—Ya está. —exclama con su habitual expresión estoica, cubriendo la herida con un apósito— Voy a darme una ducha rápida y nos vamos. Puedes caminar, ¿no?

—Estoy bien para salir en cualquier momento.

Sarada se encoge de hombros y se pone de pie para dirigirse hacia el pasillo con la intención de sacarse toda el barro y sangre seca que traía encima.

El agua caía sobre su cuerpo llevándose toda la suciedad. Y también terminó por llevarse esa sensación de éxtasis que regresó después de tanto tiempo.

Ahora entendía la razón por la que su familia estaba preocupada de su comportamiento años atrás. ¿Cómo se supone que debe parar después de recordar lo que se siente? No habrá nada que pudiera detenerla, podía saborear esa adrenalina recorriendo su sistema nervioso con ansias de más.

Casi era capaz de quedarse allí a pasar la noche con la esperanza de que regresaran por ella. Que intentaran llevársela de nuevo para poder volver a experimentarlo.

Para su pesar, no podía perder más tiempo. Ya debía estar viajando a Dublín si quería llegar para unirse con el resto del elenco durante el ensayo general.

Así que salió del baño arrastrando los pies tras darse la ducha más rápida que nunca se dio y se fijó en que Kawaki ya la esperaba afuera recostado en el tronco de un árbol cercano. Parecía tan fresco como una lechuga, y de no ser por la palidez de su rostro ni siquiera sospecharía que tiene una herida de bala en el costado.

Entonces un pensamiento atravesó su mente, dejándola paralizada bajo el umbral de la puerta.

—Tsubaki. —susurró presa del pánico. Si ellos le habían seguido la pista hasta allí, debieron pasar primero por la cabaña del viejo Mifune.

—¿Qué pasa? —pregunta Kawaki al ver su expresión consternada.

—Debemos apurarnos. —exclamó pasando por su lado sin detenerse.

El Uzumaki decidió no hacer más preguntas, prefería que la chica no pasara la mitad del camino refunfuñando con fastidio y todo su mal humor se volcara sobre él.

Les tomó cerca de media hora caminar de regreso al pequeño pueblo. Kawaki no permitió que se detuvieran a descansar, era demasiado para su orgullo, así que se limitó a seguirle el paso a la chica en completo silencio.

—¿Vas a decirme qué pasa? —la detiene tomándola por el brazo cuando ya podía ver el final del boscaje— Has estado rara todo el camino.

—¿Rara? —enarca una ceja— Estoy de lo más normal, teniendo en cuenta que mi amiga de la infancia y mi mentor pudieron ser atacados anoche.

Se soltó de su agarre con brusquedad y retomó el paso sin darle oportunidad de preguntar nada más. El lugar estaba completamente desértico, pero algo seguía sin sentirse del todo bien.

Kawaki visualizó el jeep que les consiguió Daemon y parecía todo en orden. Incluso su equipaje seguía dentro del maletero, cosa que por un momento creyó imposible.

La Uchiha se asomó por la ventana de una de las pequeñas casitas de los pescadores y el aire se le escapó de golpe. Dentro habían tres cadáveres. El de un hombre mayor, su esposa y su joven hijo que aparentaba ser de su edad.

No tuvo que ir a revisar casa por casa para saber que se encontraría exactamente con la misma escena en todas las viviendas.

—¿Sarada? —escuchó la voz femenina detrás de ella y sintió un alivio instantáneo.

Tsubaki dejó lo que estaba haciendo del otro extremo del lugar y se echó a correr para lanzarse a sus brazos.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —pregunta la castaña, tomándola por los hombros para revisarla de pies a cabeza— ¿Lograron encontrarlos?

—Sí, pero ninguno quedó vivo. —responde la Uchiha frunciendo el ceño— ¿Qué sucedió aquí?

—Vinieron aquí primero. —sus labios se convirtieron en una fina línea— Nadie los delató. Supongo que cepillaron la zona hasta dar con ustedes.

La azabache se refriega el rostro con una mano llena de frustración y coloca las manos en jarras. Aunque ya se lo imaginaba, muy en el fondo tenía la esperanza de estar equivocada.

—¿Cuántos se salvaron?

—Unos pocos. —suspira Tsubaki— Los que quedan están cavando zanjas para enterrar a los hijos de puta.

—¿Mifune?

El semblante de la muchacha se entristeció de repente y no hubo necesidad de decirlo en voz alta.

—Un par de horas después de que te fuiste. —le hizo saber tras varios segundos— Ya no estaba aquí cuando sucedió el ataque, de lo contrario se habría levantado de la cama para ayudar.

Sarada sonrió con melancolía.

—Sí, eso haría.

Tsubaki alcanzó su mano con genuino afecto y la azabache le dio un apretón para transmitirle su apoyo silencioso.

—¿Cómo ayudo? —pregunta al mirar a uno de los pescadores llevando un par de cuerpos de los atacantes en una carretilla.

—Algunos están cavando tumbas para los nuestros, tenemos todo bajo control. —contesta la castaña— Supongo que tú has dejado un desastre en medio del bosque.

—Algo así.

—Nos encargaremos de eso también. —le dio una palmada en el hombro— Puedes irte.

Kawaki se había mantenido a la distancia, buscando entre sus cosas una muda de ropa limpia que no dudó en colocarse sin importarle las miradas curiosas de los lugareños al ver su espalda repleta de tatuajes.

No obstante, en ningún momento perdió de vista a Sarada, quien parecía tener una charla acalorada con su amiga de la infancia. No podía escuchar nada desde ahí, pero supuso que estaban hablando de él cuando ambas se giraron en su dirección.

—Está herido. —exclama Tsubaki luego de ver el vendaje improvisado que le hizo la azabache rodeando su torso— ¿Es grave?

—Vivirá. —responde la Uchiha enarcando una ceja— La prudencia no es lo suyo.

—Lo tuyo tampoco. —le recuerda la mayor— ¿Qué quieres que haga con la casa?

—Quémala. —dice sin dudar— Hasta los cimientos. Que no quede rastro.

—Pero...

—No pienso volver, Tsubaki. —murmura con la mirada en el muelle a unos treinta metros de distancia— Esta isla fue mi hogar durante años, pero por fin he cerrado el ciclo.

