Viernes, 24 de julio.

Dennis descendió por la escalera a paso pesado, rostro contrariado a causa de la interrupción de su momento con la Xbox. Sus padres querían hablar en el despacho del señor Atkins, y cuando una reunión de ese calibre era convocada…

Era mejor ir rápido, en silencio y sin altanería.

Lo aceptaba: la había armado bien gorda. Si lo castigaban a base de "trabajos comunitarios" no iba a quejarse. Lo aceptaría como el muchacho decente que era. De cualquier forma, nadie le quitaría la satisfacción de haberle dado su merecido al loco de Joe Dewey.

Su piel aún lucía los moretones y cicatrices de la pelea de unas cuantas noches atrás. La cabeza había dejado de dolerle, aunque los nudillos seguían escociendo a causa de las cicatrices. Se colocaba hielo regularmente en la mejilla izquierda, aunque la inflamación ya casi había desaparecido.

Dennis se enorgullecía de haber golpeado al loco ese. Después de todo, se lo merecía por lo que le había hecho a su mejor amiga. Llevó a cabo su promesa de protegerla de él, y no sentía ningún remordimiento por los puñetazos, el tacle o los rodillazos.

Sin embargo, lo que más le dolía no eran los moretones y las heridas físicas, sino el recuerdo de Chelsea en la sala, una escena que se repetía cada vez que cerraba los ojos.

En su interior luchaba con la duda: ¿debería haberle insistido más a Chelsea para que entendiera? ¿Que lo denunciara? ¿Qué pidiera ayuda?

Después de ese intercambio de palabras, la desesperanza e impotencia se habían asentado en su cuerpo. La vio decaída. Frágil. Apagada. Eso le dolió en lo más profundo del alma, como si su amiga solamente fuese una sombra de su antigua persona.

Él sabía que ella siempre fue especial, con una fortaleza que otros apenas si soñaban tener. Verla hecha añicos, cómo ese infeliz le habia arrancado su esencia, había alimentado la rabia que no sabía cómo contener.

Logró doblegarle el brazo y se quedó a dormir esa noche, pero mientras yacía en el confortable sofá no podía parar de pensar en los ojos femeninos. Lo atormentaba el hecho de que ya no tenían vida.

«Ese hijo de puta le quitó el brillo que poco a poco construimos. ¿Es que se puede ser tan ruin?» Y eso que él había roto su corazón para salvar el pellejo de ambos, ni siquiera después de eso su bella mirada había sufrido tanto.

La chica parecía muerta en vida. Aquel recuerdo le devolvió el nudo en la garganta. Y la furia más primitiva posible.

Pese a todo lo que pasó, Chelsea se había recompuesto un poco. Físicamente ya no tenía marcas, no obstante, internamente estaba terriblemente vapuleada. Había conseguido que le enviara algunos mensajes en los días subsiguientes, y su forma de escribir le confirmaba exactamente lo que temía.

Ya no había mensajes que le hicieran sonreír, sino monosílabos o escuetas confirmaciones de que estaba sana y salva.

No necesitaba que le confesase que estaba muy asustada, tampoco ser un genio de la intuición para darse cuenta. Su voz, explayada en mensajes de audio, lo denotaba; que solo saliese para hacer las compras o ir al trabajo, y responder llamados telefónicos únicamente de sus padres o de él volvía el asunto muy obvio.

«¿Cómo una persona puede hacerle tanto daño a otra que dice amar? ¿Cómo puede tener el puñetero estómago de pegarle a una mujer? —pensó—. Es que no lo comprendo, tampoco entiendo qué tan enfermo tiene que estar de la cabeza para hacer todo eso sin pestañear.»

Chelsea viviría prisionera de ese bastardo y de lo que hiciera o no, y de solo pensarlo le bullía la sangre. Joe tenía que ser encerrado en un calabozo, era un peligro para la sociedad y para su exnovia.

Si Dewey se atrevía a algo más lo mataría con sus propias manos, sin siquiera pensárselo dos veces. Pero… eso no solucionaría la bomba que ese bastardo había dejado en Chelsea. No le devolvería su antiguo ser.

Sin embargo, era un precio que estaba dispuesto a pagar. Si había alguien que mereciese ser libre en el podrido mundo en el que vivían, esa era ella. Incluso si aniquilar a Dewey no podía devolverle la paz por completo, al menos estaría conforme de que podría darle una oportunidad de vivir sin temor.

Sería el mejor regalo posible después de haberle roto el corazón.

Llegó a la primera planta y se dirigió hacia la derecha por los pasillos con decoración minimalista. Paredes blancas, suelos de madera oscuro y contados muebles que combinaban. Nunca lo reconocería abiertamente, pero la decoradora que contrató su madre había hecho un desastre.

Se paró delante de la puerta del despacho, la mano sobre el frío pomo plateado y la mente zumbante; la suave brisa del aire acondicionado centralizado le recorrió la nuca, no pudo reprimir un escalofrío.

