Sesshomaru y Kagome
La dulce mirada del destino
- ¿Qué sucede, Sesshomaru? - sonrió. - ¿No que tan fuerte?
El yokai, que se encontraba sentado con su espalda recostada en el árbol producto del ataque recibido, lo miró con sus ojos rojos tratando de transformarse, sin embargo no lo conseguía.
- No eres ni la sombra de tu padre. - pronunció Kirinmaru, al mismo tiempo en que elevó su espada y aquel poder salió despedido.
Con un profundo odio brotando en su interior, el joven cerró sus ojos esperando el golpe final, pero los abrió nuevamente al percibir aquello.
- ¿Una flecha?
Aquella energía purificadora se atravesó en el ataque, luchando con la energía demoníaca del dayokai el tiempo suficiente como para que él pudiera ponerse de pie y volar en dirección del demonio.
- ¡¿Quién fue?! - gritó, observando a su alrededor con la finalidad de ubicar a la dueña de aquella arma.
- Nunca te distraigas. - la voz de Sesshomaru provocó que mirara nuevamente al frente en el momento en que desenvainaba a Bakusaiga.
- Bastardo. - gruñó, chocando la hoja de su Bakuseiken con la del peliplata. - Tienes suerte de que te ayudaran.
- No necesito ayuda para terminar contigo. - entrecerró sus ojos.
Lo empujó, quitándoselo de encima al mismo tiempo en que se alejaba unos metros.
El poder de mi espada se ha debilitado. Maldición, ¿acaso esa flecha lo logró sin siquiera tocar el arma?
- No vales la pena ahora. - sonrió altaneramente. - Es una pena que el gran Inu No Taisho tenga un heredero tan débil...
- No vas a huir de mi. - sus ojos se volvieron rojos, sin embargo nuevamente nada ocurrió.
- Me das pena, Sesshomaru.
El demonio se lanzó sobre él pero éste desapareció antes de que pudiese acercarse.
- Maldito cobarde. - gruñó, descendiendo.
- ¡Amo bonito! - Jaken se acercaba a toda velocidad. - ¡Ay que susto, amo Sesshomaru! Por un momento y pensé que el bastardo de Kirinmaru iba a acabar con usted.
El peliplata le lanzó una mirada de hielo antes de dirigirse a la flecha que había quedado incrustada en el suelo.
¿Quién se atrevió a intervenir?
Tomó el arma, observándola con detenimiento.
Es de una sacerdotisa, no hay dudas.
La rompió en decenas de pedazos, llevando su mirada en dirección del bosque.
- Hm... yo no necesitaba de tu ayuda.
Comenzó a caminar, seguido de su fiel sirviente.
A la mañana siguiente.
- ¡Señorita Kagome! - gritó la niña, acercándose a la joven mujer quién tenía en su mano aquella cesta.
- Izumi. - sonrió. - Buenos días. - se inclinó, quedando a la altura de la niña. - ¿Cómo te encuentras?
- Muy bien. - le devolvió la sonrisa. - ¿Está por ir a buscar hierbas medicinales?
- Así es, pequeña. - golpeó la punta de la nariz de ella con sus dedos, provocando su risa. - Tú mamá me encargó algunas también.
- La estaré esperando.
- Gracias. - le dedicó una última sonrisa antes de regresar sobre sus pasos y adentrarse en la aquella zona del bosque.
Iba tarareando una melodía, una que madre solía cantarle cuando la acompañaba a realizar las mismas tareas, sin embargo en su mente sólo un pensamiento primaba.
Me pregunto... ¿Cómo se encontrará aquel joven?
Inicio del flashback.
El atardecer la encontró realizando la última oración en el templo. Se puso de pie y salió, descendiendo los pequeños escalones en el mismo momento en que aquella energía la atravesó.
Yokais.
Inmediatamente tomó su arco y comenzó a correr.