Tsubaki levantó la mano para tocar la mejilla de su amiga con la punta de los dedos y finalmente asintió con un suspiro.

—Voy a quedarme unos días más para dejar todo en orden. —comenta la castaña— Después de eso, ya veré qué sigue para mí. Por mucho que quiera quedarme en este sitio, no creo que se sienta como un hogar sin el abuelo.

—¿Disculpa? —sonríe la azabache— No tienes que buscar nada, tu sitio es conmigo, tal como lo prometimos.

—No tienes que incluirme en tus planes, Sarada. —pone los ojos en blanco— Podemos vernos de vez en cuando, eso bastará para que el abuelo no regrese de la tumba a jalarnos las orejas.

La Uchiha sacude la cabeza con determinación y esta vez es ella quien toma a la castaña por los hombros.

—Quédate un tiempo conmigo, ya después decidirás si quieres irte a cualquier otro sitio. —pide en voz baja— Llámame tan pronto como decidas irte de aquí, ¿de acuerdo?

Tsubaki resopla, pero una sonrisa tira de sus labios sin poder evitarlo. Bien, eso podía hacerlo.

—De acuerdo. —repitió encogiéndose de hombros— Ahora vete. No lo digo por ti, sino por la seguridad de los que aún quedan aquí.

Sarada asiente, retrocediendo un par de pasos y despidiéndose con un simple gesto de manos. Tsubaki hizo lo mismo, ambas sabiendo que esto sólo era el principio.

—Quiero despedirme de él. —dijo la Uchiha en voz baja— ¿Dónde está?

—Te llevaré.

(...)

Luego de conectar su móvil en el auto, Kawaki llamó a Daemon para informarle de la situación mientras Sarada desaparecía detrás del boscaje siguiendo a la chica castaña.

Supuso que no era necesaria su compañía, así que decidió esperarla en el vehículo durante media hora antes de verla regresar con una expresión apacible. Ella no dijo nada al subir en el lugar del copiloto y simplemente se hundió en el asiento con un suspiro audible.

—Daemon ya está en camino. —le hizo saber, encendiendo el motor de la jeep— Es un viaje corto desde Tokio, estará esperándonos cuando lleguemos a Naha.

Sarada asintió ligeramente con la cabeza y conectó su móvil sin sorprenderse por la lluvia de notificaciones que le llegaron a los pocos segundos de encender la pantalla.

De inmediato presionó la opción de llamar a la última persona que intentó contactarse con ella y luego de un par de timbrazos escuchó la voz masculina de Shizuma del otro lado de la línea.

—¿Por qué demonios no contestas? —pregunta en tono preocupado— Intenté contactarte desde ayer.

—Te explico después, voy a enviarte una lista de nombres y quiero que investigues todo lo que puedas. —contesta con seriedad— Busca en Polonia, específicamente en Katowice.

—¿Qué hizo Jigen? —escuchó el cambio en su voz— ¿Envió a alguien por ti?

—Sí. —se muerde el interior de la mejilla— Estoy bien, pero necesito que esto sea tu prioridad ahora.

—Voy a viajar a Dublín, no me fío de tu palabra cuando dices que estás bien. —replica de mala gana— Después de asegurarme de que no tienes ni un rasguño me pondré a investigar.

Sarada soltó un bufido de fastidio, pero no discutió con él. Tenía una jaqueca insoportable.

—¿Dónde estás ahora? —cuestiona el hombre— ¿Quién está contigo?

—Estoy en Japón. —se limita a decir— Tomaré un avión a Dublín tan pronto sea posible.

—Te veo allí.

Y colgó.

Hizo caso omiso de la mirada insistente del hombre a su lado y se acomoda el cabello detrás de las orejas con evidente hastío. Luego de casi una hora de lo mismo se dio por vencida y se giró a verlo.

—¿Qué tanto me miras? —gruñe frunciendo el ceño— ¿Cuál es tu maldito problema?

—¿A quién estás dándole órdenes? —enarca una ceja— No parecías hablar con ninguno de tus hermanos.

—Ocúpate de tus asuntos y yo me ocupo de los míos. —estrecha la mirada, masajeándose la sien— ¿Puedo confiar en que Daemon ha sido discreto con esto del ataque?

—Demasiado tarde, Himawari ya está al tanto, y Daemon ha informado a tus hermanos. —se encoge de hombros— A estas alturas todos ya deben estar enterados.

—Genial. —pone los ojos en blanco— Simplemente genial.

Esa era la razón por la que su familia no había dejado de bombardearla con mensajes y llamadas. Así que volvió a tomar su móvil y decidió mandarle un mensaje simple y corto a su madre.

«Estoy bien. Camino a Dublín.»

Eso debía bastar. Ya se enfrentaría al interrogatorio al llegar a Irlanda.

—No eran Las Triadas. —murmura llamando la atención de la chica— Pero tú ya parecías saberlo, ¿no?

—Sí, al principio lo sospechaba. —contesta, rebuscando en su neceser un analgésico para el dolor de cabeza— Pero después confirmé que fueron enviados por el líder de los polacos.

—¿Lo conoces? —arruga el entrecejo— Se suponía que era un maldito fantasma.

—No para sus aliados. —contesta con sencillez— Fue como invitado a mi fiesta de compromiso.

La sola mención de esa faceta de su vida hizo que cada músculo se tensará en él.

—Mi familia está al tanto, supongo que como miembro de la alianza también debes saberlo. —dice sin mirarlo— Su nombre es Jigen, y por lo que Kagura me dijo sobre él, le gusta estar en constante movimiento, así que será difícil dar con su paradero.

Después de su fiesta de compromiso, le exigió información a Kagura sobre la organización que dirigía Jigen. Él le dijo todo lo que sabía al respecto y le dio detalles específicos que seguramente le colocarían un blanco en la espalda. Es decir, todo el que no fuera aliado estaría dentro de su lista negra, pero el resto no estaba en la mira tanto como ella. Al parecer, se había convertido en su presa anhelada.

—¿Y por qué vino por ti y no por tus hermanos? —cuestiona con enfado— No tiene sentido.

—Lo que tiene conmigo es personal. —menciona sin mirarlo, percatándose de que ya estaban cerca de la entrada de Naha.

