Los cuatro estaban en la mesa, comiendo una sopa preparada por Lina antes de que toda la familia se fuese a la zona central a vender sus productos. Teemo y Veigar comían con avidez. Era un recalentado, pues todos habían salido menos ellos dos. También le acompañaban las yordles, pero estaban más centradas en hablar del tema que de comer a cucharada sopera un desayuno en mediodía. Cosa que ambos agradecían, porque seguro devorarían hasta el cuenco ajeno con tal de saciar su repentina hambre vespertina.
–Así que eso es lo que pasó – Tristana terminó de contar los sucesos –. Si no fuese por Lulu y su habilidad de rastrear magia, no habríamos descubierto a esa gente.
–El hecho de haber encontrado a gente que planea asaltar al asentamiento es algo muy fortuito – recalcó el explorador –. Una suerte que nos ha llegado a buen tiempo – su cuchara volvió a alzarse hasta su boca, dando por terminado su plato. Tomó el de la yordle y siguió comiendo. Ella no dijo nada. Sabía que el hambre de su amigo necesitaba ser saciada.
–Debemos de esperar la señal – Veigar también tenía su plato medio acabado. Comía lento en comparativa de su compañero, pero no menos hambre que él –. Según el vidente, nos mandaría a una de sus ratas para convocarnos en su cabaña. Y eso también les concierne a ustedes dos.
–¿Nosotros que tenemos que ver? – después, agitó su cabeza –. ¿Sabes qué? Mejor así. Quiero conocer a ese anciano que les ayudó. No me fie de una familia mercantil. No lo haré tampoco con un anciano que les ayudó a altas horas de la madrugada.
–Yo también quiero conocerlo – Lulu empujó el plato hacia el ex mago, que lo recibió con gusto, comenzando a comer –. Es poco común ver a videntes trabajando en la clandestinidad. Usualmente cooperan con la gente o en las altas casas adineradas.
–Cosa que añade más desconfianza a ese anciano – miró a Veigar con una mirada entrecerrada. Sabiendo bien que su mensaje silencioso estaba dirigido a él, y que estaba en desacuerdo con lo que ambos habían hecho –. ¿Seguros que no pidió nada al respecto? Los trabajos así nunca son gratis. Y te lo dice alguien con experiencia – dijo mirando a Teemo. El aludido levantó las manos con la cuchara en la boca. Se la quitó para hablar.
–En serio que no fue nada complicado o peligroso – se defendió. Pero eso no bajó la molestia y preocupación de la artillera. Y así era, porque ella detectaba que él no le decía toda la verdad –. Si fuera de otro modo, no habría dejado a Veigar hacerlo. Pero todo salió bien. En verdad.
Tristana siguió con la mirada en ambos. Teemo se encontraba nervioso. Pero no lograba saber si era por la forma en que ella le miraba o porque le estuviese mintiendo. En cambio, Veigar estaba tranquilo, comiendo del plato de Lulu sin si quiera mirarle. Y eso solo le molestaba. Podría ser verdad. No se arriesgaron y no hicieron algo que perjudicara. Pero había algo. Un algo que no encajaba.
–Si me sigues mirando así, voy a pensar que me quieres dar una mordida. Y eso que ya escucho tus gruñidos – ante eso, Tristana gruñó. Eso solo lo hizo reír –. Tranquila, machorra. Si algo malo hubiese pasado, el capitán «gané mi insignia de limpiarme el trasero con hongos» ya me hubiese detenido. Y como son un equipo ustedes dos, ten por seguro que te notificaría de mis maldades. Si pudiese hacer al menos uno, claro – volvió a meterse la cuchara en la boca –. Eso sí. Nos convocará cuando todo esté listo. Y es un buen contacto. Me ha ayudado bastante antes. No lo dejará de hacer ahora.
–¿Y que le diste a cambio para que nos ayude? – se cruzó de brazos – Bien sabes que esos servicios no son gratis. Y tú no llevas nada de valor – miró al explorador que intentaba sacar algo de su bolsillo –. Los hongos no cuentan, Teemo – el aludido solo pudo bajar la vista, derrotado.
