XIII

Caminando de un lado a otro en la gran sala de audiencias del castillo Higurashi, Sota no podía evitar sentirse nervioso. Su mañana había comenzado con normalidad, había estado sentado en el comedor compartiendo el desayuno con su madre cuando un sirviente de su abuelo le informó que requería su gran presencia en aquel gran salón.

—Terminarás desgastando el suelo como no te tranquilices, mi cielo —la voz de su madre se coló entre el nido de paja que se había convertido su mente—, ¿por qué estás tan inquieto?

—El fuereño y sus escoltas que llegaron esta mañana vienen a nombre del rey, se lo dijo a mi abuelo él cuando ambos lo recibimos en las puertas del dominio—le respondió a la mujer de mediana edad y cabello castaño que, sentada en su sitio correspondiente en la mesa principal de la sala de audiencias, con una mirada tranquila, trataba de transmitirle la misma sensación—. Y ha exigido un encuentro privado.

—¿Crees que se trate de algo malo? —preguntó su madre sin alterar su temple.

—Si no lo fuera, hubiera aceptado esperar a la audiencia pública que se hará esta tarde después de la fiesta de la pisa de la uva —le respondió volviendo, sin que se diera cuenta, a caminar de un rincón a otro dentro del vacío salón—. Pero reiteró que tenía que ser en privado.

Por primera vez vio a su madre cambiar su semblante, evidenciando su nueva preocupación—. Solo espero que su majestad, el rey, se encuentre bien. También tu tía Irasue.

Sota se mordió los labios tratando de apaciguar su propia consternación, era ese precisamente una de sus inquietudes, ¿qué otra cosa podría ser tan urgente y tan secreta que involucrara tanto al rey como a los Higurashi? Sin decir otra palabra, se subió al estrado donde la larga mesa principal miraba de frente al resto de la sala, buscó su lugar, justo al lado derecho de la silla más grande y con adornos más llamativos y se sentó en silencio.

No pasó mucho tiempo cuando escuchó las dos grandes puertas de roble abrirse para dar paso a una pequeña comitiva encabezada por su abuelo quien, a lado de su invitado, parecían tener una conversación de lo más animada.

—¡Ah, Naomi, estás también aquí!, qué bien, qué bien —saludó su abuelo cuando los vio a ambos sentados en sus respectivos sitios de honor—. Sir Royakan, le presentó a mi nuera, Lady Naomi Higurashi.

El hombre de complexión ancha y espesa barba castaña hizo una reverencia solemne ante el estrado—. Mi señora, estoy a sus órdenes.

—Es un gusto tenerle aquí, señor —Sota vio a su madre responder con educación—. Por favor acepte nuestra invitación a disfrutar del festival de la viña después de esta audiencia.

—Será un honor, lady Higurashi —respondió el fuereño manteniendo el protocolo.

—Espero que la presencia de mi familia en esta reunión no le incomode, Sir Royakan —Sota escuchó a su abuelo justificar la presencia de él y su madre al tiempo que caminó hasta el estrado y se sentó en la silla principal—. Pero para mi es importante que mi nieto, futuro señor de la viña, aprenda a hacer frente a situaciones como esta y, con respecto a mi nuera, no hay consejo que más valore que el suyo.

Sir Royakan, tan alto y robusto como era, simplemente sonrió y se encogió de hombros—. Una postura muy entendible, mi señor.

—Y bien —El hombre más joven en aquella reunión contuvo la respiración cuando su abuelo con un gesto amable de su mano invitó al fuereño a colocarse frente al estrado para verlos a los tres y, por fin, exponer la razón por la que había llegado a la viña—. No creo que sean necesarios demasiados preámbulos, ¿qué noticias hay en palacio?, ¿en qué puede servir esta vez la casa Higurashi a su majestad?

—Seré muy breve, mi señor —respondió Sir Royakan—, es precisamente ese largo antecedente de lealtad y apoyo incondicional de los Higurashi a los Taisho que su majestad, el rey, se atreve a pedir su respaldo esta vez para unir en matrimonio a Lady Kagome Higurashi con su legítimo heredero, el príncipe InuYasha.

Como si el emisario de su majestad hubiese dicho una sarta de injurias, el silencio de la sala fue frío y cortaba como un cuchillo. Sota, después de recuperarse de la impresión, sintió su sangre arder.

—El ilegítimo del rey —espetó severamente ofendido—, ¿qué burla es esta?