El viaje que antes les había tomado casi dos horas, Kawaki lo hizo en una hora y cuarto por la velocidad vertiginosa a la que conducía.

—¿Por qué?

—¿Podrías dejar de meter tus narices donde no te llaman? —gruñe fastidiada— Es mi maldito problema, no el tuyo.

El Uzumaki apretó las manos alrededor del volante y maldijo en su interior una y otra vez. Ni siquiera podía culparla por comportarse de esa manera con él. Ella simplemente lo estaba tratando como al resto.

Y era... frustrante. Porque a él nunca lo trató como a los demás.

Se mantuvieron en silencio lo que queda del camino hasta el aeropuerto y apenas detuvo la jeep junto al jet privado, vio descender por las escalerillas del avión a su prometida con expresión angustiada.

Detrás de ella le seguían su hermana y su prima, pero ambas chicas parecían infinitamente más relajadas que la pelimorada.

—¡Dios mío, cariño! —exclamó Sumire rodeando su torso con sus brazos delgados— Estuve muerta de miedo.

Himawari notó la ligera mueca de dolor en su rostro y de inmediato tomó a la pelimorada de los hombros para alejarla de su hermano. Ella le miró confundida.

—¿Estás herido? —pregunta la Uzumaki, esta vez sin poder ocultar su preocupación.

—Estoy bien.

—¿Qué estabas haciendo en Okinawa? —reclama con el ceño fruncido, golpeando su brazo con molestia— ¿No entiendes que no puedes darte el lujo de andar tú solo por allí como si tu cabeza no tuviera un precio?

Entonces oyeron la puerta de copiloto cerrarse con un portazo y los ojos de las tres chicas casi se salieron de sus órbitas al ver a la silueta femenina rodeando el vehículo con expresión enseriada.

—¿Sarada? —balbucea Himawari, parpadeando con incredulidad— ¿Estaban juntos?

Namida se apresuró a sujetarla por los brazos para inspeccionarla en busca de alguna herida, pero parecía impecable. Llevaba puestos unos pantalones oscuros a la cadera y una blusa de tirantes finos que dejaba expuesta una porción de piel en su vientre bajo.

—¿Estás bien? —pregunta ella— ¿Tú estás herida?

—Hola, nene. —dejó de lado su expresión neutra y le ofreció una sonrisa tranquilizadora— Estoy bien.

La castaña rodea el delgado cuerpo de la joven y le llena la mejilla de besos. Sarada simplemente se dejó hacer. Para nadie era sorpresa que Namida siempre fue una de las debilidades de la Uchiha, era de las pocas personas a las que podía demostrarle afecto.

Himawari se removió incómoda a su lado, por alguna razón sentía una barrera entre ella y su mejor amiga que le creó un dolor punzante en el centro del pecho. Desde que regresó, la Uchiha no había hecho más que alejarse de todos, aislándose en su propio mundo sin permitir que nadie se acercase lo suficiente.

No obstante, para su asombro, Sarada extendió la mano hacia ella y la invitó a unirse al abrazo, algo que no tardó en hacer aún con vacilación.

—Nunca pienses que no te quiero. —dice en voz baja, sólo para que ambas pudieran oírla— Suelo comportarme como una idiota, pero no es culpa de nadie más que mía.

La Uzumaki asiente, conteniendo las ganas de soltar el llanto. Quería llorar por su amiga, por lo que sufrió y seguía sufriendo, pero en lugar de eso se aferró más fuerte a ella en un intento de ofrecerle el consuelo que sabía que necesitaba y se negaba a pedir.

Durante esos breves segundos que duró el abrazo, Sumire no despegó la mirada de ella. Ni siquiera cuando las dos más jóvenes se separaron de la Uchiha.

—¿Por qué estaban juntos? —oyó preguntar a la Uzumaki menor— Se supone que tú ya deberías estar en Dublín.

—Tenía unos asuntos que requerían mi presencia aquí en Okinawa. —contesta escuetamente— Me encontré a tu hermano en casa de Ryōgi y se ofreció a compartir vuelo.

—¿Estabas en Londres? —la ojiazul se gira para encarar al pelinegro— Creí que estabas en...

—Surgió de último momento. —contesta de mala gana— De cualquier manera, iba a regresar por ti.

Himawari supo que había algo más que no le decía, pero estaba cansada de tantos secretos, así que simplemente lo dejó estar.

—¿Qué fue lo que sucedió? —pregunta Namida— ¿Cómo resultaste herido?

Kawaki no tenía ni la mínima intención de responder.

—Tu primo se las dio de salvador aunque nadie se lo pidiera. —sonríe con ironía, alejándose de ellos para sacar su equipaje del maletero— Una acción estúpida considerando que yo ya tenía todo bajo control.

Sumire parpadea con incredulidad, mirando entre uno y el otro con los labios apretados.

—¿Él te salvó?

Por primera vez desde que llegaron a la pista, la mirada de oscura de Sarada reparó en la mujercita de pie junto a Kawaki, que se esforzaba por mantener contacto físico aunque fuera con el borde de la camisa que él traía puesta.

Iba vestida de manera impecable con un conjunto de falda y suéter color lila, toda en ella gritaba feminidad y elegancia. Contrastaba fuertemente con la vestimenta despreocupada e informal que la Uchiha llevaba puesta. Polos opuestos.

—Si así le llamas a recibir una bala que de cualquier manera no acertaría, entonces sí. —se encoge de hombros— Llámale Superman si te apetece.

La pelimorada se tragó cualquier comentario de indignación hacia su prometido, y en cambio, le ofreció una sonrisa amable a la Uchiha. No iba a permitir que viera grietas en su relación donde ella pudiera colarse.

Ya era suficiente con su apariencia... llamativa. Es decir, no era ciega. Incluso debía admitir que la chica Uchiha era todavía más bonita en persona que en las fotografías que vio de ella en ese artículo de revista.

Toda ella era rasgos esculpidos, figura esbelta, altura imponente y mirada penetrante.

—Ha sido un gesto tan caballeroso de tu parte, cariño. —palmea su brazo con suavidad— ¿Imaginas lo que harían los Uchiha de saber que no cuidaste a su hermanita?

