¡Aventureros! Hoy les dejo uno de mis capítulos favoritos; espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo. ¡A leer!
Capítulo 33
Pov. Regina
Han pasado dos semanas desde la noticia. Henry y yo tratamos de acostumbrarnos a esta nueva y dolorosa rutina. Él se encierra en su cuarto cada noche, pero no sin antes asegurarse de que he comido algo y de hacerme prometer, con su mirada preocupada, que no trabajaré demasiado. Sus esfuerzos por cuidarme son conmovedores.
Hoy, me quedo en el estudio mucho más tiempo del que debería. Intento concentrarme en algunos papeles que mi secretaria dejó, pero las letras se desdibujan frente a mis ojos. La mayor parte del tiempo, solo miro al vacío, perdida en un océano de pensamientos que no cesan, que no callan. Doy vueltas de un lado a otro, como un animal atrapado, esperando acallar el bullicio dentro de mi cabeza. Pero es aterrador no poder detenerlo.
Lloro en silencio, un par de minutos. Mi pecho se agita con pequeños sollozos, mientras el caos en mi cabeza me empuja cada vez más cerca del borde de la locura. Me digo a mí misma que resista, que aguante. Pero es inútil... me rompo, una y otra vez, solo para intentar recomponerme con pedazos cada vez más pequeños. Soy un desastre, una ruina de lo que una vez fui. Sé que lo que estoy haciendo, este desmoronarme constante, no está bien. Pero es incontrolable; mi alma se siente desgarrada.
Deslizo una mano temblorosa sobre mi vientre, con una ternura que no sabía que aún tenía dentro.
—Cariño… lo siento —susurro entre lágrimas— Mamá no sabe cómo ser fuerte… pero te amo, juro que lo hago.
Y con esas palabras, nuevas lágrimas se desencadenan, en una lluvia que no tiene fin.
Cierro los ojos, suplicando por un poco de calma, como si no hubiese estado rogando por ella desde aquel primer día. Pero la guerra en mi interior comienza de nuevo, una y otra vez, dejándome esparcida en fragmentos irreconocibles de mí misma, como restos humanos tras una batalla perdida.
Despierto y miro la hora en el reloj de la pared. Son las dos y media de la madrugada. Cada rincón de mi cuerpo duele; mis ojos arden y la cicatriz en la palma de mi mano se siente viva, como si quemara. Me enrosco en el sofá, tratando de exprimir mis miedos hacia un rincón oscuro— Prometo que mañana lloraré menos, bebé— susurro, tratando de que las palabras puedan apaciguar el tormento.
Pero la molestia en mi palma no se va; al contrario, se intensifica. Mi mano… Me incorporo de un tirón, sentándome recta y parpadeando rápidamente, tratando de disipar la idea que va tomando fuerza en mi mente. Una chispa de esperanza que amenaza con romperme el corazón. Un ataque de sollozos incontrolables me dobla, caigo de rodillas al suelo, sintiendo cómo el ardor y el escozor en mi palma aumentan, pulsando con una intensidad que me deja sin aliento.
—Por favor… por favor… —susurro, echando la cabeza hacia atrás; concentrándome, tratando de sentir su magia, cualquier rastro de ella, pero el dolor se triplica al instante, abriéndose paso como una cuchilla que me atraviesa. Emma no está. Esa es la verdad que me desgarra— ¡Ya basta! —grito, pero ni siquiera mi propia mente me concede un respiro.
El pánico empieza a subir desde mi estómago, extendiéndose por mis extremidades, un ataque más en una cadena interminable de noches iguales. Clavo mis uñas en las palmas de mis manos con fuerza, buscando una distracción, algo que pueda cortar el flujo de pensamientos que me asfixian. Respiro entrecortada, tratando de calmarme por mi bebé, por ese pequeño ser al que quizás estoy lastimando. Y por Henry... él no debe verme así.
Poco a poco, el torbellino comienza a disiparse, aunque todavía me siento al borde. Llevo mis manos temblorosas a mi cara, presionando mis mejillas, cerrando los ojos con fuerza, rogando que esta noche pase, que el dolor ceda aunque sea un instante.
—¡Mamá!
