PARTE 36 La Graduación
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Las últimas tormentas de la temporada fría aún eran inmisericordes en las zonas más vulnerables de Fódlan, pero había una diferencia sustancial ésta vez: las zonas más descuidadas de Faerghus ahora tenían pieles y madera de la Alianza para mantenerse cálidos, y carne y grano del Imperio para comer. Todos se enteraron, gracias al de boca en boca, que eso fue un logro del príncipe Dimitri. Se hizo de conocimiento público el tratado comercial entre las tres regiones de Fódlan. El Reino estaba ofreciendo todo el excedente de metales que no servía para comer y mucho menos para mantenerse calientes.
Muchos nobles del Reino que tenían minas repletas de metal que no habían aprovechado por culpa del excedente de metal, ahora podían usar todo eso para los intercambios comerciales. Por supuesto, las minas necesitarían mineros y eso significaba más trabajo para la gente. Y la gente común con trabajo y sustento asegurado difícilmente tomaba el camino del hurto como salida.
Faltaban un par de semanas para la graduación de los alumnos.
Se aplicaron los últimos exámenes de especialización, todos los alumnos aprobaron y los profesores podían declarar, con un muy merecido orgullo, que la generación que tenían en ese momento era la mejor en mucho tiempo; al menos en palabras de Hanneman y Manuela, e incluso Seteth lo comentó más de una vez.
Rhea estaba especialmente complacida por los eventos de ese año escolar: descubrieron y eliminaron casi por completo a los Agarthanos, tuvo bajo su techo a los futuros líderes de Adrestia, Faerghus y la Alianza, y lo mejor de todo, al fin había encontrado un receptáculo adecuado para el Corazón de su madre. Sothis estaría de regreso dentro de poco tiempo.
O al menos ese era el plan.
Pero el plan que tenía Byleth era distinto. Ignatz sería el último en cumplir años a unos pocos días de la graduación y por supuesto que ya estaba organizando una fiesta para el chico, pudo conseguirle pintura, sobre todo piedra azul de la que se sacaba el color azul para sus cuadros. Bastante costoso pero un artista como Ignatz lo valía. A la que lamentaba no poder ver para su cumpleaños, porque para entonces ella ya estaría en Enbarr, era a Shamir. La arquera cumplía años a finales de la Luna Solitaria.
"Puedes prestarme tu arco y lo tomaré como regalo de cumpleaños adelantado", comentó Shamir mientras bebía cerveza con Byleth a las orillas del estanque del monasterio.
Era de noche, el frío viento soplaba y ambas platicaban en dagdano. Byleth pescaba, por cierto. A la arquera poco le importaba beber dentro de los muros del monasterio, nadie podía decirle nada, no cuando al menos ella no era un desastre como lo era Manuela en estado de ebriedad.
Byleth asintió. "Lo haré. Ya no hay misiones pero podemos salir a cazar luego de la graduación, o tomar una recompensa por algún bandido".
"No sería mala idea buscar a esa rata escurridiza de Pallardó, por ese ladrón sí están pagando mucho en las tres regiones. Podríamos dividirnos la recompensa mitad y mitad".
"Suena bien".
Ambas bebieron un poco más de cerveza. Byleth pescó otro pez y rápidamente lo echó a la canasta con el resto. El frío no afectaba a tan serias mercenarias.
"Hagamos algo antes de que me vaya al Imperio. ¿Tú aún tienes misiones?"
"Sí, trabajos de rutina", fue todo lo que respondió Shamir. Por el momento tenía que lidiar con la Iglesia Occidental y lo que Rhea llamaba "molestos herejes" que aún trataban de demostrar que los verdaderos herejes eran los de la Iglesia Central. Esos trabajos eran molestos, no la hacían sentir orgullosa en lo absoluto pero al final del día pagaban. "Mañana salgo a misión pero te aseguro que estaré presente para la Ceremonia de Graduación".
"Oh, entonces espera un momento", dijo Byleth de repente y le dejó su caña a Shamir antes de salir corriendo. "¡No tardo!"
"¡Hey, no sé pescar!" Exclamó Shamir antes de sonreír levemente por lo bajo y volver su atención a la caña de pescar. Un pez picó alrededor de treinta segundos después pero la arquera no supo sacarlo, el pez escapó luego de un feroz forcejeo. Ella era más de cazar con arco y flecha, no pescar, pero eso no evitó que pusiera más carnada en el anzuelo y lo volviera a intentar.
