trataba exactamente de eso sino más bien de anhelo mezclado con melancolía, pues jamás había experimentado una conexión de ese tipo con nadie, ni siquiera con su Trunks, la persona a quien más le había permitido acercarse hasta ese minuto. La soledad había sido su única compañera durante tanto tiempo que ahora, al ver algo tan cálido, no podía evitar sentirse como un ente aparte, una extranjera que no debía mezclarse con ellos de ningún modo.
Sin querer, recordó cómo su Trunks había hablado de Gohan con un respeto casi reverencial, cómo sus ojos se iluminaban al mencionar su nombre. En su minuto, Kioran deseó comprender por qué lo admiraba tanto, y ese día, después de meses relacionándose con él, creyó encontrar la respuesta.
«Lo entiendo», pensó con un nudo en la garganta. «Creo… parece que puedo entenderlo».
Mientras los observaba, una pregunta silenciosa empezó a formarse en su mente: ¿cómo sería compartir un lazo así con una persona? ¿Algo que ni el tiempo, ni la distancia, ni el universo pudieran romper?
Cerró los ojos con fuerza, intentando quitarse la idea de la cabeza, pero esta se aferró con tenacidad, arrastrándola hacia un pensamiento que no estaba preparada para enfrentar: quizás estaba sintiendo tanta curiosidad por culpa de Gohan; o, mejor dicho, por culpa de la imagen que su Trunks había creado sobre él, pintándolo casi como un ser divino, como la mejor persona que había existido nunca.
El pensamiento la sacudió, y su cola, que había permanecido enroscada en torno a su cintura, se agitó con un ligero espasmo. ¿Qué demonios estaba pensando? Era ridículo. Gohan era el tipo más desesperadamente aburrido que había conocido. Pero, aun así, no podía negar lo evidente: tenía algo. Algo que hacía que la gente gravitara hacia él. Algo que... ella misma no podía evitar, aunque la enfureciera.
Dejó escapar un gruñido entre frustrado y exasperado que resonó en el silencio del claro. A la distancia, Trunks levantó la cabeza, parpadeando confundido mientras miraba en dirección a Kioran.
—¿Qué le pasa ahora? —murmuró, girándose hacia Gohan con una ceja levantada.
Este ya se había volteado para verla. Sus ojos reflejaron un toque de curiosidad y preocupación.
—Ni idea. ¿Y si vas a preguntarle?
Trunks soltó una risa breve al tiempo que negaba con la cabeza.
—No, gracias. Prefiero seguir vivo.
Gohan sonrió, sin dejar de observarla. Parecía distante, casi melancólica, algo inusual para alguien que siempre estaba alerta y lista para replicar cualquier comentario con su lengua mordaz.
Ladeó la cabeza, estudiándola con una curiosidad pasiva. No era primera vez que la veía así después de un entrenamiento. Siempre había algo en Kioran que lo descolocaba. Era extraña, y cada día parecía ponerse más extraña aún. Pero no de una manera molesta; más bien, esa excentricidad la hacía… peculiar.
Se pasó la mano por el cabello húmedo de sudor. En los escasos momentos en que descuidaba un poco la muralla que había construido para aislarse del resto de los mortales, Gohan lograba notar más detalles sobre ella; su postura soberbia para entrenar con Trunks que ocultaba un naciente orgullo, sus ligeros sonrojos respetuosos al comunicarse con Bulma, el brillo confuso en sus orbes de obsidiana cuando le insultaba a él de alguna manera, como si en realidad buscara decirle algo diferente a lo que salía de su boca… Era como si estuviese constantemente en guerra consigo misma y con el mundo. Gohan no podía evitar preguntarse por qué. ¿Qué le había pasado para que sintiera la necesidad de mantener a todos a distancia? No era una pregunta que pudiera hacerle directamente, claro, pero el pensamiento seguía rondándole la cabeza.
Kioran, consciente del escrutinio de Gohan, evitó devolverle la mirada. En lugar de eso, se levantó bruscamente y empezó a caminar hacia el bosque, dejando que la sombra de los árboles la envolviera. Su frustración seguía ardiendo dentro de ella, pero no sabía cómo manejarla.
Los dejó atrás, a esos dos mestizos ridículos, pero el eco de la conexión que compartían no dejó de resonar en su interior. Y mientras se adentraba en el bosque, se preguntó si algún día podría experimentar lo que significaba realmente pertenecer a algo… o a alguien.
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N. de la A.:
¡Bienvenidos, mis queridos lectores, a nuestra actualización semanal! Os quiero, os amo, os adoro. ¡Gracias por sus votos, comentarios, y por mantener esta humilde historia en el top!
Para este capítulo, quería resaltar a Chichi y Bulma. Chichi, en su incomprendido papel como mamá de Gohan, es un personaje que me encanta. De Bulma nada que decir, es una científica en un mundo apocalíptico que intenta marcar diferencia por todos los medios, pero, además, su amor por Trunks y también por Gohan definen sus interacciones con ellos.
Las adoro, jajaja.
Y hoy en nuestra increíble (XD) sección «Si este fic tuviera japoñol» tenemos que…
- Gohan ha dejado de llamar a Kioran con honorífico (Kioran-san), para llamarla directamente por su nombre a petición de ella. Se me ocurrió escribirlo de esa forma como para justificarlo en español, que no hace taaaanto sentido, pero se entiende la idea. El idioma japonés tiene unas peculiaridades que, al menos en fics de anime, creo importante destacar.
Gohan siempre utiliza honoríficos para dirigirse a los demás. Es muy respetuoso, y que Kioran le pidiera que la llamara sin honorífico es muy raro para él, se sale de lo que está acostumbrado, pero decide complacerla porque de esa forma puede seguir integrándola todavía más al grupo que han formado. Después se acostumbra, pero el primer mes fue muy raro, jajaja.
Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!
Nos vemos en el siguiente…
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
