La noche llegó rápida. En lo que todos ayudaban para acomodar dentro de la cabaña todas las pertenencias, apenas alcanzaron para que Lina dejase la cena lista para todos. Al principio dudaba si los yordles pudiesen comer comida humana. Pero cuando Lulu casi gritó de gusto al primer bocado, pudo estar tranquila. La platica fue amena entre todos, sintiendo que la aspereza del mediodía había quedado atrás. Incluso Angie jugó con Pix y Lulu después de cenar. Pero duró poco, pues debía ir a dormir.
Estuvieron juntos un rato más, compartiendo tiempo antes de dormir. Específicamente, las anécdotas de las aventuras de Teemo en toda Runaterra. Pasando desde cosas graciosas con delincuentes en las tierras desérticas de Shurima, hasta toparse con un humano grandote bigotudo que le ayudó a refugiarse en su cabaña cuando inició una fuerte tormenta de nieve.
-Lo curioso es que me confundió con un poro. Aunque le dije que no lo era, cuando me ofreció la manta, no tuve fuerzas para seguir alegando y me quedé dormido – sacó su peluche de hongo –. Esto siempre ayuda.
–¿Cuántas de esas cosas tienes? – Tristana ya notaba ese pequeño tic en el ojo cuando Teemo salía con alguna de sus cosas fúngicas.
–¡Muchas! ¿Quieres una?
–¡No! ¿Para qué quiero otra?
–¡Oh, oh, oh! ¡Yo quiero una, Teemo! – saltó Lulu de su asiento en el suelo.
–Cuando volvamos a Bandle, te daré uno que tengo guardado. Es de color rosa como Pix – Lulu saltó de alegría. Pero siendo chistada por Lina. Su hija estaba dormida y lo que menos necesitaba era que fuese despertada ya muy noche.
–Ups. Lo siento.
–¿Tú quieres uno, Veigar? Tengo bastantes en casa.
Veigar estaba sentado en el piso, recargado en la pared bajo la ventana. Con los brazos cruzados, desvió la vista con obvia indignación.
–Prefiero quedarme sin pelo a aceptar una de esas cosas.
–Pero hasta mejoran el humor cuando duermes con ellos. Mira a Tristana – la señaló con el dedo –. Ya no tiene cara de ogro cuando hablo de hongos.
–¡Hey!
–Uy. Ya volvió a tener cara de ogro – no tardó en nada de que ella se levantase y le estirase las mejillas con coraje, arrancando algunas risas silenciosas de la familia que presenciaba esa convivencia.
–Bueno, señoritos… hora de dormir – Lupin se levantó de su silla –. Mañana tenemos mucho que hacer. Hay que despertarse temprano para aprovechar a los viajeros, o gente local que viven aquí y vender nuestros productos. Sin ellos, no comemos – Tobb abrazó a su esposa, levantándose igual con ella.
–También nos retiramos. Debemos reposar – miró al grupo en general –. ¿Seguros que estarán bien dormir aquí? ¿De esta forma?
–Estamos acostumbrados a dormir en la intemperie – dijo Teemo. Las dos yordles asintieron en concordancia. El cuarto de ellos aún se mantenía en silencio, con la vista en otro lado –. Con tener un techo y que el lugar sea seguro nos sentiremos más que cómodos. Y gracias por dejarnos estar aquí a pasar la noche.
–Fueron muy acomedidos en ayudarnos. Es correcto que hagamos también algo por ustedes. Bueno, hora de dormir. Descansen, chicos. Nos vemos mañana.
Las velas fueron apagadas dejando la casa a oscuras. Los yordles decidieron descansar en la planta superior, sacando sus cobertores de la mochila de Teemo y el bolsillo de Lulu. Ya estaban cómodos para dormir cuando Lulu rompió el silencio.
–Chicos – susurró –, ¿en verdad hay muchos que no aceptan a los magos?
–¿No escuchaste el relato del tipo? – Veigar estaba dándole la espalda a los tres dentro de su cobertor.
–Si, si. De hecho, escuché claramente – miró a la ventana –. Pero noté que algunos de este asentamiento… – Tristana le tapó la boca. Estaba al lado de ella, por lo que girar su cuerpo y hacer presión en sus labios con su palma fue fácil.
–Lo sabemos – dijo Teemo. Lulu se quitó la mano de Tristana, haciéndole un puchero de paso.
