Capítulo 1: El asesino de reyes
.
.
.
Astrid avanzaba con paso firme a través de la nieve que crujía bajo sus botas de cuero. Su figura se erguía con majestuosidad, envuelta en una capa de piel de lobo que ondeaba con el viento gélido. Las runas grabadas en su armadura de hierro relucían débilmente bajo la luz de la luna, reflejando la autoridad que emanaban de ella.
En su espalda, reposaba su fiel compañera de batalla: un hacha de doble filo, forjada con el acero más resistente y ennegrecida por la sangre de innumerables enemigos caídos. El mango, envuelto en cuero trenzado, se aferraba con firmeza a su mano, como una extensión de su propia voluntad.
El silencio de la noche se vio interrumpido de repente por un espectáculo macabro que se desplegaba ante sus ojos. La nieve, antes inmaculadamente blanca, ahora estaba teñida de un rojo oscuro, como si el mismísimo cielo hubiera llorado lágrimas de sangre sobre la tierra. Los cuerpos mutilados yacían esparcidos por el suelo, sus ropajes empapados en carmesí, testigos mudos de la brutalidad de la batalla recién concluida.
El aire estaba impregnado con el olor metálico de la sangre y el humo de las casas incendiadas, creando una atmósfera opresiva y cargada de pesar.
Astrid detuvo su avance, sus ojos azules brillaban con aquel escenario tan "curioso" frente a sus ojos:
Un hombre de edad longeva y con una contextura delgada, se encontraba encorvado, aparentemente asistiendo a un herido. Astrid se cubrió mejor con su capucha y decidió acercarse más hacia el guerrero de espaldas.
La persona tendida sobre la nieve, era una esclava; apenas un susurro de vida en medio de la carnicería. Su cuerpo estaba marcado por los signos de la tortura y el sufrimiento, sus ojos vidriosos reflejaban el terror y la desesperación.
—No… no quiero… volver a ese lugar. —murmuró la esclava con voz entrecortada, luchando por articular las palabras entre sus gemidos de angustia.
El guerrero se inclinó hacia ella, colocando con ternura una mano arrugada sobre su frente ardiente.
—Pronto estarás libre, niña —susurró con voz suave, tratando de infundirle un poco de consuelo en sus últimos momentos—. La libertad aguarda al otro lado de la vida, y allí encontrarás paz y descanso.
—In… inf…inf… Infierno. Vivimos en… infierno. —balbuceó, sus palabras ahogadas por la sangre que inundaba su boca.
La esclava cerró los ojos, aferrándose a la mano del guerrero como si fuera su única conexión con la esperanza en medio de la desesperación.
—En la paz que vendrá después de la tormenta, encontrarás el descanso que tanto has anhelado. Serás libre.
Astrid emergió de las sombras como una criatura de la noche, su presencia imponente destacando contra el blanco resplandor de la nieve. El guerrero anciano la observó con cautela, pero antes de que pudiera intervenir, el hacha de Astrid descendió con una rapidez mortal, segando la vida de la esclava de un solo golpe.
Su hacha, relucía con un brillo siniestro bajo la luz de la luna. Cada mancha carmesí que adornaba su filo contaba la historia de una vida arrebatada en el fragor de la batalla, una melodía macabra que resonaba en el viento.
El silencio que siguió fue más atronador que el estruendo de la batalla, una pausa en el flujo implacable del tiempo que dejaba en su estela el eco de una crueldad indescriptible. Astrid, se alzaba como una figura sombría en el paisaje nevado, su hacha goteando con la sangre de una vida inocente.
Astrid ignoró la mirada punzante del guerrero, quien miraba impasible su hacha. Sin embargo, cuando Astrid se alejó unos cuantos pasos, el guerrero decidió hablar.
—Lo que has hecho aquí no es digno de un verdadero guerrero. —declaró con firmeza, su semblante marcado por la desaprobación.
Astrid se volvió hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de arrogancia y desprecio.
—¿Dudas de mis acciones, viejo?
—En absoluto, capitana de Berk. Solo me preguntaba qué necesidad había en matarla.
—Ninguna, supongo —dijo sin darle importancia—, solo que…la vida de un esclavo no vale nada. —Astrid giró la mitad de su cuerpo irradiando una sombría oscuridad en sus ojos.
—Quizás algún día comprendas que hay más honor en la misericordia que en la crueldad. —dijo el guerrero sacando una cantimplora metálica.
—Agradezco sus consejos, capitán Norris, pero lo siento, no suelo tomar en cuenta los consejos de un pescador.
El capitán Norris destapó su licorera de bolsillo y bebió un poco de hidromiel.
—Que agraciada, capitana de Berk —suspiró duro antes de beber otro sorbo—. ¿Puedo preguntarle una cosa?
Astrid no respondió pero le dio cávida a Norris endureciendo su mirada.
—Invadir este pequeño pueblo costero, ¿fue realmente necesario?.
—¿Cuestionas las órdenes de Estoico?
—No. Pero me pregunto por qué el rey de los vikingos, envió a tres tribus para someter un pueblo tan pequeño. Berk habría conquistado este pueblo sin nuestra ayuda.
Astrid agachó ligeramente la cabeza y por primera vez, cruzó una mirada ferviente con Norris. En silencio, se apartó, dejando que la oscuridad de la noche envolviera la escena, llevándose consigo el eco de una tragedia que jamás sería olvidada.
La nieve caía con una ferocidad implacable sobre la aldea costera, cubriendo las calles y los tejados con un manto blanco.
El choque de metal resonaba aún en la noche, mezclado con gritos de dolor y el siseo de las flechas que cortaban el aire. Las casas ardían con el fuego del saqueo, lanzando columnas de humo negro hacia el cielo estrellado. El pueblo se convertía en un campo de batalla, teñido de rojo por la sangre derramada en la lucha despiadada.