No era de creer en esas tonterías del sexto sentido y cosas similares, sin embargo, en ese momento un pensamiento cruzó por su cabeza: "todo irá de mal en peor".

«Ojalá no sea así. No hice nada malo.» Anunció su llegada. El señor Atkins le permitió ingresar con su grave voz.

Un lugar oscuro, de paredes azules y muebles elegantes; Douglas permaneció tras el bello escritorio de madera y paneles tallados, manos cruzadas sobre la superficie, la mirada clavada en él. Su madre esperaba mirando por el ventanal tras él, jugueteaba con las vaporosas cortinas blancas.

La sala olía a madera vieja, cigarros y coñac; el den de Douglas Atkins. Su sala predilecta en la enorme casa de dos plantas.

Un lugar que ni él ni su hermano tenían permitido entrar cuando niños, ya que su padre mantenía todo allí impecable, con la precisión y el orden de un militar. Douglas siempre decía que sus medallas, banderas conmemorativas y las insignias de su batallón eran para admirar, no para tocar. Cruzar esa puerta sin autorización era como invadir terreno sagrado, y las consecuencias siempre eran severas.

El maduro hombre tenía el entrecejo fruncido, los labios levemente curvados hacia abajo y la piel pálida: estaba furioso. Su cabello rubio blanquecino permanecía impoluto peinado hacia atrás, una brillante capa de gel lo acomodaba. Vestía una camisa blanca desabrochada en el cuello, pantalones vaqueros y zapatos casuales.

Dennis pensó que le faltaba vestir el traje de gala del ejército, bien planchado y almidonado, para enfrentarse a una corte marcial.

Un portátil plateado emitía la suave voz del noticiario de la tarde, con las voces femeninas que comentaban "preocupadas por la juventud" una noticia en especí panelistas (o como Douglas prefería llamarlos: "parásitos") se mostraban de acuerdo con aquellas palabras.

Por suerte era un medio local… o eso creía él.

—Siéntate, por favor —dijo el hombre, señalando el sillón frente al escritorio—. Quiero conversar algunos inconvenientes contigo.

Obedeció; el mullido cuero oscuro rechinó al sentir el contacto de su cuerpo. El aroma del sillón favorito de su abuelo lo envolvió, de alto respaldo y los apoyabrazos gastados. Era una reliquia de principios del siglo XX. Posó sus manos sobre el regazo, tobillos cruzados y rostro expectante.

Su madre se apartó de su sitio y eligió colocarse detrás de su marido, su mano suavemente posada sobre la cima del respaldo. Lucía una expresión cansada y angustiada, su camisa blanca con las mangas enrolladas tenía algunas arrugas; el cabello recogido en una pequeña coleta sobre la nuca, sus vaqueros claros tipo pitillo le daban una expresión juvenil.

El hombre carraspeó la garganta, se acomodó las mangas de su camisa y suspiró lentamente. Negaba con la cabeza cuando giró el ordenador, las imágenes ilustradas sorprendieron a Dennis.

Era él, golpeando a Dewey en el piso; a continuación, Joe se lo quitaba de encima con un golpe en el pómulo y se levantaba. Continuaba la trifulca con la asistencia de sus amigos; pasaron la misma secuencia, pero desde otro ángulo y menos claridad de imagen.

Gritos, silbidos y vítores entre su brutal combate. Se repetían en bucle hasta que l imagen retornaba a los comentaristas. «Oh, diablos. Me lié una buena…»

Por lo menos el video se cortaba cuando la cámara giraba hacia un lado, lo que él intuyó como el final del video. Tragó saliva, procurando que su fachada no revelase el terror en su interior.

—¿Vas a decir algo en tu favor? —dijo Douglas—. Porque esto será mostrado en un rato por la CNN, o eso dijeron mis contactos en la cadena, y llegará en menos de lo que canta un gallo a la televisión nacional.

Eligió callar. Mordió sus labios sin apartar la mirada de la pantalla.

—Se que parece extremo, papá, pero tiene una buena razón. Ese chico estaba agrediendo a Chelsea y no podía dejar que lo hiciera. Las cosas se salieron un poco de control y…

—¿Un poco? —Su padre enarcó las cejas—. ¿A eso le llamas un poco, Dennis Nicholas?

—No, bueno, es bastante más serio y…

—Parecías un poseso, hijo, y ahora resulta que debo hacer una declaración a los medios respecto a que mi hijo menor golpeó a otro muchacho. También me llamó el abogado de la madre de ese chico, amenazando con emprender acciones legales y públicas si no resolvemos esto cuanto antes.

» Es una tragedia lo que hiciste, una completa locura. No solo te has puesto en peligro a ti y a otras personas, sino que has marcado el apellido Atkins. Esto es algo que nunca espere de uno de mis hijos, y mucho menos de alguien que fue enseñado a actuar con la cabeza fría.