–Pero sigo sin entenderlo. También son magos. O tienen magia. ¿No sería para que fuesen…? – no completó la frase. Siendo una yordle, decir si quiera algo por ese estilo le parecía atroz.
–Es porque no han tenido a alguien que pueda detectarlos – Veigar seguía dándole la espalda a los tres –. Si así fuese, no habría gente como la que detectaste.
–Oh – se acurrucó entre sus mantas –. Es triste.
–No es algo en lo que podamos intervenir, Lulu – a pesar del tono, Tristana en verdad sentía pena por su amiga. Yordle, maga, amante de la libertad creativa mágica… era normal que se sintiese abrumada por las leyes de Demacia –. No intentes prestar mucha atención a ello. Durmamos.
–Si – se acomodó igual –. Aunque quisiese que las cosas fuesen diferentes. Nadie merece ser encarcelado por su naturaleza.
–… duerme, Lulu – dijo el ex mago.
Y eso hicieron. A la hora, todos en la cabaña se encontraban dormidos.
Bueno… al menos no uno de ellos.
Veigar se removió dentro de su zona de dormir. Vigilando que sus compañeros estuviesen dormidos. Solo se removió un poco, girando la cabeza lo suficiente para verlos por el rabillo del ojo. Teemo dormía acurrucado al igual que Tristana. Solo Lulu volvía a estar desparramada entre sus sabanas. Roncando.
Se levantó en silencio, caminando hasta la ventana, de puntillas para que no le escuchasen. La abrió con cuidado, esperando no hacer el ruido suficiente para si quiera hacer despertar a alguno de ellos. Pero agradecía que Lulu roncase mucho, pues podía disimular tanto sus pasos como el leve chirrido de la madera al abrir la ventana.
Asomó la cabeza hacia afuera, viendo la altura del segundo piso. Afortunadamente, abajo había un montículo de paja con un poco de las telas desechables que llevaban cubriendo la mercancía de la familia de Lupin. Miró hacia atrás de nuevo, verificando que nadie estuviese despierto, para al momento lanzarse hacia ese montículo, cayendo de espaldas. O trasero, a como pudo sentir al levantarse de entre los escombros. Se sacudió sus ropas y alzó la vista. El salto fue un éxito. Pero, ¿cómo le haría para volver a subir? Ya lo pensaría cuando volviese de su ruta nocturna.
Miró para todos lados al posarse frente la cabaña, esperando no toparse con algún guardia nocturno. Verificó también la muralla a su espalda, observando que el guardia seguía vigilando la parte exterior, ignorándole por completo. Agradecía su habilidad nata de yordle para pasar desapercibido por los humanos. Ayudaba bastante para este tipo de expediciones.
Caminó por las calles vacías. Al ser de noche, casi iniciando la madrugada, no había muchas almas las cuales podría toparse. Eso sí, a veces tenía que ocultarse en algunos callejones cuando dos guardias caminaban haciendo su ronda. Platicando y quejándose de su turno nocturno.
Caminó un rato más, llegando a la parte este del asentamiento. Seguía moviéndose entre las sombras y oculto en algunas paredes donde podría pasar desapercibido alejado de las llamas que iluminaban las calles, hasta toparse con una cabaña algo maltrecha. No fue a la entrada, sino que caminó hasta la parte trasera, pegado casi a la muralla. Caminó en lateral, tentando sutilmente la pared con la palma de su mano, estirada tratando de hallar algo. Hasta que encontró una pequeña grieta.
–Bingo – susurró.
–¿Qué encontraste, Veigar? – susurró alguien a sus espaldas, haciéndolo saltar del susto, a la vez que se pegaba la frente con la pared.
–Agh. ¿Qué haces aquí? – susurró a Teemo. Este estaba al lado de él. O atrás de él en el angosto callejón.
–Vi que saltaste por la ventana. No sabía que estabas planeando y quise seguirte – se removió un poco ahí mismo, incomodo por no caber el todo –. Creo que me lastimé mi trasero al caer desde esa altura.
–Déjame en paz. Vuelve a la cabaña – dijo retomando su trabajo, volviendo a tentar la pared. Por el susto, había perdido la grieta que tenía al alcance de su mano.
–Pero si estás aquí es por algo. ¿Qué buscas? – su tono era curioso. La malicia o la acusación no estaban moduladas en cada palabra, haciendo que se enojase más. Al menos si fuese lo primero, tendría excusa para ser grosero.