Kawaki alcanzó la mano de la muchacha que ya comenzaba a deslizarse a través de su cintura y la retiró sin siquiera disimular.

—¿Dónde está Daemon? —preguntó en voz alta, a lo que Himawari señaló la cabina del piloto con el dedo.

—Está ultimando detalles para el despegue.

—Suban ya. —entonces se alejó unos pasos para arrebatar el equipaje de las manos de la Uchiha al pasar— No pienso perder más tiempo con estupideces.

Sarada le miró con una ceja arqueada y puso los ojos en blanco al verlo alejarse sin echar una última mirada.

—Siento que no hayan podido presentarnos antes. —habló la pelimorada llamando su atención de vuelta y se acercó para besarle ambas mejillas con fingido entusiasmo— Soy Sumire, la prometida de Kawaki.

La azabache se hizo a un lado en busca de su preciado espacio personal y simplemente asintió a modo de saludo. La chica era bonita, tenía una apariencia angelical que seguro conseguía empatizar de inmediato con cualquiera.

—Tú eres Sarada Uchiha, la hermana de Itsuki y Daiki, los socios de mi prometido. —recalcó las últimas— He oído mucho sobre ti.

—Espero que no cosas buenas. —comenta, dejándose arrastrar por Namida por la escalerilla del avión— Porque serían mentira.

—Lo único que he escuchado es sobre lo mucho que todos te aprecian. —se hace la desentendida— Lamento tanto lo que te sucedió, yo no habría podido...

—¿Por qué mejor no charlamos dentro? —interrumpió la ojiazul, sabiendo que el tema de conversación no era del todo apropiado— Hay muchas cosas de las que tenemos que ponernos al corriente...

Sumire siguió a las tres con una sonrisa enorme que la azabache creyó que la dejaría con dolor en el rostro al final del día.

Namida tiró de su brazo para que se sentase a su lado y Himawari se situó en el asiento frente a ellas. Por otro lado, la pelimorada acaparó los lugares cruzando el pasillo para ella y Kawaki, quien unos minutos después apareció por la puerta del avión acompañado de Daemon.

El de cabello turquesa tenía una expresión malhumorada mientras sostenía una bandeja en la mano y la deslizó en la mesita frente a la Uchiha sin decir nada.

—Come. —dijo Kawaki acomodándose en su propio asiento, ignorando las miradas inquisitorias de la pelimorada frente a él— No has probado bocado desde ayer.

Sarada quitó la tapa de acero inoxidable sobre la bandeja y parpadeó desconcertada al ver un plato con una pila de wafles calentitos y un tazón con fresas a un costado.

Ella levantó la mirada en busca de una explicación, pero él estaba concentrado en lo que sea que tenía en la pantalla de su portátil. Sin embargo, lo pilló haciendo el intento de reprimir una sonrisa burlona.

—Sí, deberías comer, Sarada. —intervino Namida tocando su hombro— Será un viaje largo, y después de lo que sucedió necesitas descansar.

Sumire no despegó la mirada del Uzumaki y frunció los labios antes de sacar de su bolso la tableta electrónica donde hacía las anotaciones para la planificación de su boda.

—Cariño, he encontrado algunas locaciones preciosas para la ceremonia. —habló en voz alta, mirando de reojo a la chica que comía en completo silencio— Me gustaría que fuera en la temporada de cerezos. ¿Tú qué opinas?

Kawaki no respondió, y la Uzumaki menor al percatarse del rubor de vergüenza en las mejillas de su futura cuñada al ser ignorada, se inclinó en su asiento para echar un vistazo a la pantalla de la tableta.

—Ese sitio es bonito, aunque... —hizo una mueca pensativa— ¿Por qué no mejor hacen la ceremonia en casa? El último Oyabun se casó allí y mamá habla maravillas de la ceremonia... tal vez eso aporte suerte en su matrimonio.

—Tanta suerte no tuvo su matrimonio si al final él... —y se calló de pronto al darse cuenta de lo que dijo— Oh. Lo siento, eso ha sido demasiado inapropiado.

Namida apretó las mangas de su suéter rosado con fuerza y desvió la mirada hacia la ventanilla del avión. No obstante, fue Sarada quien rompió el incómodo silencio al dejar los cubiertos sobre su plato a medio comer.

—Creí que era yo la que no tenía tacto. —sonríe con ironía sin despegar los ojos de la pelimorada, haciendo que por primera vez Kawaki levantara la mirada de su portátil— La próxima vez cuida mejor tus palabras.

—¿Me estás... amenazando? —abre la boca, jadeando indignada.

—No, guapa, yo sólo te aviso. —se encoge de hombros— La siguiente vez que hagas una mención de cualquier índole sobre Neji Hyūga, haré un collar con tus dientes y se lo enviaré de obsequio a tu familia.

No hubo más que un silencio sepulcral.

—Bromeas, ¿cierto? —exclama la chica con una risita nerviosa— Dios mío, eres muy buena intimidando a las personas...

Sarada iba a soltar otra de sus comentarios sarcásticos, pero entonces Himawari siguió el juego.

—Sí, claro que está bromeando. —sacude la mano para restarle hierro al asunto— Sarada jamás te pondría un dedo encima.

La Uchiha alza ambas cejas ante aquella declaración y la ojiazul pareció rogarle con la mirada que dejara pasar el asunto.

—Como sea, estaré en la cabina trasera. —comenta la azabache, poniéndose de pie— Tomaré una siesta.

—No has terminado tu comida. —apunta Kawaki señalando el plato con el dedo— Daemon también consiguió tus vitaminas, están en un neceser en el baño.

—¿Cómo sabes que tomo vitaminas? —frunce el ceño— ¿Sabes qué? Olvídalo, no sé si quiero saberlo.

Él no respondió. No iba a decirle que pagó para ver su expediente médico de manera clandestina e informarse del tratamiento que debía seguir al pie de la letra desde que la dieron de alta. Eso como menos eran dos delitos.

—¿Vas a arroparme también y leerme un cuento antes de dormir? —enarca una ceja— O tal vez quieras amoldar la almohada por mí, es decir, Dios no permita que me despierte con dolor de cuello.

Himawari reprime una carcajada y se gana una mala cara de parte de su hermano mayor que la hace desviar su atención hacia una revista de moda que recién sacó de su bolso.