- ¡Señorita Kagome! - el monje se atravesó en su camino. - ¿Usted también lo percibió?
- ¡Si! ¡Joven Miroku, por favor encárguese de los aldeanos! ¡Qué no se acerquen!
- Por favor tenga cuidado.
- Lo tendré. - asintió y continuó su camino.
Se adentró en el bosque, siguiendo aquella poderosa energía la cuál le indicaba que una batalla se estaba desencadenando.
Esta sensación... es descomunal... no recuerdo haber sentido algo igual.
Llegó al lugar en el mismo momento en el que ambos demonios chocaban sus armas y se escondió detrás de uno de los árboles.
- No puede ser. - murmuró. - Son... muy poderosos.
- Vaya, Sesshomaru, al parecer el hecho de que tengas en tus manos una de las espadas más poderosas no te garantiza nada. - sonrió, mientras su verde mirada se encontraba con la dorada de él.
- Hablas demasiado. - entrecerró sus ojos.
- Lamento decirte que yo no tendré piedad con ningún Taisho.
¿Taisho? ¿Acaso él pertenece al clan del gran perro demonio?
Volvió a asomarse para presenciar el fatídico momento en el que el daiyokai lo empujaba, soltando aquel ataque que impactó de lleno en su cuerpo, tirándolo en dirección de uno de los árboles.
- ¿Qué sucede, Sesshomaru? ¿No que tan fuerte?, no eres ni la sombra de tu padre.
No.
Sin dudarlo lanzó la flecha en el mismo momento en que aquel ser volvía a agitar su arma, lanzando el nuevo ataque hacía el yokai caído. Por fortuna logró interponerse a tiempo, lo que provocó que suspirara de alivio.
En el momento en que observó que aquel joven se ponía de pie, decidió que debía regresar a la aldea y mantenerse en alerta por si la situación se salía de control y ponía en peligro la vida de alguien.
Fin del flashback.
No había percibido ninguna otra energía momentos después de haberse retirado, por lo que supuso que todo había terminado de manera repentina, aunque en el fondo aún le preocupaba la forma malherida en la que había visto al hombre peliplateado.
Comenzó a recoger las hierbas, algunas que habían sido encargadas y otras que ella misma necesitaba. Su mente siguió su curso, concentrándose en las diferentes actividades que le aguardaban por el resto del día, sobre todo lo que más le emocionaba: instruir a los niños sobre plantas medicinales y diferentes actividades que podían realizar en la aldea.
Una vez que tenía todo lo que necesitaba, se puso de pie disponiéndose a volver a la aldea, sin embargo se detuvo, entrecerrando sus ojos y mirando por sobre su hombro.
Esta energía... puedo reconocerla.
- ¿Qué estas buscando? - pronunció sin más, a sabiendas de que él la estaba observando.
Ante la falta de respuesta, tomó una flecha y, en un rápido movimiento, volteó apuntándolo directamente.
Es él.
El agarre sobre su arco se intensificó al encontrarse con aquellos orbes dorados, los cuales la observaban fijamente a una distancia no muy lejana. El tenso silencio era palpable, sobre todo por la manera en la que ambos parecían analizarse internamente. Finalmente fue él quien rompió con ello.
- Eras tú.
- ¿He? - se sorprendió.
- ¿Por qué lo hiciste? - aquella voz se sentía como si estuviese escarbando en el interior de su alma. - ¿Por qué interferiste en la pelea?.
- Porque necesitabas ayuda.
- ¿Acaso tienes idea de quién soy?
- Un Taisho. - pronunció sin titubear. - Eres uno de los hijos de Toga Taisho.
¿Conoce a mi padre?
Se sorprendió bastante, sin embargo mantuvo su seria expresión.
- Al menos así te llamó ese demonio... - dudaba en si bajar su arco o no. - Sólo espero que seas igual de amable que tu padre.
- ¿Cómo es posible que una humana...?
- No es un secreto la historia de amor que él tuvo con aquella joven mujer humana.