—Sota…—escuchó la voz de su madre susurrando para él, queriendo apaciguar sus ánimos.

—No —se negó a escuchar a su madre—. ¿Cómo se atreve?

—Permítame corregirlo, mi joven señor —Sir Royakan no cambió su temple tranquilo—. Su alteza, a pesar de no ser hijo del matrimonio real, no es ilegítimo. Fue reconocido por su padre.

—Y al hacer eso no sólo insultó a la reina, ¡una Higurashi!, también a todos los miembros de esta casa —respondió Sota al mismo tiempo que dirigió su mirada a su abuelo, quién no había dicho ni una sola palabra pero ahora su semblante no era el apacible de siempre, ahora era duro y serio—. ¡No hay manera en que aceptemos que mi hermana se case con…con ese adulterino!

—Sota —por primera vez en toda la conversación, su abuelo habló, la frialdad con la que le llamó le cortó la piel—. Es suficiente.

No le quedó más remedio que callarse pero, con rabia, se aferró a los brazos de su asiento y apretó la mandíbula.

—Entiendo la inquietud del joven señor, incluso su enojo es justificado —sir Royakan hizo una ligera reverencia que trató de traer de vuelta la paz—, su majestad no ha ignorado la afrenta que le hizo su difunto padre no solo a su esposa, sino a todo el clan Higurashi al engendrar un hijo con Lady Takano pero el derecho al trono del príncipe es innegable y, al ser el único Taisho vivo, se ha vuelto prioridad de su majestad preservar su sangre.

—¿Y por qué ha elegido a mi nieta? —preguntó Lord Higurashi con suspicacia, frunciendo el ceño—. ¿Acaso piensa que esa afrenta de la que habla se puede resarcir ofreciéndonos emparentar con su medio hermano?

El hombre robusto y ojos azules apretó los labios antes de responder—. Su majestad pensó, con gran sabiduría si me permite añadir, en ofrecerles esta propuesta de matrimonio primero a ustedes antes que a cualquier otra familia del reino porque él es un Higurashi, como lo fue también su difunta esposa, su majestad la reina Rin —comenzó explicando las razones del rey, Sota, lejos de entender, se sintió más molesto de escuchar nombrar a la hermana de su padre—. El nombramiento del príncipe InuYasha no se dará sin opositores, por supuesto, pero si los señores de las grandes regiones: el valle y la viña, lo respaldan como su familia, el sur y el norte entenderán que, si quieren mantener las cosas en orden, deberán acatar la voluntad de su majestad.

—Una alianza a través de un matrimonio —resumió Lord Higurashi.

—Reforzar una alianza ya existente, mi Lord —complementó Royakan—. Los Taisho y los Higurashi están destinados a reinar esta tierra uno al lado del otro, no lo olvide.

Su sangre se congeló cuando vio a su abuelo destensar la espalda para recostarla sobre el respaldo de su silla al mismo tiempo que llevó su mano derecha a su mentón. Simplemente no podía creer que estuviera considerando la propuesta. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando su abuelo lo miró fijamente.

—Sir Royakan —escuchó a su abuelo utilizar un tono de voz más afable—. Después de la muerte de mis dos hijos, mi prioridad son mis nietos. Sota será, después de mí, el señor de la viña y, en cuanto a Kagome, deseo para ella no solo un buen arreglo matrimonial, sino un hombre digno de ella.

—El príncipe InuYasha ha sido educado por los preceptores reales e instruido por los mejores maestros de armas del palacio real, además de ser pupilo de Lord Takemaru en el valle estos últimos años —se explicó el emisario—, le garantizo que es un hombre de honor, principios y trabajo duro.

—¿Qué honor puede tener un hombre cuya existencia se debe a la traición y el engaño? —lo dijo sin pensarlo ni un momento, harto de que esto fuera siquiera un tema a considerar.

—Por favor, perdone la soberbia de mi nieto —Sota volvió a callar al escuchar a su abuelo, evidentemente molesto por su insolencia, reprenderlo. Entendió de inmediato que debía enfriar su cabeza, ser el señor del territorio implicaba mucha diplomacia, pero el cariño que sentía por su hermana era un sentimiento difícil de ignorar—, pero, permítame unas cuántas preguntas más, ¿por qué el rey está arreglando este matrimonio para su hermano en lugar para él mismo?, Sé que sería escandaloso que se casase con la sobrina de su difunta esposa pero, ¿no sería más factible que tenga él su propio heredero? ¿Uno del que no tenga que buscar aliados que respalden su legitimidad?