—Deja de comportarte como una cría caprichosa y preocúpate por tu propio bienestar.

—¿Y a ti qué diablos te importa?

—¡Sólo tómate las putas vitaminas y vete a a la cama!

Entonces la Uchiha regresó a su asiento y se cruzó de piernas con una expresión retadora. ¿Caprichosa? Sí, era su segundo nombre.

—Yo hago lo que se me da la gana. —se inclina hacia el frente sin dejar de verlo a los ojos— Y justo ahora me apetece quedarme aquí sin hacer nada. ¿Alguna objeción?

—Haz lo que te plazca. —espeta en tono mordaz— Maldita lunática.

Por su lado, Sumire no perdió detalle de la manera en la que los ojos grises reflejaron diversas emociones al mismo tiempo. Otra persona podría no haberse dado cuenta, pero ella pasó horas estudiando sus expresiones faciales y lo que estaba viendo en ese momento no le gustó en absoluto.

No sólo había una mezcla de enojo y frustración, también logró ver genuina excitación en aquella mirada grisácea. ¿Le entusiasmaba acaso una discusión?

Jamas había visto a alguien alzarle la voz a Kawaki y que él perdiera todo rastro de compostura. Normalmente no necesitaba gritar para hacerse oír. No discutía con nadie, siempre era tan apacible y calculador, meditaba cada respuesta y se guardaba sus pensamientos para si mismo.

Verlo demostrar irritación era algo... impensable. Pero esa chica consiguió sacarlo de sus casillas en cuestión de segundos.

—Este va a ser un viaje largo. —suspiró Namida, mirando de reojo a su prima.

Sarada no se molestó en prestarles atención, estaba ocupada hojeando con aburrimiento la revista que había tomado de las manos de Himawari.

Sabía que él tenía razón, pero se rehusaba a ceder. ¿Quién se creía de todos modos para darle órdenes?

—Volviendo a los preparativos de boda. —la pelimorada reinició la conversación, echando un vistazo de vez en vez a la joven azabache— ¿Te gustarían adornos con tulipanes, querido?

—No me gustan las flores. —contesta él sin despegar la vista de la pantalla.

—Tu madre sugirió girasoles. —dijo con una sonrisa, volteando a ver a su cuñada— Eso significa tu nombre, ¿verdad, Hima?

—Sí. —contesta la aludida con los músculos tensos.

Tanto Namida como ella esperaban cualquier reacción de parte de la Uchiha, pero ella se mantenía serena y concentrada en lo suyo, sin darle importancia a lo que sucedía a su alrededor.

—¿Tú qué opinas, Sarada? —insiste Sumire, impaciente por conseguir una expresión de disgusto— ¿Qué flores escogiste para tu boda?

La azabache cambió de página y levantó la mirada brevemente para contestar:

—Orquídeas. —exclamó con sencillez— Al menos en la segunda boda. En la primera hubieron hortensias azules.

—Oh, entonces debes tener un montón de experiencia en esto de planeación de bodas. —sonríe de manera radiante— ¿Serías tan amable de darme unos consejos? ¡Hasta puedes acompañarme a la prueba del vestido!

—Lo haría si tuviera tiempo. —da vuelta a la siguiente página— Lamentablemente mi agenda no me permite darme tiempos libres para holgazanear.

—No te preocupes, ya nos pondremos de acuerdo para encontrar un espacio en tu agenda. —insiste la pelimorada— Me encantaría que todas mis amigas estuvieran allí.

—¿Somos amigas ahora? —enarca una ceja sin mirarla— Nos acabamos de conocer.

—Las amigas de Hima son mis amigas también.

—Si tú lo dices...

Namida y Himawari la observaban como si fuera a explotar en algún momento. ¿Por qué estaban tan inquietas?

—¿Cambiaste de opinión y te quedarás con nosotros en casa del tío Menma? —pregunta la castaña, cambiando de tema a la menor oportunidad— Será divertido estar todos juntos otra vez, podemos salir a un pub por la noche.

—Me quedaré en el departamento de Boruto. —contesta sin mirarlas— Hay varias cosas que debemos discutir.

—¿Cosas como qué? —pregunta la Uzumaki confundida.

—Asuntos privados. —pasa a la siguiente página de la revista con evidente desinterés— Lo sabrán eventualmente, supongo.

No estaba interesada en dar explicaciones por ahora, y por los labios fruncidos de Himawari adivinó su estado de inconformidad.

—Te lo contaré luego, lo prometo. —suspiró, poniendo los ojos en blanco— Primero necesitamos establecer ciertos puntos.

Kawaki frunció el ceño, ocultando su molestia bajo una expresión estoica. ¿Qué demonios tenían que discutir? ¿Y qué tenía que hacer ella en su departamento?

Según sabía, los Uchiha se hospedarían en un hotel en el centro de Dublín. ¿Entonces por qué ella prefería quedarse con su hermano? ¿Su padre lo iba a permitir? ¿Acaso no era el primero en enfurecerse al pensar en su hija conviviendo con cualquier hombre?

Se esforzó por centrar su atención en la pantalla de su portátil, haciendo casi un esfuerzo sobre humano para mantener a raya todo tipo de pensamientos intrusivos que involucraban a esos dos a solas bajo el mismo techo.

¿Iban a dormir juntos? ¿O pasarían la noche en vela hablando sobre planes a futuro? Ambas ideas le hacían hervir la sangre.

Y lo peor de todo era que no podía decir nada. No iba a obligarla a recordar su amor por él. Ya había sido demasiado egoísta.

Sin embargo, no dejaba de preguntarse, ¿Qué haría si ella lo recordaba y aún así no lo quisiera cerca?

Ni siquiera podía pensar en ello.

Sus pensamientos lo distrajeron tanto que la siguiente vez que observó el reloj en su muñeca le sorprendió darse cuenta de que había pasado cerca de una hora.

Sin poder evitarlo, miró de reojo hacia donde estaba ella y sacudió la cabeza con incredulidad al visualizarla dormitando sobre su asiento en un ángulo estúpidamente incómodo. Irónico, porque de seguir así, su propia predicción iba a cumplirse y despertaría con dolor de cuello.