- Hm, yo no soy como él.
- Entonces eso me preocupa. - mantuvo su posición de ataque. - ¿Cuál es tu nombre? - ya lo sabía, pero quería escucharlo de sus propios labios.
- Eso no tiene porque importarte.
- Kagome, mi nombre es Kagome. - sonrió levemente. - Sería muy descortés que no te presentarás, Sesshomaru. - él entrecerró sus ojos, sólo que esta vez no tenía idea de que responder. - Si hay algo que aprendí de mi vida es a estar atenta a los detalles. - lentamente comenzó a descender el arco.
- ¿Qué estás haciendo?
- Tu mirada dice muchas cosas, menos que quieres atacarme.
- Eres demasiado confiada para ser una simple sacerdotisa.
- No. - sonrió genuinamente. - Como te dije, tienes que estar atento a los detalles. - guardó su flecha y tomó la cesta. - Me gustaría preguntarte más cosas, pero debo regresar a la aldea.
Comenzó a caminar y, momentos después desapareció de su rango de visión, sin embargo su aroma se mantenía en el aire y, por algún motivo, no se marchó hasta que dejó de percibirlo.
Alrededor de una semana después.
Kagome continuó con sus típicas labores, las mismas que realizaba desde que se había convertido oficialmente en la sacerdotisa del lugar, pero algo había cambiado y ese algo era la presencia de él.
Desde su primer encuentro el demonio se había mantenido cerca, casi siempre desde las sombras, pero su energía se percibía a la perfección desplazándose siempre en las mismas direcciones en las que ella lo hacía y esa tarde no era la excepción.
La joven caminaba entre los árboles, alejándose lo más posible de su hogar con una clara intención. Llegó a la orilla de aquel rio y se sentó, mirando por sobre su hombro inmediatamente.
- Puedes acercarte si lo deseas, no es necesario que te mantengas lejos todo el tiempo.
Para su sorpresa, la figura del demonio emergió de las sombras, acercándose a paso lento pero firme hacía donde ella se encontraba. Por un momento pensó que iba a sentarse a su lado, pero se mantuvo de pie a unos metros de distancia.
- ¿Puedo hacerte una pregunta? - interpretó su silencio como una respuesta afirmativa. - ¿Por qué aún sigues aquí? Pensé... que te marcharías después de aquella tarde.
- Porque aún no comprendo lo que hiciste.
- ¿Lo que hice?
- ¿Por qué decidiste ayudarme en la batalla?
- Ya te lo dije. - sonrió, mirado hacia adelante. - Porque lo necesitabas... te veías herido y débil.
- Hm... con que esa era mi apariencia.
- ¿Te preocupa?
Sus miradas se encontraron y pudo notar aquellos rasgos delicados y simples que parecían salidos de un sueño. Sus ojos chocolate poseían un brillo especial, tal vez otorgado por el naranja del cielo que se elevaba frente a ellos, tal vez por la emoción que la estaba atravesando en ese momento. Fuese cuál fuese el motivo, su mirada era atrapante, hipnótica por momentos y su tierna sonrisa no ayudaba en nada a disminuir aquella sensación que había comenzado a emerger en el pecho de él. ¿Acaso se sentía atraído por esta joven humana?.
No respondió a su pregunta y se vio obligado a mirar hacia el frente antes de que ella se percatara de su cambio interno.
- Te comprendo, ¿sabes? - suspiró, continuando con sus palabras. - Cuando me convertí en la sacerdotisa de esta aldea sentí que un gran peso caía sobre mis hombros y... eso me obligó a tener que volverme más fuerte para proteger a las personas y a mi misma. Supongo que no debe ser fácil ser hijo de uno de los yokais más poderosos de esta zona.
Tenía razón. Él llevaba consigo el peso de tener que llenar los zapatos que su padre había dejado y, al parecer, aún no lograba alcanzar su nivel, lo que le había costado no sólo la subestimación de sus pares, si no demasiados ataques de los enemigos del clan Taisho.