–Bueno… como dije, es un colega que me ha ayudado antes. Muchas veces. Y soy un mago de palabra. Le dije que le pagaré cuando terminemos este viaje.
–Nunca dije cuando le pagarías. Dije con qué – señaló –. ¿Qué le ofreciste?
–¿Siempre eres tan metiche?
–Si – dijo segura –. Lo soy.
Y no era para menos. Había dos cualidades que sacaba a relucir la artillera y por el cual siempre le había dado una taza de éxito tanto en sus misiones como en su vida personal: el compromiso y la curiosidad. Si no fuese por ambas, ella no tendría el cargo y la responsabilidad de cuidar los portales junto a sus cadetes. Que siempre la halagaban por estar metida en todo lo que concerniese a su ciudad. Si no fuese por la primera cualidad, ella nunca hubiese llamado la atención de los demás yordles y unirse a sus filas. Pero si no hubiese tenido la segunda, nunca habría salido de Bandle para conocer como los humanos podían hacer todas esas cosas. Sin esa curiosidad, no hubiese nacido el cuerpo de artilleros. Y ella no estaría donde estaba ahora.
Pero lo más importante, y por el hecho que siempre se ganó el respeto de sus allegados, es que también era así con sus compañeros. Sean cercanos o que solo hayan intercambiado unas cuantas palabras, el hecho que sean yordles, ya los tomaba como camaradas. E incluso con la actitud tan pedante y fastidioso que tiene Veigar, en este momento, en este lugar, él era un compañero más. Y como tal, debía de haber transparencia y cooperación. Por eso su curiosidad en saber que había pasado. Y su compromiso de saber que no se habían metido en problemas. Que él no se haya metido en problemas. Pero esa mirada serena, pero fastidiada que le lanzaba, solo reafirmaba que no había pasado nada grave.
Pero decidió esperar. Algo debió pasar y esperaba, al menos, equivocarse. Y que todo estaría bien.
–Bueno… la verdad es que le prometí darle una novela – dijo el ex mago –. Una historia de drama y tragedia. Cosas que le gusta a ese anciano.
–Pero el anciano es ciego, Veigar – soltó Teemo, para después estampar sus palmas en su boca, con mirada alarmada. Tristana notó eso, y miró de nuevo al ex mago. Él no perdió el temple.
–El libro está en braille.
–Ajá. Si – acercó su cara, mirándolo fijo. Lulu notó el cabio del aire, prestando atención a todo. Hace un momento divagaba sobre si las capas les quedarían a sus amigos. Pero al sentir como el ambiente se ponía intenso, no pudo evitar prestar atención a lo que estaba pasando –. ¿Y de qué trata el libro? Para alguien que se la pasaba encerrado, seguro que sabrás de que trata.
–Es… – no lo demostró, pero maldijo por dentro a Teemo. Debía de ser listo. Al menos para dejar el interrogatorio de la artillera – algo difícil de explicar. Pero supongo que puedo resumirlo – jugó con las palabras, intentando hacer un poco de tiempo. De repente, pero de mala gana, se le ocurrió algo que serviría –. Es la historia del como un recluso torturado por un esclavista es liberado gracias a una revuelta. Al salir, al no conocer del mundo exterior, decidió que tenía que adaptarse a los nuevos tiempos, pues había estado encerrado desde hace años. Y las cosas afuera habían cambiado. En sí, es una historia de superación. No me gustó nada. Demasiado positivismo y esperanzador – terminó dando un bocado de su sopa. Curiosamente, el ultimo.
Tristana lo observó un rato más, esperando ver algún indicio de mentira. Pero nada parecía delatarle. Y con Teemo… parecía más relajado. O era porque le salvó el pellejo, o era porque decía la verdad. Pero no tenía como asegurarlo. Con un suspiro de resignación, se volvió a recargar en su asiento, confiando en que al final todo estaría bien.
