Kikyo y Naraku

Bajo las flores de cerezo

Se elevó lentamente, extendiendo sus brazos al mismo tiempo en que observaba sus manos.

- Hm. - sonrió. - Estúpido humano, entregar su alma sólo por querer poseer a una simple mujer.

Sus ojos rojos se abrieron de par en par mientras su largo y lacio cabello caía a ambos lados de su rostro.

- Lo lamento Onigumo, pero yo no tengo el mismo deseo que tú... yo sólo quiero la Perla de Shikon.

Y no me molestaría asesinar a esa sacerdotisa en el camino.

Se detuvo en la puerta de la cueva, elevando su mirada hacia el cielo estrellado mientras pensaba sus siguientes movimientos.

A la mañana siguiente.

- Kaede, es hora de levantarse.

- Hmm, no quiero. - la joven sonrió.

- No es fácil, lo se, pero debemos comenzar con nuestras labores. - la niña no respondió. - Hoy florecen los cerezos, ¿quieres perdértelos?

- ¿Los cerezos? - abrió sus ojos y se incorporó. - ¡Es hoy!

Se puso de pie mientras su hermana regresaba a terminar de preparar la cesta con todos los elementos necesarios.

- ¿Hoy también irás? - la miró seriamente.

- Por supuesto.

- Hermana, ese hombre no me agrada. - desvió la mirada al mismo tiempo en que las palabras que el bandido había pronunciado, días atrás, pasaban por su mente.

Desearía ver el miedo en el rostro de esa mujer.

- Trata de perdonarlo. - sonrió, poniéndose de pie. -El joven Onigumo jamás podrá salir de aquel lugar, lo menos que podemos hacer es brindarle los cuidados necesarios. Puedes ir a ver el árbol de Sakuras mientras yo estoy con él.

- ¿De verdad? - el brillo en sus ojos emergió nuevamente.

La sacerdotisa asintió y ambas salieron de la cabaña. Se detuvieron en la entrada de aquella cueva y, antes de ingresar, la joven miró a su hermana.

- Ten cuidado, ¿de acuerdo?

- Claro, hermana. - sonrió y se alejó en dirección al bosque.

La miko ingresó a la cueva, sin embargo se detuvo al dar los primeros pasos.

Esa energía... algo sucedió aquí.

Dejó la cesta en el suelo y descendió, encontrando el lugar en el que, todos los días yacía el cuerpo del bandido, vacío.

- ¿Onigumo? - pronunció mirando a su alrededor. - ¿Estas aquí?

No logro percibir nada más allá que lo que quedó, pero... ¿Dónde está él?

Se arrodillo y pasó la yema de sus dedos sobre la tierra, entrecerrando sus ojos.

Mientras tanto la niña se encontraba frente al árbol de cerezos, el mismo que había comenzado a florecer.

- ¿Te gustan las Sakuras?

- ¿Qué? - volteó al escuchar aquella voz, sin embargo no había nadie.

- Al parecer si.

- ¿Quién es? - miró a su alrededor. - ¿Hola?

Dio unos pasos hacía atrás al ver a aquel joven salir de detrás del árbol.

- Buenos días. - su sonrisa espeluznante provocó un escalofrío recorriera su espalda.

- ¿Quién es usted? - fue lo único que logró pronunciar.

- Kaede. - ambos miraron al frente y se encontraron con la figura de la sacerdotisa. - Ven.

Sin titubear, la niña corrió hacía ella, escondiéndose detrás de su hakama.

- Kikyo. - pronunció el joven, sin perder la sonrisa.

- Kaede, regresa a la aldea.

- ¿Qué? - murmuró. - Pero...

- No es momento de discutirlo, ve.

- Hermana.

- Estaré bien.

- De acuerdo. - susurró, comenzando a correr en dirección de la aldea.

Cuando la niña desapareció de su visión, sus ojos volvieron a enfocarse en la mirada de fuego del hombre que tenía al frente.

La energía que emana es la misma que había en la cueva, sin embargo... no es un demonio.

- ¿Quién eres? - pronunció con seriedad.

- Eso no te interesa. - respondió sin perder la sonrisa. - Seré breve, querida Kikyo, entrégame la perla... o tendré que quitártela por la fuerza.

- ¿Qué hiciste con Onigumo?

- Hm, ¿de verdad te interesa saber sobre ese idiota? - ella no respondió. - Ese humano inservible le entregó su alma a los demonios que residían en aquella cueva, ¿y todo para que? para poder estar cerca de ti.