La voz de Henry me llega como un eco lejano, arrancandome de vuelta de mis propios pensamientos. Todavía no me he recuperado del todo, pero hago un esfuerzo titánico por ponerme en pie. Mis piernas tiemblan, pero me obligo a aparentar calma. Cuando la puerta se abre, cuelgo una sonrisa falsa en mis labios, intentando no preocuparlo.
—Estoy bien, cariño —susurro, mi voz suave, casi un ruego de que me crea— Son las tres de la madrugada, vuelve a dormir...
Pero mis palabras se ahogan al ver su rostro. Henry está pálido, sus ojos abiertos de par en par, la respiración rápida, como si hubiera corrido kilómetros. Su cuerpo entero tiembla y en su mirada hay algo más que miedo, algo que me estremece hasta los huesos.
—¿Henry? —pregunto con cautela, mientras mi corazón comienza a latir más rápido.
—¿Sentiste la explosión de magia?—Su grito hace eco en mi mente— ¡Mamá!
Mis propias emociones comienzan a desbordarse, las manos empiezan a temblarme y la sensación en mi pecho se intensifica. La mano derecha, la misma que había estado molestando antes, comienza a arder de nuevo, y un instinto profundo me grita que algo está muy, muy mal. Hay una magia, algo que no es mío, hurgando dentro de mí y mi cuerpo se tensa con cada segundo que pasa. ¿Mi bebe?
—¡Mamá! —insiste Henry, su voz ahora más desesperada— ¡Mamá, estás... estás brillando!
Miro mis manos y lo veo. Una luz, brillante y cegadora emana de mí, envolviéndome por completo. Mi cuerpo está siendo consumido por esa energía. Me repito una y otra vez que no es real, que es solo una pesadilla más, que nada de esto puede estar sucediendo. Pero la verdad es imposible de ignorar cuando la magia dentro de mí estalla en un torrente imparable y sin previo aviso, hay un tirón violento que me arranca del suelo, dejándome sin control sobre mi propio cuerpo, no puedo resistirme. Todo a mi alrededor es un torbellino de caos y energía descontrolada.
Cuando la bruma que me envuelve comienza a disiparse, reconozco el lugar en el que estoy. Me vuelvo, mirando a mi alrededor y lo veo. La torre del reloj se alza imponente a mis espaldas. Las calles de Storybrooke están abarrotadas de gente, muchos de ellos mirando con ojos llenos de confusión y miedo. Veo a los clientes de Granny's entre la multitud y luego mis ojos se fijan en las figuras conocidas que corren hacia mí.
David, Snow y Rubi se abren paso entre las personas, sus rostros marcados por la preocupación. Todos están aquí, en medio del epicentro de algo que aún no comprendo.
—¿Qué es esa cosa? —pregunta Snow con voz tensa, señalando con su mirada hacia el final de la calle.
Mis ojos siguen los suyos y lo veo. Una sombra negra, tambaleante, se aproxima lentamente hacia nosotros. No es como nada que haya visto antes. La sombra se mueve de manera irregular, como algo vivo.
Un escalofrío recorre mi espalda. Siento a Snow y a David detrás de mí, aunque no los miro, sé que están igual de aterrorizados. No sé qué es esa cosa, pero viene hacia nosotros.
—Prepárense... —murmuro.
La confusión se apodera de mí, dejando mi mente nublada y mi cuerpo tembloroso. Cada segundo que pasa, la figura se acerca y a medida que las luces de las tiendas lo iluminan, la verdad se revela ante mis ojos. Una verdad que me aplasta, que me rasga por dentro. Esa chaqueta... esa maldita e inconfundible chaqueta de cuero.
—¡Killian! —grita David, su voz impregnada de una furia ciega
El sonido de su grito rompe el silencio de la calle y sin pensarlo dos veces, desenfunda su arma, disparando sin cesar hacia la figura que se aproxima. Las balas vuelan, algo en mí se resquebraja cuando el nombre de estalla en mis oídos.
¡Killian!
Una mano gigante, invisible, se cierra alrededor de mi pecho, aplastando cada costilla, robándome el aliento. La rabia, el odio, me inunda de una manera tan violenta que me deshace por completo... para luego volverme a recomponer en una explosión de furia que arde con una intensidad insoportable.
