TERCER LIBRO
Undécimo Acto - Una misión


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Hinata despertó en medio de la noche cuando un trueno retumbó sobre la cabaña. No era inusual que lloviese en el País de la Lluvia, pero una tormenta de proporciones era poco común. El viento silbaba tan agudo como el aullido de un lobo, así como las ramas parecían látigos que golpeaban contra las paredes en el exterior. Pesados goterones comenzaron a caer con tal fuerza sobre el tejado que pareció que granizaba. Sintió un escalofrío en su espalda, notando que había bajado abruptamente la temperatura.

Abrió los ojos queriendo saber qué estaba ocurriendo con el clima. Extrañamente, las mantas sobre ella se sentían más pesadas que antes, haciéndola preguntarse qué ocurría. Entre durmiendo y despierta, dirigió su mirada al otro lado de la habitación en donde Itachi había encontrado un lugar para estirar un futón y dormir. Cuando no lo encontró allí se sentó, y lo buscó por la cabaña con preocupación, su corazón latiendo fuerte ante la idea de que una vez más la hubiese abandonado.

Para su tranquilidad lo encontró a unos metros de distancia de ella, sentando frente al fuego, mirando las pequeñas llamas en la chimenea.

―¿Itachi-san? ¿Qué hace despierto? ―le preguntó sentándose sobre el futón. El frío de inmediato le golpeó los brazos desnudos―. ¿Qué hora es?

―Debe ser cerca de las cuatro de la mañana ―respondió Itachi sin voltearse―. Se apagó el fuego mientras dormíamos y ha bajado mucho la temperatura. Me levanté a prenderlo nuevamente.

Algo se removió en el pecho de Hinata al verlo ahí, haciendo fuego en medio de la noche para que no pasaran frío. Estaba vestido tan ligeramente, tan sólo su camiseta de malla cubriéndole el pecho mientras que holgados pantalones oscuros protegían sus piernas. El resto de su ropa -camiseta, calcetines y capa- había sido colgada cerca de la chimenea para que se secara ya que estaba demasiado húmeda para haber seguido con ella encima. Parte de su propia ropa estaba allí también goteando lentamente hasta caer al piso de madera.

―Hace mucho no llovía así ―mencionó Hinata, a lo cual él asintió lentamente.

Lucía tan enfocado mirando las pequeñas llamas que luchaban con prender la leña húmeda. Estaba bastante segura de que Itachi podría haber empleado ninjutsu para encender la madera, pero por algún motivo, había elegido hacerlo con fósforos y abanicando las llamas con un pequeño envase de cartón que había aplanado de los remanentes de la cocina. Le pareció ingenioso, detallado y simple. Parecía ser una persona tan simple cuando se le veía así, intentando prender un fuego como cualquiera que no supiese ninjutsu lo hubiese hecho. De haber sido otra su vida, pudo imaginárselo siendo un campesino o un comerciante empezando su día a través de prender el fuego para hervir agua para la familia.

―¿No tiene frío? ―le preguntó Hinata al notar que tanto su frazada como la de Itachi la cubrían. ¿En qué momento él había hecho eso?

―Estoy bien ―respondió sin voltearse―. Intente volver a dormir. Amanecerá en un par de horas.

Hinata conocía lo suficiente a Itachi para saber que no era alguien propenso a tener conversaciones largas o profundizar en éstas cuando sus ojos lucían así de distantes. Consideró un momento obedecerle y dejarlo en paz en su quietud, pues había algo en la postura en que se encontraba sentado que le hizo considerar que se había sumergido en sus propios pensamientos sobre algo que le pesaba más de lo que estaba dispuesto a decirle.

Siempre había sido así. Él escapaba a sus propios pensamientos dejándola afuera, incapaz de compartir sus pesares o preocupaciones cuando tenía esa mirada añorante y melancólica. En esos momentos sus facciones se volvían serias, frías e indiferentes, enfocándose en poner una muralla entre él y el mundo quedando inevitablemente Hinata del otro lado.

―Itachi-san ―él volteó en su dirección para observarla cuando lo llamó―. No tengo sueño.