–De acuerdo. Les creo. ¡Pero no vuelvan a salir así! – les regañó – Se supone que somos un equipo. Y debemos trabajar juntos para esto – señaló a Veigar –. Y que tampoco se te olvide que estamos haciendo esto por ti. Si vas a hacer algo, tienes que informarnos a todos. Sin excepción – como respuesta, Veigar se cruzó de brazos, bufando indignado –. Y tú – dirigiéndose al explorador –. Se que estás capacitado, pero ni se te ocurra meterte en problemas. ¿Se acuerdo?
–Si, Tristana. Palabra de explorador – hizo su clásico saludo.
–Bien. Dejando zanjado esto, ¿Qué toca hacer? – miró a todos, esperando una respuesta.
–Podemos simplemente turistear y seguir disfrutando del lugar – aconsejó Lulu.
–Me encantaría relajarme un rato – corroboró Teemo –. Hay un clima agradable aquí. Y puede que platicando con la gente podamos saber de forma independiente donde ha habido señales de Sylas.
–Oh podemos vigilar a esa misma gente que encontraron y ver que cosas hacen – Veigar se levantó –. Lulu, dime donde se encuentra aquella cabaña – miró a Tristana –. El vidente nos dijo que cuando llegue el momento, nos dará el llamado. Por mientras, puedes buscar a esa gente si salió o si están haciendo algo ilícito. Tú y Teemo son buenos en rastrear gente u objetivos. Yo no soy bueno en ello.
–Así que por eso irás a la cabaña con Lulu – dijo razonando –. Van a ver que pueden encontrar ahí mismo por la magia de ellos.
–Eres buena deduciendo – sonrió con malicia –. Y solo para cooperar, que me duele en el alma hacerlo, estaremos aquí al atardecer. O al anochecer. Dependiendo el cómo estén las cosas.
–Lulu, si las cosas se ponen algo feas, manda a Pix. Y no uses tu magia – consejo Teemo –. No queremos causar más conflictos de lo que puede haber con esa gente ahí afuera.
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Cuando ambos llegaron a la cabaña, los inquilinos ya no se encontraban. Lo sabía por el hecho de ver a Lulu husmear con la vista hacia todos lados. Y que ella dijese en voz alta que esa gente brillaba por su ausencia.
–Pudieron haber salido de compras – dijo con inocencia.
–Si. Y yo soy un poro con melanismo.
–Pues podrías parecer uno si tuvieses al menos una expresión más adorable – dijo estirándole las mejillas. Veigar gruñó, yendo hacia la entrada de la cabaña.
Intentó abrirla moviendo la manija de la puerta y empujándola. Al no tener resultado, decidió dar unos empujones. Unas patadas. Pero nada la abría.
–Bueno, está cerrado. Plan be – Saltó de las escaleras principales hasta el lateral de la casa, asomando su cara por la orilla baja de la ventana. Lulu le siguió detrás, emocionada de hacer algo así de divertido –. Bien. La ventana está sobrepuesta.
Estiró su mano hacia Lulu, entendiendo ella el mensaje. Mirando a los alrededores, verificó que nadie estuviese a la vista, corroborando que estuviesen solos en esa parte de la cabaña. Sacó su bastón y báculo, los volvió a su tamaño normal dando un aplauso y con un destello que cegó en solo un momento los ojos de Veigar. Ya en su mano, el yordle estiró su mano hasta tocar la esquina de madera y empezar a jalarla hacia él, abriendo la mitad de toda la ventana.
–Con eso bastará – dio un saltó hasta alcanzar estar a medio cuerpo de entrar. Hizo unas pataletas en el aire para estabilizarse y entró por completo, cayendo casi de cara. Lulu no se complicó, simplemente voló hasta quedar flotando encima del ex mago.