–… una grieta en la pared – y en efecto, la encontró de nuevo al terminar de decir la frase. Afianzó sus dedos en esa grieta y la bajó, desprendiéndola un poco, descubriendo una puerta de madera pintada con el mismo color de la petricita. Era del tamaño justo para un yordle. O un enano. La empujó, entrando en la pared. Teemo le siguió detrás. Y lo que vio lo dejó con la boca abierta. Era un pasillo largo y oscuro, pero lo suficientemente ancho como para poder pasar en fila a dos yordles.
O dos enanos.
–Diablos. No tengo mi magia para iluminar el camino.
–Yo me encargo – Teemo sacó de su bolsillo un hongo. Veigar enarcó una ceja. No fue hasta que le dio un golpe, que el hongo empezó a iluminarse de un verde fosforescente, haciendo que adentro quedase iluminado lo suficiente como para andar sin chocar con algo al frente –. Toma. Nos servirá.
–… sigo sin retractarme. En verdad estás loco – tomó la seta, y empezó a andar.
–Por los hongos, mi amigo. Por los hongos – y empezó a seguirle.
El pasillo estaba muy trabajado. Las paredes estaban lo suficientemente lisas como para no sentir la rugosidad del trabajo. Se sentía que había sido a mano, pues los pequeños montículos de trabajo manual se sentían con cada desliz de la palma. El techo se miraba igual de trabajado. Era más parecido a una cueva que un pasadizo secreto.
–¿Cómo descubriste este lugar? – preguntó Teemo. La curiosidad le mataba. No podía evitarlo. Era un yordle curioso.
–Hace unos años, vine a este mismo sitio en busca de información sobre un tomo de magia oculto – dijo sin voltear a verle –. Tengo un conocido que puede darnos información. Es ese mismo quien puede ayudarnos a ver si ha visto algo raro en el asentamiento. Y es el mismo que creó este pasadiso.
–Pues a como veo, no es alguien muy legal de por aquí si tenemos que cruzar un pasillo largo dentro de la muralla – se quitó una telaraña de su cabeza, removiendo también a una pequeña araña colocándola gentilmente en una grieta.
–Tomo de magia, un pasadizo secreto que da hacia el exterior en una zona donde la visión de los guardias es casi nula; adivina – dijo con sarcasmo.
Teemo se sorprendió cuando el camino empezó a inclinarse hacia abajo. Al parecer, no era un camino a línea recta. Las escaleras tenían madera para pisar mejor. Además que pudo notar que las paredes eran más altas, y de ellas, colgaban algunas antorchas apagadas.
–Para este momento, yo ya tenía encendidas las velas. Maldigo lo que sea que me haya maldecido.
–¿Maldecir a la maldición? Bonito juego de palabras – y tiró una leve risa. Veigar giró los ojos.
–Cállate.
Giraron a la derecha, donde el pasillo se volvió a nivelar y el camino se volvió recto. Unos minutos después, sintieron una brisa que corría desde al frente de ellos.
–Estamos cerca – Veigar apresuró el paso.
Llegaron a una pared de madera. Pero de nuevo, Veigar tocó la superficie con la palma de su mano, pegando también el oído. Su palma se detuvo en un cuadro de la pared y haciendo empujar también la madera hacia afuera para así volver a estar en el exterior.
El cielo volvía a saludarles. Pero ahora desde el inicio de un bosque abierto. Gracias a la luz de la luna, lograron visualizar la zona con nitidez. Teemo estaba asombrado.
–Al parecer la zona noreste aún se mantiene intacta –dijo el yordle oscuro, siguiendo su avance.
–El suelo tiene muy pocas marcas de pisadas – dijo, estando en cuclillas y tocando el pasto con su mano –. Es una zona poco transitada. ¿Seguro que este es el camino? No parece que se usara a menudo.
–Hace mucho lo utilizaba bastante. Cuando llevaba pocos meses de haberse establecido el asentamiento. La misma persona y yo lo usábamos.
–Oh. ¿Es un amigo tuyo, entonces?
–Un colega. Gracias a él he podido encontrar algunos grimorios y artilugios interesantes. Clandestinamente, claro.
–Veigar… hacer maldades no es bueno.
–¿Y quién dice que quiero hacer algo bueno? – ante eso, solo Teemo pudo suspirar. Ese yordle le encantaba meterse en problemas.
Caminaron un rato, alejándose más de la entrada secreta. Adentrándose en el bosque y perdiéndose más allá de la visión que podía darles los guardias que custodiaban día y noche a la lejanía.