La joven entrecerró sus ojos ante sus palabras, pero mantuvo el silencio. La tensión en el aire fue incrementando mientras sus miradas se mantenían fijas en el otro. La miko tomó su arco y, sin dudarlo, apunto su flecha directo a su pecho, sin embargo no disparó.

- Entonces tú eres la fusión de Onigumo y los demonios. - pronunció. - En otras palabras, eres un hanyo. - la sonrisa se esfumó del rostro de él y, en paralelo, emergió en el rostro de ella, a sabiendas de que había dado en el blanco. - Aunque tu origen no sea convencional...

- Cierra la boca. - respondió entre dientes. - No te confundas, Kikyo, que yo sea el resultado de la unión de ese idiota con los yokais, no significa que sea él.

- Es por eso que deseas la perla, ¿verdad? para convertirte en un demonio completo y deshacerte del lado humano que, al parecer, no te agrada.

Sin embargo, hay algo más que esta perturbando a este ser... pero... ¿qué?

- Lo que yo decida hacer con ella no es asunto tuyo. - frunció el entrecejo. - Y, a decir verdad, ya me cansaste.

Se abalanzó sobre la joven, con la intención de atacarla, sin embargo no logró avanzar más allá de un par de pasos.

¿Qué me sucede? ¿Por qué...?

Llevó su mano a su pecho al sentir aquella punzada que lo atravesaba.

No puede ser... ni siquiera puedo visualizar el ataque.

En ese momento la joven lanzó la flecha, la cuál atravesó la manga de su kimono, arrancándola y clavándose en el árbol de cerezos que se encontraba detrás de él. Sus ojos rojos viajaron del arma al rostro de la mujer.

- ¿No que eras una gran arquera?

- No quiero asesinarte.

- ¿Y eso por qué? - trató de mantener su actitud altanera, aunque por dentro la furia lo consumía.

- Porque te estoy dando una segunda oportunidad. - colocó su arco en su hombro. - No regreses por aquí o no tendré piedad. - volteó.

- Maldita mujer. - gruñó mientras la observaba alejarse.

Maldición, ¿por qué no fui capaz de lastimarla?

Esa misma noche.

- ¿No volviste a verlo en todo el día?

- No. - meneó la cabeza. - Entonces, ¿él era Onigumo?

- No, Onigumo ya no existe.

- Pero...

- Es normal que no lo comprendas. - sonrió. - Sólo quiero pedirte que, cuando no estés a mi lado, tengas mucho cuidado y, si alguna cosa sucede, no dudes en llamarme.

- Lo se, me lo dices todo el tiempo. - le devolvió la sonrisa mientras comenzaba a prender el fuego con el que calentarían la cabaña.

La esencia de Onigumo desapareció por completo, sin embargo pude notar que algo estaba perturbando el alma de ese joven, ¿acaso será eso lo que no lo dejó atacarme?

Su mirada se posó en la puerta de su casa.

En su interior residen el corazón de un humano y el de un yokai... dependiendo de cuál elija para vivir, será su destino.

- Hermana.

- ¿Si?

- ¿Por qué no lo mataste?

- ¿Por qué no lo maté?

- Si, me dijiste que se enfrentaron...

Es verdad, yo no pude matarlo y eso fue... porque aún no se en que se convertirá. No puedo condenarlo sólo por suposiciones.

- Kaede. - sonrió. - ¿Tienes las verduras para la cena?

Mientras tanto, en el interior de la cueva.

- Maldito humano. - extendió la palma de su mano, observándo la araña que poseía tatuada en ella. - Tus malditos sentimientos fueron los que no me permitieron atacar a esa insignificante mujer.

Pero no te confundas, Onigumo, a mi no me interesa nada de ella, yo sólo deseo obtener la perla y deshacerme de ti... le cueste o no la vida a Kikyo.

Las siguientes semanas transcurrieron de manera tranquila. Ella, junto a su hermana, se abocaron a realizar todas las tareas pertinentes sin inconvenientes, sin embargo sabía que él se había mantenido cerca, después de todo, su energía se percibía siempre donde ella se encontraba.

- ¿Hoy practicaremos con el arco? - preguntó la niña, tomando la cesta con las hierbas medicinales.

- Claro, ¿quieres ir por el tuyo? podemos practicar en el árbol de Sakuras.

- ¡Si! ¡Enseguida regreso! - comenzó a correr.

- ¡Solo ten cuidado! - sonrió, viéndola alejarse.

Se puso de pie e inmediatamente miró por sobre su hombro.

Se encuentra ahí. Este joven es un misterio, dice querer la perla pero en estas semanas no ha hecho nada para obtenerla. Me pregunto, ¿en que estará pensando?