- Pero tu tienes una enrome ventaja sobre mi. - aquello llamó su atención, la cuál se vio reflejada en su mirar. - Tú eres un demonio... tu cuerpo es mucho más resistente y podrías soportar un ataque de gran magnitud, sin embargo yo... si falló... moriré al instante. - pudo notar un dejo de tristeza en sus últimas palabras. - Cada batalla puede ser la última.
- Kirinmaru es un dayokai que está a la altura de mi padre.
- ¿Qué?
- La flecha que lanzaste ese día... disminuyó la fuerza del ataque de Kirinmaru. - miró al frente. - Tienes un gran poder espiritual.
Y de no ser por esa flecha... yo estaría muerto.
- ¿De verdad lo crees? - su sonrisa se amplió y se vio obligado a entrecerrar sus ojos. - Te agradezco por decírmelo, no tienes idea de cuanto me he esforzado en mi entrenamiento. - se puso de pie y tomó su arco. Para sorpresa del joven, se acercó a él. - Eres bienvenido a quedarte tanto como lo desees, Sesshomaru y, si he de ser sincera, me agrada saber que estas cerca. - le dedicó una última sonrisa antes de regresar a la aldea.
Nuevamente se quedó contemplándola hasta que desapareció de su vista. Su dulce y reconfortante aroma se había quedado en su nariz, haciéndole sentir aquella calidez de la que había escuchado hablar, pero que jamás había sentido por nadie.
¿A esto te referías con los sentimientos por esa humana, padre?
Pensó al mismo tiempo en que volteaba y su dorada mirada se fundía con el amarillo del atardecer.
Fue en aquel momento en el que tomó la decisión definitiva: quería permanecer cerca de ella. Y así fue durante las siguientes semanas, en donde ella continuaba con su vida mientras él la acompañaba, a veces desde las sombras, otras veces cerca, escuchándola hablar sin parar sobre múltiples cosas mientras la observaba en silencio. Mientras más tiempo compartían, más seguro estaba de comprender el porque de aquella calidez que emergía cada vez que estaban juntos. Definitivamente quería permanecer a su lado y protegerla por el resto de sus días si era necesario.
Unos meses después del primer encuentro.
- Amo bonito. - Jaken se pronunció mientras el yokai descansaba en un árbol cercano a la aldea. - ¿Entonces ya no planea que sigamos viajando?
- Eres libre de irte si lo deseas.
- ¡¿Kah?! No, no no no, yo no dije eso, amo bonito, sólo estaba preguntando, yo...
Antes de que pudiese seguir hablando, Sesshomaru se puso de pie, frunciendo el entrecejo al mismo tiempo en que comenzaba a volar.
Kirinmaru.
Mientras tanto la joven mujer se encontraba junto al monje y un grupo de niños, observando y analizando diferentes plantas, cuando se percató de aquella energía.
- Monje Miroku. - pronunció, mirando en dirección del bosque.
- ¿Usted también lo notó, señorita Kagome? - respondió, acercándose.
- Por favor llévese a los niños y cuide de ellos.
- ¿Qué? - la miró. - ¿Piensa ir sola?
- Uno de los dos debe cuidar de estos pequeños.
Y yo ya conozco esta energía.
- Deje que vaya con usted.
- No se preocupe, estaré bien. - le sonrió, buscando tranquilizar sus dudas. El joven asintió.
- Niños, vengan. - los reunió. - Debemos regresar a la aldea.
Una de las niñas tomó la mano de la joven. Ella sonrió y se inclinó, quedando a su altura.
- Ve con él, Nanami, yo los alcanzaré luego.
La pequeña asintió y regresó sobre sus pasos, siguiendo a los demás. Miroku y Kagome compartieron una última mirada antes de que ella emitiera un pequeño suspiro y comenzara a caminar en dirección de donde provenía aquella energía.