El aire estaba fresco. Y ayudaba bastante que el sitio fuese una arboleada lo suficientemente densa como para camuflarse entre las ramas. El aroma a hierbas y flores inundaba las narices de ambos. Para Teemo, era grato estar pisando esas tierras. Verdes y vivas, se sentía como en casa. Para Veigar, solo era un recorrido más. Pero no podía negar que su cuerpo reaccionaba de forma positiva al ambiente natural del lugar. Siendo yordle, era ordinario que eso pasase.
Llegaron a una cabaña. Era vieja y de aspecto roñoso. Las ventanas eran de madera derruida, y parecían estar con moho, clara señal de abandono y desprolijo. La barda de enfrente, igual de dañada y vieja, solo servía de decoración casi innecesaria, pues estaba quebrada y en algunas partes, suelta. El techo estaba igual de dañado, pero parecía lo suficientemente resistente como para dar a entrever que no habría agujeros donde se colase el exterior. O eso querían creer.
–Llegamos – caminó hasta estar a la entrada. Teemo miraba a todos lados, intentando asimilar donde se encontraba.
–Em, ¿seguro que es aquí lo que buscabas? Está todo sucio y mohoso – deslizó su dedo en la pared hecha de troncos. Este resbaló por la, al parecer, humedad que tenía la cabaña.
–Lamentablemente, así es – tocó la puerta con fuerza. Fue tal que Teemo se preocupó si alguno de los guardias a la lejanía pudiese escucharle –. ¡Hey! ¡Anciano decrepito! ¡Sal!
Ninguna señal. Veigar volvió a tocar con fuerza, haciendo que el explorador temiese que fuese a tumbar la puerta.
–Ya voy, ya voy – una voz anciana se escuchó adentro –. ¿Quién molesta a un anciano a altas horas de la noche? Esto es malo para mis huesos.
–Como si llegase a importarme tanto, anciano.
Los sonidos de mesas moverse, sartenes cayéndose y maldiciones se escucharon antes de que la puerta se abriera. La figura de un anciano de baja estatura se asomó por la entrada. Vestía con harapos sucios y la calva relucía al cielo con largos mechones de cabello alrededor de su cabeza. Miraba hacia todos lados, con los ojos entrecerrados y enfocando hacia todas direcciones.
–¿Veigar? ¿Estás ahí, yordle molesto?
–Abajo, remedo de vidente momificado.
–¡Hmm! Parece que los años no han hecho más que volverte más irritante – olfateó al aire –. Huele a hongos amargos. ¿Qué comiste? Si estás mal del estómago y buscas un baño, ten por seguro que el mío no es una buena opción.
–¡No estoy con problemas estomacales, anciano decrepito! – se talló los ojos con exasperación –. Vine acompañado. Un… – miró a Teemo. Este le devolvió la mirada con entusiasmo y emoción. Juntando sus manos, esperanzado – un extraño me acompaña – Teemo solo pudo quedarse de rodillas, decepcionado y dolido –. Me acompaña en un viaje.
–Jejeje. Bueno, supongo que no siempre ibas a estar solo. Pasen.
Dejó la puerta abierta, adentrándose en su casa sin preocuparse si le iban a seguir o no. Veigar avanzó. Teemo hizo lo mismo, levantándose rápido para entrar a la cabaña del andrajoso anciano.
El olor no era nada agradable. Olía a vegetación podrida, así como lodo contaminado. Comida echada a perder estaba bajo la mesa quebrada de la sala. Además, que en donde debía de haber una chimenea, estaba un caldero con un contenido sospechosamente intrigante, como asqueroso. Los sillones eran casi solo madera con cojines destripados, y la tela de estos estaban rasgados y manchados por cosas que Veigar, como Teemo, no deseaban saber.
Llegaron hasta una silla que hacía juego con una mesa al lado. El anciano se sentó, y con su boca empezó a hacer chasquidos. Tres, exactamente. De la basura amontonada que había al lado de unos sillones, tres ratas salieron con velocidad, asustando a Teemo, haciéndolo saltar y trastabillar en su lugar. Las ratas se posaron en el anciano. Una en su hombro. Otra entre sus piernas. Y la tercera en su regazo, empezando a pedir mimos con sus sonidos.
–Ya, cariño – sus dedos pasaron por el lomo del roedor –. Isabel siempre anda de mimosa conmigo. Es una rata lista, pero exige mucho cariño cuando no hay labores por hacer.