Byleth llegó un par de minutos después y traía algo en manos: el arco de Zoltan y el carcaj con las veinticinco flechas especiales dentro. De inmediato le ofreció el arma a Shamir. "Devuélveme el arco antes de que me vaya a Enbarr. Cuida de las flechas, son veinticinco".
Shamir sabía que Byleth desde joven siempre había sido así de detallista, pero el gesto realmente la tocó. Con una sonrisa, dejó la caña de pescar junto a la canasta y se puso de pie. Recibió el arco y el carcaj con ambas manos, su gesto de sorpresa no abandonaba su rostro.
"Feliz Cumpleaños por adelantado, Shamir".
La arquera finalmente sonrió. "Gracias, Pequeño Demonio".
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La fiesta de Ignatz se llevó a cabo en el comedor del Monasterio, muchos de ellos tuvieron que cooperar en grupo para regalarle material de arte, la pintura no era barata, tampoco los más finos pinceles hechos de pelo de cola de pegaso, y mucho menos los lienzos y cuadernos de dibujo. Ignatz agradeció a todos por tan especial cumpleaños y por los materiales que él nunca podría haber conseguido por sí mismo. El arquero prometió crear las más hermosas pinturas y dibujos posibles.
La Ceremonia de Graduación sería en cuatro días más y se llevaría a cabo en la Catedral, donde la Arzobispa daría un discurso de cierre de año escolar, se haría un rezo especial a la Diosa para que le diera luz y sabiduría a los alumnos y luego de ello habría un banquete para el alumnado, el profesorado y la élite de los Caballeros de Seiros.
Esos últimos días estuvieron llenos de asesoramientos personales entre profesores y alumnos. Algunos pedían consejos para futuras técnicas, otros mostraban una vez más sus mejores ataques y hechizos y unos sólo querían tomar el té con ellos y platicar. Durante esos días los profesores bebieron más té que agua mientras atendían a todos y cada uno de los alumnos. Dimitri en especial se sentía muy agradecido con ellos por ayudarle con los problemas que traía arrastrando desde la Tragedia de Duscur. Problemas que estaban afectando a la gente a su alrededor, a sus amigos y a los hombres que lo cuidaron y vieron por él luego de la Tragedia.
La Capitana Berling y su grupo oficialmente habían terminado su contrato con la Iglesia como batallón de apoyo para los estudiantes y fue una experiencia que todos iban a atesorar, tuvieron un año completo de sueldo estable que la mayoría ahorró para poder permitirse algunos lujos más apenas se fueran de Garreg Mach. ¡Unos estaban dispuestos a comprar un libro, que significaba un salario de varias lunas, y aprender a leer! Shez prometió enseñarles. Ni bien Berling salió de la oficina de Seteth, fue abordada por la princesa de Adrestia.
"Debo decir que siento curiosidad, princesa", dijo Berling con una sonrisa mientras ambas salían de la sala de recepciones camino a la zona de mercados, que era donde ella separaría caminos para ir por su gente, "¿para qué quieres a mis mercenarios cuando tienes a toda una armada?"
"El Imperio está en caos", fue la rápida respuesta de Edelgard. No mentía. "Debo enfrentar muchos obstáculos y deseo gente de confianza a mi lado. Shez es una gran amiga mía. Y contratar a Shez quiere decir contratarlos a ustedes, no me atrevería a separarlos. Me gusta el estilo de combate que tienen, Capitana, necesito toda la gente posible".
Berling sólo arqueó una ceja antes de reír. "Me parece que tienes muchos planes y yo no soy nadie para rechazar la oferta de la futura emperatriz de Adrestia, mucho menos si nos está considerando seriamente en esos planes". La mercenaria asintió. "Tenemos que desalojar las barracas hoy mismo, pero estaremos en Remire mientras ustedes terminan sus asuntos aquí. Es territorio del Imperio después de todo".
Edelgard sacó de entre su chaqueta un rollo. Se trataba del contrato, mismo que le extendió a Berling. "Sólo requiere su firma, Capitana. Con esto pueden ir directo a Enbarr, pedir una audiencia en el palacio y ya ahí mi gente se encargará de acomodarlos".
