A PROPÓSITO DEL FRÍO…
"Los fenómenos físicos son cambios en la materia que no alteran su composición química. Son observables a simple vista y pueden involucrar fuerzas como la gravedad, el calor, la luz, el magnetismo, la electricidad y el sonido". — Google, IA.
QUÍMICA
CAPÍTULO 8. FENÓMENOS FÍSICOS.
Tal como un combatiente en un carruaje de la antigua roma va sujeto al asidero de la protección que llega hasta su cintura, no es convencional, este carro no tiene dos caballos, tiene dos hileras formadas por cuatro caballos cada una, así se imagina Arnold. Arno-taco (Espartaco), va sujeto al respaldo de un par de asientos, no va de pie en un carro de gladiador, tan solo es un espacio de un autobús donde debería haber asientos, y no hay caballos al frente sino personas que sí alcanzaron a tomar lugar. La agitación con la que se conduce el transporte alimenta su fantasía, si estuviera sentado, estaría ahora mismo en algo diferente, como un carrito de montaña rusa o un trineo de "Santa Claus". A su izquierda va Gerald Johanssen de quince años de edad sujeto a unos tubos cercanos a la salida, a su lado va Eugene. Eugene esta vez sí ha tenido suerte porque es el único que va sentado en una banca colocada verticalmente a lo largo del vehículo, con la espalda hacia la ventana.
Se detienen en la siguiente estación, pero ninguno de los tres se baja y además se ganan más pasajeros de los que se pierden. Johanssen se ve obligado a retroceder un poco más, quedando al marco de la salida. Las puertas esta vez no se cierran y el viento helado de invierno colisiona en su cuerpo haciéndolo trastabillar.
— ¡Demonios, qué frío hace! —se queja temblando, no se ha puesto los guantes y los dedos que se aferran a los tubos de metal se le congelan. Arnold sale de su ensoñación por un momento y le lanza una mirada pedante, él va mejor abrigado —Cambiemos de lugar —sugiere, pero el rubio se niega. Girando a su derecha, su vista se centra en su compañero pelirrojo.
Eugene va haciendo muecas, eleva el mentón y baja los párpados frente a la cámara de su celular, se aprovecha de las puertas abiertas e intenta tomar una "selfie" donde salga la lluvia que ha empezado a caer. El moreno ríe bajito, llama a su mejor amigo y le señala con los ojos que vea hacia Horowitz que sigue modelando, Arnold lo observa y lo acompaña lanzando una carcajada.
—Pff, es para una foto muy aesthetic—el pelirrojo se ha dado cuenta que es observado y se resguarda apagando el teléfono.
—Oh, si, claro… —Gerald comenta burlón.
Arnold se esfuerza por no hacerlo, pero también se ríe. Pone atención, mirando por detrás del moreno, de la ubicación donde ahora se encuentra, le es similar, de pronto una "luz" se enciende en su mente, y recuerda algo, le pide a sus amigos que le den la hora.
— Diez para las cinco —responde el joven aesthetic.
— ¡Aquí, bajo! —se abre paso empujando un poco a su amigo que obstruye el paso.
—¿A dónde vas?, ¡ya está lloviendo!
Arnold intenta responder sin embargo el chofer ya se había detenido y parece que lo está maldiciendo por no bajar rápido y detener el tráfico, el rubio se encoge de hombros y desciende sin dar explicaciones.
A las cinco sale de trabajar Helga G. Pataki, en esta época, aún no es consciente de que constantemente está buscando su compañía.
Entra a un local de venta de celulares, ve a la rubia encima de unos escalones acomodando unos "case protectores" en unos ganchos fijados a la pared. Son unas escaleras un poco viejas y cuando ella se estira un poco más de lo debido, se desestabiliza. Él se apresura y no logra sujetar la escalera, pero la atrapa a ella, sin embargo, el peso sobrepasa su fuerza y ambos ceden ante la "gravedad", solo logra evitar que no se golpeen la cabeza.
Ella cae encima de las piernas del joven, lo reconoce, sus rostros estaban demasiado cerca ahora, la pupila de ambos se dilata y en ella el "calor" es capaz de asomarse en sus mejillas, él le pregunta si está bien.
—¡Apártate, Arnol-do, esto no es una novela coreana!, ¡agh! — no lo admitiría, pero estaba agradecida.
En la actualidad Arnold de dieciséis años baja en la misma esquina, toma el mismo rumbo y llega a la misma tienda del centro.
La rubia ocupaba un puesto en la tienda de su padre cada vez que hay vacaciones. Ella tenía varias razones para hacer esto, la principal era juntar dinero. Un año atrás ayudaba a almacenar y acomodar, pero esta vez está en caja, realiza el corte de su turno.
Shortman saluda y se inclina hacia ella, su lenguaje corporal exigía un beso.
Pataki hizo un gesto con la mano, pidiéndole tiempo para terminar de hacer las cuentas, el joven protestó con una mueca de disgusto, sin embargo su siguiente acción fue entretenerse mirando la mercancía.