Entonces, ¿esta es tu vida Kikyo? ¿Pasas tus días ayudando a las personas?

Pensó, observándola detenidamente.

Estas semanas no he podido hacer más que mirarla y, lejos de conseguir quitarme estas emociones ajenas, es como si...

- ¿Qué es lo que tiene esta mujer que la vuelve tan llamativa? - murmuró.

En ese momento ella volteó, fijando sus ojos en la misma dirección en la que él se encontraba.

- Se que estas ahí, ¿por qué te escondes?

Frunció el entrecejo, sin embargo lejos de tratar de ocultar su presencia, salió de su escondite, mostrándose abiertamente.

- ¿Qué es lo que quieres? - preguntó él.

Su energía demoniaca no es la misma que la que poseía estos días, es como si se hubiese debilitado, al tenerlo tan cerca puedo notarlo con claridad, sin embargo aquello que lo atormenta no se ha marchado, por el contrario, es como si hubiese incrementado.

- Lo mismo te pregunto a ti. - respondió con firmeza. - ¿Por qué no te has ido?

- Eso no es de tu incumbencia.

- Dijiste que querías la Perla, ¿Por qué no has intentado obtenerla?

Porque no soy capaz de atacarte.

No respondió, pero sus ojos no podían apartarse de los de ella.

- ¿Cómo te llamas?

- No es necesario que hagas tantas preguntas, Kikyo. - volteó y comenzó a caminar.

- ¿Qué es lo que no te deja en paz?

¿Qué?

Se detuvo, abriendo sus ojos ampliamente ante sus palabras.

¿Acaso esta mujer puede ver lo que siento?

La miró por sobre su hombro.

- Puedo ver que, a pesar de poseer el corazón de Onigumo, hay algo que te inquieta... y eso no le pertenece a él, ni tampoco a los demonios.

- Hm. - sonrió y, sin responder, continuó su camino.

Atravesó el bosque a paso lento, con su mente sumergida en una marea de emociones y sensaciones que no había planeado en absoluto.

Esto no es lo que quería. Se suponía que sólo debía asesinar a esta mujer y quedarme con la perla y no he hecho más que observarla a la distancia como un idiota.

Se detuvo frente al árbol de cerezos, el mismo en el que se habían encontrado cara a cara por primera vez.

Al comienzo los sentimientos de ese estúpido humano eran los que me detenían, pero ahora... ellos están desapareciendo.

- ¿Entonces estos sentimientos me corresponden... a mi?.

El rostro de Kikyo traspasó sus pensamientos, al igual que todos los momentos cotidianos de su vida que había presenciado. Sus recolecciones diarias, la manera en la que los niños y los aldeanos se le acercaban, sus tardes con su hermana. Sin notarlo, su vida se había reducido a mirarla a la distancia con la excusa de encontrar el momento oportuno para atacarla.

- Que estupidez... el gran Naraku no nació para esto.

- Asique ese es tu nombre.

- ¿Kikyo? - volteó, encontrándose con ella, quién estaba a unos metros de distancia.

- Naraku. - se acercó a paso firme, mientras él volteaba nuevamente. Su corazón latía rápidamente a medida que escuchaba sus pisadas sobre la hierba. - ¿Por qué viniste hasta aquí?.

- Haces demasiadas preguntas.

- Sólo quiero comprenderte. - sonrió, observándolo a los ojos.

- No lo se. - mintió. - Sólo caminé.

- Aquello que te aqueja... ¿es el no entender lo que sientes? - no respondió. - Entiendo. Posees el corazón de Onigumo, el mismo que mantenía sentimientos hacía mi, sin embargo, esos sentimientos jamás fueron buenos. - una expresión de confusión se apoderó del rostro de él. - Eres el resultado de un humano malvado y los yokais, sin embargo eres un ser independiente... y posees una energía diferente.

- ¿Diferente?

- La energía demoníaca que poseías cuando te conocí no es la misma que posees ahora, al igual que la expresión de tu rostro.

Kikyo.

- ¿Puedo? - extendió su mano.

- ¿Qué?

- Quiero ayudarte, ¿me permites ver tu alma?

- ¿Mi alma? - murmuró llevando sus ojos a la mano de ella y, antes de tomarla, un grito llamó la atención de los dos.

- ¡Hermana! ¡Ya estoy lista!. - la niña se detuvo a unos metros, sorprendiéndose con la escena ante sus ojos.

- Kaede. - respondió ella con tranquilidad. - ¿Recuerdas al joven Naraku?