Unos minutos después se detuvo, encontrándose con la figura del demonio, el cual se encontraba de espaldas a ella.
- Eres tan predecible como cualquier humano. - pronunció, volteando.
- ¿Qué es lo que quieres? - respondió seriamente.
- ¿Qué es lo que quiero? - sonrió.
- No dejaré que destruyas mi aldea. - empuñó su arco, apuntándolo directamente con aquella flecha.
- ¿Realmente crees que me interesan un puñado de humanos insignificantes? - desenvainó su espada. - Sólo quería ver el rostro de la persona que interfirió en mi batalla. Es una pena que ya no vayas a volver a tu aldea, hermosa.
Agitó el arma, la cual despidió aquel poderoso ataque.
Tienes un gran poder espiritual.
Las palabras del demonio atravesaron rápidamente su mente al mismo tiempo en que lanzaba aquella flecha.
La luz cegadora, del impacto entre ambos ataques, provocó que cubriera su rostro con su brazo. Aquella fuerza ejercía demasiada presión, la cual la terminó desestabilizando, lanzándola al suelo. En ese momento unos brazos la envolvieron y alejaron de la zona
- Sesshomaru. - murmuró, observando el rostro serio del demonio.
Se detuvo a unos metros del lugar, descendiéndola.
- Ve a la aldea y no regreses.
- ¿Qué? ¿Acaso volverás a pelear?
- Sólo vete.
- ¡No voy a dejarte sólo!
- Ni se te ocurra acercarte. - su fría mirada atravesó su pecho y, aún así, logro notar un dejo de preocupación en ellos.
Sin decir más, salió disparado en la dirección en la que Kirinmaru se encontraba.
- Vaya, otro Taisho enamorado de una humana. - se burló. - ¿Quién diría que unos seres tan insignificantes serían la debilidad de un clan como el suyo?
- Ya te dije... - desenvainó su Bakusaiga. - Hablas demasiado.
Se abalanzó sobre el demonio y el sonido del choque de las hojas de sus armas fue ensordecedor.
- Sesshomaru. - murmuró la mujer, observando a la distancia aquella bola de energía que se elevaba hacia el cielo. - Por favor, ten cuidado.
- Hm, ¿de verdad estás tan enojado? - rio, apartándose. - Veo que estas dispuesto a todo sólo por protegerla.
- Pelea.
Volvió a lanzarse sobre el hombre, quién esta vez lo evadió, desconcertándolo.
- ¿Crees que ahora que descubrí tu punto débil lo dejaré pasar? - voló en dirección en la que la mujer se encontraba.
Escoria.
Entrecerró sus ojos, siguiéndolo a toda velocidad mientras el yokai de ojos verdes descendía, esquivando los árboles con gran destreza.
- ¡Yo soy tu oponente!
Lanzó un ataque con su espada, sin embargo Kirinmaru se elevó, esquivándolo y dejando que todo a su paso fuera destruido.
Kagome.
Sus ojos se abrieron ampliamente al ver como los últimos destellos de su energía alcanzaba a la joven, quien en un acto reflejo, cerró sus ojos e interpuso su arco.
Cuando el polvo que el impactó elevó se disipó, se acercó rápidamente hacía ella, quién había quedado inconsciente.
- Kagome. - murmuró, tomándola entre sus brazos y acariciando su mejilla.
Maldita sea... te lastimé.
- Que romántico. - la voz del hombre provocó su furia. - Es por estas cosas que puedo notar que eres hijo de Toga Taisho, después de todo él tampoco pudo proteger a la mujer que amaba.
La ira lo invadió por completo y su sangre comenzó a hervir en ese instante. Dejó a la joven en el suelo y se puso de pie, dándole la espalda a Kirinmaru.
Yo... lastimé a Kagome por la culpa de este imbécil.