La mercenaria se sorprendió y se tomó un momento para detenerse y leer rápidamente el contrato, documento firmado y sellado por la mismísima princesa de Adrestia. "Debo decir que es el contrato más generoso que he leído en mi vida".
"No es generoso, capitana, es lo justo. Personalmente he aprendido mucho de usted y de su gente. No tiene idea de lo mucho que valoro el tiempo que he peleado al lado de ustedes".
Berling rió y no resistió alborotarle el cabello a la princesa. "Lo siento, pequeña águila, pero debo hacer esto. También te he tomado cariño".
Hacía tanto que Edelgard no recibía un gesto así que no supo cómo reaccionar pero tampoco pudo contener una sonrisa. "¿Está aprovechando que sigo siendo una alumna para tratarme como a una niña?"
"Por supuesto", Berling la soltó de inmediato. "Dígale a Shez que nos veremos en Enbarr, estaremos esperando por ustedes".
Edelgard asintió, aún sobrepasada por el gesto. "Nos veremos en unos días más".
"De acuerdo, princesa".
"¿Quiere que le avise a Shez que...?"
"No, sólo dígale que la esperaremos en Enbarr".
"Así será".
Ajena a lo que sucedía, Shez practicaba con Lysithea en la plaza de armas, le ayudaba a la maga a esquivar ataques ¡y vaya que era buena! Por supuesto, medía su velocidad, trataba de moverse a la velocidad normal de un soldado o mercenario de nivel avanzado. Nivel que la misma Shez superaba, a opinión de los profesores.
"¡Nada mal! Estás lista para derrotar ejércitos tú sola", comentó una alegre mercenaria.
Lysithea puso un gesto molesto. "Voy a volver al territorio de mi familia ahora que las cosas están más calmadas, hay muchas cosas qué reparar. Tengo que ayudar a mi gente".
"Y estoy segura que harás un gran trabajo", asintió Shez con seguridad, pero sus palabras parecieron hacer enojar más a Lysithea. "Hey, ¿qué pasa?"
"¿Qué pasa?" La joven maga subió el tono de su voz. "Voy-a-volver-a-mi-territorio", repitió con enojo y no le dio tiempo a Shez de responder nada. "¡Ya no podré verte! ¡Y parece que sólo a mi me molesta eso! ¡Eres una idiota!" Gritó y dio media vuelta, lista para correr.
Antes de que Lysithea pudiera irse, Shez la detuvo por la muñeca y la pegó a su cuerpo en un apretado abrazo, haciendo que la maga se quejara un poco. No pasó mucho antes de que Lysithea se aferrara a la chaqueta de la mercenaria, su rostro pegado al pecho ajeno.
"¿Ya puedo hablar?" Preguntó Shez. No dejaba de sonreír.
"Habla, que sea rápido".
"No vamos a dejar de vernos, Edelgard tiene un contrato para mi. Parte de mi trabajo será ayudar a pacificar las tierras de Hrym, ella misma me lo dijo".
Lysithea levantó el rostro y miró a Shez con sorpresa. "Entonces..."
"Nos estaremos viendo, Edelgard necesitará tu ayuda también y dice que tiene algunos asuntos que tratar contigo, no me dijo cuáles, pero no creas que te desharás de mi tan fácilmente", explicó Shez.
La joven maga enrojeció y volvió a pegarse al pecho de Shez. "¡Me lo hubieras dicho antes! ¡Ahora me siento como una tonta!"
Shez rió. "Te lo iba a decir luego de entrenar, te vi de mal humor y pensé que quemar algo de energía te ayudaría".
"Lo siento..."
"No hay nada qué perdonar", la mercenaria se quedó abrazada de ella unos minutos más. "¿Vamos por unos postres al comedor?"
"Sí, por favor".
Ellas no eran las únicas que aprovecharon el día para entrenar un poco, Byleth tenía el duelo prometido con Catherine, pero ésta vez usaban espadas de acero y se encontraban cerca de los cuarteles, vacíos a esa hora. Lo último que querían era llamar la atención de Seteth. Pero quien sí estaba ahí era Alois, que las detendría si el duelo, o Catherine, se salía de control.
"Peleas mucho mejor, me alegra que sigas puliendo tus habilidades", dijo Catherine sin dejar de atacar. La mercenaria era la mejor oponente que había tenido en su vida.
"Tengo que ser fuerte, mis alumnos me necesitan fuerte. Tengo un duelo con Felix luego de terminar aquí", explicó Byleth y aprovechó un espacio para darle una patada a Catherine, ésta rió.