Esta vez al menos, se negaba a quedarse del otro lado. Ya había sido relegada por demasiado tiempo con su prolongada ausencia. Había sido espectadora del mundo en que Itachi transitaba sin reclamar, aceptando su silencio sin protestas, intentando complacerlo con su obediencia y hasta devoción. Pero ya no era una niña que él podía simplemente ignorar. Le había reclamado al respecto, lo había golpeado por su ausencia, le había dicho que ya no podía seguir creyendo las cosas que le decía porque la mayor parte del tiempo que estuvieron juntos había mentido sobre lo ocurrido en Konoha, sus sentimientos, incluso sobre sí mismo. Aunque la forma de tocar el tema había sido incorrecta, no significaba que ella se sintiera diferente al respecto.

Itachi la observó en silencio sin responder. Aunque sus ojos seguían luciendo fríos y distantes, había algo más en ellos. En sus iris negras que reflejaban las pequeñas llamas notó una mezcla de pesar, tristeza y sobre todo vulnerabilidad. Hinata veía su dolor, lo había notado desde el momento en que comieron y permaneció extrañamente callado hasta comunicarle que intentaría dormir.

En vez de bajar el rostro y desistir, mantuvo su mirada. Ya no podía seguir relegándola a un lugar secundario y ocultándole todo. Ya no era una niña que se iba a quebrar. Los últimos años incluso había asesinado, todo pensando que de alguna manera lo hacía por él. Necesitaba que él la reconociera como su igual, no una simple carga que debía llevar por un compromiso matrimonial que nunca si quiera había sido consumado.

Cuando el silencio se prolongó tanto que estuvo a punto de pedirle que hablaran, Itachi suspiró y asintió, indicándole con su rostro que podía sentarse junto a él, frente a la chimenea.

Hinata no titubeó en la determinación de acercarse a él, gateando los tres o cuatro pasos en su dirección con las frazadas sobre sus hombros. Se sentó junto a al hombre, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de la chimenea, pero sin llegar a tocarlo, sabiendo que aquello habría incomodado a Itachi y lo que menos quería en ese preciso momento era arruinar las cosas aún más de lo que lo había hecho cuando él volvió a Amegakure.

Ambos se quedaron en silencio, el sonido crujiente los leños quemándose y la lluvia cayendo con fuerza siendo lo único que rompía la quietud. Itachi no la miraba, más bien sus ojos parecían fijos en las pequeñas llamas que cada vez crecían un poco más. Su mirada perdida en el fuego parecía buscar alguna respuesta en la imagen, reflexionando cuidadosamente en nada o quizás todo.

Hinata abrazó sus rodillas, sintiendo una extraña calma al poder sentarse así, sin nada que decirse, aunque había todo un mundo de por medio del cual debían conversar. Había algo muy pacífico al poder observarlo en silencio mientras miraba las llamas. Su perfil era tan delicado y masculino, sus pestañas oscuras enmarcando sus ojos negros, sus hombros anchos en los que le hubiese gustado reclinar su rostro. No se había percatado lo mucho que él había cambiado con el tiempo. Desde que era pequeña lo había visto como alguien tan mayor, pero ahora realmente se percataba que se había convertido en un hombre. Atrás había quedado el delgado niño de ojos grandes que había sostenido su mano en atuendo ceremonial entrando al templo para casarse con ella o el adolescente que le había dado un suave beso sobre los labios para su cumpleaños. Se preguntó con algo de melancolía si él también vería una mujer al mirarla.

―Mientras dormía, he estado pensando ―dijo de pronto sin voltearse en su dirección―, en lo que hizo por mí.

―¿A qué se refiere? ―preguntó Hinata con una sonrisa nerviosa, observándole desde su posición con el rostro apoyado en las rodillas y las frazadas cubriendo su espalda.

―Los omusubi.

Hinata asintió un tanto avergonzada. Recordaba la tarde en que Mikoto Uchiha le enseñó a hacer arroz relleno con bonita. Le había dicho entonces que todo aquel que realmente llegase a conocer a Itachi lo amaría un día. Ella no había sabido qué responder y Mikoto le había dicho que llegaría un día en que ella comprendería lo que le estaba queriendo decir. Al observar a Itachi ahí, sumido en su propio mundo del cual tanto la intentaba apartar una vez más, comprendió.

Lo comprendió con todo su corazón que punzaba al querer alcanzarlo.

El día había llegado para que comprendiese, siendo una mujer, lo que significaba amar al hijo de Mikoto Uchiha.

―Ella me pidió que cuidara de usted ―dijo en un susurro, aún observando su perfil.

Itachi movió sus manos hasta su cintura y sacó un pequeño frasco de madera con el símbolo de clan Hyuga del portaherramientas que llevaba. Se lo mostró a Hinata, estirándolo en su dirección.