El lugar no era tan complejo ni extravagante como Veigar se lo pensaba. En alguna situación similar, él hubiera creado este lugar como una guarida de villanía, dejando a la vista armas, escudos, trajes mágicos y libros con hechizos prohibidos o poderosos. Pero el lugar parecía una fachada de cabaña abandonada. La mesa central era pequeña y con cuatro sillas. Una cama arrinconada en una esquina al fondo y un sillón a juego. Una manta estaba en la esquina derecha, con una almohada. No tenían ni agua o algún lugar donde preparar sus alimentos. Sin chimenea o muebles donde guardar comida.
–Es lo más pobre que he visto en mucho tiempo – la cara de repudio en Veigar era evidente. Lulu sobrevolaba el lugar, observado desde una vista amplia.
–Parece que tienen cosas que hacer – dijo señalando encima de la mesa.
Veigar saltó encima de una de las sillas, subiendo por completo hasta la mesa, parándose y observando las anotaciones en las hojas.
Era un mapa completo del asentamiento de una vista aérea. Había círculos y cruces en algunas de ellas, además de señalar con algunas flechas secciones de todo el lugar. En las afueras, cerca de la zona norte, en una parte de la entrada, a unos metros de distancia… y la entrada secreta donde él había pasado junto con Teemo la noche anterior.
–Esto son planos – agarró la hoja, estirándola frente a él. Lulu se puso a sus espaldas, viendo todo lo marcado –. Señalan zonas y marcan casas. Parece que en verdad están planeando algo.
–Puede que solo marquen las zonas donde quieren ir y las que no – Veigar la miró con una ceja arqueada –. Solo digo.
–Esto parecen planos de infiltración. Cosa no novedosa si le hayamos sentido a lo que escucharon ustedes antes de regresar.
–¿Pero que quieren hacer? Dudo que una fiesta sorpresa – parpadeó –. ¿Sería posible algo así? – Veigar sacó aire de su boca con sorna.
–Lo único seguro es que planean una infiltración – miró a la hechicera –. ¿Sabes cómo hacer una copia de esto?
–Nop. Ni idea.
–¡Diablos! Podría llevármelo, pero eso causaría que revelara sus planes, y saldrían huyendo. O en los peores casos, adelantar sus acciones.
–¿Y eso no es bueno?
–Lo sería si no predijera que habría caos en todo el lugar. Y dudo que quieras causarle el mismo trauma a la hija de aquella señora – Lulu iba a hablar, pero la verdad era que no deseaba eso. Solo movió la cabeza en negación –. Bien, en todo caso, tendremos que improvisar. Te enseñaré a copiar páginas.
Veigar bajó en un salto para empezar a rebuscar algún material fiable para lo que planeaba hacer. Lulu se quedó en su sitio, asimilando sus palabras.
–¿Me vas a enseñar un hechizo?
–Ya que no puedo usar mi propia magia – dijo removiendo algunas cajas arrinconadas en un tapete –, tendrás que asistirme para algunas cosas que nos puedan ayudar.
–¡Genial! Aunque no sé cómo vaya a aprender algo como eso, ¡pero genial!
–No es complicado. No lo será para ti, al menos – se rindió, quitándole importancia a el exceso de hojas que había en la mesa y arrancar una de un plano al fondo de todas las que estaban encima –. Al ya tener desarrollada tus habilidades mágicas, solo debemos re direccionar y darles forma para que esta pueda trabajar en el plano material – Estiró la hoja y la puso al lado del plano, también estirado – Ahora, acércate – Lulu bajó de su bastón volador, quedando justo pegada con hombro al ex mago –. ¿Qué tanta experiencia tienes en hacer hechizos?
–No muchos. Sé transformar objetos, levitarlos, cambiar la realidad en si… – dijo enumerando con los dedos –. Me sale muy bien todo eso. Natural. Con simplemente pensarlo y listo.
–… ¿entonces que diablos tengo que enseñarte? Solo copia el plano a la hoja en blanco y ya.
–¿Y cómo quieres que haga eso? – ahora le toco a Veigar parpadear.
–¿Cómo que como quiero que lo hagas? Solo hazlo y ya.
–Pues no sé cómo hacerlo.