"A veces me pregunto de dónde sacas tanta energía".
"Como mucho pescado, el pescado da energía".
Alois rió ante esas palabras. La batalla continuó hasta que la misma Catherine decidió detenerse.
"Con esto está bien, queda claro que mi Reliquia me da mucha ventaja", dijo la Galerna mientras se secaba el sudor del rostro.
Byleth negó. "Eres una guerrera muy fuerte, Sir Catherine, he aprendido mucho de ti también. Y me has ayudado mucho con mis alumnos que tienen Reliquias".
"Es parte de mi trabajo, lástima que fue sólo por unas pocas Lunas, pero entenderás que teníamos misiones y mucho trabajo".
Byleth hizo una educada inclinación ante la Galerna. "Gracias por todo".
"Hey, hey, no te pongas tan formal", Catherine la obligó a levantarse. "Anda, ve con Felix, debe estar esperándote. Yo debo hacer algunas cosas aquí".
"Quizá debas comer algo primero y tomar un respiro, joven Byleth", dijo Alois. "Te acompaño".
"No es mala idea, cuida que coma bien, Alois".
"¡Vamos, joven Byleth, tienen sopa del día! ¡Pero hay que ver de qué día es!" Exclamó el Capitán y se echó a reír a carcajadas.
Catherine puso un gesto de horror, mismo que se multiplicó por diez al ver que a Byleth le causó gracia la broma y comenzó a reír quedito. "Estás pasando mucho tiempo con él".
El Capitán y la profesora se dirigieron al comedor, Byleth aprovechaba para secarse el sudor del rostro y cuello. Alois le miró de reojo antes de que su gesto se tornara más bien suave, ligeramente serio. "Has hecho un buen trabajo, me alegra que aceptaras quedarte".
"Ser profesora fue una gran experiencia, Sir Alois, gracias por traerme aquí con amenazas veladas de la Iglesia", dijo la mercenaria tratando de bromear.
Alois dibujó una sonrisa solamente. "Ojalá hubiera estado más aquí para ver por ti, tuviste que pasar por muchas cosas complicadas, como lo de Remire", murmuró el Caballero. No le dio tiempo a Byleth de decir nada. "Pero superaste todo. Tienes la fuerza de Jeralt y la entereza de Sitri".
Esas palabras hicieron que Byleth se detuviera en seco y mirara a Alois con los ojos bien abiertos, incluso se le cayó el paño con el que se estaba secando el rostro. Alois rápidamente recogió la prenda.
"Pequeña, conozco el modo de pelear de Jeralt, fue él quien me enseñó todo lo que sé. Cada golpe que has dado ha sido como verlo pelear a él... Y también conocí a tu madre, tienes todos sus modos, es imposible confundirte con alguien más".
"Sir Alois..."
"Si no quisiste decir nada sobre tus padres al venir aquí, tienes tus motivos. Los respeto. Sólo me siento feliz de saber que ellos vivieron más tiempo y tuvieron una hija maravillosa como tú".
Byleth se avergonzó al darse cuenta que ella misma se descubrió ante Alois.
"Y así como tú no dijiste nada, yo tampoco diré nada, joven Byleth. Sólo me alegra haberte conocido y saber que eres justo como ellos".
"Yo... Apenas recuerdo a mi madre, murió cuando yo tenía como tres años..." Murmuró Byleth y enseguida lo miró con un brillo de curiosidad. "¿Cómo era ella?"
"Sitri era justo como tú, mi niña. Alguien que cuida de las personas a su alrededor, alguien que casi no sonríe pero que demuestra más con sus acciones que con sus palabras o gestos", Alois miró al cielo. "Ven a visitarme de vez en cuando, ¿sí? Puedo platicarte más de ellos".
"Por supuesto. Gracias, Sir Alois".
"Por nada. Ahora vamos a que comas algo, aún debes muchos duelos, espero que tengas suficiente dinero, ¡JA, JA, JA!"
Ante la risa de Alois, Byleth negó. "Ese no fue tan bueno".