―Aunque ahora está vacío, siempre llevo esto conmigo. Desde que me lo dio ―dijo estirándolo en su dirección―. Siempre me ha estado cuidado. Desde que era pequeña ha tenido un corazón lleno de amor hacia mí.

Hinata sintió que un nudo se formaba en su garganta. Que Itachi hubiese guardado algo tan insignificante por todo ese tiempo la hizo querer lanzarse hacia él, abrazarlo y llorar. Pero se contuvo, pues sabía que ese momento no se trataba de ella sino de él. Después de tanto tiempo, se estaba abriendo con ella aunque fuese a su manera, a su velocidad.

Miró a sus ojos con anhelo, encontrándose con la mirada de Itachi y esperó. No iba a cuestionarlo, ni presionarlo, ni asustarlo. Si necesitaba su espacio, se lo daría. Si era cosa de tiempo, tenía que ser paciente.

―Hinata-san ―dijo con suavidad―. Los omosubi que hizo, fueron más que una comida para mí. Me hizo pensar detenidamente que no he hecho nada excepto causarle dolor estos años y aún así, encontró la amabilidad para cocinar de la forma en que mi madre lo hacía para mí ― su voz se quebró ligeramente mientras hablaba creando una fisura en la fachada fría que se había instalado en su rostro desde que huyeron de Konoha―. Lo que hizo fue... fue muy amable. Y creo que también debería hacer algo por usted. Es lo correcto.

―¿A qué se refiere?

―También quiero darle algo ― la respiración de Itachi se volvió más profunda, como si luchara por encontrar las palabras adecuadas―. Algo que desea hace mucho tiempo. Responder esa pregunta que constantemente da vuelta en su cabeza y que yo apenas contesté, sin explicaciones, sin detalles ― dijo finalmente, sus ojos encontrándose con los de ella―. Quiero decirle la verdad.

Hinata lo contempló en silencio, jurando que su corazón se saltó un latido al escucharlo decir aquello. Se había acostumbrado a la idea de que nunca tendría respuestas sobre lo ocurrido en Konoha y en cierto modo, después de lo ocurrido con Sasuke, estaba en paz con ese conocimiento. Que él abriera ese asunto nuevamente para ser tema de discusión la dejó helada.

Itachi volvió a mirar el fuego, escapando de la forma en que ella lo estaba observando. No obstante, incluso aunque parecía querer ocultarlo, Hinata pudo notar que sus párpados habían caído y que había un ligero temblor en su mano derecha que aún sostenía el frasco de manera.

Los labios de Itachi se despegaron lentamente mientras guardaba el contenedor, sin poder decir palabra alguna. Hinata frunció levemente las cejas esperando con ansiedad lo que él deseaba decirle. Cada segundo que permanecieron así pareció una pequeña tortura con su corazón acelerándose cada vez más hasta que la voz de Itachi sonó en la habitación.

―Yo la maté ― dijo con la voz quebrándose con un dolor tan profundo que incluso Hinata lo sintió en su pecho. Su mirada permaneció perdida en el fuego mientras sus ojos comenzaban a cristalizarse―. Maté a mi madre ―tan pronto lo hizo, lágrimas cayeron por sus mejillas.

Hinata supo de inmediato que Itachi había esperado años para poder decir algo así en voz alta y que había guardado dentro de él todo el dolor que esa noche le había provocado. Pero ella lo había visto, día tras día, en sus silencios, en la añoranza cuando observaba el horizonte, en su tristeza inquietante, en las lágrimas que alguna vez derramó mientras desesperadamente se intentaba lavar la sangre que tenía encima de sí esa noche. Hinata había estado con él durante todo el proceso y sabía el dolor que sentía. Es por ello que no lo juzgo, ni intentó preguntar nada, sólo dejándolo sacarse de encima esa angustia que llevaba consigo desde que era un niño.

―Yo... ―continuó apretando la mandíbula, las palabras saliendo de él con desconsuelo―. Atravesé una katana por su espalda mientras ella se arrodillaba en el suelo.

Hinata tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta apretarse aún más. No podía apartar la vista de él deseando rodearlo con sus brazos y dejar que simplemente se desahogara. No era la primera vez que lo veía llorar, pero sí era la primera vez que él lo hacía con consciencia de que ella lo observaba.

―Y luego hice lo mismo con mi padre.

