La neblina londinense de enero de 1923 se colaba por las grietas de las ventanas, envolviendo en un manto húmedo el elegante apartamento de Bloomsbury. Las luces de gas parpadeaban débilmente, proyectando sombras alargadas sobre las paredes tapizadas de terciopelo. Terrence Grandchester, el aclamado intérprete de Shakespeare, soplaba las velas de su vigésimo cuarto pastel de cumpleaños. El eco de su risa solitaria se perdía en la inmensidad de la habitación, un triste contraste con la ovación del público que lo aclamaba en el escenario

La vela, solitaria y temblorosa, proyectaba una sombra alargada sobre la mesa. Era como una pequeña llama de esperanza en la oscuridad de su alma. Robert Hathaway, con su habitual tacto, había tratado de animarlo con este humilde obsequio. Pero Terrence sabía que incluso el gesto más amable no podía llenar el vacío que sentía en su interior

Habían pasado casi seis meses desde que había llegado a Londres, arrastrado por la gira teatral. La presencia de su padre, el Duque de Grandchester, en la última función de 'Hamlet' había sido una sorpresa. A pesar de la profunda aversión que sentía por el hombre que lo había criado, había aceptado su visita por un fugaz destello de esperanza: quizás, solo quizás, podrían reparar el abismo que los separaba. Y así fue. Entre las bambalinas, entre el ajetreo de la función, habían mantenido una conversación cortés, casi fría. El Duque, por primera vez, había reconocido sus errores, sus ausencias. Como un gesto de reconciliación, le había ofrecido uno de sus apartamentos más lujosos. Terrence lo había aceptado, no por agradecimiento, sino por la comodidad que le proporcionaría, un refugio donde esconderse de sus propios demonios

El eco de su risa, cristalina y llena de vida, parecía resonar aún en las paredes vacías. Sus pensamientos lo transportaban al Mauritania, a aquella noche de Año Nuevo donde había conocido a Candy. Sus coletas doradas, sus ojos verdes chispeantes y sus pecas salpicadas como estrellas en el cielo, habían iluminado su mundo. Candy había sido más que una compañera de colegio, había sido su musa, su confidente, su primer amor. Y ahora, la distancia y el tiempo los habían separado, dejando en su corazón una herida abierta que nunca parecía cerrar

Sus recuerdos lo transportaban a la segunda colina de Pony, donde la hierba era tan suave como la piel de un gato y el viento susurraba secretos entre los árboles. La voz de Candy, melodiosa como una campana de viento, resonaba en sus oídos mientras le describía, con ojos llenos de vida, las aventuras en el orfanato. El olor a tierra mojada y a flores silvestres lo envolvía, despertando en él una nostalgia tan dulce como agridulce. Por un instante, creyó sentir el calor de su mano en la suya y el cosquilleo de sus risas en su piel.

El destino, cruel e implacable, los había separado en la flor de la juventud. Después de las idílicas vacaciones en Escocia, una sombra se había cernido sobre su felicidad. La maldad de Elisa Lagan, envenenando sus corazones con mentiras, había provocado una ruptura dolorosa. Una inocente cita a escondidas, organizada a través de cartas falsas, los había llevado a una trampa cruel. Desolado y consumido por la culpa, había decidido sacrificar su amor y su futuro para proteger a Candy. Con el corazón en pedazos, había embarcado hacia América, buscando protegerla mientras el buscaba su camino en el teatro.

La copa de brandy, tibia entre sus dedos, parecía tan fría como su corazón. Sus ojos se posaron en el boceto de Candy, un destello de esperanza en medio de la oscuridad. El dibujo, con sus trazos suaves y llenos de vida, capturaba la esencia de la joven que había robado su corazón. "Si tan solo pudiera volver a sentir el calor de tu sonrisa", susurró, la voz ronca por la emoción contenida. Cerró los ojos, imaginando su rostro, sus ojos verdes brillando con alegría. Un deseo profundo se elevó desde lo más profundo de su ser, como una plegaria perdida en la noche

La vela parpadeó una última vez, como si estuviera despidiéndose, y se apagó, sumiendo la habitación en una oscuridad casi palpable. Un silencio sepulcral se apoderó del lugar, interrumpido solo por el tic-tac del reloj. Un escalofrío recorrió la espalda de Terry, erizando cada pelo de su nuca. Algo había cambiado en la atmósfera, algo intangible y ominoso. Sus ojos se posaron en el escritorio, donde un libro descansaba abierto, como si hubiera sido colocado allí por una mano invisible

Se acercó, curioso. Era una edición antigua de Sonetos de Shakespeare. Al abrirlo, una página estaba marcada con una flor seca. Era el soneto 43: "Cuando los ojos cerrados en la noche de ti sueñan, / en sombras tu imagen aparece luminosa..." Las palabras parecían brillar bajo la tenue luz de la lámpara.

Un sonido extraño resonó en la habitación, como si algo estuviera fuera de lugar. Al principio, pensó que se trataba de una ilusión, pero el sonido persistió. Era una melodía que conocía bien, una canción que solía tocar en la soledad de su cuarto estudiantil. Se levantó y se dirigió hacia el salón principal, donde el piano estaba abierto.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la garganta seca, pero nadie respondió.

En lugar del miedo, sintió una extraña calidez inundar su pecho, como si una presencia familiar lo estuviera acompañando. Se acercó al piano, cada paso más lento y cauteloso. Allí, sobre las teclas, descansaba una pluma blanca, etérea y delicada como un copo de nieve. Era como una señal, un mensaje de otro mundo. En ese instante, comprendió que no estaba solo. Al contrario, se sentía más conectado que nunca

— Candy, ¿habrás recibido mi carta? Te extraño más de lo que las palabras pueden expresar. … —murmuró con lágrimas en los ojos, recordando la misiva que había enviado recientemente.

Esa noche, los sueños de Terry fueron diferentes. En un prado iluminado por una luna llena, Candy lo esperaba, vestida de blanco, con una sonrisa que irradiaba paz.

—No puedo quedarme —dijo ella dulcemente—, pero nunca he dejado de estar contigo. Sigue viviendo, y el amor que compartimos te guiará hasta que volvamos a encontrarnos.

Despertó con una sensación de paz que lo inundó por completo. La pluma blanca, posada suavemente sobre su almohada, era un tangible recordatorio de la noche anterior. Sonrió, sabiendo que su conexión con Candy trascendía el tiempo y el espacio. Cada interpretación se convirtió en una ofrenda, un puente hacia ella, un canto de amor que resonaba en la inmensidad del universo.

Al otro lado del océano, bajo un cielo infinito, una joven de ojos verdes cristalinos elevaba su mirada al firmamento. El viento acariciaba su rostro, llevando consigo sus susurros. En su corazón, una esperanza florecía como una delicada flor, alimentándose de la certeza de que su amor traspasaría cualquier distancia. Con cada palabra escrita en la carta, había depositado un pedazo de su alma, esperando que llegara intacta a su destinatario.

FIN