En medio del caos, el sonido de los cuernos resonaba como un eco macabro, marcando la victoria de los invasores. Las calles ahora estaban sembradas de cuerpos caídos, testigos mudos de la brutalidad de la invasión. Entre la nieve teñida de carmesí, los vikingos celebraban su triunfo con salvajes cánticos y risas enloquecidas.
.
.
.
Año 750 - Berk
Consejo de jefes
El gesto inaudito de Estoico quien estremeció la mesa con su puño, silenció la sala entera. Los demás jefes, pálidos ante el enigmático hombre, cruzaron miradas nerviosas entre ellos. La consigna de la carta que tenía Estoico en manos debía ser tratada con urgencia, pero los murmullos azarados, habían agotado la paciencia del jefe de Berk.
—Debemos tomar medidas de inmediato. —señaló uno de los jefes.
—Pero… sin una pista de dónde puede estar ese hombre, es inútil preparar una estrategia. —dijo Oswald, jefe de los berserker.
Un estruendo volvió a emerger de la mesa central donde yacía el jefe de Berk. Las paredes de mampostería y el techo abovedado contuvieron aquel estallido.
—¡Ya oí suficiente! Les recuerdo que este consejo se creó con el fin de resolver problemas que amenacen nuestra supervivencia. —indicó Estoico, su voz resonando con autoridad.
—Y este es uno de ellos. Ese hombre huyó de prisión —Estoicos cruzó los brazos, arrogante—, y mientras no sepamos con certeza dónde está, todos los pueblos corren peligro.
—Por las barbas de Odín. ¿Cuándo nos volvimos tan débiles como para que un hombre atemorice a todos los jefes?. —Estoico se volvió a levantar, golpeando la mesa con sus dos puños.
—Estoico, sabes que siempre apoyo la noción que tomes, después de todo eres el héroe que salvó al Archipiélago de Drago Manodura y su ejército de dragones —sostuvo Oswald el agradable, con voz suave—. Pero en esta ocasión debo estar en desacuerdo. La amenaza que representa este hombre es alarmante. —Estoico miró el tapiz de colores colgado desde el techo hasta el suelo, representando el blasón de la familia Haddock.
Junto a él, Astrid suspiró agotada. Decir que le aburrían este tipo de juntas políticas, era poco.
Estoico meditó las palabras de Oswald, después de todo, se trataba del jefe de la legión más poderosa de vikingos: los berserkers. Pero en un vitoreo lacónico, la voz firme de la escudera y capitana de Berk por fin resonó en una insondable sentencia, que acalló a los presentes.
—Si me permiten, jefes del consejo de Odín —interrumpió Astrid, despegándose del lado derecho de Estoico—. ¡Hace dos años, cuando Berk y la isla Berserker se aliaron para neutralizar la flota de Drago, el enemigo cayó y por fin acabamos con la amenaza que representaban los dragones!
—Señorita Astrid, nadie niega que Berk fue implacable en la Gran Guerra Dragón, pero este caso es diferente. —desafió otro jefe de cabellos rubios y barba corta.
—¿Podría recordarme cuántos guerreros mandó a la guerra, Jefe Half? —provocó Astrid. El señalado torció su mirada—. Eso pensé. —sonrió victoriosa, encontrando deleite en su pequeña victoria.
Estoico intentó ocultar su satisfacción, pero su sonrisa insigne destacó entre la multitud de jefes fastidiados por la nórdica.
—Yo fui testigo del infierno que ocasionaron los dragones. Durante siglos, nuestros antepasados murieron tratando de frenar la amenaza —Astrid empezó a caminar por el redondel que formaban las mesas, afinando más su voz—. Pero fuimos nosotros los que acabamos con la guerra. Fue nuestra generación la que puso fin a esta masacre.
—Por esa misma razón, capitana de Berk, debemos unir fuerzas y recursos para cazar a este hombre —indicó otro jefe—. Tú más que nadie sabes el precio que trajo la guerra contra los dragones, no queremos otra guerra.
Astrid desestimó la intermisión. Era consciente que a los jefes no les importaba en lo más mínimo encontrar al prófugo, si es que había uno. Lo que ellos buscaban era derrocar a su jefe, querían a toda costa despojarlo de su rol como rey del consejo de Odín.
—Comprendo la situación, pero destinar nuestros recursos en la búsqueda de este hombre, no es prioridad para Berk —desafió Astrid, desenvainando su hacha—. Nuestros barcos y guerreros siguen incursionando en nuevas islas para acabar con los dragones restantes.
—¡Pero esta es una emergencia! —saltó el jefe Half, levantándose por primera vez en la velada de su holgado asiento.
—Así como extinguir a los dragones. Como capitana de las tropas de Berk, no enviaré un solo barco para buscar a ese hombre.
—Eres una…
—¡Suficiente, Half! La lealtad debe dirigirse a quien tiene la corona. Mi trono es la cima, y desde aquí el único que manda soy yo —intermedió Estoico, notando las miradas disgustadas de los demás jefes—. Ayer, nos encontrábamos luchando cara a cara con el ejército más grande de dragones, pero hoy tememos de un hombre que ni siquiera sabemos si existe.
—Un hombre que asesinó a los reyes de las naciones más poderosas del mundo. Sí, desde luego no es una amenaza. —sarcástico, dijo Half.
—El asesino de reyes es solo una leyenda. Y si en caso fuera real, ya debe ser un costal de huesos viejos que pasó toda su vida en prisión. —replicó Estoico.
—Debemos ser cautos ante cualquier situación. ¿Qué pasa contigo, Estoico? De todos los presentes, tú eres el más precavido. Por eso te elegimos como rey de este consejo. —recitó otro jefe.