Todo por testaruda. ¿Por qué tenía siempre que llevarle la contra? Era obvio que estaba exhausta, pero su orgullo no le permitía obedecer e irse a la cama como cualquier persona normal habría hecho.

Himawari, quien estaba pendiente de cada movimiento de su hermano mayor, se dio cuenta del debate interno que tenía por hacer algo al respecto o no. Así que soltó un suspiro antes de ponerse en pie sólo para regresar con una manta y una almohada que acomodó debajo de su cabeza con cuidado.

—Está tan cansada que ni se ha enterado. —se mofa la Uzumaki— En otro momento se habría despertado al sentir el más mínimo movimiento.

—Siempre ha tenido el sueño ligero. —concuerda Namida, arropándola con la manta calentita— Debe estar agotada.

Kawaki regresó la atención a su portátil, pero su mente no estaba allí, sino en lo patética que era su situación actual. Si tan sólo...

¿Y si ella no recuperaba nunca sus recuerdos?

(...)

—¿Estás segura que no quieres que te llevemos? —pregunta la Uzumaki menor en cuanto tocaron suelo irlandés— Mira, ahí está papá.

El auto que se detuvo frente a ellos en la pista era tipo sedan color gris, y de él descendió la figura conocida de un hombre rubio que abrió los brazos para recibir a su hija.

—Hola, chicos. —saludó el mayor, deteniendo su atención especialmente en la azabache— Tu padre me pidió que le avisara si estabas en una pieza.

—Sí, supongo que enviar a alguien a comprobarlo es algo que él haría. —sacude la cabeza con incredulidad— Dile que estoy bien. Espero que te crea, porque desde luego a mí no.

—No puedes culparlo, ¿verdad? —sonríe Naruto— Eres su niña. Y después de lo que pasó, tiene derecho a preocuparse.

—Lo sé. —dice en voz baja, permitiendo que su tío dejase una suave caricia en su mejilla— Lo llamaré pronto.

Naruto sonríe satisfecho y los anima a subir al auto para salir de ahí de una buena vez.

—Muy bien, es hora de ir a casa, debió ser un viaje agotador. —palmea el hombro de su hijo— El médico está esperando para revisarte, Daemon me puso al tanto de la situación.

Un vehículo más avanzó hacia donde estaban ellos, era una SUV oscura y polarizada, y se detuvo justo detrás del sedan. En cuanto la puerta se abrió, todas las miradas se volvieron hacia el hombre alto y pelinegro que se bajó del lado del conductor.

Kawaki lo reconoció al instante como el sujeto que los recibió en el portal de la casa de Kagura el día de la boda. Iba vestido de negro completamente y tenía puestos unos lentes oscuros que ocultaban esos ojos azules que les miraron con severidad aquel día.

—Llegaron por mí. —habló Sarada en voz alta, tomando su equipaje— Los veré después, supongo.

—Espera, Sarada. —la detuvo el rubio— Creí que vendrías con nosotros...

—Lo siento, tengo asuntos que debo atender. —contesta escuetamente, soltando el equipaje que el hombre tomó de sus manos tan pronto como la tuvo cerca— Espero verlos mañana por la noche en la presentación.

—Ahí estaremos. —asegura Himawari con una sonrisa.

Ella se despidió con un gesto de mano y se quedaron estáticos al ver al sujeto tomarla por los hombros para inspeccionarla de pies a cabeza en busca de un rasguño.

Sarada se abstuvo de poner los ojos en blanco al ver la expresión preocupada de Shizuma.

—Te dije que estaba bien. —resopla, rodeando la parte delantera de la SUV— Descubrí algunas cosas que...

Su voz se apagó cuando ambos estuvieron dentro del vehículo y se pusieron en marcha.

—¿Quién es ese tipo? —pregunta Namida desconcertada— Jamás lo había visto.

—Bien... eh... —el mayor de los Uzumaki se aclaró la garganta— Será mejor que vayamos a casa, Hinata está muy preocupada desde que se enteró del ataque.

Mientras tanto, Sarada se relajó en el asiento de copiloto al internarse en el tráfico de la ciudad. Mañana a primera hora debía presentarse al ensayo general, su móvil estaba repleto de mensajes del director de la obra, de Hōki y el coreógrafo preguntando su paradero ya que se suponía llegaría antes que ellos a Dublín y no había dado señales de vida.

—¿Cómo fue el ataque? —pregunta Shizuma rompiendo el silencio.

—Viajé a Okinawa para ver a mi mentor en su lecho de muerte. —le mira de reojo, soltando un suspiro— El plan inicial era regresar esa misma noche, pero hubo una tormenta eléctrica que detuvo los vuelos de salida de la isla y nos obligó a pasar la noche allí.

Él la escuchó en silencio sin interrumpir.

—Cuando tenía siete, viví cerca de cuatro años en la isla, así que decidí pasar la noche en mi antigua casa. —se aclara la garganta— Debí suponer que nos seguirían al viajar sin ningún tipo de seguridad.

—Obviamente.

La Uchiha le hizo mala cara, pero continuó con el relato.

—La casa tenía trampillas a su alrededor que detectan movimiento, así fue como supe que estábamos bajo ataque. —suspira, mirando el exterior por la ventanilla— Al menos eso nos dio tiempo para armarnos y salir de la casa antes de que nos acribillaran dentro.

—¿Cuántos eran?

—Tal vez unos veinte afuera. —frunce el ceño— Pero a unos metros dentro del boscaje aguardaba una treintena como refuerzo.

—Jigen es un demente. —la mira de reojo— Debes tener más cuidado a partir de ahora.

—Lo sé. —sus labios se convirtieron en una fina línea— Un hombre llamado Boro encabezaba el ataque. ¿Lo conocías?

—Fue a casa de Kagura un par de veces acompañando a Jigen. —asiente, apretando las manos alrededor del volante— Es su jefe de seguridad, el encargado de coordinar cada operación.

—Era. —lo corrigió la chica— Está muerto ahora.

Shizuma abrió mucho los ojos, pero se dijo que no debía sorprenderle nada de lo que esa joven pudiera hacer después de todo lo que ya había hecho.

—Antes logré sacarle varios nombres. —se encoge de hombros— No era un tipo muy inteligente, a decir verdad.

El ojiazul sonríe al oírla.