–Dijiste que hacer hechizos te era natural – dijo contrariado. Lulu le miró con irritación.
–Pues tampoco es que puedas comer y respirar al mismo tiempo, ¿verdad, señorón? – su primer dedo de los tres principales le señaló en la nariz –. Puedo hacerlo. Pero si no me das una indicación más específica, dudo que pueda si quiera intentarlo.
–… así que necesitas una forma de materializar el hechizo en tu mente… – dijo meditativo, llevando su mano en la barbilla. Lulu asintió, no entendiendo del todo lo que quiso decir, pero sabía que su mensaje había sido recibido –. Bueno, imagina que… y no puedo creer lo que voy a decir ahora mismo, imagina que quieres hacer un dibujo de mi cara en una superficie. Pintarla en algún lado – Lulu asintió, con una sonrisa que empezaba a incrementar –. Bueno, es casi el mismo procedimiento. Solo que tienes que pasar el mapa en la otra hoja de papel.
–¡Ah! Te refieres a que dibuje el plano en la hoja blanca. ¿No era más sencillo decir eso, tontito? – dijo entusiasmada. Veigar se talló la cara con cansancio.
–En este momento, creo que puedo darte la razón a eso de tonto – dijo con pesar.
Lulu observó detenidamente el mapa. Con su mano en el bastón, empezó a delinear al aire con movimientos que asemejaban a dibujar en ese pequeño espacio imaginario. A veces se detenía y movía con brusquedad su mano en el aire, para después continuar. Sacaba la lengua con concentración y mantenía cerrado un ojo para enfocar mejor su visión en la hoja. Cuando terminó, sonrió con suficiencia agarrando su bastón con sus dos manos y pegar dos veces en la hoja en blanco arrancada. Al momento, el mapa, con todo y los trazos, se materializo de forma casi exacta. Solo con un detalle: la cara de Lulu y Pix en una esquina. Cuando Veigar la agarró y lo miró, solo pudo cuestionarla en silencio.
–Es mi firma. Un artista debe de tener reconocimiento, ¿no? – dijo altiva con sus manos en las caderas. Veigar solo giró los ojos, bajando de la silla.
–Vámonos. Pensé que encontraría cosas interesantes, pero solo tenemos esto. Aun así, fue bueno venir – saltó hacia la ventana, cayendo al exterior de un salto. Rodó y se empolvó un poco, pero nada grave. Lulu le siguió volando hasta afuera, pero miraba hacia atrás con curiosidad – ¿Qué pasa?
–… ¿no pude haberte cargado en mi bastón para pasar adentro y afuera en vez de complicarnos haciendo que tu abrieses la ventana con tu báculo? Tambien te hubieses evitado rodar en el suelo.
Veigar volvió a parpadear.
–Repito, en este momento, creo que puedo darte la razón en esto.
–¿En lo de la ventana?
–No. En que soy un idiota – le dio su báculo, a la vez que ella se bajaba de su transporte, y los volvía a encoger para dejarlos arriba de sus dos orejas. Para ese momento, Veigar se había guardado la hoja y caminaba en silencio hacia el callejón. Lulu se le quedó mirando con cara consternada.
–Yo nunca dije eso – se dijo a sí misma, siguiéndole.
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Tristana se sintió como cuando fue con su amiga, observando a su compañero de misiones sonreír como un niño al pasar por los puestos de los vendedores. Algunos ya estaban cerrando, metiendo sus artículos en cajas o bolsas. Otros ya estaban yendo a sus propias cabañas, cargando las cosas con una carreta ellos mismos o con alguna montura. Había menos vendedores y clientes en comparativa al inicio del mediodía, y eso para ella era un visto bueno. No le gustaba engentarse.
Pero su compañero explorador parecía ignorar eso, que miraba con emoción una mochila que era casi del mismo tamaño que la suya. El vendedor sonreía algo incomodo. Tenía sus cosas ya en su transporte, y solo faltaba esa prenda que el yordle sostenía.
Teemo miró con emoción al vendedor.
