Huulik: Aun sigo pensando que esta es una mala idea.
Eakar: No estoy tan seguro. Nadie se esperaría que hagamos estos.
Huulik: Exactamente por eso, es que es una mala idea.
Los dos maestros se desplazaban por las calles de las ciudad, usando sus túnicas y experta discreción para pasar desapercibidos, como dos más de los miles de transeúntes que abarrotaban las calles de la capital de Lorrd. Se dirigían al norte, donde las estructuras eran cada vez más lujosas, y las patrullas más numerosas.
Sin embargo, ni siquiera su disfraz les permitía recorrer libremente cada rincón de la ciudad, pues había sitios donde los transeúntes más humildes no tenían permitido el paso. Y a apenas unos metros de donde ellos se encontraban, había una patrulla de droides B1 que custodiaban una nave y parte fundamental de su plan. Y tras encontrar una posición apartada, el rodiano se puso en contacto con el resto de su equipo.
Huulik: Estamos en posición. Y al parecer el padawan tenía razón. La vigilancia es mínima.
Nunes: Nadie en su sano juicio intentaría robar la nave de un funcionario de la Federación de Comercio.
Huulik: Una lanzadera Sheathipede. Sin armas.
Nunes: Es nuestra mejor opción. ¿Está el resto en posición?
Pablo: Afirmativo. Esperando la señal.
Nunes: Muy bien. Maestro Huulik, maestro Eakar, pueden proceder.
Eakar: Arg... Voy a odiar esto.
Huulik: Je... No seas aguafiestas, será divertido.
Eakar: A veces puedes llegar a ser bastante irritante.
El calamari suspiró con pesar, pero no tenían muchas opciones. Aun resignado a lo peligroso del plan, removió su túnica, revelando una vestimenta bastante elegante que había tomado prestada, la cual le daba el porte de un ilustre erudito. Uno, que con paso firme y un porte magnífico, se acercó a la lanzadera con una sonrisa forzada y un andar autosuficiente.
B1 (1): Alto. Esta es zona restringida. Por favor, dese vuelta y regrese.
Eakar: Oh. No se preocupe, mi amigo de metal. Mi nombres es Victus Pontrius, y soy un gran diseñador de naves estelares del Clan Bancario. Y realmente, no pudo resistirme al ver una maravilla como esa de nuestros socios comerciales.
B1 (1): ¿El Clan Bancario?
Eakar: Así es, mi mecánico amigo. Solo quería admirar esa joya de la ingeniería. Si no es mucha molestia.
B1 (1): ¿Eso está permitido?
B1 (2): No lo se. No es parte de mi programa.
Mientras el calamari aprovechaba el bajo nivel de procesamiento de los modelos B1 para captar la atención de los droides presente, Huulik se escabulló como una sombra, despistando miradas hasta colocarse del otro lado de la nave. Un rápido vistazo, y pudo ver que no tenía mucho tiempo, pues la distracción de su compañero no duraría demasiado, así que rápidamente abrió un panel exterior de la nave, desmontando circuitos, y conectándolo ha un dispositivo de transmisión. El mismo que usaban para comunicarse entre entre ellos. Pero debía darse prisa.
Eakar: Oh. No sean tan cuadrados de pensamiento. Solo quiero admirar un poco el interior. Seguro está colmado de lujos dignos de un ilustre mandatario de la Federación de Comercio. Estoy seguro que los superiores del clan Bancario estaría más que agradecidos... Puede que incluso me promocionen por eso.
B1 (3): ¡Eh! Yo también quiero una promoción.
B1 (4): A nosotros no nos dan promociones, idiota.
B1 (1): Lo sentimos, señor. Pero no está autorizado a ingresar en esta nave. Por favor, le pido que se retire.
Eakar: Pero...
B1 (1): De inmediato.
Bastó con que el droide diese un paso al frente seguido por sus semejantes, para darle a entender al maestro Jedi que no habrían segundas advertencias. Este fingió miedo, y de inmediato dió un pasó hacia detrás pareciendo estar intimidado. Y con voz tambaleante, hablo.
Eakar: Es... Está bien. Disculpen mi insistencia. Ya... Ya me retiro.
El rodiano retrocedió unos pasos ante de darse vuelta, encorvado de hombros mientras caminaba lo más rápido posible hacia la desviación más cercana. Por otro lado, los droides B1 que custodiaban el lugar dieron media vuelta y regresaron a sus posiciones, retomando su papel de vigilancia sin notar nada raro o fuera de lo común. Mientras, el rodiano volvía a colocarse su capucha, mientras dejaba esa vestimenta de gente rica tan incómoda en el rincón de un callejón de la ciudad.
Huulik: Veo que no has perdido el toque. - Mencionó con tono burlón.