"Quiero venganza."
El odio me consume, me devora y pierdo el control. Mis manos se alzan casi por voluntad propia, lanzando una ráfaga de magia oscura que surge de mi ser, ansiosa de destruir. Pero antes de que mi ataque alcance su objetivo, Killian lanza un manotazo en el aire y una poderosa explosión de magia golpea las paredes de una tienda cercana, volviendo sus paredes añicos.
El caos se apodera de la escena. La gente grita, algunos corren en busca de refugio, otros quedan paralizados por el miedo. Pero yo... yo no puedo detenerme. Mi mirada está fija en él. No importa el dolor en mi mano, ni el ardor que crece en mi cicatriz. Nada me detendrá. Arremeto con todo lo que tengo, una y otra vez, enviando oleadas de magia que deberían aplastarlo.
Sin embargo, algo lo protege. Mi magia pasa de largo, rozándolo sin efecto alguno. Lo repele. Hay un muro invisible que lo rodea, una barrera que no logro ver, pero que puedo sentir en cada fallido ataque.
—¡Hijo de puta! —grito con una voz desgarrada por la rabia— ¡Ven a mí!
No puedo pensar en nada más. Lo quiero frente a mí y destrozarlo con mis propias manos.
Pero entonces... habla. Sus palabras son un murmullo ininteligible, un farfullar sin sentido que me desconcierta por completo. A pesar de la locura del momento, hago el esfuerzo de intentar comprender lo que está diciendo. Su voz es errática, temblorosa.
—Ge enido d infero or ti... —titubea, sus ojos moviéndose frenéticamente, da la impresión de que no pudiera encontrar el equilibrio en ninguna parte.
No tiene sentido. No puedo entenderlo. Pero algo en su tono, algo en la forma en que lo dice... me desequilibra. Esa voz.
Antes de que pueda reaccionar, se lanza contra David, el más cercano a él. En un parpadeo, instintivamente, libero una ráfaga de mi poder hacia ellos, alejando a David de sus garras justo a tiempo. El rostro de nuestro atacante empapado de una baba negra como el resto de su cuerpo se crispa con furia.
Me lanza una descarga de magia que parece a punto de arrollarme, pero cuando me toca, solo se convierte en puntos brillantes, como luciérnagas en la oscuridad. Su magia no me hace daño y eso me resulta extraño.
—¡Dime... ue... les... iste! —grita, su lengua pesada, las palabras se quedan atoradas en su boca. Mientras sus manos se elevan, apuntando directamente hacia la gente. No puedo permitirlo. Mi instinto toma el control. Desaparezco en un abrir y cerrar de ojos, actuando sin pensar.
Debo protegerlos.
Contengo el aliento y al reaparecer, descargo un golpe furioso en su espalda. Lo arrojo varios metros lejos de mí. ¿Qué demonios? Mi magia, sin embargo, parece solo empujarlo, con un simple fuerte soplido de aire que lo lanza al suelo. "Mi magia está actuando extraño" pienso mientras contemplo cómo se arrastra y queda de rodillas. Las ganas de destruir a este cabrón me queman por dentro, y no sé cómo voy hacerlo si mi poder no lo lastima.
Voy a por él, con pasos decididos. Le agarró los cabellos y levanto su rostro hacia mí. Parpadea y, a través de la suciedad y el lodo que lo cubren, sus pestañas húmedas revelan unos ojos vidriosos.
Me quedo paralizada, clavada en mi sitio. El mundo alrededor se desvanece, el ruido se apaga. Solo esos ojos verde azulados llenan mi campo de visión. Una corriente de adrenalina recorre mi cuerpo, una descarga de endorfina, serotonina y dopamina me inunda, anestesiando todo dolor, todo pensamiento.
—Ge... Gina... —balbucea con un hilo de voz.
Caigo de rodillas, mis piernas incapaces de sostenerme, mis músculos se niegan a responder. El corazón me late con violencia en el pecho, martillando contra mis costillas. No puede ser. Es absurdo. No puede ser cierto que esta imagen frente a mí sea real. Mis manos temblorosas se alzan por su cuenta y tocan su rostro con desesperación, recorriendo sus facciones con la urgencia de quien teme que todo sea un espejismo.