—Hice lo que creí correcto en ese momento, papá, y no quería ver a mi mejor amiga siendo víctima de ese psicópata.

—No, Dennis. —Resopló su padre—. Sea lo que haya hecho con esa chica, por tu actitud tenemos un enorme problema entre manos. Nos deja muy mal parados frente a la sociedad. El hijo de un héroe del Cáucaso, que busca el voto de los estadounidenses, batiéndose a puñetazos con otro chico por una…

Eleanor puso una mano en el hombro de su marido y lo apretó con fuerza. Douglas apretó los labios y entrelazó los dedos sobre la superficie, después de calmar la respiración.

«Mi amiga es violentada por el desquiciado de Dewey y a él lo único que le importa son los números de su campaña —pensó un Dennis dolido—. Esa no es la verdadera actitud de un solado, él lo sabe bien.»

—Lo que tu padre quiere decir, hijo, es que estamos muy preocupados por este comportamiento —rectificó la rubia mujer—. Entendemos porqué lo hiciste, pero no compartimos los métodos. Si lo que dices es cierto, esto es algo que escapa a tus competencias y las nuestras. Chelsea tiene que ir corriendo a la policía, no aguardar a que la asistas.

—Ella ya lo sabe, pero él no la deja en paz. —Negó suavemente—. El padrastro de ese chico es policía, y eso le da poder para hacer lo que le vaya en gana.

—¿Y los padres de Chelsea? Emily y Parker no tolerarían este tipo de comportamientos sobre su hija menor. ¿Ellos saben lo que sucede?

Guardó silencio unos segundos. No tenía idea, Chelsea nunca fue muy clara al respecto. Solo decía que ellos se mostraron muy disgustados cuando se emancipó y acabó viviendo con él dos meses después, también que no quería molestar a su madre (una mujer de carácter fuerte) con sus problemas. Tampoco deseaba que por Joe Dewey la forzaran a vivir nuevamente bajo el mismo techo.

El rubio joven soltó un sonoro bufido.

—No lo sé, mamá. No puedo decirlo a ciencia cierta.

—Sea como fuere, lo que hiciste es inaceptable, Dennis. —El hombre de mediana edad hacía énfasis con sus manos—. No solo afecta a nuestra familia, sino que pone en peligro todo lo que hemos trabajado y por lo que yo he luchado. Es inadmisible que tus emociones te dominen de esa forma, te hace falta sería disciplina y templanza.

—Douglas…

El aludido miró sobre su hombro unos instantes.

—Si, Ellie, lo voy a decir. —Volvió su atención a su hijo, habló con brutalidad y firmeza—. Esa chica es un problema, Dennis. Un problema que afecta tu juicio y que puede arrastrar a ti y a tu familia al caos. Tienes que comprender que alguien así no debe desviarte de lo que es clave para nosotros.

Dennis se atragantó con la saliva.

—¿Un problema? ¿Chelsea? —Levantó las manos en protesta—. ¡Es mi mejor amiga desde el primer año de la secundaria!

—Lo que escuchaste. Llama la atención de formas incorrectas, y te aseguro que te afectará a largo plazo tenerla cerca. Quiero que te alejes de ella, por tu bien y el de tu familia.

—No, no lo haré. —Señaló la pantalla—. No puedes hacerme esto por un vídeo donde la defiendo. Hago exactamente lo que tú siempre me enseñaste: cuidar a las mujeres, respetarlas.

» Él no lo hace, nunca lo hizo. La lástima, la golpea ¿y debo alejarme? ¿Dejarla sola? —Un nudo le apretaba la garganta— Tu no estabas ahí, no viste lo mismo que yo. No sabes lo que le pasa cuando él está cerca.

Pese a todo, Douglas redobló la apuesta:

—En eso tienes razón, Dennis. No estaba allí, por eso mismo me mantendré escéptico. No digo que no le haya sucedido nada, pero a esa chica la persiguen las malas noticias y no quiero que tú seas parte de eso.

» Lamento decírtelo así, pero lo que hago lo hago por tu bien. —Se puso de pie, rodeó el escritorio y se cruzó de brazos—. Quiero darte una vida ejemplar, una vida digna. Si ordenarte que te mantengas lejos es el precio que pagar para tu futuro, que así sea.

Los orbes zafiros de Dennis desafiaron al adulto.

—¿Y si no quiero?

Douglas se mantuvo impertérrito.

—Irás derecho al ejército. Quiero hacer esto por las buenas, darte la oportunidad de enderezar tu vida y ser un ciudadano ejemplar. Darte a elegir si pretendes volverte un malandra o un verdadero hombre.

Puso una mano sobre su hombro; el contacto repugnó al chico.