Y por primera vez en la noche, el adagio agudo que lanzó aquel jefe, logró inquietar al héroe mundial Estoico el Vasto, haciendo que un agobio insondable penetre el baluarte de su parsimonia. Él lo sabía. De los diez jefes presentes en esa sala, más de la mitad quería arrebatarle su lugar y esperaban el mínimo desacierto para hacerlo. Debía ser precavido con sus palabras.
Todos los jefes notaron la angustia de su líder. Extrañados, titubearon en si era correcto seguir cuestionando las decisiones de Estoico. Podían pagar caro su osadía.
—El consejo es mío para liderar. No tengo tiempo para preocuparme por cada aldea y sus pequeñeces. Yo también soy jefe de mi reino y tengo todo un imperio que alimentar.
Astrid se golpeó la frente, en desacuerdo con las palabras arrogantes de su jefe.
—Nuevamente estás ignorando nuestras preocupaciones. —desafió Half.
—Tienes la lengua bastante larga para ser jefe de un pueblo de pescadores. —encaró Estoico, estrujando su vista para amenazarlo.
—¡Oh, perdona! No sabía que el oficio de cada pueblo ahora decide el estatus en este consejo.
—No me digas que quieres ser el nuevo líder del consejo, Half. —protestó Estoico, levantándose de su silla.
—Adoro los retos ¿Acaso me estás incitando?. —Half se cruzó de piernas y arrectó su espalda, mientras soltaba una risa burlona a Estoico.
—¡Cómo te atreves!
Vigoroso, Estoico volteó su silla y se encaminó hacia el osado insolente para confrontarlo. Lo tomó del cuello y ante un pálido escenario que veía con horror a un corrompido Estoico consumido por el poder, callaron sus susurros.
—¡Mi palabra es ley, y aquellos que se opongan pagarán las consecuencias!
Antes de que Estoico golpeara a Half, Astrid lo tomó del brazo, zarandeando la cabeza para hacerle ver que no estaba cuerdo; entonces el jefe de Berk concibió su retroceso. Si había alguien que podía calmar a Estoico, esa era la afamada capitana de las tropas de Berk.
La situación se había puesto tensa y Astrid vio cómo los demás jefes estaban perturbados. La balanza ahora estaba de lado de los usurpadores. Por suerte, ella premeditó tal situación.
—Bravo Estoico, bravo rey de los vikingos —aplaudió Half con burla, palmeando suavemente—. Acabas de dar un verdadero espectáculo.
—Esta discusión es innecesaria —reprimió Astrid, balanceando su hacha de lado a lado—. Como capitana del ejército de Berk, no puedo estar de acuerdo en destinar soldados en una búsqueda sin sentido.
Half soltó un gesto de disgusto por la intervención de Astrid. ¿Qué no tenía cosas qué hacer?, se preguntó el jefe de la isla de pescadores. Cruzó las piernas nuevamente y bebió un poco de su copa en forma de cuerno.
—¡Es necesaria la intervención de Berk! Tu pueblo es la fábrica central de hierro de Gronckle, cuentan con el mayor arsenal de armas y recursos. —clamó otro jefe.
—Estoy de acuerdo —Astrid se cruzó de brazos, apoyando su hacha sobre su pierna—. Eso nos convierte en el pueblo más poderoso de todo el Archipiélago.
—¡Entonces…
Astrid interrumpió su clamor.
—Y como tal hemos sido generosos, comercializando nuestro hierro de Gronckle con ustedes: nuestros aliados —dibujó una sonrisa traviesa mientras alzaba su hacha para balancearla—. Sin embargo, Berk no le debe nada a nadie. Si juegan con fuego, tarde o temprano se quemarán.
Aturdidos por el engreído discurso de la vikinga, los magnánimos jefes rezongaron al sentirse amenazados. Si Berk no les proveía más acero, serían blanco fácil para las naciones externas.
—Si capturar a ese hombre es necesario para mantener la paz y el orden, eso prueba que nos hemos debilitado. —siguió Astrid.
Astrid volvió a pasear por la sala, rozando suspicaz las sillas de los patriarcas que, claudicaron perdón internamente por haber vacilado en contra de Estoico. Y cuando Astrid eligió su primera víctima, detuvo su andar, posándose detrás de un jefe.
—Oí que el verano pasó rápido, jefe Snorlath. Debe estar muy contento por sus cultivos —Astrid se aseguró que todo el consejo escuchara; se apoyó sobre su hombro de forma amigable y con una sonrisa traviesa, dijo:—. Sería una lástima que tuviera que esperar otro invierno para volver a sembrar.
El jefe dio un grito interno.
—Ella tiene razón, no es necesario buscar a ese criminal. —asustado, dijo con voz temblorosa. Astrid sonrió sutilmente.
—Apoyo a Estoico, somos vikingos y podemos lidiar con esto.
Los alaridos de los cobardes pronto contagiaron a los demás jefes, quienes fenecieron ante la mirada de la destructora de pueblos; con Berk gozoso de la fórmula de hierro de Gronckle, una flota de más de doscientos barcos y un ejército de sanguinarios guerreros, ningún pueblo podía hacerle frente.
Astrid aprovechó bien ese miedo en los jefes y solo necesitó transmitirles con una mirada que, una guerra iniciaría si desobedecían las órdenes del caudillo, Estoico el Vasto.
—Esta señorita fue quien comandó las tropas que derrotaron al Alfa de Drago Manodura. Y si dice que este hombre no es una amenaza, la sigo. —apoyó Oswald. Mosqueado por la amenaza de Astrid, cruzó una mirada de recelo con ella.
—Después de todo, hablamos de la vikinga más peligrosa de todo el Archipiélago. No hay nadie mejor para decirlo.
Insolente y vanidosa, Astrid se acercó al jefe del pueblo pescador: Half. Se posó detrás de su silla y mientras los demás jefes seguían parloteando sus discursos de apoyo; con voz profunda le susurró al oído:
—El haber cuestionado las decisiones de tu líder debe ser penado. Cien cestos de pescado estarían bien.