Miro esos ojos, buscando la verdad en ellos, con el aire contenido en mis pulmones.
—¿Em... Emma...? —susurro, temblando, aferrándome al último vestigio de esperanza.
La sensación de impotencia es sofocante, algo que me carcome desde adentro. No he dejado de observarla desde que cerró los ojos, intentando aferrarme a la única certeza que me mantiene cuerda. Su respiración, suave y constante. Pero no es suficiente. Nada lo es cuando la veo así, perdida en un sueño del que no puedo despertarla. La necesidad de saber que está bien, que donde sea que su mente se encuentre, está a salvo, me atormenta.
Mis dedos recorren su cuerpo bajo las sábanas negras, y el simple contacto me desgarra. La piel de Emma, tan familiar, tan cálida, ahora está marcada por cicatrices, golpes y hematomas que no deberían estar allí. Cada marca es una puñalada a mi alma. La despojé de esos harapos ensangrentados y sucios, limpié su cuerpo con el mayor de los cuidados, pidiendo perdón por dejarme llevar por la rabia y no escuchar a mi magia a todo lo que me gritaba que ella está ahí. Lloré en silencio mientras cada herida me recordaba lo frágil que es todo lo que amo.
Ya han pasado tres días, tres malditos días en los que ha permanecido atrapada en este sueño profundo, inalcanzable. Acaricio su cabello rubio, esparcido por la almohada como un halo dorado, mientras mis ojos buscan alguna señal de dolor en su rostro. Esta vez, está tranquila. El rostro relajado, sus labios ligeramente entreabiertos. Pero otras veces... otras veces, el tormento lo transforma en una mueca de sufrimiento y mi jodido corazón se parte en mil pedazos por la impotencia.
Me inclino sobre ella, mis labios rozando su piel fría, tratando de ofrecerle algo de calor, de consuelo. Aunque sé que no me escucha, aunque sé que no puede sentirme, necesito intentarlo.
—Cariño... Estoy aquí —susurro, mi voz quebrándose— Estoy contigo, Emma.
Beso sus mejillas suavemente, con la vaga esperanza de que mi toque pueda calmar los temblores que la recorren de vez en cuando.
Pov. Emma
En la oscuridad, suplico con cada fibra de mi ser. Por favor... ya para...
Los monstruos han vuelto. Siento la mancha negra arrastrarse por mi mente, la risa de la criatura resonando en mis oídos mientras me lanza una patada que me deja sin aliento. Trato de arañar sus brazos, pataleo como una loca intentando escapar de su agarre. Pero no lo consigo. Nunca lo logro.
El monstruo hunde sus uñas en mi piel, y el dolor es tan intenso que siento que mi carne se quema.
Destruiré todo lo que amas. Susurra con una voz rasposa, con un hedor a podredumbre que me revuelve el estómago. Una baba negra se desliza por su barbilla, cubierta de costras y mugre. Las personas que amas... morirán.
Busco desesperadamente una salida, pero entonces veo algo más. No estamos solos. Hay dos sombras en la penumbra, apenas visibles, pero su presencia es suficiente para encender una chispa de temor profundo en mi pecho.
Me esfuerzo por enfocar la vista, parpadeando entre lágrimas de rabia y terror, hasta que logro distinguir una figura femenina y una más pequeña... un niño. Están de rodillas, abrazados el uno al otro, como si se protegieran de algo invisible y monstruoso. La repentina visión de ellos me duele de una forma inexplicable.
¿Por qué me duele tanto? ¿Quiénes son? Me importan... Lo sé. Lo siento. Algo en mi interior quiere saltar hacia ellos, protegerlos a toda costa. El miedo me oprime el pecho y mi respiración se vuelve un jadeo desesperado. No puedo perderlos... No puedo.
—¡No! —grito con voz quebrada, pero el sonido apenas sale en un susurro tembloroso. Mi corazón late frenético, golpeando contra mis costillas, mientras el monstruo se inclina más cerca, su risa sorda llenando cada rincón de mi mente.
"No... no dejaré que los toque. No permitiré que les haga daño."