–¿Son sus mascotas? – preguntó Teemo –. Yo tuve una mascota también. Sé lo agotador que puede ser. Mas si es caprichosa – dijo recordando a Pelusa.
–La mayoría de las mascotas lo son. Pero ellas son especiales – acarició a la que tenía en su hombro –. Fueron alimentadas con brebajes especiales. Casi experimentales. Gracias a ello, no solo son más listas. También tienen una larga vida por delante. Y creo que les queda bastante.
–¿Cuántos años tienen?
–Mmmm. Calculo unos cincuenta años. Puede que más – se rio cuando el roedor empezó a morderle parte de su cabello, para bajar y empezar a jugar con la otra que estaba en sus piernas –. Pero supongo que no vienen aquí para visitar a este anciano ciego. Menos si quien me visita es el mago refunfuñón que tengo como socio de negocios.
–En efecto – se cruzó de brazos –. ¿Qué tanto podrías informarme de los sucesos que han pasado en Demacia?
–Es una pregunta muy general para alguien como yo, Veigar – levantó a la rata de sus manos, haciendo que esta caminase de izquierda a derecha –. Además, que ahora vienes sin ningún tipo de pago de por medio.
–Planeo pagarte cuando todo acabe, vidente – enarcó una ceja –. ¿O me dirás que no confías en mí?
–Hemos hecho negocios durante muchos años, mi querido enano gruñón – eso hizo gruñir al yordle, haciendo reír al anciano –. Claro que confío en tu palabra. Porque nos conviene a ambos en cierto modo. Aun así, por normas del servicio, necesito saber al menos que puedes ofrecerme.
Teemo miraba todo en silencio desde atrás del ex mago, analizando la situación. Con lo que se estaban charlando, podía deducir con facilidad que ambos se conocían desde bastante tiempo. Ese anciano le ha estado consiguiendo algunas cosas en el pasado. Era vidente, por lo que su servicio no era en si comerciar los libros y hechizos, sino darle ubicación y una guía a Veigar. Por lo que significa…
–A decir verdad, no tengo ninguna idea de que ofrecerte. ¿Algo que quieras en específico que pudiera darte? – ante esa pregunta, el anciano sonrió.
–Es una grandiosa pregunta la que me haces – Teemo miró la sonrisa del anciano, y no le gustó para nada. Mucho menos a como miraba a Veigar –. Supongo que ya sabrás que te pediré, mi querido colega.
–Me hago la idea – suspiró –. Esto estaba fuera de nuestro acuerdo. Y lo sabes.
–Claro que lo sé. Y por eso siempre te dejé ser hasta ahora – se tocó con el dedo escuálido la cabeza. Los mechones blancos bajo la calva cubrían la uña mugrosa del anciano –. Siempre supe que este día llegaría – su risa era grave y rasposa, no comparada a la risa inicial cuando recién entraron a la cabaña. Esta era distinta. Al punto que parecía gorgojar saliva desde su garganta cada vez que exhalaba un ja de su boca –. Si quieres saber todo lo que necesitas, entonces sabrás que no será agradable.
–No te hagas el idiota conmigo. Tu sabías que todo esto pasaría.
–Oh, de hecho, nunca supe cuando pasaría. Ni como. El flujo del tiempo siempre es diferente. Cambiante y con remolinos que hacen incluso desviar la corriente. A veces crea unas nuevas, haciendo resultados distintos al punto que logran crear por completo un nuevo destino – su sonrisa se ensanchó, dejando ver en su boca los dientes podridos y los huecos donde faltaban algunos de ellos –. Pero el tuyo iba recto, colega mío. Ibas hacia mí. Veía con agrado que ibas derecho a nuestro encuentro nocturno. Lo único diferente, es que llegaste acompañado.
–A veces olvido lo enfermo que puedes llegar a ser – aun con su nerviosismo, sonrió –. Pero supongo, como dices, era inevitable.
–Esta vez, de forma fortuita, así fue – extendió su mano, bajando a la rata de su regazo –. Ven a mí, colega mío. Iniciemos la transacción.
Veigar dio un paso al frente, pero la mano de Teemo impidió que avanzase, mirando en él la preocupación. Veigar vio que tenía la cerbatana en su espalda.
–¿Qué piensa hacer ese anciano contigo? – agitó su cabeza –. Ese vidente.