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El servicio, los cantos y los rezos a la Diosa terminaron y enseguida fue el turno de la Arzobispa de dar el tan esperado discurso de clausura del año escolar. Luego del banquete, los alumnos debían retirarse del monasterio y volver a sus respectivos hogares. Podían conservar los uniformes y las espadas ceremoniales como recuerdo de sus días en Garreg Mach. Los alumnos se tomaron esa mañana para desocupar sus cuartos, empacar y llevar sus cosas a las carrozas que ya estarían esperando por ellos. Byleth y Shez ya habían guardado sus pertenencias en la caravana que iría de regreso a Enbarr.
"Y una vez más, los muros de Garreg Mach se han llenado de la energía y la fuerza de muchos jóvenes que serán los que forjen el futuro de Fódlan, jóvenes que seguirán las enseñanzas de la Diosa para hacer de éste continente un mejor lugar para todos", la Arzobispa recitaba el discurso de siempre con la voz poderosa de siempre. "Me siento orgullosa de ustedes, serán una generación de cambios importantes, lo sé. Saben que pueden contar con nuestro apoyo así como nosotros contaremos con el suyo en situaciones difíciles".
Esas palabras en especial casi hicieron que más de un alumno reaccionara de mala manera. Ya habían visto de primera mano la "gran ayuda" que le daba la Iglesia a la gente, una ayuda que costaba mucho para muchas personas. No estaba de más mencionar que bastaron unas semanas de simple y básico intercambio comercial para ayudar a las regiones más frías de Faerghus a sobrellevar la hambruna y el frío. No que la Arzobispa estuviera interesada en ese detalle, no tenía nada qué ver con la Iglesia.
"Lleven en sus corazones las experiencias y enseñanzas que han recibido en estos muros, le pido a la Diosa que cada uno de ustedes tenga un futuro brillante y próspero".
Un rezo más en silencio a la Diosa y la Arzobispa fue la primera en aplaudir. Pronto, todos los presentes aplaudieron a los alumnos y comenzaron a recibir flores de parte del personal del monasterio. Luego de eso, todos fueron a la Sala de Recepciones a disfrutar de comida y música de orquesta. Los alumnos se felicitaban, se despedían y hacían promesas de seguir en contacto.
Byleth hablaba con Hanneman y Manuela luego de un brindis.
"Espero que te vaya muy bien en Enbarr, cariño", dijo Manuela, aprovechando el momento para abrazarla con fuerza contra su pecho. "Te vamos a extrañar".
"Y yo a ustedes", respondió la voz sofocada de Byleth entre el par de generosos pechos de Manuela. No hacía nada por separarse de ella. "Me han ayudado mucho, gracias".
"No olvides escribirnos, joven Byleth. Y si alguna vez quieres volver a enseñar aquí, estoy seguro que el Monasterio te recibirá con los brazos abiertos", dijo Hanneman, dándole unas palmaditas en la espalda a su ahora ex colega.
Lo único que empañaba ese escenario hipotético era la figura de la Arzobispa, pero la mercenaria no iba a decirlo. "Lo tendré en cuenta".
De pronto, Shez y Monica llegaron acompañadas de Catherine. "Oye, Byleth. La Arzobispa quiere hablar con ustedes. Me pidió que las llevara con ella, dice que les dará lo que hace falta de su contrato en persona. ¡Qué honor!"
Bueno, si era una junta con más personas, la mercenaria podía ir sin problema. "De acuerdo", enseguida miró a los profesores. "Regreso en un rato".
"¡Genial, recibiremos nuestro dinero! ¡Profe, le daré cerveza a mi grupo por meses!" Rió Shez y enseguida calló. "Cierto, ya no eres profesora. Creo que tardaré un rato en dejar de llamarte así".
"No tiene nada de malo que la llames así, a menos que a ella le moleste", comentó Monica y enseguida miró a Byleth. "¿Qué dices? Los demás te seguirán llamando Profesora siempre que te vean".
"Me gusta ese título".
Catherine rió. "Lo dicho, lo que hubiera dado por tener una profesora como tú en mi generación".
El resto del camino a la oficina de la Arzobispa se fue con Catherine contándoles de sus días de estudiante y cómo sacaba de quicio a Seteth en cada oportunidad. Al parecer, en cada generación alguien debía tomar el sagrado trabajo de enfadar al Consejero.
Y hablando de Seteth, el hombre estaba con Rhea en la oficina, ésta lucía contenta.
"Muchas gracias por venir. Lamento no poder unirme a ustedes en la celebración, pero el Monasterio simplemente no para de trabajar", dijo Rhea, acercándose a las visitantes.