Ahogó un sollozo en lo profundo de su garganta, tan suave y desgarrador que hizo que el pecho de Hinata se oprimiera aún más, conteniendo el aliento. Desde que habían huído de Konoha, Itachi se había mantenido serio, moderado, incapaz de que alguien pudiese ver más allá del rostro estoico que le mostraba al mundo. Cada vez que ella le había preguntado qué había ocurrido en Konoha para que huyeran en medio de la noche él había respondido que estaban todos muertos y eso era el fin del asunto. ¿Cuánto tiempo había callado lo que estaba diciendo ahora? ¿Cuánto tiempo habría estado ese dolor siendo oprimido sólo a base de su voluntad?

Lo observó sin saber qué hacer mientras él lloraba en silencio, frunciendo con fuerza los párpados. Verlo así, sollozando quietamente con tal nivel de desolación la conmovió profundamente, provocándole también deseos de llorar. No era sólo porque sus palabras estaban cargadas en un profundo sufrimiento, sino porque no podía creer que él hubiese cargado con ese tipo de angustia por años en silencio.

Estaba viendo a Itachi tal cual era, sin máscaras, desprovisto de la habilidad de seguir manteniendo la fachada de indiferencia y distancia, sin nada que lo protegiera de su verdad. Al notar el tormento con el que había estado viviendo sin poder confiárselo a nadie, supo que nunca volvería a dejar que lo cargara por su cuenta.

Antes de que supiese qué se había apoderado de ella, sus brazos lo rodearon por encima de los hombros con una rapidez que la llegó a sorprender, arrodillándose frente a Itachi, apegando su mejilla contra la de él. Apretó su cuerpo, deseando poder llevarse ella misma esa tristeza y evitársela. Quería que al sentirla así de cerca supiese que no estaba solo, que podía intentar al menos aliviar su dolor y compartir con él la amargura de haber perdido lo que tanto amaba, pues no estaba solo en su pérdida. Ella también había amado a su familia, su hogar, el lugar que la había acogido cuando el clan Hyuga sólo la había destruido.

En un comienzo, su aproximación pareció sorprender a Itachi, quien se mantuvo quieto, casi rígido, como si no entendiese por qué ella de todas las personas lo buscaba consolar así. No obstante, de pronto Hinata sintió como movía sus propias manos alrededor de su cintura y la abrazaba de vuelta rodeándola con los brazos para luego hundir el rostro en su hombro. Sus brazos y manos comenzaron a temblar, no por la proximidad, sino porque se sentía desesperada de verlo así.

―Lo siento ―susurró Itachi de pronto, y Hinata supo que no se estaba disculpando con ella.

Entonces empezó a toser y Hinata se retiró hacia atrás para darle espacio para que lo hiciera. Él se tapó la boca con una de sus manos y se encorvó hacia adelante, luchando un momento para volver a respirar. En cualquier otra ocasión habría pensado que quizás aquello se debía al cúmulo de emociones que estaba suprimiendo, pero había algo diferente en la manera en que tosía que la preocupó.

―¿Se encuentra bien? ―le preguntó Hinata en un murmullo.

―No es nada ―respondió Itachi cuando finalmente dejó de toser.

Hinata subió su mirada y se percató que nuevamente las murallas alrededor de Itachi amenazaban con cerrarse. Era frustrante para ella querer acercarse y verse nuevamente alejada por algo que no decía, algo que estaba guardando que ni si quiera en ese momento de vulnerabilidad parecía querer revelarle. Pero ella lo supo, sin que tuviese que decir nada al respecto. Había algo que pesaba más en él que la verdad sobre Konoha o lo que había hecho con sus padres.

―Haré té ―dijo de inmediato mientras se ponía de pie, deseando poder hacer algo, cualquier cosa, que pudiese confortar a Itachi. No era sólo su salud lo que la preocupaba, sino aquello que se había roto mientras hablaban.

Itachi no dijo palabra alguna. Al contrario, permitió que se levantara del lugar y fuese por la tetera con agua, quizás porque necesitaba el espacio, tal vez porque la proximidad con Hinata lo estuviese hiriendo más de lo que deseaba que ella viese.

Puso la tetera con agua helada con cuidado entre las brazas de la chimenea. Quizás el simple acto de hacer una taza de té le ayudara a calmar un poco el torbellino de emociones que ambos sentían. Después de todo, no había nada más confortante que un té caliente o al menos eso pensaba cuando se preparaba camomila antes de dormir, cuando estaba en Amegakure.