Pensó, empuñando sus garras. Cerró sus ojos unos instantes y, al abrirlos, estos estaban completamente rojos.
- Al parecer ahora si darás pelea. - empuñó nuevamente su arma al percibir la energía que envolvía al joven peliplata.
Sin responder se elevó y lo atacó con sus propias garras, rasgando parte de su armadura. Su furia lo había cegado y, en ese momento, no le importaba si resultaba herido o era asesinado, sólo quería destruir a aquel bastardo.
Kirinmaru lanzó algunos ataques que Sesshomaru evadió con facilidad, aún así, no lograba alcanzarlo con la fuerza que quería.
- ¡No importa que tan enojado estés! - gritó. - ¡Ni siquiera logras tu transformación completa! Ya es momento de terminar con todo esto y eso la incluye a ella.
Voló en dirección de la mujer con la intención de asesinarla, sin embargo su espada cayó a unos centímetros del rostro de la joven pero él no logró avanzar producto de aquellas garras gigantes que lo atraparon.
- No puede ser... Maldito bast...
No logró terminar la frase ya que fue atravesado sin piedad, sin miramiento, sin ningún tipo de remordimiento.
- Lo... lo logró. - murmuró Jaken, escondido detrás de uno de los árboles. - Logró sacar a la luz su verdadera forma demoníaca.
Es... es idéntico al amo Taisho.
Miró en dirección de la sacerdotisa, la cuál aún mantenía sus ojos cerrados.
Amo Sesshomaru... ¿acaso el miedo a perder a la mujer que ama hizo que su poder se intensificara?
La tensa energía que invadía el ambiente se desvaneció al mismo tiempo en que el yokai regresaba a su forma humanoide.
Caminó hasta Kagome y la tomó en sus brazos, sosteniéndola.
- Jaken. - pronunció mientras comenzaba a caminar. - Trae su arco y sus flechas.
- Si... si, por supuesto, amo.
Obedeció sin protestar y lo siguió hasta el rio, en donde el peliplata se sentó y la acunó contra su pecho, a la espera de que recobrara la conciencia.
- Déjanos solos.
El pequeño demonio asintió y se alejó.
Las siguientes horas las pasó contemplando su rostro, acariciando su mejilla y su cabello, a la espera de volver a ver el castaño de su mirada. Por fortuna este apareció en el mismo momento en el que el atardecer se pronunció, resaltando aquel brillo que lo había cautivado tiempo atrás.
- Sesshomaru. - murmuró, enfocando bien el rostro del joven.
- Kagome. - respondió en el mismo tono. - ¿Te encuentras bien?
- Sólo me duele un poco la cabeza. Lo siento... me pediste que me fuera y no lo hice.
Abrió ampliamente sus ojos al sentir los labios de él sobre los de ella. Inmediatamente cerró su mirada y sus mejillas se sonrojaron, dejándose llevar por la marea de emociones que sentía en su interior. Había soñado con ese momento desde las primeras semanas que compartieron juntos, pero no estaba segura de cuando llegaría. Pero ahí estaba, lo estaba viviendo, verdaderamente Sesshomaru la estaba besando. El dolor y lo vivido horas atrás había desaparecido en sus brazos.
Cuando sus bocas se alejaron él la abrazó sin dudarlo, preguntándose una y otra vez que hubiese ocurrido si ella moría en aquel instante.
Cada batalla puede ser la última.
Sus palabras atravesaron su mente y pecho, provocando que se replanteara de manera inminente lo que pensaba para su futuro.
Una semana después.
Él y Jaken se encontraban caminando en dirección de la aldea cuando repentinamente le pidió a su sirviente que se detuviera.
- ¿A donde va, amo? - preguntó.
- No te interesa.
Ay, qué carácter...
Pensó, observándolo alejarse.
El joven siguió el aroma de la mujer y se detuvo a unos metros, observándola interactuar con los niños de la aldea mientras jugaban a su alrededor.