–¿Y cuánto da por esta mochila? – dijo al fin después de admirarla y hacerla girar entre sus manos por varios minutos. La pregunta alivió al vendedor, que sonrió con tranquilidad y comprensión. Ya que, según las enseñanzas de su padre, debía ser condescendiente con el cliente.
–Bueno, podría dejártelo por diez serpientes de plata. Y es una buena oferta, jovencito.
El vendedor sonrió cuando el yordle metía su mano en los bolsillos. Cuando extendió sus manos, en su cabeza sintió que algo se quebraba.
–Solo tengo cinco monedas de Bandle y dos galletas de fruta y quesillo – sonrió alegre.
Tristana vio a su amigo caminar cabizbajo hacia ella, con la cara más larga que había visto hasta ahora, mientras atrás, el vendedor decía vulgaridades y maldiciones en una rapidez digna de una subasta.
–¿No te alcanzó? – preguntó con humor. Teemo gimió.
–¡Pero si las monedas de Bandle son valiosas! – exclamó al aire – ¡Esa mochila era tan linda!
–Si, si – le dio unas palmadas en la cabeza con una sonrisa –. Lamento tu perdida.
–Gracias – gimoteó mientras se comía una de las galletas. Se sentó al lado de ella, limpiándose una lágrima con el dorso de su mano –. ¿Alguna pista de nuestros complotistas?
–Llevo vigilando y observando alrededor, pero no veo nada sospechoso. Ni si quiera al chico rubio.
–Seguro siguen por ahí. Pero tenemos que esperar a que se muevan.
El plan es sencillo. Era hacer guardia, pero a la inversa. En vez de vigilar que alguien no les llegase de improvisto, la misión era esperar a que asomen sus cabezas y seguirles. Pero no habían tenido éxito.
No se molestaban en buscar por todos lados y andar de allá para acá. No era una buena idea, pues esas personas podrían movilizarse hacia donde estaban justo cuando ellos hubiesen cambiado de posición. El mejor plan era quedarse estáticos en un solo lugar, y esperar a que saliesen. Pero como lo anterior dicho: no había surtido fruto.
Teemo, aburrido, decidió husmear las tiendas, dejando libre su curiosidad nata y observando lo que tenían en las mesas. Algunas armas colgadas en los techos de tela hacían que se le iluminasen los ojos, pues conocía varias cosas extravagantes que los vendedores exponían al frente. ¿Cosas de tela, ropa y rutinarias? Nah. Pero, ¿armas? ¿Pociones? ¿Frutos? Era como recoger pequeños extractos de tierras lejanas y enseñárselas. Cada olor y textura, así como visualización, le hacían recordar sus exploraciones. No era tan viejo como para sonar como un melancólico (ni dramático), pero él era un explorador. Y recordaba con cariño cada cosa que hacía y lograba en sus expediciones.
Además que aprovechaba para ver si estaba alguien sospechoso a la vista. Tristana le había comunicado que, al único que pudo ver por una fracción de segundo, era al joven rubio y flacucho. Los demás, ignoraba quienes eran. Pero eran voces de una mujer y un hombre. Por lo que era imposible saber quiénes eran.
–¿Crees que Veigar y Lulu hayan logrado algo? – preguntó el explorador.
–Sabiendo como es Veigar, algo debieron de obtener. Aunque debimos traernos a Lulu. Sería más fácil haberlos detectado con su habilidad.
–Pero por ahora Veigar la necesitaba. Además, aún hay tiempo. Si nuestras deducciones son acertadas, todo nos llevará hacia donde nosotros queremos.
–Esperemos que no haya repercusiones – sinceró –. No me gusta que aquella familia vaya a sufrir alguna otra perdida por esto.
–Entonces con mayor razón debemos estar atentos – le sonrió, tratando de tranquilizarla –. Podremos con esto. Lo sabes – ella le devolvió el gesto.
–Si. Lo sé.
Esperaron un rato más, pero cuando el cielo empezó a inclinarse hacia el horizonte, entendieron que no tenía caso seguir esperando.