—Maldita perra. —susurró el jefe pescador, pero lo había hecho tan relajado, que hizo cuestionar a Astrid si tenía algo entre manos.
—Maldita la mujer que carga con la labor de ser tu esposa. Te lo advierto, Half, no agotes mi paciencia o lo lamentarás. —Astrid se alejó.
La arrogancia de Estoico crecía más con cada manifiesto de los jefes cobardes que, uno por uno iban brindando su apoyo mentiroso pero impuesto por la amenaza ferviente de que los tambores de guerra resonarían sobre las faldas de sus islas.
Estoico miró con altivez, sonriendo gallardo ante los jefes que solo podían callar lo que realmente sentían y veían cómo Berk escalaba rápidamente y se posicionaba como el depredador implacable de todo el Archipiélago. Y él, era el patriarca absoluto de ese reino.
.
.
.
Astrid apreciaba la inmensidad azulada que había logrado cautivarla desde niña: el mar. Acompañada por el resplandor candil de la luna. Saboreaba la brisa de aire que se cernía sobre ella, creando un oasis perfecto.
Después de la agitada reunión del consejo, Astrid se reunió con Estoico en aquella bahía apacible. La tensión en el aire era palpable, la luz titilante de las antorchas cargadas por los guardias deambulando arrojaba sombras inquietantes. Pero a pesar de la tensión, estaba disfrutando ese raquítico momento donde podía sentir placer con el paisaje pletórico.
Astrid respiró profundamente.
—Tu desconfianza podría costarnos caro. Este asesino de reyes puede suponer un peligro. ¿Vas a ignorar una amenaza tan evidente? —señaló Astrid, rígida y con una mirada fría dirigida hacia al mar.
Estoico afinó más la garganta. Lidiar con Astrid implicaba ser más severo e inflexible.
—No caeré en leyendas tontas. Sabes mejor que nadie que este es solo un invento más del consejo para arrebatarme mi lugar.
Astrid bufó molesta.
—A veces, tu torpeza puede ser más peligrosa que el enemigo.
—¡¿Acabas de llamarme torpe?! —Estoico por fin cedió y miró a Astrid quien seguía apática mirando hacia la luna.
—Las historias a menudo tienen más verdad de la que estás dispuesto a admitir. Hace tres años confiaste en mí para liderar a nuestros guerreros contra Drago. Ahora te pido que confíes en mí cuando te digo que no permitiré que los demás jefes te arrebaten el consejo.
—No es cuestión de confianza, Astrid. Es solo que no puedo arriesgar los recursos de Berk buscando a un criminal que solo aparece en leyendas. Estoy seguro que los demás jefes tienen algo entre manos detrás de todo esto.
—La seguridad de Berk también está en riesgo si no reconocemos las amenazas cuando aparecen. ¿Vas a esperar a que el asesino de reyes esté frente a ti para creer en su existencia? —Estoico notó el tono austero de Astrid.
—Tengo preocupaciones más importantes en este momento, Astrid.
Astrid rechifló con ironía.
—¿Qué preocupaciones? No has atendido las necesidades de nuestro pueblo los últimos tres meses.
—No tengo tiempo para complacer a cada granjero y pescador con sus quejas tontas. —respondió grosero y con una respiración agitada. Estaba furioso.
—Sí, claro, solo tienes tiempo para beber y beneficiar a tus amigos con altos puestos en mi ejército.
Estoico apretó los puños fastidiado por la falta de respeto de su guerrera y con un tono más agudo y punzante, decidió sentenciar aquella discusión.
—Seguir órdenes sin cuestionar es tu labor, Astrid. Cuando necesite tu opinión te la pediré.
—Seguiré órdenes cuando crea que es correcto —con aquel estupor atrevido, ella por fin se atrevió a verlo a la cara—. Creo que aún no entiendes que mi lealtad está con Berk, no con la obediencia ciega.
—¡Cómo te atreves!
Astrid desvió la mirada otra vez hacia la luna y cerró los ojos una vez más para sentir la brisa; disfrutando nuevamente de aquel deleite invernal. Abrió los ojos y miró la luna por última vez para después darse media vuelta y empezar a alejarse de la orilla, dejando mudo al jefe de Berk.
—Cuando estés listo para escuchar la verdad en lugar de imponerla, estaré disponible.
—¡Vuelve aquí, Astrid! ¡No hemos terminado! —exigió Estoico.
—Como tu capitana, tengo ocupaciones importantes que no pueden esperar. Verdaderas ocupaciones. Han desaparecido diez niños por secuestro el último mes. Esto va más allá de tu puesto en el consejo, Estoico. Y si tú no te tomas tu puesto en serio, es mi deber asegurar la protección de nuestro pueblo. —Astrid lo miró por encima del hombro, sostuvo su mirada firme pero desafiante.
—¡Ese también es mi deber!
—Pues no la has cumplido desde que… él se fue.
Estoico no respondió, y solo pudo apreciar la figura de Astrid perdiéndose entre la nieve. Cuando ella lo miró, se dio cuenta que tenía ojeras demarcadas, entonces por un momento sintió remordimiento por haberla tratado así.
Como siempre, ella se había esforzado de más y no había dormido. A veces, Estoico creía que Astrid tenía más estirpe de jefa que él, pues estaba dispuesta a sacrificar su propia felicidad para contentar a su pueblo. Mientras pensaba eso, dedujo que solo había una manera de relajarse.
"Necesito un tarro de hidromiel", pensó, mientras se retiraba al gran salón.
Astrid estaba enojada. ¿Por qué Estoico tenía que ser tan necio?. Lidiar con él cada vez se hacía más difícil. A veces, solo a veces, deseaba que Hipo volviera para apoyarla con Estoico. Pero ese era un secreto íntimo que jamás admitiría.