–Nada que no pueda soportar – le apartó su mano de su muñeca –. Haga lo que haga, escuches lo que escuches, veas lo que veas, no interfieras. No te metas – le miró con seriedad –. Esta es una oportunidad grande para poder encontrar información de Sylas. Y reducir bastante su búsqueda.
Teemo apretó los labios. Miró al yordle. Este se comportaba muy diferente a como lo conocía en Bandle. Tenía temple. Y podía ver que estaba bastante seguro con su decisión. Suspiró, pero no le retiró la mirada.
–Si veo que la cosa se pone fea, entraré a la acción.
–Dudo que sea necesario – y avanzó al anciano, que ahora no solo sonreía con esa expresión siniestra. También el ambiente de la cabaña cambió, tornándose frío y asfixiante.
Llegó hasta estar al frente del vidente, que seguía con la mano extendida. Veigar lo sostuvo, sintiendo la mano huesuda y sucia en su palma. Al estar libre de su guante metálico, el hecho de sentir esa piel en sus cuatro dedos tan cerca de la suya propia, solo hacía más incomoda la situación. Ambos apretaron sus manos, afianzando el agarre.
–Veo que estás preparado – ahora su voz parecía rallar a lo gutural. Veigar solo giró la vista.
–Déjate de dramas y hazlo de una vez. Debo irme a dormir.
–Después de esto, espero que puedas lograrlo – sin dejar de sostener su mano, el vidente extendió la otra para tocar con el pulgar la frente del yordle.
–Ya he tenido experiencias similares. Esto no me va a rebasar.
–No se diga más.
Veigar cerró los ojos, sintiendo la yema del dedo pulgar en su frente. Era gélida, con una textura rasposa.
El clima dentro de la cabaña bajó. El viento que se colaba por las grietas entre las paredes de madera, hacía sentir el pelo de los yordles moverse. Y sentía frío. Como si adentro fuese un tipo de bóveda de conservas.
Teemo miraba a los dos desde una distancia prudencial. Su rodilla estaba levemente flexionada, preparado para lo que fuese a pasar en cualquier momento. Él no era un mago, pero si un explorador que ha sentido muy de cerca experiencias aterradoras. Y esta era una de ellas. Reconocía esa sensación. Cuando una criatura mucho más grande que él estaba a punto de abalanzarse sobre su pellejo. Cuando un grupo de soldados o mercenarios le habían encontrado su escondite. Cuando se encontró por primera vez una criatura del vacío. Todo tipo de peligro que amenazase con dañar su integridad física. Lo sentía en su cuerpo. En cómo se le erizaba los pelos de su espalda, y un escalofrío mayor al ambiente que se estaba tornando el lugar nacía desde el inicio de su columna.
Y en este momento, el explorador sentía algo muy similar a ello. Al peligro. Todo proveniente de ese anciano. Era como cuando una bestia cazadora deja de ocultarse, mimetizarse, y sale a la luz en todo su esplendor. Seguro de poder capturar a su presa. Y ese señor mayor… sí que era un cazador a todas luces.
Los dos, el vidente y el ex mago, estaban con los ojos cerrados. Quietos.
Una ráfaga de viento empujó la puerta de la entrada, haciendo que la pluma azul del gorro de Teemo se moviese con violencia. Al igual que las orejas de Veigar y la barba incipiente del vidente.
Una inhalación fuerte vino del yordle oscuro. Un sonido similar a cuando uno sale a tomar aire al salir del agua después de estar mucho tiempo bajo esta. Su cuerpo también se tornó rígido. Lo notó por la forma en que el brazo libre estaba inmóvil por un espasmo que acompañó a la acción anterior.
De repente, un quejido. Su espalda se arqueó y su boca se abrió, al igual que sus ojos. No se soltaron de la mano y la frente aún estaba siendo tocada por el dedo pulgar del anciano, que empezaba a sonreír, enseñando los dientes podridos e incompletos.
El vidente abrió sus ojos, mirándolo fijo con una expresión que, para el explorador, podría llamar como hambrienta. Y no era para menos. Ver como la boca se le desencajaba a la vez que sus ojos pasaban al mismo color que el de su amigo, encendieron todas las alarmas del yordle. Y cuando le vio acercarse más al ex mago, con esa gran boca que parecía no tener reparos en querer devorarle la cabeza, es cuando alzó su cerbatana, listo para atacarle.
Pero cuando inhaló aire para dar el primer tiro, recordó las palabras de Veigar.