- ¿Joven Naraku?

- Así es, ese es su nombre.

- Buenas tardes, joven Naraku. - respondió la niña no muy convencida. Él sólo asintió.

- Lo siento, pero le prometí a mi hermana que practicaríamos con el arco.

- Descuide. - por primera vez se dirigió a ella con un dejo de respeto.

- Le prometo que hablaremos pronto, ¿de acuerdo?. - nuevamente asintió.

La joven comenzó a caminar junto con su hermana, alejándose de aquel árbol bajo la atenta mirada del castaño.

- Hermana, ¿Qué te sucede? ¿Por qué estabas hablando con él?

- ¿Por qué lo preguntas?

- Ese joven es peligroso.

- Descuida, no lo es.

De hecho, a medida que hablábamos pude notar como su corazón humano está prevaleciendo sobre su energía demoníaca. Y ese corazón ya no le pertenece a Onigumo.

- ¿Quieres que comencemos a identificar las flechas? - la miró, sonriendo.

Esa misma noche.

- Esta inquietud... - murmuró, dirigiéndose a aquel árbol. - ¿Acaso no estaré tranquilo hasta aceptar que me he enamorado de esa mujer?

Esos sentimientos jamás fueron buenos.

Las palabras de ella pasaron por su mente.

- Es verdad. - suspiró. - Ese bandido sólo quería secuestrarla y llevarla lejos, quizás hacerla su mujer a la fuerza.

Pero yo... no deseo eso.

- Ya ni siquiera he pensado en la Perla.

Sólo puedo pensar en ella.

- Kikyo. - su rostro se intercalaba con las flores Sakuras, las cuales eran alumbradas sólo por la luz de la luna. - ¿Acaso la pureza que profesas logró alcanzarme a mi también?

- Joven Naraku.

Volteó, sin embargo no se sorprendió al verla allí.

- ¿Me estaba espiando?

- No. - sonrió. - Pero... mentiría si le dijera que no deje de pensar en usted lo que quedó del día.

Aquellas palabras sólo aumentaron la calidez que ya era indisimulable. Ella se acercó, quedando a unos escasos metros.

- ¿No tiene miedo de que pueda asesinarla?

- Se que ya no siente el deseo de hacerlo. - extendió su mano, la cuál él finalmente tomó.

Kikyo cerró sus ojos, dejando que su poder espiritual se abriera paso en el interior del joven y, en respuesta, él se dejó invadir completamente por la sensación de paz que lo atravesó.

La incertidumbre que aquejaba a este hombre ha desaparecido. Su corazón humano... no, no es el de Onigumo... estas emociones le pertenecen a él y esos sentimientos...

Sonrió sin abrir su mirada.

Su corazón demoníaco se ha dormido por completo, eso significa que... eligió vivir con su corazón humano.

Los abrió, encontrándose con la mirada de fuego del joven, quién no había dejado de observarla ni por un segundo.

- Usted ha decidido continuar su camino siendo un humano, ¿verdad?

- Nunca lo seré completamente.

- Eso no es lo importante.

- ¿No le da miedo?

- ¿Qué cosa?

- Usted lo dijo, soy el resultado de la unión de un bandido y decenas de demonios, no tengo un origen normal.

- Pero posee un alma y eso lo convierte en un ser sintiente.

- Señorita Kikyo. - murmuró.

- No puedo decirle como vivir su vida, pero puedo invitarlo a que trate de incorporarse a la aldea.

- ¿De verdad confía en mi después de todo lo que le dije?

- Tuvo semanas completas para cumplir con sus palabras. - soltó su mano. - Sin embargo no lo hizo. La elección es suya, joven Naraku.

Volteó y regresó sobre sus pasos, con la intención de regresar a su casa, dejando al joven con mil preguntas sobre su futuro.

En los siguientes días él ya no se ocultaba, por el contrario, comenzó a acercarse a la joven durante sus tareas diarias, ofreciéndole su ayuda, la cual ella aceptaba sin problemas. Paralelamente comenzó a mostrarse ante los aldeanos, a convivir con ellos y prestar su ayuda a quienes lo necesitaban, todo lo contrario a lo que tenía pensado la noche en la que despertó.

Un mes después.

La miko se encontraba en el templo, realizando las últimas oraciones del día mientras el atardecer la alumbraba. Al finalizar, se puso de pie y, al voltear, se encontró con la figura del hombre.

- Buenas tardes, señorita Kikyo.

- Joven Naraku. - le sonrió.