—Brutacio, ¿revisaste bien el punto de control dos?. —preguntó Astrid, ocultando los atisbos de ira.
Para un mejor control de qué barcos irrumpía en su territorio, Astrid posicionó treinta torres de control fortificadas con acero de Gronckle, alrededor de toda la isla, de esa forma pudo frenar el avance de Drago Manodura en la Gran Guerra Dragón.
Realmente agradecía haber conservado esas torres después de la guerra, pues ahora podía resguardar a su pueblo de cualquier amenaza marítima.
—Con el ojo bueno, mi osada capitana. Solo cruzaron tres barcos todo el día. Uno era Johan, y los otros dos eran pescadores. ¿Sabe? Es difícil revisar ese punto, remar hasta ahí es…
—Vuelve a hacerlo. —ordenó mientras se retiraba a patrullar los otros puntos.
—... Agotador —suspiró, maldiciendo a Astrid en su interior—. ¿Acaso habrá un ser más horrible que Astrid? ¡Ah, un pescado de Patán! ¡No, ni eso se le compara! —lo había hecho en voz alta.
Astrid no giró para verlo de frente, pero entorpeció sus pies y estrujó ligeramente su cuello, haciendo palidecer al desdichado que se había osado en insultarla.
—Tengo una mejor idea, quédate ahí hasta el amanecer. Ah, y creo que mañana es el cumpleaños de Sven, así que tomarás su lugar.
—Pero yo no tuve día libre en mi cumpleaños.
—Eso es porque te confundí con Brutilda y decidí darle el día libre a ella. Lo siento por eso. —farsante, fingió disculpas con un tono arrogante.
Brutacio solo pudo musitar sus lamentos, rindiéndose ante la implacable prepotencia de Astrid, quien se retiró lentamente por la playa. También le pareció oírla reír ligeramente.
Astrid paseó por todo el perímetro, dando órdenes ante cualquier situación que alterara la bonanza y tranquilidad de las olas. Aún así, el desazón después de la reunión había alterado sus nervios.
Tenía plena confianza en seguir manipulando al consejo con amenazas, pero si acaso llegaba a ser cierto que el criminal denominado asesino de reyes se había infiltrado en el Archipiélago, debía iniciar una investigación. A diferencia de Estoico, ella era cauta con la amenaza. Sin embargo, lo que realmente la angustiaba eran las razones por las que el consejo anhelaba tanto capturar al prófugo. Supuso que era una cortina de humo y que tal vez había un traidor en el consejo.
—Capitana —llamó un soldado—. Ya se registraron los barcos del muelle, los jefes de las distintas islas no traían nada extraño.
Para su propia placidez, había ordenado revisar todos los barcos de los jefes. Si tenía suerte encontraría una pista del ingrato traidor que había ayudado al asesino de reyes a infiltrarse en el Archipiélago.
—¿Revisaste los compartimentos interiores?
—Hasta el más mínimo detalle. Nada. Solo comida e hidromiel.
—De acuerdo. Reúnete con Marcel al otro lado de la isla. Últimamente se ha registrado movimiento extraño de barcos en esa zona.
—Dice que tal vez tiene que ver con…
—Los niños secuestrados.
—A sus órdenes, capitana Astrid.
—Y quiero que mañana estés aquí a mediodía, los jefes partirán a sus islas y necesitaremos soldados que resguarden el muelle.
—Pero capitana, mañana es el cumpleaños de mi hija, creí que si trabajaba todo el día, podría tener el día libre.
—Hace quince días cumplí 21, y pasé ese tiempo entrenando a los nuevos reclutas. ¿Por qué debería otorgarte privilegios especiales a ti? —dijo árida mientras limpiaba el hombro de su soldado para después darle la espalda, sin embargo, sucumbió ante su compasión y sin mirar al soldado dijo:—. Te otorgaré un permiso especial, pero procura buscar un reemplazante.
—¡Muchas gracias, capitana! —exclamó con entusiasmo el guardia.
Cuánto más meditaba la posibilidad pérfida y ruin de haber subestimado al consejo, más angustiada se sentía. Cuando por fin pudo estructurar un plan para comprobar si había un traidor, el clamor neurótico del cuerno alertando la llegada de un barco sonó.
—¿Un barco arribando a esta hora? —se preguntó.
Miró hacia la orilla y cuando pudo visualizar el barco mediano avanzando hacia el muelle; antes de siquiera dar la orden a sus soldados se suscitó una explosión de cenizas sobre el barco que derritió la nieve de los polos.
El barco empezó a arder y los guardias ambulantes, incrédulos, corrieron hacia el muelle para ver de qué se trataba. Astrid se dio cuenta de que aquel espectáculo flagrante podía tratarse de una distracción, pero entonces el grito de uno de sus hombres la alertó.
—¡Hay personas dentro del barco!
Astrid no tuvo tiempo para reaccionar, pues el grito del sub capitán de Berk la llamó.
—¡Astrid! ¡Astrid!
—¿Qué sucede, Patán? —Astrid notó que Patán tenía su uniforme desarreglado, como si se acabara de levantar de una siesta.
—Mi soldado acaba de informarme que se registraron tres barcos en el punto dos esta mañana. —alertó Patán, sosteniendo una carta.
—Brutacio me dijo que uno era Johan y los otros dos eran pescadores. Registraron a ambos en la mañana.
—¡Astrid! —meneó la carta—. Johan fue asesinado hace tres días, hallaron su cadáver en la isla de los marginados. Alvin me lo acaba de informar en esta carta.
Astrid sintió cómo su corazón se detuvo.
—El hombre que cruzó como mercader se hizo pasar por Johan.
—¡Imposible! —gritó Astrid, corriendo hacia la casa del jefe.
En medio del caos, un grito de auxilio emergió de una de las casas del pueblo. El alarido de desamparo pronto se repitió en la villa entera.