Haga lo que haga, escuches lo que escuches, veas lo que veas, no interfieras. No te metas
Apretó el puño en su arma, impotente. Podría actuar. Y estaba a nada de hacerlo. Pero cuando recordaba esas palabras con el temple que le había comunicado, no pudo hacer más que apretar también la mandíbula y esperar lo mejor. Después de todo, el deber de un amigo es confiar en su decisión, ¿no es así?
El vidente con boca desencajada, quedó a solo unos centímetros del rostro de Veigar. Se miraron. Uno hambriento, y el otro con su vista más allá de lo que podría Teemo alcanzar.
El grito gutural e inhumano salió en un estruendo que hizo la cabaña temblar. Con él, Veigar le hizo coro. Fuerte y duro. Era como si estuviese siendo lastimado… o estuviese en una situación aterradora. Sus gritos eran por mucho lo más desgarrador que había escuchado salir de su boca alguna vez. Se asemejaban bastante a los gritos que se escuchaban en las mazmorras de Noxus. En las cámaras de torturas. Y estaba seguro, a por cómo se escuchaban los lamentos ensordecedores de Veigar, que no la estaba pasando nada, pero nada bien. Pero debía aguantar. No Veigar, sino él mismo. Porque tenía su cuerpo tieso, esforzándose para no correr y empujar de una patada voladora a esa cosa que se hacía llamar vidente. Aun con ello, sentía que debía confiar.
Sus gritos se hicieron más agudos cuando el anciano se acercó, y empezó a aspirar una aura azulada y verde que salía de los ojos y boca del ex mago. El cuerpo del yordle sufría espasmos y contracciones mientras estaba en manos de aquella cosa, que seguía devorando lo que sea que fuese que estuviese dentro de él.
Duraron así varios segundos, hasta que la cosa esa cerró la boca de golpe y lanzó al ex mago hacia Teemo, que lo atrapó en el aire en sus brazos. Y fue con una fuerza que no esperaba recibir, pues casi cae junto con él al suelo. Si no tuviera buena condición y fuerza en las piernas, hubiesen salido rodando los dos hasta fuera de la cabaña. Cosa que, viendo en la situación en la que estaban, hubiera sido lo más lógico en hacer.
Verificó con su mano que estuviese bien, tocándole el pulso en su cuello. Quitó su guante y tocó directamente su cuello, notando su pulso normal. Eso le extrañó, pues la cantidad de gritos que hizo y todo el estrés que recibió su cuerpo y, al parecer mente, no era para que terminase de esa forma. En comparativa, tenía el pulso de alguien que está a punto de despertar de un sueño.
Miró al vidente, que se encontraba en su asiento, con los ojos cerrados y con su cara en dirección al techo. Su boca había vuelto a la normalidad y parecía estar relajado. Como si nada de lo anterior hubiese pasado.
Escuchó un quejido en sus brazos, escuchando como se quejaba mientras trataba de incorporarse.
–Hey, cuidado – Teemo lo sujetó de su hombro, haciendo que él hiciese lo mismo –. ¿Te encuentras bien? – Veigar siguió con sus quejas, sujetándose la cabeza y frunciendo el ceño. Le miró con un ojo abierto, mientras el otro se mantenía cerrado. Señal de que aun poseía algo de dolor.
–Siento que me está dando una migraña horrible – movió la cabeza hacia los lados, tratando de serenarse y alejándose de Teemo para ponerse de pie –. Anciano decrepito, ¿ya estás contento?
El vidente no respondió. En cambio, siseó con la boca abierta, expulsando desde adentro tres langostas que se posaron en el inicio de sus labios y parte de su nariz.
Una mediana, una pequeña, y una grande. Antes de que se echasen a volar, el anciano las atrapó con sus manos. Al menos dos de ellas. La tercera la apretó con sus labios. Hizo tres chasquidos y las ratas salieron de quien sabe dónde, llegando con el vidente y saltando rápido en su regazo.
A cada una, le entregó una langosta. La tercera se acercó directo hasta la boca del anciano y la tomó. Como si fuese algún tipo de beso.
–Eres un asqueroso – dijo Veigar. Teemo apoyó su argumento sacando su lengua en señal de asco.
–No critiques mi forma de amar a mis mascotas, Veigar – eructó –. Después de todo, no creo que seas el indicado para decirme que cosas buenas o malas debo de hacer. ¿O sí?
–Espero que ya estés contento – caminó hasta una caja de ropa sucia y mugrienta, sentándose con evidente cansancio.