La cantidad de gente disminuyó al mínimo, dejando solo unos cinco puestos esparcidos por la carretera. Los guardias empezaban a hacer sus rondas, encendiendo los faroles e iluminando las calles. Los caballos estaban ya guardados en sus pequeños establos con comida y agua, y las familias se encerraban para preparar la cena. El día había acabado.
–Parece que tendremos que volver – dijo Teemo empezando a andar hacia la cabaña. Tristana le seguía los pasos, pero algo en el rabillo del ojo del explorador le hizo detenerse. Solo fueron cinco segundos, y fueron los suficientes para corroborar lo que pasaba – O talvez no.
Miró a su compañera a los ojos, dándole un mensaje silencioso. Ella entendió, enseriando la mirada, asintiendo y andando a la par hacia uno de los callejones.
Ya ahí, Teemo señaló hacia la izquierda. Dos dedos. Un puño chocando con su palma. Y un plauso silencioso. Tristana maldijo por no traer a Boomer, pero tendría que apañárselas.
Agradecieron que en el callejón no hubiese nadie, pues era oportuno que ambos actuasen sin que gente los viese. Tristana se metió entre unas bolsas de basura, tapándose por completo entre estas y pegándose hacia un bote que tenía muchos desperdicios. Podría haber escalado, pero necesitaba a Teemo arriba, por lo que le dejó la vista aérea a él.
Teemo en cambio se subió con agilidad hacia la pared, sujetándose firme entre las grietas de petricita y madera, llegando casi hasta el techo. Se sujetó fuerte y quedando en silencio, mirando hacia abajo, esperó a que pasase.
No tardó mucho en entrar un chico rubio y flaco, caminando deprisa y viendo hacia los lados tratando de buscarlos. Los había perdido de vista, y los necesitaba. Pero como respuesta a sus deseos, un yordle cayó del cielo y le tapó la cara con su cuerpo, bloqueándole la visión y haciendo que no pudiese gritar. Trastabilló entre pasos torpes, hasta que Tristana salió de entre la basura y le embistió las piernas, haciéndole caer al suelo de espaldas. El yordle le soltó la cara. Iba a hablar, pero un hongo le tapó a boca antes de tiempo. Encima de él, los dos le miraban con seriedad. Pero el explorador aún tenía una sonrisa, a pesar de su postura amenazante.
–Hola, compañero. ¿Necesitas algo? – el chico rubio quería gesticular alguna palabra, pero Teemo le detuvo con su mano, sujetando el hongo que tenía en su boca –. Solo para asegurarnos, no vienes con intenciones de hacer algo indebido, ¿verdad? – las cejas del chico se contrajeron en una clara señal de consternación, negando al instante con la cabeza. Fuerte y rápida. Teemo le creyó –. Perfecto, deja te quito la seta antes de que se te adormezca la boca.
El sonido fue un plop, cosa que casi hace reír al explorador. Saltaron de su pecho, quedando de pie al suelo y dándole la oportunidad al chico de levantarse. Teemo extendió su brazo en forma de ayuda, cosa que el chico agradeció, sorprendiéndose por la fuerza del yordle al poder levantarlo como si nada.
–Lamento si respondimos de esta forma – declaró Teemo.
–Pero como sabrás, el hecho de que sepamos lo que sabemos, y que tú nos hayas estado espiado, nos deja sacar conclusiones, obligándonos a actuar un tanto drásticos – dijo ella. El chico suspiró.
–No los culpo. Tampoco es que nosotros estemos haciendo cosas muy correctas – el tono era de pesar. Su expresión corporal era de resignación. Y su voz delataba también arrepentimiento. Todas esas cosas pasaban por la cabeza del explorador a alta velocidad, haciéndole ver su honestidad. Se lo dijo a su amiga con su mano, dándole un pulgar arriba atrás de su espalda. Tristana entendió, pero no bajaría la guardia. Después de todo, era ella quien cuidaba la espalda de sus chicos. Teemo no sería la excepción.