—¡Los dragones de entrenamiento escaparon de la arena! —alertó un guardia.
Astrid no cambió su rumbo y ordenó a Patán hacerse cargo. Sin embargo, cuando Patapez llegó despavorido hacia ella, sosteniendo una cubeta con agua, Astrid presagió lo peor.
—Los Gronckles perdieron el control. Rompieron sus mordazas y destrozaron el taller de hierro de Gronckle por completo y… ¡ESTÁN ESCAPANDO DE LA ISLA!
A pesar de no tener pruebas concisas, Astrid sabía que el asesino de reyes estaba detrás de todo esto. Lo había subestimado y estaba pagando el precio por tan atrevido descuido.
Debía decidir entre ayudar a su jefe de un posible conflicto, ayudar a las personas del barco o en atrapar a los Gronckles que tanto trabajo les había costado capturar. Meditó las posibilidades con paños fríos.
Gracias a la alerta, más de cien soldados se pusieron a sus órdenes, listos para demostrar su valía ante su campeona.
—Atención, todos —alertó Astrid—. Quiero a cien barcos rodeando toda la isla, necesito que bloqueen todo acceso por mar.
—¡Sí, capitana!
—También alerten que nuestros almacenes de acero de Gronckle se han agotado.
—Pero nuestros almacenes siguen llenos…
—¡Solo háganlo!
Los hombres se miraron unos a otros con gestos de confusión, no comprendiendo las decisiones de su capitana. Sin embargo, ningún soldado razo cuestionó la intrepidez de Hofferson.
—Formen dos avanzadas, una de rescate y otra de búsqueda. Pongan a los mejores nadadores en el segundo grupo. La prioridad es rescatar a las personas del barco. Usen señales de fuego y cuernos para comunicarse. Necesito a las personas del barco con vida.
—¿Y los dragones que escaparon de la arena? ¡Están atacando el pueblo!
Astrid sonrió.
—Además del sistema contra incendios, hay más de cien trampas y barricadas en la isla. Ningún dragón escapará vivo de esta isla. —dijo Astrid con templanza.
Siendo ella la única con la habilidad para someter dragones sin matarlos, priorizó la captura de los dragones esclavos.
—Yo me ocuparé de atrapar a los Gronckles. Necesito al equipo de bomberos y un equipo de rescate para sacar a los trabajadores de la fábrica. También, quiero al equipo Astrid en la casa del jefe. Resguárdenlo y llévenlo a un lugar seguro.
"El equipo Astrid", también denominado equipo élite de Berk, conformado por los soldados más fuertes de todo Berk.
Con todos los equipos conformados, Astrid dio un último grito.
—¡Cumplan con su misión, soldados!
.
.
.
Desengañado, Estoico bebía sin parar. Su aflicción creció cuando el último atisbo de hidromiel se extinguió de su vaso. Nada podía salir mejor ese día, pero recordar que mañana era el aniversario de su boda, lo puso triste. Volvió a mirar el blasón heráldico de la familia Haddock colgado sobre la puerta de madera del gran salón. Sin percatarse, soltó una sonrisa apacible mientras buscaba alguna gota de alcohol en su vaso, anhelando tener a su esposa e hijo a su lado.
De pronto recordó la conversación con Astrid y eso lo enojó otra vez.
—El poder es la única verdad, y aquellos que no lo entienden…son débiles. —dijo a la nada.
Suspiró incontables veces con el propósito de que nadie viniese a molestarlo. Realmente necesitaba tiempo a solas. Incluso ignoró el sonido del cuerno alertando un altercado. Confiaba plenamente en que su mano derecha: Astrid, se encargaría.
Y cuando alzó la mirada, notó que su premisa se había cumplido, no había nadie. Lo único que acompañaba a Estoico era el frío del gran salón que enmudeció sus suspiros deslucidos.
Y en el momento que escuchó los gritos de su pueblo y las explosiones, pensó:
—Será mejor que ayude a Astrid
Sin embargo, los flameros que sostenían las antorchas se distorsionaron por una brisa apacible que hicieron que las llamas que iluminaban el recinto bailasen hasta sofocar sus meollos y se apagaran. Y así, la sala fue cubierta por la oscuridad y un lacerante silencio que alertó al jefe de Berk.
Entonces una pregunta le surgió a Estoico: ¿Dónde estaban los dos guardias que resguardaban la puerta?. Se levantó de golpe de su silla y desenvainó su hacha.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz gruesa.
Lo siguiente que se oyó fue el chasquido de dos dedos; el sonido había sido tan fino y pintoresco que logró distraer los agudos sentidos de Estoico, que ya empezaba a perder la compostura.
—Deja de jugar. Sal y da la cara.
Entonces, el flamero que estaba a sus espaldas volvió a alojar una pequeña llama que alumbró un delimitado perímetro, pero eso le bastó a Estoico para poder apreciar de reojo al hombre sentado de cuclillas. Era delgado, de mediana estatura y estaba cubierto por una capucha, solo eso pudo apreciar mediante el diáfano destello proveniente de la luna.
—No tenemos por qué apresurarnos, Estoico el Vasto —Estoico giró rápido para ver cara a cara al portador de aquella voz ronca y pesada—. Después de todo, creo que pasaremos mucho tiempo a solas. —sonrió el misterioso hombre.
—Tú eres… el asesino de reyes.
.
.
.
—¿Qué quieres decir con traidor, Astrid? —preguntó Patapez. Astrid encerró al último Gronckle en su jaula, suspirando por el cansancio.
Astrid se felicitó internamente al resolver otro problema más durante el día, una rutina habitual para ella. Valoraba la importancia de experimentar placer por sus pequeños triunfos y se aseguraba de elogiarse a sí misma constantemente por cada victoria, por más pequeña que fuera.