» Conozco la gente correcta y tengo los medios necesarios para inscribirte, sin intermediarios. Hago esto por tu bien, así como mi padre lo hizo por mí. Mira donde me trajo. —Abrió los brazos, triunfal—. A conseguir grandísimas cosas, a una vida digna a la que muchos solo pueden soñar. No te mentiré: fue duro ayiornarme, pero cada sacrificio me forjó y me trajo grandes recompensas.

» Quiero lo mismo para ti. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras desperdicias todo tu potencial.

Dennis buscó el apoyo de su madre, pero solo encontró un asentimiento lento y resignado. Bajó la cabeza con pena y derrota.

—Por favor, papá…

—Es mi última palabra. Considéralo como una advertencia final. Se que puedes enorgullecerme y a los tuyos también. Hazlo por mí y por el "equipo Atkins".

Agachó la cabeza, derrotado.

—Si, papá. Tratare de hacerlo bien.

—Gracias, hijo. Me gusta que cooperes. —Palmeó el hombro del joven—. Tienes una chance más a tu favor. Haz algo productivo: busca estudios o trabajo. Demuéstrame lo que yo ya sé: que eres capaz. — Señaló hacia la salida con gesto vago—. Puedes irte, te veré en la cena.

Dicho esto, volvió tras el escritorio y cerró la tapa del portátil. Eleanor y Dennis salieron, la mujer se dirigió hacia su propia oficina luego de darle un apretón del hombro derecho.

Solo, en medio del pasillo y con el corazón en un puño, sorbió por la nariz cuando los ojos se le anegaron en lágrimas.

Llorar empeoraría todo. Mordía sus uñas para refugiarse de las imperiosas lágrimas.

«A Devin siempre le dejan hacer lo que quieren, no es justo.» Su hermano mayor realmente era un caso de estudio. Apenas si se había decidido a trabajar junto a su padre y ya tenía carta blanca.

Él, por el contrario, debía aceptar su autoritarismo draconiano y dejar de lado a Chelsea. Ya había resignado su felicidad romántica junto a ella, ¿qué más le arrebataría el "equipo Atkins"?

Subió hacia su habitación, apesadumbrado. Su hermano escuchaba música con la puerta abierta, sentado frente a su escritorio y con las manos sobre el teclado. Parecía contento de hacer lo que estuviese haciendo.

Ambos intercambiaron miradas un momento. Devin lucía tranquilo, mientras que Dennis luchaba por mantener la compostura.

—¿Ya terminó tu "intervención"? —inquirió sin malicia, aunque a su hermano le cayó fatal—. Me comentó esta mañana que lo haría. Tienes suerte, quería colgarte de las cejas. Mamá y yo lo convencimos de lo contrario, D.

El rubio muchacho quiso arrojarle uno de los feos adornos minimalistas, pero se contuvo a duras penas.

—¿Suerte? Yo no la tengo. Eso te corresponde a ti.

Sin permitirle derecho a réplica, fue directo a su habitación y cerró tras de sí. Echó el pestillo, apagó la consola y enmudeció el teléfono.

Se echó sobre la mullida cama, un cover cuadrillé oscuro abrazó su cuerpo. Hundió el rostro sobre los almohadones azules y con inscripciones de futbol americano. Dio la espalda a los posters de tenistas famosos, a las paredes celestes y al resto de sus pertenencias.

No quería hablar con nadie, ni ver a nadie ni saber de nadie. Dio rienda suelta a todas las emociones que lo asfixiaban.

Lloró en silencio, sintiéndose atrapado y estúpido por haber hecho lo correcto. ¿Cómo podía ser que haber defendido a su mejor amiga lo hubiera llevado a eso?

«Lo hice por ella y lo volvería a hacer. No me importa lo que papá piense: Chelsea merece ser defendida. Ella lo vale.»

Ser un hombre… ¡Bah! Ser un hombre para él giraba en torno a defender a aquellos a quienes uno quería y amaba, de lo que sea y contra quien sea. Él hizo exactamente eso, sabía que su culpabilidad era nula, y sin embargo su padre aseguraba todo lo opuesto.

Aquello fue lo que más angustia le provocó, saberse apresado por los ideales y ultimátum ajenos le destrozaba el corazón. Amaba a su familia, pero esa vez decidió que preferiría estar solo contra el mundo. Así, su vida sería un poco más fácil.

El dolor en el pecho no cedió hasta bien entrada la tarde. El sol, en un día parcialmente despejado, lentamente caía e ingresaba por la ventana. Las motas de polvo brillaban al ser iluminadas, la puerta de su ropero quedó pintada por el halo naranja.

Rodeado por el perfume fresco y agradable de las sábanas limpias, quedó enfrentado a su pared. Jugueteaba con la etiqueta de uno de sus cojines mientras analizaba su situación actual.

Debería haber luchado un poco más, haber presionado a su papá para que dejase de ser tan… su padre. ¿Por qué no lo había hecho? O, mejor dicho: ¿hubiera cambiado algo?