"Y agradecemos mucho su duro trabajo, Su Excelencia", Monica fue la primera en responder, era la más educada y diplomática de las presentes.
"Soy yo quien debe agradecerles a ustedes todo su esfuerzo", dijo la mujer y asintió a Seteth.
"Joven Shez, éste es tu pago tal como acordamos", dijo el Consejero y le dio un hermoso y compacto cofre a Shez. Un cofre pesado, ésta lo sintió de inmediato apenas lo recibió.
"¡Genial, gracias!"
"Es lo que mereces por haber salvado a tres de los más importantes alumnos que hemos tenido en mucho tiempo", dijo Rhea. Nunca se habían reunido los herederos de las tres regiones en una generación.
"Esto es para ti, joven Monica", continuó Seteth, dándole una carta dirigida al Barón Ochs y también el pago prometido en el contrato. "Nos disculpamos contigo por lo que te sucedió, pero gracias a ti ya nos hemos encargado de cualquier amenaza para nuestros futuros alumnos".
"Gracias a ustedes por salvarme y recibirme de nuevo", Monica podía jugar a inflarles el ego un poco más antes de salir de ahí al fin.
"Y para ti, Byleth, aquí está la recompensa y el pago acordado", Seteth le dio igualmente un cofre. "No te voy a mentir, me diste muchos dolores de cabeza".
"Lo siento", murmuró Byleth, un poco apenada. Sólo un poco.
"Pero también fuiste una gran profesora, hiciste un trabajo excepcional, así que si alguna vez quieres volver aquí, te recibiremos con los brazos abiertos", continuó Seteth y le extendió la mano a la joven mercenaria. "Gracias por todo".
"Gracias por soportarme", respondió Byleth, dejando un momento su cofre en el suelo para estrechar con firmeza la mano del Consejero. "Prometo tener en cuenta la propuesta".
"Buena suerte a donde quiera que vayas".
Bien, era el momento. Rhea salió de detrás de su escritorio.
"Byleth, necesito hablar contigo, me gustaría reiterar mis disculpas por lo que te hice pasar hace unas lunas. No me gustaría que partas con una impresión equivocada de mi, ¿podrías venir conmigo un momento, por favor?"
Byleth no quería pero tampoco sería bien visto que se negara en un momento tan emotivo, simplemente asintió y levantó su cofre del suelo.
"Yo lo llevo", se ofreció Catherine de inmediato. "Lo dejaré en la sala de Recepciones".
"Muchas gracias".
Seteth miró a Rhea con extrañeza.
"Te contaré después, lo prometo", dijo Rhea de inmediato y asintió a la mercenaria. "Iremos a la Torre de la Diosa, no puedo dejar que te vayas sin que tengas la mejor vista del Monasterio".
Byleth ya había estado en la Torre de la Diosa pero no en el último piso. No era demasiado lejos de la Sala de Recepciones, así que asintió a la Arzobispa.
"No vayas a tardar, profe", dijo una alegre Shez y se retiró con Catherine y Monica.
Y fue Monica la que miró a Byleth con un poco de preocupación, pero ésta sólo la calmó con un gesto antes de salir primero junto con la Arzobispa. La joven maga estaba al tanto de que Rhea estuvo investigando sobre la familia de Byleth pero que al final todo resultó bien.
La Arzobispa dirigió el camino a la Torre, abrió la puerta con unas llaves viejas pero bien conservadas y ambas comenzaron el ascenso por las escaleras. Fueron en silencio todo ese tiempo.
"Se siente distinto de día", comentó Byleth, mirando cómo la luz del exterior iluminaba las grietas y las plantas que adornaban los antiguos muros.
Rhea rió un poco. "¿Viniste a la Torre como marca la leyenda?"
La mercenaria asintió. "No sabía que se podía acceder aquí hasta que me contaron esa leyenda". Tampoco se iba a portar hostil en su último día en Garreg Mach.
"¿Quién crees que autoriza que se abra la Torre esa noche en especial, eh?" La Arzobispa sonrió con picardía. "Me gustaría tenerla abierta todo el tiempo, pero como puedes ver, el sitio es muy antiguo y la ubicación no es la más accesible para construir un refuerzo en la estructura. No quiero que alguien salga herido si alguna sección se debilita y cae".