- ¿Esta sirve, señorita Kagome? - la niña se acercó con una pequeña planta.
- Claro, Yumi. - sonrió. - Miren, niños, vengan. - todos se acercaron. - Esta hierba es muy buena para aliviar la fiebre, es una de las más pedidas por sus padres.
- Wooooow. - corearon todos al unísono.
Elevó su mirada ligeramente, encontrándose con la dorada de él y le sonrió.
Había meditado mucho sobre que hacer y, cada vez que observaba el rostro de ella y aquella sonrisa emergía, le quedaba en claro que aquel era su lugar. Donde ella estuviera, él quería estar.
En ese momento la voz de otro joven le llamó la atención a él y a los niños.
- Vaya, vaya, miren lo que tenemos por aquí, ¿serán los futuros recolectores, quizás?
- Monje Miroku. - sonrió la morena. - Buenas tardes.
- Buenas tardes, señorita Kagome. - le devolvió la sonrisa. - Espero no ser impertinente, pero vine a llevarme a los niños, es hora de sus clases de escritura.
- ¡Siii!. - nuevamente cantaron en sintonía.
- Perfecto, entonces, ¡por aquí, niños!. - hizo un ademán con su mano. - La veré en la aldea, señorita.
- ¡Adiós, señorita Kagome!
- Adiós, monje Miroku, adiós niños. - río.
Sus ojos viajaron al yokai, notando que él no le quitaba los ojos de encima al joven castaño que regresaba sobre sus pasos, riendo y cantando.
- ¿Celoso, tal vez?. - pronuncio, acercándose.
- Hm. - volteo y comenzó a caminar. Ella sonrió, a sabiendas de que había dado en el blanco, y lo siguió.
Caminaron en silencio hasta llegar a la orilla de aquel río en donde habían platicado por primera vez.
- Kagome. - pronuncio, fijando su vista en el horizonte.
- ¿Si, Sesshomaru?.
- ¿Eres feliz en este lugar?
- ¿He?. - se sorprendió.
- ¿Esta es la vida que deseas?.
Sus preguntas la desconcertaban, pero decidió responderlas sin repreguntarle nada.
- Si. Me gusta ser sacerdotisa, me gusta ayudar a la gente, me gusta estar con los niños... me gusta estar aquí.
Se quedó observándolo, comenzando a sentir que quizás algo no andaba bien. Su respiración se detenía a medida que los segundos transcurrían y el silencio se sentía eterno, ¿acaso él tenía planeado marcharse y la había llevado hasta allí solo para despedirse?.
- Sesshomaru. - sus miradas se encontraron. - ¿Qué sucede?.
Sin precio aviso él se acercó, besándola. Ella abrió ampliamente sus ojos, sin embargo, segundos después los cerró, perdiéndose en aquel acto. Sus labios se sentían cálidos, profesando y transmitiendo la misma calidez que él sentía en su pecho cada vez que estaba a su lado.
Cualquier duda que podía haber existido en la mente de él, se disipó en ese momento, por lo que al separar sus bocas pronunció las palabras que sellarían sus destinos para siempre.
- Quiero que seas mi esposa, Kagome.
- ¿Que? - murmuró, tratando de procesar todo.
Él tomó sus manos fundiendo su mirada dorada con sus ojos chocolates.
- Prometo protegerte para siempre. No volverás a vivir nada parecido a lo que sucedió con Kirinmaru, porque yo estaré a tu lado.
Eres lo más importante que tengo aunque no sea capaz de decírtelo.
- Sesshomaru. - sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin pensarlo dos veces, se lanzó a sus brazos, envolviéndolo por completo. - Si... quiero ser tu esposa.
Él correspondió aquella acción, cerrando sus ojos y dejándose embriagar por el dulce aroma que ella emanaba, mientras el sonido del bosque musicalizaba aquella promesa implícita de amor eterno y sus almas se fundían en una sola, para siempre.
