(Des)enmascarados
Capítulo 6. Muros se desmoronan
Ella se giró, mirándolo a la cara. Sus negros ojos húmedos pero implacables.
—¿Sabes qué significa esto? —dijo con voz ronca.
Jubal le leyó la mente.
—Sí. Que él va a por todas y que nosotros seguimos adelante —contestó, con un apretado nudo en la garganta.
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El equipo de científica se llevó el paquete junto con todo su contenido para procesarlo, en busca de pistas. Jubal regresó al JOC para intentar trazar con sus analistas la recepción del paquete hasta su origen.
Mientras, el nudo en el estómago de Isobel le impidió terminarse el almuerzo. A duras penas estaba logrando contener dentro lo que ya había comido. Tiró los restos a la papelera. Le temblaban las manos y un sudor frío la hacía estremecerse.
De pronto, no pudo contener más las náuseas; corrió trastabillando al baño anexo a su despacho.
Después de devolver no se encontró mucho mejor.
Ya no podía sentirse segura en ningún sitio. Ni siquiera en el 26 Fed, un maldito edificio del FBI. Tenía el corazón en la garganta y sentía como si fuera a vomitarlo también. Deseaba poder contárselo a Jubal, servirse de su apoyo para recuperar el equilibrio. Pero a una parte de ella le aterraba mostrarse vulnerable con él a ese nivel. No haría otra cosa que convertirse delante de Jubal en un manojo de nervios, tembloroso e inservible. No podía dejar que pasara eso.
Con un esfuerzo, se puso en pie y se enjuagó la boca con un poco de agua del lavabo. Un puñado de pasos inseguros la llevó de regreso hacia su mesa. Logró reunir presencia de ánimo suficiente para, antes de sentarse, cerrar las persianas que daban al resto de la oficina.
Pasó un rato allí simplemente intentando recuperar la calma. Aún notaba la sangre recorriendo atropelladamente sus venas. Buscando una distracción, abrió su portátil y continuó revisando los vídeos de la noche pasada.
Jubal y ella se habían acostado, fingiendo dormir. Isobel ajustó el visionado a varias veces la velocidad y en el video un par de horas pasaron rápidamente, en las que parecía que ambos estaban dormidos.
Entonces, hubo movimiento, e Isobel devolvió la reproducción a su velocidad normal. Se vio a sí misma levantarse con expresión impasible y salir de la habitación. Oh, ahí estaba. El paseo sonámbulo que Jubal le había comentado.
Él tardó un rato en seguirla; cuando lo hizo, al principio pareció que sólo iba a devolverla a la cama. Pero en el pasillo, la Isobel de la pantalla lo abrazó, al principio suavemente.
Y de pronto, se le echó a Jubal encima.
El recuerdo de las sensaciones de su sueño asaltó a Isobel con tal vividez que un rugiente calor se extendió por todo su cuerpo. En las imágenes, estaba presenciando precisamente lo que había soñado. Ella empujándolo contra la pared, besándolo ansiosa.
Con apenas un segundo de vacilación, Jubal correspondió plenamente. Isobel se estremeció con violencia, el deseo consumiendo ahora su carne al tiempo que un sentimiento de traición le estrujaba sin piedad el corazón. Me ha mentido. Otra vez, pensó tan furiosa que le rechinaron los dientes, la garganta estrangulada. En la pantalla, Jubal parecía estar disfrutando de lo lindo. Peor, replicó otra voz interior, fría y cruel. Se ha aprovechado de ti y te ha mentido para ocultarlo.
El comportamiento algo sospechoso de él antes cuando le había hablado de ello ahora cobraba sentido.
Algo estaba quebrándose dentro de ella, cuando el Jubal de la imagen se separó con dificultad y miró a su Isobel a la cara. La revelación en sus ojos y la decepción en su rostro fueron tan sorprendentes como desgarradoras: Jubal había pensado que Isobel se había despertado antes de empezar a besarlo así. Tan manifiesto fue, que Isobel sintió hasta vergüenza de haber espiado aquel momento suyo de cruda vulnerabilidad.
En el vídeo, ella intentaba seguir besándolo, y fue obvio que a Jubal le costó resistirse... pero lo hizo de todos modos. Haciendo una mueca dolida, la cogió por los hombros y la condujo con manos amables de nuevo a la cama, donde la arropó con cuidado.