―Es gracioso ―dijo de pronto mientras esperaba que el agua comenzara a calentarse―. Pasé tantas horas practicando cómo servir té de manera adecuada mientras crecía bajo la sombra de mi clan, para terminar sirviéndolo de esta manera tan inadecuada. No tengo remedio, lo siento. No hay muchos utensilios aquí para hacerlo mejor.

―No tiene que hacer esto ―dijo Itachi casi en un susurro al percatarse de la frustración en ella. Su voz sonaba cansada y en su tono había una clara culpabilidad por estarla molestando.

―No es una molestia hacer un poco de té.

―No me refería al té ―Itachi levantó la mirada hacia ella―. Me refería a preocuparse por mí. Intentar cuidarme. No es necesario que lo haga. No he hecho nada aparte de lastimarla todo este tiempo ―Hinata permaneció inmóvil mientras lo escuchaba sorprendida por la forma en que le hablaba―. Usted lo dijo ayer. Incluso ha perdido la capacidad de seguir creyendo las cosas que digo. Y no la culpo. Mentir es lo que mejor sé hacer como shinobi... Y aún así, no puedo mentirle porque aprendió a notarlo empleando su dōjutsu.

La voz de Itachi estaba cargada de una tristeza profunda, tanto que Hinata casi podía palparla en el aire que había entre ellos. Itachi cerró los ojos un instante, como si estuviera luchando con su propia culpa, con las decisiones que había realizado en su vida, con la forma en que percibía el dolor que había en ella y lo poco que merecía que se estuviese preocupando por él.

Cuando abrió los ojos, parecía como si hubiese vuelto en sí, con una mirada más distante y fría, con una seriedad que le heló nuevamente los brazos. Comprendía que una vez más estaba intentando apartarla, alejarla, impedir que su corazón pudiese llegar al suyo.

―Fui yo quien la expuso a todo este peligro en primer lugar. No tendría que haber cargado con nada de esto si no fuese por mis decisiones. No puedo si quiera imaginar lo que debió sentir estos años realizando el tipo de misiones que han solicitado de usted y es mi culpa por dejarla en Amegakure en vez de llevarla conmigo, aunque significase contrariar a Pain o Konan. Y ya no hay nada que pueda hacer o decir para remediarlo excepto disculparme y esperar que pueda defenderse de ellos siguiendo su propia consciencia ―cerró los ojos y bajó levemente su rostro―. He fracasado en todo lo que he intentado y he roto cada promesa que le he hecho ―entonces, la miró ladeando levemente el rostro y sonrió con amargura, como si lo que fuese a decir doliese más que lo demás―. Llevamos casados ocho años, casi nueve... y ni si quiera puedo hablarle informalmente, con la confianza que deberían tenerse dos personas que son marido y mujer. Ni si quiera puedo mantener su mirada demasiado tiempo porque me avergüenza hacerlo ―susurró, casi como si fuera un secreto que no debía ser dicho en voz alta―. Tiene muchas razones para odiarme y aún así fui lo suficientemente egoísta para pedirle que no lo hiciera. Tenía derecho de estar enojada, dolida, de haberme golpeado con más fuerza... y aún así... ―Itachi suspiró, sus labios temblaron―... sigue intentando sentir compasión por alguien como yo.

―No es compasión lo que siento por usted, Itachi-san ―respondió Hinata con una firmeza que la sorprendió.

―¿Qué es lo que siente entonces? ―preguntó casi como acto reflejo, su mirada fija en ella, quizás arrepintiéndose de inmediato de haber formulado esa pregunta casi instintiva.

―Lo sabe perfectamente ―respondió Hinata en un murmullo diciendo las palabras con lentitud―. Lo sabe desde hace años.

Su corazón comenzó a golpearle el pecho con fuerza mientras sus ojos se cristalizaban. El deseo de huir se apoderó de ella y sus manos temblaron ligeramente. Pero se mantuvo firme, resuelta en la determinación detrás de sus palabras. No importaba que él ignorara lo que acababa de decir o que la rechazara una vez más alejándose, al menos tendría la tranquilidad de haberle dicho lo que realmente sentía.

Itachi la observó detenidamente, bajando sus ojos oscuros a las manos temblorosas de Hinata, a la manera en que respiraba fuerte, en cómo sus ojos se llenaban de lágrimas y sus mejillas se tornaban rosa. En su mirada se reflejaba la tristeza de ser el responsable de esa imagen frente a él.