–Claro que lo estoy. Todo lo que vi fue una delicia. Ya sabía que tu tendrías algo de tremendo valor que podrías entregarme. ¿Por qué no me dijiste que tenías algo como aquello?
–¿Qué no eres el vidente? Resuélvelo tú mismo.
–Después de lo de ahora, no creo que sea necesario – miró a sus ratas devorarse a las langostas –. Mis niñas, con esto, estarán más fuertes que nunca – el hecho que el vidente viera con amor como las ratas se devoraban de forma poco agraciada de las langostas, hacía del momento algo bizarro –. Y al igual que ustedes, podre beneficiarme.
–Entonces, ¿me dirás que es lo que ha estado pasando en Demacia?
–Dame unos días, y te daré lo que necesitas – volvió a eructar –. Pero a como pude ver, creo que podré darte muchos detalles más pronto que nunca. Espera el llamado de una de mis niñas, y traes tu peludo trasero hacia acá. Y ven con tus otras dos amigas.
–Bien – Veigar se levantó, pero parecía como si acabase de terminar la rutina de entrenamiento. Su cuerpo le pesó al punto que estaba por caer al suelo, si no fuese por Teemo, que lo atrapó, ayudándolo a que se apoyara en su hombro.
–¿Necesitas ayuda? – lo dijo sin pensar, y con la mejor intención. Pero conociendo a Veigar, ya esperaba un regaño de su parte. O un insulto. Sin embargo, su respuesta le dejó sorprendido.
–Desgraciadamente – se afianzó al agarre de Teemo –. Vámonos de aquí. Este chiquero me da asco.
–Hmm. Vaya forma de agradecer mis servicios – el anciano desvió la vista, indignado.
–Avisa cuando tengas todo – dijo el yordle. Y ambos salieron de la cabaña.
Afuera, el clima volvió a estar fresco. La gelidez de aquel lugar había sido una experiencia peculiar para Teemo, haciéndole pensar en la situación. No era ajeno a asuntos de magia. Pero era la primera vez que veía algo así. Miraba a Veigar sin decir nada, haciendo que este suspirase.
–Si vas a preguntarme algo, hazlo. Ya tengo suficiente con Lulu como para aguantar ese tipo de miradas.
–¿Qué fue todo eso de allá?
Veigar no sabía a qué se refería con esa frase. Pero a falta de una pregunta certera, decidió contarlo desde el inicio.
–Ese anciano es un vidente al que recurro cuando requiero un tomo en específico y no encuentro su ubicación. Mayormente le pago con artilugios que yo creo o que pueden ayudarle a preservar parte de su vida.
–¿Está enfermo? – su expresión fue de contrariedad –. A como pude ver, no parece alguien enfermo. O que se preocupe por enfermarse.
–El muy idiota hizo un pacto con un brujo. Y ahora está maldito. Para sustentarse y seguir teniendo sus habilidades, así como para seguir viviendo, debe de alimentarse no solo de comida. Sino también de malos recuerdos. Malas experiencias – le miró –. De experiencias traumáticas.
–Oh – su expresión se alargó –. ¿Y tú le diste…?
–Un intercambio equivalente. Pero el muy senil se aprovechó y vio de más – Teemo parpadeó dos veces. Veigar suspiró –. Me refiero que hizo más de lo que debía. No solo vio mi pasado. También vio mi presente. Y también… vio mi futuro – gruñó –. El muy maldito aprovechó sus habilidades para ver las desgracias que vendrán hacia mí. Y al parecer, no viene nada agradable – eso puso serio al explorador.
–No dejaremos que te pase nada, Veigar – llegaron hasta la salida del bosque –. Un explorador no deja que un camarada salga lastimado.
–No es algo que me preocupe. A fin de cuentas, la certeza de un futuro fijado es solo una opción, no un destino – llegaron hasta la grieta abierta hecha de petricita –. Ya lo dijo él. El flujo del tiempo siempre es diferente. Y es posible cambiar el flujo y, por ende, cambiar el destino – tocó de nuevo su mano en la grieta, abriéndola –. Solo necesitas encontrar la forma de hacerlo.
–Y… ¿Qué vio? ¿Qué viste?
Veigar guardó silencio, mientras se separaba de Teemo y se apoyaba en el muro. Cuando los dos entraron, con los hongos en mano, le miró con una sonrisa tétrica y algo macabra.
–Mi muerte.
Continuará...