—Necesito que averigües lo que puedas acerca de Koji, es el sujeto que asistió a la fiesta de compromiso.

—Sí, lo recuerdo bien, él es su mano derecha. —asiente— Tengo entendido que últimamente frecuenta...

—Katowice. —confirma la azabache— Estoy segura de que hay algo allí que les interesa.

Shizuma permanece en silencio haciendo anotaciones en su cabeza.

—Deepa consigue las armas para la organización, necesitamos investigar las rutas por las que trafica el armamento. —murmura con seriedad— Garō se encarga de todos los prostíbulos de Jigen. Y Víctor, maneja su red de trata de blancas, así que ambos son piezas claves en la organización.

—¿Lograste... sacarle toda esa información? ¿Lo torturaste?

—No tuve que hacerlo, el imbécil no puede concentrarse en pelear y mantener la boca cerrada. —se burla, sacando el móvil para enviar un rápido mensaje de texto— Víctor tiene un signo distintivo.

—¿Cuál?

—Es un anciano tuerto que lleva un parche en el ojo.

—De acuerdo, creo que puedo trabajar con eso. —afirma al instante— Y mientras tanto, dejaré un grupo de hombres a tu disposición que te cuiden las espaldas.

—No necesito...

—No te estoy preguntando. —la contradice— Te has convertido en el blanco principal de Jigen y no voy a permitir que te pongan una mano encima.

Sarada resopla.

—Bien, pero que se mantengan al margen. —advierte— No todos en mi entorno saben en lo que estoy metida ahora. Pídeles que sean discretos.

—Hecho.

Shizuma detuvo el auto frente a una torre de departamentos lujosos en Ballsbridge y descendió del auto para abrirle la puerta a la joven Uchiha.

—Mantente viva, ¿de acuerdo? —estrecha la mirada— Ah, y regrésale la llamada a Hassaku, Ichirōta y Code, está preocupados también.

—¿Les dijiste? —pone los ojos en blanco— Se pondrán más pesados que...

En ese momento, entró una llamada a su móvil y al mirar la pantalla sólo bufó. Hablando de uno de los reyes de Roma.

—Hassaku. —contestó, sujetando el asa de su equipaje con una mano— Sí, estoy bien...

«Te odio», el ojiazul alcanzó a leer en sus labios antes de que se echara a andar dentro del edificio y finalmente se perdiera detrás de las puertas de cristal que separaban la calle del lobby.

Shizuma niega con una sonrisa en los labios. Uno pensaría que traficar armas y narcóticos sería la parte complicada de este trabajo, pero lo verdaderamente difícil sería mantener a esa chiquilla imprudente y engreída a salvo.

Aún con todo eso, no cambiaría su decisión de seguirla.

(...)

Cuando las puertas metálicas del ascensor se abrieron y apareció la figura femenina frente a sus ojos, una pequeña sonrisa tiró de la esquina de sus labios. Ella estaba ahí de pie, con una mano sosteniendo el asa de su maleta y la otra en el panel de botones a su derecha.

—Tu código era muy obvio. —alza ambas cejas oscuras— Eres demasiado confiado al poner tu fecha de cumpleaños.

—Es fácil de recordar. —se encoge de hombros, dando un paso dentro del ascensor para ayudarla con su equipaje— Pensé que después de lo que pasó te quedarías en el hotel con tus padres.

—Esa es la razón principal por la que estoy aquí y no allá. —resopla la azabache— Quiero una noche sin interrogatorios, mañana me pondré al día con mi familia.

Boruto le cedió el paso hacia el vestíbulo y la azabache recorrió el lugar con la mirada, detallando cada centímetro del penthouse con ojo crítico.

Casi juró que podía ver la ciudad entera desde esas alturas, todas las paredes eran de cristal, por lo que le ofrecía una vista de 360 grados. Las paredes estaban pintadas de beige y las baldosas de mármol oscuro que cubrían el suelo tenía un diseño combinado entre retro y moderno.

Los muebles eran de tonalidades azules oscuras a excepción de la mesita redonda metalizada de centro que combinaba perfectamente con una alfombra rectangular por debajo.

Era un sitio con un diseño sofisticado y moderno al mismo tiempo, pero no se sentía del todo frívolo.

—¿Terminaste de juzgar mi departamento? —pregunta a sus espaldas— ¿O quieres más tiempo para encontrar algo que no te guste?

Sarada se ríe por lo bajo, dándose la vuelta para verlo de frente.

—En realidad, me agrada. —observa su alrededor— Va con tu personalidad.

Él la ve con cierto rastro de duda.

—Se siente... paz. —se cruza de brazos, moviéndose por el vestíbulo bajo la atenta mirada zafiro— ¿De verdad no te molesta que esté aquí invadiendo tu espacio?

—¿Desde cuándo preguntas si alguien está bien con algo que hagas? —se burla él— No eres de las que pide permiso.

—Aún estás a tiempo de echarme a la calle. —arruga la nariz— No he desempacado.

—Sarada. —frunce el ceño— ¿Qué te sucede? Estás menos engreída que de costumbre y comienzo a preocuparme.

La Uchiha sonríe con ironía y se deja caer en el sofá detrás suyo. Era más cómodo de lo que se veía al principio.

—Algunos de mis recuerdos regresaron. —le mira a los ojos celestes— Todavía intento esclarecerlos, pero necesito ayuda.

Boruto se acomoda junto a ella, su expresión cambiando a una seria de un momento a otro. Con esa mujer nunca sabía qué esperar, era tan imprevisible como el viento y lo mejor era avanzar con cautela.

—Pregúntame. —propone él en voz baja— Yo aclararé tus dudas.

—Lo sé. —muerde el interior de su mejilla— Sé que de todas las personas que conozco, tú no me mentirías, ni siquiera para no hacerme sentir mal.

El rubio asiente en silencio, intentando grabar su semblante confundido y lo preciosa que se veía bajo la tenue luz de la lámpara de noche sobre la mesita ratonera junto al sofá.

Sarada se tomó unos segundos para pensar mejor sus palabras, deteniéndose a observar la luz del atardecer apagándose de fondo y la expresión de desconcierto en el rostro masculino.

—Nos recuerdo paseando en la playa, como en los viejos tiempos. —susurra con voz suave— Yo estaba decidida a casarme con el hijo de Yuino.