Odiaba pensarlo, pero enfrentarse abiertamente con su padre acarrearía las mismas consecuencias que atravesaron a su tío Daniel tantísimos años atrás: haber sido "apartado" de la familia Atkins.

Douglas había salido igual a su abuelo en términos de carácter: duro, tosco y con un fuerte sentido del deber. Ambos egresados del ejército nacional con excelentes calificaciones y amor por las reglas. Demostrar individualidad con alguien así era imposible.

Su madre le había comentado una anécdota familiar que escuchó apenas se unió al clan Atkins, respecto a un proceso de intervención similar al suyo, pero con su tío Daniel.

El abuelo Donald lo había obligado a alistarse para no tener un "payaso" en la familia, tácticas similares a las empleadas con su nieto muchos años después. Daniel no cedió y acabó en el ostracismo, vivió solo desde entonces en la costa oeste.

Mientras que su tío enfrentó penurias incontables, Douglas gozó del colchón monetario al salir del ejército y amoldarse al plan familiar. «Y gracias a eso participó en el Cáucaso, en tirar abajo a los malos de Umbrella.»

Pero él no era Douglas, era Dennis. Dieciocho años, un corazón que quería aletear libremente y con sus propios problemas. Era un canalla por destruir corazones ajenos y un cobarde por no haber puesto un límite a su propio padre.

«No quiero ser como él. No puedo ser como él —se lamentó—. ¿Cómo hizo Chelsea para librarse de su propia mamá y sus expectativas? No sé cómo pudo sin perderse en el intento. Pese a Joe, ella siempre fue asombrosamente valiente para enfrentarse a su familia. Yo no tengo esa chispa, mi familia no es como la suya.»

Cerró los ojos. Sus labios temblaron y sus ojos se aguaron. «Yo no puedo presionar como lo hizo ella. Aquí no hay forma de que las cosas cambien solo por pura cabezonería. Los Atkins no te dejan hacer eso. No tengo esa libertad, ni tampoco la merezco.»

Secó una lenta y solitaria lagrimita que cayó por su mejilla. Deseó estar con su amiga, con los dedos enredados en su cabello chocolate y empapado del perfume de su piel. Rodó hasta quedar boca arriba, vista hacia el techo de madera y tirantes verticales.

La añoranza por la piel cremosa y suave de la chica fue demasiado. Cubrió su rostro con las manos, mordió la palma hasta que el dolor lo obligó a detenerse. Era peor que si le hubieran arrancado el corazón.

¿Era la perspectiva del posible enlistamiento al ejército o mantenerse alejado por mucho lo que realmente le pesaba?

«No puedo dejarla sola y no puede quedarse sola. Si no estoy yo para frenar a Dewey, no podrá enfrentarlo.»

Suspiró cansino y finalmente cogió su teléfono celular de la mesa de noche. Eran las seis y veinte de la tarde.

Presionó el botón de inicio y leyó las notificaciones. Más allá de sus amigos bromeando en un grupo privado, encontró algo que lo desconcertó: varias llamadas perdidas de Chelsea, sumado a mensajes en el correo de voz y mensajes de texto.

"D, tenemos que hablar. Cuando veas esto, devuélveme te la maldita llamada". "D, esto es muy serio, llámame por favor". "¡Dennis, hijo de puta!¡Respóndeme de una maldita vez!"

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Ideas, escenarios y voces se agolparon en su cabeza, haciéndole temblar de pies a cabeza. Automáticamente la llamó, con el corazón en un puño.

Temía que Joe se hubiera presentado en la casa y hubiera hecho algo, o tenido un accidente. Si era grave y él no pudo atenderle cuando contaba, nunca se lo perdonaría.

Finalmente, ella respondió.

—¡Chelsea! —exclamó casi en un grito—. ¡Caray! ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?

—D, yo… —Voz quebrada; seguro estaba llorando—. Estoy en casa, necesito que vengas urgente.

—¿Está Joe ahí? ¿Estás bien? —inquirió impulsivo—. ¿Te hizo daño?

—No, no es él. Es otra cosa mucho peor. ¡Ven rápido! Necesito hablar de esto contigo. Es urgente y tiene que ser en persona.

Se sentó sobre el costado de la cama, brazos sobre las rodillas y el rostro desencajado.

—Voy en un segundo, quédate necesitas ayuda con algo, no dudes en pedirla.

—¡Por favor, no tardes!

Colgó y se echó unas viejas zapatillas deportivas encima. Su cuerpo temblaba y las rodillas le fallaban mientras bajaba a las apuradas en dirección al recibidor. Tropezó un par de veces por su atolondramiento, aunque logró mantener la compostura mientras revolvía la caja de llaves para coche.

Mientras rebuscaba las llaves de la Rover, su madre lo vio y se extrañó. La mujer llevaba un pequeño fajo de papeles del trabajo en la mano.