Helga termina, entrega turno a su compañera y ahora guarda sus pertenencias en su mochila.
—¿Ya nos vamos?
— Sí, ya podemos irnos —se ha colocado una chamarra gruesa.
—¿No traes guantes?
—No hacía tanto frío en la mañana.
—Toma los míos.
—Así estoy perfecta.
—Por favor, toma los míos —se los ha quitado y se los ha extendido con firmeza, la mira con insistencia.
Helga reacomoda su cabeza y le responde con una mirada desafiante, ambos han dejado de parpadear. Él prepara su siguiente movimiento, nuevamente inclinándose hacia ella, pero en este momento no busca su roce, aprieta sus cejas e intensifica su mirada. Al instante un delgado rayo azul y un delgado rayo verde, invisibles por cierto, se crean y chocan, parecen sacar chispas de entre sus miradas sostenidas. Se quedan ahí, en silencio por unos segundos, ella nota que ha mojado sus labios inconsciente y sabe que ha perdido.
Dictamina que está bien, no era para nada sencillo, pero suspira, hondo y pesado, podía darle a Arnold, de vez en cuando, la satisfacción de ganar algún pequeño combate. Además podrá deleitarse con la diminuta sonrisa boba que se formaba en el rostro de Shortman cuando ella acepta ser el centro de sus atenciones o detalles de galantería.
Amaba esa sonrisa, más eso también está en la lista de cosas que jamás admitiría.
—De acuerdo, Rey del hielo—coge los guantes y los coloca —, ya hay que irnos.
Antes ni de broma hubiese aceptado la ayuda.
Lloyd solía sentarse y convivir con los populares, pero si necesitaba pedir un favor sabía con quién dirigirse. El invierno anterior, le pidió a los rubios (a Arnold) que la apoyaran con las decoraciones de navidad de la secundaria. Arnold aceptó y por consiguiente Helga, porque desde que se habían vuelto a reencontrar le daba la impresión que recuperaban el tiempo de distancia. Necesitaba de su colaboración, así que no hizo burlas, no los juzgó (en voz alta) y mucho menos los encaró.
Arnold y Helga estaban en una bodega amplia, era un salón ocupado con material, tenían un par de horas ahí adentro, desenredando las luces del árbol de navidad. El árbol ya estaba armado y esperando en la estancia principal.
—Nos hacen falta esferas y listones —se levanta, estira los brazos hacia arriba y hacia los lados.
— Creo que alcance a ver algo en las cajas que están por detrás de esas otras.
—¿Allá?
—Sí—afirma, mientras su compañera llega al montón de empaques apilados, busca y encuentra; tiene que mover primero las cajas de enfrente para alcanzar las del fondo —, pero esas son cajas con libros—señala el ojiverde, esperando que ella se detenga, pero ella obviamente no hace eso — Espera —arroja las luces por un lado—, ya voy, ahora te ayudo —se apresura. Pataki va jalando de apoco la caja hacia ella, esta por levantarla, mas él lo impide—¿Por qué eres tan…?
—¿Molesta? ¿Por qué siempre eres TAN torpe para terminar tus frases?
— Iba a decir terca, pero sí, también eres MUY molesta — se ha enojado, sin embargo, hace su primer intento por alzar la caja frente a ella; de inmediato se percata que hace el ridículo en vez de impresionarla. Helga ríe. La furia con la que ha iniciado aumenta y no le da oportunidad de sentir compasión por sí mismo, lo intenta por segunda vez y ahora la levanta, pero se le dificulta mantenerla.
—Agh, y tu muy débil, muévete —se impacienta.
Pataki aprovechó, para su propia satisfacción, el momento en el que le arrebata la caja para rozar sus dedos con sus dedos.
Ella no supo, en su prisa por ser sutil y ocultarse. Había sido breve, más no por eso evitó que Arnold, desde su propia perspectiva, sintiera una fuerte descarga de "electricidad" recorrer su cuerpo. Lo paralizó. Se vio envuelto en nubes y lazos de color rosa. Para el momento en el que el "efecto Pataki" se disolvió, ella ya había dejado la caja con libros en el suelo, había alcanzado el otro paquete que contenía los adornos navideños y se alejaba al otro extremo de la habitación.
—Rhonda me envió para ayudarles —Curly entró al salón y se dirigió a Shortman por ser el primero al que vio —. ¿Todo bien?
El rubio se había tomado unos segundos extra para observar la silueta de la rubia yendo en dirección contraria, esperaba que Thaddeus no lo hubiera pillado en su falta de escrúpulo.
—Claro… —aclaro su garganta, su voz se había suavizado y su sonrisa era relajada — Aún hay una extensión de luces por desenredar —señaló la que había dejado en el piso—Yo…—sobó su cuello—, ayudaré a Helga con los listones, gracias.