Durante el último tiempo compartido ambos se habían acercado más de lo que jamás hubiesen imaginado. Él había aprendido a confiar en ella y convivir como una persona normal, sin embargo había una última cuestión que lo mantenía intranquilo.

- ¿Puedo hablar con usted un momento?

- Claro.

Él salió del templo mientras ella lo seguía. Transitaron el camino en completo silencio, sin embargo, un pequeño suspiro abandonó los labios de la joven al encontrarse frente al árbol de Sakuras, el mismo en el que se había producido el primer encuentro.

- Señorita Kikyo, como usted habrá notado... mi vida es la de un hombre normal.

- Si, he visto que los aldeanos están muy cómodos con usted.

- Pero, yo no estoy cómodo.

- ¿Disculpe?

- Mis orígenes...

- Sus orígenes no representan un problema para mi.

- Para mi si. - sus ojos se encontraron y notó la intensidad en su roja mirada. - Yo... deseo convertirme en humano.

La sorpresa se vio reflejada en sus ojos castaños.

- ¿De verdad usted quiere...?

- Cuando desperté y vi el cuerpo que se me había otorgado... - extendió su mano, abriendo la palma en la que se encontraba aquella araña. - Detesté profundamente al humano que me dio la vida, sobre todo cuando noté los sentimientos que poseía por una mujer, los mismos que lo llevaron a vender su alma. - hizo una pausa. - Naraku no deseaba lo mismo... yo sólo quería arrebatarle la Perla de Shikon y volverme un demonio completo, pero... esos sentimientos no me permitieron atacarla. - sus ojos volvieron a encontrarse. - Entonces decidí que iba a buscar la manera de deshacerme de ellos mientras encontraba el momento para atacarla.

- Joven Naraku...

- Pero... a medida que la observaba... los sentimientos se fueron modificando... al igual que el deseo de dañarla. - murmuró las últimas palabras. - Hasta que me di cuenta de que lo que sentía ya no era ajeno a mi, si no que me pertenecía por completo. - ella sonrió. - Yo... me enamoré de usted, señorita Kikyo.

- Naraku. - ella acortó la distancia que los separaba y posó la palma de su mano sobre su mejilla, acariciándola sutilmente. - No importa que origen hayas tenido, eres un ser independiente a lo que fue Onigumo o lo que fueron los demonios... tú no eres malvado.

- Lo se. - sonrió, colocando su mano sobre la de ella. - ¿Usted podría cumplir ese deseo?

- ¿Estas seguro de lo que pides?

- Estoy seguro de que quiero estar a su lado... como un humano normal.

Sin previo aviso, ella lo abrazó, apoyando su rostro en su pecho. Él, sin dudarlo, la rodeó con sus brazos.

- Cuando usted decidió vivir con su corazón humano yo me sentí muy feliz, joven Naraku. - murmuró. - Su compañía es algo que disfruto mucho y... también quiero estar a su lado, pero... no es necesario que se vuelva humano si lo que desea es estar conmigo.

- Señorita Kikyo. - se apartaron, volviendo a mirarse fijamente. - Yo lo deseo.

Ella sonrió, al mismo tiempo en que asentía y, luego de dar un par de pasos hacía atrás, tomó el collar de la perla, sacándolo del interior de su hakama y entregándoselo.

Él la tomó y la encerró en sus dedos al mismo tiempo en que cerraba sus ojos y las palabras que profesaban se oían como un suspiro.

- Deseo... volverme completamente humano.

Joven Naraku.

Pensó, al mismo tiempo en que un intenso brillo lo envolvía por completo y se elevaba en dirección al firmamento, el cuál era testigo de aquel momento.

El brillo se disipó y él abrió su mano.

- La Perla... - murmuró ella, observándo como se desvanecía lentamente.

La Perla de Shikon fue purificada con aquel deseo.

- Al parecer un buen deseo era suficiente para que la Shikon No Tama desapareciera.

- Naraku. - tomó su rostro entre sus manos. - Tus ojos... se volvieron castaños.

- Supongo que el aura demoníaca que habitaba en mi se esfumó. - sonrió. - Mi querida Kikyo.

Ella le devolvió la sonrisa al mismo tiempo en que se elevaba y posaba sus labios sobre los de él, fundiéndose en un primer beso lleno de emociones compartidas, emociones que ya no eran ajenas.

Se separaron levemente y volvieron a fundirse en un apretado abrazo, uno lleno de promesas implícitas de un futuro juntos, mientras aquel árbol de cerezos, fiel testigo de los momentos mas importantes de los dos, comenzaba a desprender los primeros pétalos de sus flores.