Eleanor posó su zurda sobre el brazo del muchacho al tiempo en que soltaba sus informes sobre la mesita contigua; Dennis soltó un respingo, aferrado a la brillante caja de madera.

—¿Se puede saber qué haces?

—¿Dónde están las llaves de la Rover? Tengo que salir.

—Se la llevó tu padre para ver a su publicista y a su asesor de campaña. —Dennis clavó sus ojos contra los de su madre—. Dios mío, hijo. ¿Qué pasó?

—Chelsea, mamá. —Tenía la boca seca y la frente cubierta de sudor—. Me llamó varias veces, pero no respondí. Cuando se la devolví, rogaba verme en su que necesitaba hablar conmigo en persona y por su tono parece algo grave. Tengo que ir a ayudarla.

La mujer sostuvo sus hombros unos segundos; tenía el rostro contrariado y manos firmes. El corazón del joven dio un vuelco.

—Tu no irás así a ningún lado, ya bastante tuviste por hoy como para conducir alterado y tener un accidente. —El joven se tensó al escucharla—. Vamos juntos, y si Chelsea necesita ayuda extra, estaré allí para ambos. Por las dudas, cuando lleguemos ten el teléfono con el 911 marcado.

Asintió, claramente aliviado; se pusieron en marcha en minutos. La mente del muchacho corría en múltiples direcciones y escenarios, cada uno peor que el otro.

Tenía la garganta ronca y la respiración entrecortada; las mejillas sonrosadas y las bolsas de sus ojos inflamadas por el llanto previo. Sujetaba el apoyabrazos del coche como si su vida dependiera de ello.

La radio emitía su programa de la tarde mientras atravesaban la ciudad, el desodorante de coche le daba dolor de cabeza y náuseas.

Eleanor aparcó frente a la casa de dos pisos y jardines descuidados; antes de que pusiera un alto al motor, su hijo descendió como un rayo y corrió por el camino hacia la vivienda. Aporreó la puerta mientras llamaba a viva voz.

Chelsea abrió segundos después. La desalineada imagen de la joven de ojos ámbar descolocó a su amigo.

Vestía ropa de entrecasa: camiseta raída, shorts de algodón negro y unos calcetines cortos. Sus ojos estaban hinchados y las mejillas enrojecidas. Su cabello estaba en una coleta alborotada y descuidada; desprendía un leve hedor a vomito, sus manos estaban gélidas y temblaban.

Preso del temor y la ansiedad, la estrechó contra su pecho mientras acariciaba su espalda. Chelsea se abandonó a su contacto y lloró sin tapujos. Su amiga no pudo hablar por unos minutos, sacudida por la Atkins se apresuró a ingresar, el teléfono estaba firme en su mano.

Dennis inspeccionó con la vista el lugar en búsqueda del bastardo o pruebas de una visita suya; agudizó el oído por si Joe se había escondido y esperaba para sorprenderlo. Solo vio el desorden del ambiente hogareño y el ruido de los perros.

La sala de estar lucía desordenada, el olor a perro y a cigarrillo flotaba en el ía algunas latas de cerveza vacías sobre los muebles, otras aplastadas y algunas sobre el suelo; vio ropa sin doblar sobre los sofás, una fina capa de polvo sobre las superficies.

La casa se veía desatendida, parecía como si las cosas para sus ocupantes se hubieran detenido en el tiempo. Madre e hijo intercambiaron miradas intranquilas.

Dennis la apartó con ó el rostro cariñosamente con las manos, su pulgar acariciaba las mejillas.

—Háblame, dime algo. ¿Qué sucedió?

Ella se aferraba a su camiseta y negaba sin poder hablar. Reprimió un ataque de tos.

—Dios, D. Te juro que hice todo lo posible para no terminar así, maldita sea. —Tosió violentamente—. Perdóname. Chequee cientos de veces y no variaba el resultado y…

—¿Qué, cielo? ¿Qué pasó?

—Estoy embarazada, Dennis. —Un baldazo de agua fría hubiese generado menos impacto que aquella noticia—. Te juro por el amor de mis perros que es me vino el periodo y tengo nauseas desde hace semanas. Debí imaginarlo, pero hasta que no me hice una prueba de embarazo no lo creí.

No supo que decir. Ambos se sostenían la vista en un incómodo silencio. Solo podían escuchar sus respiraciones entrecortadas.

«Tiene que estar bromeando. No puede ser.»

Recordó súbitamente que su madre estaba presente, y con manifiesta vergüenza la miró. Eleanor estaba aún más sorprendida que él.

—Oh, vaya. Eh… ¿Estás segura?

Ella asintió enérgica, señaló hacia la mesa. En la superficie había una caja rectangular de cartón sobre un puñado de revistas viejas. De ella salían múltiples dispositivos.