En el presente Arnold hace el esfuerzo por seguir el paso veloz y firme de la rubia, caminan hacia la estación del autobús. Las calles están algo vacías, probablemente por el clima.
— ¡Criminal! Qué helado está, ¿no era mejor cancelarlo y reunirnos otro día?
—¿Y mi beso?
—¿Eh?
Él alcanza a sujetar su mano.
Ella sonríe orgullosa.
—Helga…—Arnold no está soportando más, se siente torturado.
—Será más tarde, hay que correr —se divierte, le sostiene un poco más fuerte la mano que está enganchada.
Corren juntos, pero él la mira con fastidio. Pataki se fija en eso.
—Oh, melenudo cambia esa cara —se detiene para acercarse al joven, ya han llegado a la parada —, ¿de verdad, te molestaste? —intenta darle un beso, pero Shortman lo esquiva —Bien, de acuerdo, tú te lo pier...
Arnold ha tomado sus labios por sorpresa, la besa con ambas manos sobre sus mejillas, sus manos están congeladas, pero a la rubia eso no le importa ahora porque es presa de la loca fuerza de "magnetismo" y de las mariposas en el estómago. El "sonido" de sus corazones se sincroniza latiedo con fuerza.
— Ya estamos a mano —susurra sobre los labios de su novia, un tanto enajenado, le sonríe de lado y hace avanzar sus manos sobre el cuello de ella.
—¡No inventes! ¡Estás helado! —se encoge y lo aparta.
— Pero eso no te incomodo hace un rato —se burla.
En casa de los Wellington los chicos se han reunido, hay una mesa con bebidas y galletas de jengibre, la navidad se aproximaba y se notaba en los adornos finos en las paredes, guirnaldas largas con piñas de pino y los cojines con bolas de nieve adornado los sillones. Sid abre la puerta para dejar entrar a Phoebe y a Gerald.
—Konnichiwa —la chica de rasgos asiáticos saluda.
—Está haciendo un frío infernal —el moreno se apresuró en cerrar la puerta tras de sí y se frota las manos, ahora tampoco trae guantes.
— Ustedes tuvieron suerte—Stinky habla —, a nosotros nos tuvieron un rato allá afuera.
Brainy asiente respaldando el comentario, estaba bebiendo chocolate caliente.
— Aún no estaba tan frío —la heredera se defiende, mira mal al chico más alto del grupo —, pensé que estaríamos en el patio.
—Pues te falló el cálculo, tus estúpidas reuniones siempre terminan saliendo mal — Harold ríe y Rhonda está por explotar.
—Ya, ya —Nadine interviene —. Esta es la fecha, cada vez es más difícil juntarnos.
Los adolescentes se miran entre ellos, reflexionando, efectivamente cada vez era más complicado hacer coincidir sus horarios para encuentros como este. La vida era más sencilla en la infancia, todos sentados en el pórtico de alguien y no había quejas del frío incluso cuando era más intenso, había tantas cosas que hacer en la nieve, esos días eran más grandiosos.
— La calefacción ya está encendida —Brainy habla y todos prestan atención porque pocas veces lo hace —, uh, no tarda en sentirse.
—¡Ahí vienen Helga y Arnold! —Eugene informa, asomándose por la ventana, se le ha dado la tarea de estar pendiente de ver quien va llegando. Los rubios están a una cuadra por llegar y Sid coloca su mano sobre la perilla para estar listo cuando deba abrirla.
—¿A ustedes también les sorprendió que ellos dos estén saliendo? —opinó Sheena.
La mayoría lo negó o bien dudaron al dar su respuesta.
—La verdad yo pensé que tenían más tiempo saliendo—Eugene aceptó—, quizá desde que volvieron a hablarse.
— Bueno, todo eso de no hablarse… —continuó Rhonda, siempre perspicaz para el chisme—, seguro algo pasaría…
—Seh, ellos han tendido demasiada tensión se…
—Agh, viejo. ¡Calla, calla! —grita Gerald apresurado en censurar la frase, asqueado.
—...entre sí desde hace varios años y eso que eramos unos niños —Curly termina su oración pese a la petición del moreno—Y yo sé de esas cosas —el joven de anteojos le lanza una mirada coqueta a Rhonda.
—¡Eww, madura Curly! —Ella rueda los ojos arrepentida de haberlo invitado.
—Bien, dejémoslo en qué hay química entre ellos— Phoebe cubre una risita con una mano y con la otra consuela a su novio.
Gracias por leer, este capítulo final tuvo tantos títulos antes del definitivo; pensé que iba a estar más largo, pero al final se me acortan las ideas. El sonido fue el fenómeno físico más difícil de acomodar, al principio quería que fueran sus voces y no su corazón, pero me apena decir que no encontre como dar el ejemplo. Clasificación K, jajaja, trate de ser muy sutil. Por último quiero desahogarme, que no entiendo porque no puedo poner cursiva en vez de usar las comillas para que resalten ciertos momentos. En fin, hasta la próxima.