–Y de qué cosas no tan correctas estamos hablando… – la artillera hizo un ademan con sus manos, incitándole a completar la frase. El chico reaccionó rápido.
–Dorrin. Me llamo Dorrin.
–Bien, Dorrin. ¿Algo que nos quieras hablar como para correr el riesgo de ser atacado por dos yordles en un callejón en pleno atardecer?
–Yo… – se rascó el codo atrás de su espalda – No creo poder hablarlo aquí y ahora. Venía de la ronda para ver a los magos que hay en el asentamiento, pero cuando los vi… los sentí, no pude evitar buscarlos – jugó con sus dedos, nervioso –. Se que alguien estaba husmeando cuando abrí la ventana, pero no sabía quiénes eran. Hasta que los vi aquí y pude reconocer una fuente de las dos magias que estaban en nuestro refugio provisional.
–Así que detectas a magos – interrogó la chica. Teemo empezó a hacer apuntes.
–Es algo con lo que nací. Ya saben cómo es Demacia con los magos. Yo soy uno. O así me declaran. Mi única habilidad es ver y sentir a las otras personas que tienen magia. No tengo hechizos ni nada que me hagan un peligro.
–Tampoco tienes una apariencia como si fueses a hacerle daño a alguien – le tocó las costillas con su lápiz –. De hecho, con ese cuerpo dudo que puedas incluso lastimar a un gatito.
–Tampoco los guardias te ayudan a mantenerte del todo saludable – dijo el chico. Su risa era amarga –. Pero bueno, nunca había visto a dos yordles tan de cerca. Debo decir que son más fuertes de lo que pensé.
–Eso, o tu eres muy débil, jovencito. Digo, Dorrin. Dorrin – Tristana se corrigió. El nombrado sonrió.
–Puede ser. Pero si estoy aquí, es porque necesito hablar con alguien. Que alguien haga algo.
–Pues estás con los chicos correctos – se señaló. Tristana le dio un codazo –. Digo, con los yordles correctos.
–¿Qué tanto nos puedes informar, Dorrin? – Tristana dio un paso al frente. Su mirada ya no era de desconfianza. Ya había soltado mucho como para dudar de él. Por la forma tan vulnerable en el que se veía… no podía ser brusca con alguien así.
–Ahora mismo no mucho. Solo lo que saben. Pero puedo decirles los detalles después.
–¿Podrás mañana?
–Hoy al anochecer. Mis ami… compañeros estarán demasiado cansados como para cuestionar mi salida nocturna.
–Nos veremos aquí entonces – Teemo señalo al cielo –. Cuando la luna se encuentre a mitad de camino hacia la medianoche – Dorrin sujetó sus manos con fuerza. En sus ojos, se asomaban unas pequeñas lagrimas furtivas.
–Oh, por los Dioses, gracias – los agitó unas cinco veces. A Teemo se le desacomodó su gorro –. Muchas gracias.
–No hay de qué – se lo volvió a acomodar –. Nos veremos entonces aquí. Te esperaremos.
–Así será – miró a su espalda –. Siento a mis compañeros cerca. Debo irme.
–Justo a tiempo – soltó Tristana, viéndolo avanzar hacia la calle principal.
–¡Medianoche! – soltó Teemo. El chico sonrió al girarse mientras sonreía, perdiéndose a la vuelta.
Los dos yordles quedaron solos en el lugar.
–Parece que tenemos buena suerte, Tristana.
–Yo diría una coincidencia demasiada fortuita – caminó hacia el otro lado del callejón –. Supongo que sabrás que me llevaré a Boomer para la noche.
–No podría denegártelo – sonrió entre dientes –. Yo siempre llevo mi cerbatana – dijo sacándolo de su espalda.
–Pues está hecho. Hoy veremos que se trama esa gente. Y de paso, acelerar la búsqueda del enano y al fin volver a Bandle – suspiró –. Llevo pocos días y ya extraño los panecillos – se lamentó.
Continuará...