"Ahora veo porqué", murmuró Byleth mientras se asomaba un momento por una de las ventajas. Aquella noche no se asomó por las ventanas pero abajo había un barranco bastante profundo, hasta ese momento pudo verlo mejor.
Ambas llegaron al último piso de la Torre, para el que se requería una segunda llave para acceder. Ya ahí, lo primero que resaltaba eran grabados en los muros que Byleth no tuvo tiempo de admirar, Rhea se acercó al ventanal más grande y finalmente la miró. Lucía sonriente.
"Reitero mis disculpas por lo de aquella vez, no quería meterme con los recuerdos de tu familia. Tu padre fue el Quiebraespadas y alguien que se vuelve leyenda en todo Fódlan sin duda llama la atención", dijo Rhea con voz suave.
Byleth negó. "Entiendo sus motivos, Excelencia. Mi fama de Demonio tampoco ayudó".
"¿Puedo preguntar porqué te llaman Azote Sombrío?"
La mercenaria asintió. "Papá me enseñó a matar rápido, sin involucrarme y sin ser innecesariamente cruel. Papá tampoco sonreía mucho y... Todo lo aprendí de él. Cuando hacíamos los trabajos que nos encargaban, yo atacaba sin pensar, sólo siguiendo lo que aprendí. Y supongo que hice muy bien mi trabajo".
Rhea sonrió. "Hablas mucho más que antes".
"Aquí me vi obligada a hablar más", Byleth sonrió por lo bajo y enseguida miró a la mujer. "Agradezco de todo corazón la posición que me dio", dijo con sincero tono e hizo una leve inclinación. "Aprendí mucho".
"Me alegra que así fuera", Rhea junto sus palmas, su alegría cada vez más palpable, más visible. "¿Segura que no quieres quedarte? Fuiste una gran profesora".
Byleth negó. "Lo lamento, tengo otro camino por delante, uno que me permitirá aprender más".
La Arzobispa asintió. "Cierto, aprender más y tomar un nuevo camino es bueno para alguien tan joven como tú, tienes talento y muchas posibilidades de ser algo más grande".
"Haré mi mejor esfuerzo".
Rhea tentó lo que tenía en uno de los bolsillos de su túnica: el Corazón de Sothis.
"Sé que lo harás, sé que serás algo grande, algo significativo en la vida de muchas personas justo como lo fuiste para los alumnos", dijo mientras se acercaba casualmente a Byleth.
Pasado un rato, en la Sala de Recepciones, la celebración estaba a nada de terminar. Dimitri, Edelgard y Claude ya tenían preparados unos ramos de flores especiales y joyería que mandaron a pedir para ese día en especial, un regalo para la Arzobispa. Dimitri propuso la idea porque, aunque estaba al tanto de las mentiras de la Iglesia, supo por Rodrigue que la realeza acostumbraba a darle un último regalo a la Arzobispa antes de irse. Le comentó el asunto a Edelgard y a Claude y estos aceptaron.
Mentiras y manipulación aparte, los tres curaron muchas heridas entre los muros del Monasterio, se conocieron mejor a sí mismos y a sus compañeros y por lo menos eso le debían a la Academia. Un regalo de despedida no era mala idea. El asunto era que la Arzobispa no se encontraba ahí, pero no tardaron en ver a Sir Catherine platicando con Shamir.
Shez y Monica no pensaban cargar esos pesados cofres a todos lados, por lo que decidieron ir a dejarlos a las carrozas que llevarían a todas las Águilas Negras a Enbarr apenas terminara el banquete.
"Sir Catherine, disculpe, ¿sabe dónde podemos encontrar a la Arzobispa?" Preguntó un correcto Dimitri. "Queremos darle unos obsequios de agradecimiento".
Catherine sonrió. "Por supuesto, está en la Torre de la Diosa con Byleth".
Eso puso alerta a Edelgard.
"Si está con ella, entonces los acompaño, debo devolverle su arco a Byleth", dijo Shamir, justamente traía el arco y el carcaj colgando en su espalda. Llegó en la madrugada al Monasterio, a tiempo para la Ceremonia de graduación justo como lo prometió.
"Vamos", Catherine guió el camino de todos. No siempre se tenía oportunidad de visitar la Torre durante el día. "A Su Excelencia le encantarán las flores".