Las voces son como ecos lejanos, distorsionadas por el dolor que me embarga. Intento concentrarme en ellas, aferrarme a esas palabras que parecen querer consolarme, pero se sienten tan lejanas. Los dedos que apartan los cabellos de mi rostro lo hacen con una ternura, un alivio fugaz en medio de mi agonía. Me reconforta, aunque sea por un breve instante, pero tan pronto como llegan, los roces desaparecen, dejándome con un vacío abrumador. La desesperación crece en mi interior por el deseo desgarrador de seguir ese toque, de no perderlo.
Escucho más voces, pero no logro distinguir a quién pertenecen. Son un murmullo en la bruma que me envuelve, irreconocibles, hasta que un gemido suave, ahogado, rompe la confusión. ¿Alguien llora? Mi instinto me dice que debo abrir los ojos, que necesito decirle que estoy bien, que no se preocupen. Pero mi cuerpo está inerte, no parece mío. Quiero moverme, pero no me responde.
Estoy demasiado débil. Cualquier esfuerzo por abrir los ojos o mover un músculo provoca una oleada de dolor que recorre mi columna vertebral, cada pulso como una descarga eléctrica que me paraliza. La angustia se mezcla con el miedo.
No quiero estar muerta.
Pero la oscuridad acecha, siempre presente, es una sombra que se cierne desde los rincones más oscuros de mi mente. Se acerca, me envuelve en sus garras y me arrastra de nuevo. "Por favor, no aún. Quiero ver su rostro... solo una vez más." Pero el dolor es demasiado, un vendaval imparable que me empuja hacia el abismo, anestesiando mis sentidos, nublando mi mente. Y entonces, el vacío me reclama una vez más, sumergiéndome en lo profundo.
El tiempo se diluye en la oscuridad, sin sentido ni medida. No sé si estoy viva o muerta. A veces, en medio de mi delirio, creo distinguir sombras moviéndose a mi alrededor, pero mi cabeza da vueltas y el vértigo me consume. Tengo el impulso de huir, de levantarme, pero mi cuerpo tiembla, sin fuerzas suficientes para moverse.
—Por favor... —mi voz es apenas un susurro afónico, una súplica que no estoy segura de haber pronunciado en voz alta.
Una mano cálida se posa sobre mi pecho, el contacto de esos dedos se siente extrañamente reconfortante, una chispa de calor en medio del frío más absoluto.
—Cariño… Estás temblando —murmura con suavidad, mientras siento un beso cálido sobre mi mejilla. Una mano se posa sobre mi pecho y el calor que desprende se esparce por todo mi cuerpo calmando mis temblores— Estoy contigo, Emma.
La voz resuena en mi interior, vibrando en lo más profundo de mí. Con un esfuerzo sobrehumano, intento encontrar a su dueña pero una sacudida de dolor, aguda y ardiente, me obliga a parpadear con fuerza. Mi visión se aclara lentamente. "Es ella."
—Eres tan bonita... —digo sin pensar, apenas capaz de pronunciar las palabras, mi voz quebrada y débil. Ella, la chispa de luz que siempre ha brillado en medio de las tinieblas, la única que logra alejar los monstruos que me acechan.—¿Puedo… ser tu novia?
—Todo lo que quieras amor— se inclina y me da un suave beso en los labios y a mi mente confusa le cuesta asimilar lo que pasó.
—Chica… linda me ha besado— las palabras se arrastran dentro de mi boca como si huebra tomado muchas botellas de ron pero, no recuerdo haber bebido
Su cabeza se apoya en mi hombro y la siento temblar contra mí. Un sollozo escapa de su garganta, un sonido tan doloroso que me atraviesa el alma. Me duele más escuchar su llanto que mi propio cuerpo roto. Quiero consolarla, decirle que todo estará bien, pero mi cuerpo no me obedece.
—Te amo tanto... —susurra ella, sus dedos temblorosos acariciando mi cabello, intentando calmarme o quizás, calmarse a sí misma.
—Esto es… ¿Es un sueño? —pregunto con voz ronca, mi mente aún atrapada en el limbo entre la realidad y la nada.
Ella me mira y la tristeza que veo grabada en su rostro me rompe por dentro. Siento el peso abrumador de la oscuridad regresar, tirando de mí hacia el vacío otra vez.