Eakar: No es tiempo para bromas. - Tomó su comunicador. - Todo listo. Pueden continuar.
Nunes: Entendido. Maestro Pablo, puede proseguir.
Pablo: Entendido. ¿Listo, padawan?
Roy: Lo mejor que puedo estarlo.
En una zona diferente de la ciudad, Pablo aún cargaba al joven padawan sobre sus hombros, cubierto con la túnica que le daba el aspecto de un comerciante cargando un gran equipo sobre su espalda. Sin embargo, llegar a su objetivo sería algo más complicado.
Como bien era sabido, el puerto de la ciudad capital de Lorrd cesó sus operaciones desde la llegada de la delegación Separatista, y ninguna nave tendría autorizo para despegar. Los hangares estaban custodiados por la guardia local y droides B1. Sin embargo, el número era limiatdo, ya que los Separatistas habían venido con la intensión de unir al planeta entre sus mundos, por lo que la intimidación militar no era una opción. Por supuesto, no se podía descartar la idea que Grievous estaría vigilando entre las sombras, dispuesto a cazar hasta el último de los Jedis con sus propios sables de luz.
Sin embargo, la oscuridad de las alcantarillas y el mal olor no era algo que el pobre Oongre tolerara con tanto entusiasmo.
Pablo: ¿Cómo es que no sientes este hedor?
Roy: Desconecté mi sentido del olfato desde que entramos.
Pablo: Demonios... Hay ocasiones en las que realmente envidio ese cuerpo tuyo. ¿Ya deberíamos estar cerca, no?
Roy: Si. Próxima intercepción a la derecha y deberíamos estar bajo la torre de control.
Pablo: Eso espero. Muero de ganas por salir de aquí.
No tardaron mucho en llegar a su objetivo. Un panel de control, usado generalmente por el equipo de mantenimiento para hacer chequeos periódicos, y tener acceso a algunos sistemas de la estructura como el sanitario. Y el punto clave para su próximo paso de su plan, cubierto por una asquerosa capa de moho y quien sabe que más.
Pablo: Arg... ¿Cómo siquiera puedes tocar esa cosa sin sentir asco? - Le preguntaba al padawan al verlo remover esa capa de moho con las manos. - Si... ya se, apagaste tu sentido del tacto.
Roy solo sonrió ante la anticipación, aunque no negaría que realmente no se sentía cómo con la situación. Pero el tiempo no estaba de su lado, así que rápidamente agarró uno de los conectores de su mano y lo enchufó a la placa de metal. Ahora todo dependía de él.
Pablo: ¿Tomará mucho tiempo?
Roy: No sabría decirle. Tengo que buscar permisos y rutas de acceso para acceder a las comunicaciones de corto alcance. Este panel no tiene acceso directo al resto de sistemas de la estación.
Pablo: ¿Y eso... No llamaría la atención?
Roy: Probablemente. - Podría parecer una broma, pero su tono fue tan áspero que no daba oportunidad
Los segundos pasaron, y mientras el padawan se concentraba tratando de buscar la forma de enviarle mensajes a los droides de apoyo de las naves Jedis, el maestro se mantenía vigilando. Algo se sentía extraño, o era un mal presentimiento de su parte.
Roy: Listo. Tenemos trece minutos para salir del planeta.
Pablo: ¿¡Qué!? Pero...
Roy: Saben que estamos aquí.
Pablo: ¡Maestra Nunes! ¡Maestra, responda!
Mientras tanto, en otro lado de la ciudad, un cyborg que miraba toda la ciudad desde lo alto del palacio, permanecía con una postura rígida, brazos cruzados tras su espalda, como un águila que todo lo mira desde lo alto de una cúspide. Esperando, paciente. Como el cazador que era, esperando el mínimo descuido de su presa para abalanzarse sobre ella. Y a su lado, un peligroso ser, cuya ambición era casi tan grande como el poder de la Federación de Comercio.
Haako: Le recuerdo, General, que este tratado deberá permanecer oculto el mayor tiempo posible. Si esos Jedi logran escapar, las consecuencias para nuestros planes serían... contraproducentes.
Grievous: Esos Jedis cobardes podrán ocultarse en la ciudad, pero no lograrán escapar de Lorrd con vida. Me aseguraré personalmente de ello.
Haako: Eso espero, general. Por su propio bien. Y ahora, si me disculpa, tengo una junta muy importante que tratar con el regente de Lorrd.
Grievous: Espero que sus negociaciones sean tan... productivas... como alaga.
Haako: Lo serán... Mi querido general. Puedo asegurarle que lo serán.