"¿Y cómo le fue en su misión, Sir Shamir?" Preguntó Edelgard sólo para hacer conversación. Quizá la Arzobispa le insistiría a Byleth quedarse en el Monasterio, nadie en Garreg Mach iba a negar que la mercenaria hizo un trabajo excelso con los alumnos pese a su juventud e inexperiencia en ese ramo.
"Misión exitosa. El arco que Byleth me prestó fue de mucha ayuda. Se lo compraría de no ser porque fue un regalo del Quiebraespadas".
Catherine bufó. "Y además tiene una espada que sólo puede usar un Caballero de Seiros. Esos comerciantes de armas son cada vez más descarados al vender equipos que pertenecen a la Orden".
Claude y Dimitri mostraron genuina curiosidad, Edelgard la fingió.
"He escuchado que muchos siguen buscando la legendaria espada Mercurius", comentó Dimitri.
"Le pagaría los ahorros de mi vida a quien quiera que la consiga", dijo Catherine de inmediato. "Es la espada que se usó en la Batalla de los Leones y las Águilas".
Claude rió. "También escuché que venden espadas tan poderosas que debilitan a quienes las usan, pero que tienen mucho poder".
"No tienes idea de todo lo que se puede encontrar cuando buscas en los sitios correctos", comentó Shamir.
La plática sobre armas siguió el resto del camino. El pequeño grupo llegó a la Torre de la Diosa y comenzó a subirla. Sí, definitivamente tenía un aire muy distinto cuando la luz del día entraba por cada ventana. Catherine no tardó en notar que la puerta del último piso estaba abierta y animó a todos a seguirla. Podía escuchar la voz de la Arzobispa.
Lo que ninguno de ellos esperaba encontrar era a Rhea sujetando a Byleth por el abrigo en todo lo alto mientras su otra mano estaba en el pecho de ésta... Dentro del pecho de Byleth. Un río de sangre brotó del cuerpo de la mercenaria mientras la mano de Rhea finalmente salía. Pero eso no era una mano, era una garra.
"Oh", al verlas, Rhea sonrió ampliamente a pesar del horror que todas mostraban. "Ustedes serán testigos de la nueva Era que está por comenzar, todo gracias a ésta jovencita. Ella cumplirá mi mayor sueño", dijo la Arzobispa mientras veía cómo la herida en el pecho de Byleth se cerraba por sí misma gracias a la Piedra Emblema, clara señal de que Byleth era el cuerpo perfecto para su madre.
"¡Suelta a Byleth!" Gritó Edelgard, tirando las flores y empuñando la espada ceremonial que traía en su uniforme.
Pese a la sorpresa, Catherine no tardó en percibir algo en Byleth: el inequívoco aroma de un Emblema. Un Emblema que no conocía pero que era el emblema desconocido de la princesa de Adrestia. Shamir, por instinto, cubrió a los alumnos.
"Oh, pequeña, no te preocupes, ella estará bien", fue la inmediata respuesta de Rhea. "Ya dejó de sangrar".
Antes de que alguien pudiera decir o hacer algo más, el cuerpo de Byleth brilló en una luz verdosa. Rhea comenzó a reír a carcajadas, totalmente fuera de sí. "¡Lo logré! ¡Mi madre volverá! ¡Tengo que llevarla a su Trono!"
Rhea saltó por una ventana con el cuerpo de Byleth en brazos y todas corrieron a las ventanas, horrorizadas por toda la escena. Pero lo siguiente que sucedió sobrepasó lo increíble:
El cuerpo de Rhea brilló antes de transformarse en un dragón de blancas escamas, un enorme dragón que sujetaba delicadamente entre sus garras el cuerpo de Byleth. El dragón voló en la parte más profunda de los precipicios a espaldas y a los costados de Garreg Mach, luego desapareció de vista, claramente rodeando el Monasterio.
"¡BYLETH!" Sonó el desesperado el gritó de Edelgard.
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Byleth abrió los ojos y por un momento no supo dónde se encontraba. Se sentía rara, ligera pero muy rara. Rápidamente miró a los alrededores y vio muros de roca que despedían un suave brillo. No había antorchas ni ninguna otra fuente de iluminación. No tardó en ver una alta escalinata hecha de ese mismo material brillante, en la cima de la escalinata había un trono de piedra y en el trono se encontraba una jovencita de llamativa apariencia y orejas puntiagudas.
"¿Qué clase de criatura eres?" Preguntó la jovencita, su voz detonaba aburrimiento.
CONTINUARÁ...