La ira abandonó repentinamente el cuerpo de Isobel como aire a presión escapando de un tanque hermético qué ha sido perforado. La dejó desinflada y boquiabierta. Los latidos de su corazón habían cambiado tantas veces de ritmo en los últimos minutos que se sentía agotada. Aún le irritaba que Jubal le hubiera mentido, pero el inmenso alivio había avivado inesperadamente su deseo, desplazando todo lo demás. Sin detenerse realmente a pensarlo, Isobel hizo retroceder la grabación y volvió a visionar desde que los dos entraban en el pasillo.
Observó a Jubal devolviendo su primer abrazo; esta vez vio un afecto nada fingido en su gesto. Y no le cupo duda de que fue ella la que lo transformó en algo diferente. Isobel recordó con fruición el sueño que había resultado no ser tal. Según veía lo que ella y Jubal hacían en las imágenes, más detalles sensoriales acudieron a Isobel, lanzando respuestas físicas por toda su piel, La boca de él respondiendo con avidez. Sus grandes manos recorriéndole las caderas y la cintura, el ímpetu de sus besos, el estrecho contacto de sus cuerpos. El innegable deseo del de él. Aquello no fue una simple reacción fisiológica. Isobel se mordió el labio, entrecerrando los ojos.
Terriblemente acalorada, cerró el portátil con un movimiento brusco. Qué vergüenza.
Se abrió un botón de la blusa y se abanicó con uno de los expedientes de su mesa. Bueno, ahora estaba igualmente sin aliento, pero al menos su ataque de ansiedad había desaparecido por un rato.
·~·~·
Desgraciadamente, no duró mucho. El peso de la situación era demasiado grande.
Cuando llegó a su casa con Jubal, Isobel se sentía acosada por un renovado sentimiento de paranoia. Durante el trayecto hasta allí, sentía ojos invisibles observándola por cada tramo de calle que recorrían, en cada esquina que doblaban.
Hacia el exterior, ella logró hacer un magnífico trabajo manteniendo su serenidad, pero Jubal percibía de todos modos que ella no estaba bien. Le había preguntado varias veces, pero se había estrellado contra un frustrante reforzado muro de su reserva.
Tras colgar el abrigo en la entrada, al adentrarse por la casa a oscuras, Isobel apretó los puños. De pronto, sentirse vigilada le puso los nervios de punta.
Miró por encima de su hombro y el recuerdo de David Owen echándosele encima irrumpió en ella con una fuerza inesperada y asfixiante. Aunque sabía perfectamente que Jubal caminaba detrás de ella, eso no impidió que diera un respingo cuando vio su corpulenta silueta recortada contra la luz que entraba por los cristales a ambos lados de la puerta.
Apoyándose en la pared del pasillo, Isobel se rodeó con sus propios brazos.
Encendiendo las luces, Jubal se le acercó, sumamente preocupado.
—¿Estás bien? —preguntó adelantado las manos.
Isobel se encogió rehuyendo su contacto, maldiciendo la debilidad de aquella absurda reacción suya.
—Perfectamente —replicó ella con brusquedad.
No lo estaba. Para cuando llegaron al salón, las manos le temblaban, las náuseas habían regresado y apenas podía respirar.
Jubal la observó consternado. Podía imaginarse por lo que estaba pasando. A decir verdad, él también estaba asustado.
—Isobel —la llamó en voz baja—. ¿Qué te pasa? Cuéntame.
Ella retrocedió sacudiendo la cabeza.
Su rechazo dolió, pero Jubal no podía dejarla sola lidiando con aquello. Acercándose despacio, simplemente la atrajo hacia así y la abrazó. Isobel se quedó rígida al principio, sin comprender sus intenciones. El acosador no estaba conectado en ese momento. Jubal sólo la sostuvo en sus brazos.
—Sssh...
Le acarició la espalda, transmitiéndole su apoyo sin palabras. Poco a poco, la cálida y reconfortante sensación ganó terreno a la frenética inquietud de Isobel. Empezó a relajarse. La desconfianza entre ellos de hacía unas semanas quedó reducida a una leve sombra. Vacilante, ella se rindió a aceptar la solidez emocional que Jubal le ofrecía, y se abrazó a él.
Permanecieron así largo rato, hasta que Isobel recuperó su serenidad.
—¿Mejor? —murmuró Jubal cuando por fin sintió que ella respiraba pausadamente de nuevo.
—Sí... Lo siento.
No debería tener que necesitar a Jubal de esta manera, y se odiaba a sí misma por ello.
—No tienes por qué disculparte. Estoy aquí para ti, ¿vale?