—Me hice unos cuantos para estar segura. Tiras, electrónicos y de los comunes. Todos dieron positivo. —Fue hacia la mesa, cogió la caja y le tendió las pruebas—. Te juro por Dios que siempre tomé la píldora a rajatabla, nunca la salteé. No entiendo que pudo haber fallado, D.

Sostuvo la evidencia con manos trémulas. Vio las líneas rojas, signos positivos y finalmente la palabra "embarazada". Tenía la boca seca, la mente nublada y no podía hablar.

Recordó que no estaban solos. ¿Cómo explicarle a su atónita madre que se cogía a su mejor amiga desde marzo? ¿Y que la había embarazado? ¿Y que ahora tenían un problema gigantesco entre manos?

Se mordió los labios, su madre se acercó al dúo y le colocó a su hijo una mano en la espalda. Enfrentó su seria mirada como pudo.

—Eh, mamá. Chelsea y yo hemos estado…

—No necesito explicaciones, Dennis. Es lo que es.

Había cierto reproche en su voz, natural en una situación así. No era fácil descubrir de primera mano los dramas del corazón de su hijo menor.

Dennis sostuvo la mano de Chelsea en todo momento.

—Mamá… Te juro que hice lo que…

—Ya, hijo —interrumpió la mujer—. Lo entiendo y no me importa cómo pasó.Lo hecho, hecho está. Ahora tenemos un tema mucho más apremiante del que preocuparnos.

La señora Atkins los miró muy seria: ambos adolescentes se mantuvieron en silencio. Dennis volvió el rostro a su amiga, con pena y decepción.

—Caray, C. Realmente no sé qué decirte.

—No sé qué hacer, Dennis. Tengo miedo y no quiero un bebé, no estoy lista. Creí que podíamos zafarnos de esto, que tomamos todas las precauciones. La gente que tiene sexo no siempre se embaraza.

—Lo sé, lo sé perfectamente. ¿Qué quieres hacer?

Eleanor observó varias veces al dúo y luego intervino.

—¿Le has comentado a alguien más de esto, Chelsea? ¿A tus padres, quizá?

Ella negó con decisión.

—No. No puedo hacerlo, me matarían. —Secó su mejilla con el dorso de la mano—. Estuve llorando todo el día, pensando en lo que vendrá después. No quiero esto, quiero que se termine. Ya bastante con todo lo que pasó en estos últimos días. Si él llega a…

Negó suavemente y se echó a llorar. Dennis se planteó mentalmente el escenario, y dedujo que, si ya estaba cabreado solo por la insinuación de ellos dos juntos, la noticia del embarazo lo volvería loco.

Y eso solo conducía a un camino: espiral de violencia y crimen. No podían permitirlo.

—Es comprensible —dijo Ellie, pragmática—. Me figuro la situación que estás pasando. Ha sucedido mucho en poco tiempo, y esto solo será para peor.

Chelsea asintió, triste.

—No puedo seguir con esto, señora A. No lo quiero ni lo deseo. Solo quiero que esto acabe y poder seguir adelante con mi vida.

Dennis la estrechó contra su cuerpo, mirada en blanco y gesto neutro. Quería absorber parte de su congoja para aligerarle el enorme peso sobre sus hombros, aunque aquello solo era un pensamiento inútil.

Eleanor cruzó sus brazos y analizó la situación en profundidad.

—Entiendo. ¿Cuántas semanas de gestación tienes?

La castaña le arrebató la prueba digital y leyó en voz alta:

—Cuatro a seis semanas según esta cosa. Pensé en comprar pastillas, pero no dispongo de muchos fondos, señora A.

—Nunca te automediques para estas cosas, Chelsea. Se que estás desesperada, pero para situaciones como estas hay que hablar con profesionales. —Eleanor se acercó y sostuvo las manos—. Estamos a tiempo según la justicia nacional, no te preocupes. Puedo hablar con la gente en la clínica y analizar qué hacer, siempre manteniendo la confidencialidad.

—¿Será muy costoso?

—Correrá por mi cuenta, no te preocupes por eso —le aseguró la mujer con una sonrisa. Cambió la mirada hacia su hijo—. ¿Dennis? Esto es importante para los dos, ¿qué opinas?

El muchacho se quedó en silencio por unos segundos, su mirada estaba fija en un punto distante mientras su mente procesaba la situación.

—Estoy de acuerdo. Lo que ella decida se hará, no voy a interferir en eso. —Besó la frente de su amiga—. No estás sola, C. Te dije que siempre estaré a tu lado para protegerte, de él o de cualquier cosa. Estamos juntos en esto.

Chelsea asintió y cerró momentáneamente sus ojos enrojecidos, el enorme peso sobre sus hombros se había levantado un poco. Era reconfortante saber que no estaba sola ni siquiera en eso. Se aferró a su amigo más calmada.

—Gracias, en serio. No sabía que hacer, y dudé mucho si decírtelo o no. Me alegro de haberlo hecho.