Una conversación cargada de indirectas, amenazas escondidas entre palabras agradables, pero con la intensidad asesina de un tigre hambriento. Algo bastante común en los altos mandos Separatistas, siempre en su constante lucha de poder.
El neimodiano finalmente se dió la vuelta, alejándose del lugar, dejando a un cyborg ardiente en cólera, cuyo único motivo por el cual no acababa con su vida era porque lo necesitaba para poder cumplir sus planes propios. Erradicar a los Jedis que masacraron a su pueblo sin piedad. O al menos eso era de lo que él estaba convencido.
B1: General. Hemos detectado anomalías en el funcionamiento de las comunicaciones en la ciudad.
Grievous: Al fin deciden salir de su escondite, escoria Jedi. ¿Dónde se localizan tales anomalías?
B1: En el sector sur, señor.
Grievous: Extraño. ¿Qué hay de relevante en ese sector?
B1: Nada, señor. Solo es un sector residencial.
Grievous: Preparen una nave. Iré a inspeccionar esta anomalía, personalmente.
B1: Roger, roger.
El general Cyborg no perdió el tiempo, y tan pronto descendió a las plataformas de despegue del palacio, su caza personal estaba listo para partir. Su nave personal y favorita, apodada el Soulless One, un modelo clase Belbullab-22 modificado por él mismo para ser una de las naves de combate más implacables de la galaxia.
La ágil nave despegó rápidamente, y surcó el espacio dentro de la colosal cúpula que contenía a la ciudad lejos de los aires contaminados del exteriores
La ágil nave despegó rápidamente, y surcó el espacio dentro de la colosal cúpula que contenía a la ciudad lejos de los aires contaminados del exteriores. Era veloz, y en cuestión de minutos ya había atravesado toda la colosal urbe, recibiendo una llamada apenas llegando a la sona.
B1: Señor.
Grievous: ¿Qué ocurre?
B1: Una nave no autorizada ha despegado en el sector sur. Corresponde a un modelo de lanzadera Sheathipede de nuestra delegación, propiedad de uno de nuestros embajadores.
Grievous: ¿Y dónde se encuentra dicho embajador en este momento?
B1: En la junta junto a gran Rune Haako y el regento de Lorrd.
Grievous: Son ellos. Jejeje. Muy bien malditos Jedis. No crean que pueden escapar de mi tan fácilmente.
Casi de inmediato, el cyborg divisó la lanzadera alzando vuelo, y alejándose lo más rápido posible de la posición. Grievous no perdió el tiempo, y se lanzó en picada sobre su objetivo, como un halcón sobre su presa en pleno vuelo, lanzando una potente descarga láser que perforó de inmediato el casco de la nave, pues un modelo Sheathipede de lujo no estaba diseñado para el combate, mucho menos para poder resistir el embate del Soulless One.
La lanzadera se envolvió en llamas, y la estela de huno que dejaba la hizo caer sobre una de las calles de la ciudad. Algunos de los pobres ciudadanos que reaccionaron muy tarde para ver la gigantesca mole de metal caer, no tuvieron tiempo para escapar de su trágico e innecesario destino. Porque a la hora de ejecutar Jedis, no había nada ni nadie que pudiese interponerse en el camino del rencosoro cyborg.
Grievous: Rodeen la nave. Y s hay algún sobreviviente, elimínenlo.
De inmediato, los droides B1 saturaron las calles alrededor de la zona del accidente, mientras la multitud en pánico corría desesperada del lugar. Los gritos de desesperación de aquellos que sufrieron por el impacto. Aquellos cuyas extremidades habían sido amputada, o habían perdido a un ser querido justo frente a sus ojos. EL llanto de un niño. El silencio sepulcral de los decesos. El retumbar de los pasos de los droides que acaparaban el área. Una macabra sinfonía que sonaba por primera vez sobre la superficie de Lorrd. La sinfonía de la guerra.
Los droides B1 incapaces se sentir miedo ante las llamas, se acercaron con paso firme, sus bláster al frente, listos para disparar a cualquier movimiento proveniente de la nave estrellada. Sus pies, pisando piedra, barro y sangre por igual.
B1: General. Tenemos un problema.
Grievous: ¿¡Qué ocurre, pedazo de metal inútil!?
B1: La lanzadera estaba vacía.
Grievous: ¿¡Qué!?
B1: Así es señor, no hay ningún cuerpo dentro de la lanzadera.
Grievous: Esos bastardos... - Pero su furia fue interrumpida por otro llamada.
B1: Señor, nos informas que siete naves han ejecutado un despegue no autorizado en los hangares de la zona norte de la ciudad.
Grievous: Malditos... ¡Llamad a todos los casas! ¡No los dejéis escapar!
¡Llamad a todos los casas! ¡No los dejéis escapar!