Separándose un poco, Isobel lo miró a la cara con ojos inseguros pero emocionados. El afecto que encontró en la expresión de él fue abrumador. Y el impulso de devolverlo, casi imparable. Acercó su boca, a punto de besarlo. Las respiraciones agitadas de ambos se mezclaron en una sola.
En la furgoneta, sus agentes comprobaban dos veces con las cejas levantadas que el acosador seguía sin haberse conectado.
Luchando tan denodadamente contra la vergüenza de su fragilidad como contra sí misma, Isobel finalmente encontró las fuerzas para apartarse.
—Iré a cambiarme de ropa —murmuró, y se fue huyendo por el pasillo.
Atrás dejó a Jubal, que inclinó abatido la cabeza.
Al regresar al salón, Isobel lo encontró sentado en su sofá, la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo. Estaba muy quieto. La relajación de sus miembros y de su rostro, su respiración lenta y profunda, le indicaron que estaba profundamente dormido. Debía estar agotado tras haberse pasado casi toda la noche anterior en vela.
¿Qué hago contigo?, se preguntó Isobel, sintiéndose desarmada.
Tras unos momentos de duda, se agachó junto a él y le quitó los zapatos con cuidado. Luego lo tumbó sobre su costado con delicadeza. Desdobló la manta que tenía allí cerca y se la puso por encima, para que estuviera más confortable.
Cuando la calidez envolvió a Jubal, se acomodó y se le escapó un gruñidito enternecedor. Isobel se sentó en el filo del sofá estudiando detenidamente sus rasgos, ahora plácidos por el sueño. Sabía que no debía, pero con un suspiro silencioso, alargó la mano y le acarició suavemente la mejilla. Él busco el contacto de manera inconsciente. Algo que no pudo evitar reconocer, se desbordó con una fuerza incontrolada dentro de Isobel. Dejó la mano un poco más, pero al final, temiendo que Jubal se despertara, la retiró.
Inquieta, se levantó y fue a buscar algo que hacer.
·~·~·
—Jubal.
La voz de Isobel y una suave presión en su hombro lo despertaron. Jubal parpadeó, tomando consciencia rápidamente de que se había quedado dormido. Su siguiente pensamiento fue de preocupación por ella.
—¿Estás bien?
Isobel estaba de pie junto al sofá, una expresión críptica en su rostro ocultando con maestría sus emociones, salvo por la levísima curvatura de una de las comisuras de su boca.
—Está todo bien. La cena está lista.
—Oh, OK —respondió Jubal aturdido pero aliviado—. Siento haberme quedado dormido.
Reparó en que, mientras dormía, alguien lo había descalzado y tapado con una manta. Fue a preguntarle a Isobel, pero ella lo interrumpió.
—No pasa nada. Vamos, nos vendrá bien comer algo a los dos. Ve a cambiarte.
—Um... ¿está conectado?
—No.
Eso era preocupante. ¿Quería decir que el acosador había perdido el interés a pesar de la nota? ¿O que quizás estaba a punto de atacar? Jubal decidió que debía estar más alerta.
Cuando volvió al salón, la mesa de comedor ya estaba puesta, la comida servida. Los dos se sentaron, uno frente al otro.
—Mmm... Está muy bueno —comentó Jubal.
Se alegró de ver que Isobel también comía con apetito.
Mientras tanto, ella observaba a Jubal con serena reserva. Hacer algo por otra persona -por él- le había hecho bien. Ahora contaba con más calma, más equilibrio. Y a la vez, lo que sentía se hacía más y más presente, más imposible de ignorar.
Inquieto, Jubal no sabía cómo interpretar aquella mirada escrutadora. No parecía enfadada. Sólo... pensativa.
Intentó centrarse en la misión que tenían asignada. Como siempre, la posible estrategia a seguir le subió las pulsaciones. Tomo aire.
—Me da algo de apuro preguntarlo, pero creo que es mejor que lo planeemos de antemano —dijo Jubal tan neutro como fue capaz—. Si el sospechoso se conecta... aaam... ¿vamos a volver a...?
Su voz se apagó. Aunque intentaba ser profesional, se atascó en aquella palabra. Isobel bajó los ojos, mirando al plato.
—¿Besarnos? Sí, por supuesto. Y con más... entusiasmo, además. —Notó que se ruborizaba. Formaba parte del plan, desde luego, pero una parte de ella estaba deseando -de manera algo cuestionable- que se presentara aquella oportunidad—. Con todo el que podamos ponerle. Tenemos que empujarlo hasta el límite.