—Descansa, mi amor —murmura con dulzura, mientras su mano se desliza por mi mejilla, limpiando las lágrimas con el pulgar. Luego, se inclina sobre mí y susurra algo que no logro entender, como una promesa secreta, antes de besarme nuevamente en los labios.
Me rindo al cansancio, con los rastros de sus besos aún resonando en mi cuerpo, aferrándome a ella mientras la negrura me envuelve de nuevo.
Despierto con un sobresalto, sintiéndome como si hubiera atravesado un muro de oscuridad. Mi mente lucha por adaptarse, por descifrar dónde estoy. Todo a mi alrededor se siente extraño y a la vez… acogedor, como un abrazo silencioso.. Pero no reconozco este sitio. La habitación tiene una calidez que me resulta extraña, y cuando trato de moverme, un mareo súbito me golpea. Parpadeo varias veces, intentando enfocar, pero la cabeza me late con fuerza, tengo la sensación de que alguien se encuentra tocando un tambor dentro de mi cráneo.
Mi respiración se acelera, un torbellino de preguntas sin respuestas comienza a girar en mi mente. Parpadeo, confundida, intentando entender cómo terminé aquí. Lo último que recuerdo es la calle del pueblo y el vacío absoluto, el silencio opresivo de la noche mientras la oscuridad se cernía sobre Regina. Luego salté, sin pensar. Salté para alcanzarla, para protegerla de lo que fuera que la acechaba… ¿Cómo es posible que haya pasado de eso a esto?
Me enderezo, o al menos lo intento y siento una punzada en la cabeza. A medida que el mareo retrocede, me doy cuenta de un detalle inquietante, estoy desnuda. Un frío recorriendo mi piel me hace aferrar la sábana con fuerza. Esto no puede ser real. ¿Desnuda, en una cama ajena? No. Tiene que ser una broma, un chiste de mal gusto. Trato de encontrar señales familiares, de reconocer el espacio, pero en lugar del olor a madera húmeda y envejecida de mi propio lugar, percibo toque diferente, un aroma dulce, fresco y sutil que me invade, relajándome a pesar de la confusión. Esta fragancia es inconfundible. Huele a ella… huele a Regina.
Floto en un abismo de confusión. Imágenes borrosas parpadean en mi mente, difusas, sin conexión. Rostros, luces, la sensación de caer, de perderme en algo oscuro y profundo. ¿Qué es real? Me aferro a la sábana, intentando anclarme, pero mis pensamientos son una red rota, incapaz de atraparme en algo tangible.
Un tarareo distante llega a mis oídos, suave y constante. Me obliga a alzar la cabeza un poco, y ahí la veo. Es solo una figura borrosa al principio, pero mi vista se estabiliza lentamente, y entonces, mi corazón da un salto. "¡Regina!", exclamo dentro de mi cabeza, incapaz de emitir sonido alguno. Ella está de espaldas, desabrochando su falda y deslizándola por sus caderas hasta dejarla caer al suelo. En cuestión de segundos, queda en ropa interior.
"Oh, por Dios…", susurro en mi mente, tratando de comprender qué estoy viendo. Todo en mí me pide apartar la mirada, girar hacia cualquier otro lado. Pero mis ojos se niegan a obedecer, aferrándose a cada detalle de la escena frente a mí, mientras un calor sofocante asciende desde mi cuello hasta mis mejillas. No puedo evitarlo. No importa cuán inapropiado sea, cuán mal esté, me siento atrapada por su presencia.
"Por la madre que me parió…" Incluso ahora, en esta situación, no puedo evitar admirarla, desearla.
"Esto no está pasando… Esto no puede estar pasando. Ella me va a matar", me digo con un toque de humor oscuro, intentando convencerme de que estoy en algún sueño raro o que mi magia me ha jugado una muy mala pasada. "Tiene que ser eso. Sí, seguro es un sueño, ¿verdad? Por eso la alcaldesa no me ha convertido en un montón de cenizas. Porque, de lo contrario, no hay forma en que ella me deje salir viva de aquí."