Él asiente.

—Sufría por un amor no correspondido. —le mira a los ojos, notando el cambio en su mirada— ¿Tú sabes quién era el hombre del que estuve enamorada?

Hubo unos segundos de silencio en los que él pareció meditar su respuesta.

—No. —mintió— No lo sé.

Sarada permaneció con una expresión imperturbable.

—Recuerdo pensar... —frunce el ceño, desviando la mirada— Que si lograba recuperarme lo suficiente para confiarle mi corazón a alguien más, tú serías la única persona a quien se lo entregaría.

—¿Y lo hiciste? —alza ambas cejas— ¿Te recuperaste?

—Lo borré por completo. —contesta sin un ápice de duda— Quienquiera que fue, dejó de existir.

Él levantó la mano para tocar su rostro y acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Hicimos una promesa. —masculla con determinación— Si seguíamos solteros el siguiente año, nos casaríamos.

Ella lo observa en silencio, afirmando con la cabeza.

—Entonces hagámoslo. —propuso él en voz baja, deslizando su mano alrededor de la cintura femenina y tiró de ella sobre su regazo— Casémonos.

Los labios de Sarada se convirtieron en una fina línea y colocó una de sus manos sobre su pecho mientras la otra tocaba su mejilla con delicadeza.

—Lo haré. —se inclinó sobre él hasta que sus bocas estuvieron a milímetros de distancia— Te juro que me casaré contigo si admites que no lo harías para darle una lección a tu hermano.

Boruto la miró desconcertado.

—Me mentiste. —no había resentimiento en su voz— Sabías que el hombre del que hablaba aquella vez era Kawaki, y aún cuando te pedí que me dijeras la verdad, fingiste no saberlo.

El rubio abrió la boca para decir algo, pero ni un sonido salió de sus labios.

—Lo recuerdo todo. —acaricia su mejilla con la punta de los dedos— Aunque sería más fácil pretender que mis recuerdos se perdieron para siempre, al menos tú mereces más que eso.

—Entonces... ¿me pusiste aprueba? —enarca una de sus cejas, evidentemente molesto— ¿Qué querías demostrar?

A pesar de hallarse enojado, mantuvo su agarre alrededor de ella, impidiéndole irse.

—Quería saber...—dice en un hilo de voz— Si estabas lo suficientemente enojado para usar mi amnesia para castigar a Kawaki.

Él permaneció en silencio.

—Acabo de comprobar que sí. —susurra, soltando un suspiro— Estás dispuesto a hacerlo.

—¿Puedes culparme?

—No. —le mira a los ojos— Y si eso es lo que quieres, te ayudaré.

Boruto parpadea consternado, incluso pensó que no estaba oyendo bien.

—¿Qué dices?

—Que voy a respaldar tu plan. —sentenció con seguridad— Si eso significa que vas a perdonarme, lo haré.

—No te estoy entendiendo, Sarada.

Aquello lo estaba tomando desprevenido. La Uchiha tomó el rostro del atractivo hombre entre sus manos.

—¿Quieres una prometida falsa para vengarte de la traición de tu hermano? No hay problema, fingiré todo el tiempo que quieras. —se encoge de hombros— ¿Quieres que nos casemos con tal de llevarlo al límite? Cuenta conmigo, nos detendremos cuando consideres que sea suficiente.

—¿Estás volviéndote loca?

Sarada sonrió.

—Hay pocas personas que me interesan en este mundo lo suficiente para hacer el esfuerzo de compensar mis errores cada que cometo uno. —desliza su mano hasta colocarla a la altura de su corazón— Te lastimé, y por eso estoy aquí, pidiéndote que no me alejes aún cuando estés odiándome.

El Uzumaki suavizó su mirada al oír eso último y sujetó el mentón de la chica entre sus dedos.

—¿Qué sacas tú de esto? —pregunta sin tanta arandela— ¿También quieres castigarlo por lo que te hizo?

Ella niega.

—La realidad es que me da igual lo que haga con su vida. —contesta con tranquilidad— Pero si es lo que tú necesitas para sentir que están a mano...

Ella esperaba sentir el revoloteo en la boca del estómago y la punzada en el pecho cuando lo tenía cerca, pero nada de eso estaba allí. No sintió nada.

Boruto disimuló la sorpresa en su rostro al ver su semblante confiado.

—Bueno, se comportó como un imbécil. —resopla el rubio— Tal vez sí merezca un escarmiento.

Sarada se encoge de hombros.

—Entonces lo haré. —asiente con suavidad— Me casaré contigo si es lo que quieres.

—¿Lo ves como un sacrificio? —sonríe con incredulidad.

—No, casarme contigo jamás sería un sacrificio. —frunce el ceño— Todos saben que lo único que más odio en la vida es hacer lo que otros quieran, pero aún así lo haría por ti.

—¿Y si te pido que te quedes en Dublín?

Ella titubeó.

—Me costaría trabajo mudar mis asuntos aquí. —hace una pausa— Pero supongo que tendría que buscar un piso cerca de este edificio.

Boruto sacudió la cabeza, todavía sin poder creer lo que estaba diciendo.

—Estás chiflada.

—Lo sé. —sonríe la azabache— Pero la decisión está en tus manos. ¿Quieres una prometida falsa? La tienes. ¿Quieres una compañera de piso? La tendrás también.

—¿Por qué?

—Porque he perdido demasiadas personas importantes estos últimos meses. —susurra con melancolía— No quiero perderte a ti también, así que necesito que me perdones.

El Uzumaki tomó el bonito rostro de la joven en sus manos y finalmente asintió.

—De acuerdo. —acepta sin dejar de mirarle a los ojos— Supongo que debo conseguir un anillo.

—Y un buen seguro de vida. —se ríe ella por lo bajo— Porque a mi padre no le sentará bien la noticia de entregarme en el altar una segunda vez.

La carcajada varonil de su mejor amigo hizo que toda tensión en su cuerpo desapareciera por completo y se permitió relajarse contra su pecho, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Y qué harás si después de la farsa del compromiso de verdad quiero casarme contigo?

—No lo querrás. —asegura ella— No te condenaría de esa manera.

Él vuelve a reír.

—Ya veremos.