Hinata tenía certeza de que Itachi sabía lo que sentía por él. Claro que lo sabía. Seguramente lo había visto en ella esos días, cuando la dejó atrás en Amegakure e incluso desde antes de eso. Era probable que lo hubiese notado en el instante en que ella le acercó ese pote de madera con bálsamo. No obstante, era diferente cuando lo exponía así, justo frente a él, incapaz de poder escapar de ello o ignorarlo.

―Sí ―respondió finalmente, y el corazón de Hinata punzó al percatarse que a Itachi le dolía saberlo―. Lo sé ―dijo en un susurro.

Un suspiro profundo escapó de los labios de Itachi y sus hombros cayeron pesados mientras cerraba los ojos para pensar o quizás escaparse de la mirada de Hinata.

Ella no se apartó, algo dentro de sí sentía una intensa necesidad de que él abriera los ojos y la mirara, que viese en su rostro lo que sus labios no estaban diciendo y que al menos reconociera lo que sentía sin descartarlo como algo más que debía mantenerse en silencio de ese momento en adelante como todo lo que a él le causaba incomodidad responder.

―Itachi ―lo llamó, haciendo que él se sorprendiera por la manera directa en que lo decía, sin los honoríficos que usualmente empleaba para referirse a él. Abrió los ojos y subió el rostro levemente para observarla.

Entonces lo supo. Él sabía lo que iba a hacer, y aun así, no se movía. Él podía ver lo que ella había anhelado por años y que por tanto tiempo había guardado con la esperanza de que el tiempo pasara lo suficientemente rápido para que no descartara lo que sentía como algo inapropiado.

Acercó su rostro lentamente hacia él, su respiración entrecortada, sus mejillas sonrojando, su mirada enfocada sólo en sus ojos negros. Después de todo lo que había esperado, si había un momento para acercarse a él sin que la apartara, era precisamente ese.

Tan pronto comenzó a acercar su rostro no hubo espacios para arrepentirse, para sentir vergüenza, para experimentar temor.

Antes de que pudiera decir algo para protestar, ella se acercó aún más, y le rozó los labios con los suyos de forma suave, tímida, pero más determinada de lo que había estado en toda su vida. No pretendía que él la amase de vuelta, ni que hiciera algo más que quedarse allí permitiéndole besarlo, sólo que supiese que lo amaba, que estaba ahí, que no tenía por qué seguir cargando con todo ese dolor por su cuenta.

Itachi paralizó con su tacto, experimentando los cálidos labios de la joven sobre los suyos, incapaz de rechazarla o moverse.

Entonces Hinata retrocedió, tan lento como se había acercado, quedando su rostro frente a Itachi, sentada sobre sus rodillas frente a él. El beso había sido fugaz, pero mientras se miraban nuevamente a los ojos ambos comprendieron sin decir nada que aquello no se trataba simplemente de besarse. Había algo profundo en el roce de sus labios, una acción que reafirmaba lo que ella sentía sin que Itachi pudiese desligarse de ello por más tiempo.

Había un brillo especial y vulnerable en la manera en que ella lo miraba, intentando respirar, de volver a la calma mientras el pecho le bajaba y subía. Y aunque la angustia la consumía, Hinata experimentó como aquello que le oprimía el pecho se deshacía, brindándole un extraño sentido de tranquilidad al saber que había hecho todo a su alcance para que Itachi comprendiese la profundidad de lo que sentía. No eran sólo palabras de una niña que no sabía lo que quería o decía, era una mujer que intentaba alcanzarlo en ese abismo en el que lentamente deseaba hundirse.

―Hinata... ―dijo Itachi cuando el silencio se volvió insoportable, su voz grave, temblorosa. Un suspiro salió de sus labios mientras parecía luchar con algo que se arremolinaba dentro de él―. No vuelvas a hacer eso, por favor ―Hinata frunció el ceño, como si sus palabras le dolieran en un lugar que nadie nunca aparte de él había podido tocar―. Porque si lo haces, no voy a poder detenerte.

Hinata bajó el rostro, avergonzada. Comprendía lo que él le estaba solicitando con ese ruego en su voz. Sintió deseos de llorar, de correr, de quizás darse por vencida. Él sabía lo que sentía y aún así su respuesta era alejarla una vez más. ¿Cuánto más podía seguir esperando? ¿Qué más debía hacer para intentar llegar a él?