—Estas jaulas anti dragón que nos trajo Viggo no están nada mal —dijo Astrid, ignorando la pregunta de Patapez—. ¡Sin rocas ni agua por tres días! ¡Y háganlos trabajar de noche! ¡Necesitaremos más acero de Gronckle para reparar los daños! —ordenó a los cuidadores.
—¡Sí capitana!
—No me ignores. —chilló Patapez.
—Ya me oíste. Ese hombre está aquí. No sé cómo, pero supongo que uno de los jefes lo ayudó a entrar, pasando todas las torres de control ¡Maldición! ¡Debí haberlo supuesto!
—¿Pero por qué ese asesino vendría directo a la boca del lobo? Es decir, la reunión de jefes es el evento con los guerreros más fuertes del Archipiélago reunidos en un mismo lugar. Incluso si hubiera un traidor… No tiene sentido.
—Tú no te preocupes por eso. Tu labor es fabricar hierro y nada más. Al menos para eso sirves. —espetó fría.
—Pero, Astrid…
—¡Deja de llamarme por mi nombre! —Patapez agachó la cabeza avergonzado—. Dime una cosa, ¿al menos has considerado mi propuesta?.
—Pues yo… no creo que esté listo.
—Esto no puede ser. —ella se golpeó la frente.
—No tienes por qué seguir ayudando a mi familia. Disculpa las molestias que te ocasioné.
—Con lo poco que ganas criando a Gronckles, no te alcanza para pagar los medicamentos de tu madre. Si al menos te unieras a la guardia… Olvídalo —suspiró Astrid, hurgueteando su bolso de monedas.
—¡No, por favor! ¡Ya me ayudaste lo suficiente, Astr- ¡Digo, capitana!
—Toma de una vez. Haces que pierda mi tiempo. Necesito ir a ver a Estoico. —ofreció Astrid, todo un bolso pequeño de monedas de oro.
—Per-
—Te enviaré al calabozo si no lo tomas.
Avergonzado y con mucha cautela, Patapez tomó el bolso.
—Muchas graci-
—Más te vale no gastarlo en mujeres —advirtió—. Espero que tu madre mejore. —aligerando su tono, dijo antes de retirarse.
Patapez había oído, en esa última línea, un tono añejo que trajo recuerdos a su mente de aquellos días plateados de armonía donde Astrid estaba libre de toda presunción de jactancia, días donde era una más de ellos y no el monstruo vanagloriado que derrotó al Alfa de Drago Manodura.
—¡Capitana! —llamó un informante del equipo Astrid. Ella se sobresaltó por los nervios.
—¿Lo encontraste?.
—Negativo, Capitana. Registramos rincón por rincón la casa del jefe y no hallamos a nadie. Aunque… —dijo moviendo las manos, Astrid notó su inquietud.
—¿Aunque?
—La casa fue saqueada por completo. La puerta se encontraba sin cerradura, y el intruso que entró se llevó todo objeto de valor.
—¿Y qué esperas para iniciar una búsqueda? —el soldado ya estaba acostumbrado a la severidad de Astrid, por eso no reclamó— ¿Y dónde está Marcel?
—Marcel aún no ha vuelto del otro lado de la isla.
Astrid maldijo no tener a Marcel a su lado en este momento.
—Equipo Astrid, diríjanse al gran salón —el equipo se dispersó de inmediato— ¡Escúchenme todos! ¡Nuestra prioridad es encontrar a Estoico! ¡Agoten todos los recursos necesarios para localizarlo! ¡La isla entera está rodeada por barcos! ¡No hay forma de que el intruso escape! —ordenó al ejército detrás suyo.
—¡Sí, capitana! —dijeron al unísono.
No obstante, en un único y devastador rayo, el cielo se partió en dos. En un instante, la milicia de Berk vio cómo el firmamento se rasgó con un estallido estruendoso, dejando tras de sí una estela de luz ardiente que indicó lo peor.
—¡FURIA NOCTURNA!
—¡Corran!
—¡Cúbranse todos!
—Por Thor, lo que faltaba. —se quejó Astrid, tomando un arco y una flecha, sin embargo también soltó una sonrisa sútil—. Nunca te rindes, ¿verdad?. —apuntó y disparó.
Con un silbido agudo, la flecha viajó hasta hasta el dragón, pero la bestia giró con agilidad evitando el ataque.
Astrid se mordió el labio. Estaba segura de que esta sería otra victoria más para ella.
—Tu ingenuidad es muy tierna, dragoncito. ¿No te aburres de ser tan predecible? —el dragón perdió equilibrio al girar, disparando su plasma a la nada— ¡Escudos en alto, como entrenamos!
Anunciada la furia por venir, todos los arqueros se formaron y los escuderos alzaron sus escudos protegiendo a un arquero cada uno para atacar al furia nocturna, quien no tuvo otra opción más que escapar ante la lluvia de flechas.
—Tu capacidad para huir de mí es cautivadora. ¿Quién sabe? Tal vez termine enamorándome de tu espíritu indomable. —dijo Astrid, viendo la estela de fuego que dejó el furia nocturna.
Con el ataque controlado, Astrid retomó su labor, pero cuando escuchó el susurro inexcusable de uno de sus hombres, decidió intervenir.
—Ojalá Hipo estuviera aquí. —soltó un soldado, recuperando el aire.
—¿Qué dijiste? —cuestionó Astrid, encarando al soldado— ¿Qué insinúas con ese comentario?
—Yo… No insinúo nada. —empezó a retroceder el soldado.
—¿Crees que mi estrategia no es efectiva para ahuyentar al furia nocturna?
El soldado inquirió sus siguientes palabras. Sabía que desafiar a Astrid traería consecuencias severas.
—¡Tú eres la salvadora del Archipiélago! ¡PERO HIPO FUE QUIEN VENGÓ A MIS PADRES DEL FURIA NOCTURNA! ¡Él fue el único en matar a uno!