Royakan se aclaró la garganta antes de contestar—. Hay una razón, milord —Sota lo vio voltear su cara para ambos lados de la vacía sala, asegurándose que no había sirvientes que escucharan—. Es un asunto en el que confío su absoluta discreción…

—Los secretos de su majestad están a salvo conmigo y los míos, por supuesto —le aseguró el señor de la viña.

—Nuestro apreciado monarca está pasando por problemas de salud que, me temo, cada día son más notorios y preocupantes…sus médicos no le han dado buenas noticias.

El joven de cabello azabache y ojos oscuros no pudo evitar contener un momento la respiración ante esa revelación.

—¿Sesshomaru está muriendo?

—Eso me temo, mi señor. Por eso es que no hay nadie en quien su majestad confíe más que en su familia, en usted, Lord Higurashi.

—Dime, Sota—su abuelo se dirigió a él después de un profundo silencio—, si fueses tú el Lord de la viña, y aún después de lo que nos ha expuesto nuestro amable invitado, ¿aún rechazarías este arreglo?

Sota prefirió reflexionar un momento en su respuesta.

—Sé que he actuado muy visceral y me disculpo con Sir Royakan por ello —empezó despacio, prácticamente masticando una a una sus palabras—, mi familia es mi prioridad, tal y como he aprendido de mi abuelo, pero, sobre todas las cosas, sé que está por encima el honor y el deber. Nunca le daré la espalda a mi deber, por lo tanto tampoco a mi rey.

Su abuelo le sonrió, complacido por su respuesta. Apartó la mirada de él y ahora miró a su madre.

—¿Y qué piensas tú, querida Naomi?

Sota vio a su madre juntar sus manos, un gesto que hacía cuando estaba nerviosa y respondió quietamente—. No me preocupa el origen de ese muchacho, y sé que a Kagome tampoco le importará porque, después de todo, es el menos culpable de las acciones de sus padres —empezó haciendo gala de la sabiduría que su abuelo tanto le admiraba—. Pero me apena que mi hija no pueda cumplir su ilusión de elegir ella misma a su marido.

—A mí también me entristece, porque hubiese querido cumplirle esa fantasía —la consoló el líder de su familia—. Pero, tal y como lo dijo Sota, el deber es primero.

—El deber es primero —repitieron Sota y su madre.

—Ya hablaremos de todos los pormenores del traslado de mi nieta a la corte para la celebración de su boda, Sir Royakan —retomó Lord Higurashi regresando la mirada hacia su invitado—. Por favor pónganse cómodo en la habitación que ya he ordenado para usted y, como le adelantó mi querida nuera, disfrute como mi invitado de honor de las festividades de la viña.

Sir Royakan dio una última y solemne reverencia—. Mis señores, ha sido un verdadero honor —al erguir su espalda se despidió y se retiró del recinto a un paso firme que hizo eco en las paredes de piedra.

No se dio cuenta, pero contuvo la respiración hasta que el emisario del rey salió de la sala de audiencias y, como si se hubiera quitado un peso de encima, dejó su espalda caer en el respaldo de su silla al tiempo que soltó un pesado suspiro.

—El señor de la viña no debería jamás hablar desde las vísceras, Sota Higurashi —la voz de su abuelo volvía a ser apacible, pero aún se conservaba seria.

—Por favor perdóname, abuelo —se removió en su asiento, incómodo.

—¿Será mejor si mando a llamar a Kagome para que le demos la noticia de una vez? —escuchar a su madre preguntar.

—Si está próxima a casarse, quiere decir que esta es la última vez que podrá participar en la ceremonia de la pisa de la uva —le respondió Lord Higurashi al mismo tiempo que se ponía quietamente de pie—. La mandaremos a llamar unos momentos antes de que inicie la audiencia pública…

En silencio, Sota y su madre también se levantaron de sus lugares y reverenciaron a Lord Higurashi cuando bajó del estrado.

—Ustedes también salgan a disfrutar lo que queda del festival —les aconsejó antes de caminar a la salida del salón—. Después de hoy, las cosas serán definitivamente diferentes…

Sota no pudo evitar sentir como si la lluvia fría le mojara la cabeza. Después de todo, al comprometer a su hermana con aquel bastardo, lo que se avecinaba definitivamente era muy parecido a una tormenta.