―Lo siento ―dijo Hinata suavemente, intentando no llorar. No podía entender cómo hacer algo pudo sentirse tan bien y tan mal al mismo tiempo.

Estaba mortificada. La sensación en su estómago iba más allá de vergüenza o arrepentimiento. Se había humillado así sólo para que la rechazase descartándola una vez más. Su corazón latía tan fuerte que sólo aquello, y el agua que comenzaba a hervir lentamente, resonó en la habitación.

De pronto, un par de dedos tocaron su mentón, haciendo que inevitablemente volviese a subir la mirada para encontrarse con los ojos de Itachi. Sus labios temblaron queriendo decirle algo más, disculparse por su arrebato, pedirle que por favor no la observaba con esa lástima, que hiciera cualquier cosa menos eso.

Lo había amado por años en silencio, esperando el momento en que tuviese la edad suficiente para hacer algo al respecto sin que él desechara lo que sentía por considerarlo sólo un capricho infantil, una infatuación o algo sin relevancia. Pensó que si le mostraba que también ella llevaba una carga que no podía decir en voz alta, no se sentiría tan solitario en su propio silencio.

Para su sorpresa, Itachi movió su mano y la posó sobre su mejilla dubitativamente como si temiese que ella se deshiciera entre sus dedos mientras la tocaba. Los ojos de Itachi reflejaban su angustia, pero también, comprensión.

Hinata cerró los ojos con un suspiro, un leve gemido de sorpresa escapando de su boca. Un estremecimiento recorrió su cuerpo al sentir la calidez de sus dedos acariciando su piel, tan cerca de ella que creía que podía sentir la respiración cálida de Itachi sobre su piel.

―Abre los ojos, Hinata ―susurró y ella lo hizo, temerosa de lo que encontraría. Sin más palabras, acercó sus labios a los de ella en lo que pareció una eternidad, debatiéndose entre el deber y el querer―. Eres hermosa. No tienes idea de lo hermosa que eres ―Hinata supo que no se refería precisamente a su aspecto.

Entonces la besó, y cuando lo hizo, Hinata creyó que el mundo había dejado de moverse, que lo que le importaba se desvanecía en sus pensamientos, que los ojos de Sasuke sobre ella finalmente se cerraban y se perdían en la oscuridad para siempre. El espacio entre sus cuerpos desapareció mientras que sus bocas nuevamente se encontraban diciéndose en un beso todo lo que no podía decirse en voz alta.

La forma en que lo hizo fue muy diferente a como ella lo había hecho. Sus labios se movían con una intensidad que le quitaba el aliento, como si hubiesen estado esperando una vida completa sólo para apagar el deseo de besarla. No había timidez en él, ni nerviosismo, ni dudas, sólo una cierta desesperación en la manera en que atrapaba sus labios entre los suyos mientras cruzaba esa línea que no se había atrevido antes si quiera a tocar luchando cada vez que sus labios se separaban el tiempo suficiente para poder respirar.

Supo sin que se lo dijera que se había rendido, que la muralla se había desmoronado y que finalmente ella estaba del lado correcto.

Respondió a sus besos con la misma urgencia, atrapada en la calidez de su aliento. Sus manos que antes habían estado temblando se movieron con desesperanza para aferrarse de su camiseta, asegurándose de que él estaba ahí, que era real, que no la dejaría ir.

Cuando finalmente se separaron, sus frentes se reclinaron una en la otra, respirando agitados sin decir nada. No había necesidad de decir palabra alguna. Hinata abrió los ojos creyendo que el corazón se le iba a escapar por la boca, comprendiendo que lo que ella estaba sintiendo era compartido.

Itachi la miró con una intensidad que la dejó sin aliento, como si estuviera viendo algo que nunca había visto antes en ella, algo que por fin entendía.

No supo realmente en qué momento se había acurrucado uno junto al otro, quizás en algún momento cuando la tetera empezó a silbar ya que el agua había hervido. Recostados uno junto al otro, mirando el techo de madera, escuachando la lluvia con el resto de Hinata reclinado en el pecho de Itachi, comprendió lo que era sentirse en paz.

―Hinata ―dijo de pronto Itachi, haciendo que ella volteara el rostro levemente hacia él―. Fue una misión. Asesiné a mis padres y a mi clan porque me lo ordenaron.

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