Eleanor le infundió ánimos con un apretón suave del hombro. Luego miró a su hijo y le tomó la muñeca.

—Pese a todo, estoy orgullosa de ti por haberme incluido. —Un destello de dureza atravesó sus ojos grises—. Hablaremos mejor en casa.

Dennis asintió y se mordió las uñas. Si bien habían encontrado un común acuerdo sobre cómo proceder respecto al embarazo, temía que la novedad acabe filtrada más allá de aquellas cuatro paredes. La sola idea de que Joe o su padre acabasen enterados le revolvió el estómago.

Si Douglas Atkins llegaba a conocer la información… podría darse por muerto. O enviado al ejército contra su voluntad, que era casi lo mismo. Deseaba apartarse de toda esa situación, sin embargo, no dejaría a su amiga sola ante semejante predicamento.

No era lo que un "hombre" de verdad hacía. Pese al miedo que le carcomía la mente y el cuerpo, aguantaría estoico al lado de su amiga.

«Este día parece nunca acabar, y recién son las siete menos diez —pensó, mientras acariciaba con el pulgar el brazo de su amiga, quien hablaba con su madre—. Ella tomaba la píldora, usé preservativos… y aun así sucedió. Es que no paro de tener buena suerte.»

Por su culpa ahora Chelsea estaba en una posición comprometida, con implicancias que durarían toda una vida. Las noches largas y sudorosas que compartieron acabaron transformándose en la peor de las pesadillas. Y él era responsable por ello.

Se despegó de la castaña cuando su madre la guió hacia la cocina, ambas buscaban alivio en un té de manzanilla. La rubia mujer abrazaba por la cadera a Chelsea mientras recalcaba que todo saldría bien, que no se preocupara ya que estaría bajo su cuidado y ayudaría en todo lo que pudiera.

Dennis las vio desaparecer por el arco de la sala, vociferó que se uniría a ellas después de ir al baño. Dentro del servicio se desmoronó sobre el retrete, hundió su rostro entre las manos y se alborotó el cabello; frustrado, se mordió las uñas mientras dos figuras se presentaron en su mente.

«Madre santa, si Joe llega a enterarse de esto vendrá por mí, pero primero irá por Chelsea y la aniquilará.» Joe no dejaría pasar el hecho de que su ex haya compartido lecho con otro. O estuviese esperando el hijo de otro. Para empeorarlo todo fue con él, de todos los hombres del planeta Tierra.

Ya lo había demostrado días atrás, cuando hizo uso de su violencia física y psicológica. Chelsea no podría aguantarlo, de eso estaba completamente seguro; en su caso, si apenas había salido ileso de su último enfrentamiento. Las novedades del embarazo podrían desatar el temporal incontrolable de violencia que llevaría a Joseph Dewey a extremos inimaginables.

Solo bastaba en dar un paso en falso para que ese desquiciado acabase enterado: debían ser terriblemente cuidadosos y evitar filtraciones o descuidos.

El peligro que representaba ese psicópata lo mantenía en constante alerta, pero no era el único que lo inquietaba. Su padre, la sombra aún más peligrosa que lo acechaba y medía todos sus movimientos; Douglas Atkins, con su severidad militar y firmeza intransigente que no dejaba lugar para las debilidades, era el juez que podría determinar si su propia vida tal como la conocía llegaba a su final.

Si su padre se enteraba del embarazo… La desilusión en su mirada solo sería el comienzo. No habría discursos largos confirmando su culpabilidad, sino una sentencia rápida y definitiva. La espada del Ejército de los Estados Unidos caería sobre su cabeza veloz e implacable, tal como la hoja de una guillotina.

Mordió tan fuerte sus dedos que acabó lastimándose. Ahogó un insulto mientras temblaba y el mundo comenzaba a darle vueltas. Dennis comprendió que su vida estaba a punto de descarrilar hacia cualquier dirección y no podía alcanzar los frenos para detenerse.

Peor era recordar que dentro de su tren estaba su mejor amiga, la persona a quien más quería sobre la faz del planeta y que no podía proteger del daño. A pesar de todas sus promesas de protección, era imposible evitar que saliera malherida.

Ella ya estaba resquebrajada por tanto sufrimiento, y él sostenían el arma que le daría el tiro de gracia para hacerla estallar en mil pedazos. No había forma de resguardarla ni de la violencia de Joe o de la severidad de Douglas.

Era demasiado para un chico de diecisiete años. Sabía sin temor a equivocarse que no estaba a la altura de las circunstancias, que sostenía más de lo que podía sujetar. Era un fraude, un irresponsable y al mismo tiempo una víctima.

«Solo nos salvará un milagro —miró al blanco cielorraso, asustado—. Dios: te pido que nos ayudes a sobrellevar esto.»

Cerró los ojos y se perdió en la maraña de su mente.