Por algún milagro, Regina no me ha notado, quizás soy invisible. Mantengo la respiración por seguridad, rogando que mi súbita y extraña aparición no la perturbe. Cierro los ojos por un instante, deseando desaparecer, pero al abrirlos, ella sigue ahí, y yo sigo aquí… completamente desnuda en su cama, como si fuera una invasión involuntaria. "¿Qué demonios estoy haciendo aquí?", pienso, mientras la vergüenza y la atracción chocan dentro de mí.
Mi mente, aún confusa y perdida entre lo que recuerdo y lo que está sucediendo, se aferra a la esperanza de que, de alguna manera, todo esto sea solo un desliz de mi magia… o una muy vívida fantasía. Pero una parte de mí, a pesar de todo, se niega a perder un solo segundo de este momento, aunque mi cordura cuelgue de un hilo.
Imágenes sueltas. Regina tomando mi mano con cariño, abrazándome, fragmentos de recuerdos, pero la sensación de estar fuera de lugar se mezclan con todos ellos, formando una niebla que me envuelve. Sin embargo, antes de intentar descifrar lo que ocurre en mi cabeza, hay algo mucho más urgente, tengo que salir de esta casa con vida.
Cierro los ojos, concentrándome en mantener la respiración tranquila, aunque cada latido de mi corazón retumba como un tambor desbocado. La ansiedad se enrosca en mi garganta, apretando con fuerza, una cuerda invisible que no me permite respirar bien. Cada vez que ella se mueve por la habitación, cada crujido del suelo bajo sus pies, hace que la sangre se me hiele. Ruego que no pueda escuchar los latidos frenéticos que delatan el miedo ardiendo en mi interior.
Escucho sus pasos alejarse, la puerta se cierra y una chispa de esperanza enciende algo en mi mente. Este es mi momento. Tengo que salir de aquí antes de que me descubra. Trato de darme valor, de reunir el coraje para saltar de la cama y correr, pero cuando intento moverme, mi cuerpo parece envuelto en plomo. "Vamos, muévete", pienso con desesperación. Pero no importa cuánto me esfuerce, mis músculos no responden como deberían. Todo en mí se siente torpe, atado por una lentitud insoportable.
Al final, con un esfuerzo titánico, logro sentarme al borde de la cama, enredándome en las sábanas para cubrirme. Mis ojos no se apartan de la puerta por donde Regina desapareció. El sonido del agua corriendo me envuelve, aumentando la presión en mi pecho. La urgencia de escapar es abrumadora. No me importa el mareo que amenaza con derribarme, ni la debilidad que pesa en cada fibra de mi cuerpo. Solo tengo un pensamiento, debo huir, porque si me quedo, no seré más que un cadáver chamuscado. El pensamiento de ser asada viva hace que un escalofrío me recorra la espalda.
Espero, contando los segundos mientras intento recuperar fuerzas. Mis manos, sudorosas y temblorosas, se aferran al borde de la cama y un ruego se escapa de mis labios en un susurro desesperado.
—Por favor… —es casi un murmullo, una súplica al aire, como si alguien pudiera escucharme y liberar esta tensión que me consume.
Me inclino hacia adelante y el mundo a mi alrededor se tambalea. La habitación gira, cierro los ojos para estabilizarme. Pero la necesidad de escapar es más fuerte que el mareo; no puedo permitirme ser una presa fácil. Con los dientes apretados, respiro profundo y me empujo con las manos para intentar levantarme. La adrenalina corre por mis venas, fuerte y punzante, mientras lucho contra la parálisis que me tiene atrapada.
"Solo un poco más. Vamos, Emma. No puedes quedarte aquí" me repito, tratando de convencer a mis propias piernas de moverse, de correr, de hacer cualquier cosa. Pero justo cuando consigo dar un simple paso, el temblor en mis piernas me traiciona, y me detengo, atrapada entre el pánico y la urgencia. Todo mi cuerpo se congela al sentirla. No es solo la tensión del miedo; es su presencia, un peso invisible que llena el aire.
Alzo la vista y ahí estaba Regina, de pie en la puerta del baño, mirándome fijamente.
Continuará...
Y así, mis aventureros, la tortura está llegando a su fin. El próximo capítulo es el gran final, ¡y podrán descansar del drama (por ahora)! Gracias a cada uno de ustedes que ha llegado hasta aquí y le ha dado una oportunidad a este caos emocionante. Nos leemos en el último episodio…