No notó cómo se le aceleró la respiración a Jubal. Él se aclaró la garganta.
—Ajá. De acuerdo.
Tratando de derivar la conversación a algo que les permitiera relajarse, Isobel le preguntó a Jubal por su nueva vida viviendo con sus hijos.
—Ah, vivir con adolescentes es un infierno —contestó él—, pero aún así estoy feliz. —Hizo una mueca apurada—. ¿Tiene eso algo de sentido?
—Por supuesto que lo tiene —replicó Isobel con suavidad—. Tyler va a cumplir dieciocho y Abby quince este año, ¿no?
—Eso es. Buena memoria —le reconoció Jubal con uno de sus movimientos de cabeza y un principio de sonrisa—. Tyler se irá a la universidad en otoño, y sólo me quedan con Abby tres años más. —Suspiró, sus hombros hundidos—. Me he perdido tanto...
—Razón de más para aprovechar ahora todo lo que puedas —opinó Isobel sonriendo persuasiva.
Logró invocar en los labios de Jubal una sonrisa plena que llegó hasta sus ojos y los hizo brillar de un modo que la dejó sin aliento. Él asintió convencido, sintiendo como si Isobel hubiera encendido una luz dentro de él.
—Así es.
Se la quedó mirando cautivado, preguntándose si debería o no atreverse a aplicar ese consejo a otras circunstancias, como por ejemplo las presentes...
·~·~·
Después de cenar, Jubal insistió en recoger él, ya que Isobel se había encargado de la cena. Una vez puso en marcha el lavavajillas, volvió al salón para reunirse con ella.
De pie detrás del sofá, Isobel miraba por la ventana, rodeándose el cuerpo con un brazo. Una espesa niebla dibujaba halos difusos y misteriosos alrededor de la luz de las farolas de la calle. Su expresión era nostálgica, como la de anoche estando sonámbula.
Reuniendo algo de valor, Jubal se acercó vacilante a Isobel. Sabía que no debía, pero se inclinó y le dio un suave beso en la mejilla.
—¿Se ha conectado? —susurró Isobel controlando su sorpresa.
Jubal seguía muy cerca. No había sido su pretensión inicial, pero apenas se había separado después.
—No... —respondió avergonzado.
—¿Entonces...? —preguntó ella, girándose hacia él, confusa.
Jubal le dedicó una pequeña sonrisa.
—Sólo quería darte las gracias.
—¿Las gracias? ¿Por qué?
—Por lo de antes. —Hizo un vago gesto hacia el sofá y luego hacia la mesa—. Por la cena. Por lo de hace un momento.
Lo había hecho sentirse apreciado como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Isobel estudió su rostro y tragó saliva.
—No. Gracias a ti.
—¿A mí? ¿Por qué?
Bajando los párpados, Isobel encogió un hombro con timidez, implicando su vulnerabilidad, cómo él la ayudaba a recuperar su fortaleza. Jubal supo lo que quería decir. Se había ido acercando a ella cada vez más, hechizado, aunque sin llegar a tocarla. El aire entre ellos estaba cargado de la clase de estática que no se puede medir.
—No tienes que darme las gracias por eso —murmuró Jubal.
En lugar de retroceder, Isobel alzó la cara hacia él, mirándolo a los ojos.
—Lo sé.
Sabían que no debían, pero salvaron la poca distancia que los separaba y se besaron, con más ternura de la que ninguno querría reconocer.
En la furgoneta, hubo algo más que cejas levantadas.
Jubal le puso la mano en la mejilla con delicadeza, Isobel deslizó las manos por sus costados hacia su espalda. El contacto se prolongó. No era la intención de ninguno de los dos, pero se convirtió en un dulce intercambio, la necesidad en sus corazones de decirse cosas sin palabras demasiado fuerte para resistirlo. No obstante, sobrecogidos por la enorme carga emocional, lo mantuvieron contenido, más tierno que sensual.
Al menos, hasta que el timbre de sus móviles anunció que el asesino se había conectado por fin.
Fue como un pistoletazo de salida. Con sólo un instante de vacilación, Isobel le echó los brazos al cuello, Jubal la estrechó ansioso contra él. Sólo habían estado necesitando un leve empujón. Sin nada que los frenara ya, los dos bebieron los besos del otro con avidez, como si hubieran estado sedientos desde hacía mucho tiempo. No estaba nada lejos de la realidad.
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