Astrid palmó después de mucho tiempo la sensación luctuosa del trauma que la atormentaba. Una serie de imágenes pasaron por su cabeza recordándole el suceso de hace seis años, cuando apenas entrenaba en el ruedo.
Las gotas de sudor que cayeron por su frente se diluyeron con la nieve qué caía en la ínsula de Berk, pero lo que no pudo ocultar fue el temblor de su labios. Rápido, recuperó la compostura y se mordió los labios.
—Sabes que tienes prohibido hablar de Hipo en mi ejército y aún así te atrev-
—¡Ni siquiera tú, capitana! ¡Fuiste capaz de darle caza a un furia nocturna! Pero él… ¡él sí pudo!
Astrid golpeó el rostro al soldado.
—¡Tú me juraste lealtad a mí, antes que al traidor del pueblo! —tiró contra el piso al soldado— ¡El arma que empuñas debe servir primero al jefe! —lo pateó en el estómago— ¡Y luego a mí!
El soldado se levantó y encaró a Astrid, haciendo runrunear la brisa con su débil susurro.
—Le debo la vida.
—Siento lástima por ti. Deberle algo a ese bufón debe ser lamentable.
—¡Él es mi héroe! El único que…
—"Mató a un furia nocturna". Ya lo dijiste. No necesitas repetirlo cada vez.
—Es un elegido. Estoy seguro que no soy el único que piensa así. Él cambiará el mundo.
—¿Por qué no se lo preguntamos a todos aquí? Veamos qué responden. —el soldado miró al ejército detrás de Astrid.
Con ojos curtidos, pero voraz por saber la respuesta inexorable que expresarían aquellos vikingos, Astrid imitó a su contrincante y giró la vista. Ella sabía la respuesta, pero quería verla con sus propios ojos.
Y tal como proyectó, los más de cien soldados no se corrompieron con el discurso irrisorio de aquel indigno. Ninguno movió un dedo, ni dijo una sola palabra, manteniendo su postura firme en apoyarla.
—¿Quieres saber quiénes son mis héroes? Varios niños quedaron huérfanos producto de la guerra de hace dos años. —dijo Astrid de espaldas al soldado.
El soldado quiso responder, pero Astrid lo silenció forzándolo a levantarse del piso.
—Tus padres y esos guerreros son los verdaderos héroes. Mis héroes. Puede que ninguno de ellos haya matado un furia nocturna pero terminaron con la guerra contra los dragones y dieron su vida para detener a Drago.
—Mis padres…
—Ese escudo que portas —Astrid golpeó el pecho derecho de la armadura del soldado, dónde se encontraba tallado el escudo de Berk—, es símbolo de que ellos dieron su vida creyendo en una causa justa. No los decepciones admirando a un "héroe" que abandonó a su pueblo.
Astrid se alejó del él y premeditó la estrategia que usaría para no dejar que el asesino escape de Berk.
—Capitana, traigo noticias —interrumpió otro soldado—. Ya capturamos a los dragones que escaparon de la arena, tuvimos que matar a dos que se rehusaron a volver.
—¿Qué especie?
—Ambos Cremallerus.
—Si es así, no importa. Asegúrate de comprarle a Viggo en su próxima visita.
—Sí, capitana.
La seguridad de Estoico no la preocupaba en lo más mínimo, sabía que se trataba de un hombre déspota y sanguinario, después de todo era el campeón qué exterminó a Drago Manodura. Además, ya había mandado a dos tropas más al gran salón, en caso de encontrarse ahí.
Pero ya había transcurrido mucho tiempo y no recibía noticias de ese escuadrón. Y antes de que partiera al gran salón para verificar si Estoico estaba ahí, el grito de uno de sus hombres la alertó.
—¡El intruso, está ahí! ¡Trata de escapar!
La capitana divisó al corredor encapuchado que se dirigía hacia el muelle. Y en un intento por detenerlo, disparó su hacha hacia su muslo, pero este la esquivó.
El encapuchado logró zafarse de muchos soldados, Astrid quedó impresionada con las habilidades de combate de aquel prófugo.
—¿Qué le hiciste al jefe? —desafió Astrid, interponiéndose entre él y el barco en el que deseaba escapar—. Si me dices dónde está el jefe, tu muerte será rápida.
El encapuchado tackleó a Astrid, pero esta pudo reprimir su ataque y someter sus brazos para por fin arrinconarlo contra el piso. El morral que portaba el bandido se estropeó dejando caer los objetos de valor que había hurtado de la casa del jefe.
—Se acabó, asesino de reyes. —dijo victoriosa, mientras un vitoreo ocioso de los guerreros retumbó en el muelle para consagrar a Astrid como la vencedora.
Ella no pudo evitar sonreír. Había logrado capturar al causante de la preocupación del consejo. Ahora debía llevar ante la justicia vikinga a aquel bandido.
—Asesino de reyes, creo que tienes muchas cosas que decir, pero lo harás frente al consejo.
—¡Ya suéltame! —Astrid se quedó sin aliento. La voz misteriosa era inconexa con la descripción del asesino— ¡Auch! ¡Estás apretándome!
Astrid le quitó la capucha.
—¡Eres una mujer! —exclamó, silenciando a toda la bandada de guerreros.
—Así es, soy mujer, y por lo visto tú también. Aunque te pareces más a un demonio. ¡Auch, me lastimas! —volvió a gemir.
—Si tú no eres el asesino de reyes, eso quiere decir que…
—¡ASTRID! ¡ASTRID! ¡ASTRID! —llamó Patán.
—¿Qué ocurrió? —preguntó instintivamente, soltando a la mujer pelinegra y de ojos verdes.
—El jefe, Astrid… —alertó Patán— fue herido de gravedad. No creo que